CANCIONERO DE AMOR ( POEMARIO COMPLETO)

CANCIONERO DE AMOR

(Versión libre del Cantar de los Cantares)

I

Aunque mi silencio no llegue a tu boca
en donde se duermen todas las estrellas;
aunque la mañana se prenda a tus ojos
lejos de la noche que mi alma penetra,

aunque mi voz trepe por todo tu cuerpo
dejando en su rastro el dolor de mis huellas,
aunque prefiriese tu vida a mi vida,
y un instante tuyo a la sombra eterna,

aunque en el insomnio del mundo te evoque
con mi mente errante en la que tú reinas,
aunque me abandone en tu infinito beso
bajo cuya carne palpita la tierra,

aunque me estremezca cuando tú me tocas
mientras tu recuerdo llena mi cabeza,
yo sé que te envuelve mi azul pensamiento,
y soy como el cielo cuando tú me sueñas.

II
En mi alma tú vibras cuando yo te toco.
Tú sin mis caricias pareces vacía.

El tiempo se enreda en tu cabellera.
De mi incertidumbre despierta tu risa.

El amor inunda de música el aire.
El amor enciende la luz de la vida.

Como un jardín brotas de todas las cosas.
El alma que tengo sale de ti misma.

Toda la memoria cabe en tu mirada.
Tus ojos profundos inspiran la brisa.

Navego escondido en todos tus secretos.
Me envuelve de aroma tu forma marina.

La flor de tus labios se asoma a mi oído.
Las sombras abrazan tu piel sensitiva.

Estrecha mi brazo tu cintura firme
y mis dedos pulsan tus notas de cítara.

Quisiera tenerte hermanada a mi cuerpo
que fueras la sangre de mis venas vivas.

Quisiera tenerte hermanada a mi cuerpo
que fueras la sangre de mis venas vivas.

Quisiera ligarte con mi pensamiento
y que él te habitase cual rio a la orilla.

Tus senos abarcan el duro horizonte
como las montañas al fin de la huida.

Pendiendo en tu cuello mi corazón late.
No puedo morirme mientras tú me miras.

Vestiré de oro con la luz del cielo,
tus hombros de nieve en mi sol derretida.

Te haré brazaletes para tus muñecas.
Seré eterno amante, firme en tus pupilas.

Para que me ames volveré susurro,
el más arduo enigma de sabiduría,

y en tu vientre libre naceré de nuevo,
seré como un niño que nace a la vida.

Mi espuma evocada de tu fiel ternura
se siembra en el surco que tu tierra abriga,

el gemido oculto que guarda tu boca
despoja mi cuerpo de toda mentira.

A solas te beso con cada sentido
y ya tu mirada contiene a la mía.

III
Ábreme la puerta de tu sonrisa;
que llegue hasta mi corazón tu boca;
que me llene tu dulzura precisa,
que los paisajes de mi mente toca.

He abandonado ya mis inquietudes,
mis desvelos ya se han desvanecido;
tu voz parece voz de multitudes
volando en el silencio de mi oído.

Vuelva la luz para que yo te vea,
vuelva a la habitación de nuestros besos;
para que salga tu hermosura y sea
la alegría la flor de nuestros huesos.

Nuestro amor desvanece la mentira,
rejuvenece nuestros corazones.
El pájaro del sol siempre nos mira
desde el milagro de las estaciones.

IV
Ven, paloma mía, al nido de mis brazos,
desde todas las cosas en las que tú me habitas.
Desde los rios blancos, desde las hondas selvas,
desde las rocas altas mi alma te vigila.

Ven como primavera que surge de la tierra
a coronar de aromas la fuente del deseo.
Te esperaba mi vida antes de la alborada.
Ven como si surgieras del fondo de mi sueño.

Ven, vuela por mi alma. Yo te entrego mi aliento.
El aire que respiro procede de tu boca.
Para que tú me alcances levantaré mi pecho.
Para que tú me beses me esconderé en tu aroma.

Ven ,paloma sencilla, perfecta de hermosura,
como luz de mi amor que llega a todas partes.
Anida aquí en mis brazos, recógete en mi cuerpo,
antes de que la noche se apresure a dejarme.

V
De noche yo buscaba a mi amado en mi lecho,
y en mí lecho vacío no encontraba a mi amado.
Le pregunté a la luna si ella lo había visto
porque en la inmensa noche él no estaba a mi lado.

