EN EL LUGAR DE LA ESPERANZA ( RELATO COMPLETO)

EN EL LUGAR DE LA ESPERANZA
Conocí a un hombre singular que me cambió para siempre la vida, de modo que sólo ahora puedo saber con certeza quién soy. Se llamaba Jesús y era natural de Nazaret, al norte del país que una voz tal vez divina le prometió a nuestro patriarca Abraham, y que fue tomada en posesión por nuestro pueblo venido desde Egipto en tiempos del exiliado Moisés, el autor de nuestra Ley.
Mi nombre no tiene mucha importancia. Me llamo Zaqueo y soy natural de Jericó, donde bajo la protección de la nación romana que ha hecho famoso su imperio en todo el mundo, ejercí hasta el día de mi conocimiento el cargo de recaudador de impuestos, llegando a convertirme – fruto de mi trabajo pero también de mi astucia- en uno de los propietarios más ricos de la ciudad.
Nunca en mi vida anterior al momento de conocerme he creído en nada, ni en los dioses ni en los hombres. Los unos se encuentran muy por encima de quienes experimentamos la enfermedad y la muerte; los otros no extienden su poder ni a lo que tienen delante. A este mundo hemos venido por un camino insospechado, y nuestra finalidad es encontrarlo antes de marcharnos por el mismo sitio. En el ínterin suceden placeres y dolores que administramos sin saber muy bien de qué manera –pues nada sabemos excepto que deseamos- hasta devolverlos intactos aun origen oscuro. Esta es, de la alfa a la omega, mi filosofía: nunca he querido enamorarme de otra concepción, ni en los mitos de los reinos humanos del espacio por el que me muevo he desenterrado con el entendimiento más que restos de irrisorias idolatrías.
Las relaciones que rigen las sociedades son vínculos de dependencia, y quien se beneficia por más tiempo de una situación favorable, ese triunfa, pues el fin es el mismo para todos. Esta ha sido mi manera de pensar hasta hoy, cuando he dejado los cálculos apartados para escribir este testimonio en un libro que prueba el conocimiento actual de los hechos que suman mi vida y las vidas de muchos que me rodean.
Hasta el momento en el que escuché la misma voz que anunció a Moisés y a Abraham un tiempo renovado, vivía en el Barrio de los Plateros, en una casa de dos pisos y de casi un estadio de superficie sumando ambas plantas, conocida en la ciudad como La Joya de Nínive, nombre derivado de su peculiar diseño arquitectónico con terraza al cielo en lugar de tejado y vigas de voladizo, característico de las edificaciones conocidas como Jardines Colgantes de Babilonia y de Nínive, las cuales constituyen, en la versión griega de la historia, una de las Siete Maravillas del Mundo.
Era dichoso y envidiado: tenía mujer e hijos, más de cincuenta criados y unos cien esclavos bajo mi patronazgo. Mi hacienda –contadas propiedades inmuebles y participaciones en negocios privados- ascendía a unos * sestercios, más de lo que podía caber en el Templo de Jerusalén, como después se comprobaría en su saqueo por parte del emperador en el año 70 de la Nueva Era, vaticinado por nuestro profeta Daniel.
Estuve a punto de comprar la ciudadanía romana – para mí, comprar es sinónimo de adquirir- pero no me interesó, porque me aconsejó un pretor amigo mío, colega de nuestro Poncio Pilato, aquel que juzgó la causa de quien me salvó, que no adquiriría mayores derechos y que perdería el crédito de los sacerdotes de la casta judía, quienes desprecian los ritos de los pueblos extranjeros.
Mi mujer se llamaba Betsabé, era hija de un renombrado comerciante de telas de Damasco que había cambiado su nombre judío Habacuc por el de Alejandro, y se había criado siempre entre cuidadores griegos y romanos, de manera que no sabía hablar el hebreo. Cuando me casé con ella tenía la edad de treinta y dos años y su dote alcanzaba para mantener la mitad de la hacienda que llegué a poseer más tarde, cuando fui nombrado síndico de comerciantes, y cené en casa del gobernador Herodes Agripa.
Gracias a las influencias de la familia de mi mujer fui ascendiendo como pude en la escala social, porque por mis méritos exclusivamente, aunque estos fueran fraudulentos, jamás lograría alcanzar mi posición.
Tres hijos me sucedieron: Joaquín, Prócoro y Eudoxio. El tercero pudo haberse convertido en un auriga famoso, pero murió durante una carrera, cuando la rueda izquierda de su carro tropezó contra una piedra arrojada al pavimento, ocasionándole una muerte instantánea cuando su nuca chocó contra el muro de la grada antes de terminar la competición. Yo presenciaba la carrera el día fatal, el más triste de mi vida, pues vi morir ante mis ojos a mi propio hijo. Ciertos murmuradores de mi pueblo, incluidos mis hermanos que todavía eran celosos de la Ley, y abominaban de los concursos romanos, achacaron el accidente a un castigo divino, y desde entonces dejé de llevarme bien con ellos.
De no ser por mi amigo Simón, vinculado a mí por un hecho fortuito en el que lo libré de perecer ahogado en el mar en las proximidades de Gálgala, no hubiese podido pertenecer al cuerpo de recaudadores de impuestos de la ciudad donde nací, pues aunque mi padre era rico ya en Jericó a causa de su oficio de administrador del gremio de conductores de carros y transportistas, no era su único heredero entre mis ocho hermanos.
Simón rea un hombre miedoso y obstinado que se ocultaba de las miradas del pueblo, al que odiaba en su interior. Lo estoy viendo de pie en el Mercado de Abastos, al que los romanos llaman Foro Boario, tertuliando con los fariseos del Sanedrín mientras eleva la mano derecha como un orador o como lo haría su antepasado Aarón, príncipe de los sacerdotes, en tanto asoman a sus labios azulados unos dientes irregulares con neguijones, de color amarillo oro. Sus justificaciones son irrebatibles. Habla del bien y del mal poniendo ejemplos de la Escritura, y nadie se atreve a contradecirlo, pues su erudición es tal, que no solo sabría reproducir en un plano las medidas exactas del Templo de la Sabiduría del Rey Salomón, sino precisar sin que su lengua titubease, la talla del pie del ángel que luchó y venció a nuestro patriarca Jacob en el desierto.
Las malas lenguas aseguran que su concepción no fue matrimonial, y que una cortesana lo trajo el mundo antes que su padre, un propietario rudo de la Tribu de Benjamín, lo adoptase y lo hiciese trabajar como un esclavo, antes de que alcanzase la mayoría de edad. Pero, ¿quién podría sostener ese testimonio en el instante en el que abre la boca y en el que sus razones descienden a la mente como a la lengua una gota de miel?
Si sus obras correspondiesen a sus palabras, el reino de Dios estaría con nosotros. Puesto que no sucede así, aguardamos a un Mesías, y el pueblo permanece expectante entre profecías y anuncios de salvación, porque sabemos que nos hemos apartado de Dios y que la salud y la alegría se han apartado de nosotros.
Todo resulta hueco y falso cuando no se asienta en la verdad. También las palabras de Simón, a pesar de su estruendo, resultaban huecas y falsas. Pero yo entonces me había enamorado de ellas, y hubiese querido ser algún día como el para que el pueblo me venerase y yo pudiese poner en olvido mis debilidades.
Nací con un problema de crecimiento, y mi estatura no supera a la de un niño de doce años. Además, mi pierna izquierda es ligeramente más corta que mi pierna derecha, lo que precisa de un calzado especial para que nadie advierta una cojera patente.
Todos entendemos que el pecado es la naturaleza del hombre. Y sabemos que la insatisfacción del hombre busca cobrarse víctimas en quienes lo rodean, especialmente en quienes no se defienden tan bien porque no se parecen tanto al resto. Así me sucedió a mí, que sin sospecharlo, me vi objeto de burla por parte de mis compañeros de infancia y juventud, a quienes les resultaba graciosa mi figura poco atlética y encogida, difícil de ocultar a pesar de mis esfuerzos.
Entre mis propios hermanos, también encontré rechazo, a pesar de que me defendían en las plazas y en las calles; intuía que en el fondo me despreciaban por no ser como ellos, y una melancolía se adueñó de mi tierno corazón desde entonces. Cuando tuve uso de razón, supe que con ella podía vencerse a cualquier enemigo, y decidí emplearla como arma para vengarme. Aprendí que todos tienen debilidades, y supe aprovechar mi conocimiento para engañar a sus sentidos y torcer sus planes en mi beneficio, y con dificultad construí mi carácter ocultando a los demás mi persona y mis intenciones, del mismo modo que se oculta la llave del arca que custodia la Ley, y el dinero de la casa.
Los resultados no tardaron en llegar. Me convertí de pronto en el guía del grupo, y mis decisiones eran inapelables. Aprendí la primera lección que se aprende en la vida: a no confiar más que en mí mismo.
De mi educación se encargó sobe todo mi padre, un galileo taimado de nombre Jonás, de la tribu de Neftalí, un superviviente de Israel que se había viso obligado a abrirse camino en sus negocios sin ayuda de nadie, y al que la necesidad le había enseñado a ser prudente y cuidadoso de lo suyo.
Antes de que yo hubiese alcanzado la edad en la que los romanos visten la toga viril, me pagó a un pedagogo griego – un liberto de Acaya que vivía de la enseñanza- que me educó en los rudimentos de la escritura junto con mis hermanos. Con él aprendí gramática y retórica, y no llegué a aprender otras disciplinas que se estudian en los gimnasios helénicos porque mi padre se opuso de plano a ello, por considerarlas inútiles y nocivas para los intereses de un buen israelita. Cómo podría olvidar aquel día en el que Fedro rompió su férula delante de mi padre cuando este se negó a que recibiéramos instrucción acerca de música y geometría, pues el liberto era aficionado a la Escuela Platónica y creía en ciertas utopías acerca del desarrollo social que a nuestro pueblo no le interesan en los más mínimo.
La formación en las Escrituras la recibimos directamente de nuestro padre. Cada sábado, después de escuchar la lectura en la sinagoga muy de mañana, nos sentaba alrededor de la mesa y nos ponía delante el pasaje del día, explicándonoslo a su manera y obligándonos a repetir su explicación, y no era menos severo que Fedro, pues nos castigaba cuando nuestras palabras no coincidían con las suyas, amenazándonos incluso con no darnos de comer. A mí me resultaba muy sencillo satisfacerlo, pero a mi hermano Jehú se le atragantaban aquellas explicaciones insidiosas acerca de los mandamientos del Pentateuco, a veces irracionales y correosas igual que la piel de una serpiente, y confundía las prohibiciones con las celebraciones, recibiendo una paliza cada vez que se le escapaba una blasfemia involuntaria.
Nosotros intuíamos que semejantes procedimientos resultaban inadecuados para aprender, pues ejercitaban la memoria a la fuerza, dejando que el entendimiento no probase bocado acerca de sentido o razón alguna, pero nada podíamos hacer. Bien es conocido de todos, sean o no lectores de la obra de mi vida, que el patriarcado es la institución más antigua y la única que conserva intacta la tradición recibida desde el principio de los tiempos, y la posible alianza entre Dios y el hombre.
A mis hijos los eduqué de forma parecida, aunque reduciendo los castigos conforme a la laxitud de las modernas costumbres influenciadas por la civilización de los ocupadores.
No obstante, mi verdadero maestro en la vida antes de conocer al Hijo del Hombre fue Simón El Escriba, de quien pretendo hacer un retrato digno.
El azar o la providencia dispusieron mi encuentro con él cuando navegaba en una embarcación fenicia por el Mar Muerto a la edad de diecisiete años, durante la Fiesta de la Expiación, en la cual muchos jóvenes abandonan la custodia de los padres para hacer su primera peregrinación al Jordán, el río cuyas aguas desde tiempos de Elías, simbólicamente, lavan el pecado y curan las enfermedades.
Sería la hora de tercia y hacía dos horas aproximadas que habíamos comido unos peces recién pescados con red barredera, cuando he aquí que se desata de pronto una tormenta antes de alcanzar la otra orilla. Las aguas azules se encrespan de pronto y la barca oscila y se zarandea hasta hacernos vomitar lo que hemos comido. Todos los tripulantes somos jóvenes y no nos conocemos de antemano, pero este incidente basta para vincularnos en un instante y volvernos como un solo hombre, debido a la suerte común que compartimos. Descubrimos aterrados que el piloto ha roto el timón y se echa las manos a la cara, olvidando su deber de infundir confianza en los pasajeros, pues es un joven poco mayor que nosotros quien nunca se ha visto en un problema parecido y a cuyos ojos salta la inexperiencia. Todas las oraciones aprendidas en la infancia se agolpan en mi mente en este momento.
Pero entre nosotros alguien ha perdido la calma.
Un joven pálido y delgado se arroja al suelo y comienza a echar espumarajos por la boca. Se agarra a los compañeros, como poseído por un demonio, y pretende tirarse por la borda. Sin saber muy bien por qué – nadie entre nosotros se atrevía a moverse- agarro por la cintura al joven, lo golpeo con el puño en la cara y lo lanzo de espaldas sobre cubierta. Entonces se queda quieto y como muerto. Todos creíamos que su alma lo había abandonado.
“¡Por nuestros pecados pereceremos!” exclamó uno de los ancianos que viajaban con nosotros, y doblando la rodilla, se puso a rezar en voz alta el salmo que conjura la tempestad, mientras la lluvia arreciaba y el mástil y la vela mayor caían con estruendo ante nosotros. La orilla estaba a menos de un estadio de distancia del barco, y el piloto nos pidió que remásemos para alcanzarla.
Ninguno pensaba ya en el convaleciente. Transcurrido un cuarto de hora, la tempestad había amainado y los colores del arco que Noé había avistado tras el diluvio se mostraron tranquilizadores rememorando la antigua alianza con el Dios de nuestros padres. Cuando pisamos tierra firme, rompimos en llanto al vernos vivos de nuevo y entonamos la plegaria de acción de gracias, disponiéndonos a dar sepultura a nuestro compañero. Lo asimos de brazos y piernas, y el que imaginábamos cadáver, dando un grito, se despertó. Después de reanimarlo nos contó todo acerca de él y acerca del ataque de enfermedad que había sufrido en el barco, al que los romanos denominan morbus comitialis y al que los griegos llaman epilepsia. Enterándose de lo que había hecho por él – bien es cierto que involuntariamente- confesó que le había salvado la vida, y como era un joven rico y de buena posición, allí mismo se sacó un anillo del dedo y me lo entregó a modo de señal de hermandad entre nosotros. Ese joven era Simón.
A esta edad intermedia entre la infancia y la edad adulta, las amistades se acercan más al corazón, cuyos pecados no lo han arraigado todavía a las vanidades del mundo, de manera que quien posee en prenda el afecto de un amigo puede definirlo en los términos del poeta latino como “la mitad de su alma”.
Simón se convirtió para mí en la puerta a través de la cual mis ojos veían por primera vez el mundo. Como yo, era tímido y cobarde para el amor y para la guerra, pero de una inteligencia sutil en lo que se refiere al conocimiento de la condición humana. La tiranía de su padre lo había despojado de la confianza en sí mismo, y se había asido con todas sus fuerzas al estudio y a las letras, olvidando todo lo demás – todo lo que aborrecía en el trato cotidiano con sus semejantes- y manteniendo la distancia con la vulgaridad que le rodeaba.
La rudeza de su padre y de sus hermanos hacía presa en él, porque era débil y enfermizo, tendente como yo a la reflexión y a la melancolía, desplazado de un ambiente de lucha y trabajo que solo tenía como modelo el oportunismo y la violencia de las fieras. A causa de su situación, había decidido en un acto de tácita condescendencia tragarse su odio y desdoblarse en una doble personalidad en contradicción: la del estudiante aplicado que descubre el milagro de la vida y de la verdad, y la del superviviente mezquino que se aprovecha de las debilidades ajenas para destruir a sus supuestos agresores. Sus cuidadas vestiduras externas – calzones, jubón y turbante de lino eran sus prendas habituales- vertían el reflejo de sus vestiduras internas, donde bajo las costuras y los encajes, los brocados y los adamasquinados, se escondían úlceras y llagas infectadas y tan antiguas como las de nuestro pueblo, y como diría en profeta, “ni aliviadas con aceite”, esto es, ni consoladas por cierto principio de misericordia.
Pero sus cualidades para hablar y razonar estaban tan desarrolladas que yo no podía separarme de él, porque consideraba que era la única persona en el mundo que me comprendía. Un levita que lo había formado de pequeño le había recomendado a un Doctor de la Ley de Jerusalén, y su padre, orgulloso de las dotes de su hijo delante de los hombres, le había pagado al doctor para que lo educase hasta que adquiriese la ciencia suficiente como para contender con los miembros del sanedrín, esa institución de competencias legales semejantes a las de la curia romana, integrada por los setenta custodios de la alianza nombrados por Moisés.
¿Qué deseaba yo entonces con mayor anhelo que conseguir que mi padre me enviase a estudiar con él y vivir los dos bajo el mismo techo en compañía de sabios y doctores? Pero no sucedió como pensaba. Mi padre era enemigo de sacerdotes y levitas y desconfiaba de que robaban y estafaban a los trabajadores y empresarios, así que, a pesar de mis lágrimas y de mis enfados, no puso ni una dracma a disposición de mi esperado propósito. Fui yo quien desafié a la autoridad paterna huyendo de casa una noche en un carro de posta , pagando al carretero con tres medidas de harina que pertenecían a una donación hecha al templo a título oblativo por haberme curado de una enfermedad de infancia que me llevó a las puertas de la muerte.
Como cabía suponer, Simón me esperaba en un punto intermedio- la cercana aldea de Doc – con la intención de unirse a mí en otro vehículo de posta y acompañarme hasta Jerusalén.
En este viaje, no sentí demasiado temor de perderme o de dar con una banda de salteadores que me despojasen del escaso equipaje que llevaba, porque mi corazón estaba inmunizado de sustos desde el suceso del barco en el que desperté definitivamente de mi infancia para entrar en la edad adulta.
Llegado a la aldea, reconocí en seguida a Simón por el farol rojo en forma de candelabro que iluminaba su rostro y con el que me hizo señales convenidas repitiendo la consigna acordada conmigo. Tuvimos problemas con el otro carretero, pues alguien que conocía a nuestros padres le había ido con el cuento de nuestra fuga, y de no ser por una propina que Simón le dio, nos hubiera dejado en el sitio.
Después de dos horas de retraso, nos pusimos en camino. Aquella noche ni mi amigo ni yo pegamos ojo. Al día siguiente comimos en el camino unas tortas de pan con carne de cordero salada y nos detuvimos a la altura de Adasa para pedir agua a un viñador que nos dio a beber de su pozo.
Antes de que anocheciera, asustados del proceder del carretero, quien se había emborrachado bebiendo vino y cerveza caldea y había subido a una mujer pública al pescante, atormentándonos con sus canciones mientras el carro traqueteaba a causa de la conducción irregular y de los desniveles del camino trazado para ganados y no para hombres, vimos de lejos las murallas de la ciudad iluminadas por antorchas, y gritamos de júbilo por haber llegado sanos y salvos a nuestro destino. Inmediatamente, pagamos al carretero borracho y nos deshicimos de él, pues no queríamos ser recibidos por semejante cortejo ni aún de noche, y preguntándole a un centinela que hacía guardia en la Puerta de Oriente, nos condujimos por calles plagadas de barullo nocturno del que suele haber en las capitales hasta el lugar acordado. Para no escandalizar al Colegio de Pontífices, nos quedamos a dormir en la posada. Era tal nuestro cansancio que nos dormimos nada más tocar el lecho, admirados y sobrecogidos por nuestra extraordinaria aventura.
A la mañana siguiente, con algunos piojos de más y algunas de esa pulgas tan molestas que se adquieren en los tugurios muy concurridos, nos fuimos a visitar a Zacarías, sacerdote del templo del turno de Abía, nuestro profesor en la doctrina sagrada. Era este un hombre cuya simplicidad nos sorprendió: su rostro era bondadoso y su mirada transparente. Nada más vernos nos acogió como a hijos suyos y nos introdujo en su casa. Sin dejar de sonreírnos, le preguntó a Simón acerca de mí y él le contó no sé qué de mi familia. Recuerdo con qué ternura puso su mano sobre mi cabeza y contempló mi rostro, todavía imberbe, antes de bendecirme con serenidad. Zacarías era un hombre justo que acababa de cumplir los cincuenta años, y que se había retirado, según la Ley, del servicio del Templo, ofreciendo sus conocimientos para la educación de los jóvenes. Estaba casado con una mujer de edad avanzada llamada Isabel, y no tenían hijos. A Isabel se la veía poco por plazas y mercados, entregada – por no decir consagrada- casi por entero al servicio doméstico. Más tarde, en esta tela de casualidades que es el mundo, sabríamos que tendría el honor de ser la madre del precursor Juan el Bautista.
Con suma delicadeza, Zacarías desplegaba sobre la mesa un pergamino de piel de becerro y nos mostraba las letras mágicas de la escritura, desvelándonos los secretos encerrados en los caracteres milenarios, mientras se acariciaba la punta de la barba con la mano izquierda. Su salud no era demasiado buena –padecía dolores reumáticos y tampoco su pulmón era demasiado resistente a los cambios de temperatura-, pero se abandonaba por completo al porvenir y entregaba cuanto poseía para sembrar en el presente los campos adivinados del futuro. Alejado del lujo aparente de los fariseos y letrados, no se ocupaba de ceñir cinturones de oro ni filacterias relumbrantes, antes bien se preocupaba más de socorrer al necesitado que de deslumbrar a los traficantes de influencias. Tenía, además, el don de la profecía, y por causa de algunas de sus declaraciones públicas había sido reprendido por sus colegas. No obstante, no por eso dejaba de pertenecerse a sí mismo y a Dios.
Durante el tiempo que estuve en su presencia, tuve la sensación de que estaba en presencia de un hombre justo, como yo me lo había imaginado en mi corazón antes de llegar a conocerlo. Yo quería que el tiempo no tuviese límites y que aquellas explicaciones acerca de los secretos de la creación, enigmas que habían conducido a las generaciones al fruto de su esperanza, durasen lo que durasen el sol, la luna y el firmamento que divide las aguas, porque el hablar de un sabio es un banquete continuo, citando de nuevo el texto sagrado.
No obstante, la Necesidad y sus siervas las Obligaciones me habían seguido hasta allí, y Simón me recordó los deberes para con mi padre. Con presteza redacté una breve misiva, la sellé y se la entregué a un mozo de mulas que conocía nuestra casa, encargándole que se la diese personalmente a él, de quien el mozo tenía harta noticia, puesto que era uno de los jefes de su gremio. No pensé entonces en las consecuencias de mi desobediencia. Llegué incluso a desear que mi padre muriese, con tal de quedarme a vivir en casa de Zacarías.
A todo esto, era tal la felicidad que sentía de estar en Jerusalén estudiando lo que siempre había deseado estudiar, admirando monumentos y conociendo a personas célebres de las que había oído hablar en Jericó y a las que entonces podía llegar a ver frente a frente y no a través del reflejo de la memoria, que establecí un pacto con Simón – cosas de juventud- por el cual nos comprometimos a jurarnos mutua fidelidad en nuestra común empresa, y para confirmar la promesa declarada, nos intercambiamos una sandalia según es costumbre entre judíos castizos al realizar un negocio, y nos auxiliamos de dos testigos que representaban a la comunidad de los circuncisos ante nosotros – eran dos amigos nuestros con los que habíamos coincidido un día en Hebrón, la ciudadela de David, que ni siquiera eran de nuestro pueblo.
Mi padre envió un correo tres días más tarde a la dirección del remitente, ordenándome que regresase a casa y reclamando a los “sacerdotes del Templo de Jerusalén” mi persona, advirtiéndoles de la desobediencia de un hijo presuntamente díscolo y rebelde como yo. Pero este que ahora sonríe relatando una anécdota de muchachos estaba entonces dispuesto a morir antes de regresar a lo que él llamaba “la olla de Egipto”, identificando la tiranía del Faraón que esclavizó a nuestro pueblo durante cuatrocientos años con la tiranía de mi padre, quien no permitía que me formase en aquello que siempre había deseado. Así que, tomando los instrumentos, le escribí con valentía que una obligación más importante me retenía en Jerusalén.
Por aquel entonces, el pueblo estaba expectante por la llegada del Mesías, quien redimiría a Israel de los invasores extranjeros venidos del Norte. Zacarías nos explicaba que la venida del Mesías estaba próxima, según el cómputo de las Setenta Semanas de Daniel, y confirmaba que nacería en Belén de Judea, según había dejado escrito el profeta Isaías, y que procedería del linaje de David para “traer el Derecho a las naciones”.
