LA CIUDAD DEL SENTIR

 

 

Buscábamos un Final. Durante toda nuestra vida buscábamos un Final, y en usted, el oído que escucha, lo hemos encontrado. La justificación sería la Carta de las Letras, que acabamos de sellar con su anillo argumental, el sol que nos alumbra.

No, usted no debe preguntar nada. Ya ha hecho todo lo que tenía que hacer, ha leído nuestra vida y nos ha interrogado sobre nuestras circunstancias. No queda nada salvo la espera, y esta es un paisaje sin árboles.

Fíjese. Le será sencillo leer esta carta pero le será muy difícil comprenderla si no sigue estas instrucciones. Antes de tratar de entender, lave su mente y únjala después con estos enunciados, átelos a las estrellas de sus pensamientos y colóquelos encima de los límites de las caprichosas facciones de la Tierra de la Memoria. Usted y yo tenemos algo en común, y es que no nos conocemos de nada, y por esa razón estamos en contacto. Trate de no romper esta tela hasta que termine la narración. Después, rasgue si quiere el lenguaje de las sensaciones y transfigure en una idea gloriosa como la luz lo que no es más que una heredad de hierba sin resplandor inteligente.

Éramos cinco hermanos, ¿recuerda?. Cada uno tomamos una mujer y nos fuimos de la casa de nuestro padre, que nos había criado, y depositamos un beso en la mejilla de nuestra madre. Fuimos a buscar un trabajo en la ciudad, como tantos jóvenes, huyendo de las tareas del campo, y lo conocimos a usted. Era un terrateniente rico, con muchos ganados y mucha servidumbre trabajando en sus eriales. Había automóviles caros a su puerta, y los comerciantes venían de lejos para proveerle de vituallas para su granja. Le pedimos un préstamo, ¿se acuerda?, porque los bancos cobraban muy caros los intereses y no teníamos con qué hacer frente a los pagos y a los vencimientos cuyas aguas diluvianas podrían llegar a rebasar la gola de nuestros cuellos. Mi mujer y la de Tomás estaban encintas y la de este último de siete meses, por lo que precisábamos ayuda inmediata. Nuestro padre no sabía nada de esto porque no se lo habíamos dicho con el fin de no preocupar a nuestra madre, que siempre rezaba por nosotros y se angustiaba con la más leve de nuestras tribulaciones.

Usted nos dijo esto, sosteniendo la azada en la mano derecha:

Puedo daros un trabajo provisional en mi granja para que recojáis los fondos necesarios para trasladaros a vivir en la ciudad. El contrato será por seis meses, pero con esta condición: todos debéis trabajar en la granja, incluidas vuestras mujeres y cobraréis un salario conjunto que os repartiréis entre vosotros según vuestras normas, porque yo no quiero mediar en vuestros conflictos ni intervenir en vuestras disputas.

Aceptamos. Al día siguiente Pedro, Ignacio, José, Tomás y yo, que me llamo Miguel y soy el más joven de los cinco, nos pusimos a trabajar en la granja. La jornada era dura. Había que levantarse a las seis de la mañana, llevar el ganado a pacer en las eras, ordeñar a vacas y ovejas, separar los terneros de sus madres, sacar de los establos el estiércol en carretas para abonar los huertos, dar de beber y de comer a las bestias y, por último, vigilarlas para que no contrajesen enfermedades. Todo esto lo hacíamos entre hombres y mujeres, interviniendo cada cual según sus posibilidades, como manda la equidad, sin desavenencias ni reproches mutuos. El patrón estaba contento. Comíamos a su mesa y a la de su mujer, y no nos peleábamos salvo por ayudar. El pan que comíamos era nuestro trabajo, y el vino que bebíamos nuestra alegría. Todos teníamos la esperanza de marcharnos pronto para la ciudad, pero por otra parte, sentíamos nostalgia de lo que dejábamos atrás y suspirábamos por el cariño que respirábamos en la granja. La explotación marchaba perfectamente. Sembrábamos y recogíamos a nuestro tiempo, quiero decir, los ganados se criaban estupendamente con nuestro trato y abarrotábamos el mercado de la feria con nuestras ofertas.