Mi alma salió a buscarle como luz encendida.
Me hirió el miedo de verlo a otra abrazado.
Rogué a las estrellas por si lo habían visto
que me lo devolviesen cual sueño encantado.

Mi habitación conserva la flor de su aroma,
y mi cuerpo destila su beso templado.
¡Misterios de la noche, sombras de lo profundo,
os conjuro a que me devolváis a mi amado!

Me he quitado la ropa, estoy desnuda y fría.
La caricia del sueño al fin me ha abandonado.
Estrellas del silencio, a cada una os invoco.
Mi corazón se inquieta por no estar a su lado.

VI
Hacia ti, amada, tienden mis anhelos.
Mi corazón está preso en tus ojos.
Madrugaré para ir a verte, cielo.
Despertaré de mis sueños remotos.

Esbelto es tu talle como la palma.
Tu cintura recorre mi caricia.
Voy a subir adonde crece el fruto.
Mi paladar probará su delicia.

Cuando hablas tú me sientas como el vino
que da alegría y repara las fuerzas.
Beberé cada una de tus canciones.
Se borrará de mi rostro la pena.

Mi brazo debajo de tu cabeza,
en tu cabello mis dedos dichosos.
Madrugaré para alcanzar tu almena.
Despertaré en el cielo de tus ojos.
VII
Cuando tú me miras regresa la paz
al estado pleno de mi corazón.
En tus ojos hondos hay algo de sal,
en ellos navega mi barca de amor.

Cuando tú me llamas se diluye el mal
y el tiempo se para en la hora de tu voz.
Mis sueños parecen bailar al compás
de la esbelta forma de tu fiel canción.

Cuando me enamoras con tu realidad,
donde es tu belleza mi destino y don,
se llena mi alma de toda verdad
y de mis errores espero el perdón.

Cuando tú me besas calmas mi ansiedad,
rescatas al mundo de vana ilusión,
y enciendes tu risa en mi soledad
y mi alma se suelta desde su prisión.

VIII
Si yo pudiera verte en cada hora que pasa
sería árbol que crece en el jardín de tu alma.

Tú eres como muralla del paraíso amado
donde brota una fuente entre flores cantando.

Me digo: «escalaré yo solo esas murallas,
las torres de tus pechos, el viento en tu garganta».

Tú dices: «Ya los frutos están a nuestra puerta,
nuestro amor es más fuerte que la muerte y su huella».

¡Quién me diera abrazarte en cada hora sentida,
preciosa entre preciosas, enamorada mía!

¡Quien me diese que fueses hermana de mi cuerpo,
para llevarte siempre conmigo hasta mi beso!

IX
Bajé a tu verde valle, a tu brotada viña,
desde mi casa blanca de la montaña dura;
bajé allí para verte, tendida en la mañana,
con la mano de nieve y el rostro de la luna.

Vine desde los mares donde ahogué mis redes,
donde perdí en las olas el recuerdo del mundo.
Evoqué tus cabellos, el tesoro que eres.
Mi corazón buscaba tu corazón desnudo.

Tus labios en mi mente soñados muchas veces
dejaron una herida de ausencia en mi semblante.
Yo te quiero hasta el fondo de toda mi existencia,
y te quiero más que pueda quererte nadie.

Si tu risa borrase de mí la cruel nostalgia,
si tus manos volviesen el calor a las mías,
la primavera nueva surgiendo en tu mirada,
la juventud, la aurora, jamás terminarían.

X
Huye, amado mío, por los montes
antes de que te vea la mañana.
En mi ventana beben horizontes,
los pájaros cantan en mi ventana.

Prepárate para vencer tu sueño.
Refréscate con mi húmeda alegría.
Te espero como a la hoja espera el leño,
y como la alta noche aguarda el día.

En los volcanes lejanos del viento
un tímpano de flores se escuchaba.
Tu ausencia duró apenas un momento
aunque siempre mi sed la prologaba.

Mi alegría la tengo ante mis ojos.
Huye, amado, para volver mañana.
Dejó la noche el brillo de tus ojos.
Los pájaros cantan en mi ventana.
XI
Siempre anochece tarde en tu balcón sombrío
donde se enciende el fuego de mi voz.

Yo vengo por el cielo, como perfume vivo,
a llenar de verdad tu corazón.

Cuando el cuerpo del tiempo en el paisaje queda
perfilado por un silencio azul,

me entrego a tus caricias como agua que refresca.
Soy como el astro humano de tu luz.

