TESTAMENTO DE UN CÍCLOPE DANDY. SEGUNDA PARTE (NOVELA)

NUEVO TESTAMENTO DE UN CÍCLOPE DANDY

  1. SOBRE LA EXTRAORDINARIA CURACIÓN Y REGRESO DEL CÍCLOPE JUNTO CON SU SÍMBOLO DE TIERNA EDAD. EXPECTACIÓN EN NUEVA YORK, INQUIETUD EN LOS DIARIOS Y ASOMBRO EN LOS MUNDOS NUEVO Y VIEJO

Serían, poco más o menos, las seis en punto de la mañana, cuando las ingentes multitudes de la ciudad que Benjamín Franklin denominó imperial se detuvieron por vez primera en mitad de la acera para ver pasar a un hombre. El suceso aconteció en la desembocadura de la Quinta Avenida en su confluencia con la calle 90, a la altura de la Museun Mile , y yo me atrevería a afirmar que incluso las hipertrofiadas fachadas de los museos Guggenheim y Metropolitan se resistieron a dejar de admirarse. Un estadounidense procolonial, aunque sin duda pariente de aquellos Sons of Liberty que disfrazados de indios – ¡adviertan, señores míos, la paradoja!- dieron al traste en Boston con todo un cargamento de té inglés procedente de la India Británica, que todavía no había engendrado la épica de Gandhi ni la lírica de Rabindranath Tagore, no hubiese despertado ni un saludo minúsculo en sus compatriotas, aunque se tratase de Patrick Henry o de Walt Whitman, cuánto más una interrupción del tráfico urbano de una magnitud casi apreciable en la escala Richter. Y no era el tal admirado transeúnte un secretario general de ningún sindicato, un congresista ni un senador, un activista callejero ni un presidente o ex-presidente de la nación bautizada por Thomas Payne; tampoco era un recolector de algodón sureño fugado de la tipografía de Steinbeck; no era por supuesto un trampero de zorros aspirante a un bordado de Jouy; no un héroe plástico de un tebeo con propiedades hilarantes, no un actor de la Caverna Mercantil de Hollywood ni mucho menos una actriz de Hollywood, no un inmigrante sin papeles perseguido por la ley, no un gánster de los roaring twenties galardonado por la ley, y finalmente para poner punto en boca a la enumeración, no era ningún sujeto capaz de ser imaginado por tanta gente con tan poca imaginación. Mientras la muchedumbre lo miraba no sin cierto temor clínico, se escuchó en el viento una voz que hendía el cielo sin tanto énfasis como lo hizo en el bautismo de Jesús, una voz como de niño, y sin como – era de niño-, que gritó célebre, a lo majo: “¡Padre, haz el favor de bajar la cabeza, que no veo la torre esa del Empire State!”. El individuo se dio la vuelta como un pistolero del Oeste más occidental, y descubrió una faz caprichosamente abstracta de tantos pelos que le brotaban de todas partes, con una especie de ovni bien concreto en mitad de la frente, y que no era un ovni como parecía por lo pronunciado de su circunferencia, sino un ojo desmesurado capaz de enamorar a Émile Brönté:

    • Hijo mío- casi exclamó como un Obligado el ingente energúmeno, casi como un payador de la pampa argentina- ¿Otra vez te has refugiado detrás de mi espalda? ¿Cuántas veces habré de decirte que no te me apartes demasiado, que eres muy perdidizo?

    • Pero padre – respondió el supuesto niño mientras saltaba como una rana imitando la pata coja de los de su generación mientras se aproximaba al engendro de hulla viviente, de tan oscuro que era que amenazaba con no ser- ¡Si se te ve desde cualquier parte! ¡Eres como un rascacielos que anda! ¡Además, si escucho ruido de gente chillando, ya sé que estás tú allí!

    • ¿Pero quién me va a alumbrar el camino?- preguntó el rehabilitado cavernícola.

    • Ahora ya no necesitas que nadie te alumbre el camino, porque ahora ya puedes ver mejor que un lince. ¡A ver si va a resultar que solo ves lo que te interesa! No te fijas en los escaparates que te señalo con el dedo para que me compres cosas. Necesito comprar un avión teledirigido, porque quiero matricularme mañana para piloto de altos vuelos. ¿No decías tú que con tan poco peso como yo, podría llegar muy alto?