Muchos pensaban que la venida del Mesías nunca se produciría, o que de producirse, tal vez fuese un azote peor que su ausencia, porque las infidelidades, crímenes, transgresiones y pecados de Israel desde su partida de Egipto provocarían que su juicio se volviese contra ellos. En efecto, ningún pueblo existía en el mundo, según el testimonio de Moisés y de los profetas, a quien tanto se le hubiese dado y de lo que tan poco él hubiese respondido, porque Dios había estado tan cerca de él que lo había librado milagrosamente de otros pueblos mucho más poderosos, y sus bendecidos ni tan siquiera habían sabido darle las gracias respetando su memoria y sus mandamientos, sino que se habían prostituido con imágenes de otros dioses incorporados al panteón de los pueblos vencidos.
El pecado había alcanzado las proporciones del crimen cuando, imitando los cultos babilonios, se autorizaron sacrificios incluso humanos para honrar a falsas divinidades guerreras. Por esa causa, Israel había caído en manos del rey de Babilonia, Nabucodonosor, en tiempos del profeta Jeremías, siendo invadido por los fundadores de los ídolos a los que adoraron sus habitantes. Salvo un puñado de restauradores del Templo de Jerusalén dirigidos por el rey Zorobabel y por el sacerdote Simón, la tierra de Israel, desde el mar hasta el Jordán – la Tierra que había prometido Dios a su pueblo desde el patriarca Abraham- fue invadida sucesivamente por medos y persas, y cuando el imperio persa fue absorbido por el imperio griego de Alejandro el Grande, sus sucesores heredaron Israel y perpetraron genocidios y matanzas, hasta que finalmente, Roma absorbió al resto de los imperios circundantes y estableció un protectorado en nuestra nación.
Por ello, si desde la remota época en la que los hijos del rey Salomón, Jeroboam y Roboam, dividieran el patrimonio de las Doce Tribus de Jacob en dos reinos enfrentados – Judá e Israel-, se hablaba del Mesías, del Restaurador de la Ley, ¿qué sucedería consumado el plazo establecido por los vaticinios, pues la expectativa era muy grande, especialmente entre los más pobres y oprimidos por los abusos del poder?. De esta manera, el Mesías venía a concluir la historia pasada y a darle un giro desconocido a los acontecimientos futuros, y en consecuencia, era de notar la importancia que se le confería a semejante hecho.
Nosotros, jóvenes apasionados y estudiosos de la Ley, nos involucramos asimismo en la expectación reinante. Jerusalén era entonces una ciudad colonizada por los extranjeros: había sirios, griegos, persas, etíopes, multitud de incircuncisos gentiles, esclavos y libres, y nos preguntábamos quiénes de ellos estarían llamados a la conversión. Claro estaba: si no eran judíos, no podían salvarse. Los sucesos diarios rompían nuestros esquemas aprendidos acerca del bien y del mal, porque en ciertos motines callejeros solventados por el distante Derecho Romano encontrábamos a los gentiles más solidarios y bondadosos que los judíos.
Para un judío de casta, los problemas ajenos constituían siempre una maldición derivada del pecado, y con este astuto argumento se justificaban las mayores injusticias. En cierta ocasión nos pidieron que fuésemos árbitros en una disputa callejera: una vendedora de pan se había querellado con una verdulera porque aseguraba que aquella la había injuriado con un anatema, provocando que los clientes huyeran de su tienda. La verdulera juraba y perjuraba que no había hecho tal cosa, y, puesto que era cananea y no sabía hablar bien nuestro idioma, soltaba frases que no éramos capaces de interpretar. Preguntamos a la vendedora de pan qué le había dicho: ella nos contestó que la había llamado adúltera con un nombre abominable que solo en nuestro pueblo se emplea para calificar las costumbres de los gentiles. Se presentaron testigos que confirmaron la versión. La verdulera, indefensa y convencida de que no era culpable, se arrodilló ante nosotros pidiéndonos que la salvásemos. Sospechando un fraude, probamos el argumento de Daniel: separamos a los testigos e hicimos preguntas, y comprobamos que las versiones no coincidían. Sin prueba de cargo, absolvimos a la verdulera, quien, fuera de nuestro arbitrio, carecía de recursos para acceder a la justicia, y ella nos quiso pagar con lo poco que tenía, pero nosotros no quisimos dádiva alguna. Más tarde, alguien nos explicó que la vendedora de pan de nuestro pueblo envidiaba las ventas de la verdulera cananea, y había urdido una trampa para expulsarla del mercado.
Zacarías nos explicó que el pecado había arraigado en nuestro pueblo, y que para redimir al pueblo de Dios del pecado habían venido los profetas y, por último, vendría el Mesías en la consumación de los tiempos. Pero nosotros deseábamos saber quién se salvaría y quién perecería, pues éramos hombres y esperábamos que la opinión de Dios coincidiese con la nuestra. Nos pasábamos el día debatiendo sobre estas cuestiones y cuando llegaba la noche, Simón y yo proseguíamos con la vela encendida a escondidas, discutiendo sobre los acontecimientos del día, y decidiendo el futuro mientras Zacarías, sin reprendernos, en la alcoba donde dormía con su mujer, tosía y oraba en voz casi imperceptible.
En una ocasión, Zacarías nos llevó al atrio del Templo y nos presentó a jóvenes de las mejores familias de Jerusalén, mientras los doctores, con vestiduras coloridas y barbas largas hasta la cintura, debatían los puntos oscuros de la Ley, citando con memoria prodigiosa las fuentes y la jurisprudencia. Hasta los jurisconsultos romanos venían a escucharnos – pues admiraban el Derecho Judío y , de no ser por su orgullo patrio, lo hubieran antepuesto al suyo, cuyas Doce Tablas se inspiran, tal vez sin ser conscientes de ello, en la Ley de Moisés.
Zacarías debatía con los jefes de las sinagogas acerca de la identidad del Mesías. Tendría que volver de nuevo el profeta Elías, raptado por el torbellino que lo había elevado en cuerpo y alma al cielo, para anunciar su venida, y no sería en absoluto un caudillo de espada, sino un siervo del amor con el que Dios había amado a su pueblo. Los doctores oponían la “vara de hierro” calificada por el profeta Isaías a las caridades con las que Zacarías pretendía revestir, apoyándose en una interpretación menos literal de las profecías, al Ungido de Yavé.
Algunos de los presentes habían recibido supuestamente el don de la profecía, y extraían del seno pergaminos recién escritos con versos que eran puestos en común y ensalzados o rebatidos por la curia eclesiástica. Zacarías era uno de ellos. Cuando leyó este pasaje que transcribo a continuación, se originó una polémica entre los estudiosos:

Alégrate sobremanera, hija de Sión,
Grita exultante, hija de Jerusalén,
He aquí que viene aquí tu rey
Justo y victorioso, humilde,
Montado en un asno,
En un pollino hijo de asna.
Extirpará los carros de Efraím
Y los caballos de Jerusalén,
Y será roto el arco de guerra
Y promulgará a las gentes la paz
Y será de mar a mar su señorío
Y desde el río hasta los confines de la Tierra.

Nadie se puso del bando de Zacarías para defender esta profecía. Antes bien, los doctores más jóvenes del grupo que solían apoyar sus razones, se volvieron al resto y dejaron solo al lector. Algunos miembros del Sanedrín, reconocidos por su ínfulas exageradas, compararon a Zacarías con el falso profeta Ananías, contemporáneo de Jeremías, el cual vaticinaba la victoria de Israel frente a Babilonia, siendo desengañado por los hechos. Lejos de enfadarse, como hubiera acontecido de no ser con él contra quien se enfrentaban, Zacarías explicaba con paciencia lo que había escrito, citando a los autores en los que se había inspirado. Nosotros queríamos defenderlo, pero no disponíamos de argumentos ni a favor ni en contra.
Asimismo, nos llevamos otra decepción con los próceres del Sanedrín. Allí podía haber de todo menos espíritu de sabiduría y temor de Dios. Se pasaban las horas distraídos contando ofrendas sacrificadas por los ricos para propiciar venturosos desenlaces en sus intrincados negocios, mientras los pobres se agolpaban a las puertas de la Casa de Yavé pidiendo un pedazo de pan. Se creían mejores que los demás por pertenecer a un linaje de nobles hijos de nobles, ocupando los puestos públicos antes por parentesco con antiguos integrantes que por méritos personales. Eran opacos y oscuros, y jamás hacían nada que se saliera de su interés. Se encubrían unos a otros, y cuando alguno se quería imponer al resto, lo hacían caer en desgracia delante de los sacerdotes, o lo denunciaban a las autoridades romanas, las cuales no se metían en asuntos de política interna salvo que perjudicasen directamente al César o a los magistrados del imperio. Eran, en definitiva, como el Cristo los llamó, la levadura que hincha las ofrendas y disminuye la misericordia, o como el muro que separaba a Dios de su pueblo. Nosotros pretendíamos cambiar todo esto, pero éramos jóvenes e inexpertos y, además, ni siquiera disponíamos de casa propia.
Hablando un día con Simón acerca de la rebeldía del pueblo de Dios, libre de Egipto por voluntad suya, este me mostró una carta que me había ocultado durante tres días y enviada, cómo no, por mi padre. En ella se podían leer amenazas y maldiciones contra mí, de un tenor que me llenó los ojos de lágrimas pero que no torció mis propósitos de decidir el rumbo que le iba a dar a mi vida. Reprendí a Simón por haberme ocultado la carta. Él se excusó diciendo que se había olvidado de dármela, consolándome lo mejo r que pudo y animándome a seguir por mi camino. Pero al día siguiente, al volver del mercado, me encontré con un cortejo de personajes desconocidos a la puerta de la casa de Zacarías. El dueño había salido y Simón tampoco estaba. La única que hablaba con ellos era Isabel, quien nada más verme me hizo una señal con la mano. Yo no comprendí. Entonces, cuando los personajes de dieron la vuelta para contemplarme, distinguí a mis hermanos. Joab, el mayor, sin haberme saludado, me asió por la túnica y me golpeó en la mejilla con la mano abierta. Caí al suelo y se me derramó la fruta que había comprado. Isabel quiso intervenir, pero mis hermanos no se lo permitieron.
Lo primero que se le ocurrió a mi hermano fue insultarme con todo tipo de baldones, y acto seguido me echó la culpa de su viaje a Jerusalén por orden de mi padre, quien deseaba tenerme delante para castigarme como merecía mi transgresión. Levantándome del suelo, me encaré con él y le dije que estaba allí por decisión propia, y que nadie me llevaría si no a la fuerza. Natán e Isaac, los otros dos de mis hermanos que acompañaban a Joab junto con dos esclavos de mi padre, se unieron a la disputa y respaldaron a Joab poniéndose en contra mía. Mientras Isabel trataba de calmarlos, un esclavo de mi padre, de nombre Jasón, me tomó de la mano y me aconsejó que no me rebelase contra la autoridad paterna. Decidido a no rendirme a las amenazas, puse por primera vez en mi vida a mis hermanos en su sitio, y confesé que ni mi padre ni todos mis antepasados juntos podrían torcer mi voluntad de seguir el camino que había escogido. Si he de atestiguar un acto de valentía en mi juventud, es este en concreto del que me siento más orgulloso.
La disputa entre mis hermanos y yo atrajo a muchos curiosos, y duró hasta el regreso de Zacarías. Finalmente, y después de encomendarse a unos y a otros, los enviados de mi padre capitularon y se fueron, prometiendo pedirle su maldición para mí, con la intención de desheredarme de lo que me correspondía por ley. Solo y abandonado, ,e eché a llorar, pero Zacarías me consoló asegurándome que nunca dejaría de estar bajo su protección, pues él me había acogido como sacerdote del Templo, y nadie que se acoge al Templo puede ser nunca expulsado de él. Comprendí entonces lo que significaba la palabra misericordia, y todo lo demás perdió su sentido para mí. Le dije también que él había sido mi verdadero padre, y que nunca había conocido a un hombre más temeroso de Dios, y que quien todo lo ve tendría que premiarlo algún día como se merecía, si es que eran ciertas sus promesas. Desde entonces me dediqué al estudio con más dedicación, con el propósito firme de convertirme en un doctor de la Ley.
Los asuntos de mi padre quedaron en suspenso, y durante aquel año no recibí más correspondencia suya. Me acostumbré a frecuentar con Simón la Ciudad Baja, desde la Piscina de Siloé, donde se reunían los leprosos y otros muchos enfermos para bañarse en su manantial de aguas medicinales, hasta la antigua Sión a través de las calles multitudinarias empedradas en tiempos del rey Ezequías. Teníamos tanto Simón como yo el Templo por referencia; quien se conmoviese ante el arte que transmite las huellas de la historia experimentaría gran admiración al advertir las edades de nuestro pueblo en la extraordinaria edificación levantada por el sabio monarca Salomón con el concurso de rey Hiram de Tiro.
Destruido y reedificado, testigo de la memoria colectiva, el Templo constituía el símbolo de la unidad de Israel y de su alianza con el Dios que le prometió la tierra en la que se asentaba, coronando con el premio de una comarca que mana leche y miel la prueba de fe del éxodo a través del desierto durante cuarenta años de confianza exclusiva en la providencia. ¿Quién podía imaginar que el Santuario de la Religión y de la Ley caería un día piedra a piedra o que sus fundamentos no eran estables? Muy seguros de sí mismos, los ciudadanos se engreían mirando la magnífica edificación, considerando que por muchos que fueran sus pecados, sus crímenes o sus fraudes, nunca su Dios les daría la espalda. Nosotros también estábamos enamorados del Templo, si bien cada vez, aventurándonos en nuevas experiencias, nos distanciábamos más de él. Al fin y al cabo éramos jóvenes y queríamos disfrutar de la vida en plenitud, de una vida que se abría de pronto ante nosotros.
Un amigo nuestro nos llevó un día, por sorpresa, a un barrio prohibido para los muchachos de buena familia, y allí conocimos los gozos de la concupiscencia. Inexpertos como éramos, nos dejamos llevar sin tomar ninguna precaución, y las caricias apasionadas de las mujeres públicas, desvergonzadas y sensuales, nos supieron más que los consejos de los letrados. Después de mi primer conocimiento de la mujer, le pregunté preocupado a Simón: “¿No es esto fornicar?”. Él me respondió riendo: “De ninguna manera. Fornicar es hacerlo con mujeres extranjeras. Estas son de la misma ciudad”. La respuesta me hizo sonreír, y desde entonces el barrio prohibido se convirtió para mí en lugar de visita al anochecer.
Comprendí entonces cuál era el único valor del dinero, y mi vida posterior estuvo motivada por esta experiencia. Si bien Zacarías ejercía sobre nosotros una tutela paternal, no se metía en nuestras responsabilidades. Pero Simón y yo sabíamos que era hora de ganarse la vida, pues nuestro sueño de pertenecer el sacerdocio del Templo de Jerusalén iba esfumándose a medida que éramos espectadores y testigos de las injusticias que se cometían y del tráfico de influencias que impedían que alguien ajeno a los recomendados y familiares de los recomendados tomasen parte en el negocio que el clero dominante había hecho de sus funciones religiosas. Fue una decepción tan grande para nosotros el darnos cuenta de esta verdad que pensamos, en un ataque de ira, en fugarnos a los montes vecinos para rebelarnos contra el poder convirtiéndonos en héroes al estilo de los Macabeos en tiempos de la dominación griega. Creíamos incluso que Zacarías no estaba a la altura de las circunstancias, cuando era él quien nos había dado el mejor ejemplo de humildad y entrega de nuestras vidas.
Desgraciadas nos parecían aquellas personas analfabetas e incultas que poblaban la ciudad, ante la mirada soberbia de los soldados romanos, quienes con carros y caballos, con esclavos e insignias relucientes, paseaban su despectiva vanidad restregándosela a aquellos que no podían permitírsela. Pero aún más hipócritas nos parecían los nuestros que por un puñado de monedas se vendían al enemigo. Los artesanos apenas ganaban para comer y para mantener a sus familias, mientras los recaudadores de impuestos, los extorsionistas y los ladrones bien respaldados amasaban fortunas delante de sus ojos. Y las muchachas que nos gustaban se iban detrás de ellos, deslumbradas por su posición. Tanto Simón como yo considerábamos que una guerra sangrienta constituía la única solución al problema de la angustia del pueblo, y terminamos por creer que el Mesías que estaba por llegar sería más violento y vengativo que el Ángel Exterminador lo fue para el Faraón de Egipto.
A pesar del desprecio que yo sentía por el dinero y por quienes lo manejaban, tuve que aprender a tragarme mi bilis, porque lo cierto era que Dios no me ofrecía otra posibilidad para salir adelante. Probado además el dulce placer del coito, y conociendo las infidelidades de lo que los ociosos llaman amor entre hombre y mujer, las enfermedades que genera el pecado de la fornicación y la ceguera de las pasiones, el ganar dinero suponía poseer la receta que nos libraría de la pobreza y de su cruel castigo, la mendicidad, y además, por si fuera poco, sería nuestra mejor venganza.
En mi caso, el despecho se extendía a mi padre y a mis hermanos, a los que hubiese querido ver arrodillados delante de mí pidiéndome el rescate de sus vidas.
Pero, ¿de qué manera conseguir ganar dinero fácil y rápido? Yo era de natural débil y enfermizo. Ante mí veía cada día morir gente más resistente que yo a las adversidades, a causa de carecer de ayuda. A Simón y a mí nos trataban de ricos, solo porque no vivíamos del trabajo de nuestras manos. ¡Qué diferente nos parecía el mundo a aquellas fantásticas promesas hechas por Dios a los hombres! Si se cumplían en el tiempo, primero había que cavar una fosa para enterrarse en vida. Nuestra juventud exigía resultados inmediatos, y sería capaz de enloquecer con tal de no hacerse cargo de la situación. Los consejos de Zacarías y de Isabel nos parecían las recomendaciones de dos ancianos, y terminamos por convencernos de que no nos servían para nada. Así que, estudiando durante un año nuestro plan, renunciamos al propósito de convertirnos en doctores de la Ley para colaborar con los malversadores y los oportunistas.
El dilema moral entre lo justo y lo injusto lo resolvimos de la siguiente manera: el pecado recae en quien no aprovecha la ocasión para hacer lo que desea. Como tampoco queríamos renunciar a nuestros principios acerca de la Gran Restauración de Israel, nos unimos a un grupo de zelotas que actuaban en secreto en contra del imperio de los conquistadores romanos y conocimos a otros muchos jóvenes en idéntica situación a la nuestra.
Por la fiesta de Pascua, Simón recibió una carta de sus padres en la que estos le pedían que regresase a Jericó para celebrar la fiesta con ellos. Yo no recibí carta alguna de mi padre. Entonces, mi más fiel amigo me invitó a comer a su casa. Nos despedimos de Zacarías y de Isabel y partimos rumbo a nuestro hogar durante la semana que conmemora el Paso del Mar Rojo por nuestro pueblo hacia la Tierra Prometida.
Cuando llegados a Jericó, los padres de Simón, antaño tan despóticos, abrazaron a su hijo, las lágrimas me brotaron en los ojos pensando en los míos. ¿Cómo se encontraría mi madre? ¿Y mi padre, no estaría ya arrepentido de su conducta hacia mí, no habría caído en la cuenta de que yo…? Simón me cortó la reflexión melancólica explicándole mi situación a su familia. Todos se esforzaron por no dejarme pensar ni un instante en mi tristeza. Comimos conforme al rito un cordero asado con endibias y pan ácimo, todos en pie, mientras el padre de familia se apoyaba en su báculo y oraba al Dios de la Liberación. Después del banquete, a Simón le aguardaba una sorpresa. Entraron unos lejanos familiares suyos a casa y le presentaron a su hija, una adolescente de extremada belleza, vestida de fiesta, con el cabello suelto y un velo de seda que se levantó para que los presentes pudiésemos verle la cara. Sus ojos, como dos palomas alborotadas, volaron hacia el corazón de mi amigo e hicieron su nido allí. Tratando el asunto entre seriedad y francachela, sus padres la ofrecieron a Simón, quien no había visto a la joven lodesde los ocho años, cuando jugaba con ella en el patio de la casa. El contrato quedó perfeccionado allí mismo, y se fijó la fecha de la boda para el mes siguiente, porque el padre tenía prisa por motivos económicos, pues los préstamos que debía para financiar sus negocios se le echaban encima y los acreedores, preocupados por la renovación de los plazos, acudían cada día a su casa para recordarle las deudas contraídas. Felicitamos a Simón por su futuro desposorio con aquella virgen que conocía desde niño, de nombre Ana, y oramos por su salud y prosperidad.
Me alegraba de ver tan contento a mi mejor amigo ante la perspectiva de su matrimonio, aunque en contraste, yo, separado de de mi familia y bajo el patronazgo de Zacarías, me sintiese solo y perplejo ante mi incierto porvenir. Todavía no se había terminado la Pascua, cuando una carta nos trajo una noticia inesperada. Leímos en sus líneas trazadas por una mano temblorosa que la esposa de Zacarías, Isabel, estaba encinta, y que su marido, nuestro protector, había sufrido una parálisis provisional y no podía hablar. Celebramos el sábado y, al día siguiente, con una mezcla de alegría y turbación, tomamos el camino de Jerusalén. Nos preguntábamos cómo podía estar encinta una mujer que desde hacía años carecía de flujo de sangre, y que en su juventud había sido estéril. Como no fuera un milagro del Señor, no nos explicábamos la razón del suceso.
Discutíamos acerca de esto, cuando a la altura de Anatot nos sorprendió una fuerte lluvia, infrecuente en aquella estación, y nos quedamos más tiempo del previsto en el poblado. Un dolor de estómago, mitigado con remedios tradicionales, me retuvo día y medio en cama a consecuencia de ciertos alimentos en mal estado que había ingerido en el mesón, viejas salazones almacenadas en las despensas, pues los alimentos frescos se habían terminado debido a la cantidad de comensales que, sorprendidos por el temporal lo mismo que nosotros, se habían acogido al amparo del mismo figón. Cuando llegamos por fin a Jerusalén, nos encontramos la casa de Zacarías llena de gente. Ni tan siquiera los esclavos nos vieron entrar.
Preguntamos por el enfermo antes que por la embarazada, y sus parientes nos explicaron todo: Zacarías había ido a presentar una ofrenda de incienso ante el altar del Templo, cuando vio a su derecha a un joven que le pareció un ángel de Dios, y que se identificó como tal delante de él. Lo informó de que su ofrenda era grata ante el Todopoderoso, y que su petición de un futuro hijo había sido aceptada. Zacarías, temeroso de la promesa y de su incierto cumplimiento, le había pedido una señal al ángel, y este le había declarado su verdadero nombre, Gabriel, pero como castigo por su falta de fe lo había privado de la voz hasta el día en el que se cumpliese la palabra del ángel. Esta anécdota la había escrito Zacarías en unas tablillas, así como el nombre de su futuro hijo, Juan. A nosotros nos resultaba un tanto inverosímil aquella explicación, y buscábamos en la ciencia de las demostraciones una causa deducida de la experiencia.
“¿No tendrá el privilegio de ser Zacarías el padre del futuro Mesías de Israel?”, nos preguntábamos Simón y yo. No obstante, nos encontrábamos tan preocupados y embebidos en nuestros asuntos personales, que no le dimos más vueltas al asunto. Simón estaba a punto de contraer matrimonio, y yo anhelaba convertirme en un hombre de negocios. La boda de Simón se celebró en Jericó el mes en el que la primavera se encuentra en su plenitud florida, y el banquete fue de lo más concurrido, tanto fue así que allí me encontré de nuevo con mi padre y mis hermanos. Creí que el orgullo le impediría saludarme, pero él se acercó a mí, mientras mis hermanos lo miraban desde la distancia con desdén y reproche, me puso las manos en la cara y me besó la frente. Yo derramé algunas lágrimas. “Hijo mío” le oí decir, “tu madre y yo te echamos mucho de menos. Tus hermanos me han querido persuadir de que te desheredase, pero aunque fueses el delincuente más condenable, yo te querría lo mismo como hijo mío que eres”. Yo confesé asimismo que los echaba de menos a ellos, y que solo la incomprensión acerca de mi camino a seguir en la vida me había separado de su casa. Entonces apareció de pronto mi madre, quien, sin decirme nada, me abrazó llorando, logrando emocionarme a mí también, pues nunca antes la había visto tan conmovida. Mi padre prometió respetar cualquier decisión que yo tomase, con tal de que me reconciliase con la familia. Acepté la condición y regresé a mi hogar por unos días.
