CÁRCELES MENTALES ( NOVELA COMPLETA)

CÁRCELES MENTALES

A Ángel Soldevilla, que me dio el título y la inspiración de este libro

– No era un hombre de muchas palabras. Tal vez usted lo conoció mejor que yo. Bárbara me confesó que tenía un temperamento violento, combativo, tiránico con las personas que vivían a su alrededor. Un iracundo talante, una resolución obsesiva. Pero también estaba dotado, para algunos caracteres, de lo que no dudaría en llamar (usted me comprende) una vis atractiva, un cierto don de gentes ( ¿apostólico? No, no, esa no es la palabra), un irresistible instinto de conquista, un deseo de agradar que convertía a los demás en objeto de sus ambiciones. Ah, y una astucia maquiavélica para los negocios. Nunca pude imaginar que fuese capaz de hacer ese horrible papel de asesino, pero cuando vi a aquel hombre muerto delante de mí me dije…
– Sergio o Sergei como se diría en ruso, con apellido encubierto. ¿Le resulta reconfortante que lo repita? ¿Sigue existiendo para usted?
– Oh, sí, es la máscara del Diablo. I feel afraid of him. Perdone que me eche las manos a la cara. Es que lo recuerdo todavía con el uniforme de teniente de las Fuerzas Aéreas de Moscú, saludando militarmente a los superiores, sonriendo a las damas, acariciando a los niños. ¡Qué terrible! Alguien que ocultaba tan bien el veneno de su corazón. A mí misma me recomendó un diamante de Sudáfrica tallado conforme al diseño “Reina Victoria”, me mostró el catálogo donde aparecía y se ofreció a entablar negociaciones con los distribuidores para rebajar su precio oficial. Creo que esto fue en 1982. Era yo más joven y aún no me había divorciado de mi marido. Cuando quería, sabía hablar como un orador profesional, era civilizado y correcto, y guardaba una biblioteca de retórica en la cabeza, mayor que la de Alejandría. ¡Ah, verá, verá! ¡Y sabía ser galante también! En mi casa de Manila, delante de mi hijo mayor, me recitó unos versos en francés, unos versos de Baudelaire, y todavía me acuerdo del último: ” Sois charmante et tais-toi! Mon coeur, que tout irrite, excepté la candeur de l’antique animal”. Estábamos tomendo el té de las cinco, era precisamente otoño, aunque en los trópicos no se nota en absoluto el cambio de estación, y mi hijo Harry -otra pieza igual, no solo por el nombre, a aquel príncipe libertino de Shakespeare, a aquel Enrique V de Inglaterra- que acababa de obtener el título de arquitecto en la Universidad de Harvard, enseguida le tomó cariño y se hizo íntimo amigo suyo. Debía de ser un hombre muy hábil, porque durante dos años y medio comiendo y bebiendo con él, mi hijo nunca le notó nada raro, ni le sacó ninguna información controvertida. Es más, hablaban juntos de política y de negocios, a veces con mi marido también, que venía fatigadísimo de arreglar las cuentas con los administadores de sus cadena de hoteles. Él fue quien le dio la idea – ahora me viene a la memoria- a mi marido para que firmase un contrato de cooperación con algunas compañías aéreas, con el fin de establecer condiciones de mercado más favorables -precios más bajos para los usuarios- a cambio de una clientela más o menos asegurada, y así ganarle la partida a las agencias de viajes, que hasta el momento controlaban y fijaban los dividendos del negocio turístico. Con un vaso de whisky escocés de cebada y avena, al menos en nuestra presencia – se pasaba horas hablando de política y de eonomía bursátil, comentando los datos de los periódicos, y repitiendo a menudo que la industria de la información era el verdadero ferrocarril de la sociedad de consumo. Se podía hablar con él de cualquier tema, especialmente si se trataba de un tema de actualidad, y siendo de nacionalidad rusa – jamás se reconoció soviético- conocía la literatura y el arte de su país, había leído a Dostoyevski y a Tólstoi, a Gorki, a Gógol, a Pushkin, a Pasternak, a Turgueniev, a Mayakovski, y en cuanto a la pintura contemporánea- yo he de confesar que no diferencio un lienzo abstracto de una mancha en mi vestido- era de los pocos que sabían apreciar una obra de Kandinsky o de Malévich.
– ¿Mantuvo usted alguna relación con él más allá de lo profesional?
– ¿Se refiere a…? Oh no, de ninguna manera. Yo vivía en un matrimonio serio entonces. Y todavía, aunque Matías y yo no nos vemos, somos padres de tres hijos ya casados. ¡Pero como le digo, ese hombre debía ser el Diablo para que no nos diésemos cuenta…!
– De que se dedicaba al tráfico ilegal de armas desde 1980.
– ¿Quién podría sospecharlo? Un hombre tan gentil, tan instruido, tan culto, tan educado. Sabía cómo agradar a la aristocracia, y se codeaba con embajadores y políticos de todos los países.
– Especialmente con las autoridades gubernamentales de Angola, de Liberia, de Libia, de Afganistán, de Bangaladesh, y de otros países del Tercer Mundo, según consta en los informes públicos de la KGB. ¿Es así, o me equivoco?
– ¡Dios mío, es así! Hablaba más de diez idiomas, pero lo más curioso de su caso – si es pudiera tratarse de un caso de estudio para los sociólogos y psicólogos de todo el mundo- era su generosidad, porque sí, era un hombre generoso, como ningún europeo pudiera llegar a serlo. Le prestaba dinero a cualquiera, de amigo a amigo, sin pedir aval alguno. Tengo que reconocerlo: a mi marido le prestó más de doscientos millones de dólares para financiar un parque tecnológico en Taiwan. Guardo aquí el talón, firmado de su puño y letra a fecha de 26 de noviembre de 1986.
– Por favor, quisiera que la cámara captase esto, en plano de cerca, para que nuetros espectadores puedan ver el documento mágico por el que Sergei Paulóvich concede un préstamo de exactamente – permítanme que lo lea- doscientos setenta y cuatro millones de dólares a favor de ATHOMIC COUNTRY, la multinacional domiciliada en Milkwaukee de la que el señor Matías Kossuth, de nacionalidad húngara, figura como uno de los socios fundadores. ¿Se trata de una fábula, tal vez de un montaje mediático? No, señores, la Galaxia Gutenberg, la Musa de la Era de la Información, en palabras de aquel investigador canadiense, ha permitido que todos ustedes, estimados televidentes, de todas las clases y condiciones sociales, se conviertan aquí y ahora en testigos oculares de este acontecimiento. Vean m dedo sobre la firma instantáneamente, la caligrafía de nuestro sujeto de estudio, la historicidad de esta firma a prueba de incrédulos, que muy gratamente los tribunales de Estados Unidos, por recomendación del Consejo General de las Naciones Unidas, nos han facilitado. Pero esta entrevista no termina aquí. Tras cinco minutos de publicidad les adelantaremos nuevos datos exclusivos sobre el ya conocido como CASO PAULÓVICH, caso actual que reaviva el debate sobre el tráfico ilegal de armas a escala internacional. Sigamos después de la publicidad y en nuestra página oficial de internet cuya dirección les aparece en la parte inferior de sus pantallas. Hasta dentro de cinco minutos.
Corta, Ringo. Uf, creía que iba a desmayarme otra vez. ¿Dónde diablos está mi insulina? Eh, Margie, cariño, ¿has visto…? ¡Ah, aquí está! Voy a preparar la inyección. Sí, eso, sujétame el brazo. Sobre la vena de la muñeca. Así. Disculpe este lapsus, señora Kossuth. Los diabéticos, ya se sabe, estamos sujetos a esta esclavitud.
– No se preocupe. Ja ja. Todavía estoy acalorada a consecuencia de la entrevista. ¿Cuándo saldrá?
– Mañana. Digo, hoy, hoy. En el diario en la sección de economía en la sección Todo Noticias de la Televisión Nacional, ¡ay, cuidado con apretar tanto!, en la Radio supongo que en cada emisora, en el suplemento semanal y en el archivo mensual de casi todos los diarios oficiales. Tardo más en decirlo que tardará la noticia en aparecer. ¡Ringo, acércame un vaso de agua! ¡Bien fría!
– Estoy deseando que la noticia se disperse a los cuatro vientos. No sabe cuánto anhelo que la mezquindad de ese hombre sea conocida de un polo a otro del planeta. Me alegro de los cargos que han levantado contra él, y espero que la justicia arroje el peso de la ley sobre el canalla que ha arruinado a mi familia.
– Sí, claro, será una diáspora. ¡Vaya, qué fastidio, me salen expresiones religiosas! ¡Parezco un pastor! Tendré que entrevistar al Papa, si es que dispone de tiempo… ¡Algodón, algodón! Estoy por canonizar a quien me soporte…
– ¡Por Dios, no hable en esos términos en un momento como este, ahora que mi marido… en fin! Hace seis años que estábamos divorciados, pero aún así compartimos…
-Oh, disculpe, los nervios del directo me están afectando a mí. Le doy mi pésame. Fueron muchos años, supongo. Ya sabrá, señora, que el mundo de la información resulta ciertamente estresante. Acabo de recordar que tengo que entrevistar al capitán del equipo de rugby de Alabama a las cinco para cubrir la sección de deportes. Y ya se nos ha acabado la publicidad. Le voy a hacer unas preguntas insignificantes durante un cuarto de hora acerca de ciertas costumbres privadas del condenado a muerte, digo insignificantes porque no sirven para nada pero a la audiencia les gustan mucho. ¡Ahí está el zumbido! Vamos allá, Ringo. Bien, estamos de vuelta con todos ustedes [ interrupción de la grabación durante siete minutos] … le gustaba vestir ropa elegante, cara y de moda, para resaltar su capacidad económica?
– Sí, siempre vestía como nosotros [ interrupción definitiva de la grabación ]
El pasaje redactado anteriormente pertenece a los archivos de grabación sobre cinta magnética de una conocida agencia de información británica. El Narrador la ha recogido y la ha incluido en sus fuentes como una pieza fundamental para relatar su versión de los hechos acontecidos, guardando la norma de la concordancia, de acuerdo con la máxima horaciana “denique sit quidvis, simplex dumtaxat et unum” ( “en fin, sea lo que quieras, con tal de que sea uno y simple”) que la tradición aristotélica griega vincula a las composiciones discursivas, principalmente a las literarias. Lo demás queda a criterio del lector, sea o no implícito, o del oyente.

Primer Enigma

La ficción como un día hondo se cruza
con los ojos que leen las palabras
e interroga con personajes tenues
la imaginaria soledad del alma.

Crea el lector la memoria en su sueño
y la obra – igual al mundo- es terminada,
y bebe de otras vidas en su copa
– la suya, cual si en ellas se encontrara-.

El lector está ante un espejo intacto
por el que se desliza su mirada.
Su imagen está dividida en piezas
y solo su verdad sabe enlazarlas.

El autor está muerto, es un hechizo
que alzó del vacío páginas blancas.
En ellas buscó la luz del albergue
el lector, su secreto, en la distancia.
647 255 773
Este era mi antiguo número de teléfono. Ahora sabrán ustedes lo que ha acontecido.
Nos encontrábamos segando los campos de cebada, centeno y trigo de Würzburg (Baviera), comarca alemana exportadora de los conocidos vinos del Main, cuando notamos que algo extraño le pasaba a nuestro compañero Karl. Karl frisaba los cuarenta y ocho años, estaba casado y tenía mujer y dos hjos. Como nosotros, era jornalero eventual y a tiempo parcial en épocas de recolección. El resto del año se dedicaba, creo, a trabajar en los Altos Hornos de Wiesbaden, en Renania. De carácter alegre, bebía cerveza como ninguno de nosotros, y nunca, que recuerde, lo habíamos visto enfermo. Aquella mañana notamos que hablaba poco, que no seguía nuestras conversaciones, como si estuviera preocupado por algo, o como si no nos escuchase. Cuando le dirigíamos la palabra, o le gastábamos alguna broma, se limitaba a decirnos: “Dejadme ya, diablos, que tengo que llenar otro tractor”. Y se volvía de espaldas a nosotros, sonriendo como enajenado, como si nos hablase desde otro mundo. Nos dijimos: “Este debe de haber bebido más de la cuenta”. Seguimos juntando gavillas durante cerca de media hora, sin preocuparnos por él, y en esto escuchamos unos gritos. Al darnos la vuelta lo vemos en la hierba tendido, escupiendo sangre y delirando, y repitiendo con los puños y con los ojos cerrados: “Voy a matar a Fried”. Creíamos o bien que le había dado un brote de epilepsia, o bien un infarto del mucho beber, y desde mi número de teléfono avisamos a una ambulancia. Pero mi celular – yo era el único entre los presentes que lo llevaba- no tenía cobertura, así que corrimos a llamar al patrón, que estaba con los tractores del otro lado del río. Cuando llegó, Karl ya estaba muerto. El forense, quien visitó por la tarde el lugar de los hechos, dictaminó que Karl había muerto a consecuencia de un envenenamiento con estricnina, la cual se le había suministrado unos minutos antes de su muerte. “Se trata de un veneno potencialmente muy activo, que ocasiona la muerte en pocos segundos. Desencadena una parálisis muscular, y se emplea principalmente como matarratas. Es probable que la dosis que ingerió el fallecido fuese pequeña, tal vez mezclada con la cerveza que bebía habitualmente, y lo más convencional en estos casos es que nos encontremos ante un asesinato premeditado con bastante antelación, lo que se conoce vulgarmente, entre los socios de actividades económicas ilegales, como un ajuste de cuentas”.
Pero lo extraordinario del caso no fue la muerte de nuestro compañero en extrañas circunstancias, sino la circunstancia que paso a relatara continuación. Fue que semanas más tarde, cuando le abrieron el vientre al cadáver para determinar mejor las causas de su muerte, se encontraron, a la altura del colon en el tubo digestivo, con un paquete de unos 20 gramos que contenía polvo de cocaína, de forma alargada y envuelto en un papel muy fino de hilo, parecido al que se emplea para fabricar los saquitos de hojas molidas que contienen las dosis necesarias para preparar una infusión casera y que se comercializan así en los supermercados. Al examinar el papel del paquete a la luz de una lámpara fluorescente, se encontraron con la marca de unas cifras escritas a tinta de bolígrafo, e inexplicablemente, los nueve dígitos escritos se correspondían con las nueve cifras de mi número de teléfono, el mismo que he anotado en el encabezamiento de mi relato. Se me interrogó acerca del particular, del cual era tan ignorante como ellos, cuando uno de mis compañeros confesó que las cifras se correspondían con mi número de teléfono, y no pude aclarar nada sobre el caso, pero se me requirió para que compareciese en la comisaría de policía con el fin de hacer las investigaciones pertinentes antes de que se celebrase el juicio, al cual debería asistir en calidad de testigo. Por su parte, en uno de los interrogatorios policiales en los que intervine, uno de los trabajadores de la explotación agrícola, de nombre Franz y de apellido Weiler, de 32 años de edad, aeguró, con notable cólera por su parte – era evidente que quería acusarme de algo- que yo había mantenido una conversación con el fallecido el día anterior según la cual le ofrecía la cantidad de 500 euros por el paquete que habían encontrado en su intestino, para venderlo a su vez a un consumidor. Y, queriendo avalar su tesis, presentó a cinco compañeros, sin duda comprados por él, que atestiguaron a su favor y en contra mía delante del comisario de la policía del distrito. Yo me acaloré mucho al cercionarme del crimen en el que querían implicarme, juré y perjuré que no era cierto, maldije y fui amonestado por el comisario, quien me aseguró que aquellas circunstancias se aclararían definitivamente en el juicio. Pero como estaba muy enfurecido por aquella sucia trampa, rebusqué en mi memoria y me acordé – ¿sería el Señor quien me dio la solución?- de que a ese tal Franz, el día 24 de enero del año anterior, le había prestado dinero, concretamente el doble de la cantidad por la que me quería acusar, para pagar presuntamente la hipoteca de un apartamento en Münich, y que me había devuelto el préstamo juntamente con los interesses un mes más tarde. Rebusqué en mi cartera y encontré la escritura privada. Entre los trabajadores, tenemos la costumbre de prestarnos dinero, porque nos sale más rentable que pedírselo al banco. Pero entre los trabajadores, los hay que como Franz, se dedican a negociar con los préstamos y las fianzas, concediendo y solicitando cantidades a título personal, como si de una entidad financiera se tratasen, y aunque todos sabemos que tal actividad podría, con altas posibilidades, levantar la sospecha de una actividad económica ilegal, nos encubrimos los unos a los otros porque nos benefician sus resultados.
No obstante, para impedir mi acusación, creyéndome vendido al enemigo, saqué toda la basura a relucir delante de la policía, y cuando el comisario me pidió los documentos del crédito, uno de los testigos – de los falsos testigos- de Franz comenzó a ponerse nervioso y, pese a los consejos solapados de sus compañeros, declaró: “Me han engañado” y se echó a llorar delante de nosotros. Entonces el pánico cundió entre ellos, y los conspiradores perdieron la calma. Cuando confesaron que Franz les había hecho “una promesa”, este pareció perder definitivamente el juicio, y se arrojó por la ventana del despacho rompiendo el cristal. La altura de la ventana a la calle sería la correspondiente a cinco plantas, y el cuerpo de Franz no sobrevivió a la caída.
Este hecho sirvió para iniciar las investigaciones en la explotación agraria, y lo que se descubrió meses más tarde no fue menos sorprendente que lo referido. En la explotación agraria de Würzburg -así la voy a denominar simplemente- se venían realizando operaciones de tráfico de drogas desde el año noventa y seis – quiero decir desde 1996- a través de una red de comerciantes encubiertos extendidos por todo el territorio nacional, quienes a la vez tenían contacto con las redes internacionales. Estos supuestos comerciantes, para blanquear sus cuentas ante la Agencia Tributaria del Ministerio de Hacienda, se inscribían en contratos temporales de trabajo, o bien de trabajo eventual en el sector primario de la economía, y cotizaban en la Seguridad Social por los trabajos realizados. Entre ellos había gente de todas las clases sociales, desde funcionarios a campesinos, y muchos afiliados y representantes de la clase política, como diputados o ministros a los que nunca se lograba inculpar. Incluso dentro de la policía… (esta información procede de una fuente no del todo fidedigna, pero constituye una sospecha fundada y un indicio razonable que no debiera despreciarse).
La actividad delictiva estaba tan organizada – y no se trata de un supuesto infundado, pues estas pruebas constan en autos, según me ha confesado personalmente el fiscal que lleva la causa, y ahora ya no tiene sentido respetar el secreto de sumario – que sus promotores y colaboradores daban charlas, conferencias en sociedades secretas, y se intercambiaban vídeos docentes con el fin de enseñar sus métodos a los nuevos integrantes. El mercado negro suministraba – y sigue suministrando- recursos ingentes a la actividad financiera que sostiene el bienestar de los países ricos, también llamados del Primer Mundo, así denominados según la nomenclatura tripartita con la que el demógrafo Alfred Sauvy, basándose en los estudios del estadista Sièyes, ha calificado a los tres bloques de riqueza financiera en los que se divide el mundo estatal o político – lo que acabo de contrastar consultando na enciclopedia-.
Después de haber estudiado concienzudamente el tema, yo, Jachob Liedenmann, campesino sin estudios medios ni superiores oficiales, me he sorprendido del apelativo con el que se conoce al mercado ilegal – en inglés blank market- , y lo relaciono históricamente con la trata de esclavos negros que durante siglos ha sido el medio más fácil de hacer riqueza en occidente, tanto en Europa y sus colonias como en América y sus islas. Bien sé que un curioso con ingenio podría escribir una procesión de artículos acerca del tema; en mi caso, no quisiera que fuese mi cometido. Como ya he indicado, este es un relato que me ha sucedido y que escribo en mi Diario Personal, para que algún día aquellos que busquen el consuelo de la información y que aguarden ilustrarse sobre el caso, puedan hacerlo con la garantía de un testimonio.
Desde que me ha sucedido esto, sigo trabajando como antes para mantenernos a mi familia y a mí, pero me he vuelto más solidario con los demás, entiendo mejor los sermones del cura en misa y los problemas de las personas, y no pretendo hacerme rico, sino ser feliz. Cuando veo la televisión o escucho la radio – recientemente, por cortesía de una subvención del gobierno, he instalado la red de internet en mi hogar, y mis hijos usan el ordenador con total soltura- mantengo una postura crítica con respecto a lo que me están contando, como la mantendría al hablar con un vecino que me estuviese narrando un suceso en el que no he participado, comprendiendo que en la imaginería publicitaria y en el eco acústico sin duda hay algo de verdadero, pero que hay que cribarlo de los embalajes de los intermediarios.
Como entretenimiento preferido, ningún espectáculo me conmueve más que lo que llamamos Naturaleza, en especial la más próxima y aquella que yo mismo puedo manipular. He dejado de ser un espectador, y me he convertido en actor de mi destino. Hasta leo libros que antes no tenía tiempo de leer, libros literarios de poesía y prosa, y he descubierto que equivalen a la mejor de las conversaciones, porque me hacen vivir la vida de otra manera, más real, más contrastada.
De modo que con el tiempo he pensado que este suceso aparentemente desagradable me ha servido para algo bueno, porque siento que he aprendido, y así me lo confirma mucha gente. No es que desde ahora no me equivoque ni sufra, pero si lo hago, tengo la esperanza de que va a servirme para algo.
En cuanto a mi antiguo número de teléfono, de momento sigo conservándolo como un buen recuerdo, y, he de reconocerlo, cada vez me llama más gente.

Del Diario de Jachob Liedenmann, 5 de mayo de 1999

Aarón acarició el cabello de la mujer que tenía al lado y se bebió su whisky antes de que el negro Silence limpiase la mesa de mármol de la que acababa de levantarse una pareja de ancianos de nacionalidad danesa, un tanto sorprendidos por la brisa repentina que se había levantado desde el mar. La mujer, mucho más joven que Aarón, reclinó su cabecita de princesa fenicia sobre el hombro de su amante, y, con la vista fija en la costa de playas lejanas, dejó salir las palabras.
Aarón la escuchó sin decir nada mientras se terminaba el cigarrillo.
Estaba pensando en lo mismo, pero de otra manera, y andaba el dinero por medio. Desde la mesa situada en el vértice de la hipotenusa que formaba un triángulo rectángulo imaginario, yo observaba a la pareja y al camarero negro que se movía casi al compás de sus pensamientos, como el mecanismo de un reloj, atildado con su uniforme bien planchado y mejor lavado, con la mirada exótica de los de su raza africana, traductora de la tristeza del exilio, la precisión en sus movimientos rápidos y el servilismo social del segundo hijo de Abraham. Me distrajo, en mitad del desayuno, la concertina del organillero que pedía su limosna a los clientes del restaurante, moreno y casi sucio de polvo, procedente de una familia de cíngaros o de gitanos rumanos cuyos antepasados próximos se habían dedicado a frecuentar como seminómadas las mansiones de los acomodados de ciudades industriales que gozaban de su ocio escuchando piezas musicales de sencilla ejecución. La tonadilla se fundió co el trino de una alondra. Y escuché, de paso, la conversación de los amantes mientras se terminaba la tónica:
– ¿Cuándo acabarás con el negocio? ¿La próxima semana?- le preguntó la mujer a Aarón.
– Ya te he dicho que no lo sé- contestó Aarón, arrojando el cigarrillo apagado al suelo y pisándolo acto seguido.
El negro Silence saludó a otro camarero blanco y este le indicó que avisase al encargado para poner música en el tocadiscos, con la intención de tapar la del organillero, que no acababa de abandonar la terraza y empezaba a repetir los temas con insistencia. Pusieron una pieza de swing. Me besaste en la boca, pero yo estaba escuchándolos a ellos.
– Dame un tiempo, y cuando coloque a buen precio esos seguros en la temporada alta, que empieza el mes que viene, haremos ese viaje a Venecia y nos casaremos- aseguró Aarón.
– Me prometiste que este mes…- objetó la mujer.
– Sí, ya sé lo que te prometí- repuso Aarón, y se frotó la pierna derecha, que le dolía a consecuencia del ácido úrico- Pero las cosas son así. El viejo es quien manda.
– ¿En qué piensas?- me preguntaste.
Yo te respondí:
– En ese hombre que habla con esa mujer detrás de ti. ¿Los ves? A él lo conozco. Es francés y se llama Aarón Tardif. Lo conocí cuando estuve de servicio en Arlés. Se dedicaba al transporte de mercancías por carretera y a la publicidad. Es natural de Grenoble, pero según me ha contado, tiene un chalet duplex aquí en Marsella. Es un mujeriego. Cada vez que lo veo, va acompañado de una mujer distinta. La que está sentada a su lado tiene pinta de ser una turista despistada. Le encantan las turistas. Voy a fastidiarle el ligue ahora mismo. Le daré una sorpresa a ese viejo búho.
– ¡Qué terrible!- contestaste mientras tu pelo volaba con el viento- ¡Espero que no te envicies demasiado con él!
– No te preocupes- repuse- Es inofensivo. No muerde más que cuando cierra la boca, como los perros de presa. Estoy seguro de que ya le ha propuesto matrimonio a la chica. ¡Eh, Aarón!
– ¡Eh, españolito!- gritó Aarón al reconocerme- ¡Ahora voy!
Se vino hacia nosotros riendo, y poco le faltó para chocar con el camarero negro, que volvía de cambiar la música. Andaba derrengado, y llevaba la camisa abierta hasta la mitad del pecho, y la barriga le temblaba siguiendo el ritmo de la escala diatónica. Hablamos. Nos presentamos, y después de dejar las monedas sobre la bandeja de la factura, fuimos a pasear por el paseo marítimo, donde ya se veían en su estanque de mar domesticado yates, veleros y motos acuáticas. El sol nos daba en la cara, y la Costa Azul se desplegaba como una postal frente a nosotros.
Por todas partes iban y venían automóviles caros, matriculados en el extranjero, con marcas que exhibían en su escudo de armas su remoto feudalismo, y la luz hería las armaduras automáticas en cuyo interior se escondían hombres y mujeres con gafas de sol, en ocasiones con el sonido del reproductor musical a todo volumen, repitiendo los movimientos orgánicos de las grandes orquestas de cámara. Los descapotables pasaban normalmente haciendo mucho ruido y casi rozando la acera.
– ¿Qué diablos haces aquí?- me preguntó Aarón sonriendo.
– Lo mismo que tú- repuse- He venido a conquistar mujeres.
– No creo. Eres demasiado listo como para dedicarte solo a eso. ¿Algún negocio? ¿Tienes un enchufe?
– Sí, para encender la lamparilla de mi mesa de noche- bromeé- Estoy de baja y he venido a…- te señalé a ti.
– Entiendo- concluyó él- Un affaire , ¿no?
– Algo más, tiburón.
– ¡Cómo me duele esta maldita pierna! Llevo así desde ayer.
– ¿Has pensado en dejar de beber?
– Me moriría.
– Ya. Llevas un traje de etiqueta. ¿Te vistes así a diario?
– Aquí es imprescindible si quieres hacer algo. Si hueles a necesitado, no pintas nada en Marsella. Esa que va conmigo es la hija de un gerente de una empresa de ropa de alto standing. Se llama Lily. Parece modosita, pero tendrías que verla en acción. Con su padre ya he cambiado algún cromo.
Echó la mano al bolsillo de la americana en señó un taco de billetes frescos de quinientos euros que parecían hojas de palmera arrugadas y que me evocaron las palmas de los mártires que aparecen en los retablos de las iglesias.
– ¿Todo tuyo?- pregunté.
– Y más de cincuenta gavillas. Mis honorarios del mes.
– ¿A qué te dedicas, cachalote?
– Comisionista.
– ¿De?
Aarón extrajo del bolsillo de la americana un colt modelo 1970, con silenciador, morro breve, brillo acerado y tambor de rueda con recámara. La máquina de matar relumbró, sofisticada y dura, como una panacea.
– ¿Bonita?- preguntó- Yo vendo juguetes de este tipo.
-¿Pero te has vuelto loco?- levanté la voz- ¡Te pueden caer treinta años solo por eso!
– Oh, sí, en el caso hipotético de que me cogieran, querido intérprete – sonrió Aarón con la comisura desgarrada por un hematoma en forma de aspa- Y si fuese así, habrían de empapelar a mi jefe, el cual se encarga de tener contento al Ministerio el Interior, íntimo amigo suyo. Hay mucha gente implicada. Yo soy un simple operario. Nos vienen de Europa del Este, sin pagar tributo de aduanas, claro está. ¿De donde crees que me sale el traje?
– ¡Tiburón, nunca creí que tú…! ¿No sabes que muere gente?
– Todavía eres joven y tienes mucho que aprender. La gente se mata porque quiere. Hay demanda por todas partes, especialmente en las grandes ciudades de los países emergentes que quieren librarse de la tiranía de los mercados. Antes era la URSS. Y mucho antes, los colonos de África. Por eso pertenecemos a los estados desarrollados y podemos caminar por una puerta de lujo sin que nos roben.
Me paré a considerar lo que me decía Aarón- su teoría resultaba tan semejante a cualquier otra- cuando un individuo de bigote blanco salió con un rolls de la carretera y la fantasía para violín y acompañamiento de Schomberg cuyos acordes saltaban del interior del vehículo estimuló mis emociones. Tú también te sorprendiste, pero como veinte metros de adoquinado nos separaban, miraste hacia mí interrumpiendo la conversación que llevabas con la amante de Aarón imaginando lo que pasaría por mi cabeza, y viste asimismo – igual que yo- que el rolls subió la acera al intentar aparcar, y que el hombre del bigote blanco sacaba la cabeza por la ventanilla del conductor pidiéndonos perdón.
– Se llama Lajos y es ruso, hijo de un ricachón que ha sido inculpado, o procesado, por un caso de tráfico de armas- explicó Aarón a modo de cicerone- Como puedes comprobar, mires adonde mires, nadie está libre de culpa.
– Parece hombre educado y sensible- comenté.
– Y lo es- me informó mi interlocutor- Ahí donde lo ves, lee a Goethe y a Proust, y es un melómano incorregible. Se dedica a escuchar música clásica mientras conduce. Lo conoce toda Marsella. Ha tenido varios accidentes a consecuencia de su manía, porque cuando escucha música se olvida de todo lo demás. El de ahora ha sido peccata minuta. ¡Ese sí que es un romántico o un bohemio, como quieras llamarlo! Un hombre sensible, en tus palabras. Y su papá construía hoteles por toda Asia con dinero negro, y lo llevaba de niño a los grandes conciertos, le compraba discos y le cultivaba el gusto por el arte.
– Ya- deduje- Si su padre biológico cometió el pecado original, él no es responsable y está llamado a ser libre.
– Sí, pero depende de su dinero- puntualizó Aarón frotándose la pierna, que volvía a dolerle.
– No- corregí- Su fortuna ha sido un nido concedido por la providencia, o si lo prefieres, por la casualidad causal de este mundo, y él ha volado de él al tomar su propia decisión. No somos responsables del pasado, del recuerdo ajeno. ¿Te das cuenta?
– Qué más da- prosiguió Aarón- Esto no es filosofía. Es la vida, chaval. El caso es que estamos metidos en esto, y no importa. Siempre ha sido así. ¿Cómo piensas que se han levantado las grandes civilizaciones de la Antigüedad: Egipto, Persia, Macedonia, China, Roma- de la que nos viene Europa-? Con la esclavitud y la guerra. Las dos columnas de Hércules. “Sabéis que los poderosos los someten y los grandes los oprimen”. ¿No decía eso ese Jesús en el que crees tú y un puñado de devotos y de santeros que van a limpiarle el culo al cura, que por supuesto no hace lo que predica?
– Sí, y en ese mismo pasaje, a continuación: “No será así entre vosotros”- respondí.
– Claro, algo nuevo hay que decir- replicó Aarón mirando para un yate cuya tripulación festejaba algo y cantaba en voz alta- Es cuestión de números, no de palabras. Si tenemos esta forma de vida, es porque somos ricos. ¿Y sabes lo que significa ser rico? Poseer más que el pobre. Nadie quiere ser pobre. Todos luchan por vivir en una casa con calefacción de gas, en una ciudad con carreteras y alumbrado eléctrico, adelantada, competitiva, democrática, cómoda. Hasta el más miserable aspira a comprarse una lavadora para no lavar a mano, a ver la televisión y a escuchar la radio, a leer el periódico del día, a tener un automóvil a la puerta de su casa, a hablar por teléfono con sus familiares, amigos y socios en cualquier parte, a intercambiar datos por ordenador, a tener un seguro médico y a trabajar en una oficina protegida de las altas y de las bajas temperaturas. ¿Crees que todo eso es gratuito?
– No, eso es fruto del trabajo- repuse.
– No solo del trabajo- aseveró Aarón, guiñándome el ojo derecho- Del dinero.
Mientras me hablaba mi antiguo camarada, yo, observador imparcial, me distraía contemplando la fuga de dos petroleros a lo largo del Aeropuerto Joliette, en dirección a la Estación Marítima y cuyas chimeneas de humo negro parecían encarriladas al dique. Un grupo ecologista formado por jóvenes estudiantes universitarios había protestado en la carretera cortando el tráfico, con pancartas y megafonía, la semana pasada, y todavía uedaban restos y jirones de papel pintado pegados a las farolas y a los asientos en donde los turistas acostumbraban a tomarse sus helados, y sus consignas de caligrafía improvisada evocaban la época de las revoluciones obreras. En un cartel se leía: “el planeta no está en venta”. Se me vino a la memoria el estribillo de la letrilla de Quevedo, satírica y burlesca, imitadora del registro vulgar: “Poderoso caballero es Don Dinero”, y me la imaginé formando parte del libreto de una ópera.
– El dinero es una ficción inventada para medir el trabajo- afirmé- Un trozo de metal o de papel al que se le atribuye un valor económico inmediato, un precio.
– Es más que una ficción- declaró mi amigo, el cual se iba alejando cada vez más de mí- Es una realidad. El dinero ha pasado a tener valor por sí mismo, como mercancía para hacer negocios. Los mayores negocios se hacen a partir de los frutos del dinero, esto es, de los intereses. Así trabajan los bancos, de cuyo crédito procede directamente cuanto tenemos. Pero el crédito se saca de la industria, de la venta de nuestros excedentes a mercados más pequeños, a los cuales se conquista con precios baratos, y que constituyen lo que se podrían denominar factorías o colonias. Supongo que así trabajaban ya los fenicios, españolito, quienes fundaron Cádiz, Málaga en nuestras costas y esta misma Marsella en Francia. A través de milenios hemos alcanzado este desarrollo. Solo sabes lo que es el dinero cuando lo tienes entre las manos. Yo diría que es la piedra filosofal. Vendemos lo que nos sobra, es decir, lo que no nos hace falta como mercancía, y lo intercambiamos por mercancías que sí nos hacen falta para alimentar la rueda de la poducción y seguir desarrollándonos más. Pr cuando alcanzamos un desarrollo desproporcionado con respecto a otros países, entonces nos vemos obligados a proteger nuestros medios de producción. Es decir, necesitamos armas y ejércitos poderosos defendiendo nuestras fronteras de las invasiones de los bárbaros que quieren apoderarse de lo nuestro para liberar sus mercados, o dicho de otro modo, necesitamos traficar con armas para mantener nuestra hegemonía. Sin ella, volveríamos al pasado. Y no nos interesa volver al pasado.
– Has argüido una magnífica excusa para no contarme por qué te dedicas a traficar con armas- dije a mi vez- Te lo he peguntado a ti.
Aarón sonrió y apoyó la mano sobre la cadera.
– Eres un chicuelo- me solté- No has cambiado nada drante la última vez que te vi. Pero cambiarás. ¡Ah!, si no fuera por esta maldita pierna acabaría por convencerte.
Nos detuvimos al llegar a la dársena. A pesar de que no estábamos ni mucho menos en verano, los extranjeros iban y venían, y por todas partes se escuchaban en inglés, en francés y en alemán. Después de recordarme la hora que era y de reñir con nosotros a causa de nuestra larga conversación despreocupada, tú y la mujer de Aarón nos obligásteis a buscar un sitio para comer. Entre los numerosos restaurantes costeros, tan concurridos que casi no se podía entrar por las puertas, elegimos uno que se llamaba La Boîte Dorée. Allí conocimos, mientras digeríamos un plato de ratatouille, a una dama de la alta sociedad queconfesó estar enferma de cáncer, pero eso no es lo importante. La cuestión fue que antes de salir del comedor, Aarón vio algo que le impidió seguir comiendo. Su mujer le preguntó qué ocurría, y él la tranquilizó diciéndole que sentía acidez en el estómago. Lo cierto era que parecía muy preocupado, y su desasosiego provenía de un extremo del comedor que estaba tapado por mi espalda. Tú, que viste la escena, me la contaste más tarde.
– Habia un hombre de mediana edad vestido con americana de seda y pantalón vaquero qe llevaba en la cabeza una especie de turbante como esos que acostumbran a llevar los árabes -dijiste- o aquellos que profesan la religión musulmana. Parecía uno de esos jeques millonarios del Golfo Pérsico, propietarios de pozos de petróleo. Las mujeres sabemos cuando observamos detenidamente un rostro masculino lo que guarda detrás, y en los ojos duros y rasgados del moro, o de aquel que proviene del tronco de la raza que tú llamas ismaelita, con vínculos directos con la judía puesto que Ismael era hijo bastardo de Abraham según la Biblia y hermanastro de Isaac, leemos la dominación sobre todo lo femenino, espontáneo y lógico. Al lado del árabe – y no es esto que acabo de decir otra cosa que una opinión cultural hecha desde mi punto de vista- se sentaba, con ojos bajos, un menor de edad de unos catorce años de cuerpo delgado, bien vestido pero con cierta voluntad de sumisión incluso hasta lo sexual que se dejaba entrever por su comportamiento complaciente, un efebo prostituido como aquellos Ganímedes de Grecia y de Roma que constituían el plato preferido de los tiranos políticos. Tú lo identificaste con uno de esos waharaníes o jóvenes prostituidos de Afganistán que se dedican a bailar como lo hacen las cabareteras de las grandes cudades e casas de proxenetismo, y que practican sexo por dinero para enriquecer a quien los contrata. Puesto que intuía que me estabas diciendo con los ojos: “Carmen, fíjate bien en eso”, permanecí atenta a lo que sucedía, pero en escasos segundos se precipitó el trágico desenlace. Estoy tratando de reconstruirlo, y me cuesta establecer un orden cronológico con un antes y un después. El caso es que- creo que fue así- tu amigo Aarón comenzó por abrir mucho los ojos y por meter la mano al bolsillo antes de que el árabe, con una agilidad atlética, sacase de debajo de la ropa lo que parecía ser un revólver y lo disparase apuntando a su pecho, y acto seguido pude comprobar la exactitud mataemática de su puntería antes de caer desmayada, por la mancha de sangre que ensució la camisa blanca de tu amigo a la altura del corazón.
“Completamente preciso”, declaré después de haber escuchado tu informe como el coro de una tragedia dionisiaca, y mis sentidos completaron el hecho. En un instante, el árabe asesino y su acompañante habían desaparecido. ¿Abducidos por el infierno? Algunos cómplices invisibles los habían ayudado a escapar del juicio humano, y el entendimiento no podía seguirlos, como no pudo seguir a Caín refugiado en su maldición al este del Edén. Una ambulancia condujo a Aarón al hospital, pero no pudo hacerse nada por su vida porque la bala había dado en el blanco.
Las investigaciones policiales se desarrollaron días más tarde, y se barajaron numerosas hipótesis, una de las cuales – la mejor respaldada- se constituyó en tesis científica conforme a las pruebas siempre insuficientes de las que se disponía. Se supo que Aarón Tardif se dedicaba al tráfico ilegal de armas de fuego, pero no se pudo desenmascarar a sus colaboradores. Se supo asimismo que el árabe asesino era miembro y promotor de una célula terrorista con sede en los Emiratos Árabes Unidos y que actuaba en los territorios ocupados por ejércitos occidentales a causa de intereses económicos con el fin de liberar a las zonas ocupadas de la influencia extranjera, nociva para los intereses de las clases acomodadas y de los grandes propietarios. La mujer que acompañaba a Aarón, de nombre Lilian, recibió tratamiento psicológico después del incidente, y su padre, empresario adinerado y por lo tanto temeroso, incrementó los gastos de seguridad en sus instalaciones y también en su vivienda, y lo mismo hicieron la mayoría de los empresarios de Marsella. Al cabo de un año, la noticia había envejecido y ya nadie hablaba de ella ni en los medios ni en las calles, y tú me aconsejaste que te contase de nuevo la historia y que la escribiese para no olvidarla, como si se tratase del argumento de un relato, el cual leido puede parecer fabuloso, pero imbroicado en una novela de narrador omnisciente se parecerá mucho a la verdad de lo sucedido.
Segundo enigma

De lo profundo, allí, agonizó el eco.
El mar se desnudó de un sol lejano.
A pie pisó lo seco
la huella de la boca, sordo arcano.

La magia de la sombra de la tierra
en un libro selló su antigua guerra.
El sello, ojo postrero
curó la enfermedad del día primero.

Este hilo fue concedido al sueño:
el Hilo del Lenguaje de los Vates,
el milagro sin dueño
que abolió el laberito de dislates.

Partió la boca en busca de la voz
y avanzó por el temor de un sol ciego.
Pronunció un grito veloz
la rota sombra que inauguró el fuego.

