EL GRADO DE LA AURORA (POEMARIO COMPLETO)

EL GRADO DE LA AURORA

TEMPRANO, LA PROMESA
Estoy bebiendo un vaso de agua fresca de la fuente. Cronos, mi perro, me está lamiendo las manos con una lengua de suave melancolía. Es que hoy es el día de la promesa. Los bueyes, uncidos al yugo, aran la tierra. Los pájaros cantan en las altas ramas del roble amarillo del recuerdo. No tardo mucho en verla: es una esfinge de plata de mirada perfecta. Es tan bella como un espejo, tan repentina como el agua que estoy bebiendo. Sus pupilas no tienen fondo, su nariz es un sueño, su boca una metáfora que embelesa. La veo exenta, definitiva, completa, pisando la piel del horizonte con forma de dragón. Es imposible verla así y no enamorarse. Porque un fuego oculto, un niño invisible, nace en el centro de mi cuerpo. Mi corazón, el universo, comienza a latir. Esto es la vida. Cronos se ha acostado debajo de mis pies sucio de barro y ha comenzado a mover la cola. Oigo a las ranas croar en la charca. La luna, curva sin término, pende del agua.
EL BANQUETE EN EL FIGÓN DEL ALMA
Mientras juego mi baza, entre los improperios y los alcoholes de los contrincantes sobre el tapete de la ley, donde ninguna carta es segura ni tampoco fiable ningún juramento, veo un rayo de sol indestructible entrar por la ventana cuyo cristal se ha ensuciado del polvo de la costumbre y de los preceptos embusteros de los bebedores, un rayo de sutil estruendo como una trompeta dorada que ilumina el rectángulo de una mesa de castaño donde comen doce personas alrededor un maestresala que parte el pan para todos, un rayo como un ruiseñor que eleva mi mirada hacia ellos, apenas cinco metros distantes de mi oído que se esfuerza en vano por escuchar sus murmullos provenientes casi de otra habitación donde florecen macetas de geranios, ese rayo, digo, puro como el aire que respiro y no contaminado de barrancos de tiniebla, ni intoxicado de duda, me hace volar el corazón de la vida hacia el huerto de frutales de la candorosa felicidad, un lecho de sencilla primavera amanecida en un lago de penumbra, y creo que yo también soy cristal atravesado por el rayo de gozo, frágil aunque firme en su transparencia, y ya no estoy en el juego de los naipes mecánicos, ni oigo los insultos de los contrincantes que acusan mi distracción, y solo escucho, desde la mesa, la llamada, y me levanto y voy.
MÚSICA DE GLORIA Y GOZO

Te habrás dado cuenta, ruiseñor del amanecer, de que la belleza es en sí la vida. Te lo he dicho muchas veces con una voz distinta en cada estación del año. Te lo he dicho en la alberca de yeso blanco, donde Magdalena y las vecinas de Alhambra lavan sus ropas emocionales, sucias del mundo. Te lo digo hoy, en la dehesa del sentir, donde pacen los nevados rebaños de ovejas, como los años, y las vacas con sus esquilas de hierro tintineante mugiendo al alba de fuego templado, y los cerdos cabizbajos de los instintos, que comen en el suelo bellotas y desentierran trufas con sus hocicos impacientes junto a las raíces de las viejas encinas. Te lo digo siempre, y te lo diré muchas veces más, ruiseñor de la intuición y de la mente, para que te lo acabes creyendo. Porque creer, gruñe la raposa, es saberlo todo. Y para ponerte el mejor ejemplo, te reto a que cuentes las reses esparcidas por la dehesa si puedes, y sus crías diminutas, si te atreves, y que me digas después si no es lo mismo la eternidad o la sustancia del tiempo, la unidad o Dios en el conjunto y la pluralidad de sus manifestaciones en la medida, que es infinita como el agua del río. Te lo voy a decir de otra manera: ¿ves esa montaña blanca que se eleva en el término de tu mirada? Pues responde si no es verdad que tu mirada se sostiene en ella.

EL VIAJE DE SU NOMBRE
Lo veo ya oscuro en el interior de otro sueño, viajero en la noche cuyo arco antecede al despertar de la luz. Las alas del cuervo lo cubren con una sombra solemne, tan solemne que sobrecoge. Don Germán, el cura, lo ha despedido con una oración sobre la encarnación de todas las cosas y su necesaria resurrección, y puso como ejemplo la raíz del árbol cortado. Somos pocos, amigos y deudos por hábito de escuchar su voz. El mundo es ahora lo que nos ha dejado. Su nombre es ahora una estrella más. Estamos cantando un réquiem con las manos unidas y, escuchamos, en el fondo del océano del alma, la fractura de la roca. Tres paletadas de tierra negra cierran la boca de la apariencia, y su figura, su conversación, su gesto, se hurtan a nuestra vista detrás de un telón tenebroso hecho de la opaca tela de la separación. El mundo somos nosotros, y él está en nosotros. Mi perro Cronos ladra del otro lado del camposanto. Las lágrimas, las nuestras, tropiezan con el suelo. Estamos sembrando la tierra. El búho ulula cerca del molino y el carretero silba. Entre todos estamos sosteniendo el silencio. Amigo, quisiera darte las gracias por la vida, por tu sonrisa que ha volado en las alas del viento, por tu viaje que es nuestro viaje, por tu nombre que es nuestro nombre, por el tacto de tus manos que aún recuerdo, para que te acuerdes de mí, para que te acuerdes de nosotros, cuando estés en tu reino.