    • Hijo mío- aseveró aquel fantoche hiperrealista- Abandona, al menos por el momento presente que ya se está metamorfoseando en pasado, esos entusiasmos renacentistas. ¿Qué pretendes hacer con un avión para ti solo? ¿Edificar un castillo sobre el aire, como Leonardo da Vinci o los amantes de los descubrimientos? Para castillos ya están las nubes. Nunca lograrás alcanzar la velocidad de tus pensamientos, tan rápidos como ángeles de luz, que son capaces de atravesar 300.000 Km de espacio escarpado por segundo sin despeinarse ni contraer pulmonía, sobrepasando la barrera del sonido de nuestras palabras.

    • ¡Pues yo quiero ser aviador!- se enrabietó el niño cruzándose de brazos- ¡Y quiero visitar el espacio exterior, y hacer novillos en las estrellas, y merendar en otra galaxia, y conocer a un extraterrestre y jugar con él al escondite!

    • Eso ya lo haces ahora – musitó el monolito retórico- Pero el extraterrestre siempre te gana la partida. Es que él juega con ventaja. Como no existe…

    • ¡Sí que existe!- exclamó el niño- ¡Yo pienso en él muchas veces, así que no hay caso! ¡Es el argumento de san Añejo que dices tú!

    • San Anselmo- lo corrigió el gigante- No confundas el alcoholismo con la filosofía. Y ya te he dicho millones de veces, una por cada estrato geológico de este planeta bailarín, que no se puede cruzar del plano lógico al ontológico sin pasar por la aduana epistemológica.

    • A mí me importan poco las aduanas- confesó el niño con un gesto de comprensión hacia la ignorancia de su tutor- Yo paso siempre por donde quiero. Y además de nada sirven las aduanas, cuando no dispongo de un céntimo siquiera para pagar el peaje. ¿Acaso ese cuentista Fulano, Luterano, Culterano o Tarambano ( no sé cómo lo llamas cuando quieres decir algo bonito) no puede imaginarse a un extraterrestre y ponerlo en la historia nuestra como si nada, como quien pega un cromo en un álbum, porque como es artista, o copista aunque no copión, puede hacer lo que le salga de la real gana, igual que un rey de esos que aún viven?

    • ¡Ya saliste con el cuento, oh terrorista menor de edad!- exclamó el por ahora desconocido jayán, pues apuesto a que ustedes no tienen ni idea de quien puede llegar a ser un individuo de más de siete codos y sesenta pulgadas de altura con un solo ojo pegado a la frente, como la propaganda del Divino Hacedor- ¡Cada vez que nombras al docto, ilustrísimo, eminentísimo, excelentísimo y superlativísimo Literano, profieres por lo menos varias miríadas de insultos sin darte cuenta! ¿No te apercibes, leoncillo sin garras, de que nuestra aparición en esta segunda parte de la monografía del Cíclope Dandy, trilogía si tienes la desgracia de no saber contar, ha sido pensada por este director de afilada mentalidad a modo de sorpresa extraordinaria para el lector, que a estas horas debe estar preguntándose quién ha podido desvelar el misterio que tanto tiempo tardó en detectar? Hasta hace un minuto recién sacado del horno éramos dos sombras en una ciudad sombría, dos encapuchados en la oscuridad estreñida de lo desconocido, ¡y mira que resulta difícil hacernos pasar por eso a nosotros! Y ahora, como sueles lograr con las copas de los restaurantes, has roto la magia y la ilusión catódica y no muy católica de este paripé, y acabas de abolir de un plumazo la intriga guasona de nuestra aparición. ¡Te parecerá bonito…!

    • Ha sido sin querer- se justificó el niño- aunque, siendo sincero, también quería un poquito. ¡Ya sé! ¡Se me ocurre una idea para no dar a entender todavía que tú eres el cíclope Polifemo Megalonio y que yo soy Marcelo, no el hijo de Augusto sino el tuyo ( aunque estoy por no retirarte el adjetivo) y es que hagamos como que nos comportamos como otro personaje de esos que se pasean por las novelas de hojas de sábana, y de esta manera el cálido lector no sospechará nada.