Pero no estábamos plenamente satisfechos, buscábamos un Final más allá de usted, de su persona, de su trato, de su afecto. Buscábamos otro Final.

La situación preliminar se hizo más tediosa cuando llegó su hijo, ¿recuerda?, su hijo que venía de estudiar en la Universidad. Era un grácil mozo como nosotros, pero con una cortesía aprendida en los centros de estudio, y con un metodismo ejemplar. Se llamaba Julio, usted le puso ese nombre. Yo diría que aquel rapaz tenía a la Sabiduría por hermana, tan bien hablaba que daba gusto oírle los días de invierno contar cuentos junto al fuego. Era la virtud de su padre y la alegría de su madre. Incluso los animales, ¡fíjese usted, los animales que no tienen uso de razón como nosotros, aunque sienten y hablan a través de nuestras emociones, lo reconocían como dueño y señor de toda la granja, y cuando él se acercaba, bajaban la cabeza! Le juro que es verdad lo que digo, si no, me callaría. Y este hombre, a veces, nos ayudaba a transportar el heno en las carretas, a manejar el tractor por los eriales para arar y sembrar el trigo que precisábamos para alimentarnos nosotros y los ganados, que eran cada vez más abundantes. No tenía reparo ninguno aquel hombre estudiado en echarnos una mano a nosotros que no teníamos estudios y trabajábamos a jornal en la casa de su padre, y cuando conversábamos no sabíamos qué decir delante de él. ¡Qué hombre! ¿Dónde se vio otro igual, dígame usted? ¡Y era su hijo, el que llevaba su nombre por el mundo! ¿Qué mayor consuelo puede haber para una persona mortal el ver que su hijo lo hará inmortal, como una voz multiplicada en las aguas del tiempo? ¿Qué cosa hay que pueda comparársele? Ni cien mil hectáreas de trigal se le comparan, ni otras tantas cabezas de ganado que podrían alimentar países enteros. Yo le digo con el corazón en la mano que no conocí en toda mi vida hombre como él, y esto lo digo para poder decir lo que viene más adelante, lo único que puede explicar este hecho, porque sin explicación, de poco nos sirven los hechos, por grandes o pequeños que sean. Yo vi que Pedro, mi hermano, se retiraba a hablar con él para preguntarle cosas de estudio, y se apartaba de nosotros para que no lo oyésemos, y ni siquiera le decía a su mujer lo que escuchaba de sus labios. Ignacio y yo, que somos curiosos, espiábamos detrás de la puerta del establo para escuchar lo que se decían a escondidas porque no se nos cocía el pan pensando qué se podían estar diciendo. Y las más de las veces no escuchábamos nada, pero poníamos la oreja como si nos fuese la vida en ello. Mi mujer ya había dado a luz una criatura y yo le puse mi nombre, como se acostumbra a hacer en el pueblo, aunque Dios sabía quién había tomado parte en el asunto, de tantos como allí éramos, aunque mi mujer ya estaba de meses cuando llegó a la granja. Y mi hermano Tomás también tuvo un hijo y le puso su nombre. ¿Y aquel hombre, Señor, no se me viene un día a la cuna donde dormía mi chiquillo y no le regala un sonajero de plata, se lo juro por mi pellejo, de plata y con varillas de oro? ¿Y no le dice esto, pecador soy yo a Dios, como si fuera su pariente cercano?:

Esto es para ti. Cuando crezcas, tendrás de plata los estribos de tu caballo.

Yo le dije:

Señorito, ¿qué he hecho para que me haga tanto bien?

Lo comprenderás más adelante- me respondió.