DIVERSIDAD DE LA VIDA
Este tilo de copa encendida, en lo alto de este otero hecho de sentimiento, en el que los gavilanes se cuelgan y los tordos descansan de su vuelo, en el que la tórtola arrulla y la culebra se duerme, estuvo aquí desde siempre. Quiero decir, nunca dejó de tener forma. Cuando nací, me acostaba ya en su sombra a jugar con mi peonza de ilusión y mi madre tendía a secar mi ropa en sus ramas. ¡Cuántas veces quise contar tus hojas, tantas como mis emociones, y no pude tan solo no pasar de cien! Recuerdo una ocasión en la que competí por clasificar cada una de sus ramas en grupos según su tamaño y grosor con Celso, el hijo del panadero. Ninguno de los dos logramos nuestro propósito, pero cuando llegamos a casa, cada uno le contó a sus padres que había ganado, y que el tilo era únicamente uno más de nuestros pensamientos. Después vino la guerra, quiero decir, los intereses, y olvidamos durante varios años el tilo. Estudiamos cada uno por su cuenta allá en otra parte, y no nos volvimos a ver nunca más. Tal vez seamos los dos el mismo, uno solo en el acto de mirar el tilo, el referente, el centro, el cuerpo de la palabra. ¡Qué misterio: un tronco que emerge de la tierra oscura y que se expande en ramas y en hojas distintas e irrepetibles! El rostro inacabable de la luz del amor, del cual la oscuridad de la muerte es un mero rasgo.

EL TIEMPO EN LA ISLA

Sí, Cronos, puedes correr lo que quieras por la playa, dejando tus huellas en la matriz cambiante de la arena besada por los labios espirituales del viento, puedes mirar de frente la lengua azul índigo del mar y bañarte en las coronas cuánticas de la espuma blanca hecha de burbujas de luz, puedes incluso, si así lo quieres, convertirte en un ser humano al contacto con los dedos del agua, que modelarán tu rostro hasta asimilarlo al mío, que es, en suma, una imagen sintética del universo. Ante la sublime majestad del mar, que transfigura las cosas más allá de sus límites, todo te está permitido. Chapotea en las olas risueñas, navega pataleando como un galeón con el velamen extendido, zambúllete para recoger conchas de nácar de inteligencia. En el lomo del horizonte ya están desnudándose las estrellas. ¿No las ves agrupándose en constelaciones que son ventanas de alegría? Es el saludo de un ángel a la dama escondida de la memoria, vestida de tul y raso. La dama, bella y frágil flor durmiente, está desplegando la antorcha de su corola. ¡Es la Palabra despertada por el Príncipe invisible del Amor, Psique, la virginal y acristalada Mente, como el agua que te salpica, Cronos! ¿Qué serías tú sin este mar que te bautiza tocándote y al tacto te rejuvenece? Dime, Cronos, ¿qué serías tú sin este mar?
SABIDURÍA

Cuando observo las gallinas picoteando en la tierra zarandeada por sus patas excavadoras, y el gallo alzando su cresta de grana imperial antes de hacer despegar su canto, clarín del triunfo ecuménico de la transparente alborada; cuando el copo de cabeza de rubí del pavo campea entre la esperanza de la verdura y la pintada busca las sutiles lombrices en el surco recién arado; cuando la conciencia, barro de luz, se vuelve tan blanda como el aire, siento a mi lado los susurros de Enoc, fotografía de mi voluntad que discurre en regueros de sangre purpúrea por el vaso de las venas universales.
-El milagro que aguardabas era esta tarde- me dice.
– ¿Y quién eres tú –le pregunto- que has comprendido mi dolor?
Pero él, en lugar de contestarme, me toma de la mano, enlazándome en la danza del tiempo, vinculándome a la música de la soledad, y me dice, esta vez con la precisión clásica del reloj:
Escucha la victoria del fuego.
¡Es como si su mirada fuese un relámpago! Con la piedra de mi asombro en la mano, que es el infierno del corazón, lo veo alejarse a través del túnel de su voz, sosteniéndose en las membranas de la distancia, ave absoluta. Bajo sus pies se dilata la nube de mi sueño.

FIESTA

No lo trataron como se merecía, pero merced a ello podemos afirmar que estamos todos salvados. Azucena, tú lo viste alzarse sobre ti, que eres la cumbre violeta de la contemplación. Abajo, en la hondonada de la muerte, donde habitan en sus casas los Cimerios, el pueblo de los temores que pueblan el valle irreal del Desconocido que se proyecta en la pantalla de la noche, una gota de diamante rompió los goznes de la puerta del silencio. Abarcó la realidad con su cuerpo hasta que su cuerpo fue la fuente de la que brotaron las cosas. Los añafiles de plata del misterio que nunca habíamos logrado entender tocaron a rebato una melodía de oro. Y se encendieron los ríos de tu amor, tiñendo de púrpura su cristal. Los hilos de sangre descendieron desde su herida hasta el suelo y sembraron su sonido de significado. Se introdujo en el paisaje concreto e inmanente y lo volvió abstracto y trascendente, haciendo de agua vino. Los cuatro clavos de su pasión se convirtieron en los cuatro elementos del mundo nuevo. Son, desde entonces, piedras nuestras palabras en el onte de su voz. Incluso tú, Cronos amigo, amoldaste tu frente a mi mano para ser un perro manso, cuando antes eras un lobo que devoraba los ganados. ¡Sacad al Mesías en procesión, vecinos de Alhambra! ¡Es el Verbo de vuestro sentimiento que cada año, en la fiesta de la Pascua, sale a la calle para renovar el canto de la Primavera!

ESPERANZA DE LEJOS

¿Cuándo bajarás a verme otra vez? ¿Cuándo escucharé tus pasos sobre mi lengua, mujer que das de beber al sediento? Pienso en ti como aquel día que, vestida de oxígeno, me ofreciste el cántaro de agua nueva y yo bebí de él. Estabas peinada con los dedos de mi deseo, pues ya había soñado contigo antes de verte. El agua recorrió mi cuerpo seco, apagó mi sed y alivió el delirio árido de mis entrañas. Conocí tu boca, perfecta fruta sin término. Entré en la semilla del universo a través de tus ojos. Tenías una voz tan delgada que se deshacía en las manos. Tu piel era la luna. En tu vientre había un astro. Sonreíste y me abriste la puerta que daba a la plenitud serena del firmamento. Mis pensamientos apetecen tu Idea en la habitación oscura de la soledad que inauguraste detrás de ti. Porque ahora tu sonrisa es el espejo en el que se mira mi alma. Sigo conservando las flores que me diste en el ramo de tu recuerdo. Pero vuelvo a tener sed de ti. Cuento los segundos abismales que faltan para volverte a ver y mi corazón se llena de arena. Voy a hacerte unos pendientes con mis pensamientos. El espacio tiene tu nombre. Quiero tocar tu frente con el río invisible de mi sangre. Quiero soñar de nuevo el agua que me diste, Salvación. Ahora que eres mi propia palabra. ¿Cuándo bajarás a verme otra vez?
CANTO ABSOLUTO