Cultiva mi alma, hermana, en tu jardín de sueños
que aguardan mi ser para despertar.

Como tú eres mi amada el mundo en ti termina.
Conmigo el mundo en ti vuelve a empezar.

Hallé entre tus dos brazos el hogar de mi vida,
hallé el camino de mi voluntad.

Porque te quiero todo el mal en ti termina.
porque te quiero eres eternidad.
XII
En el juego de tus cabellos canto
En tanto tu susurro me adormece.
Tu vientre de azucenas borra el llanto.
Tu cadera a una joya se parece.

¡Hija del Príncipe de las Alturas,
del sol que anima en luces el instante!
De tu ombligo, ánfora de frescura,
bebo la luz, la fe, la vida errante.

Tus senos retozan junto a mi pecho,
cervatillos que pacen mi delicia.
Tu cuello alza como torre mi lecho.
Tu espalda se asemeja a una caricia.

¡Oh tus cabellos, en mi alma esparcidos,
oh tu belleza cual promesa cierta!
En tus recuerdos de mi fuego henchidos,
mis pensamientos velan a tu puerta.

XIII
Mi amado es fresco como la fuente de la peña.
Su color y dulzura no se halla entre millares.
El reloj de la sombra de mi casa lo sueña,
y el resplandor primero que enciende los hogares.

Sus ojos son palomas al borde de las aguas
que beben la belleza de todas las edades.
Sus mejillas son tersas y ardientes como fraguas,
y sus labios son lirios que destilan verdades.

En sus manos donde los anillos se esconden
hay mil piedras preciosas donde veo mi cara.
Su vientre es un marfil con zafiros en orden
cual astros que brillasen donde el cielo empezara.

Más suave es su garganta que la piel de la noche.
Todo él es un encanto que enamora mi calma.
Aunque el sol se apagase en su divino coche,
él me iluminaría tan solo con su alma.

XIV
Eres, amada mía, hermosa como Tirsa,
la ciudad que descansa en el mar del sentido.
Como Jerusalén eres también preciosa.
Toda la inteligencia se reclina en tu nido.

Aparta ya tus ojos que hechizaron mi boca.
Tus cabellos ondulan cual rebaño de bienes.
En tus dientes gemelos retienes la blancura.
Son mitad de granada las mejillas que tienes.

Única eres, amada, inmaculada mía,
primera creación de todo lo engendrado.
Para que yo te amase te han dado la belleza.
Para que me salvases de mi propio pecado.

No temo el carro triste de la muerte que suena
donde el amor no llega, en la avaricia vana.
El nombre del amor ya me ha fortalecido
y su destino invade toda la tierra humana.

XV
«Levántate, amada, de tu lecho».
Así ya se oye la voz de mi amado
tomando la palabra aquí a mi lado
bajo el cielo luciente de mi techo.

«Ya ha pasado el invierno de tu sueño,
ya se muestran los brotes de la vida.
Se ha cerrado ya el dolor de la herida.
El tiempo lo ha absorbido nuestro dueño».

«Ya ha brotado la higuera nuevas hojas»
respondo, «hay flores en mi celosía.
Te daré a ver mi rostro en tu amor bello.

Cazadnos las mentiras alevosas,
destilen los misterios la alegría,
porque mi alma pende de su cuello».

XVI
Cual lirio entre los cardos eres, amada mía.
El canto de tu gracia enamora mi gozo.
Todas las maravillas caben en tu alegría.
Tu voz es muy sencilla, profunda como un pozo.

Aunque todas las cosas, nacidas a mi vista,
con razón son amadas por mí, que las comprende,
ninguna es como tu alma, que a todas las avista,
son ellas hilos de agua de las que tu alma pende.

«Son tus amores más deliciosos que el vino»
me dices al oído, «es tu nombre un perfume».
Tu boca es una norma que rige mi camino.
Por tu carne y tus huesos mi alma se consume.

«Alza en mí tu bandera de amor, dame tu fruto»,
me ruegas. Eres fuerte cual la vida invencible.
Derrota nuestro abrazo al enemigo astuto,
concibe el nuevo mundo de todo lo posible.

XVII
Lo mismo que el mar modeló las playas
depositando la arena escondida,
así mi alma te hizo la belleza
con la esperanza tuya prometida.

Tu amor conoce al mío desde siempre,
nuestros cuerpos encienden mutuo fuego.
Cuando se besan el tiempo vacila.
Se derriten sus leyes como un juego.