Mi padre, al igual que el padre de Simón, tenía preparado otro matrimonio para mí. Después fui informado de que habían tratado el tema juntos. La prometida era hija de un comerciante de lana, de nombre Adonías, con el que mi padre había hecho negocios más de una vez, y a quien debía fondos a préstamo con algunos intereses. La chica se llamaba Judit, y era hermosa y sana, aunque con predisposición a padecer fiebres altas, que la dejaban en cama por varios meses. Me agradó la oportunidad y dispusimos la boda, que se celebró a principios de verano. En el ínterin, mi padre me presentó a ciertos personajes de prestigio en el sector de los transportes y de los seguros de mercancías, para intentar vincularme a su oficio desde la motivación, presentándome a ellos como un erudito que había ido a estudiar a Jerusalén, y llenándose la boca de elogios ante hacia mi presunto conocimiento de la Ley de nuestro pueblo. Me encargó negociaciones y me nombró apoderado suyo con plenos poderes para dar y tomar en su lugar, me asignó capitales y me recomendó a sus amigos afiliados, y tanto hizo que mis hermanos comenzaron a sentir envidia de mí, preguntándose cómo era que había pasado a convertirme en su hijo más favorecido.
En el fondo, mi padre admiraba lo que había sido capaz de hacer, aunque su manera de entender el mundo no pudiese comprenderlo por completo.
Celebrado mi primer matrimonio, no constituía ninguna novedad para mí el formalizar un negocio. Con mi primera mujer, al contrario de lo que me ocurrió con los asuntos financieros, no corrí la misma suerte; resultó ser estéril y, a pesar de su virtud manifiesta para llevar la casa, y su ternura en el trato conmigo, una terciana de las numerosas que padecía se la llevó arrebatándome su grata compañía a los cuatro años de nuestra boda. Su muerte me causó un profundo pesar y me apartó de los negocios durante unos meses. Simón y su mujer me acogieron en su casa, mientras mi padre me buscaba otra solución nupcial echando mano a sus contactos en la ciudad.
En esta época de mi vida – sobre treinta y dos años de edad tendría entonces- emprendí junto con cinco socios el negocio que me llevó a mi riqueza actual, ya que hasta entonces me había sostenido mi padre en todo, enseñándome a desenvolverme en el mundo de las relaciones sociales. Así fue la cosa: el nuevo gobernador, esperando una recepción de un magistrado principal de la provincia de Italia, dispuso la reconstrucción del Teatro de Jericó, pretendiendo ampliar su aforo y convertirlo en un anfiteatro como los que abundan en Roma desde la Paz de Octavio César. Un grupo de aventureros y yo nos pusimos a cargo de las obras, juntando capitales procedentes de los productos sin arancel que nos vendían nuestros proveedores para la reventa en los mercados de abastos, dinero con el que los socios y accionistas comprábamos a los ediles que nada filtraban a las autoridades acerca de la evasión de tasas. El gobernador era un tanto prepotente, y quería estirarse frente a su invitado, esperando recibir de él una merced de la corte. Así que a nosotros nos fueron asignados para la obra más de cinco mil sestercios. Echamos cuentas y convenimos en gastar en el material y en la construcción las tres cuartas partes de lo asignado, embolsándonos directamente el resto. No obstante, adjudicamos las participaciones entre los cinco a cargo del presupuesto acordado y, para obtener ingresos rápidos, vendimos pequeñas acciones a un interés más bajo entre los ricos mercaderes de la ciudad, quienes se implicaron entusiasmados en una obra pública de tal magnitud, codiciosos de ver en poco tiempo aumentada su hacienda.
Para la obtención del material , nos pusimos en contacto con un tal Matho, natural de Sidón, liberto y con una vida poco menos que fabulosa – había servido en el ejército en tiempos de Pompeyo Magno, se había cambiado de nombre varias veces y entre los paganos circulaba la leyenda de que había recibido un poder diabólico para transmutar los metales-. Nuestro hombre se dedicaba a comprar a bajo precio piedra y ladrillo procedentes de derribos públicos, incluso sillares robados a templos y santuarios en ruinas, para revenderlos a los promotores, empleando para el trabajo a libertos, a veces engañados, que tras años de servidumbre, deseaban obtener la plenitud de derechos civiles. A él le encargamos el granito y, para revestir la construcción y añadir columnas y frisos, el mármol, el jaspe y el pórfiro.
El gobernador, celoso de obtener su parte, apuró la obra e hizo trabajar a los obreros de sol a sol por un miserable salario que no se extendía a mucho más de la comida. Mientras tanto, nosotros nos enriquecíamos, invertíamos y comprábamos lugares estratégicos de mercado para alquilarlos a los vendedores y obtener rentas, guardando los documentos y haciendo varias copias de ellos por miedo a las extorsiones presuntas del ejército, y casi no éramos capaces de controlar el dinero que pasaba por nuestras manos, y mucho menos de quienes metían las suyas en la bolsa.
Al año siguiente se inauguró el anfiteatro, al cual el gobernador puso su nombre, y se celebró la recepción del poderoso invitado con una pompa a la altura de la ambición de los dos próceres imperiales. Fatigado por las obligaciones del negocio, alegué una indisposición y me reuní en casa con mis socios para darnos las últimas instrucciones, dejando la inauguración para los jerarcas y sus seguidores, y para el pueblo el ruido vacuo de sus cortejos. Finalizada esta operación, mi fama se consolidó definitivamente entre los empresarios de la ciudad, y mi padre se sintió tan orgulloso de mí que me organizó un banquete con flautistas y bailarinas procedentes de países de allende el mar. Contraje segundas nupcias con la que sería mi esposa definitiva, Betsabé, hija de Alejandro de Damasco, mercader conocido por su riqueza, de la que salían préstamos y entraban depósitos y cuyos haberes no solo habían financiado obras públicas, sino también ofensivas e incluso guerras.
Me separé de mis socios y continué haciendo negocios por mi cuenta, procurando colocar a mis hermanos en los puestos directivos que mejor convenían a sus aptitudes, pues cambiada mi suerte y emancipado ya de la tutela paterna en el comercio del mundo, era de ver cómo mis hermanos me suplicaban – mi venganza familiar estaba consumada- que mirase por ellos y que dejase caer alguna migaja de fortuna de mis manos pobladas de anillos de oro. Se me multiplicaron los amigos, quienes me obligaron a levantar una casa nueva para acoger sus recepciones, sin que hubiese diferencia entre judíos y gentiles: todos entraban y salían por la misma puerta y trataban y pedían lo mismo.
Se me aconsejó que me acompañase de escolta por la ciudad, no solo para protegerme de posibles ladrones, sino también para darme tono delante de las autoridades, que a partir de entonces me vieron como a un posible. Conocí en persona al gobernador, quien se ofreció a viajar conmigo y a presentarme a los principales de Galilea y de Judea, cenando en casa de unos y pasando la noche con mi mujer en palacios en los que no faltaba ninguna comodidad. En aquella época nació mi primer hijo, Joaquín, a quien mi mujer alumbró en casa del cuestor Camilo, en la Decápolis. Mi amigo Simón se convirtió en recaudador de impuestos y cambió el turbante por la toga, provocando que sus amigos escribas y fariseos se escandalizasen, pues llegó a adquirir la ciudadanía romana.
De mí se decía de todo: para unos era el peor hombre del mundo, para otros, un benefactor, y yo consentía que se cultivasen habladurías a mi alrededor a imagen de un toque de trompeta ante mi llegada, y ya la vanidad de los conquistadores se había adueñado de mí, consiguiendo que reverenciase al magnético y hueco ídolo de la Apariencia.
Cuando pasaba ante la estatua de alguno de esos dioses de cuerpo humano que veneran los dominadores del mundo, apreciando su musculosa figura y su viril porte, me decía: “Él es tan grande como yo soy pequeño, y sin embargo, su figura es obra de hombres como yo, que atribuyen a su imaginaria majestad los poderes de los que ellos carecen”. Del Dios de las Promesas ya ni me acordaba, pues, ¿qué iba a esperar mi alma, que ya conocía los negocios del mundo y que se había vendido a ellos para ocultar su debilidad? Ante los hombres no resulta difícil engrandecerse.
Recuerdo la expresión de un centurión romano a quien preguntaron por qué tenía en tanta estima mi persona, por qué consideraba a un judío raquítico y taimado a quien llamaban Zaqueo y que no se alzaba ni un metro del suelo, y él había respondido: “Zaqueo, Zaqueo, ¿quién puede resistirse a Zaqueo?”.
Esta ingeniosa frase llegó hasta el Tetrarca de Galilea y fue celebrada en la corte, allanándome el camino para tratar con los magnates de la administración civil. Todos querían conocerme. Mi amigo Simón me advirtió de que tuviese cuidado: empezaba a despertar envidias entre los magnates y mis negocios podían venir a menos. Cuando mi mujer alumbró a mi segundo hijo, Prócoro, mi ambición creciente, a pesar de los consejos de mi amigo de juventud, que ahora me parecía un pobre hombre comparado conmigo, pretendí obtener la ciudadanía romana para introducirme en la vida política y repartir el botín con el resto de los jefes que dominaban y maltrataban a un pueblo que me parecía cada vez más estúpido. Vino aquel año una hambruna grande, pero ni a mí ni a los míos nos afectó. Algunos indigentes que no tenían qué comer, entre ellos leprosos y ciegos, morían en las calles y eran enterrados en zanjas apilando sus cadáveres como en tiempos de epidemia.
Me encontraba entonces muy ocupado con mi carrera política y al año siguiente alumbró mi mujer a mi tercer hijo, Eudoxio. Me preocupé de construir mi mansión actual – quiero decir, aquella en la que recibí al Hijo del Hombre- imitando la moda reinante, que era la de reproducir arquitecturas famosas de las épocas antiguas. Me decanté por los Jardines Colgantes de Babilonia, e hice trabajar más de doscientos esclavos en el encargo. Después adquirí las casas de mis vecinos, las mandé demoler y preparé un jardín alrededor con toda clase de árboles exóticos y de plantas aromáticas. Por este tiempo me avisaron mis hermanos de que mi padre estaba a punto de morir. Los médicos le diagnosticaron una enfermedad incurable que lo dejó en los huesos, y casi ni tiempo tuve de darle sepultura. En el banquete fúnebre encargué a mi mujer que atendiese a los invitados, pues cada día recibía en mi casa a un nuevo huésped del gran mundo, y no podía negarle la asistencia por temor a no recibir su apoyo en caso de necesidad.
¡Qué esplendorosos me parecían entonces los simposios de Roma, con inmejorable servicio y el boato de todos los adelantos de la civilización! ¿Qué eran las reliquias de nuestro pueblo comparadas con aquel desfile de novedades al que toda nación venera? ¿Se precisaban otras armas, acaso, para someter la voluntad de los rebeldes? Cualquier injusticia podía encontrar justificación en esta dulce excusa en calma en la que, lo mismo que en un estanque, se inmovilizaban todas las flotas.
Mi tercer hijo tuvo el honor de nacer en el palacio del Tetrarca de Galilea, y fue apadrinado por uno de sus parientes, y nada más haber recibido la circuncisión a los ocho días de su alumbramiento, fue incluido en una lista de recomendados del gobernador para ocupar cargos públicos en el futuro. Los romanos habían aprendido de los imperios del pasado a absorber sus estrategias sin implicarse demasiado en sus conocimientos, revistiéndose superficialmente de una armadura de poder en la cual, en términos del poeta Virgilio, estaban grabados sus triunfos presentes y futuros, eso sí – leído entre líneas-, sin posibilidad alguna de avance o de retroceso hacia ningún ideal, norma ni principio distinto al de su conservación a toda costa. Su redundancia alcanzaba proporciones colosales con los monumentos de su progreso, que si bien acercaban a los pueblos entre sí, los alejaban también de sus fundamentos y los precipitaban en una inercia de decisiones cada vez menos libres y más condicionadas por el miedo a abandonar la falsa seguridad de la conveniencia. Si bien los ejércitos del imperio amenazaban con destruir la libertad para sacrificarla a una mentira aceptada – como siempre lo habían hecho los imperios-, la providencia divina, olvidada entonces por mí, se servía de ese instrumento aparentemente contrario a su efecto conocido para obrar la manifestación de su verdad. Yo también me encontraba dentro de la trama para participar de esa felicidad auténtica, aunque entonces no lo sabía, porque los negocios del mundo me habían nublado la mente.
Estando mi mujer y yo en una recepción – mi mujer con mi hijo más joven en brazos y yo sosteniendo en mis manos el pergamino de una ley romana, la cual procuraba entender en lengua latina- el Tetrarca de Galilea, a quien los narradores de la Pasión del Mesías han identificado con Herodes, me dirigió la palabra y me habló, mezclado el tema con asuntos civiles, de un tal Juan de Betsaida, un presunto enviado de Dios que predicaba en el desierto un bautismo de conversión y que recorría la cuenca del Jordán anunciando la inminente llegada del Mesías. Muchos eran entonces los visionarios que se paseaban con el mismo cuento, y no quise dar importancia al asunto hasta que mi interlocutor me dio el nombre de su padre: Zacarías, sacerdote de Jerusalén. “¡Es él!” exclamé en mi fuero interno, pero no dejé traslucir al exterior mi sorpresa. Parecía ser que aquel judío apóstata, romanizado y de espaldas a cualquier mensaje de conversión, alababa al profeta que vivía en el desierto y se vestía con piel de camello y se alimentaba de langostas y miel silvestre. La imagen del curioso enviado no resultaba muy halagüeña, a pesar de que su ministerio había sido definido por él mismo como “la voz que grita en el desierto: preparad el camino al Señor”, según había dejado escrito el profeta Isaías.
“Este”, pensé, “es el hijo anunciado por el ángel a Zacarías. Tal vez su padre haya muerto ya, y ni Simón ni yo nos hayamos enterado. Zacarías era un hombre bueno, pero nunca había sido demasiado sagaz para los asuntos del mundo. Así que su hijo es un predicador del desierto. ¡Ingenuo! ¿Hará algo distinto a lo que hicieron sus antepasados, o no es este pueblo rebelde hasta la muerte? ¿De qué vale predicar en tiempos como éstos en los que todo está corrompido? Si bautizase en el Tíber, tal vez tuviese más adeptos”.
Quise apartar este pensamiento para tratar los negocios que me convenían, pero Herodes continuaba describiéndome la vida de Juan de Betsaida con todo lujo de detalles, como un enamorado describe la belleza de su dama. Decía lo que no era capaz de creerme: que Juan vivía en las cuevas de la montaña, apartado de la ciudad al igual que una fiera, y que lo seguían multitud de discípulos, a quienes bautizaba con agua, y que increpaba a los fariseos y a los escribas con palabras duras, declarándoles que el hacha estaba a punto de cortar el árbol que no diese frutos de conversión; también que algunos delegados de la autoridad se habían bautizado y le pedían instrucciones, que él mismo, Herodes, había querido bautizarse y que Juan le había dicho que, según la Ley, no era lícito que tomase la mujer de su hermano.
Entonces sí me dije: “Ese pobre hombre se está buscando la muerte. ¿Cómo no se da cuenta de que para vivir en paz hay que cerrar la boca en lo que respecta a los poderosos? Insensato Herodes, tu propia mujer te pedirá su cabeza”.
Me sorprendí pasados los años de que lo que sospechaba se cumpliese, aunque no sabía que sucedía para bien, incluso para mi propio bien. Me quedé unos días más en aquella casa, firmando préstamos a favor de los protegidos del Tetrarca. Mi mujer había hecho buenas migas con Herodías, la esposa de Herodes, pero me aconsejó que tuviese cuenta de los préstamos, que en caso de variaciones en la fortuna de los prestatarios, no serían devueltos, y que yo no podría exigírselos, pues la ley romana estaba sujeta a los abusos de los gobernadores. Yo confiaba demasiado en mis propias fuerzas y no seguí aquel consejo.
Al cabo del año, un vuelco en los rendimientos del trigo de Egipto debilitó las inversiones; algunos de mis socios, anticipando el desastre, retiraron los fondos de golpe mientras los intereses y dividendos caían sin remedio, provocando el pánico de los inversores, quienes se dejaban llevar por las murmuraciones y cooperaban con sus temores a su propia ruina, imposibilitando cualquier arreglo provisional. Para no perder mi hacienda, me vi obligado a vender todas mis tierras arrendadas hasta llegar a hipotecar la mitad de mi casa, mientras las autoridades romanas se hacían las sordas ante las peticiones de ayuda que les enviábamos, como si nunca nos hubiesen conocido.
Yo me dije: “De esta, Zaqueo, nadie te salvará”.
Cuando mi mujer me hacía preguntas, cuando mis hijos pequeños reían con los juegos de los esclavos, hubiera querido ser una piedra para no sentir angustia ante ellos; me hubiese conformado con desaparecer.
No era el único que se desesperaba: Jasón, uno de mis tesoreros, se había tirado de cabeza por un barranco, muriendo al instante, y otros siete compañeros, después de emborracharse, se habían cortado las venas delante del pretor, a la espera del juicio por deudas, en tanto sus mujeres, con sus hijos en brazos, habían acampado frente a la casa del mismo pretor para pedir clemencia.
Ni Herodes ni sus parientes y amigos contestaban a mis cartas. Mi mujer me dijo: “Por tu culpa ha sucedido esto. ¿Por qué no me hiciste caso?”. Un día tuve una debilidad, y en el molino del pan, al amanecer, tomé una soga y me la puse al cuello. De pronto escuché una voz conocida. Era mi amigo Simón. Después de reprenderme por no haberle pedido ayuda a él, se ofreció a redimirme. “Te introduciré en el cuerpo de recaudadores”, declaró. “¿Cómo?” repuse, “¡si ni siquiera he tenido ocasión, en mis mejores días, de comprar la ciudadanía romana!”. “No es necesario”, me aseguró, “Por favor, déjame obrar a mí”.
Simón tenía muchas influencias, no solo entre las autoridades romanas, sino también entre los prestamistas de nuestro pueblo, a quienes se ganaba con rebajas en los impuestos. Recurrió al viejo Nahum, un hombre anciano y ciego, picado de viruelas, que vestía como un pobre pero tenía bajo los cimientos de su casa más oro que el que cabía en las casas de los terratenientes del ejército. Recibió una buena suma a cambio de una considerable bonificación en las contribuciones, y se presentó así a nuestro querido Tetrarca- quien lo recibió como a un gran dignatario- con una petición, y le fue concedida. Regresó con el documento sellado y me lo entregó. “Desde hoy” me dijo, “eres recaudador de impuestos al servicio del Pueblo Romano, con un sueldo de cincuenta denarios al mes, mas lo que sepas negociar”. Me abracé a Simón llorando y le confesé: “Si yo te he salvado la vida una vez, tú has salvado la mía y la de mi familia”.
Tras haber tomado posesión de mi nuevo cargo en el Erario, cuando iba por la calle solo, sin la escolta que me había acompañado en los momentos prósperos, un grupo de hombres armados de garrotes – parecían recién fugados de la cárcel o de la misma cruz- casi se echó sobre mí, y yo me tapé la cara creyendo que se trataría de asalariados amotinados que venían a cobrarse víctimas en los antiguos dueños y propietarios hacendados de la ciudad, puesto que la pobreza había abierto una brecha enorme entre unos ciudadanos y otros, y la muralla de la seguridad civil amenazaba con derrumbarse de un momento a otro. Lejos de lo que pensaba, alguien me tomó de la muñeca y se echó a mis pies pronunciando mi nombre con acento samaritano. Abrí los ojos y vi a mi antiguo esclavo José, a quien llamaban José el Leproso porque había contraído la enfermedad maldita cuando trabajaba de bracero en mis trigales, cuando dormía en los trojes junto con otros esclavos y esclavas míos que no tomaban precaución alguna para no contagiarse. Después de haberme besado el sello, se levantó el jubón que conservaba todavía el hedor de las llagas purulentas y me mostró una piel blanca y nueva, como la de un niño. “¡Estás curado!” exclamé con admiración, “¿Quién…?”. Antes de que pudiese concluir la pregunta, me respondió gritando: “Jesús Nazareno fue quien me ha curado, Jesús Nazareno, el Santo de Israel”. “¿Quién es Jesús Nazareno?” le pregunté, y atribuí el término “santo” a un delirio del pobre enfermo recién curado.
Me lo explicó a su manera. Estaba en el desierto de Cafarnaúm, junto con otros nueve como él, cuando oyeron hablar de un tal Jesús Nazareno, bautizado por Juan y a quien él mismo había consagrado con bellas palabras y el supuesto título de Hijo de Dios. Había pasado cuarenta días en el desierto sin probar otra comida que la que el yermo podía ofrecerle, había predicado en su tierra y, enterado de la muerte de Juan en la cárcel del gobernador, se había retirado a Galilea, a la tierra de los gentiles. El pueblo lo escuchaba, tenía discípulos y era capaz de curar enfermedades y de cerrarles la boca a los fariseos. Cuando iba por el desierto, lo habían visto venir con sus discípulos, vestido con una túnica de no muy buena tela. Se habían echado a sus pies para pedirle la merced de su curación. Él les había dicho: “Id y mostraos a los sacerdotes”. Por el camino habían quedado limpios, y solo él se había vuelto para darle las gracias, mientras su benefactor le decía: “Tu fe te ha curado”.
Era para creérselo, pues mi antiguo esclavo estaba delante de mí totalmente sano. Me dije para mis adentros: “Algo hay siempre de verdadero y de falso en los relatos que se cuentan, aunque sea en primera persona. El pueblo es crédulo y se traga lo que le echan. Se ha tragado lo del Mesías y ahora a cualquier individuo que sabe ciertas cosas y que denuncia lo establecido, como ese Juan hijo de Zacarías – ¡tan previsible era su ejecución!- lo ungen como Hijo de Dios y Salvador de Israel. ¡Tonterías de la devoción popular! En el fondo son buenas personas, aunque no saben lo que hacen. Afortunado fuiste, Zacarías, de haber muerto para no ver morir a tu hijo, ese que te anunció el ángel. Y ahora viene este Jesús, y más tarde vendrán otro y otro más, y todos serán Mesías mientras dure la credulidad de esta gente”. Así cavilaba, no tan seguro de mí mismo como en la plenitud de mi fortuna, pero lo suficientemente como para no dejarme convencer de nadie sobre algo distinto a lo que yo pudiese saber.
Entraba en el vestíbulo de mi casa después de jurar mi cargo cuando, ¡qué casualidad!, mi mujer me comunicó que había llegado una carta de un tal Herodes. Me escribía en términos amables, con bien concertadas cláusulas, y me invitaba a celebrar el cumpleaños de mi hijo mayor en su palacio, excusándose por no haber podido contestar a mis cartas anteriores “por motivos de salud”, contándome con pesar la ejecución de Juan a causa de una promesa hecha a su hija – una intriga palaciega-, llamándome “caro confidente nuestro, digno del título de latino”, y añadiendo con fórmulas de literatura oficial, viciada por el mal uso, algo así como de no sé qué futuras inversiones. Firmaba la carta su hermano Filipo, Majencio Agripa y toda la camarilla. Lo maldije, y observé resentido: “Tú imaginas gobernar Galilea, y es tu mujer quien te gobierna a ti, falsa raposa”. Me excusé alegando por escrito que el cuidado de los negocios me impedía viajar y entregué la carta antes de ponerme a pensar en cómo obtener legalmente el dinero que me hacía falta para liquidar los préstamos y recuperar mi hacienda.
Llamé a Simón, quien vino a visitarme en compañía de su hijo más joven, Jonatán, al que dejó a cargo de mis esclavos para compartir los juegos con mis hijos. Me mostró una complicada hoja de cálculo en la que figuraban en tinta roja los márgenes de interés que se aplicaba en cada tasa, los equivalentes de los pagos en especie, asignando a cada profesión, oficio y empleo su correspondiente recibo, con el saldo que se reservaba para el recaudador según uso y costumbre, sobre diezmos, primicias y contribuciones que financiaban los gastos del Estado Romano.
En seguida me puse manos a la obra. Coloqué algunos depósitos en los bancos de los prestamistas, recaudé en los mercados procurando no dejarme engañar por los sobornos, y pasado un mes presté yo también a un interés muy bajo, arrendando las fincas que tenía hipotecadas a quienes sostenían con los frutos de su trabajo a mi familia. No quise invertir en viajes marítimos, ni en caravanas, ni en todo aquello que supusiese un riesgo difícil de afrontar. A los invitados que venían a mi casa a ofrecerme sus sociedades, en su mayoría árabes y sirios que carecían de domicilio fijo y que contrataban echando mano de muchos testigos del pueblo, los puse en la calle y les deseé buen viaje. De esta vez, aseguré mi patrimonio también frente a las autoridades, y no fié a nadie, porque ya sabía lo que daban de sí los amigos poderosos.