Uganda, 24 de diciembre de 2002
Querido hermano:
Te escribo desde la Misión de los Padres Blancos, a 30 km de Kilembe, junto al Macizo Ruwenzori. Este año hemos tenido pocas precipitaciones, lo que se traduce en estas regiones ecuatoriales a algo menos de un chaparrón por día. África no tiene nada que ver con las imágenes desérticas que exhiben los vídeos documentales. En este continente mágico se alternan los desiertos, las sabanas , las comarcas pantanosas y marítimas y las selvas del Ecuador Pluvioso, como la región desde la que te escribo. Las altas presiones reducen la formación de nubes en los trópicos, pero en el anillo imaginario del centro del globo, donde los rayos del sol inciden con más fuerza, se fabrican las nubes y los vientos de la mayor parte del mundo y la vegetación crece exhuberante e ilimitada. Ahora mismo estoy a 25 grados Celsius, según mi termómetro de mercurio, tengo la ventana abierta con vistas al magnífico monte Speke y escucho de cuando en cuando los cánticos de los pobladores indígenas que celebran hoy no sé qué fiesta de sus fastos primitivos con tam-tams y un barullo bien conseguido, como podrás imaginar. ¿Cómo estáis en Estocolmo? ¿Todo sigue igual que siempre? Ya me contarás. Este mes de abril hemos estado construyendo una capilla de adobe y un hospital nuevo. Todo lo que sabemos hacer los occidentales que venimos aquí son edificios públicos. Llegamos con la idea de que estos pueblos están necesitados de servicios sociales y nos preparamos para levantar nuestras pirámides. Cuando pasa un mes o dos, caemos en la cuenta de qe los indígenas ya habitaban estas regiones antes que nosotros llegásemos a descubrir y a colonizar sus tierras, y que han sobrevivido milenios y milenios a partir de la naturaleza originaria del lugar, y que su forma de vida no resulta ser mejor ni peor que la nuestra.
El aprendizaje de la vida es continuo y maravilloso, mientras nosotros nos ocupamos de un dolor que solo existe en la mente atormentada de quien teme y todavía no ha descubierto el amor, lo mejor de sí mismo. Ellos también aprenden de nosotros a conocerse mejor a sí mismos, pues nuestro desarrollo les da un ejemplo nítido de a donde pueden llegar las pasiones cuando se las toma por guías. Primero desembarcaron los colonos en África para comerciar, y a menudo cometieron abusos con quienes tenían menos experiencia acerca de la vida – con quienes no habían pecado de modo tan grave contra sí- y después arribamos nosotros, los misioneros, para devolverles su antigua imagen de la inocencia feliz a través de Cristo, la última forma que ha tomado la verdad para manifestarse. Ellos ya llevaban a Cristo en sus corazones, pero les faltaba verlo, les faltaba tener una prueba de que no les había abandonado a su suerte, de que el espíritu de la alegría vivía en su propia humanidad. Y que del mismo lugar de donde les había venido la condenación y la muerte, les venía ahora la salvación y la vida.
En efecto, las fronteras de los países africanos están trazadas por los intereses de occidente, en especial de Europa, y los hijos de Cam están sometidos a los hijos de Jafet. Tú conoces mejor que yo el proceso histórico de colonización de este continente en el que según los naturalistas se desètó por vez primera la especie humana, desde el rey Juba de Numidia hasta Garvey. Tu sabes cómo fueron repartidas las tierras que recorrieron los exploradores europeos del siglo XIX, cómo en 1885, desde Berlín, Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Alemania, Holanda, Portugal y España establecieron en el reino de Dido según la Eneida sus protectorados para dar salida a los excedentes de sus mercado industrial. ¿Qué puedo decirte del éxodo de esclavos hacia América? ¿Y de sus guerras, como la reciente de Ruanda, promovidas por el importado derecho de frontera, imlantado desde 1955 por acuerdos internacionales en Bandung que se han dado a sí mismos el nombre de “proceso de descolonización”? Pero junto a estos hechos, hay otros, que acostumbramos a celebrar, como el fin del apartheid en la Sudáfrica de los bóers o el testimonio santo de los Mártires de Uganda – un grupo de veintidós jóvenes negros convertidos al catolicismo por los Padres Blancos, y que recibieron martirio a causa de su fe en 1887-, y sobre todo, los grandes logros de nuestro aprendizaje, porque la historia no es más que un reflejo de éste.
¡Vaya! No pretendo que mi carta se convierta en un estudio sociológico. Lo que quiero es hablarte de mí. Ya llevo algún tiempo en estas tierras que antes me parecían tan remotas. Karim me está pidiendo conocerte. Así pues, te lo presento: sfe trata de un ganadero de treinta años casado con una hermosa mujer llamada Niuma que tiene diez hijos crecidos. Él es muy bromista y confiesa que lo de tener hijos es algo involuntario, que todo empieza con mirar a Niuma y al poco tiempo ya están engendrados. Cuando se le echa en cara su despreocupación, se ríe, y co n esto desarma cualquier argumentación. A pesar de este humor suyo más saludable que envidia la filosofía, es el hombre más serio que he conocido en mi vida. Sabe bastante bien lo que es el miedo a la muerte, pues a muy temprana edad se salvó de las garras de los leones y salió ileso permaneciendo inmóvil y rezando mentalmente y sin despegar los labios. Yo lo conocí durante la breve enfermedad que tuve – te lo confieso, no era gripe, como te revelé en cartas anteriores, sino viruela ( comprenderás que mamá no debe saberlo)- y durante las semanas de mi fiebre y convalecencia, sentí uno de los terrores más dolorosos que, desde mi corta experiencia, ningún ser humano ha sentido jamás. Me sentí realmente solo, y comprendí la verdadera dimensión de lo que nos rodea, el milagro de la vida y su identificación con el desapego de la muerte, los dos ojos o ventanas del ser, y en mis intervalos lúcidos, llegué a creerme que era Job, porque nunca había soportado con tanto dolor mi propia existencia, el deseo destinado a convertirse en libertad.
Si bien el equipo generoso de médicos voluntarios de la misión haciéndome beber grandes dosis de quinina y de antibióticos me devolvieron a la vida física, si bien los hermanos de la misión rezaron por mí cada día sus oraciones para que la providencia que rige la naturaleza obrase mi recuperación, quien más me ayudó con sus remedios tradicionales y con su compañía inestimable fue Karim, este hombre de la risa fácil. Recuerdo una frase suya, pronunciada despacio, que en los momentos de dolor se me quedó grabada: “Todo lo dejas bien”. En efecto, mi dolor no nacía directamente del miedo a la muerte – porque la muerte es necesaria para encontrarse con la vida que nos conduce a otro puerto mejor y aún no conocido- sino del miedo a abandonar mis apegos, mis costumbres. Y decirme en aquellos instantes que todo lo dejaba bien era como decirme que el objetivo de mi vida estaba cumplido, y que estaba preparado para pasar más adelante.
Para mi sorpresa, cuando ya estaba dispuesto a entregarme a mi porvenir, he aquí que me despierto una mañana con mi cuerpo completamente calmado de dolores, y una voz de mujer me dice al oído: “Está usted curado”. Me levanto todavía débil, me visto la ropa que me queda holgada a causa de la “espiritualización” que sufrió mi cuerpo debido a su consumo de grasas para paliar la enfermedad, y veo y saludo a mis amigos que tienen preparada una fiesta para mí. Pero todavía hay más. Cuando salgo afuera, al poblado, por primera vez desde mucho tiempo impreciso, escucho clamores y cánticos de bienvenida de los niños que salen de la escuela, quienes entonan una canción en idioma tutsi para propiciar la época de las grandes lluvias, lo que en regiones templadas se conoce como primavera, pero esta vez repiten mi nombre, imagino que algo parecido a lo que se acostumbra a hacer en los cumpleaños. Reconozco que me emocioné y derramé ciertas lágrimas que procuré ocultar lo antes posible, porque me tengo por difícil de impresionar. Los Padres querían reunirse conmigo en privado para celebrar mi recuperación en forma solemne, pero yo pedí recibir a los invitados de todo el pueblo.
Generalmente la gratitud nos reconforta incluso más que el alimento, y no la gratitud debida a lo que tenemos, sino a lo que somos. De estudiante en el seminario, recuerdo haber aprendido teóricamente que los seres humanos somos seres sociales, a decir de Aristóteles, y que precisamos de los amigos para ser felices, puesto que la felicidad consiste en compartirlo todo, no solo lo aparentemente bueno, aunque ciertamente todo, incluso lo aparentemente malo, a pesar de que cueste creerlo, sucede para bien. Esto lo aprendí teóricamente, pero solo al llegar aquí lo he puesto en práctica, cuando experimenté el afecto desinteresado de esta gente, que me quiere como soy, con mis debilidades y mezquindades, y que no me pide nada a cambio por demostrarme su aprecio. En el lugar de donde vengo, suceden las cosas estratégicamente, conforme a un plan medido que nadie debe incumplir so pena de ser señalado como extravagante, salvaje o mal educado, y como nadie puede cumplir al cien por cien ese plan, y todos se sienten descontentos con él pero nadie se atreve a manifestarlo, cada cual procura resarcirse de su descontento murmurando del vecino y poniéndole etiquetas a su conducta, como lo hacían los fariseos de Israel con aquellos que se comportaban con naturalidad, pues nadie era capaz de cumplir los preceptos tan numerosos que a veces resultaban contradictorios de la Ley que Moisés les había dado en el desierto, y que el fraude, a lo largo de las generaciones, había deformado conforme a los intereses de las clases dominantes.
De manera que nosotros, los religiosos, somos los primeros educados y transformados aquí, nosotros, que llegamos a imaginar que lo sabíamos todo. Ahora mismo te estoy escribiendo desde la Misión, y contemplo un retrato del fundador de nuestra orden, el cardenal Lavigerie, en compañía de un grupo de niños que asisten a una lección al aire libre. Comprendo por qué el pensador Swedenborg declaró que en una de sus visiones de la humanidad, la mayor parte de los santos del mundo, de los que llevan vestiduras blancas y habitan el Monte Santo, según el Apocalipsis, proceden del continente africano. Medito en aquel pasaje de los Hechos de los Apóstoles en el cual se atestigua que un eunuco etíope qiue lee la Biblia sin entenderla – porque ya su corazón la llevaba dentro, anque las palabras que preceden a los acontecimientos, es decir, las profecías, le resultan extrañas- se encuentra con el apóstol Felipe, quien le explica las escrituras conforme al propio espíritu que habita en él, de modo que termina creyendo en ellas, porque son conformes a la verdad de sus sentimientos y la palabra ya estaba en él aunque todavía no había tenido la oportunidad de salir afuera y manifestarse a sus ojos. Así me siento yo, como el eunuco incapaz de comprender que por fin ha encontrado la explicación que venía buscando. Y lo mismo ocurre con los habitantes de este pueblo de Uganda: ellos también han encontrado la explicación cuando nosotros les presentamos a Cristo, la figura de lo que ellos ya tenían en el corazón.
El padre Zacharias Fröhding, de nacionalidad sueca como la mía, si bien de edad doblada, me confesó que hacía algunos años, antes de que yo llegase, realizó una visita a la Misión un equipo de periodistas de una cadena francesa de televisión que querían rodar un reportaje sobre nuestra actividad para informar a su audiencia. Les hicieron algunas preguntas a él y a otros misioneros y voluntarios delante de la cámara, y cuando le preguntaron a él qué experimentaba en sus circunstancias, les respondió: “Imposible de expresar, porque se trata de algo quehay que vivir en primera persona si se quiere conocer. De nada sirve decir o comentar si no se pone en práctica”. Los periodistas quedaron un poco descontentos, porque esperaban una declaración solemne o una frase lapidaria que dejase a su audiencia con una lengua de varios palmos, pero tuvieron que conformarse con la curiosidad insatisfecha, al no ser informados más que de lo evidente.
Cuando quieras, puedes venir tú también. Alegarás que tu familia te impone obligaciones, pero en el fondo se trata de excusas, pues también dispones de tiempo libre. Te admirarás tanto de esta forma de vida que es probable que te cueste bastante regresar a casa. Resulta difícil de explicar, pero aquí no existe la propiedad privada: las tierras se poseen durante el periodo que dura la cosecha, y luego se abandonan. Como las comunidades están compuestas de menos de doscientas almas, conviven en un sistema de “democracia directa”, si es que el término griego puede aplicarse en este caso. Cada tribu tiene su espacio, y durante milenios han vivido de la naturaleza del lugar, sin transformar demasiado el paisaje de sus orígenes, que ya se transforma por sí solo lo suficiente. Los conflictos comenzaron a partir de 1950, provocados por los colonos belgas, quienes instauraron un modelo económico de imposición industrial del mercado europeo que riginó descontento en la población. Las colonias europeas enemigas del imperio belga vendiraon armas a los antiguos guerreros de la etnia tutsi en Ruanda, quienes en torno a su rey – al que denominan Mwami- atacaron al resto de las tribus para hacerse con un poder efectivo que los liberase de la dominación europea. Se sucedieron masacres y genocidios sobre todo tras la declaración de independencia de 1962, prolongadas hasta finales del siglo XX de nuestra era, en las cuales intervinieron eficazmente las Naciones Unidas, estimuladas por los intereses políticos y por el populismo de las Organizaciones No Gubernamentales. Si bien no pretendo contarte la Utopía de Tomás Moro, ni los Viajes de Gulliver y su sátira social, ni producirte lástima por este paraíso perdido, como el de Milton, tengo que ser fiel a los hechos, para que reconozcas conmigo, una vez más, que la codicia es la fuente de los conflictos frente a la abundancia de la naturaleza, y que el efecto de su veneno se cura con el ejercicio de la caridad.
En nuestro pueblo viven unos cuantos refugiados de Ruanda, todavía alterados por el mal de la guerra, pero en la comunidad de la Misión se van integrando a medida que pierden la violencia y el miedo. Son los refugiados quienes están más apegados a la propiedad privada y a “defender lo suyo”, y son también quienes creen que no valen nada por lo que son. En cuanto se habitúan a la vida en comunidad, descubren que su felicidad reside en desarrollar sus talentos entre los demás.
En las últimas semanas me he alegrado al cercionarme de que nuestra comunidad se parece bastante a aquella de los primeros cristianos en la que se decía que “lo tenían todo en común”. Tengo que pedirte que me envíes algunos libros de literatura para la escuela. De ciencia no hacen tanta falta, pero siempre puedes remitirnos alguno si es que hay curiosos que deseen saber cómo resolvemos nuestros problemas en Occidente: supongo que los más representativos son los Principios de Filosofía Natural de Newton, El origen de las especies de Darwin y la Crítica de la Razón Pura de Kant.
Por último, voy a hablarte del señor Lorenzo Gaetani. Se trata de un sexagenario – presumirás- italiano, nacido en Verona, casi un hidalgo decadente de novela, sedante como un veronal de Bayer, y que trabajó durante más de veinte años en la Casa de Diseño Industrial Alexi, en el Lago de Como, a quien conocí cinco días antes de caer enfermo. Siempre se declaró ateo y libertino, se casó varias veces y tuvo hijos de la vida, y según asegura, perteneció a la masonería y a la mafia por algún tiempo, amasó fortunas y succionó herencias y se convirtió en un personaje de sátira horaciana, en un Casanova o en un Brummel, hasta que un día, este aristócrata casquivano que se reía de los sueños de la juventud, de Salieri y de Schopenhauer, experimentó la soledad cuando se murió su última mujer a consecuencia de un ictus, y por primera vez se sintió responsable de su muerte, pues durante su vida no le había dado más que disgustos. Entonces renegó de su comedia, pensó en quienes habían sido perjudicados por su conducta, especialmente tras el asesinato del político Aldo Moro; echó mano a sus bienes y vendió lo que tenía, sin dejar un palmo de propiedad sin vender, y ya jubilado, renunció a su pensión para dedicarse a pagar viajes de voluntarios que se enrolaban en las misiones. Por fin decidió venir él mismo, acompañando a un grupo de médicos voluntarios afiliados a una Organización No Gubernamental. Ellos le informaron de que se disponían a tomar un avión con destino a Kampala, capital de Uganda, en el centro de África, en la antigua Buganda británica, independiente desde 1962. Confiesa que extrajo un mapamundi del bolsillo, que lo consultó con detenimiento hasta encontrar la referencia del lugar al que se dirigían los voluntarios, y que declaró: “Es un buen lugar. Reserven otra plaza para mí”. Y de este modo él, que nunca había salido de Italia, vino a dar en estas tierras, que para él supondrían el fin del mundo, la remota y fantástica Etiopía de Homero, aquella con la que soñó la generación europea hasta las Grandes Guerras. Ahora se dedica a enseñar su idioma a los niños y a poner sus recursos a disposición de la comunidad, pero sus mejores ayudas no son las económicas. A pesar de su edad y de sus dolencias – padece ciática y se queja de ella a menudo- trabaja en el campo en el cultivo del algodón y de la batata, y ayuda en el hospital a curar enfermos, porque él- este es un detalle significativo que te sorprenderá- está inmunizado para toda variedad de enfermedades infecciosas bacterianas – algunos médicos aseguran que su invulneravilidad se extiende a las víricas, como el sida- debido a una intoxicación con arsénico que sufrió en su juventud, y de la que afortunadamente salió ileso. El contacto con el veneno le produjo el efecto de una vacuna, y lo que le hizo daño vino a convertirse en lo que le preservó del daño futuro, “como la lanza de Aquiles” asegura él, “cuya punta hería y cuyo orín curaba la herida”. Grandes son los misterios que reserva la providencia de Dios a quienes lo aman, es decir, a quienes cumplen su voluntad de amar a los demás.
En fin, concluyo esta carta sobre la Iglesia Nueva de Ruwenzori sintiéndome de cintura para arriba como San Pablo y de cintura para abajo como Montesquieu. Kabaka me está llamando con fuertes gruñidos para que le sirva su ración de tamarindos. Kabaka es un gorila macho que encontramos herido en la selva a consecuencia de un disparo de rifle, probablemente producido por un cazador furtivo, y que hemos curado y domesticado antes de devolverlo a su hogar. Kabaka significa “rey”, y es el nombre que se le da aquí a los gorilas machos a los que comienza a encanecérsele la espalda para convertirse en dominantes o “espaldas plateadas”. También hemos domesticado a un pangolín, a un oso hormiguero, a un okapi y a varios macacos. Solo nos falta amansar a un león. Te remito esta carta por correo postal a Estocolmo, pues aquí no disponemos de otro servicio de mensajería. Cuídate hermano, y un abrazo a papá y a mamá, y a todos.

Gustaf Bellman, de la Orden de los Padres Blancos

Yo vi cómo mataron al Gringo y a los suyos. Y no más dos lo remataron, y así fue. Lo vi en Veracruz, y allí mismo, junto al castillo que dicen que fue de los españoles, el nombrado de San Juan de Ulúa. Yo estaba con el Cachorro, veníamos cinco de hacer presa a un taxista en Guadalupe Victoria. Si ya están acostumbrados a nosotros, de modo que el taxista ya nos tenía la plata servida en la guantera, y solo fue sacarla y ni molestamos a los pasajeros. Casi cien mil pesos en papeles. De todo el mes. Con qué comerá ahora ese pobre hombre. También, aunque de este oficio perverso, sé sentir lástima.
Porque la cosa no era para menos, y yo que soy indígena natural de Puebla, que aún recuerdo de niño que bajábamos mi familia y yo de la sierra con los ocotes cantando para que nos dieran algo en el llano por algunos remedios para las dolencias, tuve que meterme en la profesión del diablo a los dieciséis abriles, allá cuando mataron a mi padre por un litigio de lindes que no se resolvió. Y lo mismo casi todos los que nacieron conmigo. Aquí cada cual tiene sus penas. Así que para ganar algún dinero, para tener tierras con las que alimentar a los hijos, me metí en esto, porque al que no tiene, aún se le quita lo poco que tiene. Todo para fábricas y casas de lujo, para que vengan extranjeros a ponerle precio a lo nuestro… ¡Carajo! Que no tienen piedad alguna de nadie. El dinero los ciega. Y te lo imponen para lo mismo que antes no hacía falta para nada.
El Gringo, entonces, siempre fue muy gallo, como que su papá era rico, y dicen que vino de California, y por eso así le llaman al hijo. Dicen también que mató a su hermano, allá en Ciudad Juárez, cerca de la frontera, como Caín a Abel. Esto dicen las lenguas, pero yo, que no lo vi, no digo ni que sí ni que no. Pero que era arrogante, eso sí. Se andaba acompañando de unos diez siempre, y decía que eran su escolta, y con ellos metía miedo hasta a la policía de todo México. Se las daba de macho, y era buen peliador y mujeriego. Siempre se andaba con alguna en los bailes, y para eso de buena familia. Vendía juntamente con muchos la coca que traían de Colombia y de Venezuela. Trataba y era conocido de los exportadores que la llevaban escondida hasta en el estómago. Aquí, a muchos políticos que salieron elegidos, presidentes y ministros, se les pagó así la campaña para que la ganasen. Dicen que allá en los Estados Unidos los grandes petroleros y los barcos asimismo pagaron campañas de presidentes y las ganaron, que el mucho dinero de alguna parte se saca.
Pero las cosas que hacía no las apobaban demasiado, no por las borracheras que se traía un día sí y otro también, que le atacaban con dolores al hígado y cuando estos le daban, maltrataba a cualquiera que tuviese a la vera. Más bien porque era traidor, porque se guardaba los honorarios de los demás, porque mató a varios tomándose a justicia por su mano, y se creía con derecho a esto al ser rico, y ya ni consultaba las decisiones, con su plata trataba el solo los pleitos, y como la llevaba, hacía lo que se le antojaba con la gente. Cuando prendían a los novatos y la cosa andaba dificultosa, allá se iba él al juez a enseñarle las plumas, y como eran bastantes, luego lo desnudaba y lo echaba a volar. Si ya los jueces y los fiscales andaban contentos cuando les tocaba un pleito de narcos, y se esperaban hasta que viniese el Gringo a engrasarlos. Pero a todo esto, sin permiso de los superiores, todo él lo hacía y deshacía y ancha es Castilla, porque se sabía las palabras mágicas.
Y lo avisaban, como al pistolero del corrido. Y ni por esas se rajaba, tanto era el orgullo que le habían dado los dólares. A esto, el Gringo era santero, pero solo de puertas para afuera. El vino y la plata se le subían a la cabeza, y ni caso hacía e su pobre madre, que aún estaba viva cuando murió. Iba a misas y a entierros por costumbre, pero tenía los oídos tapados para los sermones. Yo creo que se era así solo para aparentar delante de la gente, para que cualquiera pensase que no solo los honrados iban a misa. A mí me habló una vez en Tlaxcala, cuando todavía era novato y me dedicaba a saltear caminos para aprender a robar en las grandes ciudades, porque yo bien sé que soy pecador y no me importa reconocerlo, y entonces quería tener un automóvil caro para poder ir con él a Acapulco, donde vivía el hombre maldito que mató a mi padre. Entonces agarrábamos lo que llevaban los conductores de autos de la carretera general, que ni señales tenía y cualquiera se perdía por ella si no la conocía, a los que parábamos cuando se paraban con los revólveres a punto.
Lo vi de aquellas por primera vez en un auto de lujo con cuatro más dentro y una cholita de no sé dónde, toda ella linda y bien vestida como una virgencita. Solo se apeó y me dijo: “Si es usted matrero, y se ve relajado, véngase con nosotros. Aquí no más les enseñaremos a ustedes a ganarse el doble”. Y no sé por qué, los que estábamos nos subimos. Y aún sobraban plazas en el auto aquel del diablo con todos los que estábamos. Desde entonces empezó mi aprecio por el Gringo, un aprecio nacido del odio, porque sabía que no me quedaba más remedio que servirlo como a un jefe, y todos deseábamos ser como él y chingar tanto pero ninguno lo conseguía. Porque, ahora lo comprendo, él tenía tratos con el Diablo, y ya estaba apaejada su muerte cuando lo conocí, de manera que ninguna habilidad para lo malo se le resistía.
Mucho robamos en el Distrito Federal. Y en Ciudad Juárez a los fronterizos. En Avenida Constituyentes, íbamos a las gasolineras y a los centros comerciales siempre de incógnitos, y cuando algún agente de la comandancia nos agarraba, lo sobornábamos y al poco ya era de los nuestros. Así entramos luego a conocer la Gran Red de Narcotráfico, donde sí se trata con clientes nacionales y extranjeros y se hace el dinero que luego va a parar a los bancos y hace progresar los estados. Dicen que la ley prohíbe el tráfico de drogas por constituir un delito contra la salud pública, ahora creo a mi ver que está prohibido por eso mismo que suponeun negocio prohibido para venderlo mejor. Igual que la manzana de la Biblia: no más la prohíben y ya una serpiente te la regala cuando ves que la come y no le hace daño. Los viciosos van a seguir siéndolo, pero habrá viciosos que vivan del vicio de los demás.
Esto sabemos nosotros, los que militamos en el triste oficio, pero puesto que somos humildes, ni se nos escucha. Ellos, los que cambian el dinero en propiedades igual que brujos, piensan que hacen leyes, y resulta que las leyes ya están hechas antes de que ellos lo pensaran. Nosotros somos pecadores porque robamos e incluso llegamos a matar por dinero, pero aquellos a quienes reporta la mayor ganancia lo son tanto como nosotros, y jamás lo reconocen. Son nuestros socios, y juntos colaboramos para ue nuestro modelo de vida se mantenga hasta que ya la naturaleza no lo haga posible, imponiéndonos a la gente como como el Gringo se impuso a nosotros, porque nos agranda los deseos al cumplir hasta nuestros menores caprichos. Y de esta suerte, por combatir a nuestros enemigos nos aliamos a ellos, codiciosos de su éxito en el mal. También los revolucionarios son lo mismo: una vez que se ganan las revoluciones, los de arriba siguen arriba y los de abajo siguen debajo. Solo el cambio puede venir de quien renuncia, pero eso no lo quieren reconocer, puesto que lo otro les resulta más aparejado.
Íbamos, por ejemplo, a una carnicería. Robábamos al dueño quitándole lo que guardaba en la caja y aún a veces debajo del pavimento del suelo y lo obligábamos a meterse en la cámara refrigeradora, para que no fuese capaz de alertar a nadie. Es probable y lo más parejo que muriese congelado antes de que alguien viniese a abrirle. Con estas cosas, nuestro corazón se iba volviendo cada vez más duro, hasta que nos pesaba lo mismito que una piedra y nos encendía la ira envenenándonos y haciéndonos creer que estábamos vengándonos de nuestros enemigos. No nos asustaban las lágrimas de nadie, lo mismo matábamos hombres como si fueran cerdos. Con la plata que sacábamos, nos veníamos ganando la confianza de los narcos, hasta que nos apadrinaron y nos dieron cancha al Gringo y a nosotros.
La organización que tenían era muy buena. Operaba como la Administración del Estado, y viendo lo que veíamos, nos pensamos algunos que era la propia Administración. Había múltiples grados, como en el ejército. Allí me enseñaron a leer y a escribir, y puesto que no era sonso, tomé lecciones de leyes y de negocios, que siempre me gustó conocer además de saber tirar con revólver. Así era nuestra vida, cada vez menos nuestra. Yo sé que a mí me han robado la infancia. Yo, antes de ser niño, tuve que aprender a ser hombre. Mi madre estaba sola, y los enemigos de mi padre se burlaban de ella y de mí. Y ni el párroco nos hacía caso, porque les murmuraban de nosotros que éramos ladrones, y yo pienso que de este modo me lo acabé creyendo hasta llegar a serlo de verdad.
Aunque después vi niños y chamacos menores de edad que se morían con la droga y las infecciones que les daba, aunque vi a madres llorando inconsolables por sus hijos muertos, aunque vi a niñas violadas y prostituidas y yo fui uno de sus violadores y de sus clientes, aunque vi tiroteos y muertes asueldo, sobornos para perjudicar a pobres inocentes que no pedían nada que no fuera lo necesario para vivir como personas, aunque vi que los mismos que hacía un año no más mandaban en nosotros después eran políticos que defendían los derechos de los pobres en los discursos para recaudar votos y poder mantener nuestra organización, aunque vi y oí las condenas del infierno en el que vivíamos, como mi propio infierno era mayor, no atendí más que al mío.
Por eso no entiendo todavía cómo pudieron matar al Gringo. Cómo pudimos nosotros morir con él y resucitar a esta reflexión. No lo entiendo, pero lo vi y lo vieron también mis compañeros.
Se desangró despacio, como si no se atreviese a verter su sangre cuando la bala atravesó su muslo derecho en plena calle, tiñendo de rojo el pantalón azul, y luego la camisa blanca e inmaculada cuando otra bala encontró su pecho. Ni tan siqiera gritó como pudiera hacerlo cualquiera, y durante el tiroteo la calle se quedó vacía, para que no existiésemos más que el Gringo y nosotros. Su cuerpo, entonces, se convirtió en el nuestro. Quiero decir que pudimos vernos a través de él, porque fuimos nosotros los llamados a matarlo en nombre de los superiores, y fuimos nosotros los que sentimos tanto miedo que el Gringo, con una mirada piadosa, llegó a compadecernos. Alguien me dijo que así habían matado a Julio César, entre varios para poder hacerlo, pero yo no creo que así pudiese haber muerto nadie hasta ese momento. Solo Cristo, que es a la vez todos los hombres. Esta también había sido una comunión como la suya, pero una comunión diabólica del botín de un pecador, aunque al igual que aquella nos hizo despertar hasta el punto de liberarme la lengua para llegar a poder escribir este texto.
Tuve que recordar. De su bolsillo derecho, el cadáver de nuestro antiguo lenguaje ya para siempre cambiado en conciencia, quiero decir el cadáver del Gringo, dejó caer con dura extrañeza un cartucho de pastillas para la hipertensión, recubiertas de papel de aluminio. También dejó caer su revólver en un charco de sangre, de su propia sangre, y quiso decir algo pero no terminó de decirlo. Pero yo escuché una palabra que se le había quedado pegada a los labios relucientes de saliva y de espuma que brotaban de su agonía rebelde, yo escuché que quería decir perdón pero la rigidez de los músculos de la boca se la cerraba, y a mí me quisieron asomar lágrimas porque me acordé de cuando mi padre estaba a punto de morir y había querido decir algo parecido, y ni yo era capaz de llorar, ni los muertos de decir.
Pienso, aún así, que nosotros no lo matamos. Pienso que él se suicidó y que nosotros lo ayudamos a morir. Aseguran que era traidor, pero un traidor a quién. ¿Por qué violó a la hija pequeña del gobernador de Ciudad Juárez y la golpeó hasta casi matarla en un burdel de las afueras en presencia de su escolta? Cuentan que estaba borracho cuando lo hizo, y borracho debía de estar para meterse con uno de los nuestros. Quizá, como se las daba de macho con todo el mundo, procurase envalentonarse después de que los gordos de arriba le hubiesen prohibido negociar como pretendía. No sé. La cuestión es que sabía que el padre tendría que vengar la vergüenza de la hija. Porque en el infierno que hemos fundado entre las ruinas de un imperio económico todos somos aventados para vengar la vergüenza, y al fin las dos pasiones son la misma. La vergüenza nos hace culpables y nos proporciona armas para la venganza, que refleja nuestra culpa en los otros. Estamos condenados, sí, a recordar esto para siempre. Ese no más es nuestro infierno, y el fuego que nos arde en los huesos es este deseo loco de venganza, de desgarrarnos la carne y la piel a dentelladas, empezando por los otros para terminar en nuestro cuerpo que se ha convertido en un reinto de sufrimiento donde nos torturamos hasta deshacer la conciencia, ese Diablo que se engrandece cuanto más luchamos por desasirnos de él, que se burla de nuestros torpes ademanes dándonos todo el poder de la crueldad y de la insensibilidad para quitárnoslo delante de él y para decirnos: “¡ todo dar, guajes! Sigan peliando, sigan ayudando a mi causa, sigan aventando el fuego en el que han de arder sacrificados para que el sol de su conciencia salga al día siguiente y nunca puedan escapar de este castigo que me ha hecho fuerte y omnipotente ante ustedes, como ese Dios de la Justicia del que se han reído, y que tienen tan en cuenta para poder incumplir sus preceptos buenos que no satisfacen los deseos brutales de fabricar otros deseos que se inmolen ante los primeros. Manténganse firmes en su resolución y aviven el horno de lamuerte hasta morir en él, hasta moroir matando en una guerra permanente, hasta morir matándose sin piedad alguna por ustedes. E enemigo está cada vez más cerca, lo están llamando con su voz, es el Extranjero que ha venido a apoderarse del País del Combate, y la Violencia exige víctimas, y ahora el enemigo… ¡se ha metido de espía a combatir en sus filas! ¡Lleva el uniforme nacional! Fusílenlo como a Maximiliano o a Trotski, róbenle su casa de oro y repartan su ganancia entre ustedes, váyanse a vivir a la casa de oro y defiéndanla con sangre de ustedes mismos, porque yo he sido evocado por el Rito del Lucro y ahora los he comprado con el poder del odio que les conferí. La casa relumbra como un espejo. ¡El enemigo está en ustedes! Uno a uno, drogados por el crimen, extráiganse el corazón palpitante y ofrézcanmelo para que lo devore. Y ahora, arrójense a la pira que han encendido”.
Pero ya matamos al Gringo, ah sí, y nuestros jefes están vengados. Yo vi cómo mataban al Gringo porque yo lo maté. La bala mortal se la disparé yo, pero no lo maté yo solo. Fuimos todos, porque todos le teníamos miedo al Gringo. Poque todos teníamos miedo de que nos matara. Nos hemos librado del Gringo, pero del miedo, que yo sepa, no.
Tercer Enigma

El mito abre su flor de aroma humano
al cielo cuyo rostro copia el agua,
y su fragancia esparce pensamientos
cual animales en la luz velada.

Como la flor que deja caer un muerto
en una tumba de dolor cerrada,
la flor del mito está seca y marchita
entre páginas en enigma atada.

