DULCE ESPERA

 

A esperar, amigo,

a esperar trabajando.

Toma el arado y siembra.

Que no te encuentre la aurora rezagado.

Porque no es esperar bien,

esperar sentado.

No desespera el que bien espera;

y el que no, para él

todo camino es largo.

Trabaja mientras disfrutas,

disfruta trabajando,

porque poco lo es todo,

porque todo es un átomo.

Porque la vida es

dulce espera del milagro.

A TI

 

Deja de mirar para la muerte

en el dinero que cada día cuentas.

Deja el sueño americano del Dorado,

no te nazcan, como a Nerón y a Midas,

orejas de asno.

La riqueza solo está  en lo que sientes,

que es tu vida, tu verdad, tu camino,

el Dios en el que te convertirás.

El polvo vuelve al polvo,

si tú no amas,

en nada te diferencias de la tierra

que, al fin, no hay tumba que no oculte en la nada.

El mundo ha sido hecho para que tú te salves,

para que nazcas sucesivamente

sin interrupción corruptora.

No eres tú para el mundo,

sino el mundo para ti.

Pide siempre el pan de la palabra,

pues sin él no puedes ser persona.

No te entretengas acumulando tierra

para elevar tu túmulo y morir.

No mueras, ¡no!, vivé  más allá de las cosas.

Levántate y anda.

GUITARRA DE LOS CAMINOS

 

Cuando la alegre y triste guitarra

del viajero suena,

se oye un cantar agudo

que llena el alma de pena.

Pero esa pena es bendita,

porque es canción que recuerda

en el camino de la vida remoto

una amorosa presencia.

Las cuerdas del sentimiento

balbucen en la caja de madera,

y en mitad de la encrucijada

aparece la sombra de una puerta.

Se calma el viento,

la tierra sueña,

y el viajero que camina solo,

parece que despierta.

A lo lejos, el perro viejo de la infancia,

que nunca del todo se arredra,

ladra ronco en la distancia,

levantando el rabo y las orejas.

Es la hora del silencio.

No se oye la canción, sino su ausencia,

y el padre de las alturas, el sol,

se arrodilla, como un don, en la ladera.

DEL VIENTRE O VOLUNTAD DEL SER

 

De tu vientre nació el ave

de plumas de nieve

que alumbró la materia,

de tu vientre.

De tu vientre que es conciencia,

de tu vientre que da forma y siente,

nació la esperanza,

de tu vientre.

De tu vientre ha nacido la vida,

nuestra vida, espada celeste.

De tu vientre nació el beso de la aurora,

de tu vientre.

Somos hijos de tu vaso,

somos hijos de tu vaso transparente.

Hemos nacido, todos hemos nacido

de tu vientre.

BAJELES EN RUTA

 

Caí desde lo más alto,

caí para ascender.

Quien al presente muere,

al futuro ha de nacer.

En estas peñas grises

del sentir me esconderé.

Allí, donde no me vean,

todo lo he de ver.

No importa que el musgo cubra

lo que una vez fue

relámpago de oro,

ojiva del comprender.

Las naos van por el mar

a arribar y a nacer

en una tierra nueva

que mana leche y miel.

Yo viajo por el sueño

de sal, oleaje y fe,

hacia la vida que descubre

la sílaba de su pie.

Ya oigo una nueva lengua

en las bahías del ser.

LA TARDE

 

La tarde está tranquila.

En el árbol bate el viento.

En el árbol,

en el árbol

altivo del pensamiento.

En el árbol altanero

donde se detiene el tiempo,

como sonido sin forma,

como invisible cuervo.

Esta tarde es nuestra tarde,

cuando ya se ha ido el invierno

ruinoso, que es el frío,

que atraviesa todos los huesos,

que es el frío que seca el alma,

el frío del miedo.

La tarde está tranquila

como un sueño.

DESTINO ENCUBIERTO

 

Millones de años

como granos de arena

en la playa del universo.

Cada grano es un misterio.

Galaxias

como esperma divino

en la noche acuática del cosmos

más allá del cielo.

El asombro se vuelve perpetuo.

Y esto solo es la máscara

de lo venidero,

el niño que nacerá entre nosotros

y explicará todos los misterios.

DEMOCRACIA

 
 
 

                                   acto primero 

Un salón iluminado por una lámpara. Las paredes están revestidas de terciopelo amarillo o papel del mismo color y en el centro se sitúa una mesa ovalada alrededor de la cual se sientan doce personas, seis mujeres y seis hombres alternados. Algunos de ellos dan la espalda al público. En el fondo del escenario hay una sola entrada por la que accede a la sala Don Hilario, un varón de unos cuarenta años, con el pelo salpicado de canas, vestido de traje. Trae un periódico en la mano. Se sienta en el centro de la mesa, en una silla para él vacante, frente al público. Los presentes forman un barullo hasta que él se sienta y dice: 

DON HILARIO: Bien, Bien… Éste es un día especial, queridos socios… Como administrador general de esta empresa les adelanto que tengo una sorpresa para ustedes. 

Los presentes comienzan a formar barullo de nuevo. 

DON HILARIO (hablando mientras se hace el silencio): Quiero que ustedes lo sepan, pero no de mi boca. Doña Ágata, ¿sería tan amable de leer la noticia en la página 33 del periódico? 

Doña Ágata es una mujer de unos treinta años, rubia y atildada. Toma el periódico de las manos de Don Hilario, busca la noticia y lee. 

DOÑA ÁGATA: “La sociedad tecnológica Mundo Nuevo asistirá hoy, día 20 de junio, a la presentación del invento patentado por el científico Peter Sail, de la universidad inglesa de Cambridge. Se trata de un revolucionario y sofisticado sistema que promete cambiar la rentabilidad del trabajo doméstico reduciendo costes y aumentando ingresos. Su manejo es extremadamente sencillo. Sus funciones concretas son…” 

DON HILARIO (extendiendo la mano): Deténgase. Todavía no es hora de revelar cuáles son sus funciones concretas. Basta con que sepan que se presentará hoy a las 10:00 en este mismo salón y en su presencia. ¡Válgame Dios! ¡Si son las 9:50! ( dice mirando el reloj de pulsera) ¡Solo faltan diez minutos para la presentación! 

Vuelve a formarse tumulto de voces. Uno de los asistentes, un hombre joven que se peina con raya, llamado Sánchez, toma la palabra. 

SÁNCHEZ: Don Hilario, yo ya tenía noticia del evento. Solo que, por temor a que usted difiriese de mis opiniones, decidí no publicarlo… 

DON HILARIO (comprensivo): Muy bien, muy bien, Sánchez, esa actitud le honra. 

Una mujer llamada Mejía, interviene. Es morena y viste de punta en blanco. 

MEJÍA: Yo También lo he leído. Leo el periódico todos los días. 

DON HILARIO: Le agradezco su ilustración, Mejía. Esta empresa se beneficia de ello. 

Un hombre calvo y bien vestido interviene. Se llama López. 

LÓPEZ: ¿Me permite una objeción, Don Hilario? 