El piano del mundo se toca despacio, como un verso sin término. Las teclas se hacen notas, y las notas son conceptos o árboles. Los cielos se desnudan de pájaros y van cayendo en gotas las constelaciones. Aquí y allá se elevan montes, acá y allá se abajan valles. El mundo tiene la forma de una mano cuyo tacto es la armonía. La mano cambia de posición, mas nunca sale de la forma de la noche. La caverna uterina de la noche, con sus frescos pintados de color sin relieve, dejan atravesar algún rayo de luz de los bordes de la cúpula del Pensamiento, cuyo etéreo trono es el Dios del Amor. También hay lagos helados en la soledad, pero son vadeables por los navíos de la meditación. Y hay islas lejanas hechas de coral de sueño, Citeras suspendidas de un hilo de comprensión. El piano del mundo es una creación continua que modela el barro de los límites espaciales hacia la transparencia absoluta de la certeza. Acerco mi dedo a esta mano de bella energía y busco el camino recto de su brazo y el alcázar de su rostro. De su cabellera de luz se desprende, en ondas verbales, la vida. Esa vida que hace pasar las legiones de los ángeles por el arco de mi boca. Esa vida de la que brota, serena, la mañana. Siento que soy un término de este poema que concluye en la total victoria del silencio.
LEY DE VIDA

¿Ves el buey de la vida arando la tierra dura, con gran trabajo y presintiendo el azul limpio de la piedra del mañana? ¿Ves los surcos abiertos en los que se deposita la semilla de la resurrección? Esa esfera que con su concentrada energía desafía al espacio, como la timidez de un punto en un papel, será mañana el sol que nos alumbre. Mírala, Cronos. Pon en ella tu esperanza, porque cuando la lluvia bese los campos de la vida germinará, y entonces la promesa de la renovación y juventud, que es la abstracta materia de la eternidad, se cumplirá. ¿No sientes el viento del futuro que nos contempla desde lejos, no sientes la emoción amorosa en la pasión del esfuerzo que haces por respirar? Porque a través de la ventana del esfuerzo, que es tu mismo cuerpo, se aprecia la lenta luz de la alegría, que es la patria a la que pertenecemos y que añoramos mientras vivimos, o mientras aramos como el buey de los sembrados. No somos más que el barro de una mirada, el Sujeto y el Objeto, los dos ojos del Ser o la mente infinita que es el universo. El buey que ara es el camino de nuestro encuentro. Celebra que el mundo eres tú, Cronos, el tiempo que le falta a la Palabra para ser un hecho.
ACOSTADO EN LA NOCHE

¡Qué tranquilidad la de la noche insinuada de ángeles que son estrellas saludándonos del otro extremo de la cortina de la sombra, como gatos incandescentes de fulgor misterioso que se congregan en racimos de pensamiento! Esta ausencia es un enigmático mensaje del rostro de dorada energía que nos ve a través de los ojos de la muerte, que no es más que una tela tapizada de síntomas y emblemas que se rasga al contacto de su voz. Yo lo siento, humanizado e invisible, en la artesa de mi voluntad, como un ciervo escondido que a veces se insinuara mostrando la cornamenta del mundo. La noche se hace íntima en el río del alma que discurre entre guijas sensitivas, moldeadas de piedad. Cuando se quiebre su cristal o su pantalla, el estallido del trueno de la aurora invadirá la piel oscura del sentido. Pero, de momento, el Yo del mundo se encierra en el caparazón de la noche – cítara de ausencia- y allí hace su nido el pájaro del corazón. En las entrañas del silencio, la hoguera de la ciudad de violencia y humo – la Troya destruida- se desintegra átomo por átomo y precepto por precepto, en resplandores que trazan la muralla de otra ciudad en el cielo construida con la solidísima sustancia de la cálida luz. Mientras la eléctrica serpiente agoniza entre la cizaña del temor, una paloma de aliento está alzando el vuelo sobre el trigal de la esperanza.
CONVERSACIÓN

Alhambra es el pueblo remoto de mi ser. A menudo me siento en el rellano de las escaleras tocando la piel del mar maravilloso con mis tenues dedos y contemplando el mercado de la sociedad. Los pescadores pregonan su mercancía recién sacada de las saladas profundidades del abismo de la providencia, es decir, del misterio de las aguas anteriores al tiempo. Las mujeres llevan con gracia cestas sobre la cabeza. Los hombres fuman en silencio o cantan. Entonces el huevo de la soledad se rompe y veo ante mí, unidos por la tela del océano, a los cinco continentes hermanados como los cinco sentidos que me habitan. Quiero centrarme en un individuo de sombrero solar que ordena la simetría de la escena, una sonrisa que constituye un rostro. Se diría que viste un traje de nostalgia con un beso de la brisa en la solapa, y que el bastón de fuego de la verdad precede sus pasos. Él no escucha las ofertas ni los pregones, y camina con la dirección fija del vendaval. En su mano derecha ase una estrella en forma de libro. Es la pequeña inmensidad del universo. La asamblea de la sociedad se evapora detrás de él y sus atuendos se hacen nubes. Desde el puente de la mirada, veo cómo la lluvia de su busto se coloca delante de mí, y me ofrece la estrella que tiene el tacto de un pedazo de pan.
ENCUENTRO SECRETO