Volví a colocar a mis hermanos en sus antiguos puestos cuando recuperé un poco más de solvencia, porque mi desgracia se había extendido a ellos, a quienes dependían de la ventura de mi capital. Mi hijo mayor cumplió la mayoría de edad cuando logré recuperar todo lo que había perdido. Organicé un banquete público junto con otros miembros del cuerpo de recaudadores con la intención de agasajar y homenajear a mi amigo Simón, el que me había devuelto mi viejo favor salvándome la vida.
Al banquete asistieron los principales de Jericó, viniendo invitados de Jerusalén, de Betania y de Judea. Tenía en Judea un conocido llamado Leví, a quien había prestado dinero a través de libranza, aunque no lo había visto nunca en persona. Era famoso por sus extravagancias y por sus célebres trampas para exigir lo que los contribuyentes no le debían. Por esta causa era odioso y alabado al mismo tiempo, y a ninguna fiesta faltaba. Me sorprendió que no hubiese asistido a mi fiesta, y pregunté a uno de mis invitados que lo trataba si tenía algo en mi contra. Cuando me explicó la causa, estuve a punto de convencerme de que mi interlocutor estaba loco. Narró que se encontraba contando las ganancias con otros de su gremio, cuando he aquí que llega por la puerta ese tal Jesús Nazareno, del que tanto hablaban últimamente, lo llama y le dice “Sígueme”, y después de haber comido en su casa, lo convierte en discípulo suyo. Si me hubiesen contado un disparate, me hubiese parecido más verosímil, pues resultaba difícil imaginarse a Leví haciendo algo que no fuese en su provecho. Me preguntaba seriamente: “¿No será ese Jesús un embaucador como tantos otros, pues come en casa de pecadores y no respeta la Ley de Dios, a quien dice predicar? ¿Habrá escarmentado con la muerte de Juan, y no habrá querido vérselas con las autoridades?”. Pero el desenlace del cuento me había parecido aún más increíble: los publicanos le habían reprochado lo que yo le había reprochado mentalmente, y él les había respondido: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”. Me gustó la respuesta, y empecé a ver a Jesús Nazareno con más interés, pues su respuesta se me antojó lógica y no apasionada.
Mientras rumiaba el asunto de Leví, un hermano trajo a un grupo de cómicos ambulantes – en su mayor parte fenicios y griegos de Frigia, de cuya región se suele asegurar por la voz popular que no nacen guerreros valerosos, pero sí flautistas y bailarinas- que se quedaron extasiados mirando el lujo reinante, donde nada faltaba para estar a la moda: mesas y sillas de cedro lacadas, servicio de plata y oro, aceite mezclado con perfume de benjuí, cinamomo y malobatro en las lámparas, esclavos y esclavas etíopes vestidos de lino y de seda de Oriente, manjares de la tierra y del mar, frutas escogidas e incluso escarbadientes de marfil africano con las iniciales de mi casa grabadas a buril.
Mi mujer, recostada sobre un triclinio romano y saboreando un racimo de uvas mientras impartía órdenes a las esclavas, pidió ver una representación. El resto de las mujeres la secundó, mientras los hombres, embriagados y ocupados en hablar de nuestros negocios, protestábamos y acabábamos aceptando a regañadientes, renegando entre bromas fingidas del sexo que nos parecía más bello y más débil, y sintiéndonos en el fondo afortunados de obedecerlo, pues la mayor parte de las veces tenía razón.
Los cómicos, después de meter la mano en las ollas y de comer con el mismo decoro de los perros que ladraban en el patio, echaron mano a sus máscaras y organizaron una de esas comedias latinas que llaman atelanas, con diálogos superfluos y ridículos, aspavientos, golpes y bufonadas de todo tipo. La exageración de la comedia, su principal motivo de espectáculo, me dejaba frío y su alarde de imaginación no me sorprendía, hasta el instante en el que la ilusión del argumento me impactó con la realidad de la vida misma, y comprendí el aforismo que declara que es el teatro un espejo de la vida humana. Porque la comedia tenía como protagonista a un avaro quien, habiendo encontrado un tesoro y poseído por el deseo de ocultarlo, desconfiaba de todo y de todos e incluso veía en sus familiares a enemigos que pretendían robárselo, hasta que finalmente su temor lo conducía a confesar el lugar donde guardaba el tesoro a un esclavo, quien para vengarse de su avaricia lo terminaba robando. Al término de la comedia, el avaro recuperaba el tesoro cuando ya todos, incluso su hija, lo habían abandonado, y una voz le decía: “¿De qué te ha servido poner en el tesoro tu corazón? ¿Dónde está ahora tu tesoro?”.
Terminada la representación, muchos de los presentes protestaron porque no se atenía a las reglas de la comedia, pues vinculaba a la broma un final de tragedia, desvirtuando ambos registros. Uno de los cultos del banquete se quiso señalar diciendo que el argumento original de la representación procedía de un tal Plauto, comediógrafo romano, quien había dejado la obra incompleta, y que la compañía de actores no había sabido concederle un final digno. Yo salí a defender a los actores, alegando que no me importaba que se cambiasen las reglas con tal de que no fuese desvirtuado el mensaje, que por cierto, me había parecido muy bueno. Salieron muchos en mi defensa, y el público del banquete se dividió en dos bandos: los admiradores de la regla y los admiradores del sentido. Los actores, indiferentes a todo este entusiasmo, se fueron después de haber cobrado su parte, y cuando me encontré solo de nuevo, pensé en el avaro de la falsa comedia mientras me miraba al espejo. Me consolé considerando: “Bueno, yo no soy ni un noble ni un rey, ni un poderoso tampoco, solo soy un negociante. Si ha de caer esta ciudad como cayó Sodoma, caerán demasiados antes que yo”.
En tanto mi persona se mantenía en sus principios, mis ojos veían admirados cómo mi ciudad se iba volviendo cada vez más pobre. Los indigentes, enfermos y disolutos, los borrachos, las prostitutas, los ladrones que acababan en los tormentos y en las cárceles donde morían hacinados por haber sustraído a un mercader un pedazo de pan, los endemoniados y locos, los deficientes y los inválidos, los que no tenían amigos ni defensa alguna ante la ley, los despojados de bienes por deudas, los vendedores de basura, los venidos a menos en los negocios, los extranjeros excluidos y vilipendiados que ni siquiera hablaban la lengua de su tierra de acogida, los consumidores de drogas de eléboro y de adormidera, los niños huérfanos, los ancianos abandonados, los esclavos fugados del látigo de sus amos, los golpeados por las desgracias, las viudas y madres sin recursos; los pecadores según la Ley, en definitiva, exhibían su envilecida humanidad sin que nadie hiciese un esfuerzo por mirarlos a la cara, evitando el contacto con sus heridas sangrantes. En contraste con esta imagen, el Dios de nuestro pueblo, a través de todos los profetas habidos y por haber, promulgaba su definitivo mandamiento: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Pero yo, entonces, no experimentaba misericordia alguna hacia los tristes y maltratados del mundo, antes bien, mi vanidad se fortalecía con su desgracia, argumentando que mi destino era mejor que el de ellos. Solo me preocupaba por ofrendar éxitos al ídolo de mi interior, imagen a la que alimentaba con mi propia sangre, como se alimenta una sanguijuela u otro parásito con pedazos de uno mismo.
Caminando por el mercado de esclavos con otros recaudadores, un endemoniado me salió al encuentro, tomó un puñado de higos y me los echó a la cara, como si pretendiese lapidarme con ellos. Después gritó: “Te conozco, monstruo y leviatán de nuestro pueblo, comedor de carne humana, Belcebú con joroba de camello; tú estuviste conmigo en Jerusalén, eras uno de los nuestros, eras un zelota, y has vendido tu alma al Maligno. ¡Traidor! ¡Mereces la suerte de Datán, que murió en el desierto tragado por la tierra!. Oh, Yavé, ¿cuándo llegará el día de tu ira?”. Aún estaba hablando, cuando los ediles se le echaron encima, avisaron a los soldados de guardia y entre todos comenzaron a administrarle azotes brutales con unas sogas rematadas en láminas de hierro. Un edil se acercó a mí, y con suma consideración, me preguntó: “¿Ha recibido algún daño?”, con la fórmula en tercera persona instituida por el caudillo Julio César. Yo declaré: “Estos hombres son testigos de la injuria que he recibido de este infeliz, a quien nada debo. Me ha acusado de traición al Estado Romano y, además, me ha llamado endemoniado”.
Los judíos, al oír esto, se lo pidieron a los ediles para lapidarlo con piedras que tenían preparadas, por blasfemia contra la Ley de Dios. Mientras lo reducían y abofeteaban, seguía gritando: “Plaga de nuestro pueblo, Zaqueo, hijo de Belcebú, has consumido el salario de la viuda y te has tragado a sus niños, comerciaste con los libertadores de Israel, con los héroes de su independencia, para beberte la sangre de Judá y de Jacob. Vendrá el día en el que Judas Macabeo saldrá de su tumba y cortará la cabeza de los traidores para acabar con su semilla maldita”. Las piedras le cortaron la voz, abriéndole la cabeza. Yo sentí desprecio por él. “Imbécil”, me dije, “¿de qué sirve rebelarse contra el poder? Quien pretenda tomarse la justicia por la mano, así terminará, pues está escrito: es eunuco que pretende desflorar a una doncella quien pretende hacer cumplir la justicia a la fuerza”. Mis socios y yo escupimos en el suelo y nos marchamos.
Al día siguiente, dejé a mi mujer a cargo de mis hijos y partí a un viaje a Cades para hacer un negocio. En el camino, un grupo numeroso nos impidió pasar adelante. “¿Será una rebelión?” pensé. Y era que unos carreteros, con sus mulas atravesadas en mitad de la vía, hablaban con unos individuos a pie y no dejaban paso a los carruajes. Ordené a mis esclavos que me informasen de lo que ocurría, y ellos me comunicaron que los hombres de a pie les estaban relatando algo a los carreteros, hablándoles de un supuesto reino de Dios.
Descendí enojado de mi carro, escribí un documento y lo sellé con mi anillo, me fui a ellos y los amenacé con llevarlos a la justicia por haber interrumpido el paso. Uno de los de a pie, de nombre Felipe, me comentó: “Habitante de Israel, no somos rebeldes ni forajidos, sino enviados de Dios para convertir al mundo, instituidos por el Hijo del Hombre, Jesús Nazareno, y no predicamos nada para nosotros, sino para que los pecadores se conviertan y se salven. Estos carreteros acaban de ser curados de sus dolencias, pues padecían una enfermedad que les impedía mover una parte de sus cuerpos, y su fe en el Mesías y en su mensaje los ha curado, por eso permanecen aquí dando gracias a Dios, y todavía no creen lo que les ha acontecido”. “No es asunto que me importe ese mensaje ni ese Mesías” repliqué, “yo voy de viaje y tengo el tiempo contado, y por vuestra culpa he perdido las ganancias que pensaba hacer hoy, y exijo de vosotros una indemnización por el perjuicio que me habéis ocasionado”. Dicho esto por mí, otro de los de a pie, de nombre Santiago, se volvió contra mi persona para reprenderme en estos términos: “¡Ay de ti, publicano! Tu tiempo se agotará y cuando venga la estación de la siega, serás arrojado como cizaña al fuego”. El que se llamaba Felipe amonestó al tal Santiago, y mientras se entendían, uno de los carreteros me entregó diez minas y, sin apenas haberlas contado, me preguntó: “¿Le basta con esto, señor?”. Tomé el dinero, di las gracias un tanto avergonzado y me subí al carro, mientras quienes ocupaban la vía se retiraron para dejarme paso libre.
Llegado a Cades, me hospedé en casa de Licas, un vendedor de mercancías de contrabando que tenía influencias entre los principales del ejército, pues mandaba venir partidas de esclavos y de productos desde la India –según él aseguraba- para abastecer por un precio inferior al usual a sus clientes. Aunque no se cumpliese la ley, si los romanos estaban contentos, Roma también lo estaba.
Licas se había casado con una mujer bellísima, Deyanira, a quien los sibaritas llamaban “La segunda Helena”. Aparte de su atractivo natural, las joyas y los afeites la realzaban y la volvían irresistible para un hombre embriagado a medias. Se decía que Licas había recurrido a sus servicios para concertar más de un negocio. De esta vez, Licas me invitó a un banquete a bordo de una embarcación de recreo por el lago Genesaret. Yo no había querido saber de barcos desde el accidente de mi juventud merced al cual llegara a conocer a mi mejor amigo, pero tanto me insistió mi anfitrión que terminé por aceptar.
El lago Genesaret era precioso en aquella estación del año, pero no quiero despistarme en descripciones. El negocio que Licas me proponía, cómo no, era un préstamo a interés variable, a cambio de compensaciones en el precio de las mercancías que vendía el contrabandista, puesto que aseguraba que quien contratase con él estaba obligado a salir de su casa con las manos llenas. Terminada la comida, se fue a acostar, y su mujer se quedó en la mesa tocando la cítara, lo cual hacía muy bien, ya que sus dedos estaban ejercitados en toda clase de tareas de ocio.
Me levanté para satisfacer una necesidad, y cuando regresé, después de haber comido y bebido hasta saciarme, una pulsión me subió desde el bajo vientre cuando vi su cuerpo entero. Ella se dio cuenta, y en lugar de retroceder avancé adelante, me flaqueó la voluntad y no logré evitarlo. A una orden de la astuta mujer, los esclavos desaparecieron, y un camarote de techo bajo ocultó el adulterio después de haber sido girada varias veces la llave. Consumada la acción a toda prisa y con grave preocupación por mi parte, quien, infractor de la moral y de la ley, me veía a mí mismo ardiendo en la gehenna, la adúlterá me pidió un rescate por su silencio – parecía ser que con esta estrategia iba reuniendo un patrimonio secreto y paralelo al de Licas- y yo le entregué veinte minas, el doble de la indemnización abonada por los carreteros que habían retrasado mi viaje. Cuando Licas volvió de la siesta, no adivinó nada, pero un miedo tan grande se apoderó de mí que comencé a temblar desde las rodillas hasta la cabeza sin poder evitarlo, hasta el punto de que el marido afrentado me preguntó con turbación si me había sentado mal la comida a bordo.
En las tres noches de mi viaje de retorno a Jericó no logré dormir con tranquilidad, sobresaltado por pesadillas en las que me envolvían enemigos y puñales. Oculté el asunto a mi mujer, para evitarle los reproches y el sufrimiento – ¿de qué hubiesen servido?- pero ella, iluminada por la intuición de su sexo, olió mi ropa y comenzó a sospechar. Una tempestad me vino encima, y no logré conjurarla con excusas, pues la lengua se me trababa cada vez que intentaba justificarme. No sabía qué decirle cuando reconocía que tenía razón, y cuando repetía esta queja: “ Yo cuido de tus hijos, y tú te juntas con adúlteras. Ninguna justicia puede ampararte”. Terminé por enojarme defendiendo mis negocios, única fuente de ingresos para nosotros. La réplica de mi mujer se me clavó como un dardo: “ Si no dependiese de ti, te abandonaría”. Me derrumbé y se lo confesé todo, caracterizándome como víctima de una conjuración, y aunque al principio fue peor el remedio que la enfermedad, después me sentí más aliviado.
A medida que el remordimiento de la culpa se apoderaba de mi falsa seguridad – pues bien sabía que ni ante la Ley ni ante Dios ni ante los hombres estaba libre de pecado, y que los ídolos en los que confiaba me iban dejando cada vez más solo, que era lo que yo más temía – me iba volviendo más irritable, y ni con mis hijos era capaz de tener momentos de distensión, porque el asco que me causaba la conciencia de mis actos se reflejaba en cualquier circunstancia que me sucedía. Mi sensibilidad se parecía cada vez más a la de una mujer encinta. Para contrarrestar este desasosiego interior, me apegué a los lujos y a los privilegios de mi situación económica, pues el hecho era que los demás me veían como un hombre afortunado y rico. ¡Cuántos hubieran dado su mano derecha por ser como yo! Y si yo era pecador, ¡cuánto más lo serían los esclavos y los vulgares del pueblo! Así que, sin temer a Yavé, cuyos juicios estaban bien lejos de mí, y despreciado todo lo que no fuese conveniente a mis deseos crecientes por parecer lo que no era, me dije: “Zaqueo, come y bebe, pues tuyo es lo que has ganado”. Y a los pobres los increpé con este mandato: “Puesto que carecéis de mérito alguno, y sois viles y malolientes, estúpidos incorregibles, servidme hasta la muerte”. Y a los poderosos, autoridades civiles y militares, los adulé con malicia: “Todo aquel que pretende dominar el mundo acaba siendo dominado por él. Al diablo ha sido entregado el mundo, y solo quienes negocian con él dominan, y quienes se creen fuertes, ¡ay de ellos!, caen por su propio peso”. A todos reprendía excepto a mí, y cuanto más reprendía a todos, menos me apreciaba y más luchaba por esconderme de ellos. Finalmente, desconfié hasta de mí, mientras el producto de mis ganancias aumentaba, cubriendo con una capa de oro mi máscara mortuoria. Al igual que el rey griego del cuento alegórico, todo lo que tocaba se convertía en oro, y era yo mismo la piedra filosofal, pero a costa de consumirme poco a poco sin conocer la alegría.
Mi mujer, siguiendo el ejemplo que le daba, se aficionó también a las sedas, a los damasquinados y a las vestiduras exóticas, con las que pretendía compararse a las damas romanas. Se teñía los cabellos, se pintaba como una egipcia con mascarillas elaboradas por los mercaderes de Tiro y Sidón, se bañaba en leche de burra para lucir la piel más blanca, se bebía vinagre para no engordar, e incluso llegó a fumar opio para parecerse a Cleopatra, cuyo retrato había ordenado reconstruir en su dormitorio merced a un mosaico encargado a un cotizado artista que, en el fondo, sustituida la libertad por el canon de la moda, no era más que un fabricante de réplicas al por mayor.
Con todo esto, y con tratar de que nuestros hijos alternasen con los aristócratas – todo su interés estaba volcado en emparentarse con los nobles y adquirir para sus hijos un sonoro título de adulación- se pasaba los días y las noches dándole vueltas a la cabeza, descuidando sus deberes conyugales, mientras yo me buscaba fuera del tálamo lo que no se me concedía a mi tiempo. El matrimonio, era pues mantenido única y exclusivamente por culto a la apariencia, y su forma era un negocio más de los muchos que caían en mis manos, otorgándome por premio el veneno del afán y el deseo de nuevos placeres para contrarrestar los antiguos dolores.
Las noticias de mi pueblo me confirmaban en mi indiferencia. Cuando me contaron la noticia de la caída de la torre que había matado a dieciocho personas, o la de aquellos judíos cuya sangre fue mezclada a la de los sacrificios por Herodes, sentí el orgullo de no encontrarme entre ellos. Los escribas y fariseos, envidiosos de mi prosperidad, me condenaban, y yo, horrorizado de sus actos, escupía encima de sus máximas.
Embriagado por el vértigo de las pasiones, lamentaba la carrera de la edad y las canas, las cuales, a pesar de los remedios cosméticos, mostraban a las claras el triunfo del tiempo sobre mi pertinacia. Cuando los negocios me ataban y la codicia de no querer perder lo adquirido me atormentaba estrangulándome la voluntad, buscaba en los placeres una salida repentina, hasta llegar a desear que la muerte me acometiese en ese instante en el que desaparecen las preocupaciones, puesto que mi verdugo regresaba junto con la conciencia, y únicamente el sueño y el olvido lo borraban como las efímeras estelas que dejan las quillas de los barcos sobre la superficie del agua. ¡Y yo que en mi juventud hubiese querido ser un justo, un hombre intachable delante del Todopoderoso! ¿Dónde habían quedado ahora mis propósitos? ¿No era Zaqueo una trampa y un sueño, un testigo de cargo contra sí mismo, no era su riqueza un falso escenario, no eran sus amigos actores pagados por él y no era su familia uno más de sus negocios? ¿No era la historia aprendida un cuento de niños, en el que los héroes y los dioses surgían y regresaban al polvo que demostraba la fragilidad de su condición? ¡Oh, hubiera sido mejor cualquier cosa antes de reconocer el retrato del mundo! Porque el oscuro anciano del Eclesiastés tenía razón, y nada nuevo había existido nunca bajo el sol, sino que una estación seguía a otra, como si nos interrogaran en conjunto con esta pregunta: “Y tú, ¿no vas a cambiar nunca?”.
El ruido del mercado, no obstante, me aturdía; los muertos me asustaban, y la pasión de las hieródulas, cuyos cuerpos se bebían mi sangre, me hacía olvidar las buenas intenciones que podían quedarme todavía, considerando para mí que la materia del hombre era el barro, y el barro una figura de la esperanza. En los instantes del placer llegué a imaginarme que me encontraba solo, intentando penetrar mi propio vacío. Cuando esta imagen desaparecía, regresaba a la inercia de la costumbre y de la ley.
Al contrario de lo que nos sucedía a los de mi clase, quienes soportaban una vida idéntica a la mía, la gente sencilla parecía más feliz que nosotros, y arrastrando sus desgracias -que a nosotros nos hubiesen resultado imposibles de sobrellevar- celebraban el milagro de la vida y ofrecían a Dios sus manos abiertas. “¡Dichosos ellos!” pensaba a veces. Y más tarde supe que el Hijo del Hombre, de quien tan cerca me encontraba aunque no lo sabía ni lo había visto nunca, a quien en el fondo envidiaba mi alma por ser como yo salvo en el pecado, había declarado esta verdad con la proclamación de las Bienaventuranzas. ¿Por qué ese predicador de los caminos siempre acertaba? ¿Acaso pretendía burlarse de nuestro esfuerzo? ¡Ya tendría su merecido cuando la Ley lo juzgase conforme a su falta de consideración hacia lo establecido por los poderes del mundo! ¡Qué insensatez querer ser pobre! ¡Querer rebajarse y deshonrarse para ser como los que nada tienen que ofrecer, como los que se equivocan, como los…malditos! ¡Estéril propósito! Y sin embargo, lo que decía no dejaba de cumplirse. Ahí estaba la paradoja, a causa de la cual los hombres de honor lo rechazaban, debido a que se negaba a mostrar una señal de su poder que los convenciese de que era, como afirmaba, el Hijo de Dios, y no un embaucador de pobres.
A medida que la fama de Jesús se extendía por Galilea, las ilusiones se iban desvaneciendo en mi vida. Trabajaba con más ahínco que antes, espoleado por los imperativos de mi mujer y por las exigencias de mis hijos, ambas cosas lo único que me importaba entonces. A mi hijo mayor traté de enseñarle el oficio de recaudador y prestamista, pero demostró tener pocas dotes para los negocios. En cambio, amaba todo aquello que tuviera que ver con el ejército, a pesar de haber heredado de su padre una complexión no demasiado atlética. Permití que ingresase en el cuerpo de infantería, pero lo rechazaron después de haber suspendido las pruebas. Como para ocupar una magistratura se necesitaba la ciudadanía romana, traté de adquirirla en su beneficio, cuando Simón –otra vez mi mejor amigo- me recomendó que lo colocase en la aduana, donde se ganaba más y se trabajaba menos. Así lo hice, y mi hijo no solo no se quejó de mi devoción, sino que me lo agradeció asegurando que su interés por la milicia había sido un capricho de adolescencia.
Su hermano Prócoro nos dio un susto a su madre y a mí a causa de unas fiebres que lo obligaron a guardar cama y que le hacían vomitar casi todas las noches. Se trataba de una infección producida por el mal estado del agua, según diagnosticó el médico que lo había asistido, combinada con un brote de mal venéreo. Cuando lo reprendí por su escasa prudencia en esta mundana cuestión, me replicó que yo no debía dar consejos que no seguía. Una respuesta tal no se la hubiese dado nunca a mi padre, y me quejé de la relajación de costumbres de la nueva generación, aunque en el fondo sabía que el comportamiento de los hijos responde a las enseñanzas conscientes o inconscientes de mis padres. Mis hermanos se encontraban con el mismo problema con respecto a sus hijos, y también mis amigos y allegados, de lo que se deducía que la mayor prosperidad tal vez no era la mejor lección de conducta para educar a la juventud. Afortunadamente, el muchacho recuperó la salud gracias a los cuidados familiares, se aficionó al estudio de los clásicos latinos y griegos y se convirtió en un profesor de retórica, llegando a ser admitido en las academias donde se formaban abogados y oradores para aprender los rudimentos del arte del bien hablar. Decían algunos que también escribía versos, aunque si es así, lo ocultaba hasta el punto de que yo no me enteré nunca de ello.