DON HILARIO: Adelante, López. 

LÓPEZ: Yo creo que estamos todos demasiado entusiasmados con la presentación del invento. Sería conveniente, a mi parecer, reunir dictámenes de diversos expertos en la materia, antes de aventurarnos a dar una respuesta favorable. 

Se escuchan murmullos de desaprobación. 

DON HILARIO: ¿Todavía no se ha presentado el invento y ya pide dictámenes, López? Mucho se apresura usted… 

LÓPEZ (disculpándose): Yo… solo pretendo… que esta empresa continúe su andadura como hasta ahora lo ha hecho… 

DON HILARIO (quitándole importancia): Bueno, bueno, López, no se preocupe. A todos nos interesa lo mismo. 

Una mujer de unos cincuenta años, que lleva un peinado a la permanente, toma la palabra. Se llama Urquijo. 

URQUIJO: A mí me parece, Don Hilario, que lo mejor es esperar a que el invento se pruebe. Su comercialización podría darnos buenos resultados. Hoy en día, arriesgar en el mercado es la mejor opción. Maquiavelo está de moda. 

Un hombre enjuto y feo, con gruesas gafas rabínicas, interrumpe a Urquijo. Se llama Espinosa. 

ESPINOSA: Maquiavelo siempre estuvo de moda. 

Murmullo de desaprobación. 

DON HILARIO (poniendo orden): Bueno, bueno, ante todo que no haya discordia por las diferencias de opinión. Aquí todos los pareceres son necesarios. 

Se oye el timbre de la puerta. 

DON HILARIO (levantándose del asiento mientras todos arman barullo): ¡Ah, ya están aquí! (mirando el reloj) Se han adelantado, vaya, vaya… Oiga, Rodríguez, acuda a abrir. No es decoroso que el socio fundador se levante… A mí me da lo mismo, pero ya sabe que después la prensa murmura, así que… 

Rodríguez es un señor novato, el más joven socio de la empresa. Es tímido e insociable. 

RODRÍGUEZ (levantándose a abrir): Voy. 

Todos expectantes mientras Rodríguez abre la puerta. Entran dos hombres con un pequeño carretillo en el que portan una caja. Se colocan en mitad de la sala. Uno de estos hombres va vestido con americana y corbata, el otro lleva camisa blanca y habla poco. El de la americana es viajante de comercio. El otro es el inventor. Pero los presentes nada saben. Con ceremonia, Don Hilario se levanta y saluda al hombre de la americana. 

DON HILARIO: Bienvenido, Don Peter Sail, excuse me… Yo no sé hablar inglés, pero valoro mucho esa lengua. Desde la destrucción del Imperio Romano, el inglés se ha convertido en el idioma del comercio. 

EL VIAJANTE (excusándose): Oh, me abruma, Don Hilario, no puedo aceptar esa confusión… Peter Sail es este señor que tengo al lado… 

DON HILARIO (disculpándose): ¡Vaya! (tendiéndole la mano al otro) Perdone mi torpeza, don Peter Sail… 

El aludido baja la cabeza aceptando la disculpa y nada dice. 

EL VIAJANTE (cortés): Pero por favor, siéntese, Don Hilario. No podemos permitir que usted esté de pie. 

DON HILARIO: Está bien, está bien (se sienta). 

EL VIAJANTE (poniéndose en situación): Discúlpenme ustedes. No me he presentado. Soy Ángel Lira, viajante de comercio, y vengo a revelarles las excelencias de nuestro producto… Don Peter Sail, brillante científico de la universidad de Cambridge, es el señor que me acompaña, servidor de ustedes ( Peter Sail hace una reverencia a la japonesa) No quiero ahora fatigar sus oídos con sus títulos, múltiples y variopintos, que avalan su prestigio profesional… 

LÓPEZ (interviniendo con ira): Estamos ansiosos por conocer ese invento. 

DON HILARIO: Por favor, López, todavía no ha llegado el periodista, no se anticipe… 

En este momento se oye el timbre de la puerta. Rodríguez, resignado, se levanta a abrir sin que nadie se lo indique. 

RODRÍGUEZ: Voy. 

Abre la puerta. Entra un joven muy elegante, vestido de gris, con una cámara de vídeo bajo el brazo. 

EL JOVEN: Disculpen, ¿es aquí…? 

DON HILARIO (levantándose): Sí, sí, por favor, puede comenzar a grabar. Lo aguardábamos. 

El joven despliega su trípode y, colocando la cámara encima, comienza a grabar. 

EL VIAJANTE (sonriendo): Muy bien, pues, como decía… Estamos aquí para ofrecerles un producto revolucionario, que cambiará completamente el curso de sus vidas. No asegura la felicidad, pero casi se atreve a prometerla. 

LÓPEZ (protestando): ¡Utopía! 

DON HILARIO (reprendiéndolo): López, desde ahora y hasta que no termine la exposición, le prohíbo que abra la boca. Si usted es un pesimista nato, no por eso los demás hemos de serlo. 

López, reprendido, se cruza de brazos. 

DON HILARIO: Prosiga… 

EL VIAJANTE: Este producto, que yo llamaría sin temor a equivocarme la máquina del progreso, tiende a reformar la sociedad desde su célula más primitiva: la familia. Esto es, señores, que este es un invento de uso doméstico… (el viajante se detiene para comprobar el efecto que han causado sus palabras en los oyentes) Sí, aunque no me crean por el momento, el tiempo se encargará de darme la razón. Hay un antes y un después de este invento, como hay un antes y un después de este invento, como hay en la historia un antes y un después de la muerte de Cristo. 

DON HILARIO: Estoy admirado. Pero, por favor, ¿tendría la bondad de enseñárnoslo? Es que no podemos resistir las ansias que tenemos de verlo. 

El viajante, satisfecho, conviene. 

EL VIAJANTE: De acuerdo. Juzguen ustedes mismos ( dirigiéndose al científico. Con un gesto) ¿Can you…? 

Sin decir una palabra, el científico extrae de la caja el invento. Se trata de una lavadora. Una vez a la vista, el viajante la señala y dice: 

EL VIAJANTE: He aquí  el futuro. 

Murmullos entre los socios. 

DON HILARIO: Es.. es una caja de metal. 

EL VIAJANTE: Se equivoca. Es la máquina del tiempo. 

Siguen los murmullos. 

DON HILARIO: Pero.. pero… yo me imaginaba que tendría otra forma. Parece pequeña, más pequeña de lo que esperábamos. 

EL VIAJANTE: Las pequeñas cosas cambian el mundo. 

Siguen los murmullos. 

DON HILARIO: Está bien, señor Libra… 

EL VIAJANTE (corrigiéndolo): Lira, Lira. 

DON HILARIO: Señor Lira… Ahora, después de este preámbulo discursivo y seductor… ¿Podría enseñarnos el verdadero funcionamiento de su producto? 

EL VIAJANTE (satisfecho): Desde luego. ¿Serían tan amables sus socios de proporcionarme un poco de ropa sucia? 

