LA VOZ DEL MUNDO (POEMARIO COMPLETO)

 

LA VOZ DEL MUNDO

PRÓLOGO DEL BAUTISTA

Yo, Juan, soy un hombre
que vivo a orillas de un río
-Jordán podría ser o cualquier otro
que pasa por la tierra-.
He oído que Dios vino a salvar
al hombre, así lo anuncian
las páginas del libro de la Historia
que es su Sabiduría en este tiempo
y como una paloma es su palabra
que ha creado el mundo y viene a iluminarlo.
Yo no sé nada, pero he oído esto
y sé que el hombre será al fin salvado
porque fue su creación para algo bueno
en la creación del mundo que lo envuelve,
y he escuchado una voz en el desierto
del corazón humano, desterrado
por los pecados del tiempo que pasa:
» Que todo lo separado ha de unirse,
los caminos han de ser allanados
con el amor más allá de la muerte».
He contemplado a las cuatro estaciones
que hacen rodar el tiempo y a una quinta
-la Eternidad- en nuestros corazones.
Y he visto al hombre que obraba justicia
vino a bañarse también a este río
del Nacimiento,
y asi he dado testimonio con mi voz
que es ya la Voz del Mundo.

GÉNESIS DEL AMOR
Nació en la bruma de la sombra sentida
alzando su palma sonriente
en el corazón del Hoy.
No brotó del agua,
fue el agua su huella de cristal cierto
donde dormía el pájaro del aire.
Dibujó la carrera del tiempo
en el país de todas las canciones.
Se llamaba «La Ciudad de los Árboles»
y en ella se expandieron las semillas.
¿Cómo fue su desnudo posible?
¿Cómo fue su ley: este lenguaje?
En la escala de los siete peldaños
fue primero el susurro de un Deseo,
y al terminar se cobijó en la Imagen
o Voz que clamó desde la espera.
Estaba encinta del Varón Verbo
y en su pobreza se llamó Palabra
y dio nombre a todos los caminos.
Vestida del sol de sola nada
concibió y dio a luz en el desierto
donde la Historiaa sus pies se enroscaba
en un ovillo de misericordia.
Entonces despertaron las montañas
y los sentidos como flores se abrieron,
y hubo un lugar y un templo y una boca,
y de la boca voló el universo
como un niño de poblados secretos.
Pero la Historia quiso devorar
al Hijo que nacía de su vientre
como virtud de rayo paciente,
e hizo de su piel una herida
y en dolor la Palabra se escondió
para que en la prueba de la herida,
el triunfo fuera al fin definitivo,
pues es el fin del rostro del Verbo.
He aquí entonces, la Creación del Tiempo,
el Cielo y la Tierra de la Gloria.
¿QUIÉN ERA?
Cuando se despertaron las montañas
y los valles del sereno firmamento
-del firmamento de la voluntad,
el Yo que integró todo lo diverso,
el Lenguaje de la Ciudad-Palabra
en la Asamblea de todas las cosas-,
la Palabra anidó en la Voz Interior
del ruiseñor de la Conciencia que canta
y esa voz fue la Roca del Ser
de la que, como aguas incontables,
se precipitó el surtidor del Tiempo:
el camino, en barro humano oculto
moldeado por el Desconocido.
El barro sensitivo -sentimiento-
se llamó para siempre Inteligencia
y se encumbró en el árbol del Crecimiento
hacia la vida -carrera del Tiempo-.
¡Oh Musa de la Vida, Madrugada,
guía este canto hacia la Alabanza
cuyo monte se tiende en la mañana,
el monte de la Promesa que en tierra
habremos de heredar, sea esa tierra
que nuestra Inteligencia aún no alimenta
con la plenitud de la memoria,
medida de nuestra voluntad
y corona de nuestra esperanza,
Mesías en cuya faz comprendemos.

LA HISTORIA ERRANTE
La Historia Errante avanza
hacia el centro del canto, la Palabra,
que nace en fuga por la húmeda noche
hasta el perfecto día.
Cuatro notas
animales que giran en torbellino
de figuraciones de ardor libre
combaten la distancia de la tarde.
Un evangelio, una Verdad
traen todas ellas: las Cuatro Edades
– Como un león, la Infancia
es llama de transparencia y asombro;
la Adolescencia es un buey de oxígeno
abrevando en un río de emoción;
la Madurez es el Hombre y el Trabajo,
tierra de firme pasaje;
y la Vejez es el agua que corre
como un águila hacia su fuente-,
las Cuatro Edades en las esquinas
de la fortaleza del Sentir,
la cruz elemental de los encuentros,
el asiento de las dimensiones,
el teatro de la Justicia,
la medida del Templo del Hombre
donde el Ser nace para no morir.
PRIMAVERA

LA LEY DE LAS FLORES
Había un monte alto, Sinaí lo llamaban
los pueblos que a través de rebaños
de animales salvajes como un río
discurrían en mitad del desierto.
Hijos eran los Doce Signos del Cielo
– Música de la bóveda mental-
que, patriarcas de su viaje,
en la noche de un prometido día
en la soledad los engendraron.
Uno de ellos, criado entre las fieras,
y servidor después de los hombres,
que Moisés por nombre recibió
– amamantado por las ubres de Egipto
de un laberinto de instintos rescatado
por el hilo de la fe con que nació,
la confianza de su razón-deseo
que buscaba un cuerpo donde hallarse-
tuvo en su vejez una visión
– una zarza de dolor ardiente
que se encendía con la mirada-
y vio encarnado en su viaje su deseo
como el descubrimiento de la Fuerza
-vio al Hijo Primogénito de Dios,
su Esperanza en Palabra concebida
que en las ondas o en los mundos del Tiempo
se regeneraba como un árbol-
y comprendió por fin la Ley
que sostuvo la columna de su sueño
y que puso una negra nube de duda
que hacía llover el porvenir-
y allí, en el Monte de la Memoria
escribió su deseo en una piedra
y conversó con el trueno del Ser
al que su pueblo por medio de su boca
Dios denominó.
Tras separar con su bastón las aguas
y abrir en el Tiempo su camino,
bajó del Sinaí con la Piedra
en la que el Ser decidió encarnarse
y fue esta piedra la Ley de los Hombres,
la primera señal de su conciencia
manifestada en la comunidad
a través de preceptos aprendidos
en la extensión de las generaciones.
Como las flores de la primavera,
la primera de las estaciones
fue esta Ley: el Lenguaje y la Memoria,
donde la armonía de las parejas
de contrarios definen el Sentido.
Esta piedra fue el libro que como acta
levantaron sobre el monte las naciones
del pueblo que entre las bestias anduvo
y con la prueba de esta Ley,
elevó el edificio de la Ciencia
a la estrellada magnitud del Cielo.
II
La Ciencia era la Sabiduría,
la Virtud que Dios con brazo tendido
– el Hijo del Verbo en los corazones
puso en el sentimiento expresado
en las alas de la Madre Palabra,
la Asamblea del Pueblo Reconciliado
en torno a un símbolo, el Amor,
la definición de su Unidad-.
La Ciencia era un templo muy alto
donde cabían el Cielo y la Tierra,
los Límites de la Sustancia Pensada
en figura de alados Querubines
que guardaban la Piedra de esta Alianza
en el secreto de la oscura fe,
una noche de Caos, una Raíz
de invisible Presencia y Significado
como una semilla en el vasto azar,
como una Conciencia en el Abismo,
un origen vivo, que a veces hablaba.
De ese origen brotó la Memoria
llamada Génesis, árbol que era
la columna firme del Fiel Templo,
discurso del Amor o Caridad
donde el más remoto recuerdo
en una pareja de hombres se vio:
Adán y Eva, alas metafísicas
detenidas en el Edén – Ensueño
del despertar primero, sin conciencia
del Pecado del Olvido, aún sin historia.
En la Piedra estaba escrito este origen:
«Primero fue un principio de conciencia
y luego música de sucesión
en siete notas: luz del despertar,
firmamento de la reflexión -cuando
las aguas del pensar se dividieron
bien hacia el cielo, bien hacia la tierra-,
germinación y cultivo de los nombres
– que definieron todo lo existente
separándolo de las aguas del Caos-,
luminarias de la edad y la experiencia
-sol y luna que presiden día y noche-,
aves y peces -recuerdos e instintos
que viajan paralelos y distantes-,
ganados y bestias y reptiles – buenos,
rudos y tristes pensamientos-,
servidores con su arcilla del Hombre
modelado por las manos del Altísimo
Verbo del Padre-Origen, e insuflado
de su Espíritu Santo, la Inteligencia
del Amor. El Hombre, tentado
por la prueba de su libertad
ansió el fruto de lo prohibido
y probó la Muerte, y su linaje
por el veneno de la Serpiente
de este remordimiento, pereció
por la maldición, y no halló paz,
y al mirar atrás, halló el camino
truncado por el Querubín del Límite.
Entonces vistió piel a su inocencia,
y en la segunda generación
el Crimen se hizo manifiesto
en Caín, que mató a Abel, su hermano,
por envidia de su felicidad,
pues este ofrecía lo mejor
de sus ganados a Dios como tributo
de su infinita misericordia,
y el otro, agricultor, solo raíces
mientras su avaricia comía los frutos.
Después de matarlo, anduvo errante,
pues la tierra, encharcada con la sangre
de su delito – la tierra es memoria-
no le daba frutos, y sus hijos,
herederos de su maldición
nacida ya del Primer Pecado,
dispersos por la tierra de Nod
al este del Edén, en el Destierro
de la fertilidad del Paraíso
edificaron torres y ciudades
para defenderse de su miedo
y comerciaron con otros pueblos
para vivir, pues no comían frutos.
Asi Enoc, el hijo de Caín,
que llevaba el nombre de su ciudad,
en el octavo grado desde Adán,
engendró al pervertido Lamec,
primer polígamo, hombre violento
cuyas dos mujeres, Ada y Sela,
fueron madres de tres nuevos oficios:
músicos, herreros y transhumantes
pastores, oficios innecesarios
si necesaria fuera la virtud,
pues el metal trajo la codicia
y la guerra, las tonadillas la lujuria,
y el ganado abundante la pereza
y la relajación de las costumbres.
Jabal fue el ganadero,
fue Jubal el músico,
y Tubalcaín el herrero.
Lamec educó en la violencia
a su familia pues, según él decía,
por una herida mataría a un hombre
sin justicia ni caridad alguna.
El linaje del bien no pereció,
pues muerto Abel sin culpa, su ejemplo,
pasó a su hermano póstumo Set
,cuya descendencia acabaría
reparando el Primer Pecado
con la Muerte, en la Última Edad
del Gran Justo a manos de impostores.
De Set nació Enós, el primero
que usó la caridad en su oración.
En su descendencia estuvo Enoc,
padre del varón más longevo
cuyos novecientos sesenta y nueve
años, los de Matusalén,
lo hicieron Padre de Experiencia.
Otro Lamec fue su hijo, en el mismo grado
del Lamec del linaje de Caín,
mas este era justo, y un solo hijo
lo sucedió: Noé, renovador
de la semilla de la Humanidad».

III
Desde Noé proseguía el Libro
de la Alianza escrita sobre piedra
con el diluvio que anegó la Tierra
– imagen de la desoladora Muerte-
y con la navegación de los Justos
en el navío en las terribles aguas
junto con las especies del Recuerdo
– los símbolos animales del mundo
cada cual con su pareja idónea-
durante cuarenta días y noches,
surcando la esclavitud elemental
de la Creación atada a su Creador
que en su ira sumergió a la vida.
Tres hijos tuvo Noé, los que ocuparon,
pasado el castigo del diluvio
vaticinado por la Paloma de Gracia,
los tres continentes de la Tierra
-pues el Nuevo Mundo aún no se conocía
porque para el triunfo del Mesías
estaba reservado-: Jafet
ocupó el Norte donde surge Europa,
Cam se asentó en el África y Sem
habitó en el Asia y fue heredero
por su piedad, de la virtud de su padre.
La Tierra se pobló admirablemente
mas los hombres, orgullosos, se alzaron
contra su Hacedor, cuando en Senaar
hallaron una llanura tranquila
y dieron la espalda a su deber.
Se propusieron levantar la Torre
de sus vanidades hasta el cielo
para ser adorados como dioses
por la posteridad, contando solo
con la debilidad de su muerte
y olvidando la caridad de Dios,
pero el Creador dividió sus lenguas
e hizo diferentes sus idiomas
para que no pudieran entenderse
usando una Palabra que no era suya.
La Justicia de la Verdad Primera
solo pervivió en un hijo de Sem:
Arfaxad, fundador del linaje
de Abram, que luego sería Abraham,
padre de pueblos, así llamado,
quien con sus tres hermanos emigró
desde Mesopotamia a Canaán
y en Jarán recibió la promesa
de poseer una tierra nueva
habitada por gentes numerosas.
Dios, en el oráculo de su alma,
le aseguró que sería suya
aquella región fértil y salubre
y que su descendencia sería
incontable como las estrellas.
Brillando un punto de luz en su duda
no perdió el tesoro de su fe
aunque la desgracia lo cercaba:
Sara su mujer, estéril era
y él, en concubinato con su esclava
Agar la Egipcia, engendró a Ismael,
padre de los árabes del desierto
y perdió la esperanza del futuro.
Pero después que se presentaron
los tres ángeles incógnitos
en su tienda en el bosque de Mambré
y les agasajó con su pobreza,
le anunciaron la destrucción de Sodoma
y el nacimiento de un hijo legítimo.
Cayó Sodoma, emblema del pecado,
y huyó Lot por su caridad al monte
mientras su tío Abraham por él oraba,
y Sara concibió y parió a Isaac,
prueba más tarde de fidelidad,
pues Dios le ordenaría a su padre
sacrificarlo en su nombre, revocando
su orden cuando su siervo obedecía,
y pondría un cordero en su lugar,
imagen del Cordero de Cristo.
De Isaac nació la Gran Descendencia:
los gemelos Jacob y Esaú, representantes
de los pueblos hebreo y gentil;
y de Jacob los Doce Patriarcas
de las Doce Tribus nacieron:
Rubén, Leví, Judá -de donde viene
y deriva el gentilicio judío-,
Simeón, Dan, Aser,Gad, Neftalí,
Zabulón, Isacar, José-
vendido por sus hermanos
al faraón de Egipto por envidia,
pues Dios le había dado Sabiduría
y Espiritu sobre los demás
para a través de él, glorificarlos-
y el más joven, Benjamín,
el sustituto de José vendido,
consuelo de su padre en su vejez.
De José Manasés y Efraím
nacerían, en este orden,
mas el más joven fue el primogénito
en la bendición de Dios
por medio de la mano de su padre,
pues el Que Es no antepone la edad
a la calidad del corazón.
Muerto José, administrador de Egipto,
y previsor de grandes epidemias
por lo que el faraón lo escogió,
una nueva generación advino
desconocedora de la virtud
encarnada por el vate José,
y esclavizó a los hebreos exiliados
en Egipto atraídos por su hermano
por cuatrocientos años. Aquí terminaba
el «Génesis» y comenzaba el «Éxodo»
con el nacimiento de Moisés,
de la Tribu de Leví, que fue echado
en una cesta al agua por su madre,
para que se salvase y no pereciera
a manos de los egipcios malvados
que sacrificaban a los varones
hebreos, y por ello fue llamado
«El Hijo de las Aguas». Como el justo
Noé caminó sobre el diluvio,
y fue criado por madrastra egipcia
hasta su mayoría de edad
cuando intervino en las disputas
de su pueblo, y ejecutó a un egipcio
que los esclavizaba. Huyó a Madián
eludiendo la pena de su crimen,
se desposó y tuvo allí a un hijo.
Conoció en la visión del monte Horeb
con el prodigio de la zarza ardiendo
-cuyo fuego no se consumía-
en tanto apacentaba su ganado
– el de su suegro, pues era extranjero-
el nombre de Dios y su misión.
Acudió a anunciar al faraón de Egipto
la liberación del pueblo hebreo;
a su negativa y a su confianza
en los ídolos de sus pasiones
siguió el castigo de las diez plagas,
pues las pasiones, en mil animales
prefiguradas causaron epidemias
hasta la muerte de los primogénitos
de Egipto, esperanza de descendencia.
Abatidos por las desgracias,
los egipcios liberaron al pueblo
de Dios, que obró un milagro de su brazo
– el brazo de Dios es su Verdad-
dividiendo las aguas del Mar Rojo
para dejar pasar a su pueblo
a la tierra prometida a Abraham
mientras ahogaba a los ejércitos
con carros, lanzas y maquinaria
de su pericia, que habían salido
de Egipto en su persecución.
La misericordia de Dios
fue conocida por toda la tierra
y los hebreos a su Salvador
llamaron Yavé de los Ejércitos.
Aún no estaba completado el Éxodo
cuando Moisés descendió del monte
Sinaí con las Tablas de la Ley
y los Diez Mandamientos que en dos
serían más tarde resumidos,
cuando se halló con un pueblo en pecado
mientras su rostro resplandecía.

IV
En la base del Monte halló la imagen
de la Abominación de las Pasiones
que se oponen a la Razón, el vínculo
que une al Hombre con Dios, y es la Palabra.
Creyó encontrarse de nuevo en Egipto
al ver a un ídolo aparente
con el cuerpo de fundido oro
y la forma de un buey que pace hierba
mientras toda la turba le rezaba
como si algún poder tuviera un muerto
o una mentira en lugar de la verdad.
Aarón, su hermano, estaba con ellos
ofreciendo incienso al disparate
y orando: «¡Oh tú que nos sacaste
de Egipto, donde éramos esclavos,
condúcenos a una tierra fértil
y multiplícanos los bienes».
Moisés, al oír esto, ardió en ira
cuando vio la estupidez del pueblo
liberado por Dios de los idólatras
para caer en otra idolatría
como al esclavo que al ser liberado
se dice: «Echo en falta mis cadenas».
Arrojó al suelo las Tablas de la Ley
y las rompió contra el duro suelo,
gritando: «¡Oh infieles y malditos,
malvados, que preferís la Locura
a la Razón, y la Muerte la Vida!
¡Oh insensatos jamelgos del Egipcio!
¿Quién os libró de la servidumbre
obrando prodigios a vuestra vista
desconocidos para la ciencia
de los malvados? ¿Quién dividió el mar
para que pasaráis a pie enjuto
a la orilla de la Libertad
y quién exterminó a los enemigos
delante de vosotros? ¿De qué sirve
la Ley si no guardáis fidelidad
al Espíritu que la informa,
el mismo Dios del trueno y de la fuerza?
¡Oh Dios! ¿Por qué me has puesto al frente
de un pueblo que no conoce tu Nombre
– origen de todos los demás-
y al que aguarda la destrucción,
a un pueblo que rehúye la enseñanza
para huir tras de sus apetitos?
Adoráis a un buey, no hay en toda la Tierra
un animal que no obedezca a Dios,
y los Hijos del Hombre, primogénitos
por su Inteligencia entre las Criaturas
malversan su libertad de esta forma
para volver al polvo que adoraron
pues con Dios el Hombre lo es Todo
y sin Dios, ciertamente Nada»
Como un trueno la voz del Siervo habló
retumbando en los oídos del pueblo.
Recordó Aarón la caída del maná
– alimento de la bondad del cielo
en eucaristía transustanciado,
pues todos el mismo manjar comían-
y el agua que brotó de la Roca
cuando en Meribá el báculo del siervo
Moisés hirió la piedra por tres veces
invocando el nombre de Yavé
– el que puede decir que es por sí mismo-
y con remordimiento, respondió:
«¡Oh caudillo de Dios que nos libró
de la esclavitud de los Egipcios!
¡Perdona la ignorancia de tu hermano
y sobre todo, que Dios te perdone!
El pueblo, amotinado tras tu marcha
perdió la fe en el Dios del Santo Monte
y me exigió que fabricara este
motivo de metal, pues Dios estaba
lejano a ellos, estando tú lejos,
el que fortalecía su fe.
Juntaron sus riquezas y fundieron
en oro este monstruo de metal
y le atribuyeron poder
cuando el poder solo de Dios procede
y no del hombre ni de sus figuras».
Mientras esto decía, ya el Siervo
había aplicado leña ardiendo
él mismo en la base del ídolo
quemándolo por todas sus partes
hasta que oliendo horriblemente, ardió
y se deshizo en polvo y en ceniza.
Después esparció en agua su ceniza
– en el agua de la fuente de la Roca-
y dio a beber el agua con la escoria
de su pecado a los miembros del pueblo.
Corregido el pecado, el Santo dijo:
«Quien esté de parte del Señor se ponga
a mi lado». Y los hijos de Leví
lo rodearon con su multitud.
A continuación, aquellos que no estaban
entre los elegidos, enemigos
de la libertad del Pueblo Errante
fueron expulsados y heridos.
Moisés subió de nuevo al Monte
y habló con Dios, que ordenó partir
a su pueblo en busca de la Promesa.
Los levitas, por su fidelidad
fueron luego los sacerdotes del pueblo
y vivían de la ofrenda del Altar
sin poseer propiedades ni hacienda.
Cogió Moisés la tienda y la apartó
del campamento de los pervertidos
y todo aquel que ansiaba hablar con Dios
a su templo portátil se iba.
Redactó nuevas tablas el Santo,
y guardándolas en caja de cedro,
sirvieron de alianza en la tienda
de Reunión -el templo de Dios vivo-.
Con un velo sobre el rostro, pues su cara
resplandecía, bajó Moisés
del Sinaí con la Ley y la Palabra,
con los preceptos de moral sagrada
cuyo sentido era solo la fe
y la convivencia en caridad.
Por esta Ley manchada de preceptos
humanos añadidos se apartó
el pueblo de su Dios hasta que el Hombre
Nuevo en imagen de Mesías
y de héroe de la estirpe de Judá
por la promesa hecha a Abraham
encaró al Verbo del Principio
y restauró el Espíritu de Amor
como el fruto de estas primeras flores.