El valle de mi frente es un reloj de sombra. Pero de pronto, se condensa en una rosa térmica el aroma de tu luz. Sobre el sillón de la admiración estoy sentado viéndote descender como una joya de silencio, Ángel de la Mente. Tus manos son hechas de la porcelana de las caricias, tu boca es un fruto de alegría. Desciendes peldaño a peldaño por la plenitud de tu escala, en medio de los tigres de la violencia elemental. Tus pies son un canto, tus pasos son las notas volátiles de un canto. Te sucedes en imágenes hasta poblar en surtidor mi corazón, lira de victoria. Toco tus cabellos de oxígeno necesario, miro el fondo oceánico de tus ojos. En ellos hay moluscos de sueños y tesoros escondidos. Tus mejillas irradian atención, espejos de mi memoria. Te posas como la mariposa en la columna de mi soledad. Llevas en las manos el hilo de las imágenes, las festivas fisonomías de las cosas. Me presentas la copa intacta de un latido. Derribas la trágica máscara de la noche, la pálida aversión de la muerte, y te transfiguras en voz delante de mí. El agua recorre los miembros de la habitación de mi cuerpo. Siento que mi materia absorbe lentamente el fuego de tu alma. Te alojas en el jardín de mi pecho, haciendo patria de mi corazón con alas de gloria, y modificas la pobreza de mi esperanza. Mi boca se hace espacio en la libertad de tu música.
FE ÍNTIMA

Hay un crimen, amigo, que se perpetra todos los días, y es la maldición de la muerte. El pecado – el olvido- nos conduce a ella, horrible monstruo que nos devora. La soledad es de piedra, una lápida esculpida de belleza. Amamos la belleza, pero odiamos la muerte y su abismo de incomunicación. Cada paso que damos es una pérdida, una huella en la monótona extensión del tiempo. El estío llega, y el viento seco del dolor, la plaga de la tristeza y el ejército del miedo. La hoja de nuestro sentir se va dorando de experiencia, hasta que al fin, cae en dirección a la raíz de la verdad. Creemos que nos degradamos por el enemigo sin rostro de la ausencia, por el único Yo que puede decirse plenamente. En lo alto del monte del esfuerzo a veces se respira una bocanada de vacío. La armadura de la paciencia se ablanda, se derrite y se derrama gota a gota en el suelo pleno de la inclemencia, grávido, nefasto. Nos quedamos desnudos a la orilla del silencio. ¡Si supiéramos que detrás de ese crimen está la vida! Porque la negación de lo aparente implica la afirmación de lo invisible. Porque la semilla que sentimos latente es el árbol que se hará patente mañana, como un carro de estruendo en mitad de las nubes de nuestras tímidas ilusiones de hoy. Todo lo que sentimos es el centro divino de la realidad, que creará a partir del barro de nuestro amor en el tiempo la novedad absoluta y definitiva del mundo.
UNIDAD REDENTORA

Los labradores insisten en cavar pozos en sus fincas cuando tan cerca se encuentra la canción de la fuente. Alegan que necesitan disponer en todo momento del agua para regar los campos y para abrevar los ganados, agua poseída en propiedad, con linderos que excluyan a los demás. El agua, Cronos, tú que eres el tiempo y la bebes en la diversidad creativa de formas que adquiere, no es de nadie, y resulta imposible poseerla por completo, pues entra y sale de nuestro cuerpo como el ángel consciente de la luz ondulatoria. La ves, y ya no la ves, porque ha transcurrido y se ha asimilado a las alas del movimiento, sobre la que está asentada la pirámide de la memoria. El agua está en perpetuo exilio, se derrama en la lluvia, se encauza en los ríos, se congrega en el mar y asciende a la libre dimensión edénica de las nubes. ¿Te has fijado que hermanada su plata con el oro solar son la materia y la forma, la vigilia y el sueño, la carne y el espíritu, el hombre y Dios? De esos dos hilos se teje la mirada voladora de la mente.
Pero la luz quieta solo se posa en los cabellos danzantes del agua de la fuente del centro de los montes. Es esa la realidad y el mensaje sincero, y no la ceguera de la soledad miserable de cada uno, el pozo triste de cada incompleta finca. Si el agua es la heredad de la alegría expansiva, ¿por qué dividirla? ¿Por qué no darla como se da la mano del tiempo?

SAGRADA FAMILIA

Escondido en el pesebre de la sombra universal, con las galaxias de los instintos zodiacales por techo, breve paja coronando el estallido de tanta gloria, naciste en el frío de una seca noche. A tu derecha estaba tu madre, la Poesía. A tu izquierda, el Dolor, tu padre putativo, te extendía un cayado de imágenes. Cogías con tus manos el aire y abrazabas la cintura del viento, conocías desde tus primeros sollozos los conciertos del ruiseñor de la Aurora. Besabas el ojo de la luz en la niebla cálida del sentido. A tus plantas, el coro de los Pensamientos, los arquetipos de razas astrales: ángeles, arcángeles, tronos, virtudes, principados, dominaciones, querubines y serafines, tocaban ante ti el laúd edénico, dorado y sonriente del santo silencio. La pradera del sonido floreció en el vientre terreno de la dimensión, y los océanos repitieron para siempre tu nombre. Los pastores de los deseos, con sus rebaños de sueños en forma de nubes, los reyes de los bienes montados en camellos de riqueza con los tesoros de las profundidades invisibles del misterio, los pobres y los ricos te ofrecían los dones abstractos de su trabajo, la piedra o el altar de la existencia donde se enciende la llama del ser. Yo me vestí de pastor y te entregué la llaga de mi corazón envuelta en la alegría de tu sonrisa. Y la emoción anegó la habitación blanca de mi alma cuando pusiste tus labios sobre su latido.