Late tu corazón bajo mi vida,
te oigo respirar junto a mi oído.
Se desliza suavemente en tus labios
mi deseo de pronto florecido.

Naciste bajo el manzano del tiempo
y yo te desperté cuando dormías.
Sella con tu cariño mi palabra,
curen los celos del dolor tus días.

XVIII
¿Quién es esta que sube del desierto del mundo
apoyada en el cuerpo de su feliz amado?
Por un beso tan solo que durase un segundo
de su infinita boca yo diera mi pasado.

Un beso bastaría para borrar la muerte
y sacar del sepulcro los ojos de la vida;
si tocase a un enfermo con su mirada fuerte,
por amor engendrada, curaría su herida.

Las aguas de los mares, los ríos caudalosos,
los misterios profundos del silencio sombrío
no tienen la firmeza de tus dones preciosos,
no son de la materia de tu libre albedrío.

El tiempo es de los que aman y fue para ellos hecho,
el amor es milagro que la verdad limita.
Sobre las aguas que huyen, sobre el celeste techo,
habitan los amantes en una isla infinita.
XIX
Te esperé en la armonía que destilan las fuentes.
A mi canción llegaste desde mi corazón.
Se deshicieron todas las nubes de mi sueño
y tu lluvia exquisita cayó sobre mi voz.

Te esperé en los umbrales del ocaso de oro,
en tu rostro nacía toda la ardiente luz.
Mi imagen arrojada al fondo de tus ojos
me devolvió de pronto mi patria que eras tú.

Yo me levanté a abrirte. Tú metiste la mano
por el vacío de mi cerradura, aquí.
De mirra perfumada coroné tu pestillo.
Tu palabra volando dijo en mi boca sí.

Salió mi alma en tu busca por la ciudad del tiempo,
sus guardias me golpearon en tu ausencia voraz.
Te encontré, por la noche, desnudo de mi cuerpo.
Puse sobre tu vida al fin mi voluntad.

XX
Somos para uno, amada,
¿qué voluntad podría separarnos?
Queda en tu mano, helada,
la soledad del tiempo naufragado.

La imagen más hermosa,
entre las criaturas de la tierra,
eres, brillante esposa,
tú, la aurora de mi propia materia.

Deliciosa tu gracia se desliza
entre labios y dientes.
Ya dan su aroma tus altas delicias
en mis sueños ardientes.

¡Oh madre de mi nuevo nacimiento,
hija y madre de mi acomodo!
Te llevaré al secreto de mi beso,
serás en mi alma todo.

XXI
Sin saber cómo, fui al paraíso de tu boca,
aquel que había perdido cuando era solo un niño
( un arrecife en vasto océano que toca
los lindes imprecisos de mi ávido cariño)

Tus dedos suavizaron la herida de tu ausencia,
resucitó mi alma en su infierno dormida,
se creó el primer día de nuevo en tu presencia
y subió mi alma al cielo por tu voz conducida.

XXII
¡Qué hermosa eres, qué encantadora, amada,
hija deliciosa del corazón.
Esbelto es tu talle como la palma.
Eres la primavera de mi alma.
Te amo como el culpable ama el perdón!

XXIII
Quien me diese que fueses, tierno amado,
cual son tus pies hermanos de mis besos
– pues a ellos se encaminan bien de grado-
amamantado de mis propios pechos,

para que de mí no tuvieras que irte,
y pudiera besarte sin desprecio,
para que nadie pudiera decirte:
«Esa mujer que amas tiene precio».

¿No te he comprado con amor, querido?
Dios se encontró en nosotros, bienamado.
Él se volvió a nosotros parecido.
Él se quedó en nosotros encarnado.

Todo poder procede del cariño.
La nada en el dolor abrió un camino
y se unió en nuestro amor todo destino.
XXIV
Tu ausencia me engañaba muchas veces.
Se parecían a tu amor las cosas.
Se henchían los paisajes de dobleces.
Brotaban de mi sueño mariposas.

Mi corazón era de mí enemigo,
me conducía cual barco sin puerto.
Estaba siempre sin estar conmigo.
Antes yo soñaba que estaba muerto.

Pero tu aroma, juventud del aire,
elevó mi alma oscura hacia tus ojos
y tú llenaste de luz, de donaire,
mis tenebrosos reinos silenciosos.

Mis miembros eran ruinas de mi sombra,
y tú los animaste de apariencia.
El sol del amor que la tierra nombra
puso sobre mi herida tu presencia.
FIN


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