¡Que me maten si no era aquel el Final que estoy pronunciando a cada paso, que me maten si no lo sabía de antemano cuando nosotros tardamos tanto en comprenderlo! ¿No le dije que aquel no era un hombre solo, sino un ángel mismo, y que se sabía de memoria todo lo que estaba escrito y lo que más adelante se escribiría? ¡Cómo no lo va a saber, Señor, si usted es su padre! Es la costumbre que tengo lo que me hace repetir las cosas, aunque bien sé que usted ya sabe todo esto, y aún así se lo digo para que vea que tengo buenas intenciones, y que quiero dar ejemplo de buenas conductas, porque que yo no sea estudiado no quiere decir que no tenga corazón ni entrañas, a fe que no.

Pues con esto le doy a entender lo que me fijaba por aquel entonces en lo que nos acontecía, como si quisiera grabarlo en mi corazón mismo. Aquel mozo, su hijo, no había cosa que no hiciese bien, por pequeña que fuera, por liviana que pareciese. Y sabía contar chistes como el primero, a pesar de saber teología y esas cosas que se estudian en la universidad. No se me olvida una vez que estaba sembrando en el huerto unas nabizas y unas remolachas, y tenía la semilla en la mano y, como vi que era mucha –porque después usted, Señor, me reñía si dejaba el terreno muy castigado de la labranza- cogí los granos, que no eran ni granos de arena de lo pequeños que eran, y los tiré en el camino y los pisé, para que luego el amo, que era usted, no echase de ver que había perdido parte de la semilla. Y el mozo se acerca a mí de pronto por la espalda y me pregunta «¿Qué haces?», y yo con el susto no sabía qué responderle y balbuceaba como un niño, porque los hombres que no sabemos de letras, como yo, no hablamos tan deprisa como los que saben latín y estudian las ciencias del mundo, y a la hora de dar excusas las más de las veces nos quedamos con la palabra en la boca. Y entonces le dije muy quedo, como pidiendo perdón por el mal que había hecho:

Excúseme, señorito, tomé demasiada semilla y tuve que tirarla, porque su padre se enfada si abarroto el campo.

Así le dije. Pero él, que era hábil como nunca conocí varón, me replica:

¿No será más bien porque te da pereza el sembrar por lo que derramas la semilla? Nunca se tira una semilla, por pequeña que sea, porque los árboles nacen de las semillas, y de los árboles se hacen bosques. Y no te engañes, nunca se toma demasiada semilla, porque siempre hay más tierra de baldío que sembrada, pues la tierra no tiene término ni se termina en los lindes que les marcan los hombres. Siempre son escasas las semillas que se plantan con trabajo, y abundantes las malas hierbas que no se siembran.

No sé, señorito –le contesté- Es que su padre me riñe y yo soy un mandado de su señor padre.

Esto no ofende a tu obediencia –me dijo- Eres tú el que yerra. Lo que quiere mi padre es que no se siembre la semilla toda junta, para que unas plantas no ahoguen a las otras, pero no que no se siembre. Ese es el sentido del mandato. Así debes entenderlo.

Y, diciendo esto, se agacha él mismo y coge del suelo las semillas que había tirado una a una y se pone a esparcirlas por el sembrado como si nunca hiciera otra cosa en su vida, con una diligencia que no era propia de un hombre que se había pasado la juventud entre libros.

– ¿Lo ves? – me dijo riendo- Mira, Miguel, cada semilla es como un mundo o como una persona. Todas son necesarias e imprescindibles, porque todas glorifican con frutos al que las ha sembrado. ¿Acaso te glorificará el polvo del camino? ¿Pues entonces, cómo arrojas la semilla al exterior, donde es pisada y no da fruto? ¿Y cómo puede querer mi padre que se pierda su fuente de riqueza, el sentido de su esfuerzo? Quítate eso de la cabeza. Mi padre no quiere que no se siembre, sino que se haga bien para que todas las cosechas salgan a su tiempo y ningún fruto se pierda.

¡Qué manera de hablar tan concertada! ¡Qué razones tan bien puestas en su sitio que admiraban a quien las escuchaba! Después le decía esto a mi mujer y me decía ella que el hijo de usted era un hombre ejemplar al que nunca había visto hacer nada fuera de lo correcto y más allá incluso de lo correcto, porque no se conformaba con cumplir la ley que le debe el hijo al padre como hijo que es, sino que también procuraba agradarlo en todo, y ayudarnos a todos nosotros, que no le éramos a usted nada.