Murmullos. 

DON HILARIO: ¿Ropa sucia? 

EL VIAJANTE (cortés): Bueno, ya sabe. Todos tenemos nuestros trapos sucios. No se avergüencen. Estamos entre profesionales. 

DON HILARIO: Convengo en ello. Todo sea por la ciencia (dirigiéndose a los socios) ¿Alguien tendría la gentileza de proporcionarle a este señor lo que pide? 

Murmullos. 

LÓPEZ (levantando la mano): Yo me ofrezco voluntario. 

DON HILARIO: Vaya, usted… 

López se quita un zapato delante de los socios, que se quejan con abucheos, y le entrega un calcetín al viajante. 

EL VIAJANTE (tomándole por la punta y apartándolo lejos del cuerpo): Muchas gracias. Doy fe de que ha cumplido bien el encargo. 

Se escuchan risas de los socios, y hasta el inventor parece reírse. 

EL VIAJANTE (abriendo la puerta de la lavadora y depositando el calcetín dentro): Ahora… necesito enchufar el aparato y conectarlo al agua. 

DON HILARIO (señalando con el dedo): Sí, por ahí atrás hay una toma de corriente y otra de agua… puede usted… 

El viajante conecta el aparato. Acto seguido se aproxima al inventor y, con un gesto manual, le pregunta: 

EL VIAJANTE: ¿Can you…? 

El inventor extrae del bolsillo del pantalón un sobrecito cerrado, parecido a los sobres de azúcar que acompañan el café en los bares, y se lo entrega al viajante, quien a continuación lo rasga, abre un cajoncito en la máquina y vierte su contenido en él. Después cierra el cajón y programa la lavadora oprimiendo los botones de su parte frontal. Toda esta operación está enmarcada en un profundo silencio. 

EL VIAJANTE (dirigiéndose al auditorio): En fin… habrá que aguardar por lo menos quince minutos. En quince minutos, yo creo que… 

Se escuchan murmullos. 

DON HILARIO (un poco desconfiado): Ha dicho usted que esta máquina cambiaría el mundo… Yo… todavía no comprendo… 

EL VIAJANTE (interrumpiéndolo): ¡Oh, Don Hilario, no se apure! Pronto lo entenderá. 

Se escuchan murmullos. Doña  Ágata toma la palabra. 

DOÑA ÁGATA: Señor viajante, no hace falta que haga ninguna demostración, porque en esta mesa ya conocemos la utilidad de su aparato. Sirve para lavar ropa, eso está más claro que el agua… 

Murmullos y risas. 

DOÑA ÁGATA (continuando): Pero ahora, si me permite, le hago la pregunta que le hacemos a todos nuestros inventores… ¿Cree que una máquina que lava la ropa puede aumentar nuestra rentabilidad en el mercado? Y si es así, ¿en qué porcentaje?, porque todo es preciso saberlo. 

EL VIAJANTE (con una sonrisa de seguridad, como chanceándose de la simplicidad de su interlocutora): Señora doña… 

DOÑA ÁGATA: Ágata… 

EL VIAJANTE: Señora Doña  ágata, ¿usted ha leído la Biblia? 

DOÑA ÁGATA: Ciertos pasajes los he leído. 

EL VIAJANTE: ¿Ha leído alguna vez el pasaje que dice “y vio Dios que era bueno” que hace referencia a los primeros instantes de la Creación? 

DOÑA ÁGATA: Sí  lo he leído… Pero no veo la conexión… 

EL VIAJANTE (interrumpiéndola): Pues la conexión es muy clara. El invento que tengo frente a mí  es el producto de muchos años de investigación continua… Yo afirmaría desde mi conciencia que la historia que lo ha precedido no es más que un preámbulo a su presentación… ¿Cómo puede algo así no ser bueno? Entonces, si negamos esto, también podríamos afirmar que la Creación del mundo es un prodigio inútil… 

DOÑA ÁGATA: Pero eso no son más que palabras. Alegue algún hecho a su favor. 

EL VIAJANTE (riendo): ¿Que alegue algún hecho? ¿Y usted no lo ha visto todavía? Oh ceguera humana, que ves la luz y tropiezas… Pues yo se lo diré, querida amiga… Si este producto ( señalando la lavadora) es capaz de lavar la ropa en quince minutos sin invertir ningún esfuerzo humano en ello salvo la magia de la corriente eléctrica… ¿No cree que cambiará para siempre las costumbres del género humano? 

Murmullos de nuevo. 

DON HILARIO (interesándose): Explíquenos un poco mejor esa idea. 

EL VIAJANTE (tocándose la frente): De acuerdo. La idea es muy sencilla. El trabajo más arduo dentro de la familia, que es la célula social por excelencia, consiste en hacer la colada todos los días. Se trata de la labor más dificultosa y también de la menos útil en el ámbito doméstico, porque exige mucho trabajo y escaso margen de beneficio. ¿Por qué se hace? Bueno, porque no queda más remedio, si uno quiere presentarse en sociedad, que tener limpia la ropa. Es la etiqueta por excelencia. Este protocolo no puede incumplirse, pues de otro modo correríamos el riesgo de volvernos animales, y la civilización desaparecería. La higiene es el distintivo de la raza humana. Las leyes nacen de la higiene, los principios morales no son más que preceptos higiénicos. Por esta razón, entre otras, algunas religiones prescribieron la circuncisión, la prohibición de consumir determinados alimentos, etcétera, porque no quiero cansarles. Pues bien, esta máquina ( toca la lavadora) pretende cambiar las costumbres higiénicas de nuestra sociedad, permitiendo un ahorro de tiempo de trabajo que desde ahora se podrá dedicar a otros menesteres. Esta máquina (vuelve a tocar la lavadora) va a redimirnos de la esclavitud. Es la piedra angular de nuestra sociedad. Solo hay que programarla y ella hará la parte más dura de nuestro trabajo. Mientras tanto, nosotros podremos dedicarnos a otras actividades, olvidando la maldición del trabajo manual. Sí, señores, la inteligencia del hombre es su redención. ¡Viva el progreso! ¿Se imaginan felices, con las manos libres para poder hacer lo que quieran? ¿Pueden hacerse a la idea de un Paraíso en la tierra? El bienestar será tu morada, hombre nuevo que ya has roto tu crisálida… ¡Dichosos los niños que nazcan cuando se generalice este invento! La humanidad será restaurada: no más abusos, no más diferencias, porque todos seremos iguales y felices. ¡Viva la libertad! Saludemos a los años venideros… Año nuevo, vida nueva. La paz perpetua está a punto de llegar. ¡Y usted (dirigiéndose al científico), eminente Peter Sail, será el automedonte, el conductor, el piloto y el líder del mundo! Sabio Prometeo, usted nos ha traído la luz. Los que no la ven ya la verán. Encenderemos una antorcha olímpica cuyo resplandor llegue hasta los confines de la tierra… Ustedes no me creerán (mira a los presentes) Ustedes no me creerán cuando lo diga, pero les aseguro que ningún rincón del universo será un misterio para nosotros. 