¿En qué región de la remota mente
yacerá en su conciencia amortajada?
Pero si su hermosura alzas de pronto
en la tiniebla de tu alcoba exhausta,
en la novela amplia del universo
aspirarás eterna su fragancia,
donde solo estás tú,
el yo sereno que venció su nada.
Los campos de arroz de Bali se extienden a lo largo de miles de hectáreas junto al litoral de la isla que pertenece al archipiélago de Indonesia, en esa comarca geográfica de Asia Oriental en la que los musulmanes localizaban la leyenda de Simbad y en la que los europeos, seguidores del mito griego, denominaban la Áurea Quersoneso. La disposición de las islas, en efecto, se asemeja bastante a la de las Cícladas, pero mientras las segundas son patria del vino y del aceite que constituyen los atributos de la cultura mediterránea, las primeras son la morada de las especias que sazonan de exotismo las comidas copiosas.
Los mercaderes fenicios, y más tarde los navegantes portugueses y holandeses, se encargaron de explotar los recursos de la novedad que proporcionaba el archipiélago remoto que Salomón, el rey sabio de la Biblia, alude con el apelativo de “Las Islas de Kittim”. Las islas ocultan secretos que ignoran los continentes, y no en vano los naturalistas que se encargan de investigar el pasado biológico han encontrado especies animales y vegetales distintas a las del resto del mundo y fósiles de ejemplares paleontológicos que no se han hallado en ninguna otra parte. Son los volcanes y los corrimientos de placas tectónicas los que colocan a las islas en mitad del mar, rodeadas de desconocido como los hombres, aunque comunicadas por la proximidad de otras islas, evocando la lúcida imagen de un poema de Hölderlin.
Bali, a la derecha de Java – esa isla que se parece en su forma a Creta- se sitúa en el mapa casi diez grados bajo la línea del ecuador, y su territorio está formado por selvas vírgenes y por extensas plantaciones de arroz dispuestas en terrazas inundadas por el agua salobre de las marismas, cuya arquitectura escalonada remite a las salinas romanas.
El arroz, alimento fundamental para el indígena asiático, procede de la planta que la botánica recoge con el nombre de oryza, y de acuerdo con la nomenclatura binaria de Linneo, se conocen un limitado número de especies, todas ellas herbáceas de hojas largas, espiga grande, estrecha y colgante después de la floración, gramíneas productoras de un grano nutritivo que forma parte de los dones de Ceres a los que se debe la agricultura, esto es, a los cereales. La semilla del arroz constituye la base de la alimentación en Asia, como el trigo, la cebada, el centeno o el maíz elaboran el pan de Europa y de América.
Si bien el pan se come horneado a partir de harina molida – es decir, elaborado-, el arroz se cuece sin perder su apariencia original, aunque muchas veces despojado de las cáscaras. Esta diferencia en la alimentación indica una diferencia en el estudio de la naturaleza: para los orientales el medio natural se percibe principalmente de modo inductivo – a partir de las sensaciones-, para los occidentales se percibe principalmente de modo deductivo – a partir de los pensamientos-. Y estos dos modos de percibir la naturaleza vertebran los ritos espirituales de las dos grandes religiones de Oriente y de Occidente, a saber, el budismo y el cristianismo. En el budismo se presta atención a la postura del cuerpo con prioridad; en el cristianismo a la calidad del alma. Ninguna de las dos se contradicen, porque el cuerpo es el dolor y el alma la representación mental del cuerpo, esto es, el deseo.
Las religiones primitivas son politeístas, porque su mentalidad se fundamenta en la guerra y ven a los dioses como elementos ajenos a ellos con los que han de combatir o contemporizar por medio del sacrificio, las religiones civiles convierten a los dioses en instituciones legales y en garantías de orden público para asegurar la paz social dentro del imperio, pero solo las religiones espirituales – como el budismo y el cristianismo- ponen al hombre por centro de su culto, llegando a identificarlo con Dios o con la Comprensión cuando alcanza la libertad neceasaria para reconocerse.
Tanto el cristianismo como el budismo son religiones abiertas, pues no se cierran en sus rituales sino que los ofrecen a los practicantes para que estos los empleen a modo de herramientas para limpiarse a sí mismos de ignorancia. A consecuencia de su vocación ecuménica -universal- las dos religiones, como los dos ojos a través de cuya mirada se accede al espíritu, han extendido su diáspora por el mundo, superando los obstáculos que las costumbres locales imponen. Ni las leyes del judaísmo ni el eclecticismo del islam han supuesto frente a ellas ninguna competencia de intereses por mantener una determinada forma de culto, y esto se debe a que el culto de un practicante espiritual no se fundamenta en ritos externos, sino en la meditación interior en cualqier parte -cualquier parte es sagrada- si bien se necesita de la comunidad para que la entrega religiosa sea saludable por medio de la interacción de los individuos que solo encuentran su razón de ser dentro del grupo social.
No obstante, cuando los príncipes de este mundo, es decir, cuando los poderes sociales adoptan una eterminada forma de culto, lo hacen para acomodar sus costumbres a ella, canonizando sus hábitos y revistiéndolos de apariencia religiosa, olvidando el espíritu de la norma. Emplean así la norma religiosa para justificar su acomodamiento, y se comportan en lo demás como si no existiera, recurriendo constantemente a ella para justificar guerras y conflictos de intereses, invasiones, inquisiciones, juicios, doctrinas y dogmas, y estos fenómenos se dan porque el hombre tiende a engañarse con la tentación de la comodidad, que no exige de él ni entrega ni cambio alguno.
Tanto en el budismo como en el cristianismo se han atestiguado casos de verdaderas vidas devotas, de iluminados y de santos cuya historia anima a la de los demás, pero también se han dado casos contrarios de perversiones y de enfrentamientos. En el primer caso, son testimonios individuales con nombre y apellidos; en el segundo, son conductas que se refugian en el anonimato de una costumbre o institución.
Ahora nos trasladamos a los campos de arroz de Bali donde, desde épocas pasadas, el guerrero europeo, defendido por un arma más sofisticada que ninguna otra hasta entonces – el dinero- ha colocado su bota sobre otro nuevo mundo para conquistarlo. El europeo ha sido precedido por el jeque musulmán, cuyos sultanatos le han abierto las puertas de la ruta de las especias. Los misioneros católicos han querido advertir a la población indígena, y las órdenes religiosas franciscana y jesuita han convertido a muchos campesinos a un nuevo conocimiento del mundo en el que viven. Holanda y Portugal se disputan Malaca y las Molucas, España se anexiona Flipinas, Gran Bretaña consigue apoderarse de la Batavia Indonesia de Holanda. Esta ultima recupera su teritorio tras una encarnizada lucha.
A los campesinos se los persuade a trabajar para el estado social europeo. Los colonos administran y reparten las tierras entre los indígenas de acuerdo con un modelo económico feudal, solicitando la participación de inmigrantes malayos, culíes, indios y chinos, quienes cultivan grandes extensiones de café, azúcar, té, tabaco y quina, colaboran con los pobladores de las islas en la producción de aceite, caucho, estaño, y petróleo y explotan la tierra para abastecer con sus frutos los mercados de occidente. Al convertirse en una fábrica de materias primas, la educación europea implanta sus escuelas en las que los niños aprenden miles de teorías históricas pertenecientes a un estado civil en expansión, y una estirpe de indígenas adoctrinados en academias militares negocia con los colonos la proclamación de una República Independiente en 1945.
Un Estado Social, para ser perfecto, según Platón, debe ser una república independiente en la que todo se tenga en común. Pero ningún estado social es independiente, puesto que el estado constituye una forma social con respecto a un pacto internacional tácito, un interés colectivo que funda repúblicas nacionales para posibilitar la conservación de factorías comerciales. Si aplicamos la organización comercial a la producción, comprobaremos que esta aumenta, pero que centraliza la actividad social en la producción misma y no en el destinatario, el cual se convierte en esclavo voluntario de la máquina generadora de recursos, en un siervo de la producción con vocación de parecerse lo más posible a una herramienta técnica e insensible que no suponga nada por sí misma, salvo la pertenencia a un sistema operativo económico institucional administrado por inversiones de capital dinerario controladas por accionistas empresariales que colocan o retiran partidas de dinero según su confianza en el funcionamiento de la máquina. Este modelo obedece a la máxima de que el hombre es un ser de deseos y que el deseo de librarse de los deseos y de no padecer su dolor imprescindible para el aprendizaje supone el sufrimiento de engancharse a una rueda de trabajo innecesario que multiplica los deseos hasta fatigar al que los padece.
Ejemplos míticos o legendarios existen para representar este fenómeno humano: en la Torre de Babel, los habitantes de Senaar se convirtieron en albañiles de una construcción imposible de base circular que pretendía alcanzar el cielo inalcanzable del deseo para controlar a los dioses del sufrimiento que ellos mismos se administraban, y la confusión de lenguas supuso la locura de la violencia que los condenó a no entenderse; el pueblo del peregrino Moisés, en ausencia de este, fundió un becerro de oro y lo adoró como el Dios de la Libertad, y el propio Moisés, al enterarse, rompió las Tablas de la Ley – es decir, el lenguaje de la justicia- en presencia del pueblo para dar a entender que la razón estaba perdida.
Cada vez comprendo mejor el clásico cuento zen del barquero que estaba descansando y que fue despertado por un viajero inquieto que pretendía persuadirlo de que se afanase en trabajar incansablemente para producir mayores rendimientos con el fin de poder disponer de tiempo para descansar, que era lo mismo que estaba haciendo antes de que el viajero lo hubiese interrumpido.
Bali es mi tierra, y yo la amo. Amo sus cultivos de arroz, amo sus selvas y sus ríos, amo todas las especies de animales y de plantas que surgen de ella, incluso aquellas que aún no conozco. Tras regresar de la Universidad, todavía amé más esta isla en la que he nacido. Y siento que ella me ama también, como decía el poeta, “con la mitad de mi sueño”. He estudiado en los libros de texto toda clase de expresiones que me condujeron de nuevo a esta tierra mía, a la que veo con otros ojos. A la que por fin veo como la misma tierra que forma mi cuerpo.
El joven Pramudya hizo esta reflexión durante varios días, mientras enseñaba a su hijo a pescar en un río escondido en la selva de la que emerge a veces la sombra fantástica de un unicornio tímido: el rinoceronte de Java. Pramudya tenía veinticinco años, estaba casado y era padre de un hijo de siete. Provenía de una familia de campesinos que habían recibido su enseñanza de los antepasados y de la naturaleza, sin haber cursado estudios oficiales en ninguna institución. Sabían leer y escribir en su idioma, y por el poco contacto que habían tenido con los misioneros, habían aprendido algunas palabras en inglés, en neerlandés y en portugués. Su religión animista era ecléctica y contenía enseñanzas de las doctrinas hinduísta, budista y cristiana.
Pramudya, al igual que otros niños de su generación, había sido educado en una escuela pública nacional y transcurrida la fase primaria, había cursado la enseñanza media en Singaraja, y luego la carrera universitaria de Derecho en Iakarta. Había sido un estudiante ejemplar, con resultados académicos altos y sin repetir jamás un curso, pues sus ilusiones se encaminaban a desempeñar un puesto de relevancia en la nueva sociedad que se estaba gestando, un puesto que nunca había ocupado ningún miembro de su familia en ningún grado próximo o remoto que pudiese recordarse. En la universidad había conocido a una muchacha de su edad con las mismas ambiciones, y terminada la carrera en el mismo año se habían casado con cierta prisa, porque lo habitual en las generaciones anteriores era desposarse a la edad de la adolescencia o aún incluso antes de ella.
Una vez casados, procuraron desempeñar puestos funcionariales presentándose a los exámenes de oposición, pero se encontraron con un sistema de corruptela institucional que favorecía a los desendientes de las castas militares que habían proclamado la independencia del país. Descubrieron a dónde se dirigía el plan de estudios, y sus padres procuraron disuadirlos de enfrentarse con las autoridades, las cuales, a su juicio, “siempre habían sido así”. Ellos, entonces, comprendiendo que el modelo social al que querían pertenecer se basaba en la posesión del dinero, aprendieron oficios sencillos para obtener solvencia fácil y para poder plantarles cara algún día a los oligarcas militares. Pramudya aprendió mecánica, y su mujer, Yumiko – su nombre identificaba su ascendencia japonesa-, se dedicó a confeccionar prendas de vestir con un telar tradicional de peines y lanzadera.
Fue durante esta época cuando Yumiko quedó embarazada del pequeño Kritanagara, al que ahora hemos presentado aprendiendo a pescar con su padre.
Cada día que transcurría, Pramudya comprendía cada vez mejor que el dinero no servía para nada. Ninguno de los servicios que le ofrecía la compañía extranjera del capital podía compararse con tenderse, sencillamente, a la sombra de una planta de bambú. El sawah – el campo de arroz- proporcionaba todo lo necesario para vivir, y la naturaleza completaba lo demás, porque la medicina de los compuestos químicos que se vendían en las farmacias no habían convencido a los indígenas de abandonar los remedios de las plantas locales y las fórmulas magistrales que se heredaban de los antepasados.
Ocurrían, de este modo, múltiples paradojas que afectaban a aquellos que deseaban subirse al tren de la producción en masa: cuando terminaban un largo periodo de formación, se encontraban con que no tenían trabajo, y con que los empresarios – o bien occidentales o bien prooccidentales- aumentaban los requisitos para acceder al empleo en vistas de la creciente demanda y disminuían los salarios para mejorar su oferta frente a la competitividad de otras empresas. Los trabajadores se agrupaban en sindicatos, exigían la mejora de las condiciones laborales y formaban partidos políticos de afinidad comunista, un régimen totalitario de colectivización y desposesión que se estaba derrumbando en la Rusia Soviética de 1917 y que se mantenía parcialmente restringido en la China Maoísta de 1949.
Cuantos más derechos se exigían, más se incrementaba el salvajismo de la producción para equilibrar la balanza comercial, como el ratón que, atrapado en la rueda, corre más para librarse de ella y cada vez se siente más atrapado por esta. ¡Si el movimiento lo había iniciado ellos mismos! Pero lo mantenían porque, en lugar de detenerse, procuraban alcanzar a los adversarios que estaban peor que ellos. Se repetía la parábola del ciego que guía al ciego hasta caer ambos en el hoyo.
Pramudya y su hijo pescaron un siluro de casi dos metros después de una larga espera, lo envolvieron en hojas de helecho arborescente y lo ataron con unas lianas para llevarlo a casa.
Anduvieron por un camino abierto en la selva, a veces frecuentado por algún vehículo a motor antiguo o destartalado, y llegaron a una cabaña construida con tablones de madera de mangle, con las ventanas abiertas, donde una pareja de orangutanes domesticados se entretenían descolgándose por el techo para mendigar de la mujer que tenía la ventana abierta un pedazo de comida. Al llegar padre e hijo, ambos saludaron a la mujer, y el niño, sonriendo, le mostró la pieza que habían pescado.
Los orangutanes comenzaron a gritar, descendieron al suelo y examinaron con curiosidad el pescado envuelto en las hojas de helecho. La mujer salio de la cabaña vestida con un sobretodo de seda sin teñir, ceñido en la cintura por un cinturón de cuero crudo. Besó a Pramudya en los labios y al hijo en las mejillas, deshizo el envoltorio del pescado y con ayuda de Pramudya lo colocó sobre una mesa de madera de bejuco sin barnizar que sacó de la cabaña, para después abrirlo, extraerle la ventresca y trocearlo con un cuchillo en forma de hoz invertida. Seleccionó un pedazo y lo apartó, y el resto lo introdujo en un cubo de sal gruesa para conservarlo. Pramudya encendió fuego frotando dos ramas descortezadas con ayuda de su hijo, quien, con la atención propia de los niños, se esforzaba en aprender la técnica. Encendido el fuego, fue avivado con hojas y ramas antes de colocar sobre él una parilla de hierro, y sobre ella fueron dispuestos con un trinchante de madera los pedazos del pescado reservado para la comida.
La mujer sacó unos asientos de troncos partidos por el hacha de la cabaña, y en este instante, cuando los orangutanes volvían a estar distraídos y se habían subido de nuevo al techo de la cabaña para saborear a sus anchas unos frutos semejantes a papayas rojas, llegó un perro pequeño y alargado de una raza próxima a la de un tekkel con un pájaro en la boca. Pramudya comprobó que se trataba de un cálao macho. Su carne era seca y poco sabrosa, así que se lo devolvió al perro para que se lo comiese, lo cual hizo al instante comenzando por arrancarle las plumas.
Cuando la familia ya estaba comiendo, oyeron la voz de un hombre que se acercaba. Se trataba del enfermo Singhasari, un leproso que había contraído la enfermedad por su trato con unas mujeres de Suravana que, según se decía, eran sus propias hermanas. Desde lejos pidió de comer, pues a causa del privilegio social que le había conferido la dolencia, vivía de la mendicidad y toda familia honrada tenía el deber moral de alimentarlo. Yumiko no tuvo ningún reparo en acercarse y ofrecerle el pedazo de pescado que se disponía a comer, y Singhasari lo tomó con una sonrisa y la miró con deseo contenido. Después se despidió de la familia con su eterna frase: “Brahma sea propicio para todos”, y se perdió por el camino de la selva. Siempre que Singhasari iba o venía, el pequeño Kritanagara lo contemplaba con curiosidad, abriendo mucho los ojos. Le parecía un ser mágico, e insistia en pensar que las fieras lo obedecían.
Justo al terminar la comida, como de costumbre, comenzó a llover. Las aves del sotobosque fueron las primeras en avisar con sus chillidos estrepitosos. Pero ni Pramudya ni su mujer ni su hijo interrumpieron la conversación de la sobremesa, porque la lluvia era cálida y el sol la secaba al instante de haber caído. Los orangutanes se ovillaron en las ramas más altas. Las flores se abrieron más y salieron de su escondite las ranas de los árboles, pintadas de brillantes colores que indicaban la carga de su veneno. Pramudya y su familia sabían cómo emplear aquel veneno de medicamento en caso de enfermedad, y no temían en absoluto las manifestaciones tóxicas de la naturaleza que les rodeaba porque sabían emplearla en la proporción adecuada. Este conocimiento no solo se basaba en la tradición, sino en la experiencia propia, porque desde niños habían experimentado el poder de las cosas, se habían lastimado y habían aprendido al momento siguiente, y cuando se equivocaban no lo sufrían con la frustración de un fracaso, más bien con la sensación de la necesidad que precedía al éxito.
Terminada la comida, Pramudya y Yumiko fueron a dormir la siesta juntos, y Kritanagara se quedó tendido en una hamaca de lino en compañía del perro, que se quedó a sus pies vigilando. No era la primera vez que una pantera en busca de alimento se detenía a inspeccionar los alrededores sin atreverse a poner el pie en el suelo pisado por el hombre. Entonces, el perro comenzaba a ladrar para avisar a la familia, pero el pequeño Kritanagara sabía muy bien la manera de espantarla. Con un simple mechero de gas que siempre llevaba consigo, prendía fuego a una rama y la arrojaba al suelo. Cuando esto no era suficiente, encendía una mecha embadurnada de betún que rodeaba la cabaña y el territorio pisado por el hombre y un círculo de fuego semejante al fuego sagrado de los animistas hindúes rodeaba el campamento alejando a la fiera, que si bien temía al hombre, temía aún más a su arma más terrible, que solo la naturaleza y él sabían conjurar.
Por las tardes, después de haber estado juntos, Pramudya y su mujer descendían con su hijo a los manglares, habitados por colonias ingentes de monos násicos, así llamados a causa de su nariz colgante, que se alimentaban de las hojas del mangle de raíces visibles, y que a consecuencia del considerable esfuerzo que les suponía la digestión de la celulosa, ostentaban abultadas barrigas de dilatados estómagos. Junto a los manglares de la marisma se disponían en perspectiva los campos de arroz del sawah, y los campesinos, con sombreros de paja en forma de cono de amplia circunferencia, blandiendo enormes pértigas y con los pies hundidos en el agua salobre que les llegaba a los tobillos, ordenaban los regueros de plantas y espigaban los granos de arroz de las múltiples cosechas periódicas y los almacenaban en calderos de madera que transportaban a la orilla.
Pramudya y su mujer se adentraron en el sawah descalzos, y su hijo se quedó jugando con los niños de su edad en la orilla. Últimamente los campos de arroz se habían visto desplazados por el cultivo de otras especies de plantaciones destinadas a abastecer mercados extranjeros. Hacia el norte, donde el sol se ocultaba elaborando las sombras de la selva, los cultivos de café acondicionaban un territorio hurtado al sawah, desecado a partir de canales, elevado por paladas de tierra negra fosfatada arrancada de las entrañas de un laboratorio químico, y en el cuidado y recolección de los cafetales trabajaban partidas de indígenas contratados de otras islas – principalmente bataks de Sumatra de religión musulmana que interrumpían sus labores para orar arrodillados cinco veces al día- quienes poco o nada sabían de huelgas y otros derechos laborales, y que se fiaban del empresario y de los capataces como el esclavo se fía del amo. Estos trabajadores acostumbraban a ser rudos en el trato con los indígenas de la isla y se entregaban a vicios y excesos de todo tipo, alentados por el ejemplo de sus jefes, quienes se reunían para fumar y beber juntos bajo las palmeras de aceite, arrojando envases de plástico y latas de aluminio al suelo, pisando los campos de arroz al menor descuido de los indígenas, a los que deseaban arruinar para anexionarse luego las tierras baldías exhibiendo falsos permisos ante los ojos de los campesinos, igual que sus antepasados habían empuñado espadas y armas de fuego para abrirse camino por el territorio conquistado.
Pero los empresarios eran lo bastante sagaces como para no intervenir en las disputas locales, burlándose de ellas con desprecio, siguiendo el ejemplo de los colonos de los protectorados romanos, defendidos por gobiernos satélite de la metrópoli, y, a modo de diversión – puesto que la caza furtiva, su deporte favorito, había sido prohibido terminantemente a causa de la gran afluencia de turistas que visitaban los parques naturales y los espacios salvajes pagando grandes sumas para ver especies de animales y plantas endémicas y exóticas- hacían apuestas entre ellos jugándose en ocasiones salarios enteros y enfrentando a indígenas con extranjeros persuadidos por ellos mismos de que los habían provocado con insultos y baldones. La mayoría no caían en la trampa, pero algunos, sobre todo los más jóvenes, formaban altercados y peleas en las que se herían de muerte mientras los capataces los observaban y los jaleaban igual que si fuesen boxeadores profesionales. Puesto que estas noticias no interesaban a los empresarios, ya que no afectaban a los rendimientos, y tampoco a las autoridades del estado satélite ya que no afectaban a los impuestos y cotizaciones de los empresarios, nadie se preocupaba por impedir que los abusos se siguiesen cometiendo, y se iba generando un clima de desconfianza que terminaba por contagiar a los indígenas el odio de los colonos, transformado en dolosa envidia hacia su forma de vida irrespetuosa con todo aquello que no fuese estrictamente suyo.
A diario descendían de las montañas, a pie o a lomos de onagros o asnos salvajes, los bonzos budistas con sus túnicas anaranjadas para propiciar las cosechas según los ritos del pueblo que bien podrían compararse a las témporas cristianas. También descendían los brahmanes y los yoguis con sus culebras amaestradas, y a veces los misioneros occidentales, y entre todos, juntamente con el pueblo reunido, cada cual fiel a su confesión pero formando una comunidad unida por una fiesta compartida, realizaban danzas tradicionales con teatro de máscaras, representando mitos épicos, en las que los humanos y los demonios se mezclaban hasta confundirse recreando la lucha por la libertad común en todas las tradiciones religiosas.
Fue en una de estas fiestas de propiciación cuando Pramudya conoció al bandido Maratam, un hombre encorvado y frío que aparentaba ser más viejo de lo que era, que vestía como un indio con bombachos y turbante recamado de oro y zafiros, y que, según él mismo decía, se dedicaba a transportar a los viajeros ricos a lomos de su elefante. Su bigote exagerado lo convertía en un personaje pintoresco para cualquiera que lo viese por primera vez, en un Sandokán mirífico, con la trastienda de los malayos y la experiencia de los forajidos. Junto al kriss de hoja ondulante que le colgaba de la cintura, desenvainado y alarmante cual el colmillo de una cobra, portaba una flauta de encantador hecha de madera de bambú y lucía una leontina de oro que iba a parar a un reloj de bolsillo de marca alemana que le entusiasmaba consultar cuando se encontraba en presencia de algún potencial cliente. Así lo encontró Pramudya cuando le habló por primera vez con la excusa de preguntarle la hora.
Pronto supo lo que tenía que saber. Maratam se dedicaba al robo, pero esto lo hubiera convertido en un ladrón normal y corriente sin relevancia para nuestra historia. Era un hombre de contactos, y al poco rato de tratarlo, Pramudya lo comprobó cuando el bandido extrajo del interior del chaleco un teléfono celular de última generación y una colección de llaves de automóviles de lujo. “No se asombre. Espere a que le explique de dónde viene todo esto, y entonces podrá asombrarse con motivos”, le aconsejó. Sin duda, Pramudya le había caído bien a Maratam, y este gozaba de su patronazgo, y aunque a Pramudya le repugnaba la vida inmoral del bandido, una curiosidad difícil de dominar lo impulsó arrastrando sus pasos al lugar donde Maratam escondía un alijo de más de cinco mil toneladas de marihuana envasada y clasificada, una auténtica cueva de ladrón digna de Las Mil y Una Noches. Allí el bandido le ofreció tabaco de burley americano, y le contó con paciencia de dónde venía todo aquello, en tanto unos operarios indígenas desnudos de cintura para arriba, entre los que Pramudya distinguió a algunos conocidos, iban y venían llevando y trayendo costales, paquetes y fardos de mercancía que apilaban de cualquier manera en la cueva.
Parecía ser que la marihuana había desplazado al opio con el que muchos comerciantes británicos habían envenenado la China Imperial en el siglo de los ferrocarriles, hasta su decadencia y conversión en una república obrera proteccionista asimilada al régimen soviético de 1917. Según comentaba Maratam, aquella droga que podía emplearse como fármaco para curar enfermedades, estaba liberalizada para el consumo habitual en Holanda y en otros países occidentales, pero estaba prohibida en otros que la consideraban una amenaza para el bienestar de la población. “Esta prohibición” confesó Maratam, “es nuestro negocio”. Lo prohibido atrae al hombre con la fuerza del abismo, como si su libertad se engrandeciese con esta conquista, probando el fruto de la victoria de su voluntad frente a la norma que siempre obliga a la obediencia de caminar por una senda más estrecha.
Pramudya comprendió que nada humano está exento de culpa, que el dinero era la tentación y el arma de la tiranía, y que el bien común era la aceptación de una desigualdad soportable. Pensó en la moral, y después en su familia, y fumando el tabaco que le ofrecía aquel desconocido que le había enseñado la Cueva de los Deseos, manipuló la balanza de la equidad convenciéndose de que el negocio de lo prohibido no era tanb malo puesto que muchos, lo mismo que aquel Maratam, lo desempeñaban y eran seres inofensivos que solo deseaban conversar y fumar un poco de tabaco. A continuación se enfadó considerando las prohibiciones que su propia nación le había impuesto a consecuencia de una responsabilidad ajena, y se persuadió de que tenía derecho a aquella fácil venganza. Además, el entorno le ayudaba a pensar de esa manera, porque al rato, además de Maratam, lo rodeaban cuatro capataces de raza blanca que se distinguían por su ropa planchada y por cierta inquietud que les obligaba a mirar a cada breve intervalo de tiempo a las esferas de sus relojes.
Transcurriendo los días, Yumiko se sorprendió de que el dinero se multiplicase en los rincones de la casa y, ya que las mujeres son por naturaleza intuitivas, desconfió de que su marido no le hubiese dicho toda la verdad acerca de su fuente de ingresos, la cual, según su testimonio, era la renovación de su contrato de mecánico de automoción.
Pramudya llegaba a casa tarde cargado de paquetes para su familia.
En menos de tres semanas, contaban con una instalación eléctrica de primera calidad, con lavadora, frigorífico y televisor- este último había reemplazado al antiguo transistor a pilas-, con lámparas incandescentes, y un automóvil todo terreno último modelo que gastaba combustible diésel y en el que el pequeño Kritanagara gustaba de entretenerse asustando a los gibones y a los orangutanes y tocando el claxon para llamar la atención de las aves del paraíso y otros pájaros de la jungla.
Tuvo que suceder un triste incidente para que Pramudya confesase a su mujer lo que ocurría, pues desde su encuentro con Maratam se había vuelto menos comunicativo, más rudo en el trato con su familia, y el muro de secretos que se había alzado entre él y su esposa aumentaba por palmos con velocidad inversamente proporcional al volumen de ingresos periódicos y a sus frutos evidentes manifestados por doquier en la casa. Una noche llegó a las tres de la mañana y cuando Yumiko, que había estado velando para descubrir su llegada, se levantó para reprenderlo por su conducta desconsiderada, lo encontró sentado a la mesa con la cabeza entre las manos ante un vaso de whisky que no era capaz de beberse. Estaba tan preocupado que no hizo esfuerzos por ocultar sus lágrimas. Su mujer también se turbó cuando se lo contó, como sucede cuando alguien le dice a alguien algo grave. Sabía que entre sus conocidos se murmuraba que ellos tenían un pacto con el diablo, y aunque las murmuraciones nunca están exentas de malicia, y la mayoría de las veces son mentiras saboreadas por el ocio de la envidia, otras veces- incluso lo malo a lo bueno sirve- resultaban ser profecías que desentrañaban una verdad no intencionada. Pramudya se lo reveló de esta manera:
– Hace días estaba preocupado por el negocio en el que me había involucrado, porque los socios con los que trato me pedían cada vez más responsabilidades, hasta que me llegaron a preocupar seriamente. A todo esto, ni una respuesta recibía de nadie. Si bien a la hora de entrar en la compañía se multiplicaban a mi alrededor facilidades y buenos tratos, esta ilusión fue desapareciendo con el tiempo. Ya no bastaba con que acudiese con la furgoneta a recoger la mercancía en la Cueva de Maratam para transportarla a Denpasar, donde en la estación de trenes ya me aguardaban los compradores con los billetes en la mano, pues a pesar de que este trabajo me llevaba casi todo el día, me exigieron además que me dedicase a otros empleos de poca monta alegando que mi salario era superior al de otros proveedores que hacían lo mismo que yo. Operé con gente de las clases más variadas, odiándolos en mi interior por haberme ocultado durante tanto tiempo su fuente de ingresos, de la que en mi edad de formación no tuve conocimiento. En cada trato que acordaba, deseaba que la tinta de mi rúbrica fuese la sangre vertida del explotador. Con este propósito en mente, dejé de pensar en ti y en nuestro hijo para armarme con dinero y bienes contra los que se armaban con dinero y bienes contra nuestra estirpe. La sorpresa que me despertó de la ira fue milagrosa, porque descubrí que quienes nos habíamos declarado la guerra orgullo contra orgullo y nación contra nación éramos socios de un plan que nos utilizaba para aniquilarnos. Y lo descubrí de esta manera: en una ocasión me encargaron transportar una partida de droga al puerto de Surabaja en Java, y lo hice en una chalupa de pequeño tamaño en compañía de una tripulación formada por cuatro hombres blancos y un malayo que había estado varias veces en la cárcel por homicidio y robo y otros delitos no relacionado con el tráfico de drogas. Al llegar al puerto me encontré con un grupo de militares retirados y dos policías que vigilaban un cargamento de… más de cinco toneladas de armas de fuego – fusiles de asalto automáticos y metralletas semejantes a las empleadas por los soldados americanos en Vietnam- con destino a Camboya. Eran los mismos rostros despreocupados que vi cuando era niño, un día que mis padres se tropezaron con un grupo de oficiales y tuvieron que soportar sus bravatas, mientras yo temblaba imaginando que aquellos fusiles podían matar a cientos de personas. La impresión me causó tal malestar que vomité el rancho que nos sirvieron en un restaurante barato del puerto. Sabía que los derechos que garantiza la ley son ineficaces y falibles, pero el hecho de que yo estuviese implicado en un crimen colectivo contra mi propia nación, contra mí mismo constituía un remordimiento tan insoportable que no podía asimilarlo. Mis jefes se dieron cuenta de lo que ocurría, y para tratar de animarme me pagaron a unas prostitutas en un hotel de lujo en el que solo podían alojarse los miembros de la casta militar. Allí se alojaban jueces, directores de banca, abogados, políticos y autoridades que desempeñaban cargos públicos de responsabilidad colectiva, ofreciendo su dinero como sacrificio por sus pecados. Telefoneé a casa para decirte que no llegaría antes de la noche debido a un encargo difícil. Durante el tiempo que estuve con las prostitutas no hice más que llorar en sus brazos considerándome algo peor que un asesino: un traidor. Y ahora que ya estoy vendido, permanezco aquí sentado dudando entre quitarme la vida o implorar tu perdón, porque tú eres la única persona que puede perdonarme.
Yumiko recibió una fuerte impresión de un ralato que no se esperaba, y permaneción uns segundos sin hablar, pero su corazón de mujer que encuentra siempre una salida en las dificultades le reveló en seguida una respuesta emergida del oráculo que el instinto había puesto en ella. Si unos cuantos ladrones comprados por los ídolos de occidente lo habían engañado con un fraude legal – pues Pramudya conocía las leyes de su país y sabía que su espíritu no se cumplía- no sería lo más adecuado el recurrir a la justicia ante la cual por el icumplimiento de la letra de la norma era culpable; sería lo mejor acudir a la misericordia y al perdón de un mediador religioso que comprendiese verdaderamente sus motivos y que no le impusiese un castigo social, sino una absolución aceptada voluntariamente que librase su conciencia de la turbación. Consultaron a un jesuita que trabajaba de misionero en Bali, un hombre joven de unos treinta años cuyo rostro parecía desprender amabilidad, ordenado sacerdote, muy activo y servicial con la gente, de quien se diría que nada humano pudiese sorprenderle. Su nombre era Joachim y su nacionalidad belga. Sin reparar en ello, Yumiko trataba de aplicar el aforismo maestro de la homeopatía según el cual “lo semejante cura a lo semejante”, considerando que si la tentación había venido de Occidente, la absolución tendría que venir también de un occidental.
Pramudya se encontraba en un estado febril cuando se confesó delante del misionero, pero el sacerdote lo animó a que no dejase de decir absolutamente todo lo que le preocupaba, recordándole que Dios – la mejor parte del hombre encarnada en sus miserias- no se manifestaba nunca para condenar, sino para absolver, y que por eso había dado vida al hombre, puesto que del ser humano había querido nacer ese yo interno y desconocido que a veces se revelaba en comprensión.
Después de haber escuchado atentamente arrepentimiento de Pramudya, cuya penitencia ya iba incluida en el sufrimiento que le había supuesto su examen de conciencia, lo absolvió en nombre de Dios y le aconsejó que no se entregase a la ley, pues sería ineficaz en su caso, y que si en secreto había pecado, en secreto debía apartarse del pecado cambiando de modo de vida. Pramudya alegó entonces que aunque Dios lo absolviese, el hombre lo condenaría, y sus socios lo perseguirían para vengarse en él y en su familia sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Él les había vendido su alma.
Joachim lo tranquilizó. El secreto de confesión lo amparaba ante la ley de la obligación de denuncia de un delito, y en cuanto a las represalias de sus antiguos socios, la comunidad de misioneros se encargaría de proteger a la familia frente a las posibles amenazas de los enemigos. Pramudya, Yumiko y Kritanagara se trasladaron a vivir a la Misión.
Una mañana, mientras Kritanagara enseñaba a hablar a un minah del Himalaya que él mismo había adiestrado para que acudiese a su llamada y no temiese al hombre, lo cercaron dos sicarios armados con carabinas y lo obligaron a irse con ellos. El niño comenzó a gritar, y antes de que el secuestro llegase a realizarse, el propio Joachim, con la casulla puesta, recién venido de la misa que estaba oficiando y que acababa de interrumpir, apareció de pronto y, sin saberse muy bien cómo, cogió al niño del suelo y lo sostuvo en su regazo, lo cual para los hermanos de la misión que pudieron verlo cuando se asomaron a las ventanas del hospital, les evocó a un San Antonio o a la imagen del Buen Pastor, y a los indígenas que lo presenciaron les supuso el ver a un dios movido por fuerzas desconocidas, aunque no era más que un hombre sosteniendo a un niño. Los secuestradores apuntaron con las carabinas a las dos figuras.
De pronto, el niño se hizo invisible. Se había ocultado detrás de Joachim. Este permanecía ante el instante eterno de los segundos del miedo con la mirada firme y una resolución silenciosa que lo volvía sobrenatural. Juntó las palmas de las manos y avanzó hacia adelante. Los carabineros amenazaron, dieron un paso hacia atrás y apuntaron para disparar, pero sus dedos no les obedecieron.
El niño ya estaba a salvo, rescatado por un misionero.
Joachim seguía avanzando seguro, y su silueta parecía caminar sobre el agua, porque cuantos lo miraban temían que en cualquier momento pudiera hundirse. Otra vez, los carabineros recuperaron la confianza cuando el sacerdote tropezó con una raíz de acacia y tuvo que mirar al suelo para no caerse.
Dispararon al aire.
Quienes presenciaban la escena heroica desde las ventanas del hospital, creyeron que le habían disparado al sacerdote, y ya se disponían a lamentar su muerte, cuando al momento siguiente vieron las carabinas de los secuestradores a sus pies.
La memoria reconstruyó la trama del acto: Joachim se había acercado impasible y había arrancado las carabinas de las manos de los secuestradores, quienes no habían podido resistirse al valor de un hombre desarmado.
Nadie vio más.

– Sitúate bajo las luces de neón y observa a los paseantes como si fueras otra. Por la Avenida Bolívar circulan los espectros metálicos de los automóviles describiendo el cortejo de una magnífica procesión de Aquelarre. Una fuga musical, barroca, decapitada y sórdida. La lluvia se ha detenido y sientes el antiguo dolor en el empeine de los pies, elevado sobre el ofertorio de los tacones. Este es el oratorio que tienes que interpretar, ¡escucha!.
Un hombre de veinticinco años ve de pronto a la prostituta caracterizada por el vestido lustral que envuelve el cuerpo al descubierto, el encaje urticante de la desposada pública. Camina hacia ella. Hace la seña deslizando la rama dorada, acuñada por los siglos, y percibe el despertar del conocimiento de los antepasados. Paga el peaje. Conduce a la desposada al automóvil, enciende los faros, atraviesa la orilla de la noche hacia la puerta sagrada cuyos cerrojos han sido conmovidos por la resurrección de los muertos, por el Principio de la Vida que ha salido ileso de las fauces del temor de lo no conocido.
– Este joven ensangrentado te lleva en su coche como una fantasía a la que acaba de conquistar. Él te soñaba en el lugar donde te encontró. Es hermoso, y tú lo sabes, pero su rostro está manchado con tu sangre. La sangre por la que has sido comprada. La entrada de la matriz donde el júbilo del sexo toca su trompeta de gloria ha vertido su flujo menstrual, anunciando el periodo del ayuno y la abstinencia, pero tú has sellado con algodón la entrada para que el acto nupcial suceda fuera de tu cuerpo. Por eso, el rostro del joven – ahora sabes que se llama Pedro y lo contemplas bello igual a un mito- está marcado con el signo de los muertos, porque su semilla no existe. Sus manos te desnudan, sus labios se posan sobre los tuyos, y el pájaro volador busca el agujero del nido. Desata el cordón que lo separa de ti, el mismo cordón del ombligo humano. Los círculos de la pasión, el diálogo con las generaciones, la pregunta fundamental acerca de su identidad, el polvo que vuelve al polvo girando en el torbellino espiritual del alma y la escala de las emociones hasta la inteligencia luminosa se suceden ansiosos, y el perro funerario del temor cierra sus mandíbulas y duerme mecido por la digestión del alimento.
El hombre posee a la mujer en su casa, en su habitación, en el tiempo al que ha sido arrojado. Pedro Suárez toca la flauta de su idilio, apurando la copa mientras se entrega a su concubina. Resulta siempre fingido el reconocimiento de uno mismo frente al espejo opuesto de una sacerdotisa practicante que ofrece su carne táctil al contacto de los dedos, íntimamente ligados a su destino, pero la rutina hace desaparecer la emoción, y los dos amantes sienten que un delicado cristal del grosor de un abismo los separa y que sus fantasías gemelas no han podido encender el fuego de la comunicación, y que ambos cuerpos, uno en cada isla, colisionan y se detienen en placeres análogos de su piel calentada por el vaivén del ritmo originario de la tierra energética, sin que ninguno de los dos sepan reunirse en el paraíso de la conjunción amorosa, miembro contra miembro entrelazados para una eternidad en la que el dios de la fuerza oculta está presente. “Cómo te llamas”, le pregunta el Hombre a la Mujer. Ella responde: “Lucía”.
– Tú estás desnuda, él está desnudo. Deshacéis la postura fatigados, él más que tú, en tu abrazo liberado. Has aceptado el precio de tu conquista como si lo fuera también para ti. Pronto volverá Él a sorprenderos con la pregunta del deber, pronto regresará el Tiempo y os encontrará desnudos junto a un árbol de sombra. El Tiempo, el Anciano de Barba Blanca que viene a pedir cuentas, lo habéis inaugurado vosotros cuando salísteis de la ley natural, perfecta en sí misma, para controlar su impulso. ¿Qué hijo vais a tener? ¿Qué futuro aguardáis? Vendrá de lejos para dignificaros, pero no lo conoceréis.
Pedro Suárez ha recibido una llamada. Pulsa el botón del celular que brilla con lucecitas. Otra vez, como una espada, el castigo de los problemas y de las ocupaciones, la voz de mando: “En los Grandes Almacenes de la Guaira a las tres. El golpe según la seña”. Apaga. Busca su cartera y sus llaves, su revólver en el pantalón tendido, su silbo bajo la hierba del idilio como el de una culebra venenosa. Busca, invisible, el papel que tiene que interpretar, y el apuntador de la memoria le grita: “¡Vamos!”. “Me voy, chola, me voy, mamacita, porque me han llamado”, dice. Y bebe de sus labios una vez más, y rendido. “Adiós, papi” le replica ella, “me dejas levantada, achantado del carajo”, y se revuelve en la cama riendo, mientras su cliente se viste, insatisfecha del dinero y del placer.
– Ahora él se irá y te abandonará en el lugar donde te encontró, tú que le has servido con la diligencia de una hermana. Te sienta en su coche y pisa el acelerador girando el volante en la noche habitada de focos, de luciérnagas y de estrellas. Atravesáis la ciudad oscura y vacía como una catedral de piedra, donde en los pedestales de los monumentos se desnudan los mendigos del sexo demandando una sucia limosna. Oh, sí, los cláxones, los carteles dionisiacos invitando a comer y a beber en el Festín del Rey Baltasar, el progreso de una economía extranjera semejante al ruido de muchas aguas, escrita por la mano invisible de una rúbrica social, y la bestia productora del deseo exhibiendo la moda de una mujer con el vientre vacío, joven y despreocupada, con una úlcera a la altura del labio inferior. Las pantallas de los cines sorprendían a los ídolos entre bastidores, con los labios borrados por el plástico y el cartón. “Llegó Pacheco” dijo por último tu amante, y te devolvió a la Avenida Bolívar, donde te perdiste entre otras muchas que imitaban tus pasos, protegidas por los paraguas del aguacero que caía y que arrojaba chorros de cristal por los canalones de los altos edificios que absorbían las sombras y engrandecían la avenida y la noche. Ahora eras pasado, paraíso perdido, compás binario de un engranajede reloj cuyas agujas tejían como parcas simbólicas tu camino, y los dioses de los números, en el olimpo de su esfera, te obligaban a andar y a lavar con tus cabellos perfumados los pies de los viandantes a quienes contabas hasta llegar, con los billetes firmados por el oficio del estado civil, hasta el burdel donde el patrón te aguardaba, y lo que va a suceder ya había sucedido.
“Dónde vaina te metiste, puta” saludó a Lucía Villegas su patrón oscuro, un limeño apellidado Lozada, magro y nervioso, con camiseta negra y la piel de los brazos cubierta de tatuajes. Ella le enseñó los papeles, apenas cuarenta pesos, y su proxeneta rió antes de sujetarla por el pelo y golpearla en la cara cinco veces con la mano abierta mientras ella gritaba y sus compañeras acudían a ver lo que sucedía sin poder hacer nada por evitarlo. Las hijas de Eva permanecieron silenciosas mientras el verdugo aplicaba el correctivo a la esclava, “por no haber ganado suficiente dinero”, “por haber saboreado el pecado prohibido a los siervos”, siempre una justificación. Pagar con el cuerpo la deuda del estado civil. Lapidada, su sangre equilibraba su precio. E hizo su entrada el protocolario banquero del matadero público, el rumano Baba, conocido por sus colaboradores como Cabeza de Puerco, recién llegado de Europa en un vuelo de negocios. Lozada se envalentonó frente a su señor, demostrando que había hecho bien su encomienda. La prostituta yacía en el suelo, despeinada y llorando, ante el coro mudo de sus compañeras. Baba sonrió de medio lado como si no supiera hacer otra cosa. La ocasión le pareció propicia para bromear. Extrajo de su cartera de piel de cocodrilo un puñalcito de juguete con el que se divertía cortándose las uñas, con la empuñadura de oro y la hoja de plata, y acarició con su filo el cabello de la recién golpeada, haciendo que la peinaba. “Espero que te sirva de lección” la amonestó, “para que sepas que conmigo no se juega”. Y agregó, lamentando el incidente: “Has tenido suerte. Otras, por lo mismo, han muerto”. Lucía se incorporó y dejó de llorar, fatigada por la tortura. “¿Dónde tienes el resto?” volvió a la carga el verdugo, mientras Lozada lo miraba con respeto. Lucía volvió a llorar. Cabeza de Puerco apretó con su mano derecha uno de los muslos lacerados de la joven, y ella comenzó a gritar. El patrón repitió la pregunta. Lucía extrajo de su seno veinte pesos en billetes cubiertos de sangre y de saliva. Con sumo cuidado, igual que si fuesen sus propias vísceras, el verdugo, si quitarse la máscara del ritual trágico, asió los papeles con la firma oficial y, después de contarlos con la devoción con la que un feligrés acaricia una reliquia de algún santo, los introdujo en el bolsillo de la chaqueta de cuero. “¡Hijo de puta!” gritó Lucía envalentonándose, “¡eran para mi hijo, cabrón!”. “A ti te acusas, puta” chilló Lozada, “con qué poquita cosa nos quería dar burundanga el bagre”. “¡Y vosotras, a trabajar!” ordenó Cabeza de Puerco, y la columnata de cariátides contemplativas deshizo la escena. Lucía, la pobre Antígona de la tragedia, se quedó sola entre los dos hombres. Su sangre verdaderamente derramada abolió la ilusión del teatro, y la cuarta pared del espectador, disolviendo su pantalla, acercó los ojos al objeto, desvaneciendo los espectros de la distancia.
– No pudiste pensar en Pedro Suárez, el esposo ficticio con el que te habías acostado hacía una hora. Tu pensamiento te lo acercará: llegó al lugar de los hechos dispuesto a participar en el plan de sus compañeros. San Pedro de la Guaira, tres menos diez, 28 grados centígrados y los barcos de acero oscilando con sus mástiles en el mar del puerto. El aventurero caminó con las manos en los bolsillos, como un ocioso, acariciando un máuser y mirando en todas direcciones. El Centro Comercial surgió a lo lejos, fantasmagórico, y una última furgoneta abandonó el aparcadero. En este momento recibió un SMS y su celular vibró antes de que pudiese decir “Ahora”. Entró adentro y las puertas electrónicas se cerraron tras él. Los empleados que barrían la entrada predijeron el desenlace y se ocultaron tras los anaqueles donde se exhibían los productos de alimentación envasados y clasificados, dispuestos en pirámide. El ladrón apretó con el cañón del revólver la barriga de uno de los reponedores, quien soltó su carro de mercancía y levantó las palmas de las manos, jurando que no sabía dónde se encontraba la caja que buscaba. Se oyeron gritos de mujeres en el interior del supermercado que anunciaron como alarmas la llegada de los compañeros de Pedro. La tienda se llenó de voces, alguien apagó las luces y nadie supo dónde estaba, imaginando el espectro de un enemigo a un palmo de distancia, y cada uno de los presentes, atracadores y atracados, buscaba alocadamente la salida del infierno de las tinieblas tratando de encontrar el interruptor perdido, pero alguien había hecho saltar el automático. La velocidad inaugurada por el acceso súbito de los atracadores se había vuelto ahora contra ellos. Uno de los empleados encendió una linterna y los atracadores se la arrebataron de las manos maldiciendo la falta de previsión que los había sumido en aquel fatal obstáculo para sus planes. Se hubieran marchado de no ser por las amenazas del jefe, pues habían percibido el olor de la muerte como si el hedor de los cadáveres que pesaban sobre su memoria se hubiese despertado en los frigoríficos donde se empezaba a descongelar el pescado y la carne. De hecho, en el corazón de las tinieblas, alguien había disparado sobre alguien. Junto a la puerta del almacén, un atracador sujetaba por las muñecas a un supervisor y le golpeaba la cabeza contra la pared para obligarlo a que le dijera dónde estaba la caja, la “caja registradora” en la que se guardaba el dinero del negocio, imprescindible para que el otro negocio de los atracadores pudiera llevarse a cabo, al igual que una inversión más, que acelerase la rueda de la producción para inundar de nuevos artículos las lejanas factorías del bienestar. Esto no lo sabían ni los unos ni los otros, pero sin saberlo, ¡así lo creo!, todos trabajaban para el mismo fin. Los manojos de billetes se trasladaron de una caja fuerte cerrada con llave a un saco vacío de patatas que los atracadores sustrajeron del almacén. Disponían de tiempo contado hasta que llegase la policía – no temían que los metiesen en la cárcel aplicando la pena legal correspondiente, porque la cárcel era solo el símboilo del derecho que aseguraba la confianza de los empresarios extranjeros y no podía llenarse con un país entero, pero sí que los obligasen a mantener sus honorarios con un tributo extralegal o que otros atracadores mejor armados les arrebatasen el botín -, así que, saco al hombro, se fueron, y antes de irse, el jefe de la cuadrilla tropezó con el cadáver de Pedro Suárez, que yacía sobre el pavimento boca arriba con una herida de bala en la frente que había formado un agujero del que brotaba la sangre que ya estaba coagulándose en el suelo. Uno de los fugitivos se detuvo y comenzó a sollozar en voz alta, porque reconoció de pronto el cadáver de su hermano. Los demás parecían solamente ocupados en intentar salir de aquella trampa. “Es una lástima” le susurró el jefe de la cuadrilla al plañidor a modo de pésame, y añadió un réquiem ritual “siempre mueren los mejores”. Dicho esto, los bandidos se disolvieron en la oscuridad cómplice arrastrando el dinero y la sombra. Sus sueños de pesadilla huían de la claridad de la mañana.
Al despuntar del día, solo el cadáver de Pedro Suárez había quedado como testimonio y recuerdo de todo aquello.
Lucía Villegas, levántate, recoge tu sangre y tápate con ella, y ponte a trabajar para pagar tu deuda. En tu muñeca izquierda está tatuada a fuego la cantidad que debes, y hasta que la devuelvas no podrás liberarte. ¿Quién detendrá tu flujo de sangre? ¿Quién te salvará de la corrupción? Rezas en tu cuarto – ¡tan semejante a una alcoba de doncella!- a una estampa de la Virgen de Coromoto que preside entre encajes tu miseria, y le cuentas tus secretos más íntimos, el parto de tus sufrimientos; también ella fue infecunda un día, y un hombre quiso repudiarla cuando concibió sin saberlo. Quieres tocar la orla del manto de tu Señor, aunque solo sea la orla del manto del Dios del Bien, su incondicional e infinita caridad, basta para abolir tu vergüenza que se refugia en sí misma como una serpiente que cierra en su círculo la conciencia de la libertad. “La conscience dans le mal” ha escrito Baudelaire. ¿Sabes cuál es la orla del manto de tu Señor? La restauración del afecto por ti misma. La sabiduría de entender que no has perdido tu valor, de que tu dignidad es inmortal, aunque hayas sido envilecida y ensuciada por muchas manos que se han servido de ti como moneda, y que han desgastado tu ternura, porque la moneda tiene el mismo peso en oro que antes, aunque el cuño del trato haya sido borrado. Aunque esto sabes, necesitas repetírtelo, pues el sepulcro de tu corazón está vacío y aguardas, sin necesidad de palabras, a que un ángel te de la bienvenida y te revele: “El Señor al que aguardas no está aquí, en tu sufrimiento, ha resucitado a tu libertad”. Alguien te dice al oído que tu amante de una noche ha muerto, pero ya estás acostumbrada a la noticia, porque tu amante muere todas las noches repitiendo su condena. Los Pedro Suárez, los jóvenes que huyen de la maldición de la pobreza traspasando la dura ley de la tierra, padecen el castigo de los cautivos de guerra, y una hoz implacable siega sus tempranas espigas. Quisieras salvarlos, pero sus cruces se ciernen sobre ti como si no pudieses concebir y dar a luz a hombres, sino perderlos y entregarlos a la muerte violenta. Tus lágrimas parecen ser las únicas que te consuelan, porque salen de tu corazón y no son fingidas. En tu vientre, el hombre que acaba de morir no ha engendrado, pero hay algo de él que queda, un espíritu de afecto que sobrepasa el límite de la carne y que enciende una hoguera en el frío escondite de tu alma que entra y sale por el aire que respiras, cual un ángel que entrase y saliese por ti para ofrecerte la flor de un breve gozo. Porque, en el fondo, tú no estás muerta; estás viva y por eso esperas.
– La noche aún no ha terminado. Lucía y su amiga Teresa González lloran juntas y abrazadas en la habitación, cuerpo contra cuerpo, como madre e hija. Lozada irrumpe en la intimidad de ambas sin llamar a la puerta: “Eh, tú, bagre del carajo, deja el camarón y prepárate p’a la chamba, que acá abajo hay un paco que te está demandando”. “Vete a la mierda, tú” contesta Lucía. “Ya le puedes calentar la barriga, bagre, que es chivo y tiene billullo como p’a curarnos el filo a todos, y el jefe lo está caribeando, de modo que no te guardes nada después o te jurungamos entre las piernas si hace falta”. Lucía se despide de su compañera y baja las escaleras limpiándose las lágrimas. En el vestíbulo, junto a la barra, Cabeza de Puerco habla y gesticula frente a un policía. Al llegar Lucía, el patrón le sujeta el brazo con la tenaza de su mano y le ofrece la esclava al policía, quien paga el artículo en el acto y lo recibe pesado en la balanza de su cartera. “Tienes suerte”, le susurra el patrón al oído a la vendida, “este ha pagado por ti”. El policía huye con ella en la noche y la conduce a una casa que no conoce, a una casa irreal, semejante a los sueños, construida en forma de laberinto destinado a seducir al huésped, en la que el lujo hace perder el sentido de la orientación marcado por lo sencillo y lo auténtico, por lo próximo y no manipulado por la convención de la moda. Hace una hora que están sentados el uno frente al otro en una sala de estar, y Lucía no despega los labios en el interrogatorio, fiel a la rebelde condicióndel maltratado y ofendido. Frente a ella, un lienzo abstracto se desparrama en enigmas. El policía dice llamarse Diego Aurelio Martínez Ferrán, conocido en México con el sobrenombre de El Gringo. ” Aunque soy paco, como lo ves, me dedico a vender de mis cosas de estraperlo” se escucha decir. “Si te he salvado la vida no ha sido por casualidad, ha sido porque me has parecido bien, de pronto. Soy un hombre de impulsos, pero sé lo que hay y lo que no hay”. El anfitrión habla demasiado, queriendo justificarse delante de una mujer de la vida pública, fumando y sonriendo mientras vierte al techo volutas de humo de tabaco de filtro aromático que se desvanecen como templos griegos idealizados en el aire.
Oprime el botón de un mando electrónico manual y estalla, súbita, la reproducción musical de una melodía en inglés del grupo The Platters, que resuena con la intensidad de un oratorio. Lo enloquece la idea de seducir con comodidades a una mujer envilecida por la ausencia de esas mismas comodidades, y todavía lo embriaga más el hecho de que el frágil objeto de su deseo – un capricho que solo tiene el valor de la novedad, lo exótico de una idolatría recién asumida- se encuentre a su disposición ipso facto, antes de que el tedio de la rutina lo suprima. “¿Qué quiere de mí, señor?” le pregunta, todavía con la marca de las lágrimas. “¿Le diría a mi patrón que me mate?” pregunta la esclava recién comprada, generosa del pasado, que ya no existe. “No volverás allá. Ahora me perteneces” asegura el policía. Recalcando el “me”, se arrellana en el sillón antes de cogerla de la cintura y sentarla sobre sus piernas. Lucía trata de resistirse como si en ella quedase todavía un residuo de honestidad, de capacidad de decisión. Al policía, la escena lo divierte más que ninguna otra cosa, porque le parece ridículo que la mujer pueda resistir a él, que domina completamente la situación, lo mismo que el gato que juega con el ratón al que acaba de cazar. Sabe que no puede poseer a la cautiva – lo que poseerá será su fantasía convertida en fantasma, y besará sus labios en otro objeto, pero su pasión se verá colmada y se preparará para un nuevo ataque- porque su corazón quedará al margen del placer o del dolor, cerrado a la atmosfera que lo envuelve.
– Ahora, otra vez, el ritual desprovisto de espíritu. El erotismo fingido, al que te has acostumbrado como si te gustase. Porque supones que no queda otro posible. Ariadna ofrece su hilo a Baco, violada siempre, para que el laberinto de los sufrimientos se borre. En cuclillas sobre la cama, su cadera imprime un ritmo al cuerpo del hombre, que busca cada vez combinaciones más complicadas. Al milonario le queda la única expectativa de comprar la locura, de poseerse a sí mismo cual Narciso frente al espejo que copia la imagen de una ilusión. La mujer se finge herida, y esto excita al hombre que trata de poseer su cuerpo incendiado en su memoria, pero el placer termina pronto, y al final, después del naufragio tempestuoso del orgasmo, los dos cuerpos temblorosos se encuentran desnudos, y descubren que no se aman.
Durante esta noche no ha habido sueño. ¿Ha sido esta noche un sueño? Devueltos a la orilla de la mañana que sorprende sus temores, buscan enseguida sus vestiduras para taparse la vergüenza de la culpa – de la incomunicación- y ven al barquero del infierno, al Recuerdo Consciente, historiador de sus errores, acercárseles siguiendo la corriente del río del pensamiento, aboliendo el Olvido de la Mentira y transformando el Leteo en un Flegetonte que les devuelve sus vestiduras: la del policía y la de la prostituta. Lucía, recoge el dinero que se te ofrece y sepárate del hombre que ha ordenado un paraíso artificial para ti. Ya se ha desvanecido la Mansión del Extranjero lo mismo que el humo que sale de su cigarro apagado. Ahora eres libre. ¿Qué harás de tu libertad? Caminas por Plaza Altamira sin saber adónde dirigirte, temiendo aún que tu verdugo te salga al encuentro. Pero no hay verdugo. La calle está llena de gente, y tú eres una persona más, y nadie te señala ni te golpea. Nadie. Sola, das vueltas junto a la carretera, te detienes en los comercios para ver los millones de productos que no puedes comprar, y buscas un lugar para dormir y un restaurante para comer, porque empiezas a sentir hambre. Al cabo de un mes, reparas en que algo sucede dentro de ti. Al cabo de otro mes más, percibes que tu metabolismo ha cambiado, y concluidos los siete necesarios para completar el año lunar, expulsas al nuevo hombre y lo unges de vida como a un Mesías que fuese a redimir el mundo, es decir, como a un ser humano. En el orfanato lo admiten a título de oblado de la naturaleza, y por primera vez, te obligas a trabajar para llegar un día a poder mantenerlo, para poder llegar a ser su madre. Trabajas día y noche recorriendo los oficios más despreciados por los habitantes de la ciudad. Tu cuerpo deformado por el uso ajeno, tu templo profanado recobra su esplendor perdido, y una nueva virginidad derivada de la fe en tu destino te preserva de la ley de la culpa y te presenta como la imagen de la verdad, de la carne que vuelve a ser espíritu. Pero antes de que vuelvas a ver a tu hijo, te alcanza la hora más dulce de los hombres, aquella que la promesa ha despertado, la Innombrable, la que no juzga y rompe las cadenas, dejando la ausencia de un eco en el corazón de quienes no la conocen. Tal vez como tantas otras, tú también eres una heroína, madre, esposa e hija de un héroe, porque eres al mismo tiempo las tres figuras con las él te ha coronado: principio, medio y final de un mensaje de vida, siempre maravilla y milagro. Atraviesas la carretera junto al aeropuerto Maiquetia muy de mañana, y las langostas de metal de los aviones hacen vibrar tus tímpanos antes de que, cruzando un paso de peatones cuando el sol nace de las montañas, un automóvil desbocado conducido por un borracho te atropelle y tu frente caiga, espiga recién segada, golpeada contra el asfalto que recubre la tierra. Lo demás sucede por sí mismo, expandiendo con su coro la ópera de tu historia. Lucía Villegas Mendoza, de veinticinco años de edad, muere atropellada en las esquelas de los periódicos. Termina la farsa de las apariencias y se aclaran las aguas turbias. Musa mía, Caridad, detén tu responso y cede a otro el canto.
– Habrá que determinar si fue este un Magnificat o la historia de una mujer cualquiera. Habrá que definir si este cántico alterno, a dos voces aguda y grave, puede elevar la mirada del hombre por encima del suelo. Habrá que comprobar si el anillo de la alianza se ha cumplido, y si la imagen de la mujer condenada y redimida concibe la única esperanza que nos queda para ser.
Cuarto Enigma

El Protagonista está de espalda.
No lo conoces más que en su apariencia,
esa mentira de los mil disfraces
en el aparador de tu conciencia.