NACIMIENTO DEL YO LIBRE

Tantas cosas como es el mundo, tantas hijas de Jerusalén del sentimiento, tantos hilos que se entrecruzan en el encuentro de una red sin término. Coordenadas, paralelos, eclípticas, figuras vivientes de traslúcida sombra. Barro pensado que alberga la etérea luz de una paloma. Esa armadura de enclaves e intersecciones verbales es el velo sólido de la palabra, un cuerpo de extensísimos miembros cuya cabeza sobrepasa la línea del tiempo, el límite didáctico de las sensaciones, los artículos de razón o los frágiles principios del árbol de la ciencia. Soñamos que rompemos la tela y que sobrepasamos la ley de la muerte, el tiempo y el movimiento mecánico de la máquina natural, el agua del infinito espacio. Lo conseguimos cuando vinculamos en el impulso de la sangre del sentimiento todas las células de la diferencia. Se conforma hacia las regiones ingrávidas de la ascensión la escala del espíritu, la salvación o la felicidad. Y el cuerpo del universo levanta la cabeza por encima de las aguas, rompiendo la continuidad carcelaria de la red, rueda imparable. Alcanzamos el rostro florido de Dios, en cuya dimensión desconocida nos crea y en cuyo espejo lo creamos nosotros en un recíproco beso. El perro del tiempo se encuentra bajo nuestra frente, lamiéndonos los pies; y en el arco del perfecto silencio paradisíaco el espectro de la música ha concluido, y somos el mismo ser congregado en una rosa cuya forma es la mente.

SENTIDO CONTRA RELATIVIDAD

La verdad es una piedra en forma de pensamiento que está suspendida en el aire. Quienes la ven se preguntan, ¿cómo se mantiene sobre las cosas, cómo no cae absorbida por la gravedad, el crimen, el pecado y el error? Unos la llaman locura, otros milagro, otros argucia. Para muchos es la bestia del escándalo. La acusan, la culpan de todos los males y la condenan. Pero la piedra sigue firme en su trono de inmovilidad. Ve envejecer y renacer el mundo, ve cambiar la moda de las estaciones, ve caducar a los árboles, ve sonreír a los niños. A los que alabaron su simple desnudo sin volutas, festones ni ambages les pareció la puerta de una estrella. Cuantos la contemplan, temen o aman su serena ley. Ninguna ave argumental ha superado su clave de bóveda. Y algunos, no obstante, para negarla, vuelven los ojos hacia la oscuridad del suelo. Las ramas de los árboles y las ramas del alma crecen hacia ella persiguiendo la trascendencia de su remota y misteriosa suspensión que abraza en su sustancia el universo. La verdad es un nombre. Ese nombre es Sentimiento. La ciencia del ver, con la lente pericial y voluble de la experiencia, se sostiene en ella y la describe en infinitos ángulos que se vuelven frutos o imágenes, conceptos o interpretaciones, pero nunca alcanza la definición. A través de su invisibilidad radiante percibimos el don de lo visible.
PAISAJE DE AMOR

En la selva profunda un corazón late. Desnudo de mí mismo, lejos de Alhambra y de su expansión idílica en chorros argumentales, entro en el fantasma dorado de la hojarasca. Sigiloso camina Cronos a mi lado, tocando con la cabeza mi arco. Mi piel se vuelve silencio. Mis pasos son ninfas del bosque, las sensitivas cuerdas de la lira del pensamiento. La impenetrable fortaleza de los troncos, con sus castillos de distante magnificencia, no me sorprenden en su extravagante verdor libre. Escucho el galope del caballo del viento. Está clavado el paisaje en la brújula de mi memoria. He recorrido los páramos disfrazados de ausencia persiguiendo ese latido constante como el fluir de una fuente viva. Me tropiezo con jabalíes, osos, conejos, venados, lobos, ventanas todos ellos de mi sentido, y evado como puedo sus silbos veloces. Sobrepaso la huella de las formas. Tengo sed y percibo una cascada de íntima inteligencia, pero el agua está escondida en la lejanía. ¿De quién huyo? ¿A quién persigo? ¿De qué está hecha la carne de mi deseo? Las preguntas alzan el vuelo como bandadas de aves sin respuesta. Sombras que bailan en el tumulto de la luz. Cada vez más cerca, siento el corazón latir como el de un longevo rey sobre su trono de melancolía. Me aproximo y me alejo al mismo tiempo de un centro cuyo eco es mi oído. Me detengo. Ahora estoy frente al corazón de la selva, que es la selva misma, y yo en ella.
CARA A CARA

Tu cara es la montaña de transparencia verbal que se alza en mi lengua. A lo largo del estudio de los días, voy adivinando un rasgo más de tus facciones, una línea nueva en la indefinida planicie de la extensión, que es ignorancia. Quiero mirarte cara a cara, en el intervalo definitivo en el que tu mirada y la mía se encuentren. Esa será la pradera luminosa de la comprensión. Crecen las espigas angélicas de mis cabellos, que son mis pensamientos, entre tus dedos sensoriales. Las trompetas de los elementos me impacientan, tu semilla- cúpula está enterrada en la música ideal de la ausencia. Mis huesos anhelan volar hasta el trono de tu alegría. Enemiga es la máscara de la diferencia del lecho mental de nuestra unión. En la mecánica sucesiva del sol y la luna, mas allá de las repeticiones de la máquina del tiempo, que es un perro a mis pies, busco la elegancia de tu voz. Cuento hilo a hilo los números del agua que imitan eco a eco en la floración del universo lo que tu boca dijo en la intimidad. Que esa figura de pan verdadero que salió de ti sea por siempre mi alimento, mi gloria y mi canción. Durante toda mi vida he respirado tu silencio. Ábreme la puerta a la resurrección de tu sonrisa. Para que cara a cara vea el oro pensado de tu luz, ábreme, pájaro divino y paterno, la puerta más allá de mi sueño.