Al más joven le interesaron los deportes, contra la voluntad de su madre y mía, quienes no veíamos futuro alguno en profesión semejante. Los idealistas griegos – admiradores de la belleza militar y de la capacidad del hombre para el dominio y la guerra – elevaban el cuerpo a la categoría divina, y le atribuían un soplo espiritual denominado alma, sin darse cuenta de que el intentar aprehender ambos conceptos, los vaciaban de contenido, encerrándose en la veneración de un nuevo ídolo cuyo culto terminaba en manos de los demonios del mundo. Yo estaba desengañado de todo esto, y a mi mujer nunca le había importado otra cuestión que asegurar su hogar, pero la juventud, al calor de las emociones que a pasiones tienden, no desea más que aceptar el reto de la acción. Así que, a nuestro pesar y obligados por la insistencia de nuestro hijo, quien amenazaba con fugarse con una legión de soldados a Palmira de Siria, y viendo reproducido en él la rebeldía de su padre por el amor a las letras, acordamos reconocer su decisión de formarse para auriga.
Nos dolía saber que Eudoxio compartía sus clases con hijos de esclavos y con libertos nubios, etíopes y árabes; aún así, tuvimos que respaldarlo en los gastos, en los duros entrenamientos y en las competiciones a las que se presentaba. Entre sus compañeros reinaba una liberalidad fuera de lo común, y a pesar de que temíamos que lo terminasen engañando sus instructores – ¿quién puede ignorar lo que los conquistadores romanos llaman por la voz de su poeta auri sacra fames?- no podíamos oponernos a aquella fraternidad que había asegurado la paz de los pueblos helénicos, mercaderes de su concepción de la condición humana. De todos nuestros hijos, era Eudoxio el que más feliz parecía. Hubiera dado la mitad de mis bienes, como lo llegué a hacer cuando logré reencontrar mi dignidad perdida, por poder participar de sus ilusiones de entonces. Su felicidad se asemejaba a una segunda infancia en la que intervenía la razón, mucho más plena e intensa, ya que todavía no había vivido lo suficiente como para traicionarse a sí mismo.
Viendo crecer a mis hijos en un hogar estable, sostenido por columnas más firmes que las de Hércules, podría parecer el mortal más afortunado y feliz, más dichoso que el César a quienes las naciones se someten. Sin embargo, no era así. Algo me faltaba entre tanta dicha, y era el don de poder disfrutar de mi trabajo. Luchando porque se mantuviesen los privilegios que me justificaban ante la sociedad, viviendo para mis clientes y no para mí, no disponía de tiempo para gozar, simplemente, de lo que me rodeaba. Esta convicción me agriaba el carácter, sintiéndome un esclavo de mi propio lujo. Y no tenía tampoco el valor suficiente para reconocerlo, cosa que me hubiese aliviado bastante.
De análoga forma al comportamiento de un actor que se cansa de interpretar una pose y un papel ajeno, suspiraba satisfecho cuando me encontraba solo, ya sin necesidad de fingir ante nadie. Entonces cerraba las puertas y las ventanas y me tendía en mi litera en las tinieblas, y en esta actitud me encontraba más tranquilo.
Distraído en la compañía de un contador de cuentos o entusiasmado con la compra de una nueva esclava, se me pasaban los momentos de reflexión, porque las horas y los días estaban destinados a firmar y a expedir documentos y a estudiar el mapa de las inversiones junto a los socios empeñados en mantener a flote nuestro navío en un mar cada vez más turbulento. Mis socios se quejaban de que nuestros mandaderos habían tomado ejemplo de nosotros, y notando además una cierta despreocupación por nuestra parte, se traían sus mañas para cobrarse por su propia mano. Por si esto fuera poco, los impagos de los miembros del ejército amenazaban con hacer quebrar nuestro seguro de préstamos. Había que repetir la vieja estrategia: alegar bajas importantes, mostrar cierta austeridad de puertas para afuera, no andarse exhibiendo demasiado y prestar cada vez menos. De nuevo fingir y fingir.
“¡Qué gratas las sombras de la noche para quienes esconden sus vergüenzas a la luz del día!” me decía a menudo, y si caía en mis manos, en uno de mis raros momentos de ocio y distensión, un texto de la Ley, lo arrojaba lejos de mí, pues me recordaba la inocencia de mi juventud perdida.
Pero admirablemente, cuanto más me encerraba en mí mismo, menos consuelo hallaba en mis preocupaciones, y en algunos ratos de lucidez consideraba que tal vez el castigo divino, el infierno, la ira y sus plagas, no fuesen otra cosa que el soportar en la falta de fe la conciencia de uno mismo. Falsa como la seguridad en el ilusorio control del mundo, la tradición de los antepasados, la cómoda copia del universo que nos habían transmitido los patriarcas, no servía para solucionar los conflictos actuales, del mismo modo que no sirven los odres viejos para guardar el vino nuevo.
Las crueldades de los gobernantes – un ejemplo próximo lo tenía en Herodes, quien había ordenado ejecutar a sus propios hijos, temeroso de la traición contra el poder que creía dominar y que lo dominaba-, así como la humillación de los esclavos y del pueblo llano, siempre enfrentado con sus equívocas convicciones- constituían también un modo violento de aferrarse al pasado, al miedo de afrontar la voluntad de Dios, que siempre obra a favor nuestro. Mas, puesto que mi familia sostenía su prestigio y su riqueza en este miedo colectivo, yo, su representante, debía conservarlo a toda costa para transmitírselo íntegro a mis descendientes.
Cerrada, pues, mi casa a otro huésped que no fuese un administrador de lo mío, cualquier mensaje de salvación o de alegría quedaba fuera, era algo fabuloso o fantástico, un mito o una leyenda, un cuento de niños. Dentro luchábamos yo contra mí mismo, enemigo contra enemigo, con la ceguera de los habitantes de Sodoma, quienes en su delirio no acertaban a ver la puerta por la que deseaban salir o entrar de la casa.
A pesar de mi aparente terquedad y cerrazón a lo que solo bien podía hacerme, la predicación de Jesús Nazareno no se alejaba de mí, porque mi corazón – un corazón compartido con el de los demás- en su entereza lo deseaba. De esta vez fue mi mujer quien, en una conversación a la mesa, me confesó un milagro inverosímil atribuido a ese Maestro de los Pobres, quien se definía a sí mismo como camino, verdad y vida: la resurrección de un muerto. Solo faltaba este escándalo para confirmar la impostura del arrogante profeta de los sermones y de las curaciones milagrosas. Era el colmo de la credulidad del ignorante vulgo. Recuerdo que me reí bastante, porque desde mi vieja perspectiva de hombre mundano y escéptico, la noticia se me antojó un desconcertado disparate. Mis hijos se encontraban a la mesa, y en lugar de reírse conmigo, mantuvieron una actitud respetuosa con la anécdota, extraña a lo que yo podía imaginarme en ellos.
En las Escrituras se lee que la sibila de Endor evocó el espíritu de Samuel para profetizar al rey Saúl su derrota, y otro tanto se dice que hacían los pueblos antiguos a través de sus oráculos, pero resucitar a un muerto, eso era digno de la credulidad de un demente, pues no se sabe de nadie que haya ido al otro mundo y que hubiese vuelto de él. Si así fuese, compartiríamos el destino de los dioses, pero puesto que los dioses eran figuras humanas, entonces… Aquel Dios invisible de Abraham y de Jacob, ¿sería distinto a los otros dioses?
Betsabé estaba convencida de que los milagros atribuidos al profeta de Nazaret eran ciertos, y cuando la superstición la sobrecogía, coleccionaba reliquias que compraba a los mercaderes e incluso se atrevía a afirmar que deseaba conocer a ese Jesús en persona. Como las mujeres son tan proclives a creer en lo que otras les cuentan, especialmente si se trata de remedios para sus males, no había quien le sacara de la cabeza que ese hombre era el Santo de Israel, y así lo aseguraba con una fe que más tarde supe valorar en su justa medida y que antepuse a los argumentos de los razonadores. Entonces me contrariaba que alguien contradijese mis verdades, y no hacía caso de nadie, ni de un muerto vuelto a la vida. Algo en mí, no obstante, había cambiado, porque ya no tenía plena seguridad en mis convicciones, sino que a veces me preguntaba, confuso ante las inclemencias de los sucesos que me afectaban: “¿Quién sabe?”.
“Tendría que acontecer una señal para que creyese” pensaba a menudo. Cuando los fariseos y los sacerdotes, los publicanos y las clases altas lo reconociesen, entonces no me costaría nada hacerlo a mí. Sería lo mejor: que nos salvase y nos amonestase con avisos inequívocos de que era él y no otro el Mesías, pues sin duda vendría a aclarar las cosas, y siendo así, ¿a qué tanta confusión entre la gente? ¿A qué tanta división entre creyentes y no creyentes? Un gesto suyo bastaría para poner las cosas en su sitio.
A veces, durante las escasas tertulias que celebraba con mis socios y amigos- en mis últimos años no lograba diferenciar a los unos de los otros- me enzarzaba en discusiones acerca de la verdadera naturaleza del personaje público que curaba y santificaba a las personas, devolviéndoles su dignidad perdida. Yo también era, como él, un personaje público conocido y odiado por muchos, aparentemente más poderoso que él, pero a la hora de la verdad, incapaz para cambiar su destino. “El pueblo” decía el publicano Abdías “sigue a todo aquel que le haga promesas, sea o no sea cierto lo que enseña. Nadie puede probar con hechos que ese Jesús sea el Hijo de Dios; solo queda fiarse de sus obras, pues la verdad es que en él se cumplen las predicciones de los profetas, cuando afirman que los ciegos ven y los sordos oyen. Ahora bien, el tiempo será quien pruebe si su enseñanza es verdadera, porque ninguna mentira puede resistir el paso del tiempo. Lo que nos queda es esperar”. “Dicen que nació de una virgen y que su concepción no fue obra de varón” nos informaba Macario el Levita, “también esta predicción estaba en las Escrituras. Pero según las Escrituras, el Salvador de Israel debía de nacer en Belén de Judá, y no en Nazaret. Este dato – su ignorancia o su confirmación- constituye un obstáculo para nosotros, y además, de acuerdo con el testimonio de los escribas, ese hombre no responde a las preguntas que se le hacen sobre su origen. De nada sirve tampoco a los fariseos el tratar de arrancarle una respuesta poniéndolo en evidencia con trampas dialécticas. Su silencio es absoluto”. “Yo sé que ese hombre es el Mesías” repuse yo, “y aún así sigo sin creer en él. No tiene nada que ver conmigo. No puede entrar ni salir de mi casa. ¿Qué puedo decir al respecto? Si viniese a mí, me condenaría, y lo mismo haría con los de mi clase. ¿Cómo reconciliar al pobre con el rico, después de los crímenes que nos separan desde la muerte de Abel por obra de su hermano? A alguien tendría que condenar. Estoy –estamos- demasiado sucios para que él pueda limpiarnos”.
Borrar los crímenes de la historia, lavar la sangre humana vertida en honor a los ídolos, era una tarea que solo Dios podía desempeñar. En la guerra y en la paz, la humanidad había sido cruel, y una generación aprendía de la otra para sobrevivir e imponerse a ella. Este era el fundamento de los imperios y de las dominaciones, y también del lujo y de la ciencia, del sostén de las capacidades humanas. Invertir el orden sería provocar el caos, volver a la barbarie, con el resultado ineludible de regresar más tarde adonde estábamos ahora. Por mucho que se predicase, no había nada que hacer al respecto. Si Dios tenía respuesta para todo, la suya sería la verdadera ley.
A mí se me olvidaban pronto estas consideraciones, absorbido como estaba por los negocios, atado a mis cadenas de oro. Esto era lo importante para mí: no perder nada de lo que me poseía. Zaqueo arrastraba el carro junto con sus socios, mientras su mujer y sus hijos, y al fin toda la sociedad que vivía de estas ganancias, sentados en el pescante y sin querer apearse por nada del mundo, espoleaban con látigos a los hábiles empresarios que suspiraban por un sosiego que nunca llegaba. De eso nos había servido la habilidad y la inteligencia: de yugo.
Jericó, apartada de nuestro corazón, continuaba celebrando sus fiestas como lo había hecho desde siempre. Y como desde siempre, en las fiestas corría el vino y la inconsciencia. Un rico tratante de caballos, de nombre Rufino y de patria desconocida, me propuso un negocio encantador: invertir en un cargamento de esclavos que zarpaba rumbo a Tarento. “Vende una de tus fincas e invierte en esto”, me aconsejó, “tú puedes permitírtelo. Tienes lo suficiente para acreditar tu fama y tu hacienda”. “Nunca me han convencido los negocios marítimos, pero todo dependerá de las cláusulas del contrato” repuse, “me encuentro lo suficientemente seguro como para que prefiera arriesgar un poco para ganar otro poco antes que arriesgar mucho para quizá perderlo todo”. “Podemos contratar un seguro a todo riesgo de una manera sutil, ya sabes” y me guiñó el ojo derecho. “No quiero incumplir la ley” declaré. “No es necesario incumplir la ley. Buscaremos a una víctima que pague ante la ley por nosotros, voluntariamente”. “No existen tales víctimas. ¿Quién se dejará engañar voluntariamente?” comenté. “Conozco a un liberto que…”. “Estás podrido por dentro” confesé, dejándome llevar por aquella idea, y me lo explicó detalladamente, mientras el deseo que tenía de adueñarme de una fortuna caída del cielo que me librase de los pleitos pendientes, allanando con dinero a los demandantes, me sedujo sin poder evitarlo, a pesar de que experimentaba repugnancia por los métodos inmorales e indignos de aquel Rufino. En realidad, la víctima del robo no era el liberto, sino yo mismo, aunque el liberto sirviese de medio para condenarme. Las herramientas del mal son por el mal controladas.
El asunto era que Rufino conocía a un tal Leónidas, liberto hacía un año de un propietario hacendado, y dependiente de su amo por el deber de gratitud que permite revocar la libertad en caso de incumplimiento. Leónidas era albañil y maestro de obras, y trabajaba muy bien su oficio; tenía no obstante un gran defecto: era pródigo y temerario, y gastaba en un día el dinero que ganaba en todo el mes. Por esa causa, su familia lo había abandonado. Después de haber vuelto a la esclavitud en varias ocasiones a consecuencia de sus deudas, se había asociado con unos promotores que eran esclavos sin derecho a conservar sus bienes en unas edificaciones de unos baños públicos, pues sus socios lo habían convencido de entrar en el negocio en uno de sus momentos lúcidos, y lo vigilaban para evitar que volviese a perder lo que tenía y se quedase otra vez en la indigencia. Rufino sabía que este Leónidas amasaba una buena fortuna, y decidió abordarlo, pero se informó de que sus socios lo habían apartado de la idea de invertir en un negocio nuevo. Entonces, el cazador de capitales ajenos urdió el siguiente plan, y me lo propuso: “Yo puedo quitarle a ese infeliz lo que tan celosamente custodia. Más de tres mil sestercios. Nos lo repartimos y echamos la barca al mar. Recurriremos a unos tahúres que lo engañarán en el juego con trampas, unos sicarios a nuestras órdenes, y le quitaremos toda su fortuna como se le quita un juguete a un niño”. “En fin” contesté, “si es un pródigo, allá él”. Aunque en el fondo reconocía que me estaba aprovechando de una debilidad ajena, pues un pródigo es un enfermo de la voluntad. Esto hicimos, y logramos nuestro propósito. El liberto apostó aún más de lo que poseía en el juego de los dados; nosotros lo despojamos cual buitres que despojan a un cadáver, y le perdonamos la deuda que excedía de su patrimonio para que pudiese conservar su libertad. El pobre arruinado nos lo agradeció como si le hubiésemos hecho un gran favor.
Todavía no hubiera tenido ocasión de ver el barco y los esclavos. Rufino me mostró la embarcación en un plano con la lista de los tripulantes, ya que la trirreme estaba amarrada y vigilada en el puerto de Jope, y yo no tenía ninguna intención de viajar para ir a verla. La responsabilidad del negocio recaería en ambos. Rufino necesitaba un nombre como el mío para vender las participaciones a mejor precio y para convencer a los inversores de la rentabilidad del negocio. Bastaría con que mostrase el documento en el que se acreditaba que Zaqueo, el Publicano, promovía la expedición, y los ricos se animarían a invertir encabezados por un potentado notorio. La ingenuidad que pudiese quedar en Rufino no era tanta como para rubricar con testigos vulnerables al soborno lo que podía asegurar con escrituras. La fe griega se había impuesto hasta tal punto en los últimos tiempos que nadie celebraba ya contratos verbales. Y los ricos solo invertían en los negocios en los que otro rico mayor había invertido antes. Este principio de conservación era la garantía de pertenencia a la clase dominante.
No voy a detenerme en detalles acerca del barco y de la mercancía humana que transportaba, porque no es el objeto de este relato. Desde el punto de vista estrictamente mercantil, había hecho un buen negocio, y así lo corroboraron todos mis socios y clientes, a los cuales, merced a los intereses compartidos solidariamente, me unía una relación de franca camaradería. Yo era para ellos la gallina de los huevos de oro, y ellos no iban a cometer la locura de contradecirme. Para los ricos, el camino está enlosado; lo difícil es la llegada al destino definitivo.
Pero al fin, no sé por qué caprichosa razón, a nuestro negocio se le quebraban las alas. La trirreme se había hundido en una tormenta a la altura de las sirtes que están entre Cartago y Cirene, los patronos habían muerto y los esclavos habían logrado escapar asombrosamente sobre unas balsas construidas con tablones de madera de la embarcación. Como yo estaba asegurado – el capital invertido no pertenecía a mi patrimonio protegido- no me preocupé demasiado, pero a Rufino no le fueron igual las cosas, puesto que había contraído obligaciones con terceros, y no pocas, confiando en escaparse si le salían mal los planes. No pudo hacerlo. Sus clientes se enteraron de la ruina del negocio gracias a unos espías pagados por ellos y, de noche, mientras Rufino dormía con su mujer en su casa, forzaron la puerta y entraron a su habitación. Le exigieron la liquidación inmediata de sus deudas, testificando que habían sido engañados por falsas cláusulas. Rufino no consiguió convencerlos. Atacado por ellos, trató de defenderse, pero los damnificados eran muchos y estaban dispuestos a todo. Rufino murió apuñalado en su propia casa.
Cuando me enteré de la noticia, temí por mi vida, y para no levantar sospechas, declaré que también yo había sido engañado por Rufino. Todo terminó en los tribunales, aunque los acreedores no se llevaron ni un as, porque los familiares del fallecido habían sido declarados insolventes y, después de haber exigido la pena de muerte para los homicidas tras un largo interrogatorio, cargaron con las costas del proceso y se quedaron con las manos vacías. Una cláusula de solidaridad pudo haberme implicado en la deuda, pero yo me encargué de que el pretor invalidase la prueba por defecto en la forma alegada por un testigo falso que no pudo ser contradicho, todo ello con oro pesado en la balanza. Quedé sin responsabilidad alguna, mientras veía cómo a los damnificados les embargaban los bienes y los echaban de sus propias casas.
Notando cierto remordimiento a causa de esta acción, me consolé con esta frase: “Si ellos estuviesen en mi lugar, harían lo mismo conmigo”. Después, procurando resarcirme de mis acciones en Leónidas – la víctima del negocio con cuya desgracia había cargado el falso Rufino- quise prestarle dinero, pero en la taberna donde solía acudir a gastarse el salario en licor me informaron de que lo habían encontrado muerto en la calzada a consecuencia de un atropello. Sentía cierta lástima por él; acto seguido me consolé diciendo: “Era un atolondrado”. A mi mujer le comuniqué al acostarme: “Tu marido se ha salvado de un grave problema merced a su ingenio”. Ella lo celebró, haciendo un comentario que me produjo desasosiego: “Para qué necesitamos vida después de la muerte, si en esta hacemos lo que queremos”.
A veces, el temor no me dejaba dormir. Tenía pesadillas en las que imaginaba que entraban en mi casa y me apuñalaban como a Rufino. Me despertaba sobresaltado, mientras mi mujer me preguntaba qué me ocurría. Por la mañana veía de nuevo a mis hijos y los besaba en la frente. Desarrollé asimismo ciertas manías, como la de mirar siempre por debajo de la cama y como no permitir que nadie permaneciese detrás de mí.
El pretor de Galilea, Poncio Pilato, me invitó a su casa de verano y se ofreció a celebrar una competición en la que mi hijo más joven pudiese participar, siempre y cuando yo le facilitase un buen crédito. Allí oí hablar otra vez de Jesús de Nazaret. Unos invitados comentaban que una gran muchedumbre lo seguía de toda Galilea y de la Decápolis, y que la clase dirigente de los judíos había intentado en vano atentar contra su vida.
“Tú eres judío” me interpelaron, “¿no conoces a ese Jesús?”. “No” respondí. “El pueblo lo sigue. Algo tendrá, cierto poder…” argumentó uno, mientras alzaba la copa rebosante de espuma. “Se está buscando la muerte” dije enojado. “¿Le conoces entonces?” volvieron a preguntarme. “No” volví a responder, “conozco a Juan, el que lo instituyó como profeta de Israel. Era hijo de un hombre a quien amé como a un padre en otro tiempo”, y cierta nostalgia me vino a la mente. “Ni los saduceos ni los fariseos han podido vencerlo en los debates” comentó otro latino, refiriéndose a Jesús, “a los primeros les probó la resurrección de los muertos con sus escrituras y a los segundos los confundió separando el tributo al César del culto a su dios, a ese misterioso Yavé”. “¿Te vas a volver judío tú también?” bromeó otro tertuliano, refiriéndose al comentarista. “Si ese Jesús pudiese probar que los dioses romanos no tienen poder alguno, tal vez lo hiciese”, se permitió decir.
Poncio Pilato no se llevaba bien con Herodes. Era un hombre delgado, un tanto tísico, peinado como Julio César hacia atrás, súbdito del Pueblo Romano y de sus instituciones, supersticioso, con la ira contenida de los tiranos y de los jerarcas, adorador de los dioses cívicos que en tantas ocasiones fallaban mostrando su esencia vacía cuando el pedestal era solamente lo que se apreciaba de ellos. Lo mismo que todos los magistrados de carrera, había nacido sentado, acomodando su cuerpo desde pequeño al asiento que su estirpe deseaba ocupar en la sociedad a la que pertenecía. Lo demás – filosofía, leyes, ciencia, pericia militar- estaba subordinado al interés que instituye costumbre y a la costumbre que instituye ley, como los volúmenes de una biblioteca están subordinados al interés de su dueño, quien puede hacer con sus máximas y consejos lo que crea útil y conveniente para respaldar sus intenciones.
En su casa, al igual que sucede con la mayoría de los estadistas y de los hombres públicos, mostraba una torpeza ancestral mitigada por el sexto sentido de su mujer. Ella era la que dirigía su rumbo de manera tácita, mientras él se esforzaba en aparentar autonomía con actos de presunto valor que no constituían otra cosa que manifestaciones de temor disfrazadas de violencia permitida. La enemistad con Herodes era también obra de su mujer, porque lo cierto era que ella sufría una envidia insoportable por Herodías, la esposa del Tetrarca, y por Salomé, su hija. Hubiese deseado lucirse como ella en las fiestas, si a su marido no le faltasen dinero y amigos, y hubiese deseado que su hija fuese el paradigma de la moda en las muchachas de bien, del mismo modo que lo era la bailarina Salomé, cuya destreza en el arte de la danza y de la seducción le permitiera obtener por premio la cabeza en bandeja de Juan el Bautista. Azuzando al marido contra Herodes, convenciéndolo de que se estaba aprovechando de él para obtener honores, lo obligaba a trabajar y a relacionarse con el fin de acercarse más a su presunta fortuna. Poncio Pilato se comportaba como un niño enojado con Herodes, y Herodes hacía lo mismo con Poncio Pilato, y ninguno de los dos sabía a ciencia cierta a qué se debía semejante enojo mutuo.
Yo conocía muy bien la voluble naturaleza de los que gobiernan, así que me guardaba mucho de decir nada que me perjudicase. Es dicho antiguo que en la corte las paredes oyen. Cuando se desencadenan las pasiones, pueden llegar a rodar cabezas, como rodó en su día la de Juan, aunque por voluntad propia.