DON HILARIO (interviniendo con inseguridad): Señor Libra… 

EL VIAJANTE: Lira, Lira. 

DON HILARIO: Señor Lira, estoy asombrado de las excelencias de su invento, pero todavía… 

EL VIAJANTE: ¿Todavía quieren más pruebas? Pues bien, yo se las daré… 

DON HILARIO: No, verá… Creo que es un buen invento, pero, ¿y los costes, usted piensa que…? 

EL VIAJANTE: Ah, ya estamos con los costes. 

DON HILARIO: Es que… la energía eléctrica también cuesta. 

EL VIAJANTE: ¿La energía eléctrica? ¿La más barata providencia que nos da Dios? Así como las vacas nos dan su leche, el globo terráqueo nos da su energía a través de la corriente eléctrica. 

DON HILARIO: Bueno, bueno, visto lo visto, habrá que debatirlo, ¿no creen, señores? 

Murmullos. 

DON HILARIO: Propongo que votemos a mano alzada… ¿Quién está de acuerdo en comercializar y distribuir este producto? 

Todos levantan la mano menos López. 

DON HILARIO: Creo que tiene usted suerte, amigo ( dirigiéndose al viajante) Acaba de ganar las elecciones. 

EL VIAJANTE (festivo): ¡Oh! ¡Que nadie me quite este momento! Han caído las cadenas que nos ataban al pasado… ( estrechando la mano al científico) Un laurel para usted, Mr. Sail ( estrechando la mano al periodista) Usted será el mensajero de la libertad. 

Todos felices, menos López, que frunce el ceño en un rincón. El viajante estrecha la mano a todos los presentes. 

EL VIAJANTE (estrechando la mano de López): La libertad también es para usted… (alzando las manos) ¡Feliz día! 

                                                          Baja el telón. 
 
 
 

                                                 acto segundo 
 

                                                      ESCENA PRIMERA 

Establecimiento abierto al público de la sociedad Mundo Nuevo. Venta minorista de lavadoras. Una dependienta, con un lápiz sobre la oreja, atiende a un cliente, un señor grueso y exigente –a menudo estas dos cualidades se desposan- que protesta por todo. Es importante que se aprecie el mostrador. Lo demás, es accesorio.

LA DEPENDIENTA: Si… Si… El lunes tendrá todo… Lo apuntaré aquí (garabatea en una agenda) Dios mío, qué velocidad se dan las cosas (limpiándose el sudor de la frente) No hay tiempo para descansar… 

EL CLIENTE (a lo suyo): No basta que sea el lunes… Ha de ser el lunes a las 10:00. Ni un minuto antes ni un minuto después. Si fuese antes, no estaría todo preparado para la instalación; si fuese después, sería muy tarde. 

LA DEPENDIENTA (escribiendo): Entonces… doce unidades para el negocio de Don Ubaldo, en la calle Concordia, 7. 

EL CLIENTE: Bajo primero. No se confunda con la pajarería del bajo segundo. 

LA DEPENDIENTA: Bajo primero… No confundir con el segundo. ¿Algo más? 

EL CLIENTE: Seis unidades para don Álvaro Álvarez, de la calle Desolación, 9. 

LA DEPENDIENTA: ¿Cuánto ha dicho? ¿Seis unidades? 

EL CLIENTE: He dicho seis, señora, ¿en qué está pensando usted? Y a portes debidos… 

LA DEPENDIENTA: ¿También portes? 

EL CLIENTE (protestando): ¿Y luego, qué quería? ¿Que las llevara yo en el bolsillo? 

LA DEPENDIENTA: Claro..Claro… a portes debidos. ¿Algo más? 

EL CLIENTE: Pues… de momento, nada más… Espero que no se me adelante la competencia. Tengo que pedir un crédito al Banco para pagar… Ya no sé qué poner de aval… Nunca he comprado tan deprisa… 

LA DEPENDIENTA (suspirando): Ni yo tampoco recuerdo haber vendido a esta velocidad… Ah… (limpiándose la frente) Estoy rendida… 

EL CLIENTE: Bueno, bueno, no están los tiempos como para quejarse… Podemos hacer lo que nos da la gana… Esta gente que nace en la abundancia no sabe lo que hemos tenido que hacer los mayores para conseguirla… 

LA DEPENDIENTA (a punto de enfadarse): ¿Acaso cree que yo no trabajo? 

EL CLIENTE (fingiendo): ¿Decía algo? 

LA DEPENDIENTA ( suspirando): Oh, no, nada, nada… Tiene usted razón… 

EL CLIENTE (creciéndose): Es natural… Los jóvenes ven caer el maná del cielo… “Papá, ¿me das dinero para esto?” dicen, como si Papá fuese una mina inagotable… Y no saben que Papá está hipotecado, Papá se agarra los pantalones para que no se le caigan… En fin, habrá que educar a los chicos de otra manera. 

LA DEPENDIENTA (con resignación): Sí, señor. 

EL CLIENTE (mirando a su alrededor): No sé si me olvido de algo… ¿Cree usted que me he olvidado de algo? 

LA DEPENDIENTA: Oh, creo que no, señor. 

EL CLIENTE (volviéndose): Bueno, bueno, pues me voy, me voy… Ah (dando una palmada en el aire) ¡Recórcholis! ¡Se me olvidaba un tambor, un tambor nuevo! ¿Lo ve? Si no llego a ser perspicaz, usted no me dice nada… 

LA DEPENDIENTA: ¿Estudia música, señor? 

EL CLIENTE (enfadado): ¡un tambor de lavadora, alma cándida! ¿Pues no pensaba que yo…? 

LA DEPENDIENTA (disculpándose): Perdóneme, señor, es que estoy un poco agobiada hoy, necesito aire ( se abanica con las manos)  

EL CLIENTE: Claro… Claro… La juventud de hoy no sabe lo que es trabajar. Piensa que todo es Jauja… Como se lo dan todo hecho, pues no faltaba más… 

LA DEPENDIENTA: Señor, ¿se va a llevar ahora el tambor? 

EL CLIENTE: ¿Ahora? ¡Ni hablar! Yo quiero que me lo envíen a casa… y a portes pagados, pues creo que soy un cliente bastante habitual en este establecimiento. 

LA DEPENDIENTA: Es que don Hilario me dijo… 

EL CLIENTE: ¡Don Hilario ya habló conmigo ayer, y dijo a todo que sí, de modo que no me venga usted con dimes y diretes! 

LA DEPENDIENTA: Está bien, está bien… ¿Algo más, señor? 

EL CLIENTE: ¿Todavía más? ¿Le parece poco? Pues no he consumido hoy ni nada… Esta empresa me debe mucho, si no fuera por mí, no sé qué sería de usted… 

LA DEPENDIENTA (fatigada): Es verdad, señor… 

EL CLIENTE ( dándose la vuelta): Bueno, pues ahora sí que me voy. ¡Espero que ese pillo de la competencia no se me adelante! ¡Qué suerte tienen los trabajadores de hoy! No tienen que estar pensando como los empresarios en el mercado, que últimamente anda loco… El que no tiene una lavadora, es como si no viviera en este mundo… En fin, me voy, me voy. Adiós. ( sale). 