V
«He aquí que yo pacto una Alianza»,
dijo el Señor a su siervo Moisés.
«Obraré en presencia de mi pueblo
tales maravillas cuales nunca se han hecho
en ninguna nación desde el Principio.
Atiende bien a lo que te ordeno:
Yo expulsaré al amorreo, al cananeo,
al heteo, al frezeo, al heveo,
al jebuseo y al edomita
hijo e Esaú, delante
de mi pueblo cual los siete pecados
capitales que acechan al Hombre.
Por eso, guárdate de pactar
con ellos alianza alguna
pues son siervos del Malo y su misión
es serviros de escabel a vosotros.
Cuando entréis en la Tierra Prometida,
destruid los altares de los ídolos
y no os mezcléis con su abominación».
Esta fue la orden del Altísimo.
¿Se cumplió? Por el contrario, tu pueblo,
el que salvaste de la Muerte
fue infiel a la Palabra que le diste
y se prostituyó con vanidades
y emborronó tu Ley de fraudes
hasta degradarte y hacer que
le volvieses el rostro por sus culpas.
Pero Dios jamás abandonó
completamente a su pueblo, a su Iglesia,
hasta entregar la vida de su Hijo
– su enviado y él mismo, su Mensaje-
por la redención de todos extendiendo
no solo a la estirpe de Abraham la gloria
sino a toda nación de la Tierra
desde donde el sol nace hasta el ocaso
– pues es el sol heraldo de la vida
y símbolo de tu magnificencia-.
Se escribieron el Levítico -que trata
de la obligación de los sacerdotes-,
los Números – el censo de tu pueblo-
y el «Deuteronomio» o «Segunda Ley»
próxima ya a la Encarnación.
Así se completó la Ley llamada
«Pentateuco» por sus cinco libros
como los cinco sentidos del Hombre
por los que el Verbo en luz se manifiesta
– en comprensión, en el entendimiento
o alma, cuyos mensajeros
son la Memoria y la Voluntad-
y la obra del Amor se hace patente.
Desde tu Monte Santo van tus hijos
partiendo hacia la Tierra Prometida
en la epopeya de la Salvación
anunciada por las trompetas del Tiempo.
En su memoria los hombres instituyeron
la fiesta de la Pascua precursora
del milagro de la Resurrección
cuyo símbolo fue el paso del Mar Rojo
así como el descanso del sábado,
día séptimo -para ellos- de la semana
en el que Dios glorificó su Obra
terminado el canto de la Creación.
Tras la venida del Cristo a salvarnos
en la última de las estaciones
del Tiempo – senda de Dios en las aguas
de la sucesión reflexiva-
el sábado pasaría a ser domingo,
día de nuestra resurrección
y solo el nombre se conservaría
del día anterior por tradición,
siendo los cinco días anteriores
preludio de este último, y por ella
llevan nombres de dioses paganos
que representan a las pobres pasiones
Lunes, Martes, Miércoles, Jueves y Viernes
– a Luna, Marte, Mercurio, Jove y Venus
dedicados- instintos anteriores
a la Creación Consciente del Hombre.
Y todos los preceptos de la Ley
edificaron el Tabernáculo
místico del Señor, su Templo Santo
cuya esencia es la libre Reunión.
El día en que fue alzado el Tabernáculo
de piel -imagen del otro, de luz-
una nube lo cubrió como un sueño
lleno de agua de riqueza futura
y desde la tarde hasta la mañana
hubo sobre el Tabernáculo
como un fuego.
Cuando la nube se alzaba del pabellón
partían los hijos de Israel
y en el lugar en el que se paraba
allí acampaba el pueblo en camino.
En el año segundo, el segundo mes,
el veinte del mes, se alzó la nube
y el pueblo recorrió por etapas
el trecho del Sinaí hasta Farán
donde la nube se paró. Moisés
mandó tañir las trompetas de plata
de Oriente y Occidente, de principio a fin,
y convocó en la Asamblea al pueblo
para ordenar un coordinado avance,
transportando el Arca de la Alianza
ante las miríadas de familias
del vasto pueblo del Señor.
Pero el pueblo, ¡Oh el pueblo siempre reacio
a seguir la buena senda, ora inclinado
a izquierda o a derecha, sin firmeza,
en el que unos pervierten a los otros
y un chisme forma una murmuración
y una murmuración la rebelión
que acosa aún a los corazones buenos!
La ira del Señor se encendió
y ardió un ala del campamento
mientras los impíos gritaban:
«¡Quién nos diera, hermanos,
un trozo de carne y no este pan
que contiene todos los sabores
con que ese Dios nos alimenta!
¡Queremos carne! Sentimos nostalgia
de lo que dejamos en Egipto,
queremos los placeres aunque vicios
sean, aunque Dios nos los prohíba,
porque nuestras costumbres eran esas
y no hemos de perderlas por nada,
ni aún por la Tierra Prometida
que huye delante de nuestros ojos».
Cuando Moisés oyó así hablar al pueblo
pidió al Señor dejar su ministerio,
pues, ¿quién sirve con gusto a un ingrato
y más si se multiplican sus voces?
Dios consoló a Moisés, proponiéndole
un senado de setenta ancianos
para ayudarlo a gobernar su pueblo.
«Santificaos para mañana»
dijo el Santo al pueblo en nombre de Dios,
«Ya os dará el Señor carne que comer.
No comeréis ni un día, ni diez, ni veinte
sino un mes entero, hasta que os salga
la hartura de carne por las narices
y os produzca náuseas vuestra gula,
por haber menospreciado al Señor
y llorado por el pecado perdido».
Al día siguiente, el viento del mar
arrastró una bandada de codornices
que cayeron exhaustas al suelo
en una extensión de dos jornadas
de camino, y a la altura de dos brazos
de tierra. El pueblo estuvo todo el día
toda la noche y todo el día siguiente
recogiendo codornices en montones
apilando el que menos recogió
hasta diez montones. La gran hartura
enfermó los estómagos y allí
murieron muchos hombres mujeres
por la temeridad de su apetito.

VI
Otra escena de oscuridad turbó
la claridad de Dios manifestado
en el corazón de sus criaturas
sometidas todas a su tronco: el Hombre.
María y Aarón murmuraban
de Moisés por haber contraido
nupcias con mujer africana
discriminándola ante los de su pueblo.
Por esta razón maldijeron
a Moisés, por haber él escogido
por mujer a una extranjera habiendo tantas
hermosas entre las de su pueblo
que podían amarlo y respetarlo.
«¿Quién es Moisés para regir
él a nuestro pueblo como un rey
escudándose en su pureza
cuando -¡advierte!- Dios le habla a todo el pueblo?».
Entonces, los dos murmuradores
tuvieron un sueño y Dios les dijo:
«Si a vosotros os hablo, es en un sueño,
no a mi Siervo, a quien cara a cara
en su oración converso con él.
¿Cómo, pues, lo habéis difamado?».
E hirió Dios a María con la lepra
y por siete días fue expulsada
fuera del campamento de los sanos.
Siete eran los días, cual sus pecados
y cuando Aarón se disculpó
su mujer al pueblo volvió curada.
Estando el pueblo en Farán, viendo la Tierra
Prometida, Dios ordenó a Moisés
enviar un varón de cada tribu
para explorar la Tierra y regresar
con noticias de ciencia sobre ella.
Subieron los exploradores
a Canaán, y en prenda de su encargo,
trajeron un racimo de uvas tal
que dos hombres en un palo lo cargaron
aparte de granadas y de higos,
pues era aquel el mes de la vendimia.
Cuarenta días pasados regresaron
a explorar de nuevo la Tierra,
y a su regreso dijeron al pueblo:
«La región es una tierra que mana
leche y miel, pero las gentes
que la habitan son fuertes y salvajes
y sus ciudades están amuralladas».
«¡La conquistaremos en el nombre
de Aquél que nos libró de la muerte!»
clamó Moisés, «y a todos los gigantes
doblegaremos con su Palabra,
pues todo está sometido a ella,
y no hay viviente que no la tema».
Mas la multitud no lo creía.
VII
Entonces la muchedumbre gritando
cual las olas del mar enfurecido
con el veneno de la Locura
en sus mentes -que son las pasiones-,
se rebeló contra el dictamen del Verbo
y dijo: «Elijamos a un Jefe
que nos conduzca de nuevo a Egipto
pues combatir solo con fe nos desagrada».
Caleb, uno de los exploradores
del Nuevo Mundo, habló en la Asamblea
con el Espíritu del Fuerte: «No tengáis
miedo, pues el miedo es solo falta
de fe. El Señor nos protege.
¿A quién sirven el Poder y la Gloria
sino a Aquél que nos sacó de Egipto?».
Cuando así habló, lapidarlo quería
el pueblo, mas la gloria del Verbo
por medio de su Siervo habló:
«¿Hsta cuándo me ultrajará este pueblo
para quien fueron hechos los prodigios?».
Y dijo a Moisés: «Si no fuera
por la promesa hecha al buen linaje
de los hijos de Set que por sus obras
me agradaron, destruiría a este pueblo
como a un solo hombre, mas a pesar
de su debilidad glorificarlo
quiero frente a sus Enemigos
para concederle oportunidad
de salvarse viendo todos los milagros
que obro por causa de ellos.
Mas esto digo: los que no confiaron
en mí no entrarán en mi Tierra
y morirán cual bestias en el desierto
incluido tú, Moisés, pues te hablé
antes que a ninguno en la Zarza
y tu corazón no confió en mí
como debía, siendo Yo Quien Soy,
porque aunque tus palabras son rectas
delante del pueblo, has deseado
volver a Egipto, y por ello
tu actitud ha contagiado a los débiles.
Solo Caleb me agradó y su descendencia
la poseerá en perpetuidad
y muchos ninca verán esa Tierra,
y tú, Moisés, la verás sin pisarla».
Así habló el oráculo de Dios
en el ombligo de la Mente Humana,
oráculo de paz, no así el Griego
de la Pitia juzgó con buen criterio,
y sus respuestas tan solo conjeturas
o nuevas preguntas supusieron.
Todos aquellos cuya edadn el Censo
era de veinte años para arriba
– todos ellos murmuraban contra Dios-
no entraron en la Tierra Prometida,
con la salvedad de Caleb
hijo de Jesone y de Josué
hijo de Nun -este daría
los frutos que las flores de Moisés
prometieron- mientras el castigo
se cerniría sobre su generacón
que por cuarenta años yerraría
en el desierto y moriría allí.
Habló de nuevo Dios a Moisés
con esta recomendación:
«Diles a mi pueblo: cuando hubiéreis
entrado en la Tierra a la que os llevo,
ofreceréis de ella tributo al Señor
– tributo de misericordia
y no de sacrificios aparentes-:
una hogaza de vuestra masa
así como primicias de vuestra era.
En todas vuetras generaciones
ofreceréis primicia de vuestras mesas.
Si por inadvertencia a est faltáreis
pagaréis del préstamo del Señor
la cuota de vuestro pecado».
Mientras aún estaban en el desierto
después de haber condenado a muerte
a un infractor de la Ley de Dios
que cortaba leña en día de precepto,
tres rebeldes a la Palabra
por envidia de sus corazones,
Coreh, Datán y Abirón, organizaron
una sedición contra Moisés
arrastrando a doscientos cincenta hombres
a la perdición, para -¡insensatos!-
hacerse con el poder, siedo el Poder
atributo que da Dios a quien quiere
y al que mejor sirve a sus hermanos.
Moisés sentenció: «Puesto que así
lo queréis, no haya guerra entre nosotros.
Ofreced vuestro incienso ante el Altar;
nosotros ofreceremos el nuestro,
y Dios escoja el que más le agrade.
¿Por qué habéis dividido a vuestro pueblo?
Pues fuere cual fuere la causa
el quedivide a su pueblo es un malvado,
pues la división engendra violencia,
y la violencia es contraria al Amor».
Mientras Moisés decía esto y Aarón
lo respaldaba, Dios dijo: «Apartaos
de las tiendas de los sediciosos
pues obraré el castigo que han buscado».
Obedecida la orden, un temblor
de tierra, un nefasto terremoto
estremeció el campamento y hundió
la porción de tierra en la que estaban
las tiendas de los herejes, sin tocar
la de los inocentes, y abrasó
a los que ofrecían incienso en nombre
de los que sembraron la discordia.
El temor se apoderó entonces del pueblo.
IX
Tiembla el suelo en el que el impío vive,
tiembla el camino cuando el malvado pasa,
porque allí adonde va, arrastra el infierno
de su propia culpa, como el Círculo
que cabtó el vate, el cual encierra
en cárcel de dolor al malvado.
No se extrañe el lector de que se abra
la tierra – es decir, la Memoria-
para abducir a la semilla estéril
que no germinó cuándo debía,
pues nuestra identidad es nuestra obra
y no somos más que lo que hacemos.
Ese Leviatán llamado pueblo
tan enorme como descomedido,
como ruido de aguas se sucede
en infinitas generaciones
con un solo sentido: la Esperanza.
La Esperanza camina atraída
por la fe que le otorga el Amor,
el cual es la esencia del convivir,
la Comunicación y la Razón.
Pero cuando el mor como el fuego
no calienta demasiado el corazón,
porque por la bondad no está encendido
entonces… la Esperanza se fatiga.
Así, la muchedumbre temblaba
cuando vio el castigo de los malvados
y maldijo la ira del Señor
– pues destruyó de entre ellos a sus cómplices-.
Dios, airado por este error,
extendió su mano que salva
a los buenos y hiere a los malos,
y dejó a la mitad solo del pueblo
con vida, y a la otra hirió con mortal peste.
Después ordenó a Moisés
recaudar por cada tribu de las Doce,
una vara con el nombre escrito
del jefe de la tribu, y colocarla
en Reunión, frente al Testimonio
donde estaba el Arca de la Alianza,
para aquella que eligiese su Gracia
al día siguiente fuese la que
en nombre de su propietario
rigiese a las demás, cual papeletas
arrojadas en la urna de los comicios
en la democracia romana
cuyo Derecho Europa y América
– y bajo sus principios todo el mundo-
respetan, mucho más equitativos.
Floreció la vara de Aarón
de la tribu de Leví, al día siguiente,
brotó e incluso maduró almendras,
porque el Espíritu la eligió
entre las demás para probar
el magisterio de su propietario.
Dijo Moisés entonces: «uélvase
la Vara de Aarón al Testimonio
tras haberla mostrado a todo el pueblo
«para que sirva de memoria a los rebeldes
y no mueran por su insensatez».
Aarón y su familia, desde entonces
se encargaron el sacerdocio
hasta la venida del Mesías
siendo hijos de Leví, patriarca hebreo,
los que acompañaron a Moisés
cuando el pueblo se dividióen discordia
por causa del ídolo del oro.
Ya a las puertas estaban de la Tierra
de la Felicidad, en limbo de duda,
cuando en Meribá en el desierto
de Sin faltó el agua. Gimió Moisés,
el Mediador, y tembló su voz
y el pueblo se querelló contra él
en pasional revolución.
Entonces en oración recibió
la orden de herir con su vara la Roca
que contenía agua en su interior
y una fuente brotó como un milagro
y todos bebieron de aquela metáfora
de la Salvación, y se saciaron.
Y Dios dijo a Moisés: «Aarón y tú
habéis dudado y el pueblo se espantó
y por esa causa no entraréis
en la Promesa, tan solo de lejos
la veréis, pues no habéis en mí confiado».
En Cades, la libación concluida
– puerta de la victoria-, aguardaron.