Pero buscábamos ese Final que estaba escondido ya en el Principio. Ese Final que le da dirección a los acontecimientos, porque los nuestros todavía no la tenían, como se verá más adelante si usted lee lo que sigue, aunque ya lo sepa de antemano pero le guste que alguien próximo a la verdad como yo, que soy ignorante y no miento, se lo cuente con palabras que no me salen de la boca como las de los charlatanes de la feria, sino del corazón.

Se lo digo así, de corrido. Era día de feria –ahora que saqué la palabra- y fuimos los cinco hermanos al mercado como era costumbre todos los domingos, para vender diez terneros. Nosotros, por la experiencia, sabíamos algo de tratos y no precisábamos quién nos dijese esto o aquello en tales negocios, pero ya sea por curiosidad o por vigilancia, su hijo, patrón, decidió acompañarnos en el camión que nos conducía, y que era suyo, como todo lo nuestro. Y nada más poner los pies en la feria, mi hermano Tomás, que anduvo cabizbajo todo el viaje, nos lleva aparte diciendo que íbamos a transportar los terneros y que necesitábamos que el hijo del amo no nos acompañase para terminar más pronto la tarea, por lo que él se quedó esperándonos bajo el toldo del mostrador, y ya separados de su hijo, se pone a hablar mal de usted y de su descendencia, ya diciendo que usted nos esclaviza para su provecho, ya contando testimonios falsos de cosas que usted hacía a escondidas y que no están bien vistas. Y, con estos cuentos, le dice mi hermano Ignacio, que era el mayor, enfadado:

¡Cállate! ¿No comes de su mano acaso?

Él se puso como una fiera y soltó no sé cuantos tacos maldiciendo, con perdón, la familia de usted. Todos nos pusimos en contra y le recriminamos su conducta con el peor apelativo con el que se puede tildar a un hombre, que es el de desagradecido. Pero yo me preguntaba por qué causa mi hermano se había puesto en contra del patrón y de su hijo, y encontré la explicación en esto: Mi hermano Tomás fue siempre el peor de todos nosotros, poco amigo de trabajar y por ello muy amigo del vicio. Por esta razón tenía la costumbre –desde que nos habíamos puesto a trabajar en su heredad para reunir dinero- de distraer parte de los frutos de la hacienda que le debíamos como obra y de venderlos por su cuenta para obtener lucro secreto. Eso es un robo, y todos los robos hacen del hombre una bestia que no puede vivir en sociedad y que debe ser encarcelada y castigada y separada del resto de sus semejantes, porque pone en peligro la paz de la convivencia e introduce en los demás el veneno de la discordia. Haciendo esto, un día el hijo del patrón le descubre, porque su hijo vigilaba como ninguno, y le dice que no está bien lo que hace. Esto él ya lo sabía, y se molestó de que se lo recordasen, porque cada día se lo recordaba la voz inteligente con la que había nacido. Y no le dijo nada más, ni lo castigó, y esto lo enfadó muchísimo, porque se creyó a merced del hombre que había sido testigo de su robo y que en cualquier momento podía levantar la voz a su padre no para decirle que había robado y lo había desobedecido, sino también que, amonestado por él mismo, era un reincidente y un malhechor. Por este motivo lo odió a escondidas, y este odio creció –pues el odio crece más deprisa que la hierba- y se extendió también al padre, que a través del hijo obraba. Y esta fue la chispa mínima que encendió la paja de la contienda, pero nosotros entonces no sabíamos nada de eso hasta que el Final nos lo contó. Tomás, viendo que sus argumentos no prosperaban, atacó por el punto más débil, por nuestra esperanza:

Vosotros habéis ido a trabajar para obtener dinero con el fin de viajar a la ciudad y emplearos allí, ¿no es verdad?- nos interpeló.

Sí- contestamos.

¿Y quién os dice que el patrón nos retiene y no nos da el jornal que nos pertenece solo para que nunca podamos viajar a la ciudad y para que nunca dejemos de servirle?.