    • Se dice cándido y no cálido, apuntador de cervecería- lo corrigió su enorme profesor de gramática parda o al menos tordilla- Y no creo que sea tan cándido para que una vez reveladas por tu boquita de piñón nuestras identidades no acierte a reconocernos. Es más, después de las incontables ediciones y reediciones a toda máquina que se han hecho de nuestra única e irrepetible, eterna y desaprensiva historia, resultará tan difícil lograr su silencio como lo fue para Jesús el conseguir el de María cuando resucitó a su hermano Lázaro. Apuesto los pulgares a que si Jaroslav Seifert no pudo fumarse una pipa completa antes de que terminara la Gran Guerra, tú no podrás morderte una uña antes de que el lector, siempre escondido como un pilluelo de doce años que acaba de robar una tableta de chocolate de la tienda a la que va su madre caiga en la cuenta de que eres tú y no otro quien dice lo que solo tú puedes decir.

En tanto este curiosísimo diálogo se ponía en evidencia, el coloso apuntado del Empire State creo que se agachó para escuchar mejor una conversación a la que nunca había tenido acceso en épocas pasadas, que no fuera registrada por Pulitzer y sus sucesores, ni por Edith Wharton y los suyos. Como el sabio Literano – ¡para qué vamos a tener en silencio su nombre cuando ya los protagonistas antagónicos de su historia lo han desvelado sin ningún tipo de consideraciones a la omnisciencia del narrador!- es un intelectual poco menos que etéreo de tanto pensar, un tanto acatarrado de pasear tan a menudo por el Parnaso a dieciocho grados bajo cero en Helicón, un asiduo bebedor de la fuente Castalia cuya agua no se puede embotellar, y también un espeleólogo de las cuevas angostas de la imaginación, tiene derecho a emplear licencias extravagantes de vez en cuando, y considera que este es el mejor momento. Se atreve a afirmar con la venia de los lectores abundantísimos que el altivo Empire State, con sus 102 pisos y sus 448’66 metros de altura en caída libre experimentó un temblor benevolente – en un grado semejante al que atestigua el vate Alighieri que se produce en el Monte Purgatorio cada vez que un alma libre ya de pecados sube al cielo- cuando percibió la presencia de dos héroes de verdad – uno de ellos con pelo en el pecho y el otro sin pelos en la lengua- que se paseaban como si nada por las cercanías de Altdorf Astoria. “Es acontecimiento solo posible para una mente privilegiada como la del empresario Literano”, son palabras textuales del edificio, y denomina “empresario” al que debiera denominar “sabio” porque en Estados Unidos son sinónimos, “ el conseguir que dos seres como éstos convivan con otros que apenas saben convivir. A fe de rascacielos que, si yo no fuese construido para ser testigo de los avatares de esta civilización que se parece a un río que corre hacia su desembocadura, que me hubiese ya arrancado de este solar y me hubiera ido a vivir aventuras con estos dos ecuánimes seres”. Dicho esto, el edificio suspiró profundamente y su fachada se desperezó un tanto mientras en sus oficinas se preguntaban los negociantes qué tripa se le había roto a su capitalito, que empezaba a agitarse al ritmo del edificio con el bamboleo de una selvática melodía de Duke Ellington. Si afirma la mitología griega que durante la batalla de los gigantes del Pelión contra los dioses del Olimpo, el río Nilo, asustado por la artillería y las bombas sonoras que no faltarían en aquella escaramuza, corrió a esconder su cabeza o su fuente en el centro de África y es por ello el río más largo de la tierra, no le resultará difícil al lector imaginarse esta reaccioncilla del Empire State. A aquellos que no dispongan de imaginación, les recomiendo paciencia.

De repente – es necesario decirlo- Marcelo sintió que sus pies estaban más refrescados de lo habitual a pesar de hallarse ya en pleno mes de junio, y mirando al suelo como para buscar un ready-made al modo de esas latas de Man Ray a las que él denominaba irónicamente “esculturas”, se encontró con los dedos desnudos de sus pies, de uñas de más de la marca, asomando impúdicamente por la abertura de sus zapatos rotos y procurando lucir el generoso escote de los calcetines raídos.