X
Mandó Moisés embajadores
desde Cades a Edom el de Esaú,
pueblo de gentiles, que no saben
de la Obra de Dios más que de oídas
por el plasticismo de los Elementos
que configuran la Naturaleza.
Se negaron ellos a dar paso
por su tierra al Pueblo de Dios
cual el pecado de nuestra carne
débil se interpone etre nosotros
y la gloria de la Divinidad,
pues el pecado de la carne con la muerte
solo se desvanece por completo
como frontera de la última prueba,
y con las miserias de la carne
nadie puede abrazar su Redención.
El pueblo, luego, dio un rodeo
al Lugar de la Paz, y se desvió
lejos de la Región Intemperante.
Habló Dios a Moisés y así le dijo:
«Sube con Aarón al monte de Or
que está en los confines de Edom
y allí, entregue el sacerdocio a su hijo
Eleazar, pues ha cumplido sus días».
Así lo hizo, y desde el onte Or
expiró Aarón a la vista
de la Epifanía del Futuro.
Viendo que el pueblo avanzaba
rodeando su Destino, el rey de Arad,
cananeo, le salió al encuentro
y capturó prisionero al pueblo.
Pero el pueblo, en lugar de rendirse,
pidió Espíritu a Dios, que es la Fuerza,
que anima en figura de energía
la máquina vital del universo,
y venció a Arad con el nombre de Dios
renunciando a las riquezas y a los ídolos
de los vencidos, y los vencedores
llamaron Horma al campo devastado
que quiere decir «anatema» o «destrucción».
Bajando de Or, murmuró otra vez
el pueblo por la carne que faltaba
y una plaga de serpientes lo atacó
– imagen del pecado que sentían-.
Pidieron perdón entonces los impíos
por sus murmuraciones, y Moisés
fundió una serpiente de bronce como Dios
le había indicado,y sobre un asta
cual la del farmacéutico Esculapio,
la puso a ojos del pueblo. Quien la miraba
se curaba del veneno de la plaga
una vez calentado el bronce al fuego,
pues con el calor se dilataban
las heridas, y el veneno salía
mezclado con sangre de las llagas,
cuando el enfermo se acercaba a ella.
La Serpiente de Bronce sanadora de
las heridas de todas las serpientes
sería el emblema de Cristo Santo
sanador de todos los pecados,
pues de la serpiente del paraíso
vendría el veneno de la muerte,
curado por el que expuesto en la Cruz
a los ojos de todos, por la fe
manifestada en obras de caridad,
redimiría a los que lo tuvieran
por emblema de bronce en su recuerdo
cuyo calor los libraría del mal.
XI
Acamparon en Obot los de Israel
y después en Je-Abarim, el desierto
que hay al frente de Moab, pues los hebreos
acostumbrados estaban al desierto.
Después hasta la orilla del Arnón,
entre Moab y Ammón acamparon
los hijos de Dios, y al Amorreo
Sehón pidieron camino libre
por su tierra. Negándose este
les hizo la guerra y en Jasa
su gente fue vencida por Israel.
Acamparon en Moab, en la estepa
que está frente a Jericó, derrotada
como ciudad de barro más tarde
por las trompetas de la Verdad.
El rey Balac, hijo de Sefor
y rey de Moab se espantó mucho
de lo sucedido a los amorreos
y dijo a sus ancianos: «Somos hierba
para el buey que ellos representan,
y para ellos fuimos puestos aquí.
¿Cómo huiremos de nuestro destino?».
Pues es el fruto del pecado
un alimento para la santidad
y un escabel de sombra para su gloria.
Con el miedo que le infundieron los buenos,
no sabían qué hacer los moabitas
y llamaron a Balaam, el adivino
para que con sobornos maldijese
al vehículo de la Palabra Divina.
Balaam tuvo un sueño en el que Dios
como una voz incorpórea le gritaba:
«¡No maldigas a mi pueblo, hijo de hombre!».
Esa voz era la voz de su conciencia.
Balaam a la mañana siguiente
comunicó esto y se negó a maldecir.
Mas vinieron nuevos embajadores
de Balac a Balaam y le pidieron
lo mismo doblado el cohecho.
«Aunque de oro y plata me llenara
Balac mi casa, no madeciría».
Esto dijo, pero por la noche,
como ellos insistían, Dios le habló
y le permitió partir con ellos
aunque no le autorizó a maldecir.
Así los sobornos del pecado
tratan de pervertir la fe
y la recta razón, mas solo aquel
que está atento a la Voz de sus Entrañas
no se pervierte, y se redime.
Yendo por el camino de Moab
con dos de sus criados, sobre su asna
montado Balaam, Dios temió
por su firmeza ante los hombres
cuando estuviese ante el rey y su séquito,
y envió a su ángel a cerrarle el paso
– el ángel de Dios es su Providencia
a la que la Creación toda obedece-
y su asna – imagen de su instinto
no sometido del todo a su voluntad-
salió del camino de su dueño
y se echó a correr por el campo.
La fustigó Balaam para que volviera
al camino – así el hombre quiere a su capricho
que la Creación entera lo obedezca
y que ante su codicia se arrodille-.
Para que Balaam se rindiese,
el ángel de Dios, su voluntad
se colocó en un callejón entre dos viñas
por donde Balaam había de pasar
– ese callejón es su esencia
y la de todo hombre, asida
entre la carne y el espíritu-
y su asna se asustó de nuevo
y echándose hacia una de las paredes
– la de la carne- atrapó el pie
de Balaam- es decir, su voluntad-.
Tornó el jinete a fustigarla
y se agachó debajo de su dueño
a la vista del ángel del Señor
– la presencia de su voluntad-
y el dueño, enfurecido, la golpeó.
Entonces, con el dolor de su derrota
la mente de Balaam se abrió a Dios
e imaginó a su asna inocente
de los golpes hablando humanamente
y reprochándole su maltrato
cuando Dios mismo la impedía avanzar.
Luego Balaam arrepentido
después de comprender – pues no solo aquel
que profesa la fe de palabra
y que cumple la voluntad de Dios
se salva, sino también aquel
que sin conocer su nombre manifiesto
obedece a su voluntad, que es su conciencia,
y el ángel verdadero de la Ley,
y la Voz Interior del Verbo,
pues sus mandamientos solo son
lo que llevamos dentro de nosotros-
oró a Dios y le pidió perdón,
y Dios le despejó el camino
pues su conciencia ya estaba limpia.
Y llegado a la tierra de Balac,
abrió su boca para maldecir,
mas solo le salieron bendiciones,
las que guardaba su corazón.
Así comprende el que ve la Obra de Dios
a la luz de su Inteligencia.
XII
Mientras Israel permanecía en Setim
se profanó con las hijas de Moab,
pues estas en las fiestas de sus dioses
se entregaban a ellos, y les hacían
prosternarse poco a poco ante sus ídolos.
Pues así opera el mal, vistiéndose
de placer y ofreciendo la manzana
a cambio de la felicidad,
y si la carne con la oración
no está fortalecida, se pervierte,
pues el hombre sin Dios ha de pecar.
Dormidos en el hechizo del placer
enflaquece nuestra voluntad
multiplicando nuestras tentaciones
– pues cada placer anhelado
es una debilidad que utiliza
la atracción del Mal para perdernos-,
y, bajando la guardia la Inteligencia,
el Instinto Seductor nos envenena
con la Discordia y con la Locura
solo saciada en la Destrucción.
Dios se airó entonces contra Israel
para corregirlo y despertarlo
del sueño de la muerte, que es la Nada
o el reverso del Todo, la Tristeza,
siendo el Todo la Felicidad.
Ordenó a Moisés la aplicación
de la pena de muerte a los pervertidos
delante del pueblo, para que sirvieran
de ejemplo a los demás, pues si con vida
los dejara continuarían pervirtiéndose
y con su conducta envenenando a todo el pueblo,
como la infección o el cáncer no curado
se propaga a los miembros sanos del cuerpo.
Colgados los culpables, promotores
de la ruina de los demás,
cesó la ira de Dios, pues una peste
venérea atacaba al pueblo
y morían unos delante de otros.
Viendo los malos que eran perseguidos,
uno de ellos, optó por el disfraz
de la traición, aquel pecado
donde se aglutinan los demás.
Se llamaba Zamri, de la tribu
de Simeón, y esto hizo: escondió
en su alcoba a una mujer de Madián
que adoraba a Baal, ídolo este
suma de ídolos, pues representa el Orgullo
del que confía solo en su debilidad
y no se apoya en el báculo de Dios
que es la Voz del Verbo, y el Amor que emana.
Allí con ella cohabitó
en secreto, perjudicando a su pueblo
y tratando de engañarlo, mas Finehes
hijo de Eleazar y nieto de Aarón
como sacerdote que vela por todos,
con valentía contra la injusticia
y cntra el fraude, que es torcer
la ley a favor del capricho y el lucro
en perjuicio del bien común, tomó
una lanza e in fraganti alanceó
con ella los vientres de los malhechores
y los presentó al pueblo diciendo: «Estos eran
los que en contra del orden público
del Estado – proyección de la Moral,
como la sombra es proyección del Objeto-
corrompían nuestras instituciones
y nos hacían culpables ante Dios».
Este soldado del bien, sacerdote
que con violencia combatió la violencia
– pues la omisión no es paz, sino culpa-
arriesgando su vida por los demás
imagen sería de aquel sacerdote perfecto
que vendría en el verano de los Tiempos
sacrificando por nosotros su sangre,
y reconciliándonos al fin.
XIII
Después de esta plaga, habló el Señor
al oído de la sabia penitencia
en nombre de su pueblo, y ordenó
hacer un censo de los israelitas
que iban a entrar definitivamente
en la Tierra formada por ellos
desde el principio de los tiempos,
pues para los justos se hizo todo.
¿Quién conoce mejor que el alfarero
el vaso que ha torneado con la forma
que él quiere? Así el Señor formó
la Creación y su obra lo obedece,
y el barro de la Tierra conserva
el rostro de su huella en el hombre
que justifica el vacío del tiempo.
La armonía ello es, su señal,
y el hombre convive en la armonía.
Después al monte de Abarim
ordenó subir Dios a Moisés
y le ordenó, en presencia de Eleazar,
hijo de Aarón, transmitir su potestad
a Josué, el caudillo grato a Dios,
que ntraría en la Tierra Prometida
como Jesús entró en la Vida Eterna
– pues la Vida solo puede ser eterna
o no ser, pues vivir para morir
es morir simple y llanamente-.
Aarón y Moisés, y después sus descendientes,
serán los representantes
del Poder delegado por Dios
manifestado en Espíritu y Carne
o el Poder Esiritual y Temporal
– el Sacerdocio y el Principado o Imperio-
hasta que uno, siendo Sacerdote y Víctima
– el Cristo- encarnara puro el Verbo
y todo poder en él convergiera
mas no para obligar a sus hermanos
como César cualquiera interesado
en beneficiarse de su cargo
sino para redimir a todos
con su dolor y su sangre derramada
delante del Padre del Origen,
misterio que nunca nadie ha visto.
XIV
Aquí termina la Primavera
de los Pueblos, donde brotaron flores
de virtud iluminadas por la fe
en el valle verde de la Vida
alentada por el soplo de una Voz
que escuchamos dentro de nosotros.
Muy pronto esas flores serían frutos
y la Ley sería la Verdad,
mas por ahora la Columna del Mundo
que es la Mente, y su primer Testamento
ha extinguido la aurora de su lira.

ENTREMÉS DE RUT

I

De Moab se levanta una espiga:
es Rut, que busca su granero en Israel.

En nueva patria se refugia buscando a Booz,
el marido de su rescate, y a sus pies aguarda dormida.

Cuando Booz se despierta, ve a Rut acurrucada junto a él,
una refugiada en país extranjero, una semilla oscura que nace de la tierra.

Con ella se desposa, en su vientre escondido hay una luz
que enciende el paisaje de las sombras.

Un árbol cuya semilla fue Abraham y cuya descendencia fue David,
y el último rey que dio espíritu al mundo.

Es Rut como el silencio de la noche desposada con el sol que amanece.

II
( Susurro de Booz a Rut)

A veces te tiendes,
espigadora,
Vida,
lejana esposa,
a los pies de los siglos de mi Amor.

VERANO
LOS FRUTOS DE JOSUÉ

I
Alabe mi alma al Señor
con un cántico nuevo, con otro universo,
pues el alma del sentir es solo alabanza
y los frutos del amor nos alimentan
con el milagro de la paz,
pues como el cielo
extendido en vapor sobre la tierra
así Dios está extendido sobre el hombre
con su voz de maravilla, que es alegría.
¿No ves, amigo y lector de la Historia
– la Madre que te dio el ser y la palabra-
A tu Capitán como un Pastor
entre rebaños de hombres y mujeres
cuyas lenguas discordantes se hacen una?
¡Mira llegar como los millones de átomos
que conforman el templo de tu cuerpo
a Josué con armadura de fe
– que es el sentir de la razón-
al General, al Héroe, al Guerrero,
al Valiente, pisando la piel de la Patria,
la virtud incorpórea del Honor
y del Mérito, en pie sobre los años!
¡Formemos un ejército a su lado!
¿Quién podrá vencernos? Aunque nos hieran
con lenguas como espadas que abrasan
no nos vencerán, pues la Guerra
es para las fieras de la violencia
que ladran alrededor de nuestras tiendas
para nuestras debilidades enemigas,
y no para nosotros que sentimos
todo dentro de nosotros
pues el latido de nuestros corazones
es el galope tendido del tiempo.
¡Venga el sol, vengan los elementos
a nosotros, venga el aire, venga el agua,
vengan miles y se nos unan
en el canto de la cosecha del Amor!
II
El Caballero es Perfecto según la Ley,
que otorga Poder al que la acoge
como hoguera de su corazón.
Contra la Enfermedad, contra la Muerte,
y contra todas las enseñas del Miedo
cuya palidez petrifica al cobarde,
el Caballero es invencible cual la Luz
que teje la tela de lo visible
cual teje la Inteligencia el Lenguaje.
En su escudo está labrado el Trabajo
y su lanza es la astuta Paciencia,
y en su cabeza no verás un solo cabello
que no esté protegido por el metal
cóncavo del Hogar de la Creación.
¿Cuál será el Poeta que entone
la sinfonía de sus maravillas?
Solo aquel que sea como un vaso
de barro que amplifique su sentido.
Veloces son los pies del Caballero
y el caballo de su gloria es el Tiempo.
Su Amada es la Ausencia, cuyo rostro
resplandece en el mar de la distancia.
¡Ved a Josué, al Caballero
que cabalga al corcel de Israel!
Es su camino la Profecía
del Verbo, que a sus oídos habla:
» Levántate, pasa ese Jordán,
ese límite de la Soledad,
camina tú y tu pueblo hacia la tierra que os doy.
Ninguno te resistirá por toda tu vida,
porque yo estaré contigo y nunca te abandonaré.
Tú esfuérzate y sé animoso,
porque serás la prueba de mi promesa
y la huella libre de mi dedo».
Un joven imberbe
toca la lira en un prado de nostalgia
y siente al Caballero dentro de él.
Un río nace de su boca
como el discurso de la Diversidad
que invierte el camino de las cosas
desplazadas en los hilos de su música
hacia la infinita generación.
Su corazón ha abierto sus labios
y su mensaje es un fresco susurro
que corona de nieve las montañas.
A su alrededor,
un rebaño
de pensamientos como ovejas velludas
de lana argumental se apacientan.
Es Pastor y Rey que obedece
al timbre del Divino Sentimiento
crucificado ya en su intimidad.
Ungido por su don, canta David
las hazañas del Caballero del Señor:
III
«¡Salve al Ungido
de Israel, al Primogénito entre todos,
a aquel de cuya mano entraremos
en la Tierra que presagia el río
latente e invisible de la Sangre
que lleva la Vida a nuestros miembros!
¡Todo este canto es Presente,
nuestro Deseo ha salido de nosotros
invitado por la Voz del Amor,
y es ahora un manifiesto Nacimiento,
es una fuente de alegría
que brota de la Roca de un Enigma!
¡Regocíjate, Oído de Hombre,
acoge en tu sentir estas proezas
al son del tambor de tu corazón!
¡Está Josué de pie ante las tiendas
como en pie está el viento sobre el mar,
y ordena esto a su Ejército: «Provéete
oh Israel, de víveres,
porque dentro de tres días
atravesarás el Jordán de tus Límites
para ocupar la tierra que el Señor,
Príncipe de la Palabra, Verbo Fulminante,
os da en posesión, pues es él quien
distribuye los bienes del Padre Ser!».
¡Hacia Oriente, donde nace el día…!
¡Pronto la Tierra dará sus frutos!
¡Ya vienen los dos misioneros
de la Ciudad de Jericó, edificada
por el barro de ciencia de las generaciones
y destinada a ser Morada de los Buenos,
pues los justos son los dueños de la Tierra!
¡Ya vienen, a galope tendido
los caballos de los misioneros
que han entrado en Jericó solo acogidos
por la adúltera Rahab
y escondidos por ella en su tejado
entre tascos de lino y otras labores
ha jurado – pues ha creído en el Dios
que los envía- salvarla de la batalla
por la que la Ciudad será tomada!
«¡Bienvenidos, Nuncios de la Victoria!»
pregunta Josué, «¿Cómo os habéis
librado de las manos de los hombres
que en la Ciudad comercian y habitan?».
Uno de ellos, mucho más hábil
que Ulises el Griego, acompañado
de otro más valiente que Diomedes,
así responde: «Una mujer nos acogió
en su casa, y con un cordón de púrpura
nos descolgó por la muralla cuya puerta
estaba cerrada para nosotros».
Parte Josué a la mañana siguiente
desde Setim, y ordena a los Levitas
llevar el Arca de la Alianza delante de la gente,
a la vista del Pueblo, como la Promesa
alumbra el camino del Hombre!
«Este camino es Nuevo;
ni el Silencio ni la Muerte os asusten
– la doble máscara del Temor-
porque vuestra Madre va delante de vosotros,
vuestra Madre, esa Alianza
en cuyo vientre late el Mensaje del Verbo.
Dejad entre el Arca y Vosotros
una distancia de dos mil codos
para que su Presencia os guíe desde lejos
como una Paloma de Luz sobre las aguas».
Y la òesía fue el camino del pueblo en marcha
presidido por el Caballero
cuya voz era un romance más dulce que la miel
y una metáfora encendida
y la primera canción fueron sus pasos.
Allá estaba la ciudad
allá estaba Jericó amurallada
por una técnica de barro
por un molde de vacío hueco
como un caparazón de tortuga
sin cuerdas que lo hicieran cítara.
Allí estaban sus cisternas rotas
con pájaros sin alas y culebras sin ojos
debajo de cientos de esqueletos
de antepasados, de leyes y constituciones.
No es más que barro tanta ciencia,
tierra amasada en laboratorios ciegos,
y una sola Voz la bombardeará.
Por seis días el pueblo rodeó la Ciudad
con siete levitas tocando siete trompetas,
y al séptimo rodeó siete veces la Ciudad
mientras el pueblo gritaba a la Libertad
en tanto las trompetas clamaban.
¿Qué muro puede resistirse,
qué división, qué frontera entre los hombres,
qué capital, que interés, qué moneda,
ante la aclamación de todo un pueblo
que contempla el Arca en su Unión
en torno a la majestad de un Principio?
¿Qué calavera no estalla como burbuja
ante un expansivo diamante de luz?
Así se derrumban las murallas
de la Ciudad cerrada con llave
con los automóviles de su soledad
y los caballos y postas de la incertidumbre.
Así se quiebra Jericó
como un vaso roto
presagio del último Occidente,
figura del Actor Ruido,
del Falso Profeta, del Bufón-Comerciante.
Las calles se vuelven hormigueros candentes
y los trajes y las túnicas danzan en la fuga
ante la visión de la Realidad- Promesa.
Solo un cordón de púrpura -el vínculo
de la Vida y de la Palabra- queda
en pie en el Teatro de la Destrucción.
La cuerda de Rahab
pende como una gota de sangre
que canta en el Absurdo de la Muerte
que coge por sorpresa a los impíos.
Es el disfraz del futuro,
la gloria que al comienzo es Dolor,
el lamento del ocaso
y el cuerpo de la Verdad clavado al Sentido.
Ella sola, la Fe, se salva,
aquella a la que llamaban prostituta
los proxenetas de la Expresión,
los comprados por el Interés,
del hidrópico toro amarillo del Orgullo,
que se alza como un ídolo en el altar del ruedo.
¡Nadie reconstruya la Desolación
y el Cero Absoluto de la Codicia
de nuestra pobreza vencida por el Amor!
Sobre todos los frutos,
la Humildad.