El Protagonista está de espalda.
El Libro se leyó antes de que fuera.
Y tú soñaste con verlo algún día.
¿No te has reconocido en la carrera?

– “Ofensivas en Irak”- leyó Mr. Fanfani- Esto a va a fastidiar las inversiones
– ¿A cuánto tienes las tuyas?- preguntó Mr. Karmi, acabando el vermú y consultando el reloj en el pulso izquierdo.
– 40% en Standard Oil, 20% en Coca Cola & Co, 10% en United Fruit Company y 30% en Microsoft- soltó la retahíla Mr. Fanfani, imitando al escolar al que se pregunta de memoria la tabla de multiplicar- Nos van a quemar vivos con esta guerra de las narices.
– Yo, en tu lugar, retiraría un 10 de Standard Oil y lo pondría en Microsoft- lo aconsejó Mr. Karmi- A saber cuánto dura la guerra y si se pincha o no el barril de crudo.
Mr. Fanfani rió estrepitosamente.
– ¿Y la prima de riesgo, un 4’2? ¿Sabes lo que se pierde?
– Tú verás- musitó Mr. Karmi encogiéndose de hombros, mientras el otro todavía se reía- Si prefieres llevarte un susto más tarde…
Mr. Fanfani, honrando su sangre italiana, se bebió la ginebra de su vaso de un trago mientras se distraía mirándole las piernas a las bailarinas del Teatro Princeton, en Broadway. “Este país lo hemos levantado los inmigrantes” pensó para salir de sus preocupaciones. Su mujer estaba muy distraída hablando con otras mujeres de la alta sociedad, justo en la mesa situada detrás de la suya, y de vez en cuando escuchaba alguna frase que lo hacía prestar atención.
El espectáculo no es que fuera muy divertido: el musical simplificado de una película histórica en la que los cantantes-actores se vestían de época – el modelo repetido de My Fair Lady, la comedia de la aristocracia de Bernard Shaw, con una incorporación de efectos escénicos del vodevil francés y del cancán y la opereta – y que equivalía al telón de fondo en cuanto a la originalidad creativa. Un intelectual con anteojos en la platea sonreía leyendo La Feria de las Vanidades de Tackeray, y su diversión sarcástica consistía en observar a su alrededor para reconocer en carne y hueso a los personajes descritos en el libro, sonriendo ingenioso ante la ocurrencia de un epigrama. Mr. Fanfani lo vio como un niño entretenido con sus juguetes, y una parte de su ser lo envidió. Volvió a hojear la página de economía del New York Times, y resopló ante las gráficas.
– Aquí dice que nos vamos todos a pique – comentó a su interlocutor- ¿Qué diablos se le habrá perdido al idiota del Presidente de Irak? ¿Volvemos a la Guerra del Golfo? ¿Es que nos hemos vuelto todos locos?
– No se puede invertir con esta tormenta financiera- sentenció Mr. Karmi, sonándose delicadamente la nariz y empuñando la copa como una espada- Tal vez veamos otro 29.
– Mira, Samuel, hay dos cosas que no entiendo en este mundo: la primera es cómo puede triunfar en una galería de arte seria la pintura abstracta, y la segunda es cómo nuestros gobernantes son capaces de llegar a ser tan tontos. Mi padre era italiano, natural de Turín, y vino a Estados Unidos en el treinta y dos con una mano delante y la otra detrás, después de que sus socios hubiesen arruinado la empresa de alimentación en la que trabajaba. Pues en menos de diez años, ¡en menos de una década, en un doble lustro!, levantó la fábrica de automóviles más importante de Milkwaukee, la Fanfani & Son, la empresa de la que hoy soy titular y que no deja de comprar sucursales por nuestra geografía. Y hoy, ¡hoy!, cuando todo son facilidades para los empresarios, se regalan acciones y se coloca a un payaso en el Gobierno de la Nación. ¿Te parece lógico? Esta generación no tiene ni idea de lo que pasamos nosotros para salir adelante. Yo he trabajado con mi padre por menos de doscientos dólares mensuales, por menos del salario mínimo, y no porque mi padre no pudiese pagarme el cuádruplo, sino para hacer economías. Todavía recuerdo las palabras de mi padre: “Hijo, estamos atravesando una época difícil y tenemos que sembrar lo que después cosecharemos”. Las recuerdo como si fuera hoy. A no ser porque el gran hombre que tuvo la suerte o la desgracia de ser mi padre se aficionó un tanto a la bebida, igual que Nixon, creo que ni Lincoln se le pondría por delante. ¿Qué sabe la juventud de hoy lo que es trabajar a destajo por un dólar? Los jóvenes se imaginan que este maná les ha caído del cielo.
– Los jóvenes se imaginan que nosotros somos los viejos- lo corrigió Mr. Karmi, de ascendencia judeofrancesa, quien semejaba encontrarse en todo momento preocupado por algo- Una frase de un senador de Illinois amigo mío. ¡Qué verdad!
Después del musical, un grupo de virtuosos negros interpretó una melodía de jazz con acompañamiento instrumental de saxo, trompeta y cuerda. La melodía, en la que predominaba la voz del tenor y su canto llano quería simular un motete polifónico de tema profano y distendido, con el ritmo muy marcado, repetitivo cual un martillo de obrero modulado según las emociones de oyente. Afluyeron a la platea, luciendo las vestimentas a la moda en las perchas de sus cuerpos rígidos, unos cuantos peces gordos de la gentry que miraron atrás, saludaron cordiales a la americana y se sentaron a empujones mientras las señoras esgrimían sus abanicos y los caballeros, sudorosos, se quitaban el sombrero y lo colocaban, exacto y euclidiano, sobre las rodillas.
– Aquí hace un calor de mil demonios, Samuel- se quejó Mr. Fanfani con el treno de un bufido- ¿Me acompañas al fumadero?
– Voy- respondió el invocado.
– ¡Lakers pierde!- gritó un apostador, enterado por un cacharrito con acceso a la red de internet de los últimos resultados.
Estallaron risas en los palcos. Estaban celebrando un cumpleaños.
Ya en el smoking-room, los dos contertulios se toparon con la señorita Sullivan, hija del eminente doctor Sullivan, médico psiquiatra de reconocido prestigio.
Entre los dos heptagenarios jubilados, la señorita Sullivan, atildada como el envoltorio de un regalo, hacía las delicias de los dos, igual que Susana entre los dos ancianos del Antiguo Testamento. Hablaba con tanta gracia que no se sabía lo que estaba diciendo, y ambos patriarcas evocaban sus años mozos al presenciar su manera de desenvolverse. Se parecía a una actriz de cine peinada para la pantalla, y con el tiempo de su educación se había amoldado tanto al canon de un anuncio, que se detenía con pausas artificiales y miraba de vez en cuando a su alrededor con insistencia, diríase que para cercionarse de que no la estaban avisando con una claqueta con el objeto de que cambiase de postura en otra toma. No obstante, bajo el albayalde del maquillaje, unos lunares encantadores luchaban por manifestarse, una cicatriz de nacimiento tremolaba y una arruga prematura se abría paso por su frente de nácar.
Estas revelaciones abortadas de su agradable organismo constituían, posiblemente, su mayor encanto, cual las veladuras en un lienzo flamenco, o como las grietas del estuco en un fresco de Miguel Ángel; pero ella, influenciada por el criterio de la publicidad comercial convertida con el tiempo en propaganda, suponía que sus mayores gracias constituían defectos y se afanaba por ocultarlos a la luz pública. Su ambición estribaba en casarse con un marido rico e influyente entre sus contemporáneos y correligionarios, con un hombre que la justificase ante los demás. Buscaba a ese actor perfecto que supiese interpretar perfectamente su papel, pero hasta ahora solo se había topado con esbozos de aquella pared pintada que tanto deseaba, y se había echado la culpa a ella misma de no encontrar a un marido digno conforme a las costumbres de sus padres. ¡Y sus padres se quejaban al igual que ella, por no corresponderse el modelo de las relaciones sociales con el modelo de sus abuelos!
Los antepasados campeaban en retratos en las habitaciones de la casa familiar, presidiendo la intimidad de su linaje y juzgando con mirada severa – con mirada muerta- los destinos de los inquilinos de la casa, aplicando el correctivo de la vergüenza a las acciones que no coincidían con la rigidez de su supuesta regla. Los antepasados idolatrados por la familia, despojados de los logros y derrotas de sus biografías humanas, no solo vigilaban la casa familiar; también cada uno de los movimientos de sus descendientes, imaginarios tiranos del panteón social, y Luisa Eva Sullivan, la muchacha casadera, los tenía también presentes, aunque cuando le preguntaban decía que no con la cabeza.
Incluso estos dos veteranos de las finanzas que ahora le dirigían la palabra se parecían tanto a los plenipotenciarios de los retratos blasonados de las paredes, que la muchacha no podía menos de lamentar que no fuesen más jóvenes.
Así que los ancianos estaban ensimismados con la muchacha, y la muchacha con los ancianos, hasta que en esta corte fantástica de los prejuicios hizo su aparición un extranjero. Se encontraba hablando todavía, cuando alguien levantó la mirada de la señorita Sullivan hasta remontarla sobre la conversación de los capitanes del pasado, alguien trajeado con smoking, de rostro salvaje y llamativo, que se movía con la agilidad de un ave de presa, con guantes blancos y comportamiento diferente, un tanto exótico. Se acercó al grupo con soltura y preguntó con una sonrisa:
– Disculpen ustedes, ¿no habrán visto por casualidad mi pipa? Creo que se me ha caído por aquí.
A continuación describió su pipa perdida. Era una pieza de coleccionista, una pipa de ámbar, tallada artesanalmente, con boquilla de marfil. Aunque el objeto era pequeño, se diría dotado de un valor muy grande. Después de hacer un amago de búsqueda, los ancianos le aconsejaron que preguntase al personal de servicio, y el extraño se alejó asegurando que así lo haría.
Pero al poco rato regresó con la pipa en las manos, mostrándola al grupo y agradeciéndoles a todos el interés y el consejo, ponderándolo por encima de lo que la cortesía merece. Aprovechó para contarles una historia urdida de antemano sobre la pipa y los entretuvo hasta que pasó a otro tema y se ganó la confianza de sus interlocutores haciéndoles creer que por circunstancias fortuitas se habían enterado de pronto de la vida completa del recién llegado. Durante la conversación, simulaba mostrar mayor interés en los ancianos que en la señorita Sullivan, porque sabía que solo de este modo lograría atraer su atención.
Parecía dominar cualquier asunto con la suficiencia de un agente de negocios, pero procuraba abrir caminos en la conversación para que los interlocutores lo siguiesen mientras él satisfacía su curiosidad acerca de la psicología de quienes tenía delante y eran objeto de su interés. Su memoria y su entendimiento trabajaban a la par, mano a mano, y la información recibida era procesada automáticamente en el ordenador de su experiencia, que funcionaba con la precisión de un reloj.
En menos de una hora, el extraño tuvo tiempo de trazar un mapa del territorio que pretendía conquistar. Su objetivo era aquella chica casadera con la que deseaba contraer matrimonio para mejorar fortuna, y puesto que demostraba conocer la mentalidad de las personas de la alta sociedad que jugaba con las inversiones, no les resultaría un plan de dudoso e improbable resultado, porque disponía de datos empíricos – en su persona, pues no se fiaba más que de su propio aprendizaje- en los que hacer pie para impulsarse.
La reunión del somoking-room se deshizo cual una nube de verano, pero al igual que una nube de verano calentada por el sol, presagió una tormenta imprevisible para ojos no avezados. El extraño solo dejó dicho que se llamaba Edgar Jellicoe y que trabajaba de director de departamento en una sucursal de una conocida empresa de cervezas. Desapareciócon su pipa, fantasmagórico entre la multitud, y no se supo más de él hasta el día en el que conoció personalmente a Mr. Sullivan.
Fue en otra reunión de otro café-teatro de Broadway al que solía acudir. Lo interpeló con la excusa de comentar una actuación, y se ganó su confianza hablando de las becas de investigación universitaria en las que Mr. Sullivan estaba muy interesado y que a menudo resultaban insuficientes para financiar los proyectos experimentales que podían rematar en algún descubrimiento novedoso y relevante de los que aparecen en las revistas científicas. Añadió algo más sobre los conocimientos proporcionados por la cirugía de guerra desde Larrey hasta la actualidad, y se permitió hacer un chiste acerca de las guerras actuales, que no permitían abrir nuevos campos de conocimiento porque eran cada vez menos agresivas y más mecanizadas. Esta entrevista, sellada con un apretón de manos, sirvió para ensayar muchas más.
Mr. Sullivan invitó a Edgar Jellicoe a su casa y le presentó a su familia. La vivienda era un chalet de tres plantas sito en una urbanización habitada por profesionales bien remunerados en Rhode Island, con jardín, portero y perro. Comió con Mr. Fernimore Sullivan, con Mrs. Dorothy Sullivan, su mujer, y con sus dos hijos, Carlos Alberto – abogado de treinta años casado y con un bebé- y Luisa Eva, a quien reconoció de la vez anterior y supo elogiar al encontrarla en su nido paterno. Jugó de nuevo sus cartas y salió vencedor, procurando ocultar los ases del triunfo con camaradería y bromas cordiales, dejando su huella en el grupo para que volviesen a llamarlo cuando lo echasen de menos.
Y no se equivocó.
Pronto se convirtió en un íntimo de la casa, de modo que nadie se sorprendió demasiado cuando un día anunció, junto con la señorita Sullivan, que ya llevaban unos meses de noviazgo y que habían decidido contraer matrimonio como acostumbran a hacerlo los jóvenes – “a su manera”-. En América, la sociedad conserva las tradiciones europeas más castizas heredadas de la época medieval, café cargado del tradicionalismo puritano inglés, descafeinado por la vida dinámica del hombre de negocios a quien todo da igual con tal de ganar su baza. El burgués, en Estados Unidos, presume de ser “original”, conrespecto al tendero del viejo continente. Haciendo honor a la frase de Stendhal “todo lo nuevo place”, procura llenar el vacío de su inseguridad con un consumismo que se alimenta segundo a segundo para exportar cual mercancía única y filosofal al extranjero, vendiendo a título de progreso lo que solo es costumbre. Los países del entorno, fascinados por el estilo de vida fácil de la metrópolis de los recursos, celebran la llegada de sus ídolos y levantan altares a los dioses de la publicidad moderna, esto último es, “conforme a la moda”. Cuando el mercado internacional se satura de los productos elaborados del gran consumo, se desencadena una recesión, y de esta plaga faraónica se intenta librar cada cual volviendo a sus tradiciones. El hombre tiende a repetir sus comportamientos cayendo en el error, y la historia podría escribirse con una sola frase, pero el error es asimismo útil puesto que constituye la fuente del aprendizaje.
En definitiva, transcurrido un tiempo récord de dos años, podemos ver al señor Edgar Jellicoe convertido en uno más en la familia Sullivan, rompiendo el círculo de la endogamia tan característico de las sociedades conservadoras. Aquí llega conduciendo un automóvil deportivo, aquí lo espiamos aparcándolo frente a un chalet igual al de los Sullivan de la generación anterior pero que pertenece a la generación posterior de la que ya no puede llamarse señorita Luisa Eva Sullivan, aquí la vemos precisamente a ella saliendo en bata talar a recibir a su marido con – ¡rapidez admirable!- un bebé de tres meses en el regazo que se afana por obtener alimento de los blancos y firmes pechos de su madre. Si entramos a casa antes de que cierren la puerta veremos una copia lograda de la mansión paterna, enriquecida por algún que otro objeto no identificado – como cierto mobiliario de diseño que hace honor a la Bauhaus y a la Escuela de Chicago y pantallas táctiles conectadas a un sistema de reconocimiento informático que rige el funcionamiento de los aparatos caseros y que se encarga de la vigilancia y la seguridad del hogar- y un barniz de paz doméstica presidiendo los lares familiares y festejando los himeneos.
Pero nuestro pionero es un Hamlet de tragedia que todavía no se ha desvelado. Ha sabido interpretar su papel aunque su monólogo interior resulta un enigma. No se conoce nada de su pasado distinto a lo que él ha dicho de sí mismo. Es cierto que no somos responsables de nuestro pasado, salvo cuando el pasado existe en el presente. Mr. Edgar Jellicoe – ¿de Sullivan?- había adquirido la nacionalidad americana tras cinco años de residencia continuada en territorio nacional, y aunque su patria de nacimiento ubicaba su venida al mundo en Liverpool, lo cierto era que había vivido toda su infancia y adolescencia en Rusia, en la Rusia Soviética de los años setenta, donde había estudiado ingeniería aeronáutica en la Universidad de San Petersburgo. Por diferencias con el orden político colectivista emigró a Europa y se encontró con que en los países de economía capitalista su título universitario no pudo ser homologado. Trabajó en casi todos los oficios y conoció la pirámide social desde su base únicamente en lo que al mercado económico se refiere, aprendió los idiomas francés e inglés, fue hombre de relaciones poco duraderas porque siempre se consideró un emigrante en busca de fortuna en otro sitio, como si quisiese resarcirse en la abundancia innecesaria de la penuria en la que había vivido.
A los veintiocho años, decidió partir rumbo a Estados Unidos, la patria del capitalismo mundial, el gran enemigo que le habían vendido durante su época de formación profesional en Rusia. Ahora que había aprendido a pasar necesidad y a no sentir arraigo por nada ni por nadie en una juventud difícil, tenía muy claro su objetivo: llegar a ser rico. De modo que se preparó incansablemente mientras vivía de un modesto empleo en una empresa de bebidas alcohólicas donde sus compañeros lo consideraban una máquina y no un hombre – era el único que se quedaba en la fábrica hasta que el supervisor le avisaba de que había terminado la jornada del día- y finalmente, considerando los superores sus actitudes, lo ascendieron a supervisor y luego a gerente, y por último a director general del departamento donde trabajaba.
“Este muchacho es de acero” comentaban cuantos lo conocían, y algunos sospechaban que era hijo de Stalin, con la superstición del obrero que considera los montajes mediáticos como oráculos públicos, pues el taylorismo y el fordismo estaban siendo puestos en tela de juicio ante el stajanovismo y el plejanovismo, y la nueva Esparta de Licurgo pugnaba por buscar aliados para hacer frente a los intereses de la Atenas de Solón.
Una vez montado en el tren del dólar, buscó emparentarse con la clase aristocrática que manejaba los medios de producción y su principal combustible: los grandes capitales, mercancías más valiosas que cualquier fuente de energía para que la rueda del trabajo continuase girando a favor del consumo creciente. Así aprendió a concurrir a los espectáculos de la célebre metrópolis de Nueva York, cantada por John Dos Passos, y allí se encontró con la llave que le abrió las puertas de la casa que deseaba habitar.
Conducta ejemplar, a criterio del legislador, sería la de Edgar Jellicoe, a no ser porque su nombre verdadero era Casimir Olof, y su ambición no se conformaba con un nivel de vida estable, sino que su máxima aspiración consistía en no tener más aspiración que su ambición.
Puesto que había visto morir a sus propios familiares – un tío suyo, padrino de su bautizo, había sido deportado a Siberia por razones no aclaradas del todo que guardaban relación con ciertos comentarios vertidos en un periódico- estaba vacunado contra el sufrimiento, y lo mismo le daba el presenciar la agonía de un ser humano que la de un animal doméstico. Despojado de los límites morales, se movía con total seguridad entre áspides venenosas, y pisaba escorpiones sin que su picadura le afectase, ya que abrirse camino entre aquella sociedad frívola era para él un juego más divertido que ningún otro.
Sí, tenía tratos con los traficantes y con los gánsters, pero no con uno de esos hologramas del cine de Hollywood, más bien con un compatriota suyo cuyo nombre era Sérgei Paulóvich, conocido en los círculos de la delincuencia como El Mercader de la Muerte. A pesar de que nunca había tratado directamente con él, sí lo hacía con sus socios, muchos de los cuales pertenecían a la antigua oligocracia de la URSS cuyo comunismo totalitario había terminado definitivamente en 1985, aquejado de profundas crisis internas.
Edgar Jellicoe, nombre americanizado de Casimir Olof, era uno de los jefes de operaciones del mercado ilegal de armas en Estados Unidos y una de las piezas clave de su introducción en los países constituidos en jóvenes repúblicas militarmente descolonizadas a las que las agencias de calificación económica basadas en los principios de los estados industriales denominaban “naciones en vías de desarrollo”. No obstante, su actividad permaneció en secreto durante quince años.
Edgar Jellicoe fue feliz con su mujer Luisa Eva Sullivan – todo lo feliz que un hombre casado puede ser- y no mostró síntomas de desasosiego en ningún momento. Su único hijo, Luis Fernimore Jellicoe Sullivan, se educó en un ilustre colegio religioso protestante en el que ingresaban los descendientes de las familias más adineradas de Rhode Island.
Pero cuando el joven Jellicoe se encontraba en el umbral de la mayoría de edad, su padre fue requerido por la policía a causa de ciertas facturas vencidas en el extranjero que figuraban a nombre de un tal Casimir Olof, cuyos datos coincidían con los suyos. No pudo demostrarse nada, pero se abrió una investigación y Mr. Edgar Jellicoe, a pesar de sus reticencias y de las recomendaciones de su suegro, hubo de ser interrogado en comisaría por los agentes de la ley. Viéndose acorralado, solo se le ocurrió una barroca idea que sigue al delincuente desde el asesinato perpetrado por el hermano de Abel: la fuga.
Una mañana desapareció volatilizado cual un espectro, ayudado tal vez por sus cómplices, dejando a sus espaldas un caso abierto que conmocionó a la opinión pública y un doble figurante de nombre ruso que evocó a aquel Sosia o gemelo literario dirigido por otro Edgar, el autor de El escarabajo de oro, Edgar Allan Poe.
Ahora bien, salvo su mujer y su familia, la opinión pública, esa bestia alimentada por los comentaristas periodísticos de tantas cabezas como pareceres, pronto olvidó el incidente mediático y lo sustituyó por otras distracciones audiovisuales, tales como casos recientes de corrupción burocrática o bien películas y teleseries que daban movimiento a otras sombras. El caso del fugitivo quedó abierto, pero no se resolvió. La policía alegó falta de pruebas, el público exigió otro estreno, y la responsabilidad se dejó para otra ocasión.
La mujer del ausente – todo hay que decirlo- se comportó de modo ejemplar, pues a pesar de lo que pudiese parecer, se había casado enamorada. Decidió dedicarse a la educación de su hijo, aunque con cierta obstinación por su parte, se negó a contraer nuevas nupcias. El joven Jellicoe maduró con un enigma acerca de su padre que se posaba – esfinge antigua- sobre su pensamiento.
Durante su etapa universitaria, el joven intentó estudiar el caso por su cuenta, e incluso convenció a una chica hija de inmigrantes irlandeses con la que salía – Silvia Baker- para que le ayudase a investigar en la genealogía oscura de su padre con el fin de arrojar alguna luz sobre el asunto. Nada hallaron los dos jóvenes que llegase a convencerlos.
Pero puesto que quien busca siempre encuentra, ambos terminaron obteniendo una revelación que señalaba una verdad, y la obtuvieron por casualidad, como se obtienen todas las revelaciones, cuando acudieron a la biblioteca de la facultad para pedir en préstamo un libro de física que necesitaban para redactar un trabajo acerca de la naturaleza de la luz solar. ¿Por qué el hombre insiste tanto en su adiestramiento técnico cuando la experiencia, la madre del conocimiento, se percibe mejor cuanto más despreocupado está uno por ella? ¿Qué necesidad hay de obtener lo que ya se tiene si se le presta atención? Errores categóricos consistentes en convertir en fracaso una situación conveniente han expulsado al ser humano del paraíso y lo han arrojado al tiempo circular de los relojes, donde el futuro ilusorio justifica el sacrificio cruento del presente, lo único humano, natural y verdadero crucificado en la pasión incontrolada del porvenir.
Los dos estudiantes tomaron por casualidad un libro de un estante, un volumen casi enciclopédico cuyo título pseudocientífico ya lo dice todo: Informe realizado por la Agencia de Inteligencia de los EEUU acerca de las principales células de tráfico de armas a nivel mundial. En este farragoso e ilustrado informes aparecían fotografías a color impresas sobre papel satinado y comentadas en negrita que hacían referencia a operaciones de tráfico de armas desarticuladas por la policía de 1950.
En un apartado del apéndice, donde se podía leer una columna en letra cursiva acerca de una red detenida en Hawaii, Silvia señaló con el dedo el nombre de uno de los imputados: ¡Casimir Olof!
Luis Fernimore tardó en reaccionar al reconocer el nombre que le había impuesto la policía a su padre. Le pareció un castigo inquisitorial, una coroza o un sambenito que solo servía para marcar a una familia con el presunto delito de un hombre. ¿Qué tenía que ver el padre que él conocía y que se había marchado sin saber por qué con la efigie mancillada de un perseguido por la ley?
Pero lo cierto era que allí estaba. Y no solo allí.
Por la noche, antes de acostarse, escribió el nombre maldito en el buscador universal de internet, y desde la pantalla de su ordenador accedió a una información ajena, mezclada con publicidad comercial, que lo condujo automáticamente al texto de varios artículos, semejantes a testigos públicos que lapidasen con aquel nombre a la familia a la que pertenecía. Todos ellos hacían referencia explícita a Casimir Olof, y lo ubicaban en una red de delincuencia a nivel internacional.
El joven Jellicoe se sintió de pronto entristecido y no quiso leer más. Se tumbó en la cama, se tapó la cara con las manos y lloró en voz alta, de modo que su madre, escuchando los sollozos que venían de su habitación, entró en ella y se enteró de lo ocurrido. Sin reparar en la edad del muchacho y en cierto orgullo masculino que le impedía mostrar sus emociones en público, lo abrazó y lo besó consolándolo como pocas personas salvo las madres y las esposas entregadas saben hacerlo. Sosteniéndose el uno al otro, evocaban las figuras de una piedad esculpida en mármol, blanco y firme como la memoria.
– Sea quien sea tu padre, y pertenezca a la sociedad a la que pertenezca, ten por seguro que te ama del mismo modo que te amo yo- le dijo a su hijo la señora Sullivan.
Luis Fernimore se limpió las lágrimas, y se vio por última vez temblando de miedo en la soledad, que de pronto se había desvanecido igual que un mal sueño.
Solo había experimentado el deseo de lamentarse en silencio ante el muro de su nostalgia. Hecho esto, se había calmado, porque había asumido lo que hacía unos instantes no comprendía. Hubiese querido que su padre fuese un modelo ejemplar para él, del que pudiese nutrirse en momentos difíciles. ¿Acaso no es el pasado, y especialmente el más próximo, la figura del presente?
“La historia es la maestra de la vida” quiso recordar al abogado romano. Y se distrajo en pensar que podría acontecerles a los doctores y profesores del presente si se hubiesen enterado de que los padres fundadores de los Estados Unidos eran idealizaciones de delincuentes antiguos, o que los padres de la Iglesia resultasen ser, en lugar de santos, confesores y doctores, criminales, prevaricadores y demagogos. ¿A quién podría seguirse, si aquellops que debían dar ejemplo conducían en su ceguera a otros ciegos al precipicio? ¿Quién tendría el valor de ser honrado en un mundo de alevosos? Sabía que siempre quedarían modelos a los que seguir, pero estarían tan ocultos que muy pocos lograrían encontrarlos.
Abandonó el círculo encantado de la filosofía que da vueltas alrededor de sí misma, cual jauría de hambrientos perros que rodea una ciudad, y se limitó a aceptar la verdad desnuda.
De todos modos, el descubrimiento del indicio de culpabilidad de su padre, y especialmente la certeza de que la policía no investigase más sobre el particular – tal vez porque ciertos miembros pertenecientes al cuerpo encargado del caso estuviesen implicados en la trama ilegal- lo turbaron un tanto, y lo volvieron taciturno y retraído con las personas con las que antes se había mostrado amable y espontáneo.
Por supuesto, su novia Silvia Baker intentó arrancarle alguna confesión sin éxito. Luis Fernimore aplacó su curiosidad asegurando que, tras haber consultado a la policía, aquel asunto no tenía nada que ver con su padre. Insistió la chica en otras ocasiones, durante sus citas con él, y notaba que el joven quería ocultarle un dato desconocido, y percibía con la sensibilidad maternal de su sexo que sus emociones no fluían con la misma frecuencia cuando estaban juntos. Cuanto más se esforzaba Silvia por enterarse de lo que preocupaba a Luis, tanto más Luis se alejaba de ella con cortes bruscos al notarse debilitada su resolución por la ternura de la chica, enfadándose cuando percibia que trataban de hurgarle en la herida que su vergüenza se afanaba en ocultar.
En concreto, la caja de Pandora del lenguaje se abrió un día dejando escapar todas sus virtudes salvo la esperanza. Se encontraban al aire libre en Lincoln Park, y sobre una enorme pantalla de lona plastificada proyectaban una película de efectos especiales inspirada en La guerra de los mundos de H.G.Wells. Normalmente, a Luis le atraía el teatro de la velocidad y los juegos de luces y no podía resistirse a gritar como un niño cuando veía o escuchaba algo emocionante. Aprovechaba también las escenas amorosas y ralentizadas para besar a su novia o para achucharla como a una muñeca hasta que ella le obligaba a seguir prestando atención a la película.
En esta ocasión, arrellanados ambos en los asientos delanteros del automóvil que conducía Luis, este permaneció aislado del entorno, ensimismado e incomunicado, sin probar la hamburguesa que había comprado para comerse durante la proyección. Silvia lo abordó varias veces, mientras él le aseguraba que tenía especial interés en lo que estaba viendo. Terminó por pedirle que la escuchase, y entonces él se enfadó y le contó que le dolía la cabeza y que quería irse a casa, pero a los pocos segundos se dio la vuelta y Silvia pudo ver un brillo de lágrimas en sus ojos. Ella lo consoló después de que él se hubiese liberado de su historia, le prometió que le ayudaría a olvidar el incidente del cual él no tenía culpa alguna, y para animarlo a abandonar su pena, lo acompañó en el coche hasta Newark Bay, en la costa, donde se entregó junto con él al juego amoroso, uniendo su cuerpo al suyo en la intimidad improvisada que les ofrecía el automóvil.
Días más tarde, Silvia conoció al novio de una amiga suya, de nombre Kritanagara. Era natural de Indonesia, pero se había matriculado en Columbia a los diecinueve años para estudiar Medicina. Tenía una historia similar a la de Luis Fernimore, y decidió presentárselo.
Contemporizaron enseguida el uno con el otro, se comprendían tal que si se hubiesen conocido de mucho tiempo atrás. Había algo que los unía a pesar de las diferencias en sus costumbres, cierto recuerdo del pasado y cierta nostalgia del porvenir, además de un aislamiento con el entorno y con los demás, si bien una profunda capacidad de observación. Pronto supieron más de sí mismos contando sus vidas paralelas -una en oriente y otra en occidente- que ningún Plutarco se afanara en recoger, pero que la providencia de los días – o la creación del camino personal- había hecho posible.
Los dos jóvenes se entendían perfectamente. Ambos comentaban sus vidas cuestionándose los preceptos que les habían inculcado durante su educación escolar – se sentían más hermanos que si tuviesen la misma sangre- y conversaban sobre sus familias, sorprendiéndose de que se pareciesen tanto.
– ¿Cuál es tu aspiración en la vida?- le había preguntado un día Luis a Kritanagara, escolástico, como le habían enseñado a preguntar.
– Me gustaría ser capaz algún día de elegir mi propio destino- le había respondido éste- Yo he venido a Estados Unidos para estudiar. En cierto modo, he venido a Estados Unidos para comprender a mi familia. La ciencia de occidente me sorprende, porque es un sistema tan integrado y compacto, consolidado por la experiencia especuladora de tantas generaciones, que diríase que nadie pudiera asimilarla por completo, y de ahí proceden las especialidades que, cual ramificaciones de un árbol de raíz terrestre, se desarrollan hasta confundir cual laberinto a quienes se adentran en ellas sin el hilo conductor del origen. La razón especuladora, ese invento griego derivado del interés por controlar a los pueblos vecinos, ha dividido el mundo en parcelas de conocimiento, y a aquella que por ser común a todas no pudo dividirse, se la llamó metafísica y se la aisló en las alturas inaccesibles del cielo, externa al hombre, y a quienes se preocuparon por estudiarla se los dominó teólogos, según testimonio de Aristóteles. La teología , pues – y así lo reconoce Kant- es la ciencia de la imposible, porque está exenta de contenido sensible y no es más que una forma de nombrar lo enigmático. En occidente, la Medicina – la aplicación central de la ciencia- al igual que su rama más amplia – la física-, son recopilaciones de máximas de experiencia de miles de investigadores que se aprenden de memoria para aplicar a casos futuros, de científicos que se consagraron a sus laboratorios para continuar la labor de sus antepasados. En oriente, la Medicina está unida a la religión y a la magia, de manera que el alma y el espíritu forman un todo compacto, y no hay física ni metafísica, sino unidad del hombre con las cosas. La investigación se centra en la búsqueda del eje del equilibrio personal entre los polos opuestos del deber y del deseo, en el lugar de la paz y la atención. ¡Occidente nos brinda tantas distracciones! Es un grueso recopilatorio de excusas, y se renueva constantemente a partir del miedo a perder el dominio de los corazones distraídos.
– Pero también nos vende la libertad- observó Luis Fernimore, bebiéndose un vaso de coca-cola- Aunque la libertad es incluso anterior a nosotros, nosotros la ignoramos cuando nos atamos a las cosas y a los deseos de poseerlas, y entonces cuando alguien nos habla de ella, queremos que ese sea nuestro guía, porque no somos capaces de guiarnos a nosotros mismos cuando pertenecemos con la vista en nuestros miedos. La libertad se convierte así en una estatua, y nosotros en sus adoradores, porque es una cosa más que está fuera de nosotros. Los pioneros europeos llegaron a Estados Unidos para abrirse camino en un nuevo mundo sin prejuicios ni tradiciones alienantes, y se le ocurrió levantar una estatua a la Libertad. Pasados los años, fundaron una civilización igual a la qu abían dejado atrás, sustituyendo la vivienda por el sacrificio del consumo masivo de productos indistriales, sacrificio que exportaron al mundo y vendieron con el sello de la Libertad que habían fundado. La libertad es un concepto que no puede representarse, está en uno mismo; “abarca mundos, pero nunca intentes abarcarme”, escribe Whitman. Esta “edad del oropel” como la denominó Mark Twain, procede del miedo a perder la posesión de las cosas, que nunca hemos poseído más que ilusioramente. La historia de nuestros padres es la historia de mucha gente, de casi todo el mundo, aunque pocos lo reconocen. De todos modos, lo que nos ha sucedido ha tenido algo bueno, porque nos ha permitido reunirnos y conocernos.
– Ahora que ya sabéis lo que hay- dijo Silvia Baker sonriendo, con el uniforme de animadora del equipo de baseball de la facultad, jugando a colocar uno de sus pompones rojos sobre la cabeza de Luis mientras Alma, la novia de Kritanagara sonreía y trataba de hacer lo mismo con su novio – no tenéis por qué atormentaros con pensamientos vacíos, lamentándoos por lo que os ha ocurrido. Levantáos y disfrutad de lo que sois. Sabéis que hoy juegan el equipo de la facultad contra el de Alabama. ¿No vais a animar a vuestro equipo?
– Sí, pero no cometeremos el error de apostar dinero por nuestra diversión – comentó Kritanagara levantándose y recogiendo su carpeta- No somos agentes de bolsa.
Luis Fernimore Sullivan recordó cierto menosprecio que había recibido de un conocido suyo al negarse a saludarlo, y creyó que tenía que ver con el asunto de su padre.
Todavía su orgullo no se había desvanecido por completo.