    • Padre, mira…- se le ocurrió decir al niño señalando el grueso del asunto.

    • ¡Pero válgame Dios, hermano!- exclamó Don Megalonio haciendo el amago de sacarse un sombrero inexistente, tan caro como irreal- ¿En Nueva York nos vemos y tú así? ¿Cómo se te ocurre consentir que tus pies anden a la intemperie? ¿Y esa gloriosa rotura entre la suela y el cuero? ¿Pretendes revolucionar la moda?

    • Se me debieron romper en algún sitio- dijo el niño metiendo el índice en la boca- Tal vez aquella vez que me puse a dar patadas a un alambre de espino cuando nos desembarcaron en Rockaway Park para hacer tiempo en el muelle en tanto tú estabas mirándolo todo con mucho ahínco debido a la alegría que te supuso haber recobrado la vista. ¿Tú crees que pudo ser esa la causa? ¿Y crees que pudo influir el hecho de conservar las uñas sin cortar de mis pies desde que salí de Palermo? ¿No te parece que estoy preocupándome sin necesidad?

    • Yo creo, hijo mío, que tú eres más peligroso y temible que el Etna que me vio nacer – reconoció el Cíclope con la contundencia de un Menassa- ¿Cómo no me dijiste nada cuando se te ocurrió dar patadas al alambre?

    • Tuve miedo a que me prohibieses hacerlo, como haces siempre que quiero hacer algo mal- se quejó el niño- Además, no quería dar pistas para que no se enterase tampoco Mr. Tim.

    • ¿Quién es Mr. Tim? En mi vida lo he conocido- confesó el Cíclope arrugando la frente.

    • Es el propietario del chalet estilo Vanderbilt que vive cerca de donde desembarcamos- declaró con mucha flema el niño, como un perito en la materia- Me enteré de su nombre cuando se levantó de la hamaca enfurecido y me preguntó “What’s the matter, quid?” y una chica joven- debía ser su mujer- le dijo: “Don’t quarrel with him. It’s only a child, Tim”. No le hizo mucha gracia que digamos que le arrojase aquella lata de coca cola al jardín y tampoco se debió sentir muy bien cuando le di con ella en la cabeza. Por eso quise hacerme el desentendido para que no tuvieras que entrevistarte con Mr. Tim. La población de Nueva York y la de casi todas las metrópolis tiene costumbres atípicas.

    • ¡Oh, ácaro malintencionado!- exclamó Don Polifemo elevando los puños al cielo de la mañana- ¿Cómo crees que puede sentirse un ciudadano medio cuando tú infringes su canónico derecho a la propiedad privada y por si fuera poco pones en riesgo su integridad física, y aún para rematar la fechoría, le propinas patadas al alambre del cierre de su casa?

    • Solo pretendía jugar- se justificó el niño.

    • No se juega con los derechos de los demás- argumentó el Cíclope- porque tampoco querrías que jugasen con los tuyos. Te está bien empleado lo que te ocurrió.

    • ¿Y qué es la propiedad?- quiso saber el niño.

    • La propiedad es el derecho de ocupación de un bien común para uso exclusivo, pues la exclusividad consigue que los frutos que genera ese bien se puedan disfrutar de forma más plena- aseveró nuestro Cíclope ( ya lo considero tan tuyo como mío, lector, porque de él puede decirse que vive en nosotros)- La propiedad es insolidaria, puesto que exige la privacidad. Los intereses dividen a los individuos, debido a que cada cual le concede a cada cosa una finalidad diferente. Pero los ideales o las esperanzas en el futuro – que siempre son compartidas- fundan los pilares de la “sociedad” o del conjunto; esos pilares son las leyes formales emanadas de los imperativos categóricos de la moral, procedentes del “amor”, o “conciencia de sentir a los demás dentro de uno mismo”. Por ejemplo, tú eres propietario de tus zapatos.

    • Sí- se quejó el niño cruzándose de brazos- Pero ahora alguien tiene que arreglármelos. Se me han estropeado