IV
¿Quién eres, Señor,
que todo lo has puesto
en las manos del Hombre
transfigurado en la Palabra?
¿Quién eres,
quién
te dio el Ser que tienes,
acaso fui yo?
¿O fuiste tú
que es un yo más futuro?
Has puesto la Tierra bajo sus pies
y el Cielo fúlgido sobre su cabeza.
Has puesto todo, Señor
en Mí, no para Mí
sino para los demás.
Te has encarnado en este pobre corazón.
Soy tu obra,
soy la boca que promulga tu Poesía.
Vela de ti aliento,
mi alma,
como un pez en tu memoria.
V
Así caen las ciudades, una tras otra
al paso del Caballero de entre miles,
con una cimera llameante
y una mirada de piedad.
No hay otro como él entre los hombres,
porque él es a la vez todos los hombres.
La gloria es su premio,
el pecado su freno
pero el aliento de Dios lo justifica
a pesar de sus equivocaciones.
La infancia del malo se consume
podrida por los gusanos del odio,
pero la fama del que ama la Justicia
de la Palabra del que hizo las cosas
y puede curar la herida del dolor
se multiplica en cada generación
hasta donde se pierde el hilo de la Historia.
Tú que escuchas el trueno de estos versos
que salen del triste barro del Poeta:
¿No escuchas un tumulto en Hai
que ya está en manos de Israel?
Huyeron los hombres delante de los guardias
de la Ciudad, al igual que el Bien huye
delante del Mal al comienzo,
para después caer sobre él.
La Ciudad está en sus manos, en las manos
de los Hijos del Dios que nacerá
en cada uno de nuestros corazones.
Pero el siervo de la Codicia, el traidor,
el hipócrita que viste el uniforme
de Bien para engañar a sus hermanos
muere lapidado por sus semejantes.
Mira a Acán el vencido, míralo
tendido sobre la tierra sin vida.
Las águilas del día
y los cuervos de la noche
devorarán sus ojos,
y la riqueza que escondió y robó al pueblo
es prueba de su delito y su losa.
VI
Por siempre yo cantaré
tu nombre, Señor,
por siempre será mi Palabra tu Obra,
desde que sale el sol hasta el ocaso
mi alma es el sello de tu Voz.
No se acabará este mundo
sin que tú seas uno nuevo
movido por el discurso de tu aliento
y en mi pobreza tñu edificaras el Sol.
Soy pobre,
mis manos solo asen muerte,
todo lo que toco se deshace
y carece de sentido.
Pero tú elevas mis ojos
y sostienes con tu fuerza mi memoria
como una vid sembrada en tu maravilla.
No se extinguirán mis años
sin que te vea extendido en mi ausencia
comunicándome la vida al oído
y absorbiendo mi miseria tenebrosa
como ilimitada y serena luz de piedra.
VII
¡Victoria! ¡Rosa musical,
vientre de todos los Nacimientos!
¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
Mirad como granos de infinito,
oh ved en los versos transparentes
de este enamorado canto al Gran Ejército
ordenado en escuadrones de plata sentida
como la delicadeza de la luna
sube a Gabaón, a la cumbre de Gabaón
donde cinco reyes lo acometen:
Adonisedec, rey de Jerusalén,
con los reyes de Hebrón y de Eglón,
de Jerimot y de Laquis.
Aquel día el sol se detuvo en el cielo
por obra del Verbo, a quien la Creación
obedece, durante otro día más
hasta que los reyes fueron vencidos.
Al servicio del que compuso el mundo
está el mundo, y su ley es la suya.
El Tiempo se invirtió,
como cuando
se quiso encarnar el Verbo en el Hombre
primero en la figura del Mesías
y después en los corazones que lo acogen,
y el Sentimiento entró en la Historia
sometiándose al antes y al después.
Se detuvo el Tiempo,
que es la perspectiva del deseo.
Y los reyes – los Cinco Sentidos-
atrapados en la Caverna del Vacío
– la Nada que buscaron con sus obras-
fueron sellados con piedras grandes
en la tumba y sepulcro que persiguieron.
Así muere el sentido
de quien no atiende al sentido del sentido,
a la mente o causa anterior al mundo
percibido, clave de toda razón,
causa y principio necesario
cuyo nombre intuido es Sabiduría.
Los sentidos, por sí solos, se condenan.
Por señalar la debilidad del Hombre,
que es su fortaleza si confía en Dios,
soy perseguido de los malvados
que quieren hacer pasto de mis huesos,
pues el loco aborrece la cordura
hasta que no despierta de su sueño.
Yo soy hecho de pecados y dolores
mas guardo este tesoro en mi corazón».
VIII
Concluyó David su canto
sobre los pastos del Monte Sión,
Capitolio de Jerusalén
y el viento se detuvo a escucharlo,
y el sol despejó el cielo de nubes,
ya coronado presidiendo a su pueblo
tras vencer con una piedra al Gigante,
que amedentraba a los pobres de Espíritu
– Goliat, el Filisteo, el Dinero y la Fortuna
del fango material ¡, que en oro y plata
es un desprecio ante la Sabiduría-
y tras haber sucedido a Saúl, primer rey
de Jerusalén que por amar
más el poder y el mando que la obediencia
a los Mandamientos del Amor
fue vencido en Gélboe por los filisteos
y no pudiendo soportar la derrota
de su orgullo se dio la muerte
arrojándose, cual el heleno Áyax
sobre su espada.
No hacía mucho un mendigo de los campos,
de nombre Natán, lo había visitado
cuando tomó a la mujer de Urías
el jeteo, Betsabé, por consolarte.
Le reprochó su conducta y con sencillez
como un perro que ladra a su amo
cuando éste lo golpea
le echó en cara su crimen, pues la muerte de Urías
no había sido natural, sino perpetrada
por la astucia y el capricho del Rey.
Caído en la cuenta de su pecado
se quedó un rato callado mirando al suelo
y después declaró: «A este hombre
lo he matado yo. Yo he pecado».
Y a continuación se creyó indigno de Dios
y se vio ya sin corona ni linaje,
y se vio ya como un muerto, como Urías.
Pero Dios, por boca de Natán
le dijo: «Por haber reconocido
tu culpa y no haberla excusado
delante de quien puede perdonarla,
pues mi bondad está por encima de tus culpas,
a pesar de tu infidelidad
y todo el poder que yo te he dado
no te voy a juzgar por lo que hiciste,
no. Te voy a perdonar
porque estabas muerto y ahora estás vivo,
y yo solo amo tu bien
como el padre ama el bien del hijo.
Por eso atiende: ¿Te consideras indigno
de mi misericordia que es tu gloria?
Pues escucha lo que voy a hacer de ti.
Serás siempre rey no de ahora, para siempre
tendrás el cetro de mi nombre,
pues de tu linaje nacerá el Mesías
y se encarnará en él mi propio Verbo.
Y no solo el futuro será tuyo.
También el presente ahora mismo,
pues el hijo de tu pecado morirá,
pero esa misma mujer
dará a luz a la Fama y al Poder,
al Rey más justo de la Tierra
que edficará mi primer templo.
Su nombre será Salomón, y de todas partes
vendrán a pedirle justicia
y será juicio de toda controversia.
Y tus palabras serán Poesía
y traducirán el latir del corazón
y tu voz será la Armonía.
¿Te parece poco?
Otra cosa tengo que decirte:
las puertas de mi Alegría
superior a todos los bienes
se abrirán para ti, y serás
el primero que entrará en el Cielo
y hará entrar a finados y venideros
a mi presencia.
Te regalo un corazón nuevo»
David creyó que soñaba.
Aquellas palabras
no cabían en su entendimiento,
pero arrodillándose ante Dios,
dijo: «Cúmplase tu voluntad».

Y entonó salmos mirando a las estrellas,
y vio amanecer en el cielo
bañado en consuelo, a su propio corazón.

EL INSTANTE DE LOS REYES
La tierra de Israel era una isla
cercada por los reinos circundantes.
El Consejo entonces pidió a Samuel
que ungiera a un rey con aceite del templo
para que fuese el Jefe de la Armada
contra filisteos y cananeos
que ocupaban la puerta del Oriente.
Se lamentó Samuel de la medida
porque un rey sería tal vez tirano,
pero comprendió que era necesario
para pacificar el territorio.
Samuel era el sacerdote del Templo
de Reunión, la tienda consagrada
que Moisés trajera del desierto
en la que estaba el Arca de la Alianza,
donde se practicaba el sacrificio
del Cordero de la Pascua ante el pueblo.
Reunión fuera trasladado a Rama
cuando en Silo entraran los filisteos
secuestrando el Arca por siete meses
después de que una plaga hundió su pueblo
y decidieron al fin devolverla.
Samuel ungió a Saúl rey de Israel
pero su reinado estuvo marcado
por el soborno contra lo pactado,
cuando hizo un sacrificio con bienes
condenados a las llamas por ser
ofrenda a Dios en pago de conquista.
Fue David ungido rey por Samuel
en secreto de entre sus siete hermanos
todos hijos de Jesé, de cuyo árbol
sería el linaje del rey Mesías
que al fin de los tiempos salvaría el mundo.
David se señaló al combatir
contra el campeón Goliat y de vencerlo
en presencia de Saúl que no sabía
que ese joven sería su heredero,
cuando combatió este a los filisteos.
Poco después, el pueblo lo aclamaba
como rey, y a Saúl llegó la nueva
de que fuera el ungido de Samuel,
así que se propuso en su interior
matarlo y evitar ser derrocado.
Lo persiguió a traición por todo el reino
después de que un día al tocar la lira
– era poeta David, también guerrero-
intentara clavarlo con su lanza
alegando más tarde embriaguez.
Jonatán, su amigo, hijo de Saúl
protegía a David y este salía
de todas las trampas que le tendían.
Al fin tuvo que exiliarse del reino
en tierras filisteas, de donde era
el pueblo que emergido de los mares
había puesto nombre a Palestina.
fue proclamado David rey a la muerte
de Saúl en el campo de Gelboé
rodeado por los filisteos.
Una guerra civil sucedió a esto
y al término reinó David entrando
en la fortaleza de Sión
que se encuentra en Jerusalén,
la capital del reino de Israel
desde entonces, trasladando allí el Templo.
David conquistó todo Canaán
expulsando de allí a los filisteos
dejando a los fenicios hacia el Norte,
descendientes también de cananeos
quienes más adelante construirían
el Templo de Salomón en la ciudad.
Después del pecado de David
que impulsó a la muerte a su rival
Urías el Jeteo, desposado
con Betsabé, mujer a la que amaba,
su hijo Absalón se alzó contra él
y muríó en la propia guerra civil
a manos de Joab, su general
quedando suspendido en una encina.
David lo lloró. Su hijo Salomón
lo sucedió en el reino después de que
recibiera en un sueño la promesa
del Trono Perpetuo en Jerusalén
culminado en la Jerusalén Celeste
que vendría de la mano de Jesús.
Salomón fue conocido por Rey Sabio
y de lejos venían a consultarlo
la reina de Saba y otros monarcas,
de él proviene el Juicio Salomónico
entre un hijo por dos posibles madres.
Recibiera el don de la Sabiduría
por la oración que hiciera en Gabaón
en su coronación el primer día.
Él construyó el Templo en Jerusalén
para albergar el Arca de la Alianza
que hasta entonces estuviera en una tienda
de piel que había venido del desierto
el que Moisés e Israel atravesaran.
Fue matemática su arquitectura
en proporción copiaba el universo
con medidas arcanas inspiradas
por ángeles y otros mensajeros
del Templo de los Cielos.
Con Salomón Israel alcanzó metas
en territorio y riqueza sin par;
finalmente llegó la decadencia
al reino cuando su hijo Roboam
hizo la guerra a su hijo Jeroboam
el primero desde Jerusalén
y el segundo desde Samaría,
reclamando ambos la soberanía
de un pueblo que fue entonces dividido
entre Judá e Israel por causa de
los cultos que instaurara Salomón
de los pueblos que había conquistado
y de los que venían las mujeres
que formaban parte de su corte.
Los reinos divididos prolongaron
dos dinastías, y siendo Josías
rey de Judá el rey más destacado
que rescató los libros de la Ley
promulgándola de nuevo ante el pueblo
tras haber estado oculta en el tiempo.
Sedecías fue el último monarca
de Judá, nombre del pueblo judío
con Jeremías anunciando la derrota
a manos del rey Nabuco de Asiria
reino de la ciudad de Babilonia
heredado más tarde por Ciro el Persa
hasta el permiso de regreso en masa
de una parte del pueblo a Jerusalén
con Zorobabel como encargado
en época de la reina Ester,
esposa del rey Asuero el Persa
mujer de nacionalidad judía.
Los reyes presagiaron otro Rey
tras de los cuatro imperios sucedidos
como cuatro elementos o estaciones
hasta el Quinto Imperio de la Victoria
en el que fue implantada la Justicia
que devuelve la dignidad al hombre.

ENTREMÉS DEL VIAJE DE TOBÍAS

Fuiste la brisa de mi adolescencia
cuando mi padre me enseñó a caminar
por las sendas salvajes del tiempo
y me cosiste,
Ángel,
a tu enseñanza.
La casa estaba vacía
y salí a buscar por la mañana
la luz para los ojos de mi padre.
Y te me apareciste en el camino
en el deseo de mi juventud
recién vestido de eternidad
con la sábana blanca
de mi nacimiento.
Me tomaste de la mano
para que mi pie no tropezase,
germinó tu virtud en mi alma,
cuando me ayudaste
a pescar mi destino en el río
jamás desamparado de ti.
Yo soy un viaje,
compañero,
el viaje que vigilando me diste,
el corazón del pez de la memoria,
yo soy tu obra amanecida
en la Intimidad con que me desposaste,
al lado de la mujer llamada Muerte
y que ahora se llama Alegría,
en las escaleras del silencio,
en la alcoba de mi corazón.
OTOÑO
DESNUDO DE LOS ÁRBOLES

– Hoy estamos tristes,
ya nada se reprsenta – musitó Azarías con la mano en el mentón.
Los cuatro hombres miraban al río.
Sus ojos se llenaban de lágrimas.
– La vida discurre y se derrama como agua – confesó Ananías – Hemos colgado nuestras cítaras en las ramas de los árboles y solo escuchamos el lamento de la fuga de las hojas, hacia la Gravedad de lo Oscuro caídas, como notas hundidas del pentagrama del mundo.
– ¿Dónde está la fuente de todos los ríos?- preguntó Misael aplastando con el pulgar a un saltamontes- La dejamos en la pradera de Jerusalén, la Ciudad del Significado. Solos en Babilonia, muerto ya el rey Joaquín, no somos nada. Jeremías ha muerto, y Elías es leyenda.
El ruido de la corriente arrastró sus palabras.
– ¿Creéis que la vida os ha abandonado?- preguntó Daniel sonriendo, – no es así. El mandamiento más importante del Amor es meditar en su nombre, anterior a los nombres que Adán les puso a las cosas. Meditar en su nombre es obrar,
obrar de acuerdo con
su voluntad.
– ¿Y cómo podremos obrar y amar -preguntó Azarías- cuando el rey
Nabudonosor de Babilonia
nos ha traído aquí como rehenes
por los pecados de nuestros padres? ¿Cómo obrar así,
en el cautiverio,
cuando la égloga del Pastor Significado
ha sido desgarrada por la elegía
de la muerte y la melancolía?
– Fácilmente – repuso Daniel- Cantando el Nombre de Dios, lo sentirás de nuevo en tu interior, como la llama de la vida que perdiste. ¡Ea! ¡Cantaré para vosotros y os haré reír aún a pesar vuestro! ¡Este es el Romance de los Doce Jueces! ¡Abrid bien los oídos que el Teatro de la Emoción comienza!:

ROMANCE DE LOS DOCE JUECES

I
En los montes ya comienza
a mostrarse claro el sol;
es porque ya en vuestra mente
está pronta mi canción.
Doce son las tribus que
del desierto hacia el Amor,
siguiendo una voz llegaron
a tierra de promisión.
Doce, los meses del año,
doce, en el tiempo, son
el zodíaco del aire
firma su definición-.
Doce son también los Jueces
como una vid de intuición,
vid que en sarmientos dispersa
con sus uvas da su don.
No viene del hombre el juicio,
el juicio viene de Dios.
Él da a quien quiere su reino
al alumno de su amor.
Toda la tierra es suya
-la distancia es su mansión-
toda la tierra pero
el corazón del hombre, no.
Es el corazón del hombre
un pozo de libertad,
puede recoger el agua
o la puede derramar;
si la recoge está vivo
pues la vida en él está.
Si no es así testifica
sobre su inutilidad.
Porque con Dios es el Hombre
la misma y pura verdad.
II

Hubo muchos hombres justos
y otros tantos no lo fueron,
pero yo canto de aquellos
con virtud de mensajeros
que, dejando atrás su miedo,
solo de Amor se vistieron.
Yo conozco doce nombres,
muchos más no los recuerdo
pero recuerdo sus obras
que están en mi sentimiento:
Otoniel fue uno de ellos,
un sobrino de Caleb,
aquel que, solo en el desierto
con Josué fue bendecido
por el Dios que guarda el cielo.
Estando por ocho años
sometidos los hebreos
a un arameo tirano
por su mal comportamiento
pues es el pueblo culpable
de sus malos mandaderos-
él acarició la espada
y salió valiente, al ruedo,
con hombres que le seguían
y trajo victoria al pueblo.
Pero Otoniel fue a la huesa
y a otra se prostituyeron
los redimidos por Dios
que de valentía es dueño.
Como el mal se fortalece
cuando el bien reside lejos,
Eglón, rey de Moab,
venció otra vez al hebreo,
juntándose a otros salvajes
y de sangre se hizo un cetro.
Dedicó su vida Aod
hombre pobre y sin techo,
a fabricar un puñal
con dos filos de acero
cual la Palabra y la Ley
distinta al malo y al bueno.
Puso Aod el puñal
ceñido al muslo derecho
y subió a pagar tributo
al rey y a su Corte al tiempo.
Estaba Eglón como enfermo
muy pálido y muy obeso,
reclinado en su litera
cual cadáver opulento.
Le dijo Aod: “Oh, gran Rey,
decirte quiero un secreto.
Si no lo sabes, jamás
tendrás reposo en tu sueño”.
“No hay secretos para un Rey”
respondió Eglón, “habla, siervo”.
Y mandó salir a sus guardias
– codicioso era en extremo-
“¿Dónde está el tesoro?” gimió.
“Te lo doy. Aquí lo tengo”
dijo, y le clavó el puñal
en el vientre y hasta el cuento.
La guardia creyó que estaba
su rey dormido o durmiendo;
mientras relajada estaba
salió Aod del campamento.
Tardaba en salir el rey.
Al abrir, lo vieron muerto.
Y mientras en duda estaban
atacaron los hebreos.
A diez mil hombres mataron.
Moab se quedó en silencio.

III

En el agua de Siloé
los peces de las estrellas
símbolos de la memoria-
beben la noche secreta.
Las aguas cantan el nombre
de Dios con todas las lenguas.
El enfermo y el mendigo
vienen a bañarse en ellas.
Los halcones de la tarde
volaban en una meta
que era el cuadro del paisaje,
la caricia de la ausencia.
Solo el humano camina
con la mirada desierta.
En el tiempo son sus ojos
dos palomas en la niebla.

IV

No aprende el hijo del Hombre
lo que vale la virtud
hasta que con correcciones
Padre, se lo dices tú.
Cada árbol, cada río,
cada animal, cada luz,
son rasgos de tu sonrisa
de cuya entrega es la cruz.
Cuando retiras tu rostro
rompe el mundo su quietud;
se agitan todos los vientos
en la cruenta infinitud.
La raíz de la alegría,
el gigante árbol azul
del misterio de tu Mente
es nuestra pronta salud.
El alma busca tu Norte
desde su remoto Sur.