No. Era preferible guardar silencio, seguir almacenando rencor en la tumba del alma. Seguir negociando hacia fuera, continuar llenando los graneros, enriqueciéndose y revistiéndose de una armadura de oro brillante, aunque dentro se escondiese un hombre encogido. Este es el pago del mundo: no ser para parecer que se es. En el interior, las rozaduras del metal forman llagas, las llagas vierten sangre, ah, pero, ¡maravilla!, hacia fuera la armadura muestra sus relieves esplendorosos. El pueblo llano siente fascinación por estas cosas y se arrodilla ante quien se impone por la fuerza. Es fácil ser un héroe, difícil ser un hombre.
Jesús de Nazaret se había convertido en un héroe entre las gentes que no saben leer ni escribir, entre los ignorantes de la ley que los rige, pastor de desheredados a quienes les ofrecía la herencia de un reino en los cielos. Era natural que lo siguiesen y que lo venerasen como a una divinidad más de las muchas que existen y existirán. Como Tamuz, o como Mitra, o como Apolo, o como Júpiter. ¿Por qué no? ¿Qué eran estos dioses consagrados más que otras tantas ilusiones de poder? Y era capaz de curar enfermos, como dicen que lo hacía Esculapio, y era capaz de caminar sobre las aguas, como Tritón o Neptuno, y se transfiguraba, como el dios Baco, patrón del vino. Si no era más dios que estos dioses, no merecía la pena conocerlo. Le hubiese dicho: “Vete al cielo, este no es tu sitio”. Sus respuestas, en cambio, eran acertadas, conforme a una verdad que está más allá de la especulación intelectual; su palabra se cumplía siendo palabra de hombre, su juicio no fallaba, y esto era lo que me confundía a veces, el no disponer de una categoría exacta para identificarlo. “Si dispongo de tiempo suficiente, lo conoceré algún día” me aconsejé. Los problemas actuales me impedían resolver el asunto de otra manera.
Durante los últimos años, mi mujer se molestaba en hacerme el vacío en la cama. Se quejaba de trastornos menstruales para evitar relacionarse conmigo. Sabía que yo la deshonraba acostándome con hieródulas y despreciándola con adulterios desde tiempo atrás. Me fascinaban las esclavas, y a ella los esclavos. Nos gustaban las mismas cosas, pero de manera distinta, con la intención oculta de un encuentro que hubiese evocado felicidades ya pasadas. No deseábamos compartir nuestros placeres.
Ahora me había aficionado a los burdeles de los barrios de artesanos y obreros. El ambiente era distinto a los lujos de las clases altas, pero también más natural y espontáneo, casi más humano. Para empezar, no había que respetar ningún protocolo; el único patrón era la necesidad. Un día coincidí en uno de estos burdeles con mi hijo Prócoro, y experimentamos ambos la misma vergüenza. Todavía nos quedaba el residuo indeleble de la moral hebrea. Otro día, me encontré con uno de los hijos de Simón.
Lo que más me atraía de aquellos ambientes parecidos a los de las ergástulas de los circos era la relajación de las costumbres, que contrastaba con la rigidez de la calle. Allí las clases sociales se confundían en un maremágnum de lenguas y de hábitos diferentes, y todos se comportaban de modo análogo ante el placer. Romanos, griegos, árabes, egipcios, sirios, capadocios, etíopes, libios, judíos, de condición esclava o libre, grandes y pequeños, ancianos y jóvenes, todos nadaban como peces en el mismo océano. Era un sueño que se desvanecía fantasmagórico a la mañana siguiente. El único nexo con la vigilia de la realidad cotidiana era el dinero de sonido metálico, el óbolo por el que el barquero Caronte nos adentraba en los infiernos de la inconsciencia social.
Decían que ese profeta Jesús cuyos milagros estaban en boca del pueblo, que nunca había accedido a las influencias del poder civil, había librado a una prostituta de la pena de lapidación, e incluso se había atrevido a afirmar que las prostitutas tenían mejor moral que los fariseos. Desde luego que era cierto. Entonces, ¿dónde quedaban todas aquellas normas morales por las que se condenaba el pecado en el pecador y el vicio en el vicioso? ¿Es que acaso éramos todos iguales ante Dios? ¿Sin méritos delante de él? ¿Y nuestros sacrificios, y nuestros esfuerzos? “Misericordia quiero y no sacrificios” volví a recordar. Demasiada sangre vertida por crímenes pasados nos separaba de este don divino, por el cual los hombres son equiparables a los dioses o a las formas de un solo Dios.
Guerras y asesinatos desde el primero de Caín se sucedían en la historia, y los privilegios que separan a unas personas de otras, al hombre de la mujer, al esclavo del libre, no daban paso a la libertad auténtica, por más que el orden cívico de la Pax Romana mitigase los abusos de los órdenes guerreros del pasado, mejorando la historia y acercándola a su ideal de perfección.
Incluso en los ambientes más vulgares se hablaba de Jesús con respeto, y también de quienes lo seguían y predicaban en su nombre: unos pobres pescadores de Betania. Hablando al pueblo con el lenguaje de las obras y probándoles a los estudiosos el sentido de las Escrituras, se llevaba tras de sí a la multitud con la autoridad de un jefe espiritual. Y no engañaba a nadie, puesto que lo que obraba estaba bien hecho, a pesar de chocar con la opinión pública más extendida y a través de la cual se dominaba a quienes no podían mandar sobre otros.
También yo me había tropezado con los discípulos del supuesto Mesías, y no me habían parecido lo suficientemente hábiles ni inteligentes como para convencerme de nada; su especialidad debían de ser los arrieros de los caminos y otra gente de su clase. Los errantes, los vagos, los que no tenían techo bajo el que acogerse, esos serían capaces de creer en cualquier promesa, y los enfermos curados lo seguirían a todas partes. Pero yo era un hombre cobarde que me había vendido a mí mismo por un plato de lentejas, al igual que Esaú frente a Jacob, y no tenía otra cosa que ofrecer más que unas riquezas amontonadas con fraude y de las cuales no quería desprenderme.
Zaqueo, sin el poder de sus riquezas, sería una pulga en el desierto. No poder ver mi desnudez, esa era mi grandeza. Tal vez mi enfermedad fuese otra, pero los síntomas me resultaban placenteros, aunque su final fuese la muerte del cuerpo y la del espíritu que nada podría hacer sin él, puesto que su libertad no se lo permitía.
Alrededor de mí, las cosas me iban poseyendo, y las personas con las que me relacionaba, incluidos los miembros de mi familia, se iban convirtiendo en cosas también. Todo eran posesiones, dependencias, negocios, afanes. Todo eran… mentiras. Ni mis amigos eran mis amigos, ni mi mujer era mía de corazón, ni mis hijos eran, a pesar de que yo los había engendrado, hijos de mi afecto. Tampoco yo era el sujeto de mi voluntad, sino un barco con las velas rotas que navegaba a la deriva. Algo me producía mayor horror que todo eso, y era verme a mí mismo tal como era. Eso…nunca. ¡Verme a mí mismo tal como era! ¿De quién podría asustarme más? ¿Y si Jesús, el profeta, me mostrase un espejo en el que pudiera reconocer mi rostro y mis llagas? Mejor sería no haber nacido.
“Déjalo para otro día, Zaqueo” me aconsejaban mis socios y clientes cuando me veían preocupado, con la cabeza inclinada sobre las cuentas. Los números exigían sacrificio inmediato, los motivos personales podían esperar, porque no contaban. Mis hijos solían preguntarme: “¿Qué es lo que te sucede, padre? Estás cansado de todo”. Yo les respondía: “Atravieso una de mis crisis, porque me acuerdo de la época en la que quise ser estudioso de la Ley. Me acuerdo de Zacarías, y de Juan, y de ese Jesús del que todos hablan últimamente”. Mi mujer completaba: “Dejad a vuestro padre. Siempre ha sido algo fantasioso. Se cree que las circunstancias van a amoldarse a sus planes”.
Me desconcentraba muy a menudo, así que solicité la colaboración de un administrador muy a pesar mío, pues mi deseo había sido siempre tenerlo todo controlado. Me permití descansar más, y no ponerme a pensar en el pasado, que ya no existía.
Los pregoneros publicitaban los fastos y las efemérides civiles – la visita de César a tal país o la conquista de un nuevo territorio bárbaro, la ejecución de los delincuentes ante el pueblo sediento de sangre, el descubrimiento de una mina de oro o plata, el nombre de los soldados muertos en batalla y los resultados de las competiciones deportivas, las decisiones de los tribunales y los debates del Senado o del Sanedrín- y no se precisaba más que dejarse llevar por la oferta de sensaciones de la fama de corto vuelo para disponer de temas de conversación merced a los cuales se pudiese uno olvidar de la rutina imparable de la vida cotidiana. En cierto modo resultaba divertido entretenerse con lo que otros contaban, entretenerse y pensar lo menos posible en lo que ocurría a nuestro alrededor, en lo más cercano, en el hombre y en la mujer anónimos que teníamos al lado, en el sentido de nuestra vida, en los demás.
Con el fin de evitar el pensar en el paso del tiempo, o en el transcurso de nuestras ilusiones – pues el tiempo es en cierto modo una ilusión a la que dan realidad nuestros actos- a un amigo de ocasión mío, de los muchos que se sentaban a mi mesa de adinerado, se le ocurrió el capricho – inspirado por un ocioso de los que aparecen en las historias de los griegos- de teñir de colores la arena de su clepsidra y de impulsarla con una corriente de aire movida por un fuelle calentado al fuego hacia arriba, invirtiendo su caída natural. Nos admiramos de la notable estupidez del procedimiento, y le preguntamos qué utilidad tenía. Nos dijo que le producía una sensación de ingravidez en la contemplación del paso del tiempo, y que le hacía sentirse más seguro de sí mismo; también nos recomendó unas pastillas de terra sigillata que se decían hechas de la tierra que había cubierto el cadáver de Alejandro Magno, y que, según él, aseguraban la fortuna en todas las empresas y el tránsito seguro por el más allá. Cuando nos reímos de tamaña locura, nos dio los nombres de los funcionarios de estado que creían en estas supuestas magias, y que aseguraban que eran tan ciertas y sagradas que no podían vivir sin ellas.
En fin, que ciertas anécdotas comentadas por el ocio hacían pensar no solo que la estupidez humana no tenía límites si se lo proponía, sino que a veces los sinsentidos y las sinrazones de los caprichos humanos necesitaban apoyarse en otros sinsentidos y sinrazones mayores para justificarse. La vida de algunas personas estaba tan vacía que resultaba preciso llenarla de tonterías. También era una tontería el pensar que el hombre tenía poder para algo lejos de Dios y de la fe, pero esta certeza la tuve más adelante, cuando supe reconocer el misterio de la existencia conforme a razón.
Las circunstancias cambiaron el rumbo de pronto, como si se propusieran despertarme y presentar un horizonte a la mirada de un moribundo que agonizaba entre negocios que lo absorbían. Según la parábola del Maestro del Pueblo y de Dios, de aquel Mesías escondido para quienes, al igual que yo, no teníamos fe fuera de nosotros mismos o de nuestro vacío poblado de ídolos aparentes, la tierra de mi corazón no era la endurecida por la soberbia en la que no cae la semilla de la salvación y de la alegría, pero sí la tierra inculta en la que crecen las zarzas y las malas hierbas que ahogan la atención a los buenos propósitos. Yo escuchaba, y en el momento de escuchar – siempre referida en boca de otros- la palabra de consuelo de la bienaventuranza, veía reflejada en su espejo mi dignidad perdida, y sabía que solo estaba perdida en mi temor, que la ocultaba. Cuando me apartaba del espejo, el temor, sostenido por mis afanes, no obstante, volvía a recuperar su dominio sobre mi voluntad.
Mi esposa padecía histeria desde hacía años, desde mi primer fracaso en los negocios, cuando mis hijos eran pequeños y yo era el único que podía alimentarlos con el fruto de mi trabajo. Había días en que no era capaz de levantarse de la cama, y había otros en los cuales no podía dirigírsele la palabra. Los médicos sospechaban algo malo, y le recetaban medicamentos que únicamente le producían un alivio momentáneo.
Mi hijo mayor había decidido contraer matrimonio con la hija de un amigo de mi padre, un hombre solvente que aportaba una buena dote. A mi hijo intermedio le gustaba la hija de un comerciante de calzado conocido mío. La preocupación por el porvenir recaía en mi hijo menor, quien se había enamorado de una bailarina de teatro descendiente de buhoneros, gentiles e incircuncisos, de vida nómada y muy pocas expectativas económicas. “Por ese antojo” le aconsejaba yo, “te pierdes el tener a una esclava a tu disposición”. “Preferiría la muerte a renunciar a su trato” me confesaba, “me siento exiliado si no estoy con ella”. Cuando intenté leerle el Libro de los Proverbios, buscando la sentencia que aconseja guardarse de la mujer extranjera, me replicó: “Guárdate tú de los sobornos y de los fraudes”. “Tu madre y yo hemos invertido demasiado en tu formación. Eres un atleta gracias a nosotros. Con ninguno de tus hermanos hemos invertido tanto como en ti, y ahora, en pago, nos deshonras con tu desobediencia” repuse enojado. “Es cierto” contestó, “aún así, no soy vuestro esclavo, y puedo tomar mis propias decisiones, como tú las tomaste en tu juventud, cuando abandonaste la tutela de tu padre para irte a Jerusalén”. Me puse a pensar: “Así es. También yo he sido un hijo rebelde. No puedo exigir más de lo que yo mismo he dado. Los errores de las generaciones anteriores se transmiten a las posteriores de la misma manera que las enfermedades hereditarias. Yo no he sido tan transgresor como este hijo mío, él ha añadido su aportación a la posteridad”.
Su madre, aquejada de su dolencia, me reprochaba mi despreocupación; yo no sabía qué hacer. “Continúa dejándote llevar, Zaqueo” me persuadí, “las cosas caerán por su propio peso”. Me dolía la cabeza cuando analizaba los sucesos del día sin poder hacer nada por solucionarlos. Mejor era olvidar. Bastante había hecho ya.
Con la intención de despejarme un poco, emprendí un viaje rumbo a Tarsis, Tiro y Sidón junto con mi mujer, quien parecía algo más aliviada de su enfermedad. En el camino íbamos de posada en posada, sin reparar en gastos, seducidos por la novedad y la emoción de lo repentino e instantáneo. Llevábamos con nosotros a un retratista que dibujaba esbozos nuestros en los lugares más representativos de cada localidad por la que pasábamos. Nos encontramos con otros viajeros como nosotros, quienes llevaban una vida casi idéntica a la nuestra, y que nos hablaban de destinos de placer para las clases acomodadas. Nos quejábamos del traqueteo de los carruajes, y disfrutábamos de los platos típicos de cada comarca, mientras mendigos y perros se arracimaban en torno nuestro para que dejásemos caer una migaja de nuestro plato en sus bocas hambrientas. Nada más vernos, los comarcanos nos reconocían. Sabían que nuestros peculios estaban a rebosar y nos servían como a reyes. Ya nos hastiaba tanto servilismo.
El mar que baña las costas fenicias nos ofrecía su belleza natural, y nos mostraba la opulencia de quienes vivían bebiéndose su oro de espaldas a la verdad de sí mismos, acomodados en casas de verano con toda suerte de facilidades, haciendo alarde de una calidad de vida fundamentada en la dependencia de los mercados de ultramar, corporalmente ahítos y nunca satisfechos de la codicia que los quemaba por dentro y los impelía a buscarse nuevas dependencias para encadenarse a la rueda de insatisfacciones que tan bien yo conocía. ¿Pero era acaso mejor ser un enfermo o un desamparado? ¿No se sentía uno más libre con medio millón de esclavos en propiedad? Los navegantes descubrían nuevos mundos en los que hacer ganancias; no veían que el mundo siempre es nuevo y renovado allí donde uno se encuentre, si es que se encuentra uno en algún sitio de su ser.
“Qué vida más dulce” suspiraba mi mujer, enjoyada hasta no poder moverse. “Consumir adormidera también sería dulce, como un sueño, como el olvido” consideré. Los mercaderes de vanidades anunciaban sus mercancías para encarecerlas, y en mis oídos resonaba su letanía trastocada: “¿Necesita una fantasía que le haga olvidar? Aquí tenemos lo que necesita”. A perro viejo no se le engaña fácilmente. El dinero hace posibles todas las fantasías imaginables, pero impide llevar a cabo el objetivo de vivirlas en plenitud. A cierta edad ya no se vive, se sobrevive, si es que uno deja de vivir para sí para vivir para otros solo reales en apariencia, pues nuestra terquedad nos ha impedido conocerlos tal cuales son. No obstante, una o mil fantasías más, ¿qué podían importar? Qué dulce resulta ser la mentira para el amargado de corazón, puesto que nada ofrece ni exige.
Terminado el viaje, regresamos a nuestra ciudad de origen, a nuestro punto de partida. El tiempo era bueno, yo estaba desanimado ante la perspectiva de mis negocios, que otra vez volvían a salir de los cajones y a reclamar mi dedicación exclusiva. Las murallas de Jericó relucían decoradas con tapices de púrpura – se celebraba la Fiesta de los Tabernáculos- a los que se habían añadido imágenes de alabastro, de madera y de marfil importadas de la moda griega. El conjunto era agradable a la vista, aunque el sentido de la celebración se mantuviese oscurecido por el contraste entre la austeridad humilde del culto a Yavé y la recreación del Tabernáculo en el desierto frente a la opulencia de los votos gentiles, máscaras que pendían de hilos movidos por el viento. La púrpura tiria – de Tiro acabábamos de llegar precisamente- encarecida como el tejido más apreciado de la Antigüedad, desvirtuaba un tanto la intención del rito. Era el mismo tejido que vestían cónsules, reyes y emperadores; era un tinte de fiesta que llamaba siempre la atención por su color vivo, rojo como la sangre de los sacrificios, que prestaba honor a quien lo llevaba en la ropa, pero el uso indiscriminado para tapar todas las vergüenzas de los vendidos a sí mismos lo despojaba de nobleza y lo convertía en un atributo de dominio, desnudo de austeridad sagrada, puesto que lo sagrado y lo profano no son otra cosa que el contraste entre las visiones sencilla y pervertida del mundo.
También las murallas de mi alma, de mi vida o de mi corazón estaban decoradas por fuera con tapices e imágenes alegóricas que habían pertenecido a mi pasado y que evidenciaban que yo era hijo de Dios y que no se había borrado mi título por el polvo y la suciedad del trato mundano, murallas del barro de mi constitución y de la de quienes me rodeaban como iguales míos, murallas que habían caído en otros tiempos bajo la trompeta de Josué para abrir paso al pueblo del Salvador, murallas interiores que pronto caerían al soplo huracanado de un verdadero mensaje de fe y de esperanza.
“Habito un desierto de hombres y busco la tierra que mana leche y miel” consideré, “lo mismo que mi pueblo. Pero como mi pueblo, he pecado demasiado, y ahora las fiestas se han tornado en lamentaciones, los salmos en música de duelo, el trono en un cementerio. ¡Si pudiese, si pudiésemos recuperar la época en la que Dios nos hablaba al oído! ¿Dónde habitan los patriarcas que han sido? ¿Por qué no salen de sus tumbas y bendicen de nuevo al pueblo? ¡Qué entusiasmo más infantil! No estaba el mundo preparado para estas debilidades. Había que demostrar fuerza, lucha, combate, sacrificio, honor, posesiones, desafíos, riqueza, poder, esfuerzo, mérito. Las hazañas de los héroes y caudillos nos habían deslumbrado con su magnificencia: la fortaleza física de Sansón, el boato de Alejandro y de César, la resistencia de los Macabeos… Sí, tales hazañas daban fe de corazones valerosos, pero, ¿no era tanto o mejor mostrar caridad con el pobre ofreciéndole un vaso de agua fresca? ¿No era ese pequeño gesto un acto de valor, de fe y de grandeza de alma? Tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros, ¿no equivalía a instaurar el reino de Dios aquí y ahora, y en la eternidad? No ser envidiosos, ni soberbios, sino comprensivos y humildes, abiertos a la manifestación de lo existente, escuchando y comprendiendo a todos sin distinción de raza circuncisa o no, entregados como Jesús por voluntad propia a los demás, la mejor parte de uno mismo, ¿no valía más que acumular tesoros para la muerte? Tal vez fuese ya tarde para pensar en esto. Tal vez.
Un día, apartándome de mis socios y acreedores, junto con mi hijo mayor, nos adentramos en un callejón en el que tullidos, sordos y ciegos pedían limosna y se servían mutuamente. Nada más vernos, creí que nos pedirían algo, pero en lugar de eso, nos saludaron con mucha educación y se quedaron mirándonos con respeto. Después sacaron un efá de harina de un saco de esparto remendado muchas veces, pusieron a hervir una gota de aceite sobre una piedra lisa y frieron unas tortas de harina que se repartieron entre ellos a partes iguales, procurando que ninguno recibiera más que el otro. Viendo que nosotros nos habíamos quedado extáticos admirando la equidad que reinaba entre aquellos olvidados del mundo, ellos creyeron que tendríamos hambre y nos ofrecieron de lo suyo. Tras haber rechazado su don pobre, yo saqué una bolsita que llevaba atada a la muñeca y le ofrecí a todos un talento, pero se me coló también unas dracmas de más en la dádiva sin darme cuenta. Los mendigos contaron el dinero y me devolvieron las dracmas de más, y cuando los felicité por su honradez, me confesaron que no aceptaban nada que les diesen de voluntad. Nos contaron asimismo una historia: hacía unos meses, a la hora de tercia, se habían encontrado abandonado un peculio que contenía treinta minas de plata, y lo habían custodiado hasta devolvérselo a su legítimo posesor, un esclavo que habría estado a punto de morir azotado de no haberlo recuperado, ya que pertenecía a un carpintero que tenía un taller de fabricación de carros en el Barrio de los Artesanos que no hubiese dudado en acabar con la vida del esclavo por tal grave imprudencia. Les preguntamos cómo, siendo ellos tan pobres, se sentían solidarizados con los ricos, a quienes se debía el injusto reparto de la riqueza, y ellos argumentaron que era su deber el ser justos, porque justo había sido Dios con nosotros, y su salvación estaba por llegar. “¡Cuánta es la fe de esta gente, mucho más que la de quienes se hacen maestros de sabiduría porque han leído los textos sagrados!”, consideré al oído de mi hijo. Mi sorpresa llegó al límite cuando comprobé con el testimonio de mis sentidos la felicidad que reinaba en un matrimonio de inválidos que no podían mover la mitad de su cuerpo, con dos hijas totalmente sanas jugando a un lado con pedazos de cuerda rota. Si ellos, siendo enfermos, eran felices, y nosotros, siendo sanos, nos sentíamos desgraciados, ¿qué ilógica situación podíamos estar atravesando? Era que ellos se conformaban con lo que tenían, se amaban y se respetaban procurando hacerse felices los unos a los otros, y nosotros nos odiábamos a muerte y levantábamos muros entre cada uno para no vernos las caras. Yo me sentía como debió de sentirse el diablo que contempló, según el Génesis de Moisés, la felicidad de Adán y Eva, nuestros primeros padres, y envidioso de ser más desgraciado que dos simples mortales sometidos a la voluntad de Dios, tomó una forma prestada para engañarlos y separarlos de él. Yo también envidiaba a estos pobres, porque en todo el lujo de mi riqueza adquirida con esfuerzo y riesgo de mi persona, no encontraba un instante de tanta dicha que se comparase con la que ellos compartían en su aparente miseria. “La dicha está en lo sencillo” pensé entonces. Pronto mis heridas sin cicatrizar comenzarían a sangrar y a supurar sus infectos humores, envolviéndome en su pestilencia. Y volvería al mundo de las compresas de lino que tapan inflamaciones de la piel, y volvería a ser Zaqueo el Publicano, el siervo de sus afanes. La sociedad que me rodeaba estaba esperando que yo volviese a ser el mismo.
“No sabes lo que es el amor” consideré, “¿alguna vez has amado, Zaqueo, a los demás, empezando por amarte a ti? Sí, has engendrado hijos, tienes amigos y clientes. Lo sabes. No obstante, lo que es amar, entregarse, eso nunca lo has hecho, siempre has querido guardarte el interés para ti, siempre has deseado esconderte en los demás y aprovecharte de las circunstancias para que ellos no pudiesen obrar en ti tu necesaria transformación. Teóricamente, lo sabes, Zaqueo, pero nunca has hecho nada…”.