Cuando el cliente sale del establecimiento, la dependienta se sienta en una silla. Extenuada, se abanica con un folleto publicitario. Don Hilario entra en la tienda. Está contento. Lleva traje a rayas y corbata roja. 

DON HILARIO: ¡Ah, Faustina! ¿Qué tal le ha ido el día? Esto va viento en popa… Somos los amos de la ciudad… Todo el mundo nos imita… Peter Sail, Peter Sail, eres más sabio que Aristóteles… Tu nombre es una mina… 

LA DEPENDIENTA: ¡Oh, es usted, Don Hilario! Bienvenido… 

DON HILARIO (poniéndose a la altura del mostrador): La veo fatigada, Faustina.. Supongo que la clientela de hoy habrá sido masiva… 

LA DEPENDIENTA: No crea, señor. Esta tarde solo he despachado a treinta personas. El último cliente se marchó hace poco… ¿No le parece que sería conveniente contratar a otra persona para ayudarme? Yo sola no doy abasto… 

DON HILARIO (reflexivo): Lo pensaré, lo pensaré… ¡Cómo cambian los tiempos, Faustina! Desde que mi padre fundó esta empresa no hemos contratado en cincuenta años a más de un dependiente en este establecimiento! ¡Y ahora, no solo nos vemos obligados a contratar más personal, sino también a abrir nuevos establecimientos! ¡Qué mundo este! Y todo por ese invento, por ese adelanto, por ese talismán… ¡Es como un sueño! 

LA DEPENDIENTA: Sí… Yo jamás he trabajado en estas condiciones. No sé si podré resistir mucho tiempo. 

DON HILARIO (dando una palmada en el mostrador): Tranquila, Faustina… Yo me hago cargo… Hay que aprovechar esta época de bonanza… Muy pronto todos los negocios venderán lavadoras… Es el Destino. 

LA DEPENDIENTA: Tiene razón. Usted será feliz, Don Hilario… Todas las edades lo saludarán como el pionero del progreso… Pero los que somos como yo, no sé si lo agradeceremos tanto… 

DON HILARIO: ¡No diga eso, Faustina! ¡No sea usted pesimista! Esta época exige el optimismo… Los médicos están descubriendo adelantos sorprendentes para curar enfermedades… ¿Quién le dice que con esta pequeña ayuda para resolver problemas domésticos no se dedica más tiempo a la investigación científica? ¿Y si aumentáramos la esperanza de vida? ¿Qué diría entonces? 

LA DEPENDIENTA: Don Hilario, yo no soy inteligente como usted… pero creo que aunque todo cambie para mejor seguiremos teniendo los mismos problemas, solo que de otra manera, ¿sabe? 

DON HILARIO: Faustina, Faustina… Está triste porque trabaja demasiado… No se preocupe, yo la aliviaré… Pobrecita… Ande, váyase a dar un paseo… Ya cierro yo la tienda. 

LA DEPENDIENTA: Gracias, Don Hilario (sale) 

DON HILARIO (sentándose frente al mostrador) Todos tenemos sueños. Ella también los tiene ( enciende un puro y fuma tranquilamente) Vaya, ¿por qué no estarás vivo, papá? A ti te hubiera gustado ver así a tu hijo…

Unos segundos de silencio. 

DON HILARIO (prosigue): Sí… cómo no me voy a acordar de cuando me decías que llegaría a ser la honra de la familia.. todavía era un niño… ¿Por qué te fuiste, papá? ( llora) ¿Por qué no me esperaste? ¿Por qué no me esperaste? 

Unos segundos de silencio. 

DON HILARIO (prosigue sollozando): Pero ahora… ahora quiero pensar que tú me ves, que tú  me dices como cuando era pequeño: “ánimo, hijo”… Sí, ánimo siempre y no rendirse nunca… Esa es la máxima. 

Unos segundos de silencio. 

DON HILARIO (incorporándose): Necesito… (expulsando el humo al techo) Necesito hablar con alguien… Me siento melancólico… Tanta novedad y al final… (Silencio. Expulsa humo de tabaco por la boca) Eso. 

Se escucha el tocar de un piano. 

DON HILARIO (escuchando): Ah, es el pianista de al lado… Tocando siempre… Música es la vida… Arriba y abajo, arriba y abajo… Como el mar… Nosotros estamos arriba… Todavía arriba.. (cierra los ojos) 

Entra en la tienda un hombre vestido de sotana. Es sacerdote. Se aproxima al mostrador, y al ver a Don Hilario, susurra: 

EL CURA: ¿Perdón? 

DON HILARIO (abriendo los ojos): Vaya, ¡Hola, reverendo José! Discúlpeme.. Estaba a punto de dormirme… ¿Pero cómo usted por aquí? ¿También viene a participar en el banquete del progreso? 

EL CURA: No queda otro remedio, amigo… Por ahí no se habla de otra cosa que de ese nuevo Leviatán. Al principio, los integrantes del clero no aceptábamos un invento que podía traer funestas consecuencias para la organización tradicional de la sociedad, pero cuando estábamos en esta controversia se nos presentó la encíclica papal “Rerum Novarum” del romano pontífice, donde se nos recomendaba que empezásemos a usar ese invento los pastores de la Iglesia para no ser vistos como retrógrados en un mundo que tal vez cambie para siempre… 

DON HILARIO: Me alegro de que el clero reconozca la necesidad de renovarse… Ya se sabe, renovarse o morir… Las cosas cambian, señor cura, y nada se mantiene inmóvil… El piojo crece hasta convertirse en un león, y el león se vuelve una pulga… Ustedes no pueden ser leones toda la vida… 

EL CURA: Es cierto. El Salvador de la Humanidad no se opuso a las novedades, pero nos enseñó a desconfiar de ellas… Lea el  Eclesiastés… Vanitas vanitatum. 

DON HILARIO: El Eclesiastés, ¿eh?… No he visto libro más desfasado… ¡Anda que no ha habido transformaciones en el mundo desde su creación! ¡Pero, hablando del tema, el otro día leí en un periódico que el universo es mucho más antiguo de lo que afirma San Agustín! ¡Y que la tierra tiene origen en la física, no en la metafísica! ¡Y que nuestros antepasados nos son Adán y Eva, sino unos reptiles muy grandes que se llaman dinosaurios! ¡Y qué sé yo! ¡Los científicos parecen poetas, exaltándose y dejando correr su imaginación! Yo ya no quiero saber nada de ellos, porque me parecen niños que se inventan una excusa para que su madre no les riña por haber faltado al colegio. 

EL CURA: La serpiente… La serpiente del mal… Por mucho que diga el Papa, yo creo que en la novedad está el demonio. 