V

Es Débora una doncella
de caridad arropada,
el pobre encuentra cobijo
en la paz de sus palabras;
y el rico sueña su amor
en su cama perfumada.
Es Débora sigilosa
más humilde aún que guapa,
en las fiestas de los hombres
pudorosa y siempre casta.
Con celo busca el Amor
baja siempre la mirada,
no provocan sus gestos
ni sus caminos engañan.
Han ya pedido su mano
muchos jóvenes de capa,
de dineros y de bienes
tenían llena su casa.
Pero Débora no anhela
dulces apariencias falsas,
más bien a un hombre bueno
con el corazón sin mancha.
Aunque no es Lepidot
joven de tan buena planta
como el rubio filisteo
ebúrneo y lindo de cara,
o como el cananeo
oneroso de dádivas
con el oro en el bolsillo
y la púrpura de gala,
de sol a sol son sus manos
incansables hortelanas.
En los altares de Dios
nunca sus ofrendas faltan;
manso y llano de conducta,
canta siempre mientras labra.
Este, en fin, pide su mano
y con él ella se casa.
Por su justicia era Débora
la mujer más alabada
pues Dios, viendo su humildad,
le regaló su Palabra
y los dones florecieron
en su huerta bien regada.
Juzgaba al pueblo de Dios
entre Betel y entre Rama,
elegida profetisa
y sibila coronada.
Jabín, rico rey fenicio,
con carros de hierro estaba
amenazando a Israel
con Sísara y su mesnada.
Llamó Débora a Barac,
militar de diestra espada,
y le dijo: “Diez mil hombres
se arrojen como una plaga
en el monte Tabor
sobre Sísara y su armada.
Dios te dará la victoria”.
“No iré, si no me acompañas”
respondió Barac cobarde.
“Iré, mas no irá la fama
a tu nombre ni a tus tropas
sino a una mujer sin tacha”,
confirmó la profetisa.
En el Tabor la batalla
la victoria dio a Barac
mientras Sísara escapaba
a pie solo por los montes
y en tienda hebrea entraba.
Viendo Jael, que era apenas
una modosa muchacha
que el enemigo en su tienda
sin cuidado alguno entraba
dándole de beber
bajo alfombra lo ocultaba.
Creyó Sísara que aquella
mujer débil que temblaba
no podía delatarlo
y durmió bajo la manta.
Con un clavo de la tienda
ya la sien le atravesaba
Jael con un martillo
y en la tierra el clavo hincaba.
Mandó llamar a Barac
y el enemigo entregaba.
La astucia de los fenicios
ante Dios capitulaba.

VI

Como no basta el ejemplo
para convencer al cruel
que embriagado con el vicio
nunca deja de beber
-si no pide a Dios las fuerzas
en el suelo ha de caer
pues polvo sin espíritu
ni tan siquiera es ayer-
volvieron a la tristeza
los hijos de Israel
ya no cuidan de su Dios
ya se olvidan de su ley.
Con madianitas conviven
como descarriada grey
haciendo lo que vellos hacen
para el bien dejar de hacer.
Siete años los oprimen
en las garras del placer,
con violencia los gobiernan
pues violencia es el poder
sin los principios divinos
cuando el Amor no es su rey.
En Ofra Gedeón estaba
batiendo trigo –pues
esconderlo de Madián
pretendía hacer después-
cuando ángel de Pensamiento
lo llamó más de una vez.
“Hijo de Hombre” le dijo,
“héroe valiente has de ser”.
“Si tú,. que ves en el tiempo
afirmas eso, ¿por qué
mi pueblo sufre castigo
y mis ojos lo han de ver?”,
gritó Gedeón enojado.
“Ese celo es tu saber.
Vete así contra Madián
tu empresa he de proteger
porque no hablaste con miedo,
porque me hablaste con fe”.
“Te pediré una señal
si eres el Dios del saber.
Voy a hacerte un sacrificio,
tú mi fuego has de encender”.
El fuego encendió el ángel.
Gedeón diez hombres ve.
Tomándolos por la noche
un falso altar va a romper
que consagrado a Baal,
res trampa para el saber.
Terminada ya la hazaña
se detuvo sobre él
el espíritu del alma
el espíritu del Ser.
Muchos hombres lo seguían.
“Una cosa te diré”,
habló Gedeón al Verbo,
“ un vellón blanco pondré
no de oro ni de plata
sino de lana, de piel.
Sobre la era, mañana,
si tu rocío fiel
lo moja y el campo seco
está, yo partiré”.
Así fue por la mañana.
“El sentido invertiré”
pidió Gedeón a Dios,
del todo sin convencer.
A la mañana siguiente
Dios cumplió el pacto otra vez.
Ese vellón de lana
sería la Virgen que
sin pecado concebida
daría a luz al Gran Rey,
al mismo Verbo Encarnado,
Maestro del Comprender.
Ordenó Dios a Gedeón
sus mesnadas escoger
de entre veintidós mil hombres
solo diez mil después de
que los medrosos se fuesen-
de este cauto proceder:
hízolos bajar al agua.
Los unos, para beber
doblaron ambas rodillas.
Otros bebieron de pie.
De los que se doblegaron
dijo Dios: “ no han de ser,
pues con relajo se esparcen
y al agua ofrecen su ser
como a divinidad misma”.
Y escogió a trescientos que
bebieron agua a sus manos.
Con esos la guerra a hacer
se fue a los madianitas.
Con él estaba el vencer.
Dividió en tres sus mesnadas,
teas les mandó encender
ocultas en vasos de barro
los emblemas de la fe-
y, por la noche, muy cerca
de Madián los mandó romper,
quedando libres las luces
de las teas. Gritó después
con su ejército completo
no pudieron entender
la estratagema los otros
pues no puede conocer
a quien Dios no lo revela
el signo de su poder-
y, dispersos por el campo,
se asustaron como res
ante un verdugo secreto
y no supieron qué hacer.
Los soldados de Efraím
capturaron a su rey,
a Oreb, muerto en ese monte,
y a su consejero Zeeb.
Desvalido está Madián,
por el suelo su poder.
Nada queda del tesoro
cuando no viene del bien.
Quieren los hebreos todos
a Gedeón como rey
mas él se niega. A su finca
tiene prisa por volver.

VII

De Dios todo bien procede
pues su siervo es el Poder,
su creación es la Gloria;
la felicidad, su ley.
Si no guardas sus preceptos
no guardas tu vida, pues.
Siendo un héroe Gedeón
nunca le faltó el tener.
Engendró setenta hijos
cada cual de una mujer.
Un busto de su persona
se hicieron en Ofra los que
presenciaron sus hazañas
y se postraron ante él,
olvidando que de Dios
procedía su poder.
Así sufrieron los hebreos
al tirano Abimelec.

VIII

¿Quién es ese, quién es ese
que alza su frente de bronce
contra los hijos de Dios
y contra toda su Corte?
Atrevido y petulante
como sopla el viento Norte
son espinas sus palabras
y sus hechos son peores.
¡Cuán soberbio se presenta
enguirnaldado de flores
como un toro en la corrida
de los divinos amores!
En su almidonado pecho
pelean mil ruiseñores
con víboras enlutadas
de discordia surtidores.
“¡Escuchadme, hijos de Dios!”
multiplica su alma voces.
“Es preferible que reine
a que setenta os traicionen,
setenta son mis hermanos
y yo soy un solo hombre”.
Los bandidos lo creyeron
dieron crédito a su nombre.
A Ofra con armas bajaron
contra los setenta y sobre
una piedra a los setenta
mataron casi de un golpe.
¡No a todos! Jotam Se salva,
sube a Garizim, al monte.
Desde allí habla a Siquem
y adoctrina así a los hombres:
“Yo os cuento esta fábula:
Los árboles del bosque
quisieron tener un rey.
Ni olivo, ni higuera, ni roble
ni vid quisieron el cargo.
Entonces la zarza pobre
aceptó ese ministerio
diciendo: si soy noble
a vuestros ojos poneos
a mi sombra, si no, cobren
fuego mis ramas oscuras
y que abrasen todo el bosque.
Si Abimelec es bueno
cuando con violencia enorme
se rodeó de bandidos
y mató a setenta hombres,
que la tierra os dé sus frutos,
mas si no, que se borre
vuestra gloria de la tierra
pues habéis sido sus cómplices”.
Dicho esto, desterrado
cantando fue a sus labores
con paz en su corazón
dueño de todos los dones.
¡Feliz quien no hace venganza
y deja que Dios la cobre!
En Tebes estaba asediando
la quimera de una torre;
cayó una rueda de molino
sobre el cráneo y se lo rompe.
La arrojara una mujer
desde lo alto de la noche.
Muerto yace Abimelec.
Es un cadáver sin nombre.
IX

Nadie virtud por sí mismo
sin la ley de la moral
la conciencia del Lenguaje-
posee ni poseerá.
El que es bueno es porque el Bien
dirige su voluntad;
el que es sabio tiene dones
que solo el Bien puede dar.
Su descubres una mina
y pones todo su ajuar
de metales en tu mano
no será tuyo el metal,
mas si amas la virtud
todo lo poseerás,
desde la lejana estrella
hasta la última ciudad.
Yo te digo, compañero,
yo te digo de verdad
que sin amor es miseria
incluso la eternidad.
Si no respetas la ley
ella a ti te juzgará,
pero si la practicas
tu desgracia borrará.
En Israel han elegido
por jueces a Tola y Jair,
el segundo treinta hijos
tiene que cabalgarán
sobre treinta asnos y viven
en tierras de Galaad,
mas como no son virtuosos
pronto todo perderán.
Viene un hombre de camino
con la espada sin limpiar,
salteador y cuatrero,
de morena y torva faz
con perdidos que le siguen
para la vida ganar.
Se llama Jefté, su madre
fue esclava de lupanar.
Huyendo de sus hermanos
cien cuchilladas les da
a los que en campos de Tob
con fortuna llegan ya.
Pero están los ammonitas
violentando la paz.
Contra Israel se dirigen
sus tambores a tocar.
Buscan a Jefté los ricos,
ancianos de la ciudad,
le piden que los defienda,
mucho le prometerán.
El pueblo se arremolina
en torno a él en Galaad,
como un teatro en torno
al actor se reunirá.
“Sea yo vuestro jefe”
dice Jefté a los demás.
“Seré testigo de Dios,
brazo de su voluntad.
Sea su máscara yo,
interprete su verdad”.
Mandó correos a Ammón
demandándole la paz.
“Tú invadiste mis tierras”
dijo este sin piedad.
“Ni yo invadí tus tierras
ni te vine a violentar.
Yo pedí al rey de Edom
que me dejara pasar
cuando subí desde Egipto
cuando Dios dividió el mar.
Como tú no me dejaste,
tampoco lo hizo Moab,
rodeó Israel tus tierras
y en Arnón se fue a instalar”.
No razona ni argumenta
el mezquino y pasional,
ni de causas se persuade
quien confía en su maldad.
No tiene oídos quien no ama.
Sencillo es de comprobar.
Desde Masfa hizo la guerra
Jefté y se puso a orar:
“Si me concedes victoria,
Dios mío, si me la das,
lo primero que yo vea
de la guerra al regresar
te lo sacrificaré
a ti, como ofrenda y señal”.
Obtuvo Jefté victoria
con el triunfo ganó paz.
Por el camino de Masfa
a su hija fue a encontrar.
Se echó por tierra gritando,
las barbas se fue a mesar,
se arrancaba los cabellos,
no dejaba de llorar.
La hija que era, apenas,
doncella menor de edad,
sabiendo ya su sentencia
aceptó su voluntad.
“Dios, a quien diste mi vida
pronto me la pagará,
que él, quien todo ha hecho,
cien mil vidas puede dar.
Mas decido por dos meses
llorar mi virginidad
por los prados de las flores
en elegía verbal”.
Así responde la hija.
Mártir alumbra la faz
de quien vino a salvar vidas
con su muerte singular.
Los rigores de la ley
pronto se esclarecerán
como esclarece la lumbre
un mapa de oscuridad.
Quien ofreció su vida
a quien se la pudo dar,
paga con todo lo suyo
y Dios todo le ha de dar,
pues quien para vivir muere
a la Muerte morirá.

X

Después de Jefté fue juez
Ibsán de Belén siete años.
Casó a hijas e hijos
treinta en total, con extraños.
Elón lo siguió que fue
de Zabulón ahijado.
Por último el cano Abdón
concluyó el triunvirato.
Setenta nietos lo siguen,
que montan setenta asnos.

XI

Es como un rayo de sombra
el engreído filisteo
con la mente del marino
y la perversión del griego,
un pirata de los mares
descendiente de Japeto,
hijo de Noé en la Biblia
y en Grecia de Prometeo.
Sus dioses son la codicia,
la avaricia, el lucro cruento,
y su moral duplicada
el Leviatán del comercio.
No respeta los altares
de la vida: tierra y cielo,
durante cuarenta años
esclaviza a los hebreos.
Carga sobre ellos tributo
entre fiestas y entre juegos.
Se emborracha en vanidades
multiplica sus deseos;
infectado en bienestar
siente su espíritu enfermo
y llena su corazón
de sucios ídolos muertos.
Mientras tanto está Manué,
orando al Dios de los cielos,
pues su mujer no concibe,
sufre el azote del tiempo.
Sus años se van quebrando
y siente un nudo en el cuello.
Ya sus fuerzas le abandonan
solo respira silencio.
Una noche soñó Sara
se lo dijo un ángel bueno-
que tendría al fin un hijo,
su familia un heredero.
Su marido mucho alegra
sus cansados ojos secos.
Llega un hombre de camino
en el campo lo estás viendo,
a Sara habla, ella llama
a su marido al momento.
Dice ella que es el hombre
que le anunció el hijo en sueños.
Lo invita a comer, se niega
él a probar alimento.
Aún estaban los esposos
escuchándolo y atentos,
cuando ven sobre la llama
balancearse su cuerpo,
la llama del holocausto
que a Dios iban ofreciendo.
La piel del ángel estaba
unida al fulgor del fuego.
Admirados del prodigio
rostro a tierra se volvieron
los esposos y ya el ángel
se hizo solo sentimiento.
Pasado el tiempo prescrito
nació un niño, brote nuevo
de la estirpe de su padre:
Sansón lo nombra su pueblo,
con el corazón sencillo,
con el carácter de hierro.

XII

Ya beben los filisteos
en copas de oro y de plata
sobre mesas suntuosas
bajo las umbrosas parras.
Ya bailan, ya se divierten
con ceremonias y galas
tienen de marfil cuchillos,
tenedores y cucharas
servicios innecesarios
que consumen más que sacian.
Cuando la alondra se duerme
cuando la rosa del alba
se amortaja en la penumbra
de luceros ensoñada
cuando el murciélago surge
con el betún en sus alas
que incendió la cruel Sodoma
combustible de las máquinas-
aún danzan los filisteos,
aún en sus festejos danzan.
Bajó Sansón, ya mozo
a la población de Tamna.
Oye música tejiendo
trampa de tela de araña.
De una bailarina suave
esbelta como una garza,
cual la perla de la luna,
bella, agradable, lozana,
su corazón se ha prendado,
y prendido lo reclama.
“Padre, cásame con ella”
le pide al padre en su casa.
“Hijo mío, es extranjera”.
“No me importa si he de amarla”.
A bodas han convidado
los de Manué a su patria.
El día del desposorio
Sansón y sus padres bajan
con escolta hacia las viñas
que la población engastan.
Estaba un león dormido
al sol junto a una tapia.
Todos gritan al verlo
abrir la boca dentada.
Sobre el camino se acuesta,
interrumpe la jornada.
No deja pasar al pueblo
que hacia su destino avanza.
Nadie se atreve a la fiera
nadie procura hacer nada.
Mientras duda y tiembla el pueblo,
Sansón abre la quijada
del león con las dos manos.
Como un cabrito lo mata.
En lugar de hacer alarde,
no presume de la hazaña,
porque no lo ha visto el pueblo
y él tampoco dice nada.
Mas –pues todo ha de saberse-
la gaviota de la fama
por el mar de mil oídos
de las gentes lo propaga.
A Sansón nada le importa;
él va al balcón de su dama
a ofrecerle sus requiebros
a descansar en su falda.
Pasado el tiempo –la novia
ya era mujer casada-
ve el cadáver del león
a la vera de la tapia,
comido de moscas negras
con un panal en la espalda,
donde abejas libadoras
en su osamenta blanca
edifican su ciudad
llena de miel endulzada.
Se llena de miel los dedos,
a su padre va a llevarla
sin decir de dónde viene
como el bien surge en la Nada.
Celebra luego banquete
junto a su suegro, en Tamna.
A treinta mozos propone
imposible adivinanza.
No hay del tiempo esfinge muda
que así pueda pronunciarla:
“Del voraz salió alimento,
del fuerte dulce sustancia”.
Treinta túnicas les pide
y treinta mudas de lana,
caso que no acierten ellos.
De lo contrario, eso paga.
El enigma del Amor
para el sin fe ni esperanza,
es locura, y está oculto,
a toda experiencia humana.
No hay ciencia que lo explique
porque el sentir es causa,
porque solo Dios revela
con su espíritu en el alma
el sentido de las cosas.
Sin su don, nada se alcanza.
En el símbolo del león
que de sus huesos miel mana,
está Dios Padre, que el Verbo
dulce de la paz emana
que en nuestra boca ha cabido
transfigurado en Palabra.
Ni el superficial enigma
adivinan en la casa
vacía de trascendencia
y rellena de arrogancia.
Siete días hay de plazo
para la apuesta gallarda.
Al cuarto todos piden
a la novia que salga
a decírselo, pues temen
caer en miseria rauda
caso de no adivinarlo.
Sansón confiesa a la dama
vencido de sus lamentos.
Se rinde a lágrimas falsas
de los placeres del mundo.
No estaba aún ganada
la apuesta al séptimo día
cuando –el sol en la montaña
no se había aún dormido-
le dijeron los de Tamna:
“¿Qué hay más fuerte que el león?
La miel es edulcorada”.
“Pues con mi novilla arasteis
supisteis mi adivinanza”,
respondió Sansón y al tanto
venció en Ascalón treinta almas,
despojó a treinta del traje
para cumplir su palabra.
Abandonó a su mujer
tras la traición consumada,
mas su corazón endeble
aún así, con ella estaba.
Regresaba por la siega
con un cabrito a su casa,
le recriminó su suegro
que a su casa regresara.
“Termina con los pelasgos
luego luego mi alianza”.
Y asiendo trescientas zorras,
una a otra las ataba
por la cola y una tea
entre ellas colocaba.
Incendiaron en su huida
las mieses aún no segadas,
los olivos y las viñas.
Los cultivos se abrasaban.
Así cumplió Sansón
su enfurecida venganza.