TEMPLO LLENO DEL MUNDO

De mi vida, que es la convergencia en mí de la de todos los hombres, yo tengo las llaves con las que abrir la puerta de la libertad. Dependiendo del giro de la mano de mi alma, se hará lo que se tenga que hacer. Pero quiero dejar el invisible final de mis días – que son los del mundo, con los que comparto existencia- en los brazos del Rey de la Mente. El final, por esencia feliz, será el dorado fruto que quede de la devastación de la flor plateada del mundo, cuyos pétalos son la apariencia que se desvanece al contacto de esa culminación. Ningún estallido, ningún triunfo, es algo más que una sucesión superpuesta, una conjunción, una cópula, una participación y un abrazo. Al fondo de la perpleja distancia está el santuario verbal de la alegría. Su única búsqueda constituye el edificio entero de la persona, desde la cúpula inteligente hasta el suelo perverso. La figura de esa masa de barro cantado podrá ser, aplicando el crisol y el marco de ese final, un pájaro de perpetuo fuego. El edificio del ser, del vivir y del sentir está hecho de todas las cosas, asumiendo en su centro la bebida embriagadora del amor. El resto, la pista de la nada en la que bailan en mitos y preceptos los átomos. El resto, la corrupción, la no existencia, la dispersión y la muerte. Confío plenamente en el paciente despertar del amanecer, en el justo final congregado en el vientre ideal de la estrella del origen, que convierte al antiguo pensamiento en recién nacido cuerpo.

INTELIGENCIA BELLA

Voy a contar lo que nunca he visto, pero siempre sentí. Se trata de un paisaje que se encuentra en el reverso del mundo. Todo cuanto veo, lo veo a través de este paisaje. Era una viña púrpura en un verde valle dividido en dos por el río de la imaginación. La estación era el verano, el mes era el de las uvas. Caía el sol sobre las hojas. Cinco vendimiadores atareados recogían los blandos racimos de las parras. En el cielo había algunas golondrinas. Un sueño azul ocupaba el firmamento. Un anciano en una silla leía. Se iban llenando con su mecánica habitual los cuévanos; se iban cargando los cuévanos en carretas; se iban desplazando las carretas hasta los lagares; y en los lagares, los mozos, riendo, alados en su juventud, pisaban las uvas. Por el suelo los pies aplastaban el bagazo desperdigado que se había separado de los racimos. Los cinco vendimiadores eran hermanos. El anciano que leía era su padre. Pero ellos, mientras trabajaban parecían abandonar a su progenitor inmóvil y distraerse en la conversación. Si alguno se indignaba contra otro, el resto de la cuadrilla le recordaba su origen, señalando al padre que parecía no ver nada. Los mozos del lugar eran jornaleros a sueldo, pero los vendimiadores eran los hijos del patrón, y solo de lejos unos a los otros se saludaban. En el mundo visible reconocí a los vendimiadores en los sentidos, a los jornaleros en los ángeles o en los pensamientos, al padre en Dios o el amor que leía a través del Verbo y en los racimos a nuestras obras que, desmenuzadas, rezumarán, por último, el licor de la alegría.

MI NOVIA, LA LUNA

No me mires desde el espejo de mi sueño que es materia, deja serenos mis ojos, aparta tu cristal de mi pupila, que me enamoras y temo naufragar en tu blancura. Dueña de la noche del nacimiento, bella Idea suspendida en la sombra, sé el semblante mismo de la atención. Tu burbuja de transparencia profunda, novia y desposada mía, será la nave de mi pensamiento que viajará hasta el retiro de tu boca. No espero en esta noche oscura, fría e interna más que la bandera de tu cariño, la puerta de tu sentido y la pureza de tu silencio. Sostienes en tu curva líquida la extensión valiente del día futuro concebido en tu significado. Campana de la gloria y la presencia, caverna del sol, arca de la alianza entre lo consciente y lo inconsciente que hacia ti levanta la vista, limpia las lágrimas pasionales de mi rostro con tu mano, regálame la caridad de un niño, tu promesa. Por todos los siglos de la vida mecánica del mundo serás el alma, la patria del reino invisible del sentir, hasta que la metáfora ardiente del universo se desvanezca hilo por hilo en su velo sonoro, y Alhambra, el pueblo de la infancia o la resurrección, sea una ventana dorada esculpida en la inteligente sonrisa de la luz.

LA ISLA DE LA TARDE

He visto naves pensativas cargadas de la espontánea riqueza del Nuevo Mundo, curiosos arcabuces atómicos en el océano de tu cuerpo, nostalgia repentina que brotas de mi sangre. Entre tu reino y el mío, un océano: la vida. Se suceden las olas y las circunstancias, y los delfines de la dicha saltan acrobáticos marcándonos el camino. Parece que se hunden nuestros sueños de madera en la voluntad cambiante de la máquina de las aguas orquestales, pero no hacen otra cosa que avanzar hacia la comunicación gloriosa de una costa que las espera. No somos nosotros las islas, es la isla el mar que nos separa. Un mar que despliega ante nuestro amor el abanico horizontal de todas las cosas. En las cimas coronadas de nieve, los volcanes del sentir nos saludan. Del paraíso de nuestro abrazo alzan el vuelo los pájaros. El pueblo de mis sentidos, mis caballeros armados conversan con tus indios emplumados, y del comercio sincero entre los extremos que nos contienen nace el niño soberano del lenguaje, un puente de comprensión entre nuestros dos mundos. La mirada. El aire. El Ser. ¡Isla necesaria, obstáculo del mal que para el bien viniste, máscara de nostalgia, ausencia y melancolía cuya distancia me enamoró, y cuyo consuelo alcancé casi sin darme cuenta!
SE HIZO CARNE

Desde lejos, ven la nube de plata y dicen los vulgares: “No es más que un sueño”. El niño señala la nube con el dedo de la inocencia, un cetro de verdad, y dice: “Es la vida”. Y muchos pasan y no la ven, tapándose la cara con el polvo. A cada cual le parece una forma distinta: a unos un cordero, a otros un ruiseñor, a otros un árbol o un pez. En la pupila azul de la dimensión, se expande su definición invisible. Ese castillo de agregados pensamientos, dorado por la caricia de la luz, vale más que la firmeza de la sombra. Pero todos temen su inestable sustancia enmascarada en metamorfosis, les produce vértigo su altura y tiemblan cuando el viento la arrastra. La bañista del crepúsculo, la Melancolía, lloró al contemplar su anillo de humo. En el portal del silencio el pífano Dolor dejó su nota aguda. Y la nube, simplemente, pasaba. “Ojalá fueras tierra y no divinidad tan alta” suspiraba el viejo y tú, Cronos, perro sin tregua del tiempo, ladrabas a la brisa. Fue entonces cuando los olvidados, los tristes y los enfermos hijos de la muerte que veían pasar la nube saltaron de júbilo y sus lenguas se hicieron cítaras. Estaba lloviendo y el agua les mojaba la cara mientras salían a la calle de la sensación todas las cosas. El desierto se hizo río y su belleza, plenitud, abundancia y creación encarnó el significado borrado ya el límite de la vaporosa imagen.