DON HILARIO: Tampoco hay que exagerar… 

EL CURA: La enfermedad de hoy en día es inventar. Esta es la plaga que nos ha tocado vivir. Acabaremos por creernos que no existimos. ¡Y todo gracias a usted!. Porque he de decirle que su fotografía aparece en todos los periódicos… Se va a convertir en el moderno Alejandro Magno… ¡Su empresa, Mundo Nuevo, es la primera del planeta en volumen de beneficios! Aproveche su consagración… Como dijo Solón de Atenas, al fin de la vida es cuando se puede afirmar con seguridad si uno ha sido feliz o no. Mientras tanto, juzgar es perder el tiempo… Pero, pero, ¿a qué he venido hoy aquí? 

DON HILARIO: Eso es lo que me pregunto… Aparte de este bello sermón edificante… ¿A qué se debe el honor de su visita? 

EL CURA (tocando la frente): Sí.. En fin… Yo venía a encargar veinte lavadoras para el Monasterio de los Dominicos de la calle de la Paz, ya lo conocerá usted, ¿no? (Don Hilario asiente) y también dos para el obispado y una para mí. 

DON HILARIO (anotando en una libreta): En total, veintitrés unidades, perfecto… ¿A portes debidos? 

EL CURA: Sí, a portes debidos… Bueno, con esto ya he terminado. Tengo que ir todavía a cerrar la parroquia, perdone que no me detenga más… 

DON HILARIO: No se preocupe… Yo también voy a cerrar. Ya es tarde. 

EL CURA (dándose la vuelta): En fin. Hasta pronto. Que el Señor lo acompañe. 

DON HILARIO: Igualmente.  

Después de la salida del cura, Don Hilario cierra la tienda, que queda en penumbra, y se va. 
 

                                                           ESCENA II 

Una familia habitual. La mujer borda en un sillón. Dos niños de seis años juegan con una pelota en el suelo. Llega el padre, y al ver a los niños jugando, intenta dar una patada a la pelota. 

LA MUJER (viendo al marido): ¿Ya has llegado? 

EL MARIDO: ¡Sí! ( a la mujer) ¡Cómo vives! ¿No tienes nada que hacer? 

LA MUJER ( sin sacar la vista de la labor): ¡Para qué! La lavadora que me compraste se encarga de todo… Está mal que yo lo diga, pero estoy empezando a aburrirme… 

EL MARIDO (mirando a los niños): ¿Y los críos? ¿Ya han hecho los deberes? 

LA MUJER: Hace dos horas… En el ínterin, como también se aburrían, empezaron a jugar… ¡Vamos a tener que ponerles tarea extra, porque si no, van a poner la casa patas arriba! 

Los niños se acercan a su padre. 

NIÑO PRIMERO: Papá,  ¿trajiste dulces? 

NIÑO SEGUNDO: Papá,  ¿trajiste caramelos? 

EL PADRE (besándolos): No, diablillos, pero traje algo mejor para vosotros… 

LOS NIÑOS A LA VEZ: ¿Otra lavadora? 

EL PADRE: ¿Lavadora? ¿Para qué necesitamos otra? Con una nos llega… 

LOS NIÑOS A LA VEZ: ¿Entonces, qué trajiste, papá? 

EL PADRE (con misterio): Traje algo muy bonito que está en la cocina… 

Los niños salen corriendo de la escena. De allí a poco vuelven desilusionados. 

NIÑO PRIMERO (con fastidio): Es un aparato, no sirve para jugar… 

NIÑO SEGUNDO (con el mismo fastidio): Y pesa mucho. 

LA MUJER (sin dejar la calceta, protestando): Has vuelto a gastar el dinero en otro de esos inventos nuevos… Los comerciantes te engañan como si fueras un chiquillo… ¡Ay!.. Y yo aquí, todo el día sola cuidando a los niños como una boba… ¡Desgraciada de mí! 

EL PADRE: No digas eso, Isabel… Es una inversión lo que he hecho… A ti, especialmente, te va a gustar ( saliendo) Espera, voy a buscarla ( de allí a poco entra con un televisor en brazos) A ver, ¿dónde coloco esto? Bueno, de momento vamos a ponerlo en el suelo (buscando) ¿Dónde hay un enchufe? ( lo encuentra) Aquí. 

Mientras el padre enchufa el televisor, la madre y los hijos observan con detenimiento cada uno de los movimientos del padre. Al fin, el padre enchufa el televisor, y oprimiendo un botón, aparece una imagen aleatoria y se escuchan unas voces. No importa la marca ni el modelo del televisor, ni tampoco que este sea en color o no. Los niños, al ver la imagen del televisor, se refugian gritando junto a su madre. 

LA MADRE (asustada):¡  Jesús!. 

EL PADRE (riendo durante unos segundos): ¿Qué os parece? ¿Es una compra bien hecha? 

Los niños salen del regazo de la madre y, aproximándose con miedo al aparato, lo contemplan absortos. 

NIÑO PRIMERO (gritando): ¡Hay gente! ¡Hay gente ahí dentro! 

NIÑO SEGUNDO (también gritando): ¡Papá es un mago! 

LA MADRE (con terror): ¡Apaga eso , hombre! ¡Nos van a ver! 

EL PADRE (todavía riendo): Nadie nos ve, tonta… Solo podemos verlos nosotros… ¿Qué os parece?… ¿A que no habéis visto nada igual? Y a penas me ha costado una cuarta parte del salario que gano… ¡Ojalá el abuelo pudiera ver esto!… Los científicos van a crear un mundo nuevo, mejor que el que Dios creó. 

LA MADRE (agarrándose la cabeza): Los científicos van a volver el mundo del revés… Ahora no vamos a tener paz ni en nuestra casa… 

EL PADRE (a cuatro patas mirando la imagen del televisor): ¡Calla, mujer, esto es el progreso! ¡Y si no te gusta, peor para ti! 

LA MADRE (gritando): ¡Si no apagas eso, me voy de casa! 

EL PADRE (apagando el televisor): Tranquila…tranquila… ¡Ya verás cuando sepan los vecinos que tenemos un televisor! Todos van a querer uno igual… 

Ya apagado, los niños se aproximan al televisor y lo palpan con miedo. 

EL PADRE (levantándose): ¿Y hablando de inventos? ¿Está lista la cena? 

LA MADRE (levantándose también): Pues hoy me he olvidado de prepararla… 

EL PADRE (con los brazos en jarras): ¿Te has olvidado de preparar la cena? 

LA MADRE (angustiada): Mira, Manuel, tenemos que hablar… Últimamente me encuentro muy sola en casa… 

EL PADRE (sin salir de su estupor): ¿Muy sola? ¡Pero si tienes a los niños! ¡Y la lavadora te hace todo!… No me lo puedo creer, yo vengo de trabajar desde las ocho de la mañana y llego a mi hogar rendido y mi mujer ni siquiera tiene preparada la cena, ¡su única obligación! 