XIII

Palestina es una tierra
cuyo nombre no procede
de peregrinos hebreos
sino de marinos crueles,
pelasgos o filisteos
del piélago procedentes
venidos allende el mar
con velas y timoneles.
Israel es heredero
-el extranjero rebelde
ha instalado factorías
y colonias en su sede-
Israel quiere ser libre
mas sus pecados lo hieren
con veneno de discordias,
con saetas de bajeles.
En la caverna de Etam
en sueños se arroja el héroe.
A Judá los filisteos
suben con armas rebeldes.
“¡Ecos de la Edad de Hierro,
argonautas del poniente!
¿Por qué nos desafiáis?
¿Por qué en la guerra, inclementes?”.
“Nos vengamos de Sansón
culpable de tantas muertes,
incendió nuestros trigales,
salimos a acometerle
y, enfrentándose a nosotros
acabó con nuestras gentes.
Lo queremos vivo o muerto
-lo recíproco consiente-
sino asolaré tus campos.
Judá, destruiré tus fuertes”.
A Etam fueron los hebreos
“Hemos hoy de detenerte”,
le dijeron a Sansón,
“aunque seas un valiente.
Los filisteos te piden.
Sabes que ellos son más fuertes”
“Atadme y llevadme a ellos”
les declaró, fiel, el héroe.
Lo subieron a un roquedo,
al altozano de Lehi.
Allí rompió sus cuerdas,
allí libertad inquiere.
Con la quijada de un burro
a mil hombres da la muerte,
pues la necedad de un asno
a todos los necios vence.
Pide agua en oración.
De su sed mana una fuente
en la roca más abrupta
y de sus cristales bebe.
XIV

Juzgó Sansón veinte años
a su nación renombrada.
Buscando amor de burdel
entró por la noche en Gaza.
Como los ojos de un búho
las estrellas relumbraban
como monedas de oro
como jazmines de ámbar.
Estuvo hasta medianoche
con la mujer en la cama,
batallando y descansando
sobre la sábana blanca.
Sabiendo los filisteos
que en la ciudad moraba,
cerraron con cerrojos
la puerta de la muralla.
Halló Sansón por la noche
solo, la puerta cerrada,
arrancándola del suelo
se la echó sobre la espalda.
En el monte Hebrón la puso.
La dejó bien colocada.
XV

En Sorec hay ruiseñores,
también áspides nefastas
también la cara bonita
de Dalila la Taimada,
astuta como raposa
hermosa como calandria.
Con sus ojos deslumbrantes
y sus trenzas perfumadas
es linterna de los hombres
que de lejos la reclaman.
Sus brazos blancos y tersos
avergüenzan las hazañas.
Músculos de su cariño
someten al alma amada.
Sansón en la lucha pierde,
sobre su pecho descansa.
Sobornan los filisteos
a Dalila la Taimada
con oro ágil de codicia,
intoxican su mirada.
“Dígasme tú, Sansón mío,
si es que soy tu bienamada,
cuál es ese tu secreto
que te da una fuerza tanta”.
“El secreto es un misterio
como de Dios la sustancia.
En mi fe solo reside,
mas es un acto su gracia.
Te lo diré, caprichosa:
Si con siete nervios me atas,
aún frescos, nada podré,
ni a un ratón daré lápida”.
Por divertirse ella, lo hizo.
Hombres tenía en celada.
Detrás de la puerta ocultos
le tendieron fatal trampa.
Sansón los sorprendió a todos;
secreta quedó la causa.
Vuelve Dalila a tentarlo.
Llora y dice: “¿Soy tan mala
para que en mí no confíes?
De antes no sabía nada”.
“Te lo diré, mujer terca”,
dijo Sansón, “si me atas
con cuerdas nuevas, aún frescas,
se acabará mi constancia”.
Volvió a engañarle Dalila.
Volvió Sansón a atraparla.
“¡Cómo te burlas de mí!”
volvió Dalila a la carga.
“Nunca tú me has querido,
por ti no me siento amada”.
“¿Y tú, acaso, qué me hiciste?
¿No te burlaste, malvada?”.
“No fue mi culpa, mi amor,
fueron ladrones ven zaga”.
“Te lo digo, te lo digo,
¡ así nunca yo te amara!
Atándome al telar
el cabello, pierdo gracia”.
No es necesario decir
que hubo mala fe en la usanza.
Por tres veces cae Sansón
y aún no se desengaña.
¿Probada está la mentira
por tres veces? ¡No! Aún hay cuarta.
Con lamentos se revuelve
Dalila, triste, en la cama.
Un abismo de hastío,
a Sansón le desbarata,
la mujer ya no lo besa,
la mujer ya no lo abraza.
“¡Esto es peor que la muerte!
Pues de mí acompañada
no puedo amarte, y sin ti,
el mundo me da nostalgia.
¡Te lo tengo que decir!
¡Tu curiosidad me mata!”,
dijo Sansón. “En mi pelo
reside mi arrogancia.
Nunca me lo cortaron
desde que nací. Desgracia
es decirlo, pues es voto
al Dios de las alabanzas”.
“¡Ahora sí que te tengo!
¡Te venció tu intemperancia!
Quien se fía de caricias
de este mundo, así acaba”,
confesó la cruel Dalila,
de la misma muerte máscara.
Sin fuerzas ya, vio Sansón
que los ojos le sacaban.
Fue lo último que vio.
Toda muerte se le iguala.
Siente que a dura muela,
con una cuerda lo atan,
la dura muela del tiempo.
No. No hay redención sin gracia.

XVI

Bronce duro de tristeza
al héroe vencido llora.
A un ídolo muerto, plástico,
hecho por manos traidoras,
una fiesta a un tal Dagón
-dragón que veneno aflora-
celebran los filisteos
para aclamar su victoria.
El pobre ciego, solo oye
las voces aterradoras,
el infierno de enemigos
que con su desgracia gozan.
¡El fatal remordimiento
es la culpa, delatora
disfrazada de recuerdo
con miseria por corona!
A pesar de su pecado,
ora al Dios que le dio forma:
“Oh, Señor, te traicioné;
te vendí en mala hora,
mas mi pecado no vale
lo que tu misericordia.
Ellos se burlan de mí,
de espectáculo me toman.
¡Quieren poner sus delitos
sobre tu divina norma!
Por última vez, concédeme
la fuerza en esta hora,
sea la hora de mi muerte,
sea la hora de tu gloria!”.
Escuchó Dios a Sansón,
le concedió la victoria.
Tres mil malvados estaban
reunidos con cruel pompa.
Agarra las dos columnas
que soportan la bóveda
y las arranca del suelo.
El techo se vuelve fosa.
Tres mil malvados murieron
-él también- Así convoca
el destino a todos ellos.
Bajo mal techo se arropan.

XVII

Doce signos de armonía
encierran la luz del sol,
que a través de su viaje
da a la tierra su calor.
La vida se enciende en todo,
una alfombra de verdor
hace próximos los campos
al cielo azul del amor,
y los mares lo reflejan;
la quietud le da color.
Doce sintagmas contemplan
el sello que nos creó.
Y en el silencio invisible,
en el Trono del Señor,
la fuente del pensamiento
-coro angélico- es el don
de la virginal Palabra,
Inteligencia o Canción.
No quiera hacer de este canto
la misma divinidad yo.
Él reside en las alturas
del eterno corazón.
No se acota con palabras
pero en Palabra se dio.
No quiera ser como Mica,
que un ídolo se forjó
en su casa y lo adoraba
de su dinero hecho dios.
No, como del extranjero
hizo Benjamín caución
– la tribu de Benjamín
cuando en Gaba abusó
de esposa de un peregrino
que en casa privada entró
provocándole la muerte,
pues raptado el honor
de la moral, nada tiene
ya el hombre a su favor-
provocando así la guerra
venenosa de dolor
que abre heridas en los hombres
de muy tarda curación,
mata al hijo antes que al padre,
llena el mundo de aflicción
deja la tierra desierta
las viñas sin viñador.
Como un miembro que amputado,
ya no alberga en su interior
el don pleno de la vida,
así el hombre sin amor.
No te desesperes, hombre.
Pronta está tu redención.

Las grullas alzan el vuelo en el Tigris
cuando Daniel enguirnalda de silencio
el cedro de oro de su canto.
Así habla Dios del sabio literato:
“Contarán las naciones
su sabiduría,
y la asamblea pregonará su elogio.
Si subsistiere, dejará nombre por mil,
y si pasare al eterno reposo
crecerá su fama”.
El crepúsculo ofrece como un toro
su vigor purpúreo a la noche;
las hojas del álamo arrancadas
beben el aire del Céfiro helado.
Pero el Poeta,
vaso de barro herido,
siente el laurel brotando de sus sienes
como verde vidriera de esperanza.

-Bien has cantado – celebra Misael- Yo he visto que las gotas de la lluvia se elevaban
y los astros en coro se abrazaban.
¡Lástima que todo concluyese!
Regresamos de nuevo al hastío
del cautiverio. Nos cortaste las alas
del alma cuando la música expiró.

-¡Tristes de nosotros! Los chacales huelen en el llano la sangre de nuestros padres. Descienden en presagios los buitres
a devorar un cadáver de gacela.
¡De nuevo la gravedad misteriosa
y el enigma de nuestra desgracia!

¡Hasta las hormigas nos recorren!- clamó inconsolable Ananías.

Crujieron las torres del viento.
La película del río, desbordada,
destruyó los semblantes de las cosas.
En el Éufrates soñaban unicornios
y dormitaban cocodrilos e hipopótamos,
y los siluros desnudaban fango.
Entre dos ríos, entre dos fechas,
la del Nacimiento y la Partida
los cuatro meditaban
a lomos del caballo de la nostalgia.

Mientras,
eléctrica de voces,
Babilonia,
pendía en sus jardines colgantes
barrocos como pámpanos de vid.

Una lágrima cayó al centro del día
y se amortajó en espectros la noche.
Nacían selvas de aromas
con propaganda de papagayos
en el óxido de la soledad
hecha de las máquinas del tiempo.

En la higuera se posó la luna
y el leopardo, sigiloso, se borró
de la descripción de este destierro.

El Poeta Daniel
oró por todos
antes de dormirse en la providencia.

Soñó
que Nabucodonosor, el rey
de Babilonia, lo llamaba
para que interpretase su sueño.

El sueño del rey era
una estatua de cabeza de oro
pecho y manos de plata,
cintura de bronce,
flancos de hierro
y pies de hierro mezclado con barro.

Una piedra sonora la rompía.
Después, la piedra crecía
hasta hacerse montaña sin medida.

Cuando Daniel despertó
estaba bajo su cama de púrpura
de ministro de Babilonia,
y la égloga se había desvanecido.

No estaban sus amigos con él.

LA TRAGEDIA VENCIDA

Entonces entró en su alcoba Arioc
sin llamar a la puerta, cual espectro,
el capitán de la guardia del rey,
y le informó: “El rey ha decretado
la muerte de todos los sabios,
de todos los científicos físicos y lógicos
porque ninguno ha interpretado su sueño”.
“Condúceme ante el rey” dijo Daniel.
“¡Oh rey!” clamó ya en su presencia
Daniel como una flauta lírica,
“Tus sueños son las cuatro edades
del Hombre, es decir, su Experiencia.
La Piedra es la Palabra Revelada
que las romperá como el barro
para construir un nuevo orden,
el Monte de la Mente Liberada
que solo Dios puede conceder.
Se encarnará su Palabra en nosotros”.
“¿Qué tengo que hacer?” preguntó
el rey. “Solo escuchar”,
le aseguró Daniel,
“no cierres los oídos a su Voz”.
El Gran Misterio de la Encarnación
de la Palabra estaba revelado.
Daniel fue nombrado Gobernador
de la provincia de Babilonia
y jefe de sabios, Administrador
de los bienes del reino.
Pero en el escenario del espacio,
papel de los pasos del hombre,
la tragedia del odio iba a gritar.
En Dura,
en la llanura de Dura,
el rey edificó una estatua de oro,
y ordenó en absurda Apoteosis
rendirle culto y adoración
como a un ser vivo cuando no lo era.
Ante su brillo Augusto
y su delirante mentira
ordenó arrodillar a los amigos
de Daniel: Ananías,
llamado Sidrac en caldeo;
Misael, llamado Misac,
y Azarías, llamado Abed-Nego.
Al negarse a cumplir la orden del rey
fueron llevados a su presencia.
“Confesamos” alegaron ellos
“que no adoramos a ningún dios visible,
sino a aquel que se revela a veces
por medio del Amor”.
El rey enloqueció de ira,
pues el capricho de su autoridad,
no reconocía a ninguna otra.
“Encended una hoguera para ellos,
un castigo ejemplar,
por ser enemigos del orden público
y por rebelarse a mis órdenes”.
Incendiaron de ira un horno
encendido siete grados más
de lo que para cruentos sacrificios
-no hay mayor sacrificio que la muerte-
estaba preparado ( Es el fuego
del mal el que quema al pecaminoso)
y ataron a los justos con su ropa
y de las quemaduras de los siervos
– pues era el fuego de calor extraordinario-
murieron estos, tal era su grado.
Entre las llamas,
lazos abrasadores del fuego,
andaban los tres jóvenes rezando
y cantando a Dios invocando su nombre
en mitad de las fauces del peligro.
Y Dios los escuchó, y su piel
no fue tocada por el fuego,
y fueron sus figuras preservadas.
Mientras tanto
con betún, estopa, pez y sarmientos,
los siervos del rey atizaban el horno.
Y se extendía la llama como lengua de dolor
cuarenta y nueve codos abrasando
a los que se acercaban a su hoja invicta.
El Ángel del Señor
-su misericordia hecha forma de lenguaje-
hizo soplar un viento fresco de alegría
en el interior del horno,
el don de su propio espíritu, la fuerza.
El rey jamás vio nada semejante
y el asombro lo volvió mármol antiguo
y ruina de museo su mirada.
Vio a un hombre entre los tres en el fuego
-imagen de su fe- que cantaba con ellos.
Fue entonces cuando conoció su Nombre.
LA VIRGEN HUMILDAD

I
Así fue como la Virgen
Temis, la Justicia,
reinó sobre los hombres.
Paseábase por Babilonia el rey
contemplando
los platanares y los cocoteros
de su riqueza hecha de apenas tierra.
“A nadie le debo mi fortuna”
se engrió el rey,
“ bajo los signos
del sol y la luna soy el jefe
de la ley de los hombres”.
Aún no había terminado la frase
cuando en el cielo de su mente oyó una voz
y sintió esa voz
– su Significado-
en la vestimenta del paisaje:

“También tú pasarás por la desgracia
y los vientos serán contrarios
a la vela candente de tu alma”.

Una enfermedad de pasajera fiebre
hizo caminar a cuatro patas al rey
mientras crecía su pelo como plumas de águila.

Pasados siete años
viviendo en el campo como fiera,
rumiando la hierba de los prados,
aprendió el octavo a ser persona,
y recuperó la cordura
basada en reconocer la Verdad:
“Un principio divino nos gobierna”.

II

El rey Baltasar está en un banquete
donde sobra vino, pero falta el agua.
Suenan los metales como en una fragua.
De mil que lo siguen solo cantan siete.

En la noche rota se borra la luna,
en los estanques no croa la rana.
El rey ya no sabe lo que le entra en gana.
Avanza la sombra sobre la laguna.

Le aburren los pianos de las intenciones,
se dobla el mañana como un junco herido.
El rey está solo en medio del ruido,
en un cementerio de tristes visiones.

La fiesta apenas empapa sus labios.
De anfiteatros su mente está hastiada.
Percibe la boca abierta de la nada
como una ballena tejida de hados.

Sus dioses amargos vomitan la escena,
están disfrazados en su intemperancia.
El rey se evapora en la blanda distancia.
Se vuelve misterio el manjar de la cena.

Y una mano escribe en la pared su sueño,
una palabra al fondo de su hondo miedo,
que borra el banquete con un solo dedo.
El rey se despierta. Conoce a su dueño.

LA POBREZA

I

Brota la Poesía del Silencio,
como brota el agua de las peñas
en un soplo de plata.
Al principio es susurro de Pobreza,
después extiende sus símbolos a la luz
como las hijas verdes de los árboles.
Se engrosa su cauce, se dora su transparencia,
se vuelve su ausencia canto.
Sus raíces succionan el Sentimiento,
y absorben la tierra de la emoción
en la vertical piedad del tronco,
columna del azul.
En la vertical piedad del tronco
se agrupan en enjambres las hojas
sujetas en el cruce de las ramas
con el aire por única medida.
¿No era una planta de ternura apenas
la que en la mirada se convierte en árbol?
¡Mírala ahora
como la Esposa del Amanecer!
En el vacío, nido de la semilla,
ha germinado el coro del tiempo,
y es ella el Lenguaje, más allá de nosotros.

II

El Poeta
camina pisando leones
en el foso de la ingratitud.

Ha incumplido el Edicto del Rey:
“ confesar al Bien sobre su autoridad”.
Pero en el abismo
los colmillos no atraviesan su piel
y en sus tinieblas brilla la luz que acoge.

La raída dama de la Verdad,
alzando al niño del Ser a los ojos,
delante de los leones es estatua.

Se enciende, poco a poco, otro paisaje,
la paz susurrada en el motivo,
mientras yace tendida, la amargura.

III

Aunque en la noche me vea
– dice el Poeta sincero-
ni toda la eternidad
puede negar lo que siento.

Juega conmigo la sombra
a pintar negro el temor,
pero en el centro del eco
late mi fiel corazón.

Desde el candor de mi vida
camino en la soledad.
Está secreto en el fondo
de la muerte la verdad.

Cercan murallas de ruido
mis manos que ya son alas,
yo no le temo a la muerte,
si tú me sigues, Palabra.

Si tú me sigues, Palabra,
esta cárcel desharás,
pon tu semilla en la noche
y el milagro será ya.
IV

Se encarama la voz al sepulcro,
donde el Poeta se ha hecho solo sombra,
y cayendo la piedra al término
el espíritu preserva el espacio.

Daniel se lanza
a la claraboya del aire
y vuela su nombre en el oído.

V

Suda la memoria del Rey
cuando recuerda el martirio del Poeta.
Sus manos tantean el silencio
hecho de bronce frío y de retratos de viento.
Todos los siglos pesan sobre el Canto
sepultado y jamás profanado
como un río que excava la ausencia
y que disuelve el dolor
y que desnuda el velo de la tierra.
Desciende
los peldaños de su enigma
hecho lira de música a la huella.
Un espejo de luz cae en la sangre
y alumbra en su piedad el día.
El Rey abre la trampa de la noche
y encuentra en su centro,
al Ruiseñor del Ser, al Concepto
inmerso en la imagen sencilla de un hombre
y reconoce en su voz
al océano de todas las voces,
al sucesivo reino del Principio,
Amor,
deseo sin temor hecho morada.

VI

Los leones
del temor no han tocado su cuerpo.
Su pensamiento
camina en la paciencia del asombro
hacia el rostro y herida del día.

Pero en el epicentro del llanto
en el temblor de la incierta duda,
han caído las armas del Enemigo
y todavía no han regresado.
LA PROFECÍA Y LA ESPERANZA

Entonces
ya a salvo,
dijo el ángel a Daniel
cuando oraba a Dios:
“Te revelaré
la Metáfora
y su Sentido.
Setenta semanas
– cada día es
un año-
pasarán,
licor de Tiempo,
y al final
conoceréis el nombre
de Dios con todas sus letras
y será un hecho la misericordia”.

Caía la tarde
y el sol descendía con sus signos
hacia el beso infinito del mar.
“¿Quién soy yo”
preguntó Daniel,
“para que me sea revelada
la Esperanza?”.
“Eres el Vate de Dios,
el timbre
de su inacabable Voz”,
respondió el ángel.
“Lo invisible ahora
con la noche por frontera
será visible mañana.
Se quebrará
como el barro
vuestro cautiverio
y viviréis por siempre
con el corazón libre,
y seréis Iglesia verdadera,
Cuerpo Moral,
cuando recordéis su Nombre
y atestigüéis
la misericordia
clavada en vuestra vista,
en vuestro sentido,
manifiesta,
no solo al que ora y medita
sino a quien estuvo excluido y relegado
a la ignorancia de la pobreza,
al que estuvo bajo el pie del hambre
y fue esclavo del proyecto de otros.
Habrá un solo Héroe,
y será Pastor Ejemplar de todos,
y la confusión claudicará ante la fe
de su intachable conducta
porque vuestro corazón es su bandera,
y miles, como luces,
lo seguirán,
todos los buenos que a la alegría
sin fin nos conducen”.
Dicho esto, voló en un soplo el ángel.