Por la carretera que cruza el desierto de Sahil, a mil quinientos quilómetros del Lago Chad, avanzaba una caravana formada por dos camipnes pesados y un jeep que los dirigía. El paisaje arenoso se prolongaba a la luz del sol presagiando infinitud. Además de las dunas, aún subsistían ruinas de roquedales. Los inquietos espíritus de los damanes, reyes de la desolación, alzaban la cabeza profética a los artefactos del hombre que seguían, dóciles, la calzada de asfalto.
En el jeep viajaban el conductor – un árabe de raza tuarej con la cara picada de viruelas- y un acompañante nórdico, de amplio bigote, que jugueteaba con una pistola tan grande como una mano mientras miraba a los cristales del coche contra los que chocaban partículas de arena transportadas por el viento.
– Ahora va a estallar la maldita tormenta- vaticinó en inglés el de la pistola- Parece que el demonio se divierte con nosotros. Primero el helicóptero con el motor quemado, y ahora…
El conductor no dijo nada. Se limitó a cambiar de marcha cuando vio los montículos de arena sobre la calzada llagada de baches. También los áspides del desierto, con los escudos de sus cabezas desplegados, sorprendidos por el paso del coche y de los camiones, silbaban y escupían veneno antes de ser aplastadas por las ruedas de los vehículos. Al conductor saharaui le distraían estas cosas, y sonreía cada vez que las ruedas de caucho sulfuroso machacaban a una culebra.
Un golpe de viento repentino oscureció los cristales con puñados de arena y el conductor se vio obligado a detenerse. Los dos camiones se detuvieron también e hicieron sonar los cláxones para indicar su presencia. El acompañante del conductor comenzó las amonestaciones:
– Estamos jodidos, ¡maldita sea mil veces! ¡Puta tormenta de los cojones! ¿Es esta la estación de las tormentas, acaso? Esta carretera es una mierda. Ni siquiera está asfaltada. Nunca hemos venido por aquí. Hijo de perra el moro que nos arregló el helicóptero en Tubqal. Aquí no hay un hombre inteligente en cinco mil kilómetros cuadrados. ¡Nos obligan a llevar la mercancía a Khartum! ¡Por esta carretera y en estas condiciones! ¿A santo de qué les habremos hecho caso?
– No se puede luchar contra la naturaleza, blanco- replicó moderadamente el curtido conductor- Tiempo muy malo. Mes de Yumada al- tani. Vientos muy fuertes. El desierto conserva su ley.
– ¿Y por qué entonces nos obligan a ir hasta Khartum? ¿Es que los militares no tienen la cabeza sobre los hombros? He tenido que venir en persona, arriesgándome a transportar mercancía peligrosa. Me deberían de indemnizar si no fuese porque la justicia está contra mí. Les subiré el precio, y ya verán lo que es bueno.
Las masas de viento avanzaban desde el este. Las arenas volátiles percutían contra los cristales del jeep y amenazaban con romperlos. Los camiones se giraron para resistir el embate de la tormenta despertada por los monzones, y el jeep los imitó transcurridos unos segundos. El tuarej comenzó a recitar en voz baja una oración tan antigua como el desierto, que probablemente ya conocían los mercaderes arameos contemporáneos de Abraham, pero traducida al árabe moderno, un canto llano que pudiera pasar por gregoriano para un europeo. Así se lo pareció al jefe de la partida, de nacionalidad rusa, quien, sin dejar de acariciar su pistola, lo increpó entre amenazas:
– ¿Qué demonios estás cantando? ¿Acaso te has vuelto loco como el tiempo?
– Es una plegaria para conjurar la tempestad – contestó el conductor tuarej, sin preocuparse por pedir disculpas delante del jefe, cuya ira se estaba desatando al no salir los asuntos conforme a sus planes. Puesto que no podía nada contra el tiempo, su temor buscaba desesperadamente una víctima para tomar venganza.
– Perteneces a una raza de estúpidos – dijo para provocarlo- Mereceríais morir todos en una gran hoguera. Por algo os han dominado. Sois perros sarnosos que laméis los pies del amo que os golpea. En vez de hacer algo útil, a este idiota se le ocurre ponerse a cantar una canción en mitad de la tormenta. ¡Hijo de perra! ¡Demente! ¡Si no cierras la boca te pego un tiro en la cabeza!
Entonces, el conductor experimentó una repentina transformación, cual si la naturaleza hubiese cobrado de pronto sus derechos. Sacó de la guantera un revólver de aire comprimido y lo encañonó hacia su jefe.
– Cuidado con lo que dices, blanco- lo amenazó- Antes de que tú hayas disparado una bala, habré disparado yo dos.
El jefe quedó muy sorprendido, y notó un ardor en ambas sienes.
– ¡Chacal traidor!- exclamó, aunque se supo vencido- Soy yo quien te ha pagado el pan que comes. Si te rebelas contra mí, te machacaré.
Y para demostrar la supremacía que creía tener, disparó al asiento trasero del vehículo y abrió un boquete en su tapizado. Se oyó un ruido metálico, porque la bala había llegado hasta el armazón de acero. Pero el conductor no se amilanó ante aquella exhibición de temeridad, y con un movimiento rápido, golpeó a su jefe con el puño cerrado en el ojo derecho, y luego le retorció la muñeca hasta hacerle soltar la pistola. Como aún así no cejaba en su intento de atacar, le disparó a una pierna, y cuando la sangre empezó a brotar, le colocó el revólver sobre la frente. A todo esto, debido a la magnitud de la tormenta cuya amenaza recrudecía por momentos, los de los camiones no se dieron cuenta de nada, y los gritos de su jefe acorralado resonaron en el vacío.
– Si me matas- se defendió el hombre reducido por el otro- me vengarán mis superiores, y no solo morirás tú de la peor manera, también morirán de la peor manera tu mujer y tus hijos, chacal del desierto.
– Sé lo que es derramar sangre- repuso el rebelde con la cara encendida de fuego- Cuando se trata de salvar la vida, el esclavo es guerrero. Nadie le pone precio a la vida, solo el Grande la da y la quita.
– Tu dios es una mentira, estúpido- bramó el hombre sometido- Dios es aquel que manda sobre quienes obedecen. Dios es el más fuerte armado con el poder.
– No- replicó el otro- Dios es el poder anterior a todo hombre. Ninguno puede sin su voluntad. Pero la voluntad es un misterio que se revela en los actos. Antes de decidir, el acto sucede, y nadie es dueño de él. La tormenta es mil veces más poderosa que tú. Ya no me das miedo, blanco.
La sangre seguía brotando de la pierna del hombre sometido, y la tensión unida a la debilidad producida por la sangre perdida, le nubló la vista y le adormeció los músculos. Las rachas de viento mezclado con arena golpeaban el vehículo por los laterales y amenazaban con volcarlo. Antes de intentar un último esfuerzo por librarse del conductor, el hombre sometido miró hacia los camiones en busca de ayuda, y se encontró con que ambos habían volcado y que sus mercancías, embaladas en fardos mal atados, se habían dispersado por la arena más allá de la carretera, y el brillo oscuro de las armas de fuego relumbraba en las tinieblas cada vez más densas de la arena removida en el aire, luces que se iban apagando en la noche artificial y apocalíptica de la plaga repentina.
Tuvo esta última visión antes de caer desmayado, pues hacía más de seis horas que no probaba bocado y se estaba desangrando por el muslo derecho. Nada más caer, poseído por un impulso, el conductor le disparó a la cabeza y dejó caer la pistola extenuado por loque había sido capaz de hacer. Invadido por el temor, el conductor fumó su pipa de opio y sintió que sus párpados le pesaban cada vez más hasta que terminaron por aplastarlo en un sueño irresistible.
Cuando se despertó había cesado la tormenta, y tenía mucha sed. El jeep estaba enterrado en la arena y no se le veían las ruedas, pero no había sido volcado. A unos veinte metros yacían los camiones con las mercancías esparcidas y enterradas en la arena, evocando la estampa de un naufragio. Dos hombres salieron de uno de los camiones, ensangrentados y asustados, y se aproximaron al jeep, pero el conductor los ahuyentó desde la ventanilla mostrándoles el revólver. Los europeos sienten especial temor ante el fanatismo de los arábigos, y los dos occidentales no se atrevieron a enfrentarse con él en aquella situación a pesar de que, lo mismo que él, estaban armados.
La tormenta, por su parte, había amainado sin dejar rastro de su pasado furor. Cuando consideró que sus socios habían huido, desactivó el seguro y abrió la puerta del jeep. Después sacó el cadáver del hombre que había matado y lo cubrió de arena hasta hacerlo desaparecer. El sol altivo de las seis de la tarde, recobrado su dominio, cayó de plano sobre el superviviente y le recordó su condición humana. ¿A quién podía pedir ayuda ahora que había matado a su jefe? Si se quedaba allá, vendrían a buscarlo y lo matarían. Bebió toda el agua de su petaca, se armó con lo que encontró después de visitar los camiones y decidió caminar hacia el sur, rumbo al Lago Chad.
Conocía el desierto, y sabía que la tormenta no volvería hasta mañana. Resistiría unos quilómetros andando hasta llegar a la sabana, y allí, rodeado de fieras que no podrían tocarle, inmunizado por las armas del crimen, repetiría el destino de Caín, escondido entre gentes que no lo conociesen. Todavía le quedaba algún dinero. ¿Para qué lo necesitaba? Disponía de armas.
Se enrolló un turbante negro alrededor de la cabeza y en él escondió parte de sus armas. De pronto, la sorpresa de un hecho insólito, multiplicada por su miedo, le erizó los cabellos, pues se imaginó que la sangre del cadáver del ruso lo estaba acosando desde debajo de la tierra. Pero no era la voz del muerto. Era el timbre de su teléfono celular, que estaría recibiendo una llamada de alguno de sus socios, y que todavía permanecía en el bolsillo del pantalón del cadáver. Acto seguido recibió una llamada en el suyo y lo arrojó a lo lejos, y un zorro del desierto, creyendo que se trataba de un animal vivo, lo recogió y lo despedazó entre sus dientes.
El sol encendía en brasas su horno de castigo. Las huellas del hombre se enterraban en la arena y el sudor de su frente caía a goterones y le nublaba la vista. Vio muchas veces el agua, pero sabía bien que se trataba de un espejismo. El desierto lo envolvía como un sudario inmenso y no había nadie. La tormenta de arena habia tapado los caminos trillados de los beduinos. La cabeza le dolía mucho y sus músculos se aflojaron. Se imaginó loco y perdido para siempre en un infierno del que no podría salir. Al cabo de una hora vio una sombra que se movía, y reconoció a un hombre que montaba un camello, y que se alejaba hacia el este. No tenía fuerzas para perseguirlo, y probablemente si lo hacía, el hombre huiría de él. No obstante, agotado por la necesidad que lo oprimía, lo llamó cuando ya estaba de espaldas a su mirada, lo llamó con un fuerte grito, implorando socorro. A pesar de que quería ocultar su delito, hubiera dado sus armas por un poco de ayuda.
Al cabo de un cuarto de hora, el viajero del camello se encontraba a su lado y le daba de beber. En su pulso brillaba un reloj de oro. Sus dientes eran desparejos y algunos estaban ennegrecidos por el neguijón. De su cuerpo saltaban a la arena las pulgas, agobiadas por el calor sofocante. El camello yacía tendido a cinco pies de distancia, con un hilo de baba colgándole de los labios prolongados hacia adelante formando un triángulo irregular.
– Gracias, compañero – el fugitivo iba a decir amigo, pero dijo compañero- Estaba a punto de morir de sed. Mi automóvil ha volcado en la carretera. Lo he perdido todo.
No tuvo fuerzas para mentir.
– He visto cómo un grupo de conductores escapaba de unos camiones destrozados por la tormenta- comentó el del camello, y su interlocutor reconoció el acento etíope e identificó las razas negra y egipcia, que se mezclaban en las facciones de su rostro- Yo he podido salvarme por la misericordia de Dios. Pero he sido testigo de algo maravilloso, cuando me encontraba de cara a la arena rezando. Creí ver un torbellino iluminado, una columna ardiente que se movía, y a sus extremos unas ruedas resplandecientes que giraban en el sentido de las agujas del reloj, y unas siluetas semejantes a animales que se movían. Me quedé pensando qué podía ser aquello, y reconocí al carro que vio el profeta Ezequiel, alabado sea su nombre, en el Monte de Judea, e hice el signo de la cruz y pedí perdón por mis pecados.
En tales circunstancias, al fugitivo no le sorprendió el relato de una visión, pues tenía fiebre, y aquellas palabras le llegaban como desde otra visión. Su memoria actuaba de manera salvaje, buscando conservar la vida.
– ¿Eres cristiano?- le preguntó, pues un musulmán siempre pregunta lo mismo cuando puede.
– Sí, estoy bautizado en el Espíritu- respondió el etíope, y sus ojos sinceros lo contemplaron con atención.
Al fugitivo le entraron ganas de asesinar a aquel hombre, ya que odiaba a los cristianos con la rabia de un fanático porque los asociaba con aquellos de quienes había huido, los traficantes de armas, los que poseían el dinero que él deseaba para poder vivir al modo de los empresarios de las grandes ciudades, que no se veían obligados a andar erantes huyendo de la policía, del ejército o de los impuestos, los cuales siempre se ensañaban sobre el pobre que no tenía defensa. Pero, demasiado extenuado para intentar nada, se quedó quieto.
– Tú no eres cristiano- adivinó el etíope.
– No, soy musulmán- declaró el fugitivo- Pero ya sea por mi Profeta o por tu Cristo, llévame contigo y no me dejes morir en el desierto.
El etíope sonrió y lo invitó a subir en su camello. Notó que el animal se fatigaba bastante más al transportar a dos personas y que protestaba moviendo la cabeza, pero su dueño lo reprendió y lo obligó a marchar por su camino. Si el etíope no era aquel samaritano del evangelio, se le parecía como una gota de agua a otra. El fugitivo consideró que le había salvado la vida, y por un momento olvidó su odio.
El desierto, ancho y terrible, cuya maldición se cierne sobre el hombre con alas de águila, ha visto transcurrir a tantas generaciones como arenas posee su suelo, desde el arameo, pasando por el hebreo y el judío, por el fenicio, el egipcio y el griego, hasta el germano y el guerrero de Europa del Norte, de cuyas armas forjadas en la fragua de su industria se ha revestido para dominar al resto de los pueblos. El desierto, enorme leviatán de la destrucción, devora una por una a las ciudades y a las civilizaciones, las absorbe y vuelve a figurarlas tal que a dunas modeladas por los vientos, y la meteorización de los trópicos que ha convertido las piedras en arena, también echa por tierra las murallas de las Ecbatanas y de las Babilonias que la ambición de los dominios tributarios ha levantado antes de ser demolidas por la trompeta del tiempo, cuyo mensaje es la verdad silenciada. Por el desierto han pasado las caravanas de los mercaderes, en el desierto han cruzado sus espadas los ejércitos en campaña, y los santos y los ascetas han luchado con sus tentaciones. Diríase que es el desierto el espejo del corazón humano, que revela su más secreta identidad.
Si todos los bandidos vienen a parar al desierto, tal vez sea para encontrarse con los mensajeros de paz destinados a devolverle la gracia y la inocencia perdidas. Así, la destrucción del lenguaje se convierte en el comienzo del lenguaje, donde viene a nacer la novedad de la palabra o del entendimiento, libre ya del vicio de la perversión, recién salido de su sepulcro.
El viajero etíope, de ojos grandes, admirados del acto de ver antes que del objeto visto, recorría con la mente, apenas una emoción salida de un despertar, las pirámides de los siglos, y no se sorprendía ni de su geometría ni de la magnificencia de su arquitectura social. El fugitivo percibió su clarividencia, pero lo confundió con ingenuidad, aunque, en sus circunstancias, y atormentado por el pasado que vendría a perseguirlo – todavía se acordaba del cadáver que había dejado enterrado bajo la arena, y estaba, a consecuencia de su miedo, provisto de armas ocultas – no se hallaba en condiciones de juzgar nada. Se limitaba a resistir, porque sabía que había salvado la vida de milagro, y que en cualquier momento podría perderla.
Al percibir de lejos el aroma de las palmeras, creyó estar recuperado. El territorio del desierto se compactaba hasta llegar a un espacio de unas cinco mil hectáreas de suelo verde y cultivado, irrigado por pozos y acequias. En la plantación – probablemente el aprovechamiento de un oasis natural- se elevaban palmeras datileras, cedros y acacias. Entre los árboles, las cosechas de batata y de azúcar de caña se alternaban con las de olivo y cacao. Estas últimas formaban manchas boscosas en las que se refugiaban los pájaros que venían volando del desierto. Se veían hombres, mujeres y ganados. La vida había resucitado de pronto.
Nada más llegar a la plantación, el viajero etíope unió las manos y bebió de una acequia rezando en voz alta, y después introdujo la cabeza en el agua que descendía cantando hacia los cultivos para refrescarse del calor que había soportado. El fugitivo hizo lo mismo, y cuando recuperó el pulso tras la deshidratación que había sufrido, recordó todo y el mal volvió a apoderarse de él. Reconoció el lugar y supo que estaba vigilado, pero los colonos eran campesinos y ganaderos de Chad que andaban semidesnudos y que probablemente nunca hubiesen tenido en las manos un arma de fuego. Un pensamiento atravesó su mente. Matar al etíope y apoderarse de su camello y de sus ropas, y luego, así vestido, pasar desapercibido entre aquellos colonos hasta encontrar la oportunidad de recuperar lo que había perdido.
Después, puesto que era conocedor del mercado de armas en el Magreb y sabía a quién comprarlas y venderlas sin que sus antiguos jefes lo reconociesen – el hombre al que había matado era en realidad un estadounidense fugitivo de nombre Casimir Olof, y se encargaba de la distribución de rifles venidos de Rumanía y de Yugoslavia en las regiones de Egipto, Libia, Sudán y Chad, a las órdenes de un aviador de la antigua Unión Soviética al que llamaban El Mercader de la Muerte- , pensaba hacerles la competencia por su cuenta, pues los años que llevaba trabajando con ellos le habían enseñado el mejor modo de eludirlo. Así que, después de echar mano a uno de sus revólveres, que llevaba atado con el turbante, apuntó a la cabeza del etíope mientras éste todavía se encontraba bebiendo y rezando. Pero algo falló. El revólver no conservaba ni una sola bala en el tambor. Mientras buscaba la munición bajo la camisa, en una cajetilla de tabaco que llevaba unida al cuerpo por una tira de cinta aislante, el etíope se volvió a él y le ofreció la caja que buscaba, sonriendo.
– ¿La necesitas?- le preguntó- Te la he guardado para que no la perdieses, hermano. Una cinta se desprendió de tu piel, y la caja cayó al suelo cuando te encontré en el desierto, pero tú no te diste cuenta de nada, y decidí guardártela yo mismo para que no la perdieses y para poder devolvértela ahora.
El náufrago del desierto acariciaba el revólver bajo la camisa. Ante la salida del etíope no supo qué responder, y se limitó a recoger la caja, pero unas palabras ignoradas, ardientes cual rescoldos de brasas, se abrieron camino hacia su boca y respondieron:
– Gracias.
El etíope podía haberlo matado mucho antes de que a él se le ocurriese la idea de intentar lo mismo contra él. Entonces comprendió verdaderamente que le había salvado la vida dos veces. “¿Cómo voy a atentar contra él?” se preguntó, “pero si no lo hago, entonces él tendrá un poder sobre mí, y yo desconfío del hombre, porque es un igual a mí mismo, y yo soy un criminal, un ladrón y un asesino. Tengo que matar para conservar la vida. Mi vida ha sido comprada por los demonios, y ellos exigen un sacrificio de sangre. Estoy fuera de la ley, y no puedo permitirme el lujo de la compasión. Su reloj de oro me atrae con la fuerza de un ídolo, debe pertenecerme porque todas las riquezas son mis armas, son mi poder, mi armadura contra quienes me persiguen para vengarse de tantas muertes. ¡Ah, desgraciado! ¿Por qué me has salvado la vida? Hubiese sido mejor que tratases de salvar la tuya. ¿No has leído en mis ojos la maldición? Hubieras debido dejarme abandonado en el desierto a merced de las fieras y de la sed inclemente. ¡Pero yo tampoco puedo matarte! Me has conducido a un terreno cultivado, a un jardín escondido. Se parece a la comarca de Canaán, o al mismo Edén. Si una bala de mi revólver rozase tu piel oscura, millones de ojos contemplarían mi crimen, no los ojos de mis padres y de sus padres muertos, todos los ojos abiertos de la conciencia y de la memoria, convertidos en mudos testigos cuya acusación derretiría mi alma y abrasaría mis huesos. Sería demasiado cierto , y no podría soportarlo. Descendería vivo al sepulcro, y las tinieblas de la fosa me devorarían. No, no puedo matarte. Aléjate, aléjate de mí porque he pecado. Si me tocas, te contagiaré la enfermedad de la muerte perpetua. Huye ahora que puedes, extranjero. ¡Si supieras quién soy! ¡Si te mostrase la llaga de mi corazón, donde el mundo entero cabe! Alá y su Ley te protejan. A mí, déjame morir”.
Se oyeron los cantos de los gallos. Enjambres de langostas se posaron en los muros de la acequia, y en compañía de las moscas y de las abejas, compitieron por beber.
– Hombre piadoso, mi nombre es Ibrahim ben Hasa, pero me llaman Ibrahim el Negro. He sido ladrón y mercader de armas y he matado a muchos hombres. Apártate de mí y protégete antes de que sea tarde- reveló el náufrago del desierto.
El etíope siguió sonriendo.
– Mi nombre es Hailé Koatit y he sido lo mismo que tú y Dios me ha perdonado. Por eso te he perdonado a ti también- repuso lavándose la cara con las manos.

Quinto enigma

Te daré una moneda
con un retrato en ella.
Te daré lo que tengo:
una duda eterna.

Como una virgen pura
su corazón me guarda.
Pasa el río y la refleja
pero no la arrastra.

En el Libro está escrito
lo que ha de ser.
En tu testimonio
lo que es.

“Si un cerdo aparece de pronto vestido con camisa y corbata en mitad de un debate televisivo producirá sin lugar a dudas la hilaridad general al ser reconocido por el espectador. Si el mismo cerdo igualmente vestido aparece al día siguiente, y al otro y al otro, en mitad del mismo debate televisivo, será estudiado con perspicacia por el espectador todavía risueño, que procurará encontrarle un sentido a tal fenómeno. Pero si transcurrido un mes completo, y hasta un año, pongamos por caso, continúa presenciando la encuadrada escena de su pantalla, entonces terminará por concluir que el cerdo tiene razón” escribió el periodista británico David Belly, con la prosapia y la elegancia de Cioran, su maestro de estilo. Hacía dos años que se había trasladado a vivir voluntariamente a Calcuta, y en su despacho de doce metros cuadrados, con una instalación eléctrica deficiente, ante una mesa de madera de palisandro sin barnizar donde se apilaban atados con cordel los legajos amarillos y los ejemplares atrasados de los periódicos, se encontraba tan satisfecho como un rey en su trono.
Se había interesado por la India a raíz de sus lecturas de Kipling, quien, periodista como él, transmitía la fascinación por el país de los rituales, de las castas y de la selva. Su salario no alcanzaba las mil libras mensuales, pero el nivel de vida de la India, no demasiado encarrilado a la industria del gran consumo, le alcanzaba para vivir con la holgura de un príncipe, y aún le permitía ahorrar formando un pequeño capital para la vejez, por si la pensión de jubilación no alcanzaba para vivir sin estrecheces. Corresponsal del Times, escribía sus artículos de sociedad en inglés y los traducía al bengalí para los diarios nacionales. Era uno de esos caballeros de la prensa que había estudiado su carrera creyendo firmemente en la labor de la información para mejorar la sociedad, y que se había ido desencantando progresivamente – casi al mismo ritmo al que se sucedían los avances tecnológicos- de su oficio, dirigido por el interés de las empresas económicas que financiaban el modelo siempre decadente de la opinión pública.
Zarandeado por las ideologías, buscando apoyo en utopías revolucionarias, quería, al igual que muchos de sus contemporáneos, cambiar el estado político sin cambiar el estado social, o, dicho de otro modo, cambiar a los demás sin cambiarse a sí mismo. Se aferraba a su idea aprendida del mundo y se resistía, por miedo a no sentirse seguro, a aprender del mundo tal y como era, porque temía lo que no conocía. Por esa razón, hacía tiempo que se sentía vacío y relegado a su despacho idílico, que cada vez se iba volviendo más reducido a medida que envejecía en él.
Cual un robinsón que aguarda un rescate en una isla desierta, ya sea un Crusoe o un Ulises, se aburría de contemplar la repetición de los ritmos del mar, porque todavía no estaba preparado para contemplar nada, pensando constantemente en sí mismo y en la idea construida que lo había conducido – navío armado por otros intelectos- a la isla desierta en la que se encontraba.
Tras examinar una columna para el diario que se sabía de memoria, se sorprendió de lo falsas que resultaban sus palabras escritas sobre el papel. Eran fragmentos de ruinas de modas pasadas unidas por un pegamento absurdo – por su temor a no abandonar lo aprendido- y no poseían vocación alguna de decir nada, porque estaban desarraigadas de su naturaleza. “Creo que son lo contrario a un poema” pensó, “son la tabla de multiplicar de un niño recitada de memoria”. Tenía sobre la mesa un libro de Rabindranath Tagore – Ofrenda Lírica- y se puso a leerlo, pero lo abandonó al cabo de unos segundos cuando comprendió que su falso lenguaje estaba condenado por el verdadero lenguaje que leía.
Entonces se abrió la puerta y entró Nabu, el empleado que tenía contratado, y después de saludar con precisión a su patrón, colocó sobre la mesa las fotocopias que se le había encargado hacer, y también una pequeña olla de barro aún caliente, que contenía un guisado de carne de cordero comprado en las tiendas del populoso zoco, una receta que había logrado conquistar el paladar de David Belly, de entre las miles de ellas que, semejantes en número y variedad a los dioses e inundaciones del exhuberante politeísmo hindú, poblaban la memoria de los descendientes de Krishna.
– Has tardado casi una hora- le reprochó en clave de humor el patrón a su empleado.
– El mercado de Maidan estaba lleno de gente- explicó Nabu gesticulando a la manera de los coolies- Una mujer santa venida de Kalighat, de la que se dice que dispone de poderes para curar enfermedades, ha reunido a toda la ciudad alrededor de Fort William, y la gente compite por besarle las manos.
– ¿Es una Hermana de la Caridad?- preguntó David Belly destapando la olla y aspirando el aroma del guiso.
– Parece una monja- aclaró Nabu- Lleva ceñida una toca blanca alrededor de la cabeza. Y atiende a los leprosos junto con otras compañeras sin miedo a contagiarse. Yo quise besarle las manos que curan y asisten, lo mismo que las de Rama y las de Mahatma, pero no me permitieron acercarme a ella.
– ¿Cuál es el nombre de la milagrera?- preguntó David, saboreando la carne en un plato de arcilla, ayudándose del cuchillo y del tenedor que formaban parte del kit de una navaja suiza.
– Hasino Teresa, la llaman las mujeres- contestó Nabu, acariciando una callosidad de su mano izquierda- Es la primera vez que oigo hablar de ella.
– ¿Teresa has dicho?- se interrumpió David, limpiándose la boca con una servilleta- Ya sé quién puede ser. La hermana que ha recibido el Premio Nobel de la Paz en 1979, Teresa de Calcuta. Es increíble que no la hubiese visto todavía, con el tiempo que llevo aquí. He visto reportajes de su misión por la India, pero nunca la he contemplado cara a cara ni he tenido ocasión de hablar con ella. ¡Recórcholis, me gustaría hacerle una entrevista! En cuanto termine de comer, vamos para allá.
David Belly apuró el almuerzo lo que pudo. Después se cambió la camisa por otra más limpia y comprobó si el aparato de grabación disponía de batería suficiente. Hecha esta comprobación, salió a la calle acompañado de Nabu.
Descendieron desde Hestings por la Avenida Gobernment en un autobús milenario atestado de turistas y de población local, todos mezclados y revueltos en un cóctel de cuerpos e idiomas diversos, de manera que el autobús evocaba la balsa de Caronte el día del Juicio Final. Por la carretera deambulaban hombres y animales, numerosos ciclomotores y automóviles cubiertos por una oscura película de polvo.
Prosiguieron por Eden Garden y después por la Avenida Indira Gandhi hasta alcanzar Fort William Main Gate. Allí, al pie de la magnificencia colonial de los pórticos griegos, con una temperatura de cuarenta y cinco grados en pleno mes de febrero, se encontraron con una muchedumbre de personas marcada cada una por un rostro propio que la distinguía del resto, y en medio del rebaño humano y confundiéndose con él, advirtieron a un grupo de religiosas misioneras, vestidas de blanco, que saludaban e imponían las manos a todos aquellos que se aproximaban a ellas.
Muchos inválidos, tullidos, paralíticos, mutilados y deformes se acercaban a las hermanas solos algunos y otros acompañados de sus familiares, exentos del rigor del protocolo social, con el proivilegio que concede la enfermedad. A pesar de sus dolencias, estaban contentos y se sentían curados con solo tener delante a las religiosas, quienes transmitían la fuerza espiritual de la confianza, y verdaderamente convertían aquel templo colectivo en la Ciudad de la Alegría a la que hacía referencia el nombre de la ciudad en la que vivían. Aunque todas las religiosas parecían la misma mujer, a una de las presentes la rodeaban de especial manera, y le tocaban las manos como si pretendiesen curarse con su contacto.
“De hallarse aquí Montesquieu u otro racionalista europeo se hubiese burlado con ingenio de esta costumbre supersticiosa, tan similar a la del pueblo francés medieval con sus reyes recién coronados, a quienes buscaban tocar para sanarse de sus dolencias. También se practicaba esta costumbre con las reliquias de los santos, porque cuando estaban vivos y caminaban entre nosotros muy pocos eran capaces de reconocerlos. No obstante, nosotros, por muy civilazados y maquiavélicos que nos creamos, veneramos igualmente nuestra ciencia y nuestras leyes, como si no hubiera otras en la naturaleza. Y nos arrojamos al romanticismo de fabular espectáculos que intentan retener sin éxito la magia antigua que hemos perdido con nuestras máquinas y nuestra codicia, y hacemos lo que sea con tal de salir de la rutina de nuestros pensamientos circulares. ¿Qué somos sin la confianza, sin la fe en el enigma de nuestras vidas, el cual nos ilumina con el poder de la esperanza? ¿Y la fe, no se puede alimentar con cualquier experiencia? Entonces, nuestro orgullo tiene poco que darnos a cambio del culto que le rendimos”, reflexionó David Belly en su interior mientras interpretaba lo que veía.
– Vamos a acercarnos a la Madre Teresa- sugirió David, y preparó la cámara para una posible grabación desde lejos, porque presumía que no podría entrevistarla con tanta gente a su alrededor.
Nabu sujetó la maleta del periodista y con pasos de pingüino se abrió paso entre la multitud. Buscando un ángulo de visión en el que el punto de fuga de la religiosa se diluyese en la perspectiva de la gente, David Belly, se arrodilló en el suelo imitando a un adorador fanático y ajustó el objetivo con dificultad, maldiciendo su falta de pericia, simulando a un astrónomo con un telescopio holandés que tratase de retener el fulgor de una estrella. Mirando a su alrededor, reconoció a otros reporteros como él afanados en atrapar imágenes. Tras permanecer unos minutos arrodillado, se levantó con una leve molestia lumbar y se limpió con las palmas de las manos los pantalones vaqueros a la altura de las rodillas.
Iba a marcharse ya, impulsado por la gente y por los animales que no tenían reparo en meterse entre las masas, especialmente las vacas acariciadas por los niños y los perros que buscaban comida, cuando una religiosa se acercó a él y le preguntó:
– ¿Necesita ayuda?
– Quisiera entrevistar a la Madre Teresa, pero puesto que está tan ocupada, supongo que no dispondrá de tiempo para hablar conmigo- respondió David.
– ¿Es importante lo que quiere preguntarle?- quiso saber la hermana, pues entendía que no todos los periodistas transmitían la información que alimentaba los oídos de la sociedad con un testimonio sincero.
– Sí…- titubeó David- Tiene que ver con el papel de la caridad en el mundo, y de paso con la religión cristiana, la más extendida de todas.
– Aguarde- repuso la hermana, y al poco rato regresó acompañada de la Madre Teresa, y ella se volvió para ocuparse de la misión pastoral que había dejado vacante su compañera.
– ¿Es usted la religiosa a la que llaman Teresa de Calcuta?- le preguntó David Belly, cuando la tuvo delante de sí, y pudo ver su rostro arrugado, parecido a un trozo de madera tallada, semejante al de una anciana refugiada de la guerra de Bosnia.
– Soy esa que dice- respondió la religiosa- ¿Y usted?
– Mi nombre es David Belly, y trabajo para el Times- la informó el periodista estrechando su mano- Quisiera hacerle unas preguntas. No le importa, ¿verdad?
– Me importa que pueda ayudarlo en lo que me pida, si yo puedo hacerlo- contestó la Madre Teresa, sonriendo con franqueza, mientras se limpiaba el sudor de la cara con un pañuelo blanco- No debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz.
– ¿Es Teresa su nombre de pila?
– No, mi nombre de pila es Agnes Gonxha, pero lo cambié por el de Teresa en homenaje a Santa Teresa de Lisieux, conocida como Santa Teresa del Niño Jesús, en 1928, cuando decidí consagrarme a la vida religiosa. Durante los años que permanecí sirviendo en el Convento de Loreto, en Irlanda, me enamoré de los enfermos y de los pobres, y en 1950 me atreví a fundar la Congregación de las Hermanas Misioneras de la Ciudad de Calcuta para asistir a todos aquellos que carecían de un hogar.
– Ha recibido el Premio Nobel de la Paz, y también el Premio Bharat Ratna, el mayor galardón civil de la India, ¿no es así?
– Han querido concederme esos galardones para hacer honor a este servicio, y ojalá que motive a muchos para que tomen el camino de la ayuda a los demás.
– ¿Qué opina del cristianismo de hoy?- y David Belly recordó sin quererlo la crítica a la Última Época Cristiana que había hecho el poeta Robert Graves en su novela Siete días en Nueva Creta.
– El cristianismo actual sigue siendo el mismo en esencia que en sus primeros tiempos, y aún antes de que el misterio de la fe fuese revelado de una forma tan maravillosa, la caridad ya existía y se practicaba por virtud principal- explicó la Madre Teresa, con lentitud, y parecía que saboreaba las palabras que decía- pero hoy en día, la doctrina moral cristiana se ha quedado, desgraciadamente y en las partes del mundo en las que comenzó su diáspora, reducida a un mero rito social, a una religión civil semejante a los cultos de Grecia y Roma, es decir, ciertas personas no adoran a Dios en Cristo, sino a un ídolo de Cristo que no tiene nada que ver con él, quien murió en la cruz por los pecados del hombre, y que enseñó que la cruz de seguir su verdad arrastrando el dolor de nuestro pecado es la única gracia que puede redimirnos.
– Interesante observación- apuntó David Belly, y se alegró de disponer de una grabadora, pues de no ser por este piadoso invento, se olvidaría de todo lo que había dicho la hermana nada más darse la vuelta- Muchas personas se preguntan por la existencia de Dios, incluido yo mismo. ¿Qué es para usted la fe?
– Es el mayor regalo que he recibido nunca- confesó la Madre Teresa- Gracias a ella sé que mi esfuerzo no caerá en saco roto. Me siento amada, y la respuesta del hermano al que ayudo me reafirma todavía más en el amor. ¿Cómo no voy a pensar que soy hecha a imagen y semejanza de Dios si experimento una fuerza desconocida que me eleva de mí misma cada vez que ayudo a quien me necesita?
– ¿Y no resulta demasiado trabajo para una mujer sola?
– Dispongo de la ayuda de las hermanas. Además, no puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar.
– Por cierto, con respecto a la Paz en el Mundo, estamos en la patria de Gandhi, y se me viene a la mente el ensayo La Paz Perpetua del filósofo Inmanuel Kant. ¿Qué deberían hacer las instituciones, a su juicio, para mantener la paz?
– Más bien, qué deberían hacer las personas, porque las instituciones no son nada sin las personas- declaró la Madre Teresa mirando a la multitud- Le contestaré con un ejemplo: para hacer que una lámpara esté siempre encendida, no debemos de dejar de ponerle aceite. La paz comienza con una sonrisa. Tiene que salir de dentro para ser verdadera, porque de nada vale hablar de ella si no se cultiva desde el interior de nosotros. Este es también el mensaje fundamental del cristianismo: Si no nos convertimos de corazón, no podemos salvarnos.
– A propósito, ¿cree usted en el cielo y en el infierno, tal y como lo representan los teólogos y los poetas, y como son conocidos por la tradición? Usted no es una visionaria, pero me gustaría que me revelase su interpretación del Más Allá.
– El Más Allá es una manifestación del estado de nuestra alma. No puedo hablarle más de lo que conozco, esto es, de la satisfacción, el placer y la alegría que experimentamos las hermanas cuando llevamos a cabo una obra buena y desinteresada, obedeciendo a la voluntad de Dios y no a la nuestra, sirviendo a los que nos necesitan. Como revela la escritura: Ni el ojo ha visto ni el oído ha escuchado lo que Dios tiene preparado para quienes le aman, porque la voluntad de Dios es un misterio que se comunica cuando él quiere y cuando nosotros estamos preparados para recibirlo, por medio de nuestra naturaleza. No podemos saber más que lo que él decide revelarnos de acuerdo con nuestra capacidad de acogerlo, lo cual es sin duda lo mejor para nosotros. En esto consiste la fe, en aguardar la llamada en medio de nuestra noche oscura, como expresarían mejor que yo el Apóstol Pablo y el poeta Juan de la Cruz. Nuestro premio es la alegría que sentimos cuando actuamos conforme a la fe, cuando nos ponemos a disposición de la misión que nos ha sido encomendada por medio de la caridad. ¿No padece dolor una mujer cuando está de parto? Asimismo,la semilla se destruye para que nazca el árbol, y no se pierde su dolor en una muerte estéril, sino que se transforma en la alegría del alumbramiento, de la consecución de un fin que la rebasa y la redime. Cuando algo duele, es buena señal. Esta es la interpretación que se le debiera dar al lenguaje de los teólogos y de los poetas.
– Sospecho que estoy haciéndole perder demasiado tiempo- declaró David Belly para concluir la entrevista- Creo que ya ha dicho más de lo que esperaba que dijese. Me viene a la mente aquel terceto de Tagore que dice:
Yo soñé cuando dormía que la vida era alegría.
Me desperté y vi que la vida era servicio.
Serví y comprendí que en el servicio estaba la alegría.
¡Madre Teresa, ojalá continúe sirviendo a los demás por muchos años! La India parece ser hoy el país de los misioneros, cuando ha sido desde la Antigüedad la patria de lo exótico y de lo remoto, el País de lo Desconocido, hermano del continente africano, de donde partían a Europa las especias y las plantas medicinales más diversas, a donde llegó Alejandro Magno con su ejército mitológico, donde según la tradición griega residía el dios del vino y de donde regresaron los navegantes portugueses con mercancías de gran valor por la senda del mar, y últimamente, desde el Siglo de los Ferrocarriles hasta el Siglo de las Grandes Guerras, convertido en el principal bastión del Imperio Británico, en el refugio de sus perdidas leyendas. Resulta maravillosa esta transformación, la emoción recogida en la tranquilidad, como diría Wordsworth. Porque ahora la India es la nueva tierra de evangelización, y las almas se bañarán en el Ganges como en tiempos pasados lo hacían en el Jordán. ¿No le parece?
– El bautismo no es solo en agua, sino en espíritu santo y fuego, como creo que dice la Escritura. Esas palabras son bellas, pero es en las obras donde encuentran su fundamento. Son las obras las que dan el valor exacto a las palabras. Ahora me va a permitir que le cite a una patrona del nombre que llevo, Teresa de Jesús, quien escribe en español:
Vea quien quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere
veré mil jardines.

Pues si las rosas y los jazmines son las maravillas de este mundo tan grande que no podemos abarcarlo, en la caridad de Dios caben tantos mundos o “jardines” que no seríamos capaces de contarlos, cuanto más de conocer por completo las maravillas que hay en ellos. Así que, quien experimenta por completo este amor se pone a disposición de él y todos los trabajos le son pocos con tal de experimentarlo con mayor intensidad, de manera que sus capacidades y talentos rebasan la medida, pues el sarmiento que está unido a la vid da mucho fruto.
– Podría estar conversando con usted, Madre Teresa, toda la vida, pues siento un placer especial en escucharla, pero las obligaciones nos requieren. Ayude a esas gentes que la necesitan, y acuérsese de mí también- concluyó David Belly recibiendo la bendición de la Hermana, antes de que ella le ofreciese una estampa de la Congregación, con una oración escrita detrás.
Por el parque de Fort William puerta nº1 se abrían varias líneas de tranvías, tan abarrotados estos de pasajeros que algunos se veían obligados a viajar subidos a los laterales. Con la entrevista de la Madre Teresa, David Belly se había olvidado completamente de Nabu. Lo buscó con la mirada entre la muchedumbre, pero hubiera sido más fácil buscar una aguja en un pajar. Maldijo su cámara portátil, su batería y sus otras herramientas profesionales, que a aquella hora de la tarde le pesaban más que una roca a Sísifo en su castigo, pero todavía sugestionado por el ejemplo de las Misioneras, lo tomó por el lado de los sacrificios útiles y avanzó como pudo hacia el oeste, en dirección al río.
Oyó gritos y miró a su alrededor, y vio venir a varios policías uniformados que separaban a la masa humana que se había congregado en torno a las Hermanas de la Caridad, y de pronto, a David le recordó la escena que presenciaba una representación del Juicio Final, y la relacionó con la pintura de un mural o de un fresco engrandecido por la imaginación. Al igual que en las pinturas alegóricas – como las de Miguel Ángel o Diego Rivera- había dos clases de hombres: los uniformados y los civiles, y estos últimos bien pudieran pasar por desnudos. Si no eran ángeles justicieros con alas capturando a los sorprendidos ante la inminencia del Día de la Ira, que llegaba a ellos con el sigilo de un ladrón, su atuendo de autoridad los diferenciaba del resto, y hacía acompañar el temor de cada uno de sus movimientos.
La amalgama compacta y homogénea de hombres, mujeres y niños que rodeaban, cual esferas celestes, la humildad menesterosa de las Misioneras, tan similar a la masa del pan, se había partido en los linajes enfrentados de los hombres, pero algo nuevo se había despertado en ellos, y era que ahora habían recuperado la confianza en sus obras y se habían liberado de la muerte, que es el olvido de sí mismos, para abrazar el tesoro de la verdad que habían perdido, aunque este tesoro no pudiese poseerse más que entre temores, hasta conseguir revelarse en su totalidad aboliendo las ilusiones del sufrimiento.
David, un extranjero rico que trabajaba para un periódico, era el testigo de este acontecimiento y, pensando en su nombre, se vio a sí como aquel rey bíblico que cantaba acompañado de la lira las hazañas de Israel, porque el pensamiento se amoldaba a la situación igual que la cera al sello, aunque no se alejase de la intención que lo había motivado.
Se encaramó a un asiento de mármol de estilo colonial victoriano, renegando de sus riñones que ya empezaban a dolerle, y enfocó con su cámara al grupo de policías que formaban una especie de ojo de huracán que avanzaba hacia donde se encontraba, revolucionando a la muchedumbre a su paso. Recurrió a una lente divergente sobre el cristal del objetivo para acercar la imagen principal que envolvía al resto, y pudo distinguir a un hombre esposado al que varios policías arrastraban con la misma despreocupación de la época de los pregoneros, de los alguaciles, de los corchetes y de los chilladores. El reo – David interpretó que lo trasladaban del Juzgado a la Cárcel- era un individuo delgado y de buena presencia, de rostro occidental un tanto pálido y un pronunciado bigote negro, y vestía un mono de color anaranjado. Justo detrás de él, una mujer escoltada por un policía de abultado vientre – “su mujer”, dedujera David- lo seguía, y parecía que quería acompañarlo hasta la misma celda de la cárcel.
En lugar de hacer preguntas, decidió observar al grupo y aprovechar la marcha para seguir al reo al centro penitenciario, con la esperanza de obtener alguna información acerca del caso. “Estos países del Tercer Mundo son increíbles” pensó David, “todo está entremezclado y todo sucede a la vez. En las naciones industriales, los acontecimientos son mecánicos y sucesivos, sometidos a la esfera del reloj, que los rige como un ordenado anfiteatro. Aquí, en cambio, suceden los hechos simultáneamente, y el trabajo periodístico resulta imposible, porque no se puede estar en todos los lugares al mismo tiempo. En fin, lo importante de los hechos no son ellos en sí, sino el efecto que en nosotros producen. Y está claro que a mí me ha despertado la curiosidad esta marcha forzada por las calles, que se compara a una procesión religiosa. No sé dónde se encuentra Nabu. Se ha vuelto invisible entre la multitud. Ya se enterará de dónde me encuentro yo”.
Se informó por uno de los policías de que el esposado al que conducían a Presidency Jail respondía al nombre de Sergei Paulóvich y era uno de los principales traficantes de armas del mundo. Había sido capturado en el aeropuerto de la ciudad tras una intensa y sofisticada perecución promovida por las Naciones Unidas.
“¿Un traficante de armas? ¿Después de haber entrevistado a la Madre Teresa de Calcuta? ¡Parece interesante!” se dijo a sí mismo David, en oráculo interno.
Tomó un taxi por unas cuantas rupias en la parada – tomarlo fuera de la parada hubiera resultado peligroso dado que podría tratarse del vehículo de un secuestrador- e indicó la dirección al cochero, un grueso varón con pinta de cipayo que no gastaba muchas palabras y que conducía a volantazos, como lo hubiera hecho Automedonte en la Guerra de Troya.
El complejo penitenciario de Presidency Jail no tiene demasiado que ver con el estilo suntuoso del neoclasicismo europeo que imita el diseño de un templo griego de la época de Pericles y de Fidias, ese estilo con el que se ha edificado, por ejemplo, el Victoria Memorial en homenaje a la longeva reina que ha exportado la panacea industrial a las más alejadas regiones descubiertas por los navegantes. Se trata más bien de un edificio de ladrillo levantado con descuido y sin ningún criterio estético distinto a la prisa por terminarlo, decorado con rejas y barrotes del metal más resistente. La ilustración de una civilización técnica ha abolido los métodos de tormento que se practicaban durante la era de las batallas; no obstante, el error bárbaro de la tortura se condensa ahora en espectros kafkianos que invaden las mentes de los presidiarios, quienes alentados por el desinterés internacional de los gobiernos, todavía tratan a muchos presos como esclavos.
David Belly presenció desde el taxi la entrada triunfal del cautivo en la cárcel, ovacionado por los reporteros que, lo mismo que él, se esforzaban por captar una instantánea de su detención, y semejante coro de ranas pidiendo rey para sus exclusivas le recordó la euforia del Domingo de Ramos o el grito de las multitudes espoleadas por los poderes públicos exigiendo que se les soltase a Barrabás.
Días más tarde, David Belly recogió en este artículo las impresiones de la detención de Sergei Paulóvich, y lo relacionó instintivamente con la entrevista a la Madre Teresa de Calcuta. Pronto circuló por la red informática y se convirtió en objeto de análisis:
Sujetando al preso tal que si se tratase de un animal peligroso – había demasiados policías (cuatro en total) para escoltar y vigilar a un detenido para cuya custodia hubiesen bastado dos- lo introdujeron en el horrible edificio penitenciario. Qise conocer los cargos del condenado: tráfico ilegal de armas.
– ¿Qué diferencia al tráfico legal del ilegal de armas?- quise saber preguntándole al abogado de la defensa.
– La diferencia es que el tráfico legal se hace al amparo de la ley- me contestó el abogado con escepticismo- La ley permite que en determinadas circunstancias, para proteger los intereses de los estados, se compran y se venden armas siempre y cuando la comunidad internacional lo sepa. Est comercio se llevó a cabo durante siglos, y hoy en día todavía sigue siendo la principal fuente de riqueza de los países. Es lo que ha permitido fundar las colonias y los protectorados. Es lo que suele apoyar a los candidatos al gobierno en los países poco desarrollados. Pero si se hace en contra de los intereses de la comunidad internacional, entonces se convierte en delito.
De esta declaración he deducido que un hecho es o no constitutivo de delito de acuerdo con la forma en que se lleve a cabo, o dicho de otro modo, e improvisando un estudio sociológico, las situaciones hacen a gran parte de los delincuentes internacionales, me refiero a aquellos que no atentan directamente contra la vida o la integridad de las personas, sino contra factores económicos de enriquecimiento o de orden de prelación en el aprovechamiento de los recursos disponibles.
Los intereses, sea o no legales, amparan situaciones que los perjudican para eludir la responsabilidad de sus actividades, y cuando el desarrollo de sus planes ya no resulta sostenible, entonces buscan a alguien al que puedan hacer responsable, y recurren a quienes no respetan la forma legal en su compleja totalidad. Es preciso que un hombre pague por el pueblo. ¿No sigue siendo actual la tesis del Sumo Sacerdote Caifás por la que aconsejó condenar a Jesús? No pretendo condenar la ley, puesto que la ley somos, lo queramos o no, todos nosotros, y, ¿quién se condenaría a sí mismo? Solo trato de puntualizar que los principios éticos que sostienen el edificio de las instituciones son en realidad intereses y no puede concedérseles otro valor. Una institución es una costumbre elevada a ley, canonizada por la mayoría a la que se le concede voz y voto, pues hablar y votar desde la ignorancia, aunque sea en el régimen más democrático y olímpico posible, equivale a una tiranía.
Proseguiré con mis impresiones, y que cada cual haga el análisis oportuno teniendo en cuenta el mío. Despojado de la cámara, puesto que en el interior del edificio penitenciario estaban prohibidas para salvaguardar la intimidad de los presos, pude ver cómo conducían al condenado por los pasillos levemente iluminados de lámparas fluorescentes hasta una celda con las paredes cubiertas de azulejos de color blanco y azul, una celda de unos veinte metros cuadrados, con un catre y un banquillo, sin cuarto de baño. Después me indicaron que con el tiempo instalarían inodoros y lavabos en las celdas, pero que por el momento los recluidos debían hacer sus necesidades en un orinal y lavarse con el agua que cada mañana les proporcionaban en una tina o palangana al efecto.
El número de la celda de Sergei Paulóvich era el 425. Recuerdo que su mujer Ana Pagel, quien procedía de una familia de inmigrantes alemanes instalados en Smolienski, permaneció durante todo el día de su detención junto a la celda de su marido, y aunque el protocolo no se lo permitía, los guardias hicieron una excepción autorizando que, bajo su vigilancia, la mujer permaneciese allí. Se trataba de una mujer sumisa, con vestigios de haber sido muy hermosa en otro tiempo, acostumbrada a padecer y capaz de hacer cualquier cosa que se le ordenase.
Hablé con Sergei Paulóvich. Lo único que saqué en conclusión de su entrevista fue una frase suya que dejo escrita aquí: Si fuese hoy, volvería a hacer lo que he hecho. Pero a mí no me pareció la respuesta del prototípico delincuente no arrepentido. Era la respuesta de un rebelde que no estaba completamente convencido de haber obrado tan mal como para merecer un castigo semejante. También tuve ocasión de hablar con el comisario de policía que por orden de las Naciones Unidas había abierto la investigación. Según él, “la actividad delictiva del acusado ponía en peligro el cumplimiento de los tratados internacionales de paz, porque suministraba armas a grupos de presión que llevaban a cabo atentados y se hacían con el poder en los estados débiles del Tercer Mundo, principalmente en África, originando guerras que se saldaban con muchas bajas humanas”.
Quise saber qué hacían el resto de los estados al respecto para mantener la paz, pues muchos comerciaban con armas – ¿qué iban a hacer con las que les habían sobrado de las grandes guerras?- y, además, apoyaban las campañas electorales de los candidatos que más convenían a sus intereses, perjudicando en numerosas ocasiones a la población local. El comisario me respondió que una cosa eran las cuestiones políticas y otra las legales, y que la venta ilegal de armas era una actividad prohibida en la comunidad internacional.
Con esto puse punto y final a las entrevistas. El Mercader de la Muerte, como llamaban los medios de comunicación social a Sergei Paulóvich, permaneció incomunicado durante siete días, y luego fue ordenado su traslado a Estados Unidos para ser definitivamente juzgado, pues solo se le había impuesto prisión preventiva. Mientras volvía a mi modesto despacho de periodista desplazado recordé cierta frase de la Madre Teresa de Calcuta: La paz verdadera sale del corazón. No me pregunten por qué se me ha venido a la cabeza esta frase para concluir este artículo.