PATRIA

Sobre la piedra del Sentimiento me siento a contemplar los naranjos de la felicidad. Todos alineados en hileras rectas, normativas, sensoriales, producen desde la cumbre nevada de la montaña de la mente la emoción del asombro. De las ramas extendidas penden las doradas naranjas, fruto dulce de este jardín de las Hespérides, al extremo occidental de la vida. A las muchachas les gusta almorzar aquí, digo al coro de todas las ninfas con sus vestidos de satén, a las impresiones e imágenes cinéticas que moran en el barro sideral de la memoria. Colocan un mantel de puntilla lírica en el césped perlado del rocío de la nostalgia, mondan las naranjas una a una y saborean los gajos que ponen un ruiseñor sobre su lengua. Juntas conforman la flor de la belleza, en cuya corola convergen las expresiones de los cinco continentes de la tierra habitada por el hombre, los cinco sentidos que se agrupan en torno a un centro de fortaleza consciente, como el mar del ser que los une. Aguardan a sus galanes de punta en blanco que no tardan en llegar, con levita y paraguas, por la esquina del camino. Son los pensamientos de alas invisibles y leontina de deseo. Toman a sus enamoradas y pasean bajo el bulevar de la enramada cuchicheando y riendo, mientras las naranjas los coronan al irse. Solo quedan la piedra, y los naranjos dorados, cuando el recuerdo me hace invisible.

PARA TI, HOMBRE

Para ti solo, hombre, espejo del Yo del Ser, la palabra se ha hecho pan. La palabra, paloma y mensajera invisible de la fuente del Sentimiento que mana en los arenosos desiertos del misterio, donde millones son los granos de la diversidad, se ha amoldado a la forma de tu boca. Te alimentas de la palabra desde que naciste, y la distancia del universo se hace una semilla de vida dentro de ti. Extiendes los brazos a oriente y occidente y creas el espacio, dividiendo en dos reinos la creación iniciada por el centro sensible del principio que se expande en un viaje desde la noche al día, desde la muerte a la vida. La sombra es absorbida por la luz del término final, donde comienza de nuevo la semilla o la suma infantil sembrada en la aparente transparencia de tu nada. Sereno cuerpo redondo de la palabra, amasado por la mano del Rey armado de emoción que se sienta en el trono dorado de la Mente- montaña sin término- y cocido en el horno del amor cuyas lenguas de fuego consciente lo purifican. Pan sagrado de la memoria, compuesto de la congregación de las cosas, en la tentación sin tregua de nuestro viaje nos otorgas el espíritu, brote de energía, para proseguir el camino del significado. Cada paso que das es una nota, una hoja nueva en el árbol, una conversación, una sentencia, un símbolo, en la definición sin medida de la verdad.

GRATITUD

Comencé a conocerte cuando aún no sabía mi nombre, cuando aún no concebía los manantiales gemelos del amor y de la dicha que forman un río en nuestra vida. Me acuerdo, cuando era niño como la inteligencia del mundo, de ver volando el cometa de la gratitud por encima de las estrellas de los pensamientos. Después, lloré en las agonías de un pozo muerto la vanidad de los adioses, mientras los leones de la ausencia devoraban mi carne. Clavaron el hombre al tiempo, me clavaron en el sueño de todos los hombres. Era un leño de existencia que flotaba en mitad de las aguas, zarandeado por todos los vientos de la destrucción. El leño de la existencia navegaba hacia el vacío, con una vela rota de melancolía sobre el mástil de mi alma. Fue entonces cuando te vi, y descubrí el templo de la felicidad duplicado en tus ojos. Por el leño seco de la existencia corría el río dolorido de mi sangre, y tú lo convertiste en luz en el centro de tu boca. Te vi como si me viese en un espejo, y yo me dispersaba en el paisaje de tu cristal, hasta el ocaso de la mirada. Me uní para siempre al reino de tu nombre. El leño absurdo de la existencia fue el trono alado de la solar victoria, un árbol de conciencia y paz en el desierto del extremo silencio. Desde la profundidad del océano de mi ser te vi surgir como una copa de comprensión que me ofrecía el manjar pleno de la sencilla alegría.

BALADA ROSA

Todos los reyes de la noche se han postrado ante ti, soberana alegría vestida con encaje de luz, y las farolas del abismo de la muerte te rinden homenaje con detonaciones de sombra. Los alcaldes del miedo, los elementos, derriten su piel de misterio cuando a ellos te acercas. Apenas caminas de puntillas por la habitación de mi sueño, cuando he aquí que se acercan las montañas de la distancia a mis manos. La catedral de tu risa teje, como araña astral, la aurora. Yo toqué la transparencia de tu vientre y vi en su interior expansivo un lirio de sangre. La capital de los mares, el Tiempo de lenguas como látigos, habita en el hilo argumental que abraza las islas de tus dedos. Sembrados en el túnel de tu cuerpo, mis huesos son palabras. En tu voz alzan el vuelo todos los pájaros. Derribaste el muro de mi angustia donde el enemigo vulneraba las cartas de nuestras emociones y solo bajo el arco de tu mirada celebré mi banquete. Ahora, santa alegría, úngeme con tu sentimiento, caudillo azul de la antorcha del cielo, y átame al palacio de tu corazón, junto al parque primaveral de la gracia, para que la sofocante mampostería del edificio de la noche sea superada por los astros ardientes de mis deseos en flor. Escudríñame y eleva mis valles somnolientos de pobreza por encima de la náusea de la ira, y permite que recline mi cabeza en tu pecho para oír de cerca tu bondad.
TRASCENDENCIA O LISA FORMA