LA RED DESCUBIERTA. FIN DE LA MENTIRA

I

A la joven Susana han seducido
en su jardín ocultos dos ancianos
-¡mirad qué dicha, casi dos gusanos
en selecta manzana se han prendido!-

Los dos le han solicitado nido.
La calma se ha caído de las manos
de la joven, que en teatro de arcanos,
la comedia aún no ha reconocido.

Levantan testimonio contra ella
– ya quisieran levantar lo imposible-
mas no se aclaran en sus dos versiones.

El Poeta a la red de su querella
muestra su voz, palabra inconmovible.
¿ Acaso a la Verdad hay discusiones?

II

Mas no acaba todo aquí,
que después de esta salida
han puesto cerco a la vida
vendedores de “es así”.
A todo dicen que sí
excepto a lo verdadero.
Coronan a un dragón fiero,
lo alimentan con su saña.
A la gente toda engaña
el poder de tal dragón.
“A mí denme la misión”
pide el Poeta a los hombres,
“ de descubrir esos nombres
que están detrás de este fraude.
Cuando en silencio recaude
toda esta información,
reventaré a tal dragón
dándole para comer
otro engaño, y podrán ver
que es bicho muerto su don”.
Se ríen los comerciantes
que viven de la mentira.
Locura dan a la lira
por emblema los farsantes.
“¿Quién al engaño del mundo,
al dragón de la Ignorancia,
beneficio de la rancia
estirpe de los perversos
puede combatir con versos?”
dice el Mal con arrogancia.
Aún reían con jactancia
con la furia de sus dientes
los funestos pretendientes
de la requerida Muerte,
cuando el dragón cae inerte
y vomita su veneno,
indigesto con el cieno
que le dio a comer el Vate.
“Señores, pues ya no late”
dijo Daniel con dulzura,
“ de su infiel literatura
el pulso del corazón.
¿Cómo sin pedir perdón
se trataron de engañar?
Así les ha de dañar
la semilla que sembraron.
Para ruina negociaron.
Esto les ha de enseñar”.
ENTREMÉS DE ESTER

Persia, este reino es
Como la Nada
Yo me siento, aquí, pues
Abandonada.

Confundida en la Nada
no quiero estar.
Y Que el Rey me perdone
por mi piedad.

Yo en su Palacio busco
su sombra amada,
me arrojaré al peligro
de la ancha Nada.

No me importa la armada
que haya a tu puerta.
Para mí es tu mirada
la vida cierta.

En teatro me muevo
cuando no estás.
Navego un mar que bebo,
en soledad.

Al órgano que canta
en mi voz rota,
le he dado mi garganta,
postrera nota.

En tus brazos mi verso
se ha desmayado.
Vence el destino adverso.
Salva mi estado.

Mi pueblo está sufriendo
Por la injusticia,
Yo tu mujer, entiendo
Bien la noticia.

El odio ha separado
Lo antes unido,
Mi pueblo está aterrado
Por este ruido.

Un genocida habita
En tu palacio,
De tu poder se excita
No va despacio.

Se sirve en tu persona,
De la justicia
Después tu alma traiciona,
Con la avaricia.

Por odio ha amenazado
A su cabeza,
Mi pueblo está asustado.
A su dios reza.

Las leyes instituidas,
Son en sus manos
Como telas urdidas
Por los gusanos.

A mi mismo la muerte
Me ha amenazado
¡Es un delito el verte,
A ti, mi amado!

Hamán, que te mancilla,
Odia a la tierra
Porque no se arrodilla
Ante su guerra.

El tirano quisiera
Estar sentado
Y el pueblo, tu bandera,
Arrodillado.

Mi pueblo solo adora
Al dios, no al hombre,
Pues el mortal en su hora
Busca su nombre.

A mi tío Mardoqueo
Por no aceptarlo
Lo hirió con el deseo
De asesinarlo.

Levantó en su querella
Una horca, ¡horror!
Para colgar de ella
A tu servidor.

Con tu sello ha firmado
El exterminio
De mi pueblo apreciado
Con tu dominio.

La ley no me permite
A mí opinar
Aunque mi pueblo grite
¡Tengo que hablar!

Aunque la ley condene
Por informarte
A tu mujer, que viene
A ti a llamarte.

Sin tu llamarla a ella,
Ley que es injusta,
Yo tengo una querella
Del todo justa.

Si por eso la muerte
He merecido
A mí, que vengo a verte,
Vano partido,

Haz algo por ti mismo,
Pues tus aliados
Se vuelven un abismo
De conjurados,

El ministro ha comprado
Sus voluntades
Déjalo despojado
Por sus maldades.

“ Ester, reina preciosa,
dijo el monarca-
no te turbes, hermosa,
por mala parca.

Que si la ley no es justa,
No es un delito,
Asustar al que asusta
Con este rito.

Otra ley firmaremos
Que anule a esta,
Y a ese ministro haremos
Aguar la fiesta.

Traedlo a mi presencia!,
Tu horca, ingrato,
Será para ti ciencia
De tu maltrato.

A ti te colgaremos
De tus traiciones,
Y al pueblo saciaremos
De estas lecciones.

Siempre es sueño el poder
Tú, humano, dueles,
Pero es nuestro deber
Ser siempre fieles.

Pues la injusticia existe
En todo el mundo,
Pero ella no persiste,
Dura un segundo.

La tierra evoluciona
Hacia su alma,
El rencor se aguijona,
En vana calma.

La justicia es la luz,
La caridad,
Es su mayor virtud.
Es su verdad.

Nuestra débil semilla
Será algún día
Arbol de hoja sencilla
Que el cielo envía.

Ester, sé defensora
De nuestras almas.
Mi corazón te adora.
Pues tu lo calmas”

.

SEGUNDA PARTE
( LA VISIÓN DE EZEQUIEL)

A LA ORILLA DE LA LÁMPARA

Junto a los cautivos estoy
y en el otoño de tantas generaciones
he visto el Camino del Porvenir
desde mi ventana.

Soy Ezequiel, labrador de la vida,
y hablo por boca del que escribe
en el papel blanco del destino
y me siento feliz

de fotografiar el Futuro
y de filmar la Era del Amor
en mi mediocridad manifestada
como día de todos.

No soy un letrado ni un legista,
soy solo un hombre que amo a mis hermanos,
y mi voz se parece a la hierba
que humilde crece.

Mi vida fue pretexto de esta imagen
que pronto todos los reinos verán.
No deseo otra cosa que el deseo
de los que escuchan.

Si mi conducta ha sido a veces mala,
pido perdón por todos mis errores.
A la orilla de la lámpara del Ser
voy a decir el Tiempo.
EL OJO Y SU IMAGEN

Vi como ruina deshaciéndose
el privilegio de las cosas en el viento,
y una nube
que con propio fulgor brillaba
aún más que la mayor
ilusión de mis sueños.
En la brasa del fulgor,
en su alimento de energía vi las cuatro
figuras de la distancia,
y eran
el cristal de las Cuatro Estaciones
limándose en éter:
un hombre, un león, un buey y un águila
brillando
en el secreto Evangelio de la Aurora,
en la materia
hecha de nada como madre
del todo que siempre está por venir.

LA TIERRA DE LOS PROFETAS

Los Profetas,
precursores del Poeta
que ofrece la Palabra a los hombres,
forjaron la tierra que pisamos,
la ante-patria,
el preámbulo de la unión.
Nacieron en las orillas del Lenguaje
y se desnudaron del traje
de las horas como estrellas que
encendieron el pan del sol:
Isaías fue el Lucero Polar,
Jeremías el Septentrión,
Amós el sinuoso Serpentario,
Oseas la sílaba de Orión,
Miqueas el lento Boyero,
Joel la nebulosa Andrómeda,
Abdías la Corona Boreal,
Nahum su hermana Austral,
Habacuc el Fénix renacido,
Sofonías el Can Mayor,
Ageo el ligero Can Menor,
Zacarías las Hespérides o Pléyades,
Jonás las lejanas Híadas,
Malaquías el Cochero o Auriga,
Elías y su siervo Eliseo
( resumen de todos los profetas
cuya imagen fue Juan El Bautista)
la remota y ardiente Cruz del Sur.
Una estrella nueva,
jamás conocida,
un lucero errante, seminal cometa,
desde Oriente rutilando
en el papel-eco de las constelaciones,
encerraría
en el ojo del Sol la luz completa
que daría colores al mundo
como nombres dio Adán a las cosas.
Esa tierra ya no sería
jamás valle de llanto donde la lluvia se posa,
sino piedra y altar
en diversas figuras labrado,
en plural acorde fingido,
desde el cual remontar la vista al cielo
mental de la luz materna
y escuchar la Voz,
el cuerpo vibrante de la Voz
en el silencio fiel de nuestro vaso.
EL CARRO DE LA ALEGRÍA

“Y miré”
declaró Ezequiel cantando,
“ sobre el Mal –lodo del mando-
y un carro de alegría contemplé.
En el zafiro de mi infancia
el reino que alma escancia
lejos de espinosos negocios,
raptores de reposos,
en la sinfonía natural
de sentido siempre vertical
que hacia la paz nos conduce,
rural como la misma vida
que al principio se insinúa en herida
y al dilema libre nos reduce-
se dibujó el Carro de la Voluntad,
el Progreso sin fin de la Verdad,
entre el rubí de dos querubines
los límites del tiempo, los confines,
principio y final de nuestro día,
que retratan nuestra biografía-.
Y como los árboles, los muertos,
alzando su silueta en los desiertos
con el hálito de la Poesía
de a quien pertenece el Poder,
cuya bondad es en nosotros saber,
se vestían otra vez de aliento
y respiraban en vivo momento
desde la planicie de la Nada,
porque la Palabra Del Que Puede
les había sido dada,
para que solo
la fábula temporal que lo precede
en el camino de sus pasos quede.

ENTREMÉS DE JOB

I
No morirás
amigo, en tu desgracia,
ni la escama de la Enfermedad
que te soñó
úlcera de dolor
podrá hacerte su semejante.
He de pronunciarte de nuevo
y mi soplo te resucitará,
y serás ligero como luz.

II
¿Quién hizo
escabel de la tierra
y trono del cielo
y en medio de su dilema puso al Hombre?
¿Quién puso el firmamento
por voz?
¿Quién te ha pronunciado?
Solo el mal es ironía
de su Gracia, mas él te curará
porque a través de tu vida habla.
Tendrás por herencia las montañas
de los pensados ángeles
en el consuelo de mi presencia.

III

Evítame, oh cárcel,
dice el Hombre,
infierno del desconocerte,
química indiferencia
de los átomos sin tu decir.
En el cenit del acto,
en la trompeta de mis huesos,
aguardo
los cabellos de tus bienes
trepando, vegetales,
por la queja de mi pobre vida,
por la agonía de mi pecado
gangrenada de silencio.
Búscame y me hallarás
tendido en un parto de ceniza
sobre el colchón del insomnio
con pocos amigos por recuerdos,
desbocada mi esperanza
en la fractura de mi débil sombra,
con la camilla de mi cuerpo
por tributo de tu voluntad de roca.
Articularás mi despojo,
y florecerán mis lamentos
derrumbados por la intemperie,
y volverás mi boca corazón,
y solar me formarás, como tu nombre.

IV

En mi voz
sembraré tu esperanza.
El mundo
empezará de nuevo en ti.

ENTREMÉS DE SAMUEL Y LOS REYES

Joven que escuchó la voz de Dios
que pronunciaba con agrado su nombre,
del templo servidor, Samuel, bendito
hasta del enemigo que te amó.
Abriste los ojos de Helí,
el sol del templo, cuando al conocerte
presenció la virtud de Israel.

Joven que escuchó la voz de Dios
que pronunciaba con agrado su nombre.

Coronaste al primer rey de tu pueblo,
a Saúl, corrompido por el odio,
víctima de suicidio en Gélboe.
Ungiste a David, figura que
cantó el advenimiento del Mesías
y cuyos pasos fueron viva sombra.
De tu virtud
la bóveda del Saber
en Salomón tuvo su arquitecto.

Joven que escuchó la voz de Dios,
que pronunciaba con agrado su nombre.

De Salomón, riqueza a veces cruenta
a veces el Saber es vano cuando
no se sustenta en firme convicción-
fue dividido Israel en dos mitades:
Jeroboam y Roboam precisan
la división de intereses en el pueblo.
Aún así, el germen de la virtud,
llevaría la fragancia de la nueva
flor hasta la Patria de la Palabra.

Joven que escuchó la voz de Dios,
para siempre sea virtud su nombre.

 

INVIERNO

( PRIMERA PARTE: LOS CINCO SENTIDOS)

EN ESTE INSTANTE: VISTA

Está la viña sitiada por la nieve. Un ejército de frío cubre la tierra. Las huellas se borran en lo blanco. Hemos perdido la referencia. Los montes, valles, prados y colinas son un secreto bajo el manto de duda de la nacarada sombra. Aquí y allá sangre de venados y de corzos, residuos de lujo y púrpura abandonados por los pasos tristes de una manada de lobos.
¿Qué hacer más que guarecerse en torno a la hoguera y contar algún cuento, algún milagro?
Los pastores y los niños, aún asustados por el clarín de los soldados, dueños de la Ciudad y siervos del Emperador del Mar, se ocultan en una choza con un letrero que reza: “JERUSALÉN” o “CASA DE ACOGIDA”.
La Loba- así denominan los soldados a su bandera, o también Roma, o también Imperio del Dinero- ha invadido el territorio helado por sorpresa. Un enorme ataúd de mármol es la vida. ¿Quién nos devolverá la libertad perdida y los nombres ocultos de las cosas?

LA VIDA RECIÉN NACIDA: OÍDO

Hay una estrella nueva en la pantalla del cielo. ¡Mirémosla! ¿De dónde vino? ¿Será el corazón de nuestro deseo? ¿Una actriz de las alturas? Viene su carabela desde Oriente dividiendo el zafiro del Tiempo, que ya son los tiempos, hijos de la Equidad. Lo imaginado, el Tesoro de la Deducción, se ha hecho visible. “Es la Corona de un Rey” han dicho los monarcas que la han seguido. “Pero, ¿de dónde procede, de dónde?” se preguntan todos. El Ángel del Sueño les ha hablado a los Pastores.

EL ACONTECIMIENTO: OLFATO
Están las trompetas del alba derritiendo la nieve. Todos los libros dicen lo mismo. En la piel de la Nada – vellón de inocencia blanca-, en la estación de las despedidas canta el gallo, clarín de los viajes. ¡No es un cuadro plano ni una postal ni un decorado; es una persona! Ella, la Humildad, lo arropó y lo concibió de un sueño, y se convirtió en la Belleza de la Esperanza. Él no es uno de nosotros: somos todos los que lo imaginamos cuando nuestro corazón hablaba. “¡Locura!” han exclamado los locos engañados por la perversidad. ¡Al menos nuestro modelo está vivo! Los que no lo han reconocido han sido desterrados de la Lógica, monte medular y santo que nos une.

SU LINAJE: GUSTO

Brote de Judá fuiste, báculo hecho de crecimiento. Tamar, la meretriz de la Pobreza, del Trabajo y de la Miseria, por la humillación del Sufrimiento alumbró al Faro del Mundo, Fares llamado, linaje del segador Booz el generoso, quien en la espigadora Rut, peregrina de Moab, otorgó tronco a tu árbol. Tu antepasado David fue tu figura, la lira-palco que anunció tu nombre y tu llegada a nuestra Obra Cotidiana, incansable tejido de la Parca Memoria, también necesaria Musa. Y ahora tu boca es el renuevo y el germen, la célula y la lengua que insinuará precisos nuestros pasos hechos por fin Camino.

EL REINO DE LA PAZ: TACTO

Todo por ti y para ti fue creado, Hijo Primogénito del Hombre, en el cual se encarnó el Verbo –la Sabiduría del Dios Desconocido del Principio- para que a través de tu figura viva fuese comprendido. Aprendimos a leer el mundo confiando en la bondad de tu ejemplo. Fuiste Símbolo Firme, héroe de héroes en el mar de las generaciones. No te reclinaste en el Magisterio del Pasado, en la grabación de la Voz de los Ancianos. Aceptaste ofrecer tu vida por tinta inmortal de las Letras, y tu nombre necesario como el pan fue Todos. Cuando llegaste al tacto del tormento, a la madera de la muerte, no tembló tu voz, Palabra-Cuerpo, Poema Táctil y Lámpara de nuestro Sentimiento. Reinaste sobre la muerte de la indiferencia, nocturno cuervo, ave equívoca del temor. Somos riqueza, sonrisa, pan y pueblo desde entonces. Estamos desde entonces vivos, más allá de los sueños que pasan.
RETABLO DE LA REDENCIÓN

Acto Primero: El Pescador de Hombres

Escena Primera: El Bautismo de Jesús

Yacía la comarca de la calma
en las ondas del Jordán como un espejo,
cuando Juan vestido
de piel de camello bautizaba
con agua de conversión
en la venera pálida de la fe.
El pueblo tenía puestos los ojos
en su ministerio y la atención
vestía los mármoles de Roma
y esculpía los mitos de la Noche.
Descendió el Nazareno
del Desconocido y en la hilera
de almas de piel sensible
se bautizó también con los demás.
Aún estaba orando
cuando el cielo abrió su misterio
y una voz consciente se confundió
con la paloma de luz de la memoria.
Era aquel el Hijo del Origen.
Todos en su interior lo supieron.
Escena Segunda: Las Tentaciones

Humilde perla fue Jesús,
diamante del Consuelo
arrojado al desierto indiferente
de la soledad deshabitada:
Cuarenta días anduvo
sobre arenas de fuego,
en el destierro del camino
para labrar
la noble piedra de voluntad
con las facciones del esfuerzo,
única encarnación del Amor,
deseo en verdad armado.
Tres veces el Diablo
-el Cansancio, cruel Temor-
se le apareció en el Hambre,
en el Abandono y en la Muerte
y lo engañó con pistas falsas de placer
que a despeñaderos de tristeza
conducen al peso de la ambición,
fiebre de letales convulsiones.
No hizo de piedras pan,
ni de ciudades dominio,
ni de templos capricho.
Solo escuchó el mandato de su Padre,
el Principio,
en el susurro de todos los vientos.
Escena Tercera: Facultad de curar

El Espíritu puso la Palabra
del Universo en su boca,
y en Galilea la Fama lo anunció
con trompeta de asombro,
mas él estaba al lado de los pobres,
siempre al lado de los pobres
de corazón inocente
y transparencia en el hablar.
En Nazaret descubrió su identidad
leyendo las escrituras proféticas
que aludían a su nacimiento.
Pero nadie creyó en el Dios humilde
de cotidiano gesto en su aldea,
y bajando a Cafarnaúm
a un loco devolvió la cordura
y disipó la niebla de su mente
y cerró la herida de su carne.
Eliminó la fiebre de una anciana,
pidiendo a su Padre el don de curar
solo concedido al practicante
de la virtud, que conoce el pecado.
En pie predicaba
la manifestación de Amor Fraterno
junto al Lago Genesaret,
espejo de la muchedumbre,
cuando viendo dos barcas, subió a una,
la de Simón, y le rogó
que la apartara a la seca tierra.
Mar adentro le ordenó bogar
para arrojar las redes del trabajo
sobre las mansiones de los peces,
sobre la líquida existencia.
Tantos eran los peces que pescaron,
tantos como los dones del Bien,
que las redes a punto estaban
de romper los nudos de la experiencia.
Y Pedro,
que aún no tenía nombre,
que apenas confiaba en sus vecinos,
golpeado de grávida ignorancia,
se arrodilló ante el Maestro
y le ofreció tan solo su miseria.
“Levántate”
le dijo su Amigo,
alumbrando el sueño
de su alma tierna,
“ yo te haré pescador de hombres”.
Escena Cuarta. Vocación del Pecador.