Que yo recuerde, eran las cuatro y quince de la tarde. Desde la barra del restaurante, estaba viendo la hora en el reloj de Hirzbrunnen, y las calles – no solo las de Hirzbrunnen, supongo que las de toda Basilea- estaban completamente vacías de transeúntes, porque a aquella hora se reanudaban los trabajos de la tarde. En el restaurante habría tres o cuatro clientes, los de todos los días, que se tomaban su café con asidua complicidad, y que se quedaron estupefactos, como yo, al presenciar lo que presenciaron.
La cosa fue así. Oímos un ruído como de un fuelle o el quejido de una bisagra mal engrasada. Debido a que no pasaban coches ni personas, podía escucharse todo perfectamente. El ruido se acercó, y nos pareció más bien el ladrido de un perro afónico, que no tiene fuerza para levantar la voz. Antes de escuchar el ruido, habíamos oído un golpe seco que confundí con un saco de harina que se había caído en la cocina, porque me recordó el derrumbe de algo blando al impactar cotra el suelo.
Si el acontecimiento nos pareció extraño, por ser inusual, mucho más extraordinario nos pareció lo que vimos a continuación. La puerta que daba a la calle estaba abierta. Entonces entró, lo mismo que un fantasma del otro mundo, el hombre en cuestión, con el cabello y el bigote blancos, los ojos muy abiertos, y un resuello en la boca que no era humano, sino animal.
Venía hacia mí , y quería decirme algo imposible de pronunciar, y los pasos que daba eran inconscientes, los de un muerto cuyos músculos retienen el fugitivo impulso de la vida antes de yacer definitivamente en el reposo de la tumba. Al llegar a la barra, su boca se abrió y pude ver cómo salían de ella no palabras ni gritos, pero sí un vómito de sangre que ensució las copas de cristal que había sobre la barra, y acto seguido vimos el cuerpo del hombre tendido sobre el suelo.
No dudamos de que estaría muerto. Avisamos a la policía y enseguida se abrieron las investigaciones pertinentes, y se aplicaron las medidas cautelares para conservar los principios de prueba en el juicio que se desarrollaría más adelante si es que había indicios suficientes contra quien pudiese ser el autor de la muerte del desconocido. En fin, la prosa de las ceremonias acostumbradas, las flores depositadas como exequia sobre los resultados de una necesidad. En mi caso, este lenguaje se tradujo en un cierre de mi local durante más de quince días, y aunque la indemnización que recibí en contrapartida no fue escasa, el impacto social de la muerte de un hombre en El lago de los cisnes – así se llama mi restaurante en homenaje a Tchaikovski, mi compositor favorito- supuso un golpe negativo para la prosperidad de mi negocio. Es más, me obligaron a declarar en la Comisaría de Policía, y no solo a mí, también a todos los clientes que habían presenciado el acontecimiento. Como es natural, ninguno de nosotros sabíamos más que quienes nos interrogaban.
Lo que pudimos conocer, a partir de las versiones de otros testigos vecinos del fallecido en cuestión, fue que el desconocido respondía al nombre de Nosequé Kossuth- disculpen mi falta de memoria, pero el nombre es muy difícil de recordar y esta es la palabra que más se le parece-, hijo de un empresario arruinado en Estados Unidos hacía algunos años.
“Se trata de un hombre joven, apenas llegaría a los cuarenta y cinco”, explicaba una vecina suya, “un hombre extremadamente educado. Un caballero, como ya no quedan. Había comprado el apartamento junto al mío hará dos años, y nunca, que yo recuerde, dio ninguna molestia a los vecinos”.
El hombre misterioso se relacionaba poco, porque la mayoría de la gente que había dado su testimonio sobre él a la policía tenía sobre el mismo referencias cotidianas superficiales, y nadie conocía su vida personal, es decir, carecía de verdaderos amigos, si es que así puede llamárseles a quienes se preocupan por uno.
¿Podría haberse suicidado por amor? Pues la hipótesis más aceptada era que su muerte había sido consecuencia de un suicidio premeditado – la prueba era que se habían encontrado en su vivienda con un diario con las páginas arrancadas, y varias notas suicidas con frases atormentadas entre las páginas de los libros de su biblioteca, que pertenecían a una colección costosa y extremadamente cuidada-. Pero tampoco apareció escrito el nombre de ninguna mujer, ni viva ni muerta, excepto numerosas fotografías en las que figuraba en compañía de actrices y damas del espectáculo en diversas ciudades europeas, como París, Londres o Ámsterdam.
Ahora bien, transcurridos unos meses, la policía científica se encontró con que el aparente orden de la vivienda del fallecido – una de sus múltiples viviendas, pues el fallecido era un hombre extremadamente rico, con miles de millones repartidos por cuentas corrientes a su nombre en bancos importantes y otros tantos paraísos fiscales- era consecuencia de un desequilibrio interior, que los psiquiatras señalaron como un brote de esquizofrenia paranoide.
Era así que el hombre en cuestión mantenía un orden escrupuloso en todo como si temiese que, de no mantenerlo, le acometería de inmediato una angustia imposible de soportar. Y el orden respondía a una exacta proporción matemática que tenía el número 425 como referente. Los libros estaban distribuidos en los anaqueles de forma que su multiplicación por el número de los mismos diese como resultado este número. Cosa semejante ocurría con los cuadros de las paredes, con los platos de la vajilla de la cocina, con los elementos del mobiliario, etc.
La policía descubrió este esclarecedor detalle por accidente, cuando se encontró, escritos a lápiz sobre las paredes blancas, en los lugares más recónditos, cálculos complejos de aritmética y geometría relacionados con esta extravagante disposición de los objetos. ¿Era posible que el número 425 constituyera una especie de número mágico, algo así como un símbolo para los pitagóricos u otros adoradores de la proporción áurea?
Lo único que se supo, tras abundantes pesquisas, fue que dicho número se correspondía con el número de la celda en la que la policía había encerado al estafador de su padre, el traficante de armas Sergei Paulóvich, antes de que hubiese logrado escapar de la cárcel y evitar ser juzgado por crímenes internacionales en un juicio sumario que sería promovido por un Tribunal Internacional.
” Claro, lo más probable es que el hecho de tener un padre arruinado a causa de haber depositado su confianza en un delincuente, aparte de ser con certeza o casi certeza un hijo ilegítimo de su juventud, hubiera podido privar de la razón a este hombre” comentó la empleada de la tienda de ultramarinos a la que el suicida solía acudir.
Pero yo no creo en esta hipótesis. La causa de este trágico desenlace me parece más subterránea. El fallecido no era un hombre convencional. No estaba casado, no tenía hijos, era muy rico, aunque no se le conocía trabajo alguno. Estaba solo en el mundo, o así supongo que se sentía. Era un gran melómano, pues en sus múltiples viviendas, al cabo de los meses, se encontraron cientos de discos de vinilo y discos compactos de lectura láser, en especial de música clásica occidental en ediciones de lujo avaladas por los más reconocidos intérpretes, desde las sinfonías de Beethoven, pasando por las disociaciones armónicas desde Mahler hasta Xenakis, hasta las recientes – con referencia a mí- atonalidades y orquestaciones mudas de Cage o de Helmut Lachenmann.
También era aficionado al espiritismo, al esoterismo – pertenecía a varias hermandades del tipo de los rosacruces, y a sectas y a sociedades secretas de las cuales conservaba documentos en clave cifrada que fueron interpretados más tarde por algunos de sus miembros- y se supo también que era consumidor habitual de marihuana y de otras drogas naturales de nocividad media para el sistema nervioso.
En una de las notas que dejó escritas de su puño y letra, se lee esta declaración, que yo mismo he podido atestiguar ayudándome de una lente de aumento, pues el suicida escribía con letra muy pequeña y no resultaba sencillo leerla a simple vista:
Querida Vesania ( c.c. 37):
Tu amado, el que te escribe, es un sagitario, uno de los signos finales que empiezan y terminan el año.
Soy fuego destinado a abrasar lo que toco y a convertirlo en ceniza esparcida por el viento. Ando de aquí para allá, saltando entre juegos diversos destinados a alimentar un vacío que me devotra hasta no dejar ni una sola estatua de mi memoria en pie.
Es que no puedo amarte, porque no me amo a mí mismo. Lo conozco todo y no conozco nada. No soy lo suficientemente valiente como para renunciar a una herencia de condena. Dentro del laberinto de mi sufrimiento, yo soy el minotauro. No destruiré mi propia obra. La exquisita mathesis universalis que me ha otorgado la seguridad consciente de que mi padre ha sido el Diablo y yo su heredero, su Plutón, en cierto modo un rey, aunque sea de los infiernos, es mi exótica e insustituible cárcel de paraísos artificiales.
Puedo hacerlo todo excepto mirarme en un espejo, y siempre me encuentro colonizado por una vejez prematura, como si la muerte procediese de mí. Si soy un rey, seré el rey Midas, destinado a agonizar en una fiebre de oro. Buscaré la evasión en nuevos placeres, te escribiré cartas apasionadas a ti, mi amada inexistente, mi condena.
Cualquier cosa puede convertirse para mí en un producto de consumo, porque si yo he dejado de ser una persona para convertirme en una máscara mortuoria, en el negativo de una fotografía, en un vampiro que se alimenta de su propia sangre, esto es, del sufrimiento propio y del ajeno, entonces no existirán personas sobre la faz de la tierra.
Lo único que me produce satisfacción es pensar que muchos desean lo que poseo, o, mejor dicho, lo que me posee. Ven al Fausto y envidian el tormento de su demonio. ¡Sublime! Son la sarna que rascan mis uñas. Si este mundo agoniza lo hará por la sangre, como creo que escribe el visionario del Fin de los Tiempos: “la luna se cubrirá de sangre”. ¡Pavorosa menstruación destinada a la infecundidad más grotesca! Si este mundo se desintegra, lo hará gracias a las matemáticas, cuyos números reaccionarán químicamente hasta devorar la energía y encerrar al espíritu en un residuo de ceniza, de ceniza astral, tenaz cual la cadena de Prometeo.
Las matemáticas son la medida del tiempo, de este gran laberinto donde un reloj sepulta al presente en el pasado, y anula la voluntad de la esperanza futura. Yo quiero ser testigo de esta destrucción: la mía propia. En un escenario semejante, solo podrán divertirse quienes posean un arma. Tú serás mi esposa en esta fiesta magmética, mi Proserpina, y tendrás un lugar asignado, mi final, “pour mêler l’amour avec la barbarie”. ¡Esto es lo que deseo: un cóctel explosivo! Una detonación ecuménica. Sería lo único que podría salvarme, sería, tal vez, una purificación. ¿No crees?
El número 42 te ama, querida Géminis. Multiplicados obtenemos el 1554, el Apollyon. Te daré nuevos datos acerca de mi partida.

En estas líneas se puede apreciar claramente su desequilibrio, y se puede leer también un mensaje que no ha sido escrito: un miedo a la responsabilidad de verse reflejado a uno mismo, un miedo para el que la última alternativa es el suicidio.
Podría decirse – y yo lo afirmo como un testigo, y no como un experto- que el fallecido – muerto un 4 de diciembre (el día de su aniversario)- odiaba al padre profundamente, y lo odiaba precisamente por el hecho de no disponer del valor suficiente para librarse de su herencia. El cuidado en ocultarse de las miradas de la gente lo convertía en un individuo legendario, pero lo cierto era que se trataba de un hombre realmente atormentado.
Si lo evoco conversando, comiendo y bebiendo en mi restaurante, lo imagino como un cliente modelo, como un hombre que nunca ha dado problemas a nadie. Lo veo con su americana gris y su sombrero de fieltro, saludando cortésmente y charlando sobre el tiempo y los tranvías, comiéndose su habitual sándwich con mostaza o desayunando un bollo o un croissant con chocolate. Difícil unirlo a la imagen del sujeto desesperado que se arroja desde el balcón de un tercer piso a la calle, y que sobrevive al golpe para decir una última cosa, y que esa última cosa no sea más que un vómito de sangre.
Es la réplica de un actor de cine que, sin salir de la pantalla social, mostraba su espléndido vestuario de corte impecable de acuerdo con la moda del momento, hasta que dio un paso en falso y toda su ilusión se derrumbó en un accidente fortuito que descubrió su desnudez, al igual que los accidentes que acaban con una civilización y la sustituyen por otra.
Y aunque me esfuerce por intentarlo, ahora no recuerdo más que sus apellidos aunque su nombre me lo han repetido muchas veces.
El suceso ha conmocionado la ciudad de Basilea. Incluso el obispo ha predicado un sermón emotivo acerca de la partida de nuestro conciudadano. En un discurso no lo ha condenado ni lo ha absuelto, pero ha urdido su prédica – casi una pastoral de viva voz- con las figuras del pasaje de la resurrección de Lázaro del evangelio de San Lucas. Los pastores de las iglesias evangélicas también han tratado el asunto, sin mencionar por supuesto la homilía del obispo.
Supongo que si Dios existe, tendrá que perdonarnos a nosotros, tendrá que perdonarlo también a él. Si bien era uno de tantos hombres que habían sacrificado su libertad en aras de un capricho, y ese acapricho se había convertido en un vicio que los había envenenado encarcelado su débil voluntad, lo cierto es que su pecado o su ignorancia no lo aparta de nosotros, que si no hemos llegado a destruirnos con esa desesperación cobarde y en cierto modo orgullosa, es tal vez porque todavía estamos apegados a nuestras pasiones, y no porque hayamos alcanzado la libertad de decidir, la libertad original del ser humano.
¡Si hubiese sabido mirar a su alrededor sin duda nos hubiese visto a nosotros!

VII

Vestida de novia,
la Hora se muestra
como una palabra en su historia,
como un fiel atleta en la palestra.

Desnúdala despacio, lector vivo
de la sombra callada,
porque tu voluntad es mi memoria
seducida por ilusión encantada.

Intercambia el anillo con su mano.
Desposado con la ilusión desnuda,
bésala en el centro de su cuerpo
y conoce la solución de la duda.

A medida que el crítico se alejaba del cuadro, este parecía adquirir consistencia, hasta alcanzar las proporciones de lo bello: la revelación.
Siempre le sucedía lo mismo ante una tabla que veía por vez primera, si es que era una verdadera pintura y no la emulación de otra. Al comienzo, un fulgor aislaba el símbolo del espacio, y luego lo iluminaba hasta hacerlo visible y patente, como si siempre hubiese estado ahí, ángel mensajero que se había revestido de una apariencia táctil.
El elemento mágico se desprendió, en este caso, de lo íntimo y se manifestó tal cual era, abriendo otra puerta en el inconsciente misterioso de la noche sensible, tapizada a veces por luces guías – altas estrellas- que conducen los pasos invisibles del alma – el oscuro objeto del deseo- hasta el reino del que proceden los aromas eniquecidos de todos los bienes.
En el resplandor dorado del recuerdo, con murmullo de cascadas resonando en el eco de cavernas excavadas en piedra, el crítico vio su futuro más lejano, es decir, una parte desconocida de sí mismo que le ofreció la blanca maravilla de un nuevo nacimiento. Más allá de la ciencia del momento, o de la tendencia de una moda o costumbre, la obra recién modelada le presentaba lo eterno – lo atemporal- en un concepto particular que pudiera pasar por un ideograma, un jeroglífico o una nueva letra del alfabeto conocido.
Al pie del cuadro, el crítico pudo leer la firma – el testimonio de un igual- escondida en el vértice inferior derecho del rectángulo del lienzo: H.R. Ocampo. Apuntó algo en su bloc de hojas blancas antes de que el canon inmensurable de todo lo que había visto lo rodease serpentino cual un zodíaco de signos de los que emanaban las luces sembradas de sus constelaciones. Millones de figuras de belleza aparecían de pronto en su memoria como iconos intermitentes destinados a marcar los descubrimientos de cada instante de la vida, cual fórmulas aprendidas que señalasen experiencias de verdad o puntos de encuentro con lo que todavía quedaba por vivir.
Occidente es la región del mundo donde los hombres han conocido más de sí mismos, y por lo tanto donde han padecido más y donde han aprendido mayores enseñanzas. En Oriente el sol es aún niño y procede del Edén Cósmico, purificando con inocencia a quienes lo ven morir más adelante para renacer de nuevo. La formación del crítico es siempre occidental, porque la razón se funda en la comparación de lo diverso. De allí proceden las formas más difíciles, apresuradas por brotar unas detrás de otras en la ebullición más poderosa. Pero del Lejano Oriente, donde surge el sol, procede la energía primitiva que les da consistencia.
“Los cánones de Europa, inaugurados en la Grecia Clásica, se han ido degradando hasta alcanzar el expresionismo y la abstracción” consideró el crítico, con el boligrafo en la boca, “Bien es cierto que cada obra es perfecta en sí misma, pero cuando se comparan sus estilos puede leerse la historia, la interpretación de lo que nos rodea. Las proporciones de La Gioconda son deformadas en El Grito de la misma manera que el humanismo del siglo XVI termina segregando la sociedad de consumo del siglo presente, tras las grandes fábricas del siglo XIX y las grandes guerras del siglo XX. En el lienzo La Conversión de San Pablo de Caravaggio, el choque de luces y sombras tan propio de la estética contradictoria del barroco – la época de las doctrinas absorbidas por el pueblo- todavía resulta victorioso, pero en El Guernica de Picasso se ha convertido en agónico, pues no queda más que el blanco y el negro de una estéril carnicería, de una guerra engrandecida por las sombras de La Ilíada que sucede en otra habitación cerrada y alumbrada por una débil bombilla que insinúa un collage de escorzos de caballos y perfiles de jinetes. Velázquez, en La Meninas, eleva la corte real a la dignidad de estudio del artista, y su gemelo Goya la llena de fantasmas grotescos y de irracionales quimeras. Rembrandt inaugura el intimismo del color. La escuela veneciana de Tintoretto, Tiziano y Veronés culmina en la morbosidad de Rubens, se convierte al paisajismo con los impresionistas Manet, Monet, Renoir, Pissarro o Sisley, busca un nuevo cauce en Gauguin y Matisse, y regresa a la simbología de los tótems tribales de los grupos humanos que no se han separado demasiado de sus orígenes naturales. Poussin, Uccello y Cézanne abren el camino de la distorsión figurativa a Kandinsky y a Klee, alcanzan la radiografía social de Rothko y Polock, bromean con Lichtenstein y Warhol hasta el sarcasmo de Bacon y la sátira hiperrealista que pinta fotografías para imitar los ritmos de una sociedad estereotipada y apresurada por pagar sus caprichos de presunto desarrollo. La experiencia conceptual de los dibujantes de espacios metafísicos – como Chirico, Max Ernst, Miró, Dalí, Magritte o Frida Kahlo- conmemora la cultura visual de masas, en la que la información refleja más que nunca la incomunicación del hombre ante su entorno. El diseño se adueña del arte para vender su tendencia a los grandes mercados, pero de vez en cuando una pieza como esta te devuelve a lo natural, que es en cierto modo lo mágico, porque la naturaleza es sobrenatural”.
Así pensaba el crítico en aquella ocasión, así pensaba cada vez que se situaba ante una nueva obra de arte. Buda de H.G.Ocampo. Los cuerpos humanos se desposaban formando un rostro, evocando la técnica de Arcimboldo, y una claridad de amanecer con cisnes saliendo de un lago lucía al fondo de su frente.
En la Galería de Arte del Ayuntamiento se exhibían las obras de una exposición itinerante de pintores vivos, y algunos visitantes caminaban – hormigas humanas- por la pinacoteca, deteniéndose en ocasiones ante las imágenes que más les impresionaban. Era el primer año del crítico en Manila, y a menudo, para enterarse de la organización del evento y de las piezas que estaban en venta, se veía obligado a consultar a la galerista – una muchacha guapa, graciosa y joven que si no se moviera parecería una obra de arte más, y que vestía con atuendo de azafata, dedicándose a informar a cada uno de los recién llegados. También se paseaba por el recinto acondicionado ad hoc un señor grueso y jiboso, calvo y con pelo a partes iguales, muy hablador y nervioso que gesticulaba al hablar -el marchante-.
– ¿Qué haces ahí parado ante ese cuadro?- le preguntó la galerista al crítico- Todavía queda mucho por ver.
– ¿Para qué ver más cuando se tiene suficiente?- respondió el crítico con otra pregunta.
Una mujer muy bien vestida – con un atuendo tan rico que diríase que pretendiese ocultar su identidad- acompañada de un hombre tranquilo y reservado que parecía ser su marido, se acercó al crítico que llevaba un cartelito informativo, envuelto en plástico transparente y colgado de su cuello por una cinta de poliéster, donde se leía con letra negrita en español e inglés: Mr. Kritanagara Sawa, crítico de arte, para hacerle una pregunta.
– Buenas tardes, supongo que será usted el crítico de esta exposición- lo interpeló con una sonrisa luminosa- Nosotros somos ciudadanos holandeses, pero hace cinco años que nos hemos establecido en Manila para dedicarnos a la industria del caucho. De momento nos va bien, somos socios fundadores de una multinacional. Witt & Biesbosch Co. La conocerá usted, ¿no es así? Si bien nos hemos instalado aquí hace el tiempo suficiente como para conocer lo que nos rodea, a la hora de realizar una inversión en obras de arte no sabemos absolutamente nada. Ese señor grueso que está ahí parado habla muy deprisa y no podemos entender lo que dice; para él todo está muy bien y resulta maravilloso invertir en cualquier cosa, y, puesto que es usted el crítico de la exposición, tal vez pueda aconsejarnos mejor que él.
El crítico, con buenos modos y cierta cortesía autoimpuesta, se ofreció a recorrer con los compradores la galería para mostrarles su punto de vista. Las conversaciones que versan sobre lo que es o no es más rentable económicamente, resultan tan prosaicas que dan ocasión al monólogo interior, y el crítico, en tanto soltaba el discurso de las impresiones, tuvo ocasión de ensayar un buen preludio a los acontecimientos de su vida:
“Yo, Kritanagara, hombre casado de treinta y seis años, heme aquí exhibiendo los pescados del trabajo humano en la plaza pública de los Negocios. He estudiado medicina en Estados Unidos, pero he preferido ejercer de crítico de arte en Oriente, de donde provengo. Mi padre era un abogado de Bali. Mi madre, japonesa, fue quien me animó a estudiar en el extranjero. Resulta curioso: ahora que conozco los dos mundos, ninguno de los dos me satisface, puede que sea porque son el mismo. Pero este mundo que rueda con leyes desconocidas sin duda me tiene reservada una verdad. Que esa verdad esté o no esté más allá de la muerte me importa poco, porque la muerte no es otra cosa que una impresión. ¡Señores míos, qué difícil resulta vender una visión del mundo! Ustedes hablan de precio, yo de valor. Si cambiande balanza cada vez que adoptan un nuevo interés, ¿cómo quieren hablar de justicia y de equidad? ¿Cuánto cuesta la tierra de la que estamos hechos? Todo y nada, y el trabajo del hombre solo se puede intercambiar por trabajo, aunque el crédito sea su símbolo. Una moneda acuñada, un papel con una firma, un talón con una cantidad, una tarjeta con un código: tales referencias pierden su valor si no se usan bien, pues no poseen más que el valor que la convención social les ha conferido. El interés varía según los deseos, y las leyes son promulgadas por el interés de los deseos mayoritarios. Así se escribe la novela de la historia, la memoria de los actos que miden el tiempo o que lo crean de la nada inconsciente. Pero cada vez que se tropieza con la piedra del error – yo la llamaría La Piedra Filosofal o La Piedra Angular – es para aprender y edificar con firmeza el Templo de las Situaciones. Si el Mercado de Valores no fluctuase, ¿cómo diferenciar por sus frutos lo verdadero de lo falso? ¿Qué criterio podría acompañarme ahora? Aunque nuestros juicios versen sobre leyes aparentes, sin esa oscura forma no seríamos capaces de ver la luz interior que se manifiesta en ella. Ustedes solo conocen el refugio del éxito, no se consienten una equivocación y por esa causa están destinados a repetir sus errores. Piensan que el mundo está fuera de ustedes y el mundo son ustedes.
Yo he estudiado Medicina en Estados Unidos, pero el amor por mi patria, así como una vocación soterrada que nunca me ha abandonado, me ha llevado a desempeñar este oficio. Siento, no obstante, que nunca he dejado de ser médico. Lo que ocurre es que he caído en la cuenta de que la mayor parte de las enfermedades del cuerpo están en el alma, y que los demonios que nos atormentan son nuestros propios temores. Nuestras acciones son las que nos enferman o nos curan. Ustedes lo saben, y sin que yo lo diga, el ojo interior de la conciencia se lo está dando a conocer, y pretenden vendarlo con fórmulas compradas. ¡Pues bien, construyan un granero con todos sus prejuicios, acuñen sus palabras en el banco del interés, conviertan el misterio del lenguaje en una literatura de cadáveres! Aún así, cuando la Trompeta del Juicio separe el polvo y descubra los miembros atrapados de la voz que clama desde la tierra, entonces se levantarán los muertos de sus tumbas y pondrán de manifiesto la verdad enterrada por tantos siglos, y para unos la verdad iluminada de belleza balará como un corderillo manso, y para otros la misma verdad encendida de ira devorará como un león hambriento sus falsas creencias. Porque en el fondo cada uno cree lo que quiere, o lo que está preparado para creer.
Ahí esá la Biblia de los Testimonios, el arte que la humanidad ha escrito desde inmemoriales épocas, y muchos leen los testimonios cual meros entretenimientos, y donde aparece la sangre y el fuego ellos enmarcan con cómodas mentiras la silueta de la novedad. “Vamos a comprar un cuadro” se dicen. ¡Ojalá se viesen reflejados en él tal que en un espejo más fiel que sus conciencias! Pero en fin, ¡quién sabe!, es probable que el camino que han escogido los conduzca al lugar donde se conozcan, y yo no adelantaré nada, como el cirujano que sabe que es mejor que sea la divina naturaleza – la naturaleza siempre sobrenatural- la que intervenga”.
No le costó demasiado a Kritanagara el hacer esta reflexión mientras asesoraba a los compradores, quienes lo escuchaban con los ojos muy abiertos y de vez en cuando pedían una aclaración. El deporte favorito de tales visitantes era coleccionar panfletos y folletos informativos con glosas y numerosas fotografías para convencerse, con tales muestras de servicio, de que estaban haciendo algo muy útil e incluso necesario.
Como carecían de sensibilidad alguna para apreciar cualquier acto de comunicación humano -y su sordera era voluntaria, puesto que los negocios absorbían toda su atención- buscaban en la valoración ajena una definición propia, y más que mirar directamente a las obras exhibidas, las veían con los ojos de quien se las describía.
Alentados por el ejemplo del matrimonio de compradores, otros muchos visitantes se interesaron en mayor medida por las piezas, como si el brillo de las joyas de la empresaria que consultaba al crítico los alumbrase para distinguir la calidad de los lienzos.
La galería empezaba a llenarse, y el marchante entrado en carnes comenzaba a excitarse, especialmente cuando vio llegar a otro grupo de marchantes y comisionistas vestidos de manera un tanto extravagante y bizarra que los identificaba entre los clientes o consumidores finales, en cierta medida despistados cual actores que acaban de recibir su papel y todavía no han tenido tiempo de aprenderlo, pero con una desconfianza ancestral y una conciencia de poseer algo que los demás desean. Los bedeles y las azafatas tenían cada vez más trabajo, y así lo demostraban yendo y viniendo para ubicar a los recién llegados frente a su próxima y más probable adquisición.
Cuado algo le decía a Kritanagara que el clímax del interés había alcanzado su apogeo, sucedió un hecho insólito que tardó cierto tiempo en ser interpretado. Entró en la galería un grupo de visitantes con uniforme – Kritanagara distinguió cuatro al principio, luego el número se duplicó- armados con fusiles de asalto. El crítico reconoció por las facciones a individuos pertenecientes a la etnia coreana. Uno de ellos se colocó en el sitio más visible de la galería – una tarima de yeso cubierta de losas de mármol que servía de púlpito a los inauguradores de las exposiciones- mientras los otros ocupaban las esquinas y los laterales. El de la tarima gritó una consigna castrense, y a continuación disparó al techo del recinto sin hacer fuego y varias mujeres, incluida la azafata que había hablado con Kritanagara, se desmayaron, y otras tantas chillaron y se abrazaron a sus acompañantes. Kritanagara mantuvo la calma, queriendo saber a qué iría a parar todo aquello.
El de la tarima alzó el brazo derecho y mostró un pañuelo rojo, mientras repetía una consigna que el crítico relacionó con un himno coreano de la Internacional Comunista. Otro de aquellos soldados apuntó a un lienzo que para el crítico había pasado desapercibido, un fondo en blanco con tres rayas negras diagonales que evocaba ciertos trabajos suprematistas de Malévich, y que no pretendía ser más que una provocación. Una bala atravesó la tabla y chocó contra el cemento de la pared abriendo un boquete en el dibujo. Acto seguido, el que había disparado se arrodilló ante el cuadro e hizo la señal de la cruz.
Algunos de los rehenes de aquel espectáculo procedieron a telefonear a la policía desde sus celulares, pero, como por arte de hechicería, ninguno de los móviles alcanzó cobertura. Afortunadamente, ninguno de los presentes se encontraba enfermo del corazón y no hubo daños humanos importantes. La mayoría de los espectadores de semejante trampa urdida para ellos creyeron que la irrupción violenta de los soldados constituía un golpe de estado contra el gobierno, pero se preguntaban por qué no sucederían los hechos en la cámara del parlamento, y no en una galería de arte.
Otros pensaban en un ataque terrorista – ¿cómo no serlo si los operantes eran coreanos y afines al demolido régimen soviético?- orquestado de una manera inusual y novelesca, que se diría sacada de un capítulo de Conrad. Y había quienes consideraban que se trataba de una manifestación populista para defender algún derecho social de ésos que figuran en los tratados internacionales para implantar un mercado global a mayor escala. Todos ellos estaban equivocados. Se trataba de algo más simple.
Terminado el acto sacrílego y aparentemente delictivo, los presuntos soldados depusieron las armas y el que todavía se encontraba sobre la tarima anunció en perfecto inglés que aquella había sido una actuación teatral pagada por el autor del lienzo fusilado para presentar su trabajo a la galería .
“¿Una performance?” pensó Kritanagara, y no pudo omitir una carcajada tan sonora que en la tensión de la circunstancia resultó imprevisible, y la mayoría de los espectadores forzosos del drama opinaron en sus fueros internos que el crítico había perdido el juicio.
Hasta que los soldados abandonaron la galería, nadie se atrevió a decir nada, pero terminado el incidente, todos se echaron contra la galerista culpándola de lo sucedido, aunque ella juró y perjuró que sabía del tema tanto como ellos. Los marchantes eran quienes más se quejaban, asegurando que habían perdido la oportunidad de vender sus piezas, y exigían una indemnización por daños y perjuicios a la galerista principal y a su equipo directivo, queriendo interponer la denuncia correspondiente por un delito de sedición y de daños contra la propiedad, y de irrupción violenta en un mercado legítimo.
Al día siguiente, la noticia ocupó las portadas de todos los periódicos nacionales, y llegó volando – como el Ave de la Fama de Virgilio- a las páginas de sucesos de la prensa de Europa y América, con el inaudito titular: Golpe de Estado en una Galería de Arte. Al cabo de una semana de producirse el hecho, Kritanagara tuvo ocasión de leer en otro titular que el lienzo fusilado insólitamente era el cuadro más cotizado de la exposición. Su precio había alcanzado los cinco millones de dólares, y se aguardaba que aumentase en las subastas, puesto que eran varios los inversores interesados en él. También la galería en la que Kritanagara trabajaba había subido de categoría y se encontraba entre las primeras del panorama mundial. Los pintores que habían expuesto su obra en ella, al comienzo indignados con el desagradable acontecimiento que había sido noticia en los medios de comunicación social, hubieron de reconocer que se habían beneficiado de aquello que criticaban.
El barón de T, el heredero de un linaje que había recibido su título nobiliario a consecuencia del negocio bancario de un ascendiente semita que había construido su fortuna en base a préstamos y concesiones de usura legal que habían logrado financiar guerras y campañas electorales, fue el célebre comprador del cuadro fusilado. El artista que lo había recreado en función de la moda y del diseño en boga y que había urdido la trama trágica de la puesta en escena, era en el fondo un empresario cuyo interés principal estribaba en vender una pieza de imitación en la que no creía, un aventurero que había comenzado como artista o más bien como diseñador de una moda decadente y que había terminado por venderse a los actores de la Galaxia Gutemberg. De todos modos, sin saberlo él, se había convertido en un intelectual al llevar a cabo una sátira lograda en contra de la amoralidad del falso criterio del comprador de arte. Kritanagara pensó que, como el profeta Daniel en la Biblia, había indigestado al dragón que los babilonios adoraban con los votos de un dios, ocasionándole la muerte al animal que sus adoradores consideraban inmortal. Procuró enterarse de la identidad del falso artista, supo que se llamaba José Luis Ledesma y que le apodaban el españolito , lo mismo que a Ribera. Leyó transcurrido un mes otra noticia suya, en la que se leía una confesión del propio falso pintor acerca del empleo personal del dinero que había recibido por la venta de su mentira, y en la que declaraba que el precio recibido no podía ser empleado en nada que tuviese la categoría de filantrópico, pues, según él, era un precio de sangre , o lo que es lo mismo, un precio de violencia y que solo podía ser invertido en un negocio relacionado con ella. El falso artista declaró su intención de comprar acciones en una empresa financiera.
Todavía se admiró más Kritanagara cuando leyó una autocrítica que había hecho el falso artista sobre el cuadro vendido:
Se trata, a mi modo de ver, de una composición alegórica sobre un misterio escatológico. El misterio de la Santísima Trinidad, venerado en todas las religiones originarias, desde el hinduísmo hasta el cristianismo, el culto más sintético y extendido. La teología asegura que se trata de una manifestación del dios oculto en tres personas a las que se les ha concedido un protagonismo en los tres periodos del tiempo: Padre, Hijo y Espíritu. Tres líneas de un círculo que nunca se cierra. Ciertamente, este dogma de fe no es en absoluto ilógico como se ha pretendido demostrar, y puede entenderse con claridad su representación en los evangelios que narran la vida de Cristo, inseparable de su mensaje, como el espíritu está unido a la carne, porque él mismo aseguró que había venido a unir lo que estaba separado. No obstante, su iglesia no siempre ha tenido en cuenta sus enseñanzas – que son por otra parte el aprendizaje de todo hombre o mujer verdaderos- y ciertos sectores clericales – los malos pastores- han querido negociar sus privilegios amparándose en su icono ecuménico, monopolizando la doctrina y recubriéndola de preceptos humanos – como los fariseos de la escritura, los doctores de la ley- y considerando herejes a todos aquellos que implemente demandaban un sentido más profundo, para la vivencia de los preceptos evangélicos, que son comunes a todo ser humano, quien, bautizado o no con agua, está llamado a ser iglesia. Todo aquel que, al igual que Tomás durante la eucaristía, toca las llagas de Cristo – esto es, la verdad de su testimonio, más allá del conocimiento o no de su persona histórica- cultiva una fe tan perfecta como cualquier otro. Por esa razón afirma el poeta Blake que el pecado o la expulsión del paraíso de la alegría – que es el jardín de la inocencia- ha venido precisamente por el cumplimiento de la ley, desde el momento en el que la ley sale del corazón humano y se separa de la conciencia y del sentido interior. ¿A qué queda reducido hoy en día el dogma de la Trinidad? Al Tiempo, al Trabajo y al Dinero. El misterio, el arte y la magia, la vivencia y la experiencia – de la que solo puede emanar el amor y la caridad- han sido sustituidos por una imagen simbólica e irracional que ha generado la confusión, pues el materialismo y el irracionalismo proceden de esta nueva idolatría generada por la violencia. Este es el agujero de bala que aparece en el lienzo. Y la puesta en escena es la información que nos venden los intermediarios – los intereses- como realidad. La discriminación está siempre presente, y la revolución también, como inmediata consecuencia, y el sensacionalismo del miedo constituye su atractivo, del que se alimenta la opinión pública, a la que desde ahora cedo la palabra.
– Un intelectual de pies a cabeza- se dijo Kritanagara, terminándose el café.