“¿Te ocurre algo, padre?” me preguntó mi hijo de buena fe, al ver mi semblante demudado. “No, hijo” respondí, “no me ocurre más que lo que ya me ha ocurrido. Es que esta gente que acabamos de ver parece que vive en el paraíso, mientras nosotros…”. “¿Vivimos en el infierno?” completó mi hijo. “Nosotros no somos ni lo que queremos ni lo que debemos ser. Vivimos de espaldas a las cosas, y las conocemos por referencias. Los que son como yo, nunca han vivido realmente. Y yo quisiera que vosotros tuvieseis en mente, hijos míos, algo más que el dinero, sabiendo que el verdadero negocio rentable no estriba en acumular riquezas, sino en acumular buenas obras, obras que salven, no que condenen, obras propias, no ajenas, obras de libertad, no de esclavitud. El ejemplo lo tenéis en mí para lo malo, pues nunca he querido ser ejemplo de lo bueno. Yo no tengo valor para salir de mi círculo. No entréis nunca vosotros, pues os sentiréis como el asno que da vueltas a una noria”. “Padre” me confesó Joaquín, “tú siempre te has preocupado por el bien de tus hijos, has trabajado para que no nos faltase de nada en la vida, y ahora, ¿por qué dices que ha sido un mal ejemplo? No has sido un borracho, ni un pródigo, ni un ladrón, te has hecho un hueco en la sociedad y has sabido mantenerte en tu puesto, has vendido y has comprado para aumentar tu hacienda, te has hecho un nombre entre la gente de prestigio, has sido fiel a tu mujer y a tu familia, has demostrado hacer más de lo que se esperaba de ti. No te quejes con imprudencia”. “Sí, hijo, todo lo que has dicho es verdad” respondí, “pero hay algo que me falta, y es la gracia de Dios, la sencillez, la alegría, el amor, la entrega, me falta la bondad para que Dios obre en mí su milagro, pues estamos llamados a una hacienda mucho mayor que la que disfrutamos, y solo él puede dárnosla a través de nuestra fe. Espero que tú puedas comprender esto algún día”.
En otra ocasión supimos que unos endemoniados se curaron dejándose caer en el suelo con solo oír hablar de Jesús por unos que se decían discípulos suyos y que viajaban de dos en dos por las ciudades de Galilea. Ahora se hablaba de la parábola de la viña y de los viñadores, en la que los arrendatarios se habían negado a abonar el pago del arrendamiento al propietario legítimo. Era otra de las intervenciones magistrales del Divino Maestro, aquel profeta de Nazaret que adquiría prestigio cada vez mayor entre la gente sencilla, puesto que predicaba con autoridad y no con simulada retórica. El pueblo de Israel eran los viñadores, el propietario era Dios y los arrendatarios los que se decían hijos de Abraham, los asesinos de los profetas – de los cobradores de la renta justa- y el hijo del propietario era el último de los profetas, aquel en el que se cumplía toda la ley para siempre. La viña sería arrancada por el propietario de las manos de los arrendatarios viles, y sería dada a otros arrendatarios que pagarán la renta a su debido tiempo. Ya no será un privilegio el pertenecer a una raza o a un pueblo determinado como el pueblo judío de la Antigua Alianza, porque una Nueva Alianza se rubricaría con los gentiles, con los excluidos de la ley que ya no continuarían amparando fraudes, es decir, con todos sin distinción alguna, como si todos fuesen un solo viviente en un mundo compartido, libre y feliz, el reino de Dios, el amor y la comprensión de cada cosa en su justa medida.
No estaba mal planteada la cuestión, aunque para ello fuese necesario destruir muchos planteamientos falsos, muchas vanas fórmulas sociales y personales, muchos cuerpos acorazados de ciencia sin sabiduría; mucha presunción sin objeto, mucho conservadurismo que endurecía el corazón como el sarro endurece los dientes hasta arrancarlos de su raíz. Si no se destruía aquello, esto mismo nos destruiría.
Durante el mes de Nisán, que se corresponde con la estación de las flores y del cortejo de los animales, los ediles romanos convocaron un certamen de poesía en el que intervinieron participantes judíos y gentiles. El certamen se celebró en el teatro, bajo los auspicios del César y de toda la parafernalia civil. Un antiguo laureado por un poema de circunstancias acerca de la toma de Jerusalén por Pompeyo Magno en tiempos de la Guerra Civil presidía el jurado; el resto lo componían intérpretes locales que versionaban poemas del salterio de las Escrituras, romanizados hasta el punto de que en sus composiciones trataban de imitar el estilo de Horacio sin conseguirlo, pues su obra carecía de espíritu alguno y se limitaba a reproducir un patrón establecido por las academias. Ciertos clientes míos me comunicaron que había una plaza vacante en el jurado, y que tal vez no quisiese ocuparla. “Eres hombre de letras” me dijeron, “y además no es necesario ser un erudito para dar tu opinión en tales casos. El premio se asigna este año al hijo del cuestor Ambrosio, por una oda acerca de las reformas civiles de Herodes. Ya se te indicará lo que tienes que hacer”. “¿Y cuál es mi beneficio en todo esto?” pregunté. “Te servirá para entrar en una lista de servidores del orden público que te dará acceso a la ciudadanía romana”. “No necesito tal privilegio. En todo caso, mi hijo mayor…”.
A él no le importó ocupar mi puesto. El presidente del jurado no tenía poder alguno, había sido colocado allí para figurar. Los participantes eran muchos. Algunos, cuya obra escuché recitar, me parecieron muy buenos, pues a través de sus versos se comunicaban verdades reveladas cuyo lenguaje arcano interpretaba a la perfección, pero estos eran los menos valorados por los académicos, prefiriendo a otros que empleaban el lenguaje coloquial sin ser verdaderos poemas, para referirse a los triunfos de Roma, o a la República Platónica, o a convencionalismos del estilo que no salían de la adulación en forma métrica. Recordé aquella frase del profeta de Nazaret – también escuchada de oídas- que maldecía a los profetas alabados por el pueblo; estos eran falsos intérpretes que abandonaban su deber para falsificar sus testimonios. Otra vez resonaban las palabras de aquel que se había definido, escandalosamente, como el pan vivo bajado del cielo, cuya palabra duraría más que el mundo porque Dios estaba en ella.
A mí me sobraba el trabajo de recaudar en los mercados, recurriendo a cuentas ya redactadas y corrigiendo los errores aplicando variables adaptadas a la fluctuación de la moneda. En las épocas de inflación, los mercaderes me pedían rebajas que no siempre resultaban posibles para nuestro gremio; Roma no se resignaba a perder ni un as. Los síndicos de los gremios obreros y sus esposas nos pedían arrodillándose que rebajásemos la tasa oficial, nos trataban de “excelencia” y nos ofrecían toda clase de servicios a cambio de nuestra tolerancia. Nosotros respondíamos siempre lo mismo: “¿Quiénes somos para contradecir las órdenes del César? Somos siervos suyos. Así el esclavo es siervo de su amo. Nada podemos hacer”. Después, no obstante –porque para toda acción hay una excepción- corregíamos la base imponible y recurríamos al cobro en especie, recibiendo consumibles de todo tipo, desde sacos de legumbres como habas y lentejas, u odres de vino, hasta carneros cebados, vacas y ovejas, que ocultábamos en nuestros pesebres y que tantas veces nos delataban con sus mugidos. Entonces se nos acercaba el edil del foro, y los centinelas que hacían vigilancia en las murallas, y nos imprecaban con sorna: “Habéis hecho una buena redada. Vamos a ver qué cabezas tenéis ahí. ¿No os conviene una rebaja en el impuesto del trigo y del centeno?”. Y nosotros partíamos el botín con los extorsionistas, que tantas veces obligaban a los indefensos ciudadanos a doblegarse a sus abusos amparados por los poderes públicos. Reíamos así mientras el pueblo lloraba, aunque la risa se había convertido para nosotros en una máscara que ocultaba una insoportable angustia, la cual nos hacía temblar cuando veíamos una osamenta de perro con pedazos de carroña todavía unida a los huesos, mientras los cuervos y los milanos arrancaban su alimento de la podredumbre y las moscas zumbaban alrededor del alegórico espectáculo de la más descarnada muerte, muerte que nos recordaba la nuestra propia, en la soledad más absoluta, sin nada que pudiera remontarnos por encima de su aniquilación.
El primer día de la semana de uno de los años que para mí idénticos transcurrían, mi mujer se paseaba por las terrazas de mi casa con las esclavas cuando sufrió un desvanecimiento y cayó al suelo. Los médicos le diagnosticaron una hemorragia interna en el vientre, a la altura de la matriz, a consecuencia de ciertos malos hábitos en la dieta y de un excesivo consumo de excitantes del sistema nervioso. Hacía tiempo que se le recomendaba una intervención quirúrgica, pero ella siempre se había negado por miedo al riesgo que supone para la vida, sin tratar de enmendar tampoco sus costumbres en lo más mínimo, absorbida por su papel de columna del hogar y de institutriz de la familia. Los dolores no la dejaban dormir y nos obligaban a sus hijos y a mí a cuidar de ella por el día y por la noche, descuidando por consiguiente nuestros deberes. Los esclavos la atendían en cualquier cosa que pidiera, aunque ella deseaba tener nuestra presencia en un momento en el que sentía la muerte próxima, y la temía a cada instante con el corazón sobresaltado. Yo apenas podía dormir, y a la mañana siguiente no lograba despertarme a la hora de madrugada, ni conseguía organizar las cuentas, a las que me quedaba mirando perplejo como un niño mira a un animal que se mueve frente a él. Si la situación se prolongaba mucho, era probable que terminase cayendo enfermo.
Por primera vez en mi vida caí en la cuenta de que mis hijos, todos ellos ya casados y con vida independiente emancipada de mi tutela, eran seres ajenos a mi preocupación, partes de mí mismo que me dejaban cada vez más solo frente a mí mismo. Yo había hecho eso con mis padres, quienes ahora dormían el sueño de los justos, o quizá el despertar de los santos. Ahora el tiempo me recordaba una vez más mis acciones, y me decía: “Esto es lo que has sembrado. Coséchalo y no te quejes”.
La palidez se asomaba a mis mejillas, y una enfermedad pulmonar hizo nido en mi pecho. Tuve que recurrir a mis hermanos, quienes tanto me debían. Cada cual estaba a lo suyo, y cada cual me presentó educadamente sus excusas. Durante las pesadillas nocturnas, mi mujer me llamaba para que estuviese junto a ella. Odiaba la llamada de igual manera que el condenado odia la horca, y no me atrevía a desobedecerla. “¿De qué sirve todo mi dinero, si no puedo evitar este trance?” me preguntaba. Cuando entraba a su dormitorio en mitad de la noche, mis párpados se caían y mi cabeza se inclinaba en el respaldo de la silla, mientras mi mano derecha apretaba la mano derecha de mi mujer, y ella me preguntaba si estaba despierto, si la quería, si no iba a abandonarla. A veces gritaba a causa del dolor, y me despertaba tras un sueño de segundos. Mi alma deseba su restablecimiento, aunque esta difícil situación durase años, pero mi cuerpo no la toleraba más, y de mi mente espantaba la idea de su muerte como un alivio para mí. Una vez, los esclavos me vieron durmiendo en el suelo, en el pasillo, abrazado a mis rodillas. Les rogué que no me despertasen.
“Va a morir” pensé. “Si al menos no sintiese dolor…”. Mi mujer me dijo un día: “Cuando me muera, prométeme que irás a visitarme todos los días al sepulcro y rezarás por mí. ¿He sido una buena esposa?”. “Has sido” le confesé, “la mejor esposa que haya podido tener. Siempre estarás conmigo”. “Te amo” me dijo, y me besó en la boca como nunca lo había hecho. Percibí este gesto con debilidad, pero correspondí con las fuerzas que me quedaban. Durante los meses siguientes, no distinguí la vigilia del sueño. Mis negocios estaban en manos de mis socios y de mis hijos, y se decía que mi mujer tal vez muriese después de mí. Esto estaba a punto de suceder, cuando una mañana, la convaleciente se despertó con una energía desconocida y confesó que no sentía ningún dolor. Los médicos me informaron de que la hemorragia se había curado sola sin saberse muy bien la causa por procedimientos científicos. Le recomendaron guardar cama y tomar sales para espesar la sangre, y la felicitaron por la suerte que había tenido. Admirado de la súbita e inexplicable curación, le pregunté muchas cosas, y ella me confesó con una sonrisa de gratitud: “ Mientras dormía una de las noches más dolorosas de mi enfermedad, me acordé de un pasaje de la Escritura que había leído de pequeña, en el que se narraba cómo un rey de Israel, enfermo de muerte, había orado a Yavé y este le había concedido quince años más de vida. Entonces oré yo también, acordándome de pronto de aquel profeta de nuestra tierra que llaman Jesús el Nazareno, y le rogué que me curase desde allá donde se encontrase. Soñé que aquel hombre se me aparecía con unas vestiduras blancas, y en mitad del sueño me decía: – Confía y ora, que tus pecados han sido perdonados. De repente me sentí mejor, me levanté para beber un vaso de agua, y noté una alegría interior que nunca había sentido hasta entonces. No era solo el placer que se experimenta cuando se ha recuperado la salud, era algo más que no sé explicar”.
Le recordé el pasaje del rey Ezequías, pues a ella siempre le había fallado la memoria para los nombres, aparte de no tener casi contacto alguno con las Escrituras en muchos años. Me sorprendí tanto, que le pregunté: “¿Es posible que ese profeta obre milagros aún en ausencia? ¿Qué clase de hombre es? ¿Acaso un dios? ¿Qué dios puede parecerse a un hombre de la calle?”. Mi mujer contestó: “Es el Hijo de Dios, porque está lleno de su espíritu, y ha venido a salvar al hombre de su condición frágil para darle una naturaleza nueva, como la de nuestros primeros padres, quienes tenían a Dios dentro de ellos”. Me admiró la respuesta, y más en boca de mi mujer, quien sin estudios acerca de la Ley, hablaba tan bien como Moisés. Más adelante consideré las palabras un tanto excesivas, y las puse en olvido. “Lo importante es que ha recuperado la salud” pensé, “ vamos a celebrar una fiesta para olvidar este incidente”. Convocamos a toda la familia, a mis socios y clientes, e incluso comparecieron algunas autoridades civiles y militares.
Entre los soldados romanos que hacían guardia en la ciudad estaba de moda hablar de Jesús. También a nuestro banquete fueron convidados unos oficiales que comentaban en serio que algo debía de estar pasando en Israel cuando “ los ciegos veían y los sordos oían”. A los judíos puros no les interesaba demasiado el tema, y se abstenían de dar su opinión por miedo a quedar mal delante de los próceres de la metrópolis. “Nosotros solo creemos en lo que nos conviene” parecían decir para sí.
Mientras unos recaudadores y yo bromeábamos embriagados de vino de Palestina, se nos acercó un hombre escoltado, con el rostro pálido y demacrado, y se presentó ante mí sin dar su nombre. La piel de sus mejillas presagiaba un brote de ictericia; sus ojos hundidos se clavaron en los míos interrogando mi memoria. Creí reconocer a alguien de hacía mucho tiempo atrás, aunque no conseguí precisar quién era. “Soy tu amigo, el de Jerusalén, soy…” y antes de que concluyese la frase, completé: “Eres Simón. ¿Es posible…?” y lo besé en la boca, abrazándolo acto seguido. “¿Qué ha sido de ti todos estos años?” le pregunté emocionado, sorprendido de no haber notado su ausencia en tanto tiempo, “¿Dónde has estado? ¿Por qué no me has escrito?”. Hablaba con dificultad, parecía tener trabada la lengua, y los gemidos escapaban de su pecho, que estallaba a veces en una tos seca que le impedía proseguir lo que estaba diciendo. No manifestaba demasiado interés en mí ni en la situación presente, como si estuviese abstraído en otro mundo. Comunicaba sin emoción, y encubría cierto sufrimiento interior que yo luchaba por sacarle afuera. “ ¿Qué tal van los negocios, benefactor mío?”, le pregunté para ver si reaccionaba, e intuí que algo malo le había sucedido, pues el rostro revela la alegría y el pesar con la claridad de un espejo, y también la salud es vulnerable al estado de ánimo, tal que si el alma y el cuerpo estuviesen unidos por el hilo invisible de una materia oscura a nuestro conocimiento. “Estoy aquejado de una enfermedad mortal” me confesó, “ me quedan días contados de vida”. “No te desanimes” traté de consolarlo sin saber muy bien lo que hacía, “mi mujer también estaba enferma de muerte, y mira, se ha recuperado”. Simón hizo un esfuerzo por sonreír. “Mi enfermedad es de otra naturaleza” declaró, y luego, tomando mi cabeza entre sus manos como en éxtasis, me dijo unas palabras que no parecían suyas: “Zaqueo, Zaqueo, ¿cuándo despertarás?”. Después volvió a su estado habitual y me habló de una infección que le impedía alimentarse y que le provocaba vómitos y diarreas continuas. “Llamaré a un médico egipcio, por ti haré lo que haga falta” aunque sabía que no era ese el problema ni la solución, ya que de ser así, su hacienda le permitiría pagarse a los mejores médicos, así tuviese que traerlos del seol o del hades por boca de una sibila. “Ora por ti” me encargó, “y acuérdate, ese es el único legado que dejo a tu nombre”. “Simón, no tolero que pierdas la esperanza, yo te debo la vida, así que…” repliqué. “¿Quién ha perdido la esperanza?” dijo Simón mirándome fijamente, “Yo, no”.
Al cabo de siete días, mientras me encontraba comiendo, un esclavo me anunció la muerte de mi amigo. Me costó creer la noticia, y sin despedirme debidamente de mi familia, dejando la comida sin terminar, tomé un carruaje y me presenté en Jerusalén. El sepelio se celebró con la asistencia de los principales de la ciudad, y quienes no pudieron asistir, manifestaron sus condolencias por escrito. La viuda de Simón y sus hijos organizaron un entierro con todo lujo de detalles, con trompetas y plañideras, que daban idea de la importancia del finado, y una vez más volví a reflexionar acerca de las vanidades del mundo.
La impresión que me produjo la muerte de mi amigo no fue tan grande que me impidiera hacer una visita a la ciudad de mi juventud, evocando los momentos en los que habíamos saboreado juntos nuestras primeras experiencias de la vida. Busqué la casa de Zacarías, y no la encontré; tal vez hubiese sido una suerte conocer a Juan. Pero ahora ya…para qué. Una tristeza conocida me invadió, la tristeza de no tener un amigo verdadero con quien compartir las emociones, la impresión de volver a sentirse solo entre tanta gente desconocida.
Me quedaban por disfrutar los placeres que podían experimentar los tiranos. Todos los años, durante la Fiesta de la Pascua, los romanos presentaban a los ajusticiados al pueblo. A los máximos delincuentes los crucificaban, a otros los ahorcaban y a otros los liberaban después de atormentarlos, si es que el pueblo en comicios reunido apelaba a su favor. Los romanos se tenían a sí mismos por autores y embajadores del mejor Derecho de Gentes que haya existido desde los tiempos más remotos, respetando los derechos y garantías del ciudadano romano y del asimilado a tan honrosa categoría, y considerando bárbaros al resto de los pueblos, incluido el judío, por no poseer un derecho tan flexible y eficaz como el suyo, que bebía de las leyes de los pueblos conquistados y engullía sus costumbres para fortalecerse, cual una bestia ahíta de alimento. No obstante, era su mayor satisfacción el hacer espectáculo de los ajusticiados o cautivos de guerra – en esto su imperio se parecía a todos los imperios- ya fuese para dar ejemplo, ya fuese asimismo por diversión y esparcimiento de los vencedores, cuya estirpe consideraban superior y la representaban con símbolos excluyentes. El pueblo se divertía con esto, y le servía de distracción a sus muchos quehaceres y frustraciones. Los romanos se ganaban así la popularidad de los vencidos con este circo de castigos escenificados con cruentos procedimientos, embotando con el derramamiento de sangre la memoria de quienes podrían desear rebelarse contra el poder. La justicia era, pues, el espectáculo y la propaganda de Roma, una justicia solo aparente, fundamentada en la ley del talión, o en la ley del fuerte contra el débil, sin más interés que el de mantener la dominación de sus dioses inventados el mayor tiempo posible.
A los judíos de casta les repugnaban estos procedimientos, si bien los suyos habían sido peores en otros tiempos, puesto que habían delinquido amparándose en la palabra de Dios, que no era otra cosa que una palabra de salvación y de consuelo. Mi memoria, lo mismo que la del resto de mi pueblo, lo mismo que la de Efraím, Manasés, Judá, Leví, y el resto de las tribus –doce en total- que salieron de Egipto, estaba oscurecida por la vergüenza de siglos, desde la adoración del becerro de oro bajo el Sinaí hasta el cautiverio de Babilonia, y ya no reconocía más ley que sus fraudes.
No era de extrañar que la actividad de ese Jesús Nazareno que predicaba la Buena Noticia de Salvación no les entrase por los ojos ni por los oídos a los castizos descendientes de Abraham, aferrados ciegamente a sus tradiciones, incapaces de ver ni de entender los milagros que a él se atribuían. Así pues, esta memoria soterrada bajo las ruinas de un imperio en expansión no distinguía ya lo justo de lo injusto, y todo para ella era reflejo de lo mismo.
Durante mi estancia en Jerusalén, se comentaba a título de escándalo que Jesús, el anunciado por Juan, una vez más había llamado la atención de los principales con una declaración ilógica: había dicho que él destruiría el Templo de Jerusalén, obra maestra de Israel, y lo reedificaría en tres días. Habían intentado lapidarlo por esto, y por más que había dicho, asegurando que era Dios mismo cuando obraba desde la voluntad de Yavé, a quien llamaba Padre, y confesando que su espíritu había existido antes que los patriarcas. Los fariseos lo habían acusado de estar endemoniado, y él los había amenazado con ser reos de muerte ante Dios, porque negaban su santo espíritu. En otra ocasión, había expulsado a los mercaderes del recinto del Templo – manifiesta locura a mi entender de entonces- confesando que el Templo era lugar sagrado, y no cueva de ladrones. Decían que tenía por costumbre predicar en Jerusalén, y que al caer de la tarde, salía de la ciudad con sus discípulos e iba a rezar a un monte que llaman De los Olivos, donde más adelante lo arrestarían para condenarlo a muerte, habiéndose él entregado voluntariamente a la máxima pena para dar testimonio del verdadero poder de Dios delante del pueblo.
La muerte de Simón había dejado un vacío en mi alma, como si me hubiesen extirpado una parte de mí, y el mensaje de Jesús, a partir de este vacío interior, comenzaba a revelárseme mejor. Ocurría este proceso de manera similar al proceso de purificación del agua lustral que lava el cuerpo de quienes han tocado el cadáver de un semejante. A mí me limpiaba asimismo este mensaje nuevo de algunas falsas creencias. Pero otra vez los negocios volvían a reclamarme.
En esta ocasión, mi hijo menor exigía la atención de la familia, debido a que estaba próxima la fecha en la que Poncio Pilato había fijado la competición de cuadrigas que se celebraría en el anfiteatro de Jericó, y en la que Eudoxio exhibiría sus habilidades ecuestres. El muchacho preparaba con entusiasmo la competición y se entrenaba cada día para ella. Últimamente no había tenido tiempo de hacerle una visita. Todo parecía reclamarme con la misma ansiedad con la que yo reclamaba todo. Fincas, servidumbre y animales, contribuciones y negocios me exigían supervisión y control, y las cosas se me escapaban – a decir del salmista- igual que el agua entre los dedos.