En la oficina del llanto,
cobrando el tributo de la Muerte,
se hallaba Mateo en la aduana.
Jesús lo llamó
con voz de amigo
mientras el corazón
de su Padre latía en él.
Se levantó,
orientó el edificio de su cuerpo,
se encaminó hacia la Voz
sin nada, solo con su vacío,
solo con la nada en propiedad.
“Sígueme”
únicamente
se puede decir.
La noche se vuelve luminosa,
estrellada de dicha
con la columna del sentir por verdad.
En el Banquete del Pueblo,
donde pululan los mendigos de la paz,
los malhablados,
los envidiosos enemigos
del significado de la armonía,
a Jesús que comió y bebió codo con codo
con el pecado de sus semejantes,
le reprocharon su servicio.
Pero Él,
vara misma del Lenguaje,
medida de la estatura del Hombre,
declaró:
“De los pobres es mi reino,
de los enfermos la salud,
del vacío mi presencia”.
Escena Quinta. El Sermón de la Montaña.

“Llévanos, Maestro,
a un lugar alto
y allí predícanos el mundo,
y allí contemplaremos tu nombre”,
dijeron los Doce
cuando el Espíritu del Pueblo
paralítico por el temor de su maldad,
tomando su camilla, anduvo vivo
sobre la Tierra de los Muertos.
En el paraje llano del Tiempo
abrió su boca
y bendijo con la Palabra animada
por el soplo del Amor, al Pueblo:
“Bienaventurados
aquellos que esperan en el llano
de esta nostalgia, el regreso
del paisaje del Amor.
¡Pero ay de aquellos
que nunca han esperado!
El Temor los absorberá.
Cuando en una mejilla te golpeen
pon la otra a favor de tu enemigo,
pues nuestra defensa es el Amor,
y nuestra fortaleza, la Paciencia”.

Acto Segundo. Maestro del Amor.
Escena Primera. Las Parábolas.

Toda ciencia
es parábola,
todo conocimiento es mito,
que explica con fe al sentimiento
de la verdad, la aurora
esparcida de lo real.
La Palabra es semilla
que ha de caer en oído fértil.
No hay diferencia
entre las personas,
y el samaritano bondadoso
vale más que el elegante perverso.
La fe es un grano pequeño
que germina en árbol infinito,
en vida con raíz de eternidad.
En la viña del trabajo obramos
las uvas del vino de la paz.
Somos sarmientos
de acepción unidos a la vid del Ser
sentido en nosotros.
Y el arrepentido, también hijo
pródigo que vuelve a su Padre,
alegra el corazón del Bueno.
Cinco sentidos, lámparas encendidas
para recibir
al Esposo Significado.
Muchas figuras,
múltiples idiomas
mas solo el Poder es el Amor.

Escena Segunda. La Samaritana.

Estaba junto al pozo
de la Vida Humana el Espíritu,
y el Amor en el brocal, sed sin medida,
recogió el agua de la Experiencia.
“Dame de beber”
pidió el Espíritu.
El Alma no lo reconoció:
“Esta agua procede de un pozo
y es bebida de extinción.
La mía
es Vida de Dios, es Alegría”.
“¿Acaso no eres tú”
repuso el Alma,
“ un elemento más de la Vida,
y la Experiencia del Pozo que contiene?”.
“No soy un elemento de la Vida,
soy en que puede darla o quitarla.
Soy la fuente sin fin
de la Voluntad
que salta más allá del Tiempo”.
“Eres el Ser”
exclamó el Alma sobrecogida,
“el marido que aguardaba mi pecho”.
“Guarda silencio”
replicó el Espíritu
esculpido en Jesús,
“regresa al mundo,
samaritana errante, Alma delgada,
recuerda mi visita,
pero vuelve al trabajo de los días
y da en tu exilio testimonio de mí”.
Escena Tercera. La Oración

No os voy a enseñar un himno difícil
sino únicamente a decir “Padre”,
“Padre que estás en los cielos,
sobre el Tiempo,
perdónanos. Salga tu amor
victorioso de nuestro destierro
y desvanezca pronto la distancia
entre cada uno de nosotros”.
Escena Cuarta. Los Modelos

“Mi reino está en los pobres”
dice Jesús. Ellos son los modelos,
aquellos
que aran con sencillez,
y labran el yermo del corazón.
“No vengan a mí
extraños que me dicen Señor
y no aman a su prójimo,
a quien tienen al lado,
pues a otro Señor, sin duda, se refieren,
cuando mi autoridad
de la que soy solo servidor, no poseedor,
es el Trono del Bien para todos”
Escena Quinta. La Transfiguración.

En el monte blanco de la mente,
una nube se posó sobre nosotros.
En el blando silencio nos tendimos
y el vestido del Lenguaje del Maestro
sonó como el compás
como la música
del Nacimiento
en el albor de nuestros corazones.
¡Oh la mañana!
¡Oh la santa mañana esplendorosa!
Éramos tres
y nos sentíamos Uno
en el Hombre que nos hablaba de Dios.
El Tiempo
se hizo Niño-Amor
dentro de nosotros,
y caímos rostro a tierra, por la fuerza
con que nos arrebató la Palabra.
Pero Su Voz estaba sobre ella
y nos decía solo “No temáis”.
Acto Tercero. La Pasión.

Escena Primera. La Entrada en Jerusalén.

Aquel que aliviaba sin descanso
el dolor de los afligidos
y por ello el pueblo lo aclamaba,
porque el pueblo nació de su Palabra,
aquel que serenó la Tempestad
y anduvo sobre el agua del Temor,
y avergonzó las trampas del perverso
que lo acusaba delante del mundo,
entró en Jerusalén a lomos
no de corcel indómito de Vanidad
para asombrar al ignorante,
sino de pobre asno de humildad
para ayudar y servir a su pueblo.
Vinieron con laureles
a recibirlo, y
coronándolo de honores,
lo aclamaban Rey de la multitud.
Poco antes
su virtud había hecho
resucitar el cadáver de Lázaro
en la casa de Marta y María.
Pero él, mirando al cielo, buscó inquieto
la sonrisa de su Padre
y después bajó al suelo los ojos
diciendo: “Si la semilla no muere…”
Escena Segunda. Los Mercaderes.

Nunca se enfadó
quien vino a traer al mundo la paz,
más que aquella mañana de feria,
cuando los vendedores
cambiaron en mostrador el altar
del templo de la Oración
para propagar sus fraudes,
para chapar de oro su delito,
y encubrir con lo sagrado su culpa.
Con cuerdas atadas los azotó
y volcó sus robos y sus engaños
a la vista de los sencillos.
“¡Fuera de la casa de mi Padre!”,
gritó,
“Quien viste su nombre
para negociar es un maldito”.
Después dijo:
“Caerá piedra a piedra este templo
ahora profanado
y en tres días lo reconstruiré
pues es el tres el número del Tiempo”.
Los ruines
se reían para avergonzarlo,
confundiendo el sentido del mensaje,
pues el malvado siempre entiende mal.
Pero cuando regresó a la vida
de la memoria del Amor,
sus fieles lo comprendieron
y jamás fue enterrada su verdad.
Escena Tercera. La Cena

Era una noche
como cualquier noche
pero el sentimiento la creó
como la primera noche.
Los Doce estaban reunidos
en torno a la Mesa del Perdón
que es la materia del universo.
Él comió pan
y lo partió con equidad perfecta
como perfecta es la bondad
y después pasó la copa de vino
a todos sin excluir a nadie.
Y pronunció
su único discurso:
“Estos son mi cuerpo y mi sangre.
Haced esto en mi memoria
para actualizar
mi paso por el mundo”.
Como el pan
fue su cuerpo: sacrificio.
Como el vino
fue su sangre: caridad.
Escena Cuarta. Ante el Juez

“¿Eres tú
el Rey de los Hombres?”
le preguntó el Juez
de la Apariencia.
“Tú lo has dicho”.
Como a un ladrón lo prendieron
en expolio,
y como el cordero inocente
conducido al sacrificio de la Muerte,
sostuvo en sus hombros el Silencio.
En el Huerto de los Olivos
los discípulos se dispersaron
y Pedro
en su soledad llorada
lamentó su negativa,
en tanto el traidor que con un beso
por treinta monedas, precio de esclavo,
entregó al Amor,
fue ahorcado por su remordimiento.
“¿Eres tú
el Rey de los Hombres?”.
Sufriendo las penas
que no merecía,
los ultrajes
de rostros que lo habían bendecido,
subió al Calvario y fue clavado
en la Cruz del Castigo, y el Pueblo
confundido, celebró su pena.
Una calavera, la del Hombre,
antiguo Adán,
fue bañada en su sangre
y convertida en paloma de luz.
Estuvo solo en el abandono,
aceptando la salvación de todos
en tanto la tristeza ardía en el aire.
Escena Quinta. Muerte y Resurrección

Su cuerpo extendido
se volvió como el dolor amargo
y “¿Por qué?”
fue lo único afirmable.
Nicodemo,
Magdalena, Juan,
y su Madre con el corazón hecho
un vacío de angustia
traspasado por un rayo continuo,
bajaron con José de Arimatea
el cuerpo de la Cruz
y lo ocultaron
en el sepulcro de la Nada.
Imposible
término.
Por la mañana,
en el resplandor del tercer día,
Magdalena halló la piedra removida
y el sepulcro vacío
y el ángel de su fe dio la noticia.
No creyeron los discípulos
el testimonio de la mujer
y, reunidos, lloraron la muerte.
Pero mientras estaban
con la soga del temor al cuello,
vieron al Maestro con sus llagas
diciendo: “Paz a Vosotros”.
Tomás metió sus dedos
en los agujeros de los clavos y su mano
de voluntad en la llaga de su costado.
Reconstruido en la fe fue al fin el día,
para siempre en memoria
resucitado.

MEDITACIÓN SOBRE EL CRUCIFICADO

No te merecieron mis labios,
no te conoció la boca del mundo,
Rey coronado de luz sola,
clavado miembro a miembro a la desgracia,
Rey cuyos huesos
fueron nuestro oxígeno,
Rey cuyos pies
anduvieron por mi soledad.
¿Con qué voz podré cantarte,
con qué silencio podré sentirte,
cuando el río de tu sangre por mis manos
discurre sin que yo lo comprenda
más que con mi corazón
latiendo al compás del tuyo?
El universo me parece vacío
si tu bondad de hoy no justifica
la pompa de las constelaciones
y la retahíla de las galaxias.
Veo detrás de ti
el tapiz negro de la historia,
anudado en ignorancia,
insatisfecho de melancolía,
desierto e innombrable,
imposible, desaparecido.
Me duelen
los clavos de tus manos y tus pies,
el beso de metal de las discordias,
en cuya hora no participaron
tus manos.
Me duele tu injusticia, mas la amo
porque tú la amaste para hablarme
al oído de mi corazón,
y porque al fin
tu mensaje fue la canción de mi alma
que no sabría amar sin tu lección.
Ahora he comprendido
que la Obra del Amor no muere,
que tú resucitarás mi canto
por medio de tu recuerdo que es
la fuente de la que fluye la memoria,
la patria de nuestro lenguaje.
Ahora comprendo que te amo,
y a través de ti
en el acto a todos los hombres.
LA PIEDAD Y EL ESPÍRITU

La Humana Virgen Madre,
la Esperanza, la Idea
vistió nuestro deseo fiel.

En su seno sostuvo
tierno como la vida,
el corazón de nuestro Rey.

Sus lágrimas cansadas
por tanto sufrimiento,
hecho llaga en su Hijo-Amor,

cayeron en la tierra
corriendo hacia los mares
que reflejan la luz del sol.

Ella fue nuestra Alma,
La Hija de su Hijo,
y la carne de la Verdad.

La humildad de su gesto
es nuestro techo siempre,
la comprensiva libertad.

Todos somos en ella
el velo de su rostro,
secreto y radiante a la vez.

Ciudad somos en ella
y pueblo numeroso.
Pues somos en ella el Saber.

El Espíritu, el fuego,
que alumbra nuestro encuentro,
nos dé, como ave, su calor.

Estemos siempre unidos
en patria de cariño.
Duremos en perfecto Amor.

Démosle la Palabra
a la Virgen del Alma,
a la Asamblea del Sentir.

Y en su Significado,
por siempre viviremos,
porque él nos hará vivir.
LA ETERNIDAD DE LA RESURRECCIÓN

El mundo amanecía con luz nueva
cuando Saulo de Tarso en el Imperio
– la Ciudad que hacia la Justicia avanza-
mostraba a todos los pueblos la hazaña:
el final de los males de la Historia
y el principio de los conocimientos:
Jesús había ya resucitado
y a sus fieles se les había mostrado
con sus llagas antiguas ya curadas
sanando también a la Humanidad
´-el pueblo que habitaba en las tinieblas
repitiendo mentiras que a la muerte
y al pecado heredado por los pueblos
conducían, encadenando al Hombre
con las tinieblas de toda Ignorancia-.
Cuando Antioquía recibiera el nombre
cristiano, porque entre sus habitantes
un grupo siguieron a Jesús, Cristo
llamado en lengua griega Ungido Príncipe,
ya los doce testigos perseguidos
por las envidias de sus compatriotas
de religión judía, habían sido
semillas arrojadas a la tierra.
Los hijos de Abraham sintieron celos
de quienes consentían en hacer
de un hombre el ejemplo de Dios mismo,
porque su acusación ante el Poder
justificaba su pecado humano
y ellos creian ser los elegidos
porque de Abraham heredaran la fe
en el Dios que había venido a salvarlos
en figura de aquel crucificado
por la Ley y las leyes del Imperio.
El pueblo judio que había nacido
de la semilla de Judá, la tribu
de Israel que no se había separado
de la letra de su ley en el exilio
de setenta años en Babilonia
hasta reconstruir Jerusalén,
no aceptaba que otro espíritu inspirase
la ley vieja, y otra Jerusalén
espirutual viviera en cada hombre
si culto externo, en el corazón.
Habían heredado una mentira
que había costado ya muchas muertes
– símbolo de las guerras de este mundo-
pues la fe en el dios desconocido
fue la que guiara a Abraham a Palestina
y por su hijo Isaac la condujeron
hasta Jacob o Israel que la poblara
con sus doce hijos, las doce tribus.
Esclavos en Egipto y retornados
por Moisés a su tierra, se habían ido
detrás de los dioses de sus vecinos
pervirtiendo la ley que le habian dado
para volver a otros cautiverios
en manos de asirios, persas y griegos
hasta el mando de la opulenta Roma
que toda Europa había anexionado
y con ella en germen a todo el mundo.
Entonces, cuando este hombre, Jesús, Cristo,
que les hablaba en nombre de su Dios
y obraba milagros a su mirada
por ellos fuera clavado en la cruz,
cometieron su último pecado,
odiando a quienes se lo recordaban.
Así hicieron con Esteban, quien hablando
de esta verdad murió apedreado.
Pero Saulo, primero fariseo
celoso de la religión judia,
cayó de su caballo cuando iba
a Damasco a encarcelar cristianos
con permiso de rabinos judíos,
y vio una luz en su interior que hizo
que cambiara su odio por amor
y que predicase la buena nueva
de la resurrección de Jesucristo
a toda la humanidad de este mundo,
pues después de la muerte hay también vida
no hay que temer las mentiras humanas.
Así se llamó Iglesia a la Asamblea
de los que creían este mensaje
primero los del mediterráneo
luego a través de la Historia las gentes
de todo el mundo, así la luz propaga
la inteligencia de la arquitectura
que con sabiduría rige el tiempo,
siendo el amor su entraña, no la muerte
que separó a Adán de su Hacedor,
cuando este se separó de su imagen
tentado por falso conocimiento.
Esto no comprendieron los humanos
que continuaron con guerras y crímenes
por sus instintos falsos y perversos
y así llamaron Iglesia al conjunto
de los reyes inicuos de la tierra
dañando a su prójimo y a sí mismos.
El Desarrollo al fin de la Verdad
que existió desde siempre se abrió paso,
somos miembros de un espiritu libre
y, paso a paso, lo conquistaremos.
Después de cuatro imperios como cuatro
estaciones, hay un quinto: Eternidad.
Las revoluciones de los astros
y los derechos que adquieren los hombres
lo prefiguran.
Es la Jerusalén
en la que podemos ser al fin libres
y en la que el Poder será la Justicia
escrita en cada uno de nosotros.
He aquí la buena nueva de los tiempos:
La tierra se desposa con el cielo,
La nueva creación vence a la muerte.
ENTREMÉS DE JUDIT

( Betulia, ciudad de Israel, está sitiada por el ejército babilonio de Nabucodonosor. Su general, Holofernes, amenaza con destruirla si no se entrega. La ciudad entera es una oración en medio del miedo. Judit, mujer hermosa y valiente, viuda, decide sacrificarse para salvar la ciudad. Se viste sus mejores galas y acude al banquete del general Holofernes. Cuando este se encuentra ebrio, corta su cabeza y salva la ciudad del asedio. Como el alma, sube a la victoria tras el asedio del dolor y de la muerte).

HIMNO DE LA FE

Subirás, Alma, a la victoria
tras cortarle la cabeza al Dolor,
como lágrima invertida hacia tu patria,
dejando atrás al Caudillo Temor,
al Príncipe de la Tristeza.
En el banquete beberás su fuerza
y lo embriagará tu feraz seno.

Subirás, Alma, a la victoria.

Subirás, Alma,
liviana como el viento presentido
en el anfiteatro de la fiesta,
segarás la cabeza de las sombras,
serás solamente elevación.

Subirás, Alma, a la victoria.

Subirás, Alma,
Judit bella y valerosa, siempre viuda
del esposo que tienes en el cielo,
meta abstracta de tu discurso,
techo de tu consuelo
y en la muralla del Pueblo-Memoria,
pondrás la cabeza del Enemigo.

Subirás, Alma, a la victoria.

Como el eco afilado de tu beso,
serán los poemas que te celebren;
tú, por su pavimento te engalanas
como una novia de veloz abrazo.
Ya nos saludas, presentido espejo.

Subirás, Alma, a la victoria,
al gesto comprendido de la paz.

FINAL Y PRINCIPIO
APOCALIPSIS

No será un trueno misterioso
de terror el Final
en la escena del Último Día
sobre el cristal
verde de la Esperanza,
alabado por todos los vivientes.
Será canción
el pergamino abierto de los Tiempos
sellado con nuestras vidas y experiencias
en la lámpara de carne del Cordero,
luz interior que restaura y consuela,
que amanece de lo próximo y sencillo,
conquistada alegría.

FIN DE “LA VOZ DEL MUNDO”


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