LA MADRE (suspirando): ¡Oh, feliz tú que puedes trabajar! Yo estoy entre estas cuatro paredes todo el día, sin hacer otra cosa que esperar por ti, como una eterna Penélope, e incluso a veces pienso (hace ademán de llorar) que sería mejor que no viviese… Desde que trajiste la lavadora no tengo nada que hacer, y las horas muertas pasan por mí como maldiciones… ¡Oh! ¿Qué sabes tú de lo que te hablo? Al menos tú te relacionas… Antes también yo lo hacía, cuando iba a lavar, pero ahora nadie va a lavar, todo el mundo tiene lavadora y lava en casa… Necesito hacer algo, ¿comprendes?, hacer algo, aunque sea morirme… 

EL PADRE: Pues ahora todo está  solucionado. Ya tienes el televisor para divertirte. 

LA MADRE (limpiándose las lágrimas): No es suficiente… No puedo estar sentada todo el día viendo pasar imágenes… ¡Ah! (suspira) 

EL PADRE (caminando por la habitación): ¡Y todo por culpa de la lavadora! ¿Quién iba a pensar que…? Pues si lo sé, no la compro. Aún estoy a tiempo de venderla. 

LA MADRE: ¿No decías que no podías renunciar al progreso? 

EL PADRE (enfurecido): ¡Demonio! Prefiero renunciar al progreso que renunciar a la cena. 

NIÑO PRIMERO: ¡Tengo hambre! 

NIÑO SEGUNDO: ¿Qué  hay para comer? 

EL PADRE: Eso me gustaría saber a mí. 

LA MADRE (resignándose): Voy a preparar la cena… Mañana seguiremos hablando (sale) 

Los niños comienzan a pelear por la posesión de la pelota. 

NIÑO PRIMERO: ¡Dámela! ¡Es mía! 

NIÑO SEGUNDO: ¡No! ¡Dámela tú! 

EL PADRE (separándolos y quitándoles la pelota): ¡No es de ninguno! ¡No es de ninguno! ¿Me oís? Es mía, que la he pagado… ¿No podéis permanecer en paz? 

NIÑO PRIMERO: Nos aburrimos. 

EL PADRE (saliendo): ¡Oh! ¡El fin del mundo se acerca! 

                                                    CAE EL TELÓN. 
 
 

                                 

                                                         

                                          acto tercero 
 

                                              ESCENA PRIMERA 
 

Escena política. En una sala, el viajante de comercio del primer acto habla en una tribuna, con Peter Sail de pie, en silencio, a su lado. Un grupo de individuos –no importa su número ni calidad- lo escuchan sentados en cualquier parte del escenario, a modo de espectadores. 

EL VIAJANTE: Ya sabe este ilustre senado culto que yo ( se da una palmada en el pecho) Ángel Lira, he sido el adalid de la Libertad, el profeta de los nuevos tiempos. Nadie de los aquí reunidos en esta docta asamblea ignora que si no hubiera sido por mí, tal vez el eminente Peter Sail hubiese muerto en la más oscura e ignominiosa indigencia, pero mis dotes al hablar y la brillantez de mi discurso –y aquí termino de hablar de mí, porque toda alabanza propia debe, con razón, de aborrecerse- han propulsado a este gran investigador al podio del reconocimiento público inmediato (aplausos de los circunstantes). Pues bien, mis servicios por el bien de la Humanidad no han terminado aquí, sino que se han multiplicado en poco tiempo como los beneficios que el invento de Mr. Sail ha adjudicado a los habitantes de la esfera terrestre, y… han de saber ustedes que el aumento generalizado del ocio en la sociedad ha permitido, mejor dicho, me ha permitido construir el gran edificio de la lógica política, es decir, un sistema de gobierno basado en este ocio manual que tan útil nos ha sido para el desarrollo interior de nuestra personalidad (pausa. Murmullos) Ello es, y así debo decir a la unanimidad de este Areópago, que podemos afirmar, de aquí en adelante, que ha muerto la tristeza en el mundo, que han muerto los obstáculos que impedían a un individuo hacerse libre, esto es, estar ocioso y poder, mano sobre mano, contemplar cómo las máquinas hacen todo nuestro trabajo (pausa. Murmullos) 

Se escucha un grito: “¡Que lo diga ya!” y otro: “¡Al grano, al grano!”. 

EL VIAJANTE: Sí, camaradas, lo diré todo a su tiempo (pausa) Como decía, yo opino –y mi opinión es tan válida como la de cualquiera- que no podemos continuar dependiendo de un solo poder hereditario para gobernar nuestras queridas patrias. Esto era necesario antaño, cuando el hombre se ocupaba en bestiales tareas, propias de animales y no de seres libres, pero no de hoy, cuando el hombre ha adquirido el derecho de considerarse emancipado de la naturaleza. La naturaleza está bajo nosotros, no sobre nosotros. Hoy en día, desde la aparición de este formidable invento, hemos roto las cadenas que nos sujetaban a ella y nos hemos remontado, dominándola, hasta el mismo sol. Y no se espanten, señores, acabaremos encendiendo y apagando el astro rey como se enciende y se apaga una moderna bombilla. 

Se oyen voces de “¡Acaba, hablador, acaba!”, “¡Qué pides!”. 

EL VIAJANTE: Bien, es hora de hablar, pues hasta ahora no he hecho más que escuchar sus propios corazones. El poder hereditario tiene que terminarse, y en su lugar estableceremos un poder electivo, que revele periódica, y no vitaliciamente, nuestros principios. Para empezar, como los pueblos disponen de más tiempo libre, la política será tarea de todos. Cada cual será un gobernante (risas). No se escandalicen de esta afirmación. Todas las propuestas individuales tendrán el mismo valor, y cualquier habitante de este planeta podrá elaborar leyes. Un Comité de Decenviros, elegidos de entre la multitud por medio de un fiel escrutinio de papeletas, será el encargado de aceptar o de rechazar las propuestas. De este modo podremos aumentar el número de decisiones y el número de resultados, y del propio número dependerá el gobierno. ¿Qué les parece? ¿No resulta un buen medio de emplear el ocio? (murmullos subidos de tono. Se escuchan opiniones encontradas de “¡viva!” o “¡muera!”) Y ustedes me preguntarán, ¿y ese comité, único, no tendrá una acumulación demasiado grande de competencias, que producirá la confusión de decisiones? Reconozco que es verdad. Pero para esto también tengo solución. El poder se dividirá en tres partes, y cada una será independiente de la otra, con sus propios encargados adscritos. Así, la sociedad funcionará como una máquina, como una lavadora, si quieren; y si en algún momento se estropea entre todos la repararemos para que siga funcionando ( se oyen voces de aprobación y sombreros lanzados al aire) ¿Están de acuerdo, verdad? ¿No es perfecto mi sistema? ( se oyen voces de “sí”, “sí”, “es un genio” y otras similares) No, por favor, no soy un genio, solo me atrevería a pedir a este ilustre areópago un cargo público de vigilante de comité, nada más; es un cargo modesto, que puedo desempeñar perfectamente… ( se oyen voces de “¡no! ¡no! ¡serás sometido a elección!”) Pero… Pero… Admito que es justo, pero mis servicios debieran ser recompensados… Yo creo que merezco ese grado por ser el promotor de este modelo de organización… Solo pido un cargo representativo modesto, solo un pequeño premio a mis servicios… (se escucha “¡abajo!” “¡abajo!” “¡fuera de la tribuna!”) Yo… Yo… Gracias a mí.. No sean desagradecidos… ¿Qué pensará Mr. Sail?… Tengo derecho a ese puesto… (un grupo de individuos de la asamblea suben a tribuna y obligan al orador a bajar. Mr. Sail lo mira y sigue inmóvil) ¡Socorro! ¡Salvajes! ¡Mr. Sail! ¡Mr. Sail! ¡Interceda por mí! (el grupo obliga también a Mr. Sail a bajar. Este obedece en silencio) 

Una vez que han expulsado al orador y al científico, los asistentes se pelean por ocupar la tribuna. Se forma un barullo ensordecedor. 