Ni tan siquiera yo era yo, sino un “mi” superlativo e indeclinable, un sujeto pronominal fabricado por el deseo de poseer, un animal doméstico que servía a sus pasiones, un ídolo corporalmente vivo que encubría su humanidad. Siempre había sido pequeño de cuerpo, encorvado hacia el suelo; con un caparazón ilusorio me imaginaba vivir, con miedo a expandir el pecho hacia fuera. Las cosas parecían darme la razón, porque yo creía que me servían, aunque era yo quien las servía a ellas; caía en la cuenta ahora de que nunca había tenido un objetivo en la vida y que toda mi conducta era un resultado del miedo que padecía a vivir plenamente, con el riesgo que entraña la responsabilidad de tomar decisiones propias, y de no creer subsistir contando las horas de otros como un reloj ajeno. Decidir libremente implica renunciar a algo, entregarse, y yo siempre había preferido negociar con avales firmes. Nunca había hecho nada por mí mismo, salvo el viaje de mi juventud a Jerusalén. Avergonzado de mi pequeñez – no de cuerpo, de espíritu-, de mi pobreza personal, de mi falta de fe para asumir el mundo y encontrar la puerta hacia lo que yo quería, de mi inseguridad que buscaba locamente arraigo en los bienes externos, había encontrado refugio en la prosperidad social, cuya capa de púrpura tapa todo lo que pretende ocultar, salvo la propia vergüenza. Ah sí, esa sigue ahí, incubando su veneno y obrando en secreto la parálisis de la voluntad, mientras los brazos y las piernas buscan muletas en las que apoyar el peso del cuerpo. Sería necesario matar ese cuerpo de dolor para liberar el alma, abrasarlo como se abrasa un leño del que emergen las febriles formas de al angustia, los demonios y los dioses. No era el cuerpo físico, era el cuerpo que nos habíamos constituido a partir de temor a vernos tal como éramos, el cuerpo de la muerte, la mayor de las ilusiones habidas y por haber, construida cual un edificio cuyo cimiento era el miedo a la ausencia de los demás en uno mismo, el miedo a la responsabilidad y a nuestra más querida condición: la libertad. ¡Cuánta sería nuestra dicha si ese Mesías novedoso nos liberaba de este demonio! ¡Si me librase a mí y a los que igual que yo renunciaban a tomar decisiones propias, amparándose en los errores colectivos, por miedo al fracaso de no sentirse respaldados por quienes no veían otra salida que repetir conductas ya desprovistas de sentido actual, si nos librase tal vez pudiésemos ver a Dios y a los demás – a su imagen- cara a cara.
Este grito reprimido se alojaba en mi pecho enroscando sus anillos de serpiente en torno a mi corazón, y no era solo mío, era el de todos aquellos que ocultaban su llanto en una cisterna rota para no beber del agua viva que Dios hacía manar de la roca del desierto espiritual. Miembro a miembro se derrumbaba la estatua de barro y metales que representaba el falso poder humano, herida por la pequeña piedra que golpeaba sus pies frágiles, golpeada por una sola verdad arrojada por la mano invisible del desconocido; era la imagen del sueño que el profeta Daniel había interpretado en la corte del rey de Babilonia. El derrumbamiento de la estatua era asimismo el de cada época, con sus adelantos y sus costumbres, desplazada por otra que se derrumbaría también, piedra a piedra, civilización tras civilización, sin dejar más rastro que unas pocas ruinas. Una montaña en su lugar se alzaría, y quienes creían en algo más que en lo efímero habitarían por siempre en ella. Todavía no había logrado encontrar la puerta hacia lo imperecedero.
Continuaba anclado en lo exterior, en los datos y en las cifras, en la literatura que se aprende solo de memoria, apagando el fuego de su significado, y permitiéndome –permitiéndonos- recoger en una urna apagadas cenizas, elegías y lamentaciones. Imposible arrojar las posesiones que proyectaban la ilusión de un enorme arco de triunfo que no era otra cosa que una sombra sobre una pared en una cámara oscura y encontrar la pequeña y auténtica puerta de salida de aquel gran teatro de repeticiones, una fábula inerte, un sueño absurdo de olvidados sinsentidos. Por más que pensase en esto, como había dicho ese Jesús cuya personalidad se iba aclarando para mí, no lograba añadir un codo a mi estatura, y seguía siendo el bajo y encorvado Zaqueo, el dueño de sus bienes, nadie.
“El mundo me ha hechizado” declamaba el Salmista, el rey y poeta de la Casa de Judá, elegido de entre sus hermanos para ocupar el trono de su pueblo y para convertirse en el fundador de la estirpe del Mesías, del Ungido por Dios, a quien el rey, en metáfora, llamaba Señor. En mí se cumplía esta sentencia. De nada servía que el año de gracia descendiese al pueblo del mismo modo que el maná había descendido en el desierto para alimentar a los exiliados de Israel, el año en el que vendría aquel que diría de sí:

El Espíritu de Dios está sobre mí,
Porque me ungió para evangelizar a los pobres,
Me envió a predicar a los cautivos la libertad,
A los ciegos la recuperación de la vista,
Para poner en libertad a lo oprimidos,
Para anunciar el Año de Gracia del Señor.

De nada servía que aquel dijese asimismo: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”. ¿No eran todas esas promesas sueños y visiones, suspiros y poesía? ¿Cuándo se verían sus efectos? ¿Cómo vendrían a nosotros tantas maravillas juntas; dónde se alojarían entre tanta vileza? Los amigos y los bienes nos abandonan, y el plazo no se cumple. “Simón, tú que fuiste mi amigo y que ahora estás debajo de la tierra, en el seol o en el caos que no comprendemos, ¿qué me puedes traer del más allá?”, pensaba, “¿tal vez sepulcros de reyes, de jinetes y de guerreros muertos en combate, princesas y reinas, espadas y joyas?”. Y más me convencía: “Nada”. Pero más tarde consideraba sus últimas palabras, que no eran más que una pregunta: “¿Cuándo despertarás?”.
¿Por qué se dirigía a mí? ¿Qué tenía que ver yo con las circunstancias y con las leyes del mundo? ¿Acaso había creado yo el mundo y sus maravillas? ¿No era un Dios externo a mí quien lo había hecho todo?. “Lo siento, Simón” reflexioné, “me resulta más sencillo salvarte la vida que entenderte”. La cuestión no andaba lejos, pero yo no era aún quién de verla ni de escucharla.
Yo continuaba con lo mío, sin decidir nada nuevo, en la inercia de los acontecimientos semejantes a ruidos venidos de fuera. Poncio Pilato me escribió informándome de la fecha y del lugar en el que se celebraría la carrera de carros en la que tendría el honor de participar mi hijo. Iba a tener lugar en la arena del mismo anfiteatro que yo había construido y que me había confirmado como uno de los hombres más ricos e influyentes de Jericó que no pertenecía a la oligarquía de Roma. De alguna manera, el triunfo de mi hijo y su consagración como héroe popular era también obra mía; hacía casi cuarenta años, cuando todavía me consideraba un aventurero sin fortuna, había trenzado aquella corona de laurel para mi hijo aún no nacido. Mis planes se cumplían a la perfección, igual que los del César en las provincias dispuestas alrededor del mar, y mis deseos me encerraban en mi orbe fabricado con forma de anfiteatro donde se representaba la escena de mi vida, convertido en un Hércules de irónicas y ridículas hazañas. ¿No éramos los míos y yo el brazo derecho del César, sus exactores, sus funcionarios, sus músculos capaces de destruir ciudades enteras? ¿No acababa por ser Jerusalén mercancía en nuestras manos, y la ley y los profetas anillos en nuestros dedos? ¡Admirable inteligencia la que hace perder el camino! La última mercancía, sin lacre ni sello, era yo, rumbo a las aguas de la Estigia, en la helada mansión de la muerte, poblada de fieras mitológicas interiores y de fantasmas de almas en pena.
En esta ocasión, Apolo, el dios del astro solar que transmite la luz de la vida y pasa su mensaje de un día a otro en continuo relevo, iba a asistir a la carrera ilusa de su hijo Faetón, quien caería ante sus ojos probando que el poder de los dioses evocados es vano y leve cual el motivo estético de una estela de espuma sobre la superficie del agua.
La hora del combate estaba próxima. Mi hijo se preparaba con absoluta dedicación al instante que podía concederle la victoria, asesorándose de médicos y entrenadores, y recibiendo ánimos de familiares y amigos. Abstenido de los placeres conyugales y purificado para el rito, se enfrentaba a sí mismo, a su rival imaginario, contra quien en figura de muchos rivales iba a combatir en el certamen hasta lograr la palma y el premio.
Su madre experimentaba temor por su vida, sus hermanos lo animaban con cantos y encomiendas, y yo me sentía orgulloso de él, orgulloso de quien no era él en verdad, orgulloso de la parte más brillante de mi persona. ¡Todo Jericó vería su triunfo! ¡También el gobernador y las autoridades! Sus rivales no podían sentirse tan respaldados como él lo estaba por mí, pues nada necesitaba para el certamen que yo no estuviese dispuesto a pagarle. Sí, yo era débil y pusilánime, pero mi hijo tenía la fuerza de un león de Judá, y los soberbios conquistadores serían testigos de su fuerza. Mi venganza estaba consumada. La venganza contra mis padres, contra mis hermanos, contra el pueblo, contra quienes me consideraban un parásito afortunado, una enfermedad de la nación, un veneno destructor, un poseedor de bienes robados a la justicia. Mi hijo lavaría mi imagen, y yo triunfaría en él. Esto era lo que importaba, por ahora.
El riesgo que asume el auriga sobre el carro es muy elevado. Cualquier avería mínima o desequilibrio entre jinete, carro y caballos puede ser mortal a la velocidad de la carrera.
El día llegó finalmente precedido por nuestros deseos, y el sol grávido del verano se precipitó sobre el ombligo del anfiteatro. “Pase lo que pase, no olvides nunca este día, padre” me había dicho mi hijo. “Te prometo que no lo olvidaré” había respondido, “¿cómo habría podido hacerlo?”.
Era la mañana soleada de la víspera del cumpleaños de Poncio Pilato. Mi hijo estaba preparado. Su madre y yo nos sentamos en las gradas reservadas de las primeras filas de la cávea, entre mis dos hijos y junto a los parientes de mi casa que todavía estaban entre nosotros. Nos rodeaban los próceres de Jericó, algunos fariseos, escribas y publicanos y muchos más gentiles, la mayoría de los cuales eran analfabetos y no podían leer el cartel de los ediles donde figuraban escritos los nombres de los participantes. Todos mis amigos y clientes se daban a ver bajo nuestra grada. Todos mis conocidos habían apostado por mi hijo. El corazón de su madre latía con violencia contra el mío, y un gélido sudor me empapó la frente.
Veinte eran los aurigas participantes en la carrera; mi hijo pertenecía al equipo de los verdes. Su carro efesio resplandeció de pronto entre muchos otros que aguardaban en la línea de salida, y los aplausos resonaron con fervor. El árbitro dio la salida. Las ruedas levantaron una nube de polvo y los gritos de jinetes y espectadores poblaron el recinto de ecos. Los jinetes, de pie en el pescante, azotaban a los caballos con sus látigos. Mi hijo avanzaba por una calle interior y muy pronto adelantó a sus compañeros. La emoción nos subía desde el pecho hasta la garganta, y gritamos todos a una el nombre de nuestro campeón. Los brazos y las cabezas nos impedían ver la arena, y el acomodador tuvo que reprender a varios de nuestros conocidos, quienes les quitaban la vista a los magistrados.
En un instante, logramos vislumbrar la cuadriga de Eudoxio avanzando con la velocidad del rayo y sobrepasando al resto de los contendientes. ¡Era mi hijo el protagonista del espectáculo! Su nombre estaba en boca de los millones de espectadores congregados en el recinto de las exhibiciones populares. La atención de millones de mentes estaba puesta en él, tal que si el tiempo se hubiese detenido de pronto. En un intervalo de lucidez comprendí que nadie estaba mirando a mi hijo, todos estaban mirando a un jinete que conducía un carro ciego hacia una meta imaginaria. El vértigo de la velocidad le confería el poder de no verse a sí mismo, de disolverse en el espacio como un objeto. En el momento de mayor embriaguez, un genio oculto obró un mortal imprevisto. No tuve tiempo de considerar la gravedad de lo que estaba ocurriendo, pues vi de repente el carro volcado, y a mi hijo con una herida en la cabeza después de haber sido despedido del carro y de haber chocado contra el muro de la grada. Su madre lo vio antes que yo; mi pequeño cuerpo avanzó enloquecido entre la gente que me abrió paso con temor y angustia. Sus hermanos alcanzaron la arena –la carrera aún no había terminado, la absurda imagen de la carrera se repetía sin cesar- y tocaron la litera en la que yacía su hermano. Nada podían hacer los doctores ni los practicantes. La herida le había atravesado el cráneo y la sangre cubría el rostro del inconsciente. Entonces grité al cielo con la cabeza entre las manos y confesé desolado y profundamente abatido desde mi alma encogida: “Mía es la culpa de esta desgracia”. Me llené de pesar irreprimible, y aunque las autoridades concedieron al cadáver de mi hijo la corona cívica y un trofeo memorable –mi hijo hubiese ganado la carrera de no ser porque sus ruedas chocaron con una piedra que alguien, invisible a los supervisores, había arreglado a la arena – yo no podía consolarme con nada, y mis puños golpeaban mi pecho con hondo dolor, el mayor que jamás había sentido en mi vida. Yo había preparado la muerte de mi hijo. Ese era mi triunfo y mi venganza. Ahora, por fin, lo comprendía.
Recuerdo que su madre y yo caímos enfermos; la angustia la llevó a ella a la tumba antes que a mí. Yo abandoné los negocios y dejé todo en manos de mis dos hijos. Hubiese deseado dormir eternamente. Mi esfuerzo mayor consistía en querer olvidarlo todo.
Transcurrió un año y no sabía qué hacer de mí. Aborrecía la luz del sol, pero algo me impedía que abandonase voluntariamente este mundo, y me consumía sin saber qué hacer, llorando siempre.
A pesar de que las ventanas de mi casa estaban siempre cerradas desde la muerte de mi hijo y de mi mujer, un día escuché unos gritos en la calle. Eran gritos de júbilo, imposibles de silenciar, más rotundos que el son de las trompetas. Le pregunté a mi esclavo de confianza, quien me daba las noticias del día, qué estaba sucediendo. Me contestó: “¿Recuerda vuestra señoría, amo y jefe mío, al ciego Bartimeo, al hijo de Timeo, que se ponía a pedir en la calle con una manta extendida a los pies y que rezaba por quienes le daban limosna? ¿Recuerda que era ciego de nacimiento, y que no tenía quién lo amparase, y que su madre había muerto sin poder dejarle nada para vivir?”. “Sí, recuerdo”, asentí. “Pues ese gran profeta del pueblo a quien llaman Jesús el Nazareno lo ha curado”. “No es posible” declaré con incredulidad, “¿cómo pudo haber sido eso si a Bartimeo lo condujeron muchas veces a la sinagoga e hicieron voto por él y nada consiguieron?. Era ciego por sus muchos pecados, bien de él, bien de sus padres. ¿Cómo puedes decir semejante blasfemia, si el propio Yavé lo ha rechazado?”. “Pues lo cierto es que ahora puede ver, y por eso está dando gritos de alegría en la calle”, dijo con sencillez mi esclavo. “¿Tú has visto cómo lo curaba?” le pregunté. “Sí. El profeta Jesús y sus discípulos caminaban por la calle. Lo supo Bartimeo y comenzó a dar voces clamando: – Hijo de David, ten compasión de mí, pues sabía que Jesús era el Mesías, el hijo de David. Un espíritu se lo había revelado. La gente, al oírlo clamar así, lo reprendió, pues escandalizaba a los ciudadanos e impedía que se oyesen los discursos del Maestro. Pero él gritaba más fuerte, como poseído, hasta que Jesús lo oyó y se acercó a él. Le puso las manos sobre los ojos y le colocó sobre ellos unas escamas de barro que había amasado con los dedos. Después le ordenó lavarse, y le preguntó si veía algo. Él respondió: – Veo hombres como árboles que se mueven. Volvió a imponerle las manos y recuperó la vista completamente. Esto ha sucedido muy de madrugada, a la hora de prima, y ahora que es poco más del mediodía, todavía sigue alabando a Dios por la gracia que le ha concedido”. “¿Has dicho que ya pasa del mediodía?” quise saber. “Así es, señor” confesó el esclavo. “Entonces” me pregunté, “¿cómo es que no he sentido hambre en todo este tiempo? Creí que todavía era de noche…”. “La melancolía, señor, produce tales efectos” trató de responderme Eliezer, mi esclavo doméstico de confianza, “la melancolía perturba la mente y la adormece, y no le permite el ver ni el escuchar lo evidente. Ocurra lo que ocurra, si la mente está ocupada con malos pensamientos, no es capaz de reconocer ni su propia imagen. No es bueno, señor, aferrarse al pasado. De nada sirve atormentarse con planteamientos sobre lo que pudo o no haber sido. Lo que sucede es voluntad de Dios. Cuando nos aferramos a algo por miedo, tenemos la solución delante y no somos capaces de darnos cuenta. No somos nosotros quienes gobernamos el mundo, sino el espíritu que ordena lo adecuado y justo en cada momento. Es él y no nosotros quien debe llevar a cabo este trabajo. A nosotros nos corresponde cumplir nuestro mandato, conocernos mientras vivimos, porque para eso sirve la vida. De no ser así, no sería nuestra la vida, y no serviría para nada. Y todas las cosas de la creación sirven para algo, pues de lo contrario no podrían mantenerse. A quien se le ha dado un talento, debe negociar con él, pero no para ocultar su tesoro bajo la tierra negando su verdad, antes para ponerlo en común y utilizarlo para descubrirse a sí mismo y a los demás. ¿O acaso se enciende una luz para esconderla? Pues yo, aunque soy pobre e ignorante de muchas cosas, sé que no soy inútil sobre la tierra, sé que Dios me ama también a mí; si no me amase, mi existencia sin sentido quitaría sentido a toda la existencia. Sé que no soy un animal, sé que soy algo más que un animal, una persona, capaz de razonar y de entender mi destino, capaz de decidir libremente, de dirigir mi voluntad hacia el lugar de mi esperanza. Si yo soy capaz de comprender esto, también vuestra merced, señor, es capaz de hacerlo”.
Sorprendido de la certeza del razonamiento de mi esclavo, consideré que en toda mi vida de estudio y de trabajo continuos no se me había ocurrido otro equivalente. Le pregunte de dónde lo había sacado. Me contestó que lo había llevado consigo siempre.
Después de comer sin apetito unas legumbres y un poco de pan, tuve un pensamiento de alegría. Llamé a mi esclavo y me arrodillé ante él, y le di las gracias por haberme concedido la libertad. Él se turbó mucho, y me preguntó preocupado la causa de mi comportamiento, creyendo tal vez que había perdido el juicio por la tristeza. Le expliqué que durante toda mi vida había buscado por mí mismo la respuesta que él me había dado, y no había sido capaz de hallarla. En aquel instante, por fin, comprendí quién era. Cuando él trató de disculparse y de quitarse méritos para volver a sus labores, puse mi mano sobre su cabeza y le dije: “Desde ahora eres libre para los demás como yo lo soy para mí mismo”.
Me vestí mis mejores prendas y salí a la calle. Me interceptaron mis clientes, mis hermanos, incluso mis hijos. Los tranquilicé a todos diciéndoles que tenía un negocio muy importante que hacer. Un antiguo socio me preguntó: “¿Te diriges a la Puerta Norte?. Te acompañaré. Pareces muy cansado”. “No es necesario” le respondí sonriendo, “Yo mismo he encontrado la puerta”. Avancé entre tropeles de gente, y quienes me veían se preguntaban: “¿A dónde va Zaqueo El Publicano? Tropieza, se cae y sigue caminando. ¿Se habrá vuelto loco?”. Yo pensaba que todavía estaba a tiempo de llegar a mi destino, y que una fuerza que provenía de mi corazón me conducía como sobre alas de ángeles, sin que padeciese dolor alguno. Llegué al Mercado de Abastos, que tan bien conocía – me atrevería a decir que mejor que la palma de mi mano-, y vi una gran muchedumbre que escuchaba el discurso de un hombre que no tenía nada de excepcional salvo su sencillez, que lo transmitía todo. El discurso, pausado y elegante como un texto literario, hablaba de un padre y de dos hijos, el menor de los cuales había reclamado la herencia en vida del padre y la había dilapidado en lejanas tierras. Después había regresado con las manos vacías, dispuesto a ser un siervo de su casa para no morir de hambre. Él creía que su padre no lo perdonaría por su culpa manifiesta, y que al igual que el mundo, le daría su merecido, el justo pago por su conducta, y daba ya su vida por perdida. Su padre, a mucha distancia de lo que él pensaba, lo estaba aguardando con los brazos abiertos, porque lo había visto venir por el camino antes de que él hubiese tenido tiempo de darse cuenta. Cuando lo vio, no le dejó terminar su discurso de arrepentimiento, sino que lo abrazó, le puso un anillo en el dedo y lo llevó a casa, ordenando a sus criadas que preparasen la mejor fiesta para él. Su hermano, el justo y bueno desde siempre, enterado del asunto por uno de los criados, llamó aparte a su padre y le reprochó su benevolencia hacia su hermano descarriado, envidiando su suerte y el trato preferente de su padre hacia él. El padre le confesó que la fiesta era la manifestación de la alegría que experimentaba por haber recobrado a su hijo vivo, y que su felicidad no estaba reñida con el amor que sentía por igual hacia los dos hijos. El discurso del hombre sencillo terminaba de esta manera: “Así, hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos”.
“Este no puede ser otro que el profeta de Nazaret” pensé. La muchedumbre rodeaba al Maestro, y yo no podía verle la cara, debido a que la práctica totalidad de los presentes rebasaban mi corta estatura. Entonces, arrojando mi manto de púrpura al suelo, trepé por el tronco de un sicomoro hasta su copa, esperando poder ver al Hijo de Dios. Solo podía ser él, y no otro, quien pronunciaba semejantes palabras, dotadas de una sabiduría que no era de este mundo, antes bien, de quien lo había creado. Los asistentes me miraban y me señalaban con el dedo entre burlas y reproches, comentando entre sí: “Ese es Zaqueo el Publicano, el mayor pecador de esta ciudad y de toda Galilea. Por sus engaños han muerto muchas familias. Como es pequeño y ruin, se ha subido a un árbol para ver al Ungido, pero él lo rechazará por sus incontables pecados, puesto que las tinieblas nada tienen que ver con la luz”.
Yo escuchaba estos reproches desde lejos, y me sonaban con el rumor continuo y reiterado de las olas del mar. Me sentía ligero como una pluma. No veía otra cosa a mi alrededor que lo que tenía delante. De repente, se produjo lo que llevaba tanto tiempo esperando. El profeta volvió el rostro hacia mí y me dijo, llamándome por mi nombre: “Zaqueo, baja pronto de ese árbol, porque hoy me hospedaré en tu casa”. Era la voz de un hombre, pero el sentido de sus palabras hacía entender que también era la voz de Dios.
Descendí del tronco al suelo tal que si hubiese recobrado mi juventud y me hubiesen quitado muchos años de encima. Me acerqué a Jesús mientras continuaba escuchando las murmuraciones de la gente a mi alrededor. Ya en su presencia, me pareció que tenía la altura de una montaña, de sus ojos irradiaban la autoridad de los reyes y la mansedumbre de los siervos. “Es el Mesías del linaje de David, el Señor anunciado por las generaciones, la víctima de reconciliación entre las razas de los hombres, la palabra de Dios hecha carne. No da testimonio de sí mismo, da testimonio del Dios que vive en él” consideré definitivamente. Con cierto temor de ser juzgado me arrodillé ante su presencia, luego me puse en pie delante de todos y dije: “ Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo cuatro veces más”. Jesús me puso las manos sobre los hombros y me dijo: “Hoy ha venido la salud a tu casa. Tú también eres hijo de Abraham y el reino de los cielos prometido al patriarca es también para ti. Para eso he venido yo, para buscar y salvar lo que estaba perdido”.
Abandonando a la muchedumbre, lo conduje a mi casa y ordené preparar un banquete para mi mejor huésped, quien de verdad me había librado de mi propia muerte, para hacerme partícipe de la alegría de la salud interior, de la salvación. Invité a mis dos hijos al banquete, y lleno de júbilo, les confesé al oído: “ Hoy se cumplen para mí las Escrituras, la Ley y los Profetas, y mi alma perdida me pertenece, porque ha roto definitivamente su cárcel y es un mundo nuevo creado a imagen y semejanza de Dios, que ya vive dentro de mí”.
Los recuerdos, desde la infancia hasta la madurez, desde la inocencia hasta la corrupción, llenaron de pronto el comedor en una manifestación simultánea, reconciliados con mi memoria incendiada de amor hacia mi prójimo convertido en Dios, mientras el fuego de la paz iba abrasando mis rencores e iba resucitando los cadáveres de tantos seres queridos que no había tenido oportunidad de conocer, a quienes pertenecía y que me pertenecían, vivos y alegres en una eternidad compartida. No olvidaré jamás el último signo visible, cuando el Maestro puso su mano sobre la mesa y partió el pan para todos, mientras se dibujaba en su rostro una imborrable sonrisa de gratitud.

Abril de 2013
 

era el último de los profetas, aquel en el que se cumplía toda la ley para siempre. La viña sería a

Ba