El patrón nunca haría eso- confesó Pedro- Es un buen hombre.

Y su hijo nunca lo consentiría, porque siendo la imagen viva de su padre – reveló José- nos defendería delante de él y delante de él declararía nuestros méritos, pues es testigo de todo lo que hacemos.

¡Qué poco sabéis!- exclamó Tomás- El hijo no siempre estuvo con el padre. Estuvo fuera, en la universidad estudiando, y allí, ¿quién sabe lo que hizo? A lo mejor era un ladrón. Y después, para heredar al padre, se hizo pasar por buen hijo. Nosotros ya conocíamos al padre antes de que viniera el hijo, pero al hijo no lo conocíamos antes de conocer al padre.

El hijo es como el padre, y el padre como el hijo – dije yo- solo que el hijo se manifestó después del padre, porque vino después –así lo vimos venir nosotros- y nos enseñó para que pudiéramos servir mejor al padre, porque este, al ser el patrón, por razón de oficio siempre mantuvo la distancia con nosotros, y su hijo, por medio de sus enseñanzas, nos vinculó con él, de modo que ahora somos como una familia, como hijos adoptivos del patrón, gracias al amor que nos tiene el hijo legítimo.

¿Sabes tú acaso si es legítimo o hablas por conjeturas? – habló aquel terco de Tomás- ¡Qué poco mundo tenéis! Yo no he nacido ayer, y he visto salir el sol algunas veces, y tengo el mapa del tiempo grabado en la piel. No hay quien me engañe a mí ni quién me diga cuántas son cinco. La intención del muchacho es esperar la muerte de su padre para heredarlo, y una vez hecho esto, aprovecharse de nuestro trabajo y reducirnos el jornal, porque sabe que después de tanto tiempo como transcurrió desde que salimos de nuestra casa estamos a su merced. Por eso de momento, el salario es bajo para que hasta la muerte del padre no reunamos lo suficiente como para viajar a la ciudad y hacernos ricos. Quiere que seamos siempre sus servidores, y nos retiene engañándonos, y el padre lo sabe y lo consiente.

¿Qué pruebas tienes de tal cosa?- preguntó Ignacio.

La experiencia de mi vida es mi prueba- contestó el malvado- él me confesó un día que cuando falleciese su padre, él mandaría sobre todos nosotros.

¿Te confesó eso?- pregunté- A lo mejor quiso decir otra cosa y tú entendiste eso, porque piensas mal.

Entonces, con la rabia que cogió después de que yo dijera esto, se puso a jurar y a perjurar que había querido matar a su hijo y al mío, con otras mil acusaciones que salieron de su boca como sapos y culebras sobre nosotros, para tratar de convencernos con alaridos de lo que no podía darnos a entender con razones. No sabíamos que era su pecado el que hablaba por él, y como era nuestro hermano le creímos. ¡Malditas calumnias, víboras del mal, que no pudiendo vencer por vuestros medios, tratáis de convencer de sus acusaciones a los débiles, y de llevarlos como ciegos al precipicio! ¡Malhaya de los calumniadores, que quieren recoger donde no sembraron, que quieren arruinar a quién no pueden vencer, lenguas que incendian las voluntades y puertas abiertas a la discordia y a la destrucción! Pero nunca vencerá una calumnia a un testimonio, y este mío, que no es más que un Final, es la prueba de que digo verdad.

Volvimos junto a su hijo turbados, y como éramos hombres poco dados a encubrir nada, se nos notaba mucho que veníamos atormentados por un presentimiento o una culpa. Su hijo nos preguntó qué nos ocurría, y como nadie despegaba los labios para contar lo sucedido, el joven se turbó en extremo –porque nos quería, de no ser así no se hubiese turbado- y nos riñó diciéndonos que no podía haber rencillas entre los trabajadores de su padre, porque ponían en peligro la seguridad común. Todos callamos, pero aquel demonio de Tomás alzó su voz atrevida y petulante, como la de aquel que no sabe lo que dice y por esa causa se enoja contra el que le contradice, y dijo gritando:

-¡ Usted no manda sobre nosotros, sino su padre!.