EL VIAJANTE (saliendo de la escena y alisándose el traje arrugado): ¡Brutos! ¡Perros! ¡Después de lo que yo he hecho por ellos! ¿Por qué no me defendió, Mr. Sail? 

Mr. Sail no dice nada. 

EL VIAJANTE (con sorna): ¡Ah! ¡Había olvidado que era inglés! 
 
 

                                                        ESCENA II 

Don Hilario, vestido de pobre, pide limosna en la calle. Los transeúntes pasan a su lado sin mirarlo. 

DON HILARIO (lamentándose): ¡Arruinado! ¡Arruinado! ¡Maldito sea el momento en el que decidí vender lavadoras! ( un transeúnte arroja una moneda a los pies de Don Hilario. Este la coge con nerviosismo y la mete en el bolsillo) ¿Oh, qué diría mi padre, que fundó mi quebrada empresa, si me viera en estos harapos? Todos los socios han retirado sus participaciones… Solo he quedado yo, que no tengo nada que retirar ( se cubre el rostro con las manos) ¡Oh! ¡no puedo llorar más! 

En esto aparece el cura del acto segundo, y al ver a Don Hilario en el suelo, lo mira atentamente cambiando de posición y dice: 

EL CURA: ¡Yo conozco esa cara! 

DON HILARIO (contemplando al sacerdote): Si las desgracias no me han envejecido, creo que soy el mismo que usted vio el mes pasado en algún lugar de esta ciudad… 

EL CURA (gritando): ¡Don Hilario! ¡Dios mío! ¿Es usted? 

DON HILARIO: Quisiera no serlo… 

EL CURA: Pero, ¿cómo? ¿No era usted el empresario más rico del mundo? ¡Parece usted la réplica del santo Job! (haciéndose cruces) 

DON HILARIO: Es verdad. Tengo que leer la Biblia. Es lo único que puede consolarme del estado en el que me encuentro. Si tiene caridad, deposite alguna de sus migajas en mi sombrero. 

EL CURA: Pero, explíqueme, por Dios, ese cambio de fortuna… De millonario a necesitado, ¿cómo…? 

DON HILARIO: ¿No le dije yo hace un mes que los piojos se convierten en leones? Pues aquí tiene un ejemplar de león viejo agonizante… ¡Tenía razón aquel sabio que decía que hasta el fin no te alabes! ¿Cómo se llamaba? 

EL CURA: Solón. 

DON HILARIO: Me acuerdo mucho de él… Verá, al principio todo eran triunfos, mi fotografía recorría todos los periódicos, mi nombre se pronunciaba en las asambleas,  pero más tarde las empresas que me hacían competencia vieron con malos ojos que yo monopolizase el comercio de lavadoras, y se pusieron a discurrir cómo arrebatarme el privilegio de su comercialización… Investigaron, y descubrieron nuevas aplicaciones para lavadoras, fabricaron nuevos modelos que consumían menos y que eran más eficaces… Yo pensé que no necesitaba cambiar mi modelo de producción… pero lo cierto es que las empresas investigadoras fueron restringiendo cada vez más mi mercado, hasta que este desapareció, anegado por la maquinación. Algo similar he estudiado que le ocurrió a España con su imperio americano de ultramar. 

EL CURA: ¿Pero no era su lema “renovarse o morir”? 

DON HILARIO: Sí, pero no supe aplicármelo a mí mismo… Ese fue mi error. Y ahora pago las consecuencias. El mundo ha cambiado… sí… pero ha cortado las cabezas que lo fundaron. Ahora todo el mundo anda preocupado. Todo es inestable. Nada se promete duradero. La libertad quiere víctimas. La gente no tiene ni un minuto de ocio, pues es imprescindible no dormirse para salvar el pellejo. ¡Yo creía en la felicidad! ¡Ahora ya no creo en ella! Pronto nos devoraremos unos a otros. ¡Oh, tierra! ¿Por qué no te tragas mi cuerpo? 

EL CURA: Sosiéguese, amigo. Lo que le ha sucedido le ha servido de enseñanza para no poner esperanza en los bienes del mundo, que son perecederos, sino en lo de arriba, que no terminan nunca. 

DON HILARIO: Esa es la esperanza que me queda. 

EL CURA: Y mientras tanto, le invito a que venga a comer al refectorio de los dominicos de la calle de la paz. Yo lo invito. ¿Se acuerda del sitio? Últimamente están muy contentos los frailes con sus lavadoras nuevas. 

DON HILARIO (levantándose): Muchas gracias, espero que la alegría les dure más que a mí. 

Salen del escenario. 

                                                               FIN DE LA OBRA

INVERSIONES RENTABLES

 

Es pobre aquel que quiere,

y busca la riqueza en lo externo,

porque la única riqueza que existe

la lleva el hombre dentro.

“El poder está fuera, en las montañas”

asegura el necio,

“vamos a buscar el oro verde

de la esperanza, en el suelo”.

Excava, excava en tu fiebre de ciencia,

busca calaveras de los muertos,

trata de retener la apariencia

y contraerás la rabia de los perros.

En cambio, el que en sí  busca,

hallará una alberca de dinero

donde ningún otro puede alcanzarlo,

sin comisiones, y a interés eterno.

Pagará a todos los acreedores

y le sobrará aún ciento de ciento.

Es rico porque su riqueza

de él depende. Es titular del tiempo.

ARIDEZ DEL ESTÍO

 

Aquel que vive sin amor,

desarraigado vive de la tierra,

y con el paso del tiempo

su ser, exento, se seca.

Porque el amor es la sangre

que corre por nuestras venas,

la sangre encendida de la vida

la fuente de energía interna.

Sin amor, todo es nada,

absurdo, como vacío de ausencia,

es el cajón del universo,

el hueco de la cabeza.

De qué sirve, sin un sentimiento,

la vasta planicie de la materia;

y si no puedes pensar ni imaginar

de qué vale la creación entera.

No tienes dónde posarte

pájaro de la miseria,

no tienes dónde posarte

si no cantas cuando vuelas.

La muerte te ronda

cuando no amas ni esperas,

y el hambre lentamente te devora

aunque, ciego en tu noche, no la veas.