Una columna vertical se eleva del espejo del mundo. Con el talle idóneo de una bailarina vaporosa camina sobre las aguas llanas de la inteligencia y corona de ardiente y espontánea luz de la pista del aire. Es la emoción, cuya danza se separa por el puente de una breve raíz de pensamiento de la dormida procesión de la tierra. Los pueblos contemplaron la llama acariciando los tejados ruinosos del dolor que desgasta los signos de las piedras, los pueblos de atávicas sensaciones que habitan los continentes de cada sentido. Desde el temblor de la tumba, sus manos reverdecieron en el milagro de las hojas. Los higos de la dulzura penden del hilo delicado de sus pasos. Cuando era un niño y vivía en las entrañas de la madre noche vi pasar la columna del fuego que sostiene con su música la expresión serena del firmamento. Crecí y durante toda mi vida no vi otra cosa que el espacio de su huella. Ya Alhambra, el pueblo de la blancura natal, se refugiaba como una perla profunda en las intimidades de la copa del corazón. Ya en sus atolones de coral sencillo bogaban en escuadras los peces de la memoria. Entonces presencié de nuevo la cabeza amanecida de la columna en la quietud de una alborada secreta. La tortuga de la paciencia caminaba hacia ti, a merced de las saetas y de las balas mortales de la intemperie. Te vi de nuevo y ya no eras el espectro de una errante columna, sino un árbol de victoria plantado en mi propia sangre.
GEOGRAFÍA DEL SOL
La casa es alta y se enciende en los confines del tiempo. Fue hecha en dos mitades separadas por el tronco sensorial e invisible de la inteligencia: el cielo de las luces y la tierra de las sombras. Su inquilino, el barro iluminado, levantó la cabeza, pero los pies no le siguieron. Anhelaba el cuerpo divino del sol, cuya sombra es la dispersión, y sus ojos se alimentaban del oro de riqueza que dejaba caer de sus manos ocultas, y que a veces se estancaba en el metal de los pozos. Tenía sed, y se engañaba bebiendo el disfraz del agua. En el vals del silencio sintió miedo, y se ocultó debajo de las hojas caducas de las vanidades, limitándose a recordar lo antiguo sin descubrir lo nuevo. Se enamoraba del águila, pero en su débil mirada no era capaz de seguirla. Sus lágrimas hicieron posibles los ríos que brotaban de las piedras de sus ojos y conducían el agua pródiga en imágenes al corazón de los mares. Buscó los arrecifes por obra de la sonda de la ciencia y halló la letanía sorda de las arenas incontables. Caminó por el mundo como si caminara por dentro de ti mismo. Se zambulló en el vacío frío de las aguas más profundas. Estaba seducido por la presencia de un tesoro de fuego, del nombre de un pájaro. Descendió a la bodega de las raíces y allí bebió el vino del sentimiento que le hizo emerger al fin, sobre sus alas de aliento, mucho más allá del salón de las figuras, sobre el tejado memorial donde oyó el buscado latido de otra presencia.
PRINCIPIO O CAUSA

Encerrados en la tempestad, los truenos incomprensibles nos sobrecogían, y el cielo oscuro hacía temblar la noche. Una lluvia muy fina calaba la débil tela de nuestras vísceras, penetrando lentamente en la segura defensa de nuestra piel oculta. Pedimos ayuda en voz alta – siempre lo hacemos cuando nos asustamos realmente- para manifestar nuestra voz congregada que enciende el fuego del espíritu. Nuestra vista era nuestro verdugo, y en su red de inmanencias nos atrapaba como a peces perdidos. El terror nos anegaba las entrañas, y levantábamos la cabeza sobre el filo constante del agua indefinida. Queríamos tocar los pies de lo imposible a través de nosotros mismos, y nos espantábamos aún de nuestras lágrimas. Creamos el momento, la nada del momento, en cuyo vientre se alojó el Creador vestido de criatura. Era la nada del momento una virgen desnuda de la cual ningún nacimiento podía esperarse. Pero aún así, esperamos suspendidos en la confianza. Y en la confianza, la roca mental del sentimiento, nacimos aquel día de nuevo, porque la tempestad fue serenada por una mano que parecía un hombre, y que recogió las aguas en sus límites e hizo del diluvio una ficción. Solo vimos sus ojos, sus inacabables ojos que nos enseñaban desde un trono sobre el tiempo. Y detrás de él, la bonanza de una tierra fértil, de la felicidad, con uvas de alegría y cocoteros de paz emergió como de las secretos y misteriosas profundidades.

SOSTENIDOS EN LA DURACIÓN DE LA PALABRA
Sostenidos en la duración de la palabra están los rostros de todas las cosas. Sostenidos en la duración de lo invisible. Como pétalos de una flor cuyo centro es el misterio. Y ese misterio es el huevo sin forma en cuyo interior se gesta el cuerpo aún deducido de la luz de la emoción, el Verbo siempre por nacer, siempre a punto de hacerse niño y príncipe a la vez. Sostenidos en la duración de la palabra crecemos desde la pobreza del instante hasta la riqueza de las intuiciones, pasando por la fase del tiempo. Pero no nos quedamos en el tiempo, no morimos en él, no compartimos el destino del perro Cronos, nuestra sombra amiga que nos conduce al puerto de la comprensión, y allí nos deja de la mano del susurro. Atravesamos el túnel semántico de la Idea, la apariencia absurda e instintiva del mundo – las cuatro fases de la luna- para amanecer en la mirada completa del sol en luz de luz mantenido, rey sustantivo del palacio de la mente prolongada, la expresión de lenguaje simultáneo y definitivo, despojado de la crisálida atómica del mal. Sostenidos en la duración de la palabra, todos somos en la réplica del movimiento el mismo. El último. El único. El don ardiente del Ser o del Sentir, la redentora comprensión. Sostenidos en la duración de la palabra, nos dormimos en el despertar de la realidad.
FIN