Por el valle de Bamiyan, a la sombra de las montañas donde se hallaba el nicho del Gran Buda esculpido, avanzaba un contingente de fanáticos armados y pagados por el gobierno. Un ejércit con tanques de la guerra afgano-soviética se situó frente a las enormes estatuas gemelas de los dos Budas de 55 y 37 metros de altura respectivamente, encañonó a las siluetas insinuadas en la roca e hizo fuego contra ellas desfigurándolas con ayuda de misiles antiaéreos y cartuchos de dinamita.
Los responsables de la acción violenta eran miembros pertenecientes al grupo de presión pública talibán, también llamado de los estudiantes, extremistas políticos que combatían – amparándose en la doctrina coránica y empleándola como escudo- contra la injerencia de los modernos valores del mercado mundial de la globalización, que amenazaba con destruir un orden social rígido y ancestral que había tardado siglos en configurarse. Las Naciones Unidas, a través del organismo de la UNESCO, condenaron el acto como una barbarie contra la conservación del Patrimonio Histórico y Artístico Mundial. El gobierno talibán de Afganistán, por su parte, en el poder político desde 1996, aseguró a través de las declaraciones de su Ministro de Exteriores, que la doctrina islámica condenaba las representaciones idolátricas y las prohibía por considerarlas un sacrilegio que favorecía los cultos religiosos abominables o contrarios a la doctrina, y las representaciones humanas se incluían dentro de estas manifestaciones, así que, puesto que el estado al que afectaba se declaraba confesional, las estatuas debían ser suprimidas por interés social.
De esta curiosa manera, las estatuas de las montñas de Bamiyan, situadas en el valle que abría y cerraba la Ruta de la Seda, el valle que fue descrito por el viajero oriental Xuansang como una región próspera para los ascetas budistas, con más de diez monasterios y más de un millón de monjes, y que sobrevivió a los ataques de los fundamentalistas islámicos del siglo XII, fueron demolidas el 1 de marzo de 2001, año de gracia que albergó el atentado simétrico – también provocado por el cuchillo talibán- del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas de Manhattan, ocasionando la muerte de miles de personas.
El fundamentalismo islámico había tenido una manifestación relevante en el Irán de 1979, con la abdicación del atávico sha de Persia y la instauración de una república islámica dirigida por el ayatollah Jomeini. Las causas del cambio social eran consecuencia del descontento de la oligarquía patriarcal en contra de la europeización de las costumbres y de la democratización de las leyes, para adaptarlas a los intereses de los grandes mercados internacionales que garantizaban el nivel de vida de la sociedad de consumo. La dinastía de los Pahlevi, instaurada a partir del golpe de estado del cosaco Reza Jan en 1921, había tendido a convertir el Irán imperialista de herencia meda en un país liberal y abierto a la civilización comercial de Rusia e Inglaterra trataban de establecer en el marco asiático, tocando con la vara de su influencia desde China hasta Egipto, promoviendo carta blanca para sus ferrocarriles y productos industriales hasta llegar a agotar los mercados locales que no podían compertir con los extranjeros. La revolución blanca, como otras tantas primaveras de los pueblos, constituía un mecanismo para vender nuevos derechos a cambio de mercancías que, lo mismo que el Caballo de Troya del mito griego, estaban preñadas de gravámenes y que un territorio como el de la antigua Persia, desde la era de Ctesifonte a la de Ispahán, no estaba dispuesto a aceptar sin poner en peligro la paz social, esa voz latina para la cual era necesario sacrificar ejércitos armados a los dioses de la guerra.
Cuando Persia se había rebelado – porque Turquía y el Magreb seguían siendo Europa y a su corte principesca se unirían-, también lo haría el Afganistán, pues la campaña de Alejandro Magno había vinculado a los dos países y el imperio mongol había estrechado sus vínculos. La Arabia de los nabateos, dividida en tres naciones desde la era antigua – Pétrea, Desierta y Feliz- y multiplicada por más, entre las cuales solo una conservaba su nombre original, se preocupaba únicamente de aprovechar el recurso sobrevalorado de sus pozos de petróleo.
Y aunque esta encrucijada de ejércitos disponía también del oscuro combustible de Mammón, el dios de la riqueza, era más útil como puente estratégico entre Asia y Europa, y las muchas manos que intentaban dominarlo chocaban entre ellas e impedían su normal desarrollo social y económico, el último de los cuales exportaba principalmente productos pecuarios como astracán y otras pieles. El atentado perpetuado por una célula terrorista talibán contra Manhattan ocasionó la ocupación del país por las tropas no solo estadounidenses, sino asimismo de otros países aliados que negociaban con el Gigante de la Libertad.
Afganistán, que a pesar de lo que se pudiese imaginar, era un estado constitucional que había acatado el dogma ilustrado de la declaración de derechos y de la división de poderes desde 1964 sin renunciar a la confesionalidad religiosa propia de los estados islámicos, se convirtió en un protectorado de facto no solo de Estados Unidos sino también de los países industrialmente desarrollados.
Una guerra cuyos daños no fueron debidamente evaluados destruyó sus ciudades y originó una serie de conflictos populares propios de los países en ocupación. Algo similar le sucedió a Iraq desde su tentativa de ocupar los yacimientos petroleros de Kuwait, de manera que pudiese corroborarse con un ejemplo histórico más la profecía apocalíptica de la destrucción de Babilonia.
En esta nueva etapa civilizada denominada por los sociólogos Globalización de los Mercados o Sociedad de la Información, una planta más en la Torre de Babel, el Capitalismo Financiero – ese invento de Mefistófeles- había terminado con su gemelo el Bloque Comunista Soviético, Rómulo había matado a Remo y trazaba los fundamentos de otra Roma más ambiciosa, cuyo mare nostrum no era ya un mar físico, sino una red global de satélites y telecomunicaciones. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, los conflictos europeos derivados de las Dos Grandes Guerras se desplazaron a Oriente Medio, en concreto al Israel refundado en 1948 por un puñado de estrategas sionistas que pretendían restaurar la patria de los judíos exiliados y perseguidos por los regímenes totalitarios surgidos en la Europa que había heredado la Crisis Financiera de 1929. Los conflictos armados de Israel contra la etnia filistea de la nación palestina cabían, empleando la analogía, en las historias de Flavio Josefo, y evocaban la maldición sobrevenida a la raza de Abraham y de Judá, la cual, a pesar de su obstinación social y de su tendencia a la usura – creadora, por otra parte, de los bancos que posibilitaron el desarrollo industrial de Europa-, había sido la comunicadora de la imagen más humana de Dios en la tierra.
¿Qué ha ocurrido en Afganistán que tenga que ver con los hechos que pretenden narrarse? He aquí el suceso.
Fue en Kabul, su capital, en el arrabal de Dar al-Fanun, concretamente en un café de intelectuales frecuentado por el autor de “Espejos” y por otros escritores y artistas que organizaban veladas literarias y recitaban, entre otros, a Rumi y a Omar Jayyam, donde se celebró un espectáculo – como se celebraba todos los sábados- de bailarines jóvenes contratados por los dueños de los locales y que recibían el nombre de waharaníes. Se trataba de jóvenes reclutados entre la población pobre y que por sus características físicas gustaban y seducían a los adinerados. Sus cuerpos evocaban a los de los efebos griegos, esos adolescentes como Cármides o Antínoo, que eran la delicia de filósofos y emperadores de canon antropófilo.
A los jeques de Afganistán ya no se interesaban las cabareteras ni las prostitutas y buscaban nuevos placeres sexuales. Los waharaníes eran explotados por sus proxenetas, quienes para asegurar su negocio los amenazaban con deudas de dinero que solo podían pagar poniendo sus cuerpos a disposición de los verdugos. Los jóvenes debían bailar semidesnudos delante de los clientes, y estos elegían al joven que más les gustaba para pasar la noche con él y llenarle la habitación de dólares.
En aquella ocasión, un mercader que traficaba con armas y que pertenecía a una red internacional extendida por todas las regiones del mundo a las que llegaban el ferrocarril, el barco o el avión, se había reunido con un distribuidor muy conocido entre los delincuentes del gremio, y que respondía al nombre de Sérgei Paulóvich. Este se encontraba sentado en una mesa redonda, fumando, acompañado de una esprecie de guardia de corps que lo protegía y lo alimentaba como una valva de almeja protege y alimenta a su inquilina.
El jeque ismaelita llegó caracterizado y acompañado de los suyos. Antes de sentarse, hizo una seña con las cejas al traficante, a quien no conocía personalmente. La consigna que recibió del ruso fue suficiente para disipar sus dudas y consentir quesu cuerpo adiposo se derrumbase sobre una silla.
– He traído lo que me has pedido- dijo en inglés arabizado- y también la cabeza del marsellés.
– Lástima que no fuese marsellesa, así compondríamos un himno al progreso – contestó el ruso, metiendo la mano en el bolsillo interior de la americana y arrojando a la mesa cuatro manojos de billetes nuevos que representaban la cantidad de cuatro mil dólares.
– Esto por el marsellés- declaró el jeque recogiendo el dinero- ¿Y la mercancía?
El ruso recortó un cheque de su talonario y escribió un número con siete ceros a la derecha.
– ¿Liquidado?- preguntó.
– Liquidado- respondió el jeque con cierta reserva- En cuanto se cobre. Eh, Intocable.
– Qué- contestó el ruso.
– El ángel está vivo.
– Claro que está vivo- respondió este- Tiene más de mil años.
– ¿Lo sabías?
El ruso dio otra calada al cigarro.
– Siempre lo he sabido- contestó.
Detrás de la mesa de los malhechores, un reportero italiano trataba de interpretar aquellas palabras, y llegó a deducir que pertenecían a un código secreto. En la propia mesa, no todos sabían lo que se estaba diciendo.
– El que resucitó de entre los muertos -comentaba el ruso con una sonrisa de máscara mortuoria ( parecía una mezcla de personajes de novela, y entre ellos destacaban los rasgos de Eugenio Oneguin de Pushkin, un híbrido mitad aventurero mitad vengador de la injusticia social)- ¿Quién podría saberlo?
– Nosotros- repuso el jeque, con ira- Él vivió entre nosotros.
– Pero el mundo no lo conoció- aclaró el ruso, clavando la mirada más allá del escenario- Y los suyos no lo acogieron.
– ¡Era un ángel!- protestó el jeque.
– Era un hombre- terminó el ruso, bebiéndose su vaso de whisky- Tu dinero te ha costado saberlo, iraní. Y aún así, nunca lo reconociste.
– Disculpe usted, excelencia – intervino un capo que pertenecía a la mafia neoyorquina, natural de Siracusa, quien acompañaba al aviador y traficante de armas Sergei Paulóvich, con tanto respeto hacia su persona cuanto era el temor que le infundía- ¿De qué están ustedes hablando? Si no estuviésemos en Afganistán en una reunión de negocios, yo diría que están hablando de Jesucristo.
– Estamos en misa; cállate, acólito- le riñó el Mercader de la Muerte en italiano al curioso de su propio bando- No interrumpas al cura ni al diácono.
Todos los subordinados se rieron.
“Será una broma” pensó el capo, pero la idea no le convencía.
– El hombre es un animal oportunista- declaró el Mercader de la Muerte alzando su copa e invitando a brindar- Celebremos su muerte y su resurrección. ¡Eh, imán, únete al rito!
El jeque acercó su copa. Se oyeron gritos en el café, y los malhechores echaron mano a sus pistolas. Una mujer chillaba mientras los guardias de seguridad la amenazaban, y sus gritos interrumpieron la representación. El ruso sabía que las autoridades volverían a perseguirlo, y que la ficción de la fuga continuaría, anunciada en los canales telemáticos del laberinto mediático, y por esa razón tenía miedo y solo confiaba en la violencia de sus armas. Si su trono era el temor que desprendía, si su cetro eran sus crímenes – más de un millón de muertos llevaba a la espalda-, sus súbditos eran todos aquellos que temblaban ante su presencia y que no podían mirarle a los ojos, porque su miedo era mayor que el de ellos y en cierta manera lo absorbía como el abismo absorbe el alma del condenado.
La mujer parecía histérica, poseída por la locura. Gritaba y se debatía como si la fuesen a matar. Su velo negro había caído y sus cabellos blancos de matrona se agitaban mientras movía la cabeza con el furor de una ménade. De pronto apareció subida al escenario, y su mirada de Furia se clavó en los espectadores durante un segundo y llegó a petrificarles el corazón. Estrechó por el talle a un joven waharaní que acababa de bailar para el público, y hasta los guardias temieron tocarla en ese instante. El organizador del espectáculo salió entonces de entre bastidores. Era un viejo enclenque, nervioso, con los dientes negros. Riñó a los guardias por permitir que fuese interrumpido el espectáculo y quiso enfrentarse él mismo a la mujer para dar ejemplo de falta de escrúpulos. Pero cuando se aproximó a ella apretando los dientes, se abrasó con el fuego que desprendía su cuerpo, y vio sus manos curvándose hacia él como garras de fiera dispuestas a arancarle los ojos si se acercaba. Eran las pasiones con máscaras de tragedia – los dioses de la sangre que interpretan el comportamiento humano- las que recobraban su dominio para destruir a quienes las habían despertando de su morada telúrica. Producido este cambio, el cobarde parecía valiente y el valiente, cobarde.
– ¡Es mi hijo!- gritó la mujer en árabe, y los cimientos de la casa se conmovieron en la mente de los circunstantes.
Nadie sabía qué hacer, y el silencio revoloteó en la estancia cual una maldición imposible de alejar. Incluso algunos oficiales del ejército que se encontraban allí, hombres que habían presenciado muchas muertes, estaban impresionados y no se atrevían a mover un dedo.
De pronto se oyó una voz.
– ¿Cuánto vale su libertad?
Algunos pensaron que se trataba de la voz de un ser invisible y temblaron de pies a cabeza, pero la voz provenía de un hombre de carne y hueso, el mismo a quien llamaban El Mercader de la Muerte.
– Veinte mil dinares- gritó el organizador del espectáculo, excitado permanentemente por un veneno de temor que le corroía el vientre.
El ruso seleccionó un manojito de billetes, ordenado como un ramo de flores.
– Te doy diez mil dólares y no me devuelvas el cambio – ofreció al organizador, quien se acercó para recibir de sus manos el premio- Puedes soltar al esclavo. Piel por piel, viejo zorro.
El dinero desapareció en las manos del hombrecillo, que sonrió arcaico con un gesto protocolario de ídolo fenicio. La madre del joven liberado corrió hacia el ruso y se echó a sus pies, besándolos, y repitiendo suras coránicas. También el propio joven le dio las gracias mostrando sus ojos tímidos. Se trataba de un muchacho de dieciséis años, que apenas había ido a la escuela, y que cayera en las manos de los proxenetas por un descuido: con la promesa de entrenarse para participar en los Juegos Olímpicos de Pekín, lo habían alojado en una habitación de hotel en la capital y acto seguido le habían exigido el pago del alojamiento alegando que los hombres que habían tratado con él de palabra eran testigos de que él se había comprometido a pagar. Le mostraron cuentas falsas y, puesto que el joven no eran hombres de mundo, lo convencieron de que era responsable de un delito de estafa y si no abonaba las cantidades impagables que le exigían a corto plazo, amenazando con resarcirse en sus bienes familiares para liquidar la deuda impuesta, debido a que él no había alcanzado la mayoría de edad. Tanto lo asustaron, que se ofreció a hacer todo lo que fuera posible para evitar condenar a su familia, y cuando percibieron su debilidad, lo obligaron a prostituirse en los locales de espectáculos convenciéndolo además de que ellos se habían portado como amigos suyos y ganándose su confianza para encadenarlo a ellos el mayor tiempo posible. La reacción generosa del ruso no dejó de parecer extravagante a sus secuaces y socios, y lo atribuyeron a haber bebido más de la cuenta. Todos recordaron más tarde que aquel día estaba inexplicablemente distinto.
Entre los circunstantes, un policía en servicio secreto que había recibido la misión de detenerlo antes de que pusiera los pies en territorio ruso – tras haber sido absuelto por falta de pruebas en los tribunales de Calcuta merced al soborno institucional- se quedó muy sorprendido por el acto de liberalidad del fugitivo, y, como declaró en una ocasión, de haber sido por él, “lo hubiese dejado libre, porque menos actos de pureza moral he presenciado entre las clases dirigentes que aseguran el pan que como, y tantas veces he echado mano a la boca que me cuesta soportar lo que llevo dentro”.
Pero pronto el jorobado y enfermizo maestro de ceremonias reanudó el interrumpido Banquete de Baltasar en el que una mano invisible – tal vez la misma que la del conjuro monetario de Adam Smith- escribía una palabra con sangre. El espectáculo debía continuar. El lenguaje de la mentira proseguía edificándose hasta estallar devolviendo sus espectros cinematográficos a la naturaleza de la que habían salido.
Varios espectadores, incluidos soldados y oficiales de los ejércitos de ocupación, solicitaron la compañía de un efebo. En la calle resonó la terca detonación de un explosivo, como el primer movimiento de una orquesta. Después, los gritos de la gente hicieron coro entre las ruinas y el polvo de un edificio oficial recién demolido por una carga de dinamita. Las ambulancias y la Cruz Roja llenaron con sus luces y sus sirenas las calles laberínticas de una ciudad sitiada, y las camillas fueron y vinieron transportando heridos.
“Algo grave debería suceder” pensó uno de los que acompañaban al ruso, escarbando en sus bolsillos, sin comprender por qué su amo estaba tan tranquilo, regocijándose en un café del centro de Kabul y realizando actos excéntricos, cuando sabía que le habían puesto precio a su cabeza y que no podría resistir por mucho tiempo sobreviviéndose a un mal devorante que cada vez reducía, trampa velada, el círculo de actuación, y cuyas paredes de amenaza y de angustia se acercaban para aplastar a quien se había ocultado entre ellas. “No me parece lógico. Esto no me parece lógico” se decía preocupado, perdido en el tiempo cuyas horas lo acusaban a él y a sus compañeros. Hubiera preferido el peor desenlace a la espera más absurda. Hubiera preferido… y se tocó la garganta con la mano abierta.
– El que resucitó de entre los muertos- pensó el ruso rendido al ilusionismo del alcohol aunque todavía consciente de sus cada vez más débiles actos- Todos los dioses cabían en el hombre y lo entregaron a la muerte, pero el Corazón, el Oculto, se rebeló contra ellosy rompió sus cadenas. Lo libró de la esclavitud y lo condujo a una tierra nueva rasgado ya el velo de su temor o de su desierto. Fue atravesado por las sombras, pero su frágil luz no pereció. Fue elevado por encima de las sombras, fue redimido por un latido anterior a él y amaneció en todas las formas posibles, porque su obra fue un cuerpo, una imagen simbólica que lo manifestaba y que nunca lo dejó solo, relevado en los latidos de todos los corazones. La muerte no sobrevivió. La vida se entregó y vivió. El Corazón es testigo de un latido anterior a él, como el hijo es testigo del padre o el pensamiento de la acción.
Los ojos del ruso buscaron complicidad en los demás, pero se encontró con que todos tenían el mismo rostro. Eran sus enemigos, porque le devolvían la imagen de sí mismo sin compasión. ¡Eran él mismo! “¿Quién me librará de mi rostro interior?” pensó el ruso. “No puedo huir de mí, ¿dónde me esconderé que no me vea?”.
– Oh, Dios mío, Amor, líbrame de mis demonios- imploró desde su dolor- Líbrame de mí mismo y dame un corazón nuevo.
Siempre se había sentido orgulloso de su habilidad para engañar. Su astucia lo libraba del castigo y le concedía un ascendiente sobre los demás que le confería un poder misterioso, pues la esencia del poder es el miedo. “Si se teme algo, lo que sea, debe ser aprovechado para infundir temor en otro y dominar su voluntad” se decía, creyendo en los aforismos que una experiencia de timorato le dictaba. “El individuo más fuerte entre dos, es el que más teme” aseguraba también, y estas normas estaban grabadas en la piedra de su memoria, como los preceptos de un pueblo rebelde habían sido grabados en una piedra inerte, con el testimonio de un siervo que copiaba los artículos de una ley aprendida inspirándose en el código imaginario de los estallidos del trueno en la cima del monte Sinaí. ¿Quién podría conferir a la piedra de la memoria, manipulada por el error, la consistencia de un cuerpo vivo? El espíritu desconocido de la más interna voluntad, subsumido en la regla del aprendizaje, se debatía por rebelarse y la lucha interior entre los opuestos se recrudecía tanto que la agresividad de su paciente obtenía la energía necesaria para despertar la inteligencia del mal y no caer en poder de nadie, aboliendo toda dominación, cual si su muerte estuviese decidida en un momento y lugar concretos, y para el resto delas trampas fuese inmortal. ¡Su castigo era una fuga perpetua! Y su trampa era él mismo.
En Estados Unidos le aguardaba la silla eléctrica, el único asiento reservado para su persona, y los muertos lo condenarían y los vivos lo acusarían diciendo: “Ese hombre mandó a mi padre, o a mi hijo, o a quien más amaba”. La sangre derramada habla desde la tierra, y su voz clama al cielo y se abre camino hasta la palabra que ha creado el mundo. Un ojo se abre en las sombras, y no es más que el tuyo. Buscando el país de Nod – la soledad- Caín avanza sin detenerse para no recordar, y el mundo tampoco se detiene, rueda más y más deprisa porque él así lo ve: progresa, comercia, evade, trafica, mata, sufre, se desvanece y vuelve a surgir, no se detiene porque no tiene tiempo, el tiempo lo ha hechizado. Caín engendra un hijo, edifica la ciudad de Enoc destinada a perecer y descubre que otro Enoc – un descendiente de su hermano muerto a sus manos- ha ascendido al cielo de la verdad de donde procede la luz y la vida. Da vueltas y vueltas alrededor de sí mismo, y a veces un acto de generosidad lo detiene, pero vuelve a girar y a girar alrededor de la noria de su pecado o de su miedo.
¿Por qué la infancia, o la inocencia perdida, se aparece entonces envuelta en un nimbo inalcanzable? ¿Por qué Sergei Paulóvich, el Mercader de la Muerte, a quien ninguna traición pudiera sorprender, se turbaba evocando a un niño que jugaba con una espada de madera en Novgorod, donde sus padres, obreros de la metalurgia y de la industria textil, lo habían traído al mundo? Los niños de la escuela, cuya sirena pitaba como la de las fábricas del koljós que eran exactamente iguales desde la revolución soviética que antes de ella – su retrato ha sido definido por Gorki en un aguafuerte literario de sereno vigor- entraban y salían por una estrecha puerta tatuada de símbolos indescifrables adorados por os adultos a un gigantesco campo de concentración para la infancia, donde profesores de severa regla imponían a los aún no formados seres humanos en miniatura dogmas de disciplinas científicas practicadas por los señores viejos que se habían pasado la vida investigando acerca de cuestiones que poco o nada tenían que ver con el aprendizaje natural de las vivencias personales.
Los niños respetaban a aquellos matemáticos, físicos, literatos e ingenieros como se respeta a los santos de las estampas, pero no comprendían por qué se necesitaba que se memorizasen su legado sin entenderlo y en tan poco tiempo, por qué los severos y disciplinados torturadores de camisa y anteojos los obligaban a odiar toda forma de comunicación humana y considerar un sufrimiento todo disfrute personal, instaurando un régimen de control sobre lo espontáneo y maravilloso de la experiencia libre.
Se escribían fórmulas científicas sobre su piel de niño marcada con hierro candente ( e=mc, recordó), se reducía el mundo a los elementos de la Tabla Periódica de Mendeleiev, la gravedad de Newton trazaba un círculo de llamas sobre un jardín de juegos. ¿Por qué todo aquello? ¿Por qué se hacía cargar a niños indefensos con las culpas y las preocupaciones de las generaciones anteriores? ¿Por qué fabricarse un enemigo? ¿Contra quién azuzar el odio y el descontento? Por todas partes hoces, y martillos, y cruces e iconos dorados contra la paz del individuo. Por todas partes representaciones de la muerte y adoraciones del castigo. ¿Qué habrían entendido de la Biblia los adultos que escuchaban cada domingo: Dios no ha venido para condenar, sino para redimir. Convertíos de corazón?
Fue entonces cuando el tiempo lo raptó en su máquina de ilusiones y cuando juró que su espada de madera era un arma. Fue cuando huyó de Rusia a Estados Unidos, cuando aprendió en aquel país que aseguraba haber llegado a la luna las tácticas militares, fue allí donde ascendió a oficial de aviación regresando con un título bajo el brazo cuando la Unión Soviética había renegado de su utopía espartana, pero ya era tarde para frenar a quienes ya habían aprendido de ella. Sergei Paulóvich conocía el camino para aprovecharse de las debilidades de las naciones. Su inteligencia lo servía y la tierra del lenguaje humano se hallaba a su disposición. In hoc signo vinces había aprendido de los fundadores de imperios. “El único signo es la muerte, la figura del miedo” había completado él. Necesitaba vencer para librarse de la victoria.
Comerció, viajó, colaboró con un ejército de forajidos como él, con el mapa del mundo – su triste representación- marcado por su estrategia. No murió, vivió para matar. Sabía que si él no hubiese aprovechado su baza en el juego financiero, otro lo hubiese hecho en su lugar. ¡Y él había sido educado para fabricar enemigos! Si el fariseo, el burgués o el millonario utilizan la ley a su favor, también lo pueden hacer el levita y el publicano, el cura y el aristócrata, y a sangre y a fuego se mantienen los poderes y las civilizaciones.
El amor de las mujeres no llegó a rozarle la piel, e incluso enamoró a una empleada de fábrica para que lo siguiera por todo el mundo y fuese su concubina y su esclava, anulada su voluntad, que tal vez pudiese ayudarlo. Si la idea de la venganza no se hubiese apoderado de él, sería un hombre bueno. Pero la ignorancia y la costumbre lo habían convertido en un malvado, y esa idea albergada y mantenida con odio y sufrimiento no comunicado se había aprovechado de él con la tenacidad con la que él pretendía apoderarse de ella.
“Occidente es el extremo del mundo donde se estudia lo que no se comprende” le había dicho una vez un empresario chino con el que había tratado, y hubiese pasado por un una observación de Confucio. Desde su último viaje a Biafra, cuya guerra civil había favorecido, después de rescatar a varios dirigentes políticos de manos de terroristas para poder seguir negociando con ellos, había venido repitiendo cual un mantra o un salmo la frase o verso bíblico: El que resucitó de entre los muertos. ¿Podía existir alguien que lo resucitase de los suyos, a los que élmismo había matado para conservar su autoridad sobre otros malhechores semejantes a él? ¿Quién lo resucitaría de sus muertos? ¿Qué Dios hecho hombre o qué hombre hecho Dios?
Porque al igual que cualquier emprendedor que se preciase, desde Julio César a Napoleón, podría librarse de la cárcel de los demás, pero no de la suya propia, no de su yo impuesto y encadenado en la cárcel de su mente, no de su mentira que era a la vez la Mentira Universal, el expulsar lo divino de lo humano y el adorar su imagen con múltiples sacrificios, cuando todo está dentro de uno mismo, pues lo más grande cabe dentro de lo más pequeño.
Por eso había intercambiado con el musulmán palabras que se referían a otro asunto relacionado con los negocios pero que sin percibirlo ni él mismo, albergaban otro sentido que tenía que ver con él.
Le dolía la cabeza y había bebido más de la cuenta, pero continuaba atento a su alrededor. Sus adláteres discutían y lo dejaban en su soledad tenebrosa. Alguien se acercó a él y le comunicó algo al oído. “Muy bien, es hora de huir” se dijo. A una seña se dividieron los dos partidos y oriente y occidente, el musulmán y el ruso, se fueron cada cual a hacer su propia cruzada. “Otra vez el enemigo. Defendámonos” se ordenaron, y sus inteligencias regresaron a las trincheras. La red de los contactos sociales caería sobre ellos en nombre de los Derechos Humanos, de la Paz Internacional, de la Buena Fe de los Negocios, y de todas las verdades a medias de las que se habían aprovechado. Pero el tiempo les brindaba la oportunidad de eludir la responsabilidad una vez más.
El policía infiltrado salió detrás del ruso, pero cuatro guardias de seguridad pagados por el dueño del café de espectáculos, quien estaba al tanto de todo, impidieron su salida pretextando una aclaración acerca de la cuenta. El musulmán siguió al ruso hasta la esquina del Hotel Mourad, donde se alojaba la clase política del país en representación de un pueblo inexistente que alimentaba intereses extranjeros de casi todos los países de economía industrial que pasaban por ser los árbitros de los negocios internacionales. En una cumbre celebrada hacía poco, la prensa se había referido a ellos con la denominación de Los siete grandes. Sergei Paulóvich había emborronado el titular y había escrito Los siete pecados capitales. Esta aclaración no hubiese tenido importancia si el Mercader de la Muerte no se sintiese sujeto a ellos, pues durante toda su vida se había educado en sus procedimientos.
Descendió al aparcadero del hotel y buscó su jaguar con la vista, oprimió el botón del mando a distancia y se encendieron sus luces. Un hombre escondido detrás de una columna lo aguardaba, pero ni él ni sus guardaespaldas lo vieron. El oculto, uniformado de soldado estadounidense, juró en voz baja: “Adiós, Sergei Paulóvich. Pagarás la muerte de mi padre Casimir Olof y toda la vergüenza de mi familia, pagarás céntimo a céntimo la ruina del empresario Kossuth, la muerte de los inocentes de Biafra, el destierro de los yugoslavos, pagarás hoy todas tus deudas”. El soldado se escabulló en la sombra, pero la lámpara encendida de uno de los guardaespaldas lo descubrió. Tuvo que levantar las manos y entregarse. Sergei Paulóvich supuso que sería un espía. “¿Lo eliminamos, señor?” le preguntaron sus guardaespaldas. El ruso lo miró a la cara y reconoció los rasgos de Casimir Olof, y comprendió. Puso un cheque a su disposición de mil millones de dólares por los dividendos de su padre. “¡No quiero tu dinero!” protestó el joven a punto de rasgar el papel. Sergei Paulóvich se lo impidió. “Por favor” dijo tocando su mano, “es lo único que puedo hacer por tu padre. Acepta su herencia y mis condolencias”. El joven escondió el papel. “Vete de aquí” le ordenó. El joven se dio la vuelta para marcharse, pero algo le hizo volver atrás.
Sergei Paulóvich se encontraba abriendo la puerta del conductor y los guardaespaldas ya habían ocupado sus asientos en el coche. “No dejaré que mueras. Al menos, has sido generoso por una o dos veces en tu vida. Eres un pobre hombre vendido al mal, un ignorante de tu propia naturaleza, como lo soy yo, que pretendía matarte. ¡El tiempo te concede una oportunidad! ¡Sálvate! ¡Vamos, sal de tu ataúd!”, y pensando esto, el joven de las sombras corrió hacia él y lo asió por la muñeca izquierda y le dijo al oído: “Hay una bomba en el chasis. Cuando la llave haga contacto…”. Sergei salió del vehículo precedido por el joven, pero en ese instante los guardaespaldas, quienes habían visto una ocasión para rebelarse y alzarse con lo que guardaba el coche de su patrón, se apoderaron de la dirección del vehículo y encendieron el motor. Una explosión resonó en la cavidad del aparcadero y una ola de fuego y humo iluminó la boca subterránea y desplazó parte de la carrocería del coche hacia adelante, doscientos metros más adelante, y una pieza de metal golpeó la nuca de Sergei Paulóvich produciéndole una herida superficial que no llegó a ser traumatismo. Al joven que lo acompañaba le alcanzó una biela del cigüeñal y le hirió el muslo derecho levantándole la piel aunque sin dañar el hueso del fémur.
– Estás vivo, Sergei Paulóvich- le susurró el joven al oído a su antiguo enemigo, con los oídos todavía ensordecidos por la explosión.
– Gracias a ti, gracias a ti- respondió el Mercader de la Muerte, y agregó- Tú eres el ángel que me ha resucitado de entre los muertos.
Sexto Enigma

Los naipes del azar se han dispersado
entre dedos, entre generaciones
la providencia de tu sentimiento
los convirtió en semilla de otros dones.

En otro orden tuvo el alma asiento,
perdido en su materia el sufrimiento.

( Quienes lean estas líneas, sepan que pertenecen a una pieza teatral, y que las coincidencias que puedan existir entre la vida personal del lector y lo que está escrito son pura casualidad sin causa aparente)
UN COMENTARISTA: En otra época pertenecí al cielo y me contaba entre las altas jerarquías de sus poderes vestidos de blanco.
Era ligero como la luz, y podía volar y situarme al mismo tiempo en todas partes.
Pero cometí el error de pretender entender mi libertad, por eso me disfracé de ardides y repté en el cuerpo de la serpiente al centro de mi debilidad, y allí seduje al primer hombre y a la primera mujer. Quiero decir, que destruí el paraíso de la unidad para desdoblarme en un actor de mí mismo.
– Veamos – me dije entonces- ¿Por qué no utilizar al hombre a modo de arma contra la voluntad natural? Si abolimos la inocencia e inauguramos el camino del tiempo, lo invisible saldrá del corazón y se convertirá en visible, y la creación será una cifra de números correlativos. Será necesario mucho dolor para regresar de nuevo al paraíso de la unidad, y la única puerta será la estrecha entrega a la cruz de los demás, y mientras tanto, mi sombra reinará sobre todas las sombras que creen ser hombres. ¡Alejemos el mundo cada vez más del hombre para que la sombra de su conciencia – su verdad- huya de él y su carrera estéril no pueda alcanzarla!
Esto juré a título de único mandamiento. Y lo más asombroso y divertido del caso es que yo nunca he sido más que un pensamiento del hombre, una figura de su temor a la que se le atribuye el castigo de la misma manera que a Dios se le atribuye el premio.
Pero yo no soy otra cosa que un desdoblamiento, una máscara que representa el papel que se le ha encomendado. Soy una ilusión, y si puedo hablar y definirme a oídos de quien me escucha es porque o bien me conoce, o bien conoce a quienes me cnocen y no pueden comprender, desde su presunto conocimiento ilusorio, las causas de mi comportamiento.
Me llaman sabio, y yo me río al oírme llamar así, y así me río de quienes me llaman Diablo. Porque y he venido al mundo invocado por quienes me temen.
Entonces, ¿por qué me maldicen si me han invocado? ¡Qué ilógica contradicción! ¡Si soy una máscara suya, insultan a la máscara y siguen representando! ¡Y tienen miedo de perder la vida, asegurándola con mis falsos consejos, cuando su propia muerte, la proyección de su sombra, es su único seguro!
Los hombres abrazan la locura. Por esa razón, cuando se les aparece la verdad, la confunden con ella y la imaginan terminal, sádica y atormentada, clavada a un leño y coronada de sus propias espinas, aunque ella misma ha dicho en boca de sus discípulos: Mi carga es leve y mi yugo liviano.
Puesto que no han querido verla tal como era, se les apareció entronizada con los terrores de la muerte, a la que ellos la habían entregado igual que se entrega el malhechor al verdugo.
En semejante confusión solo es posible afirmar: Quien pierda la vida la ganará, y quien la gane, la perderá.
¡Una frase de tragedia! No obstante, una frase liberadora, que devuelve al espectador de su destino su imagen perdida para que el desdoblamiento de la pieza teatral regresa al origen del pensamiento y de la acción.
De esta manera sucede con el mundo: lo ven desde lejos y se lo figuran como una esfera rodante sostenida por un pilar invisible en el Desconocido y pretenden discutir sus leyes a las que ellos mismos han despertado con su afán de descubrirlas, y concluyen afirmando categóricamente que “todo es vanidad bajo el sol”. ¿Cómo no va a serlo si ellos así lo ven? Al ojo se asoma el corazón y ve lo que está preparado para ver. Todas las sombras dirigen a la luz que emana del ojo que las proyecta. Dejadme que me explique con una fábula, porque el Diablo siempre se explica con fábulas.
Las naciones se endrebtan las unas contra las otras, y los estados – los intereses- luchan por la dirección de la guerra. Las épocas no existen más que como ficciones que esclavizan al que acaba de nacer, sometiéndolo al hábito de unas costumbres. Yo negocio con todo esto y obtengo cuantiosos dividendos, porque la sangre de los muertos es lo único que me mantiene vivo. Todo aquel que mata o pretende matar o dominar a su hermano en la vida para sobrevivir a su culpa y seguir matando y dominando, ese es mi socio y comisionista principal, a quien corono con la victoria en nombre de su perversidad. Mi socio es un hombre de negocios, y yo cedo todo mi crédito a quien se arriesga a servirme, pues en el banco de mi odio jamás falta capital para seguir odiando. Yo ofrezco la comodidad de no tener que pensar en nada más que en odiar y en temer.
Permítaseme que describa a mi socio ideal, y discúlpeseme la elección del sexo masculino, pues ni aunque el bien ni el mal entienden de sexos, la mujer es apta para iniciar procesos, y el hombre para llevarlos a término. Mi hombre de negocios ha visto muchos cadáveres insepultos y abandonados en el campo de batalla, y se ha dicho “son los siglos que no han alcanzado el conocimiento del presente”.
Entonces, con los escasos consejos que ha podido robarles, ha comprado una o dos hectáreas de conocimiento, lo ha vallado con alambre de espino y ha levantado un edificio de ruinas adosadas con arcos y tracerías, mampostería y estatuas con los miembros amputados. Allí ha abierto un restaurante y ha invitado a los exiliados de las encrucijadas a comer y a beber a cambio de un precio de sangre. Y ha anunciado: “Esta es una nueva civilización, el refugio de una utopía. ¿Recordáis el antiguo paraíso, arcadianos, icarianos, refugiados de la guerra? Aquí se os ofrece su evasión artificial, su recuerdo embalado al vacío. Seréis servidos instantáneamente, pero a cambio olvidaréis quiénes sois y quienes pudiéseis haber sido”.
Los viajeros se acomodan en el restaurante y se les sirve una enorme hamburguesa y un vaso de alcohol. Todos ellos tienen ante sí la misma hamburguesa y el mismo vaso de plástico con alcohol, todos comen y beben al mismo tiempo, masticando mientras hablan y conversando de asuntos fútiles. Los espejos han sido sustituidos por pantallas en las que se proyecta la representación de un juego imposible que consiste en hacer rodar un pedazo de cuero hinchado que no puede moverse por sí mismo, pero a quienes todos adoran como si el movimiento partiese de él.
Los equipos se enfrentan por el control del movimiento de la esfera simulada, y jamás alcanzan la inmovilidad de la victoria, puesto que el movimiento parte de ellos. Las pantallas se alimentan de la energía de la luz y, entre todas, con el resplandor de una llama de vela, animan ejércitos de sombras cuyas armas chocan sin herirse imitando las de los arquetípicos soldados de la Guerra de Troya, cantada por los ancianos que han visto elevarse las murallas de las civilizaciones.
Cuando los viajeros han terminado la hamburguesa, sus estómagos comienzan a dolerles, tal que si amenazasen con vomitar su contenido. Y es que la carne de la que se han alimentado y la droga de la que se han embriagado procedía de sus propios órganos vitales, manipulados por una cirugía invisible que les había sido practicada por la mano de sus servidores, quienes habían extraído las preciadas vísceras de los cuerpos anestesiados por las secuencias de las pantallas, anteriores a las hamburguesas y a los vasos de alcohol.
Sienten hambre y sed de nuevo, y piden otra consumición, pero cada vez se sienten más débiles e incapaces de levantarse de sus asientos, ni tan siquiera para ir al baño a satisfacer sus necesidades naturales.
¿Y mi hombre de negocios? ¡Ahí lo tenéis: eufórico, activo, ufano, licencioso! Su mente, poseída por mí, es una hermosa y bien nutrida bestia que traga las virtudes de los hombres y las eructa en forma de burbujas efímeras que bailan en el aire antes de desaparecer. Su vientre elástico devora las apariencias y las amolda a su sombra monumental, y su éxito consiste en este único hecho: engullir apariencias y expulsar burbujas que bailan en el aire.
Una estética alegórica se sienta sobre esta bestia que amolda el lenguaje a los intereses. Se trata de una esbelta idea, vestida de mujer tatuada de signos que han perdido su representación y que solo son emblemas de un pasado desvanecido: millones de cruces en su piel blanca, en sus senos, en sus piernas, en su cuello, en su pubis oculto por una gasa transparente. ¡Se trata de la misma visión antigua, pero mejorada por la costumbre! En fin, ese es mi hombre de negocios.
Mientras tanto, millones de hombres y mujeres – y también niños- atraviesan el mundo que para ellos adquiere la forma de un alto monte de difícil ascenso. Sus vestiduras blancas están sucias de sangre, pero sus ojos están clavados en el horizonte y sus miembros, parcialmente atados a cruces invisibles que los paralizan cual enfermedades, se van liberando a medida que caminan.
Ni las fieras más audaces tocan sus cuerpos, pues la naturaleza los sirve con sus las de sombra, y convive con ellos, quienes no se rebelan contra su verdad. La bestia de la mente envilecida no puede fagocitarlos, y ellos pisan el horno de su ira sin quemarse, mansos cual corderos que siguen a un pastor que los precede y que no los abandona, porque procede de sus vidas y las mantiene en vigor con el mensaje de la atención.
¡Ay de los embriagados del restaurante y gloria a los peregrinos del camino, pues contra estos últimos no puedo hacer nada, ya que ni tan siquiera existo para ellos! La sociedad se ha dividido en dos bandos: la de los buenos y la de los malos.
Solo los últimos me pertenecen, y me engendran cada día y me confieren un poder del que me burlo.
Pudiera triunfar en mi empresa, pues poseo y me posee la mitad de la creación, la que se alimenta de mis goces que son veneno para su humana salud.
Además, los mapas de la distracción me pertenecen, y en ellos dibujo y diseño todo lo que me viene en gana, y en cada truco evasivo pongo una trampa. Soy el protagonista y único personaje de una gran historia colectiva.
No obstante, en mi astucia, ¡ay!, reside mi propia debilidad, y así lo ha previsto mi Otro Yo al que llaman Ser Supremo, de quien procede la sombra que soy. Este sutil Padre ha engendrado un Hijo, un Misterio Oculto, y por más que me desvelo por encontrarlo y darle muerte antes de que se desarrolle en su plenitud y deponga mi trono, no es suficiente toda la ciencia para descubrirlo.
¿De qué sirve la malicia cuando sus planes pertenecen a otros planes? ¡Y soy yo quien lucho contra mí mismo! ¡Actor de otro actor! ¡Absurdo! ¡Ya ven, yo que me creía tan lógico que lo tenía todo previsto hasta el final, y ese final se me ha escapado de entre las manos!
Tampoco mis siervos son míos, ni el hombre de negocios es mi profeta. ¡Todo me ha salido al revés de como lo imaginaba! Porque los peregrinos justos que han alanzado la cumbre del monte han encendido una hoguera cuyas llamas pueden verse desde todas las partes del llano, y los clientes del restaurante se han despertado y han salido en pos de la luz encendida.
Yo no puedo hacer nada para apagar esa luz, porque los hombres la han encendido con sus propias manos. Es la imagen más plena del espíritu, su cuerpo luminoso situado en un lugar donde es visto y reconocido. Hasta los ciegos y los ciegos que guían a otros ciegos lo ven en su memoria cuando escuchan el crepitar de las llamas y las voces de los justos, que suenan con la cadencia de un himno.
Tengo que reconocer que presiento temor cuando padezco esta humana representación. Ignoro entonces dónde quedan el telón, las candilejas, el escenario, las butacas, que parecen haber desplazado su centro como suele hacerlo la ciencia de los hombres. Presiento que el misterio recién nacido está operando, y que no consigo lograr la catarsis deseada. Mis copias pierden su resplandor, y yacen extendidas con la inercia de las ruinas.
Las pirámides y las esfinges de simétrico terror y de magnífica mirada, los anfiteatros cerrados en sí mismos, los acueductos, las torres, las murallas, los puentes colgantes superando la barrera del espacio, las carreteras incluso aéreas y marinas, los satélites mecánicos que recofgen imágenes de las alturas, las banderas y los estandartes, los clarines de las batallas, toda esa imaginería de artefactos y de símbolos entre los cuales encarcelé a la humanidad sumiéndola en un delirante campo de concentración donde mi sombra los confundía y el gas de mi boca los intoxicaba – ¡ah, era ese el restaurante donde ellos imaginaban alimentarse!-, todo eso se echaba sobre mí y me arapaba en un círculo infernal y yo me sentía enterrado, como si sobre mi pecho y mi espalda pesasen millones y millones de estratos telúricos que colocasen una losa sobre mi cuerpo de dolor inmovilizado.
El plan de ese al que llaman Dios me sorprende. Su existencia es una proyección, una imagen que devuelve al hombre a sí mismo. El reflejo de la inocencia perdida del paraíso se recupera en la prueba del conocimiento para nunca más perderse. Los sentidos atraviesan – puntas firmes- la carne frágil de la memoria, clavándola a la cruz del tiempo de donde no puede moverse.
Desciende al sepulcro, pero al igual que la semilla que desciende a la tierra, rompe su cárcel y su verdad oculta se libera desarrollando la eternidad de una vida que engendra a otras vidas.
Dios, exista o no exista, actúa, pues el hombre es su prueba más fehaciente. Pero yo soy un actor. Ya lo he dicho. Y en la lucha final contra el espíritu encendido por el ser humano – el único ser posible- me desvanezco y el calor de las llamas me consume.
El hombre iluminado -el Buda o el Cristo- vence al hombre de las tinieblas, su negación -el Anticristo o el Demonio-. Claro está, en el reino de las apariencias, dnde antaño reinaba.
¡Se acabó la interpretación del tiempo! ¡Arrojo mi máscara diabólica y saludo al espectador, mi otro yo! ¿Me reconocéis? Soy vosotros mismos. Y el bien y el mal – o la providencia del mundo- han servido para encontraros.
( Nota: En el Gran Teatro de la Imagen permanece sentado un hombre al final de la representación, o mejor dicho, unas vestiduras que recrean el cuerpo de un hombre que escribe en un cuaderno mirando a la nada, ese vacío del que surge de repente el amanecer. El sujeto no identificado, probablemente el Narrador, ungido por esa ingénita luz que no procede de ningún mecanismo conocido, da la espalda al público y mira directamente al horizonte que la luz ha formado. Sus vestiduras van disolviendo sus sombras o sus nubes de verano, y en el cuerpo líquido de la luz se sumerge el hombre completo hasta identificar lo que ve con lo que es. No se admiten réquiems ni cantos fúnebres. El hombre sigue estando vivo)
Séptimo Enigma

Un disparo al vacío
y después la memoria.
Nace ya lo perdido
en la victoria.

Desgarrado en tu instante
un cuerpo -tu cuerpo- la luz
llena de vida símbolos nocturnos
unido a la imagen, vuelto a la cruz.