– Pero yo soy el apoderado de mi padre, de modo que todo lo que yo digo él lo confirma, y todo lo que él dice lo confirmo yo- contestó su hijo pacientemente.

– Nosotros nada sabemos de ese negocio –arguyó Tomás- y solo obedecemos la autoridad de quien nos contrató.

– Pues entonces no respetáis la voluntad de mi padre, que es esta, e incumplís su mandato al que estáis obligados por contrato- declaró su hijo demostrando sus estudios y su doctrina.

– Este hombre es un impostor- dijo Tomás señalándolo con el dedo queriendo metérselo por los ojos- Nosotros no somos sus criados. Él no nos paga. ¡Vámonos de aquí! ¡No tiene derecho a exigirnos nada!

Y diciendo esto, tomó el camino para marcharse. Entonces su hijo, ¡se me llenan de lágrimas los ojos al contar esto, Señor!, queriendo castigar su denuesto y su mala conducta, le dijo:

– Quedas despedido. No vuelvas a poner los pies en la casa de mi padre.

– ¿Quién eres tú para impedírmelo?- protestó el malvado- El dueño no eres tú, es él. Y si él me despide, por tu culpa lo hace, porque eres su hijo y te hace caso, pero no por dictamen de la verdad.

¡Qué sabía él de la verdad, maldito sea por siempre! ¡Él, que había sido el inductor de la reyerta, la mecha del Crimen! ¿Por qué no le hicimos caso a su hijo, Señor, y preferimos creer al demonio aquel solo porque era nuestro hermano?

Ahora mismo- dijo- ahora mismo tomo a mis hermanos de grado o por la fuerza y me voy.

No harás tal- contestó el hijo- porque si por fuerza obras, por fuerza yo te lo impediré.

Tomás se volvió riendo hacia nosotros como el malhechor que cree que ha llegado el momento de consumar su delito. Nosotros estábamos paralizados, confusos, hechizados, y no sabíamos qué hacer ni qué decir. Entonces lo vimos. Vimos la sangre del Crimen, vimos, ¡oh, perdónenos, Señor!, a su hijo ensangrentado rodando por el suelo, con cinco heridas de cuchillo, una por cada uno de nosotros, en su divino cuerpo, que solo entonces compadecimos verdaderamente. Sus últimas palabras fueron para nombrarlo a usted. Después ladeó la cabeza, gimió entregando su alma al viento como el ángel que lo había de conducir a la morada de las luces y de las explicaciones, donde el sol es el único paisaje. Tomás lo miró de pie, con saña y un temor que le recorría la columna vertebral, y sostuvo el cuchillo goteando sangre sobre su mano derecha, sobre la mano que debería haber cortado antes de… ¡Señor, me cuesta acabar mi oración que es un cuento que usted ya conoce, pero tengo que hacerlo, tengo que dar testimonio porque su hijo lo merecía y me sale un lamento del alma, de modo que creo que mi alma es tan solo un lamento, es la propia sangre de su hijo!

Tomás estaba de pie, como una estatua frente a su víctima, y en aquel momento juraría que tenía tanto miedo que preferiría haber muerto y no sobrevivir a su homicidio, o bien sabía, tal vez, que él también había muerto y ahora solo quedaba de él el infierno de la culpa. Todo esto había sucedido cuando regresamos de la feria y nadie nos había visto, salvo los animales y las bestias del campo. Ellos, siendo irracionales como son, estaban horrorizados y olían la sangre, cuyo grito ensordecedor les decía: «Venid y ved al Hombre muerto, venid a ver el Crimen consumado y saciaos con las entrañas del caído». Pero el caído no era su hijo, sino nuestro hermano Tomás, de modo que el primero estaba vivo para nosotros y el segundo había muerto, y la verdad y su figura se habían trocado para cambiar para siempre el Tiempo y unir el principio y el final, ese Final que esperábamos.

Estábamos todos perdidos, todos condenados y todos asustados. Ignacio fue el primero que preguntó a Tomás:

¿Qué has hecho?