Desvanecido el encanto del alma
la noche se ilumina,
y ya desvanecido el cruento enigma
la comprensión al texto se destina.
Manhattan. 17 de abril de 2010. Recuerdo que rodábamos una película- Cristo en Manhattan-. ¡Qué complicado trabajo! No se les ocurriría ni a Pound ni a Eliot, ni a Joyce ni por supuesto a Tólstoi, ni tampoco a ninguno de los grandes directores de cine. ¿Cómo organizar a más de mil personas de lenguas diversas y de ritos sociales enfrentados en un revival tan costoso?
Manhattan se parece poco a Cafarnaúm, y menos todavía a Jerusalén. Estas eran ciudades abiertas, mientras que Manhattan es una ciudad cerrada en sí misma, donde las avenidas y los transportes conducen a un centro inexistente. Manhattan es la metrópolis de las metrópolis, y al igual que Roma, sus pilares se esconden bajo la tierra y son otras tantas ciudades de otros tantos siglos que la precedieron. Veinticuatro dólares costó el territorio de la ciudad a los pioneros que la fundaron. Fue ese el precio que cobraron los indios y por el que vendieron su tierra a los colonos. Yo lo sé bien, porque me lo contaron mis abuelos cuando era una niña, a mí, que soy india mestiza.
Hacía dos años que trabajaba de operadora en una compañía telefónica y cobraba quinientos dólares al mes por mi empleo a jornada completa – cien dólares menos que lo establecido por los convenios sindicales- cuando cayó en mis manos un periódico y un anuncio se presentó a mis ojos: SE SOLICITA ACTRIZ DE CINE DE 15 A 25 AÑOS, TENGA O NO TENGA EXPERIENCIA PROFESIONAL, PARA RODAR UNA PELÍCULA EN MANHATTAN CON LAS PRODUCTORAS PARAMOUNT Y A CARGO DEL DIRECTOR LUIS FERNIMORE JELLICOE SULLIVAN. SE REALIZARÁ UN CASTING, Y SERÁN ESCOGIDAS TRES ACTRICES: UNA COMO PRINCIPAL Y LAS OTRAS DOS COMO SUPLENTES.
Me costó bastante esfuerzo convencer a mi madre – empleada de unos grandes almacenes- y sobre todo a mi padre – operario de un taller mecánico de automóviles- de que me permitiesen presentarme a la prueba, pues aunque soy mayor de edad, sigo el consejo de mi familia en todo.
Pero lo conseguí. Nada más salir de la Academia de Administrativos – mis padres carecían de los ingresos suficientes para enviarme a la universidad- tomé el metro siguiendo el East River, desde Trinity Church hasta Pennsylvania Station, y allí, unas diez manzanas antes de la Quinta Avenida en cuyas tiendas soñaba con trabajar de pequeña – ¡oh, América entera es un sueño para un emprendedor amante de la vida!- me encontré con un rascacielos de color de azabache en el número indicado de la calle supuesta en la que me encontraba. Aquel edificio a veinte metros de mí me sugestionaba lo suficiente para que mis ilusiones se hincharan como un globo de deseos, y para que el gas liviano del globo me elevase por encima del suelo que pisaba.
Si ya estaba lo suficientemente impresionada para creerme Marilyn Monroe – sabía que esa Blonde Venus que tan bien se desenvuelve en las pantallas donde parece haber nacido paralela a la otra Clara Venus en el mar había sido un día una huérfana sin recursos más pobre y abandonada que yo-, ¿qué logré pensar entonces, colegiala de poco mundo, cuando en el enorme vestíbulo del portal con espejos y ascensores, ascensores y espejos, vi frente a frente a un conocido actor de una película reciente que habia visto y revisto casi antes de alcanzar uso de razón: Las patas de la mesa, una película que había recibido numerosos galardones en galas televisadas donde todo el mundo iba impecablemente vestido? Aunque llevaba gafas de sol, lo reconocí. Iba hablando con un hombre y una mujer muy elegantes, quienes parecían íntimos suyos.
– ¿A qué juega…dignidad, dignidad…quién podría verme con esa pinta…? Advenedizo…
Estas fueron las únicas palabras que le entendí, y las combiné en mi mente tratando de encontrarles un sentido.
– ¡Robert Rain!- grité al pasar junto a él, con la emoción contenida de una joven del pueblo llano que ve pasar a un príncipe con su séquito.
El actor dirigió sus ojos hacia mí sin quitarse las gafas, y al cabo de unos segundos, un movimiento rápido los devolvió a su posición original. Sentí que un escalofrío me llegaba a la nuca. “Esto puede ser muy interesante” cruzó mi pensamiento esta frase. No logro olvidar ese momento, porque al ver frente a frente a un icono de la pantalla, llega una a convencerse de que el mundo ideal puede llegar a ser tan real como lo cotidiano a lo que no se le presta la debida atención.
En la decimonovena planta me esperaba el casting. Vi una cola de chicas, todas arregladas como para un baile, y algunas de ellas me miraron por encima del hombro cuando, por indicación del empleado, me puse a la cola y saqué del bolso, para leer, un ejemplar atrasado de una revista de moda. Intentaba tranquilizarme antes de que me llamasen, y experimenté un temor parecido al de un estudiante que aguarda para examinarse de una materia de la que nunca antes se había examinado. Mirando a la esfera del reloj todavía el tiempo transcurría más despacio, cuando he aquí que un empleado joven vestido con ropa informal y una visera horriblemente ladeada en la cabeza pronunció mi nombre equivocando los apellidos – hacía una hora le había dado mi tarjeta-.
Me condujo por pasillos iluminados hasta una sala grande y desnuda de ornamentos y también de mobiliario, pero invadida de aparatos de sonido, de cables, de micrófonos, de pantallas y de cámaras de mirada vítrea que enfocaban a las personas tal que si estas fuesen simples objetos. Un hombre de curtido rostro, guapo en cierta medida, aunque fatigado y aparentemente desinteresado, languidecía detrás de una mesa larga dispuesta en horizontal, acompañado de dos acólitos a ambos extremos. La imagen me recordó a un tribunal con el juez y los magistrados, los fiscales y abogados y la fauna inquisitiva cuyo despliegue sirve en especial para sobrecoger al reo o al demandado. Me sentí juzgada antes de ser interrogada, y mi falda corta que no me llegaba a las rodillas abandonó mis piernas frioleras al soplo helado de un ambiente glacial. Rostros masculinos me miraron, uno de ellos me preguntó:
– ¿Podría leer esta frase, por favor?
Y me acercó un folio escrito con…¡un pasaje del evangelio de San Juan! Se titulaba Jesús y la Samaritana. Yo leí lo mejor que pude:
– ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?
Se hicieron unos segundos de silencio. Se me ordenó leer la frase siguiente:
– Señor, no tienes pozal, y el pozo es hondo. ¿De dónde tienes, pues, el agua viva?
Y la siguiente:
– ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y él mismo bebió de él, y sus hijos y sus ganados?
Y por último:
– Señor, dame de esa agua, para que se me quite la sed y no tenga que venir aquí a buscarla.
Escuché tras unos segundos que alguien decía “¡Perfecto!” y anotaba algo en un papel. Acto seguido se me entregó otro folio, y leí:
– ¿Cómo usted, siendo rico, me pide a mí, que soy pobre?
Y a continuación:
– Señor, ¿puede creer que yo valga para algo, cuando no he hecho más que arrastrarme para comer toda la vida?
Y finalmente:
– Señor, si es verdad que la alegría existe, hágame partícipe de ella, porque yo no conozco más que el sufrimiento.
Después de haber leído con la entonación más marcada de la que fui capaz estas inervenciones, crucé las manos y miré con cierto rubor al tribunal que tenía delante. Los ojos del hombre del centro me miraron directamente, y su boca se abrió y dijo:
– El papel es suyo.
– ¿Qué papel?- pregunté con cierta inocencia, un tanto turbada.
– El papel de la samaritana, por supuesto- respondió- Ah, disculpe- prosiguió diciendo mientras se levantaba- Yo soy Luis Fernimore, el director de la película – y me acercó la mano, que estreché temblando- No quería revelar mi identidad hasta ahora. Le aseguro que lo que usted ha conseguido no es poco, señorita…
– Susy Creek- completé.
– ¿Apellido cherokee?- preguntó el director, sonriendo, mientras los demás se desvanecían fantasmagóricos entre cámaras y tablados.
– Sí, uno de mis abuelos vino de Ocklahoma- le informé.
– Bien, bien- consideró- Tengo que decirle algo- y se acercó más a mí- Yo soy descendiente de Buffalo Bill…
Y una sonrisa picaresca, celebrando la broma, deshizo su rostro.
– Verá, esta película es un proyecto muy ambicioso, todavía no he hecho ni la cuarta parte del trabajo- continuó hablando- Los productores quieren algo comercial, una superproducción tipo Hollywood, ¿sabe? Y yo quiero algo menos anquilosado, más natural. Le aseguro que usted es, de momento, el personaje mejor conseguido. No es un dinosaurio, es unapersona, una bella persona, y eso es muy importante. Pero como dijo no sé quién, el principio de las artes es el mecenazgo. Oh, sí, este es occidente. Donde muere el sol. Hemos hecho del arte un museo. Solo sabemos edificar sistemas y prejuicios, el botín de guerra que hemos expoliado, los rostra del foro romano, las donaciones al papado universal. Se han escrito muchas novelas descriptivas sobre el tema en el Siglo de la Industria. Y en América solo sabemos hacer películas; es nuestra especialidad. Porque, ¿qué es el Sueño Americano más que una magnífica y costosa representación? No obstante, tenemos nuestra verdad, aunque no la conocemos.
– Sí, sí, estoy de acuerdo- repuse, sin saber muy bien lo que afirmaba- Pero, oiga, hablando de la película… No sé todavía si se trata de una representación histórica o…
– Verá, se harán dos versiones- comentó el director abriéndome la puerta- Una conforme al texto literal, y otra conforme a una adaptación del guionista (una adaptación analógica) al tiempo presente y a la sociedad actual. Me parece imprescindible el contraste. He recorrido muchos países, he estado en Afganistán y he conocido directamente el escenario de la pobreza. En las clases más humildes reside el germen de lo nuevo. ¡Dios mío, cuánta cámara! ¿Acaso habrán montado los decorados de 1984? ¡Qué distópicos resultan los ambientes tan profesionales! ¿Le apetece a usted un chicle de menta? En cuanto a su papel de samaritana, no se preocupe, la avisarán los realizadores a su debido tiempo. No se crea que supone un placer dirigir un equipo tan grande, ser el capitán de un barco así navegando en el estrecho entre la producción y la puesta en escena. Consiste en ser algo así como un demiurgo, un mediador. ¿Le gusta la mitología griega? ¡Esa sí es una interpretación logística! Ah, disculpe, son las dos, las dos, y todavía no he comido. No se preocupe, la llamarán. Cuídese mucho, y vaya ensayando esos diálogos delante del espejo. A usted. No olvide el bolso.
Al cabo de un mes, me llamaron al teléfono y me avisaron de que querían grabar la escena. Eligieron por escenario el Puente de Brooklyn, ese ingenio de hierro colgante que tanto impresiona a los visitantes y al que nada más ver únicamente cabe en el pensamiento la expresión de Mayakovski: ¡Qué grande!. En la versión literal, yo repetía la frase evangélica en un estudio decorado a imitación del bíblico, pero en la versión analógica lo hacía de la siguiente manera:
Yo era una inmigrante latina sin recursos que me ofrecía a trabajar de asistenta y sostenía un letrero informativo – igual que otras muchas que no podían pagarse un anuncio en el periódico- delante de los coches que atravesaban la avenida rumbo al barrio de los teatros. De pronto, un hombre se me acerca y me pregunta si puedo ayudarlo. Su automóvil -un ferrari recién comprado- se ha detenido en la calzada a causa de una avería, y su teléfono no dispone de la cobertura suficiente para dar parte al servicio técnico -esa es su versión de los hechos-. Ahí comienza mi diálogo. Finalmente, el desconocido adivina mi vida pasada y descubre vivencias mías que ni yo misma recordaba. Entonces él me aconseja que no diga nada de lo que ha sucedido. Pero yo no puedo evitarlo y se lo cuento a todas las personas que conozco, todas ellas, lo mismo que yo, de los bajos fondos.
Descubrí que otros actores compañeros en el reparto y procedentes del pueblo llano y sin demasiada experiencia profesional, casi amateurs, hacían papeles no menos sorprendentes que el mío. La película comenzaba con un opening en el que un personaje estrafalario caracterizado como un hippie de los años de la Guerra Fría – pelo y barba sin cortar ni afeitar, sombrero de paja, jeans con flecos y camisa hawaiana- caminaba por el distrito del East River sosteniendo una pancarta donde podía leerse en letras rojas sobre fondo blanco la palabra FREEDOM (Libertad). Iba seguido de otros vestidos con atuendo pobre, hombres y mujeres, quienes parecían a ojos de un ciudadano responsable y cumplidor de sus horarios refugiados recién salidos de una provincia ocupada o de una nación en guerra del Tercer Mundo. El personaje en cuestión gritaba la palabra Libertad y extendía los brazos a quienes se encontraba, los cuales, confundiéndolo con un loco o con un mendigo – en las grandes ciudades suelen ser sinónimos- se retiraban escandalizados y, algunos, por divertirse, fotografiaban a su cortejo de cínicos dignos de tal Diógenes. Se escuchaba a modo de banda sonora el coro de esclavos negros entonando a capella el Go Down, Moses – a mi juicio, lo mejor del gospel-.
Mientras la escena fluía a lo largo del East River, se escuchaba una voz: Yo soy la voz que clama en el desierto: allanad los senderos del Señor. A continuación, el grupo se detenía junto al muelle del desembarcadero por donde suelen adentrarse los trasatlánticos de gran calado, y allí el guía o líder de aquella caprichosa multitud se arrodillaba frente al agua y se mojaba la cabeza con las manos, y quienes lo seguían hacían lo propio y comenzaban a cantar la letra de la banda sonora, a modo de himno. De repente, de entre la multitud surgía, aislado del resto por su actitud expectante y atenta, un individuo de rostro aún no definido – el actor era un sustituto y se había prestado a interpretar el papel de otro- se aproximaba al líder y le pedía que este derramase el agua sobre su cabeza. Entonces se escuchaba otra voz en off, más potente y grave que la primera, que decía: Este es mi hijo amado, en quien me complazco. Escuchadlo. La cámara enfocaba a unas palomas que alzaban el vuelo desde una furgoneta del muelle con las puertas del maletero abiertas exhibiendo cajas de pescado congelado y en salmuera. Aquí terminaba el opening.
Cuando fue publicado en la Red Informática este original comienzo, las críticas se congregaron en los medios de comunicación. Se decía, entre otras cosas, que la película era la provocación de un advenedizo, y que más hubiese valido que fuese cómica y perdiese su pretensión trascendente, si es que había aspirado a recuperar en taquilla al menos la cuarta parte de lo invertido en producción.
Incluso mis padres, nada más ver el opening, me aconsejaron no intervenir en el rodaje – les hubiese gustado una superproducción con ecos románticos de los que antaño se vestía el cine para seducir a las masas-, y se rieron de mi ingenuidad cuando les dije que los actores y realizadores se habían embarcado en una aventura altruista.
– ¿Quieres decir- convino mi padre- que no te van a pagar? ¡Eso lo explica todo! Es probable que se trate de un negocio de blanqueo de dinero, de una operación para disfrazar otra. ¿Qué interés puedes tener en participar en algo así? A no ser que tu juventud, cargada de ilusiones e inexperta en los manejos del mundo, se imagine que tu talento (¡ no existe tal concepto, te lo aseguro!) ha deslumbrado al director y que la fama y la riqueza te aguardan a las puertas del estudio. ¡Ilusa! Te voy a contar algo que tal vez no sepas. A mí también me ofrecieron participar en una película.
Y mi padre me contó cómo a sus treinta años, cuando llevaba uno casado con mamá, un director de una serie televisiva – bastante conocida, por cierto- le había propuesto, “se había empeñado en proponerme” aseguraba él, “que hiciese el papel de extra en uno de los capítulos de la serie, detrás del mostrador de una tienda de armas”.
– “Tiene usted el perfil idóneo para el papel” me aseguró aquel engañabobos. “Oh sí” respondí, “me parece muy bien. ¿Cuánto voy a cobrar?”. Entonces se le hizo un nudo en la garganta. “No tenemos presupuesto para los extras. Pero será visto y oído en todos los canales, y su actuación quedará grabada y archivada y nadie podrá copiarla ni reproducirla sin nuestro consentimiento, sirviéndole de currículum así como de garantía profesional para otros posibles contratos, y créame, en el mundo audiovisual esto es muy importante”. “Estoy de acuerdo con usted” repuse, “pero puesto que yo no soy ni profesional de la pantalla, ni tampoco deseo serlo, me traen sin cuidado los currículums. Y como además soy un hombre muy ocupado, que tiene que alimentar a una familia, no tengo tiempo de jugar a ser actor, y no puedo permitirme, aún menos puedo permitirme, practicar este deporte sin cobrar. Así que, muy señor mío, le agradezco su intención pero no puedo aceptar sus condiciones”. Lo dejé con un palmo de narices.
De nada le sirvió explicarle a mi padre que mi contrato no tenía nada que ver con el suyo. Para él solo existía una posibilidad de acertar, y lo demás era equivocarse. Se lo puse más difícil.
– Para encontrar mi camino en la vida- le confesé- debo dar el primer paso. Además, si he de equivocarme para acertar, la equivocación será un acierto también. No hemos venido al mundo para cruzarnos de brazos y no elegir, eso sería perder la vida. Aquel que elige siempre acierta, porque ejercita su libertad y el miedo no lo ha paralizado en la postura de una burda imitación que supone su única derrota. La muerte no es más que eso: renunciar a la vida por temor.
– Cariño- intervino entonces mi madre, con su afecto tan querido aunque sibilino cuando sin darse cuenta me transmitía su propia angustia- Tú eres una jovencita preciosa en un mundo que te trata bien, pero nosotros sabemos que la suerte no siempre favorece a quienes la necesitan. Si supieras las privaciones que sufrimos tu padre y yo para llegar a tener lo que tenemos… Te queremos mucho, y queremos lo mejor para ti. Eres una chica inocente llena de ilusiones, pero aún no conoces los desengaños del mundo. Casi todo es un engaño, y casi todo el mundo pretende aprovecharse de ti. Incluso el hombre que te ama. Sabes que procedes de una raza de familias que han sido despojadas de sus tierras injustamente para fundar esta sociedad tan próspera. El mismo Manhattan…
– ¡Ya lo sé!- grité enfadada- Pero, ¿qué tiene que ver eso conmigo? ¿No tengo derecho a vivir? ¿O porque otros se hayan vendido voy a venderme yo también?
– Hasta ahora has vivido de nosotros- soltó mi padre, antes de lamentarse de haberlo dicho.
– ¡Pues entonces…!- grité aún más fuerte, pero mi madre no pudo resistirlo más y me abrazó llorando, y agregó a modo de plegaria litúrgica:
– Haz lo que te dicte tu corazón, hija mía. Nosotros te ayudaremos.
– Comprendo que el mal de la sociedad no es más que este- concluí con la elocuencia que da la certeza de decir lo que se siente- Apegarse a un miedo antiguo y no salir de él, transmitiéndoselo a las nuevas generaciones para que se vean obligadas a repetir los errores pasados y mantener un sistema de alienación que engendra la violencia y la ira. Y lo peor es que el veneno se transmite de manera inconsciente. ¿No es este el único pecado original? Pero yo estoy viva y soy libre, y si otros pueden llegar a ser felices, yo también estoy llamada a serlo.
Desde esta metódica discusión, mis padres no volvieron a molestarme por el asunto de la película, aunque me exigieron resultados académicos que probasen que la sospechosa cuestión no afectaba a mis deberes.
De todos modos, la causa por la que he decidido escribir esta confesión – yo diría que sugerida por un narrador inconsciente- ha sido un hecho relacionado con el tema principal anteriormente expuesto que no he logrado entender muy bien. Desde pequeña siempre he sido reacia a tragarme ciertas aseveraciones a las que no encontraba sentido, por ejemplo la hazaña histórica estadounidense por la que el primer hombre consigue pisar la luna. Sé que es una hazaña prefabricada como una muñeca industrial, y aunque me la han inculcado en el colegio junto con los triunfos romanos sobre los cartagineses y bárbaros, o junto a los hitos de la Independencia de las Trece Colonias y la actividad civilizadora de los Padres Fundadores – ¡se parecen tanto a los Padres de la Iglesia!- nunca me la he creído del todo, porque me parecía tan bien montada como una película -verbigracia- en la que no se puede menos que aceptar la versión que te presentan de manera idéntica a lo que sucede cuando te cuentan una mentira. Cuando te dan todo hecho y te piden la rúbrica del contrato, puedes pensar que en la determinación de las cláusulas no has intervenido tú. Más tarde me enteré por un reportaje televisivo que la cuestión del viaje a la luna pudiera ser- esto decían los expertos sin pasar a más- un secreto de estado de una época conflictiva – las épocas conflictivas se sitúan siempre, piadosamente, en el pasado- en la cual se quería convencer a la opinión pública de que Estados Unidos poseía un nivel económico mayor que el de la Unión Soviética, competencia para sus inversores. La duda desvelada sirvió para devolverme la confianza en mí misma y para creer un poco más en lo que yo era, y no sentirme ya como la pieza de una estructura ajena a mí – la sociedad y sus leyes de mercado-, comunicada por medio de una fotografía bien encuadrada, como esas fotos de actores de cine que las chicas pegamos en el álbum de nuestra adolescencia.
Iré al grano. Tuve ocasión de ver en un programa de entrevistas de televisión – Who are you?- al director de la película en la que participaba. Me impresionó mucho ver al señor que me había contratado detrás de la pantalla pública, hablando con naturalidad, igual que si lo hiciera en privado. Se le acusaba de que tenía o había tenido contactos con un delincuente internacional condenado a la pena más grave en USA y llamado Sergei Paulóvich, un hombre sin escrúpulos que se había dedicado toda su vida a traficar con armas y a colaborar con terroristas interncionales. Así lo explicaba él mismo:
– “Conozco demasiado bien el mundo de los traficantes de drogas y de armas como para poder hablar de ello, pues me ha afectado en primera persona. Mi padre era un perseguido por la ley, aunque mi madre no lo sabía cuando se casó con él y cuando me tuvo a mí. Me crié con la ilusión de que mi padre regresaría algún día, porque me contaron que era un hombre honrado que volvería al nido familiar. Pero un día investigando por mi cuenta, a la edad de veintiún años, descubrí que era un delincuente perseguido por la policía y que su nombre verdadero no era aquel del que, según el registro civil, había heredado los apellidos. Pasados los años, descubrí su paradero y me enteré de su muerte en un país de África. Había sido asesinado y enterrado en el desierto de Chad. No supe quién había sido el autor del crimen, pero la víctima era mi padre y sentí el deseo de vengarme. Su sangre corría por mis venas, y la culpa de una sociedad que lo encubría y que tal vez hubiese puesto precio a su cabeza -sí, él era el inductor de su muerte, pero un crimen que tocaba mi estirpe estaba oculto y sin esclarecer y alguien me había robado a la figura paterna- me envenenó la voluntad, y por vez primera comprendí la locura de Hamlet en la que se cifra todo el odio de la raza y todo el horror de la supervivencia. Supe quién era el jefe de la red internacional de delincuentes en cuyas actividades estaba implicado mi padre. Recorrí varios países en su búsqueda. Mientras tanto, mis familiares y amigos creían que me encontraba en un viaje de negocios.
Montón de estopa es banda de impíos que un solo fuego consume recordé haber leído en el Libro de los Proverbios, pero yo no quería esperar su dies irae, porque mi ira pretendía ser la llama que los abrasase. Yo mismo me había convertido en un delincuente. En mi enajenación, llegué a disfrazarme de soldado estadounidense para sorprenderlo en el aparcadero del hotel en el que se alojaba, y coloqué una bomba en su automóvil. Pero mi intención era dispararle y quitarle la vida mirándole a los ojos, y la bomba solo había sido instalada en caso de que mi primer impulso fallase. Mi falta de experiencia hizo que cayese en manos de sus guardaespaldas, y cuando ya me creía muerto, escuché cómo mi enemigo me perdonaba la vida. Entonces, yo también le perdoné la suya. La bomba estalló pero solamente murió uno de sus guardaespaldasa causa de un acto imprudente. No puedo olvidar ese momento. Ni tampoco el momento en el que pareció despertar de un profundo sueño, de un sueño de muerte, y me abrazó llorando, acordándose de algo enterrado como un tesoro en su memoria, acordándose de él mismo. Y de cómo se arrodilló delante de mí y me llamó su ángel salvador. Y de cómo unas horas después se entregó a la policía diciendo que merecía la muerte, y que tendría la oportunidad de morir confesado y reconciliado consigo y con quienes todavía lo amaban.
Lo acompañé mientras pude, y en la cárcel de Guantánamo, a donde lo condenaron, me confesó un día hablando con él en locutorios, entre otras cosas, acerca del proyecto de esta película, que deseaba antes de morir en la silla eléctrica cuyo tormento final justamente había merecido, el participar en ella, pues consideraba que sería un buen testimonio – el único buen testimonio que dejaría su memoria en este mundo- antes de entregarse a su última hora. No lo dudé. Solo podía darle un papel. ¿Adivinan cuál? El de…”
Yo misma me estremecí al escucharlo.
“… Jesús. El de Jesús. Y ustedes se preguntarán: ¿por qué había de atribuirle a un criminal el papel del Redentor del Hombre según las Escrituras que hemos heredado de la religión de nuestros mayores? ¿Por qué no darle el papel de buen o de mal ladrón, o el de Judas el Traidor cuyas entrañas reventaron por medio al ahorcarse? ¿A un justo, no le corresponde otro justo aparente en representación? Se lo responderé con palabras de la Escritura: El Justo, mi siervo, justificará a muchos y cargará con las iniquidades de ellos ( Is 53, 11-2). Y también: Lo que hagáis con uno de estos, conmigo lo hacéis. Si el bien ha sido desfigurado por el interés del hombre, la gloria de Dios, que es el poder y la verdad, se manifestará mejor en la peor condición del hombre, porque la peor condición del hombre recibe de modo directo y claro la verdad y el bien. Así pues, ¿qué mejor intérprete para la luz que las tinieblas? ¿Qué actor más sincero que aquel que ha padecido su derrota sabe lo que vale la libertad? Por eso escogí al hombre que en un principio quise matar, a Sergei Paulóvich, el Mercader de la Muerte”.
Por estas y por otras declaraciones, además de por la novedad de una película original, el director de cine Luis Fernimore Jellicoe de Sullivan se iba haciendo cada vez más famoso y mediático primero en Nueva York, después en Estados Unidos y por último en el mundo entero. Asociada u noticia a la de un delincuente internacional, cual un trust mercantil inconmovible, recorría la prensa mundial y sus lectores ignoraban dónde terminaba la ficción y empezaba la realidad y viceceversa.
En cierto país de Indochina – concretamente en Camboya- tanto impresionó la idea que se fundó una academia de cine con actores amateur dirigidos por algunos maestros de escuela sin ánimo de lucro, y a la academia – que comenzó pronto a exportar intérpretes para la película- se la bautizó con el nombre del director de Jerusalén – así se llamaba la obra en versión definitiva-. La academia de Camboya despertó curiosidad en los países vecinos, como Laos, Malasia, Indonesia y Vietnam, que comenzaron a exportar actores y técnicos audiovisuales en masa para participar en el largometraje. En Camboya, el promotor de la Academia Luis Fernimore era un crítico de arte de nombre Kritanagara y de reconocido prestigio internacional que, al parecer, había estudiado en Columbia junto con el director de cine que me había contratado y con el que mantuviera en el pasado, al parecer, una estrecha amistad.
Tantas eran las personas que, de un modo u otro y de manera altruista – cual si el proyecto de la película se tratase de una ONG o de otro tipo de actividad voluntaria- solicitaban la participación en la iniciativa, que el director y los realizadores no daban abasto a la hora de coordinar a tanta gente, multiplicada en poco tiempo por el cuadrado de su cifra. El director se vio obligado a compartir la dirección con otros, y se contó con Kritanagara y con los promotores de las academias de cine paralelas en Indochina. Cada vez me sentía más orgullosa del proyecto del que había decidido formar parte.
La opinión pública, siempre recelosa como receloso el temor, se sobresaltó cuando se supo que en la película participaban actores vietnamitas. ¡Todavía no se había superado el trauma de 1975! Comprendí entonces que los derechos humanos, promulgados tras las guerras y comprados con sangre y sacrificio, tienen un valor relativo entre los hombres al igual que las mismas leyes, derivadas de la costumbre y del interés, y que permanecen tan distantes de la misericordia que proclaman como la boca está distante del corazón cuando este se esconde en las entrañas del miedo.
Si el reparto de papeles de la película había producido tanta expectación, ¿qué no haría su estreno? Me veía por las nubes, y sabía que aquel era un premio reservado a muchas personas que lo merecían, era la voz de los sin voz, la voz que clamaba en el desierto, el evangelio de los pobres y de los ricos, la unión de todos los llamados en un proyecto común, en una verdad por encima de las fronteras y las nacionalidades. Era lo que el granero de la literatura había acumulado durante siglos y seguiría acumulando para fabricar el pan espiritual del hombre, la representación de su verdad. Era lo que el arte había revelado a quienes pedían una respuesta que tuviese algo que ver con ellos.
Y la historia continúa así: todavía faltaban seis meses para el rodaje completo, y los directores se alternaban para grabar las escenas. Judea se identificó con la gran urbe de Nueva York. El Jesús moderno – conforme a la moda de la civilización hegemónica- era un vendedor ambulante de prendas de vestir, pariente del hippie John – identificado con Juan el Bautista-, que se había retirado a los barrios más pobres de Harlem y que allí había empezado a predicar la salvación de los necesitados. Los presentes lo confundían con un agente de seguros de vida, y le proponían sus problemas, que él resolvía aplicando la regla de la caridad, llegando a producir la curación de enfermedades consideradas incurables. Cafarnaúm era el barrio de Brooklyn, al otro lado del río, a donde el moderno Jesús se había retirado tras el encarcelamiento de Juan – a causa de un presunto delito de rebelión no esclarecido – y su muerte a manos de la policía, que había logrado destruir las pruebas de su asesinato- había muerto degollado por un policía, el alter ego de Herodes, a cuya mujer había acusado el activista de unirse al hermano de su marido, inducido por una promesa solemne hecha a la mujer delante de testigos, en analogía al banquete del gobernador y al baile de Salomé – y de arrojar su cabeza al río, para que el cadáver no fuese reconocido por los forenses de modo definitivo. Los apóstoles, los discípulos y los fariseos procedían de todas las clases sociales, porque muy pronto Jesús se hizo famoso por sus milagros populares y se había grabado un reportaje televisivo – un verdadero documental- acerca de su persona. Especialmente, se hizo conocido en Nueva York por haber “devuelto la vida a un muerto”, por haber despertado del coma a un toxicómano sin pulsaciones intoxicado por sobredosis. Era este el alias de Lázaro. Pero el moderno Mesías, acusado de haber robado en banco y de haber matado a los vigilantes – la falsa prueba había sido obtenida por un montaje periodístico que contenía una conversación mal interpretada, vendida por Judas, celoso de su maestro, a los periodistas de un importante canal televisivo y que se habían encargado de degradar la imagen del santo ante el pueblo -, había sido condenado a la pena capital por ser un tribunal del distrito, y su cruz actual en la silla eléctrica, en la que estaban puestos los ojos de la opinión pública. Por esta razón, el papel asignado a Sergei Paulóvich, condenado a la misma pena en el mundo oficial, le venía muy bien a su situación, tan semejante a la sufrida por su persona.
¡No faltaba más que un detalle!
Debido a su temática religiosa, en concreto cristiana – tal vez, pienso yo, sea el cristianismo la religión más arraigada entre el pueblo porque ha salido del propio pueblo, y un condenado por la justicia social fue su profeta, su sacerdote y su mártir-, la Santa Sede de Roma se interesó por el largometraje. Esa iglesia a la que llaman católica o universal, heredada de los hechos de los apóstoles que dieron vida por extender su mensaje a lo largo y ancho del imperio de los césares, esa iglesia que durante los siglos aceptó las donaciones de los poderosos y que se apegó a ellas olvidando su ministerio, comprando y vendiendo su misión pastoral y su doctrina de acción al mejor postor, prostituyendo su báculo, de manera semejante a la de aquel Simón Mago natural de Samaría, que pretendía comprar el don del espíritu, aquella iglesia, aquellos pastores que habían soldado el altar a los tronos sobornando a los corazones sencillos y sirviéndose de la imaginería de los santos misioneros para cometer sus fechorías y construir palacios a costa del sudor y de la sangre del pueblo inocente, aquel clero que dividió a los mismos cristianos y que perseguía la herejía siendo el único herético, aquella curia romana y palaciega vestida de púrpura imperial a la que Dante identificó con la Gran Ramera del Apocalipsis, aquella iglesia apegada a sus estados y por último al Vaticano, adornada con el botín del arte y de la cultura que tras el Concilio Ecuménico de Juan XXIII había abandonado sus inquisiciones amenazada por una ilustración y por una industria que había liberado a gran parte del pueblo antes de atarlo a otras servidumbres, aquella iglesia encerrada en su miedo como la de los apóstoles antes de Pentecostés era la que ahora se preocupaba por alguna novedad que le devolviese la fe y la esperanza.
El Sumo Pontífice, el Papa, sucesor de San Pedro, había aludido sucintamente en una encíclica a la película que se estaba rodando y produciendo en Nueva York, y transcurrido un mes más, aprovechando la ruta de un viaje a América Latina, se personó en Manhattan de incógnito y asistió sin ser reconocido a la grabación de varias escenas. Los periodistas lograron descubrirlo antes de que tuviese ocasión de solicitar una entrevista con Luis Ferimore, el director de Jerusalén. Parece ser que le pidió intervenir él mismo en la película. No obstante, lo más sorprendente todavía no es esto. Que nadie tilde mi informe de poco verosímil cuando diga lo que voy a decir.
Coincidió que el preso Sergei Paulóvich, escoltado por la policía y en permiso penitenciario, se encontraba grabando una escena en el momento en el que el Papa, con atuendo de calle y sin los atributos de su cargo, se acercó a hablar con Luis Fernimore. Nada más verlo, sin importarle nadie, corrió a abrazarlo y lo besó en la frente. Dicen que el preso, al reconocerlo, se echó a llorar, y que el Papa, por su parte, hizo lo propio. Ambos permanecieron abrazados durante un cuarto de hora, sin decirse nada. Las cámaras captaron esta imagen que dio la vuelta al mundo. Los periodistas se acercaron para interrogar al Papa, pero antes de que pudiesen formularle pregunta alguna, él mismo confesó:
– Señores, no he podido resistirme a venir a presenciar el rodaje de esta película, porque me ha parecido la iniciativa más auténtica que se ha hecho en los últimos años. Pero además, he venido para conocer a Sergei Paulóvich, a quien llaman El Mercader de la Muerte. Su conversión me pareció tan maravillosa que no he querido, en nombre de la iglesia que me ha asignado la dura labor pastoral, privarme de abrazarlo, pues Dios lo recibe en su seno como el padre recibió al hijo pródigo que llegaba a casa. Pero esto no es todo. Yo he venido a abrazar a mi hermano, a mi semejante, porque yo también soy un pecador. Sí, ante el mundo podré parecer un santo, como él parece un malvado sin posibilidad de redención, pero os aseguro que, puestos en balanza, nuestros pecados pesan lo mismo. Mi situación es más favorable que la suya, y sin embargo ambos somos iguales. Ambos hemos sido mercaderes de la muerte, ambos hemos vendido a muchos para conquistar los puestos que detentamos. La violencia ha salido de nosotros y hemos comerciado con ella. Les aseguro que si Dios no perdona a este hombre, yo tampoco puedo ser perdonado. Así pues, considerando que esta película se convertirá en un testimonio favorable que arrojará alguna luz sobre la situación actual de los creyentes, quiero participar en ella como un actor más, y ya me ha sido asignado el papel que voy a desempeñar. No será el de Pedro, pero sí el de un apóstol. Puesto que he llegado el último en el reparto, solo un papel de los solicitados se encontraba vacante, un papel que nadie se ha atrevido a desempeñar, y que yo aceptaré con la mejor de las ilusiones, porque todos los papeles son igualmente necesarios y buenos. Yo representaré a aquel Judas que vendió a su maestro y lo entregó con un beso a los verdugos. Él también ha participado de la Gracia de Dios y ha sido redimido, porque el hijo de Dios no ha venido a juzgar, sino a dar su vida en rescate por muchos. Es un papel que todos hemos desempeñado alguna vez al ser infieles a nosotros mismos, y por el que Dios nos ha perdonado para enseñarnos a amar.
Estas fueron las declaraciones del Papa. En el reparto final de los papeles intervinieron actores y profesionales de todo el mundo, desde campeones deportivos a monjes budistas, pasando por discapacitados, delincuentes penados con autorización de los centros penitenciarios, mujeres prostitutas, niños refugiados y enfermos de hospitales, en tal número que resultó una tarea milagrosa el coordinarlos a todos.
La incorporación de participantes crecía con rapidez, y el rodaje completo se demoró tres meses más. La película fue estrenada en Broadway y a su primer estreno asistieron más de un millón de personas, que no pudieron ocupar el recinto habilitado y hubieron de conformarse con ver la proyección en pantallas instaladas al aire libre en el Parque de East River. Mis padres y yo también asistimos, y allí conocí a la pareja con la que ahora estoy casada.
He escrito este artículo por encargo de una revista de cine, a título de testimonio de lo que he vivido. Mi hijo se llama Zacharías y tiene tres meses. Por última sorpresa, he descubierto que soy adoptada y que mis padres no pertenecen a mi raza.

Último enigma

El espejo tu imagen ha quebrado,
en la lectura al fin te has conocido,
esta consigna en ti se ha transformado
pues con suave hilo tejiste tu nido.

Ahora, larva envuelta en tu sudario,
– la palabra que significa esencia-
rompe la dimensión del escenario
y vuela, transformada, a tu conciencia.

Arrastrando sus pecados, el hombre y la mujer avanzaron por la selva habitada de animales, por la selva que es solamente el reflejo interior.
Eran dos fugitivos de su propia justicia que huían de las cárceles mentales de sus numerosas muertes.
La mujer tenía miedo, y sus ojos se fijaban en el camino como los ojos de una fiera asustada.
El hombre llevaba un fusil en la mano, y los olores del seno de la verde sombra despertaban sus movimientos.
Pero los árboles milenarios – banianos, palmeras, heveas y tecas- sujetaban la tierra con sus raíces afirmando la solidez de los pasos.
“¿A dónde vamos?” preguntó la mujer. “Conozco el camino” respondió el hombre.
El hacha de la mano izquierda del hombre talaba la maleza abriendo una senda necesaria y nueva.
Saltaban ranas de colores venenosos, pájaros escondidos como cálaos y papagayos alzaban el vuelo gritando, y el tiempo se deslizaba en el río sonoro del corazón de la selva oscura.
Protegidos por una capa de barro y resina, las pieles del hombre y de la mujer ahuyentaban a los mosquitos y a los tábanos que no podían abrirse camino hacia su sangre.
La mujer sintió hambre y partió un coco verde en la raíz sobresaliente del árbol frutal y compartió la dulce pulpa blanca con el hombre, cuyos dedos se entretuvieron en cerrar una herida sangrante de su muslo derecho colocando sobre ella una cataplasma de hojas machacadas.
Se oyeron los aullidos de los gibones, monos que saltaban de rama en rama, antepasados inconscientes del animal humano despierto y misterioso, cuyo coro gutural anunciaba la lluvia que cayó cantando sobre los tejados sonoros del templo vivo.
Se oyó también una trompa de guerra, y la pareja cedió su asiento al elefante, que pasó similar al rayo de la tormenta, barritando mientras abatía y pisaba la vegetación temblorosa.
Las cárceles se iban cerrando detrás de la pareja que avanzaba, inspirada por un espíritu de temor desconocido, y sus puertas hacían rechinar sus bisagras de recuerdos una, dos, tres, hasta mil veces.
Algún dolor siempre estaba presente cual la imagen de la Inteligencia Custodia, y su música llenaba el corazón de una alegría propia desbordante cual una desbordante copa de vino maravilloso.
El lenguaje se construía y se destruía a la par creciendo y menguando, latiendo con su corazón envuelto en luminosas tinieblas que resplandecían cuando se fijaba la atención en un objeto.
El hombre y la mujer descubrieron que estaban completamente solos.
“¿Es esta la última morada?” preguntó la mujer. “Sí” respondió el hombre, y agregó: “El sepulcro está abierto y la mariposa ha volado de la crisálida”.

Una gota de agua,
otra
y otra más,
cayeron sobre la cabeza del hombre y de la mujer, y su fresco despertar los rejuvenecía.
Apareció al fondo en piedra roja y blanca la ruina del Gran Santuario del Pasado, reapareció la habitación vacía poblada por un ejército de monos macacos que jugaban con sus huesos convertidos en las banderas de los vientos.
“¿Es Mengwi?” preguntó la mujer. “No importa” respondió el hombre. “Es lo que tú quieres que sea”.
“Sabes” dijo el hombre, “que hemos dejado atrás la cárcel de nuestros recuerdos para encender fuego otra vez desde nosotros mismos. Sabes que yo soy el hijo de una prostituta de Caracas que se llamaba Lucía Villegas, y que tú eres la esposa de un marido que te maltrataba. Nuestros nombres no importan. Pero nuestro destino es encontrar nuestra verdad para ser los dioses que siempre hemos sido aún antes de nuestro nacimiento. Por eso hemos vendido nuestro sufrimiento y hemos comprado el paraíso que estamos a punto de descubrir, y olvidando las sombras de lo que fuimos y que proyectamos desde nosotros, hemos venido a encontrar nuestro último reflejo: la inquietud mágica de lo deconocido, cuyo poder nos devolverá la paz”.
Continuaron caminando y encontraron el río de aguas transparentes donde los peces saltaban y los mamíferos de pezuña veloz huyeron cuando sus hermanos mayores se aproximaron.
Bebieron el hombre y la mujer con las manos en forma de cuenco, y se bañaron en las aguas al calor de la tarde, jugando con sus cuerpos hasta que el sol se pùso detrás de las copas más altas de los árboles.
“Vamos a buscar un albergue” sugirió la mujer, “vendrá el frío y la noche nos sorprenderá”.
Entonces, al doblar el camino ensortijado de luces y de voces, un enemigo apareció. El hombre vio a otro hombre que trataba de arrebatarle su fusil, y cuando su forcejeo se volvió inútil, echó mano a la mujer y colocó la hoja de su navaja a la altura de su cuello. Pero un disparo lo abatió, y cayó al suelo muerto.
“Es un ladrón de la selva” dijo el hombre. “Es exactamente igual a mí, pero ha equivocado el camino y no ha querido perdonarse la vida”.
Las hormigas recorrieron su rostro a la altura del polvo, entraron por su abierta boca, y los cuervos descendieron a robar sus ojos brillantes. La mujer se aproximó a él y buscó algo valioso en los bolsillos del muerto. El hombre sintió de pronto repugnancia por ella.
“Déjalo” le indicó, “está muerto y no te pertenece. Es una ofrenda de la selva y tendrá una suerte que no conocemos”.
“Vámonos a casa” sugirió la mujer, y gritó cuando vio a una culebra suspendida sobre su frente. El hombre la asió con su hacha y ya en el suelo, le segó la cabeza antes de que tuviera ocasión de levantarse para morderlo.
En un lugar iluminado encontraron una barraca habitada en otros tiempos por una familia. En su puerta de entrada estaban escritos los nombres Pramudya, Yumiko y Kritanagara. “Ya no vive nadie aquí” dijo el hombre. “Este es el sitio”.
Dentro de la cabaña, encontraron un lecho de hojas de palmera, de hacía años.
Antes de que el hombre hubiese tenido oportunidad de imaginar nada en el preciso instante, la mujer se tendió en el lecho y le sonrió, y su talle onduló despertando una soterrada emoción.
Y el hombre estaba allí, besándola en la noche.
FIN