Y la máscara de la muerte cabía en esa pregunta. Tomás no respondió. Tiró el cuchillo al suelo y dijo:

– De esto, ni una palabra a nadie.

Pero de pronto y sin saber muy bien cómo, Señor mío, nos echamos los cuatro sobre él y Pedro le dijo:

Entrégate a la justicia o eres hombre muerto.

¿De qué parte estáis?- se revolvió hacia nosotros con un semblante que parecía el de un lobo el maldito criminal- ¿Sois o no sois mis hermanos? ¿O acaso os ha comprado ese hijo de perra?

Sí, nos ha comprado- me adelanté a responder- Nos ha comprado con la sangre que derramaste.

Él, hecho una furia, trató de huir, pero lo sujetamos entre todos y apenas podíamos con él, porque tiraba con la fuerza de un toro bravo.

-¡ Si queréis entregarme, será con los pies por delante!- exclamó arrebatado de ira, y trataba de mordernos las manos como una fiera y no como un hombre, aquellas manos que había estrechado cuando era niño.

– ¡Estáte quieto, estáte quieto o lo vas a lamentar!- le gritaba Ignacio, pero él seguía bufando como si tuviese la rabia, y en uno de sus intentos por liberarse de nosotros, me golpeó con el puño en la mandíbula y me tiró al suelo. Mientras estaban mis hermanos preocupados por mí, logró escaparse mientras gritaba:

– ¡Nunca iréis a la ciudad, hijos de perra! ¡Os han engañado! ¡Os han engañado!

Estaba demente y se precipitó hacia la carretera, sin saber a dónde dirigirse para estar seguro. Un criminal que no ha purgado su crimen no está seguro en ninguna parte. El cielo se enturbió y empezó a llover. De repente, José quiso decir algo y gritó a pleno pulmón:

¡Cuidado!

¡Vete a la mierda!- le respondió el criminal ( ¡Señor, no puedo llamarlo ya por su nombre!)- ¡Vete a la puta mierda, hijo de perra!

No tuvo tiempo de decir otra cosa, cuando el impacto de un camión lo arrolló como a una hoja de álamo, y dejó la carretera teñida de su sangre culpable. El conductor ni siquiera lo vio, y cuando pasó (¡Válgame usted, Señor, para contar esto!) hizo crujir sus huesos contra el pavimento de la carretera. No he podido olvidarme de ese sonido terrible, parecido al de una trompeta que se escucha desde todas partes, y al que no hay manera de eludir. Su cadáver quedó descuartizado y sin memoria, porque aún hoy tratamos de olvidar que tuvimos un hermano y que vivió entre nosotros, pues su imagen ha desaparecido sin dejar rastro. A su hijo lo tomamos en brazos y lo trajimos hasta su casa entre lamentos y lágrimas tristes.

¡Pero no puede ser este el Final que esperábamos, porque no esperábamos este Final! ¡No, Señor, un justo no puede morir así, un justo no puede morir!

No quiero decir lo que aconteció cuando llegamos a su casa, porque su casa no estaba en el mismo lugar en el que la dejamos. Ni usted tampoco estaba. Ni la granja, ni los ganados, ni los coches a la puerta del establo. No estaba lo que tenía que estar. No estaba.

Lo buscamos y no lo encontramos. Pero en cambio vimos en el monte a su hijo, vimos en el horizonte a su hijo, y en las nubes y en los pájaros, y en los mares cuyo oleaje llegaba hasta nuestros oídos, y en las altas estrellas, y en el cielo añil y negro. En todo estaba su hijo. Su voz nos llegaba desde todas partes y su sangre estaba en la nuestra, su ser en el nuestro, y su corazón asesinado era el nuestro vivo que latía como siempre, sin término. Y a usted también lo vimos finalmente, pero cuando le miramos al rostro, no vimos su rostro, sino el de su hijo. Y estábamos ya en la ciudad.

Nuestros cinco sentidos no esperaban otro Final.

                                                                       De «Tríptico de la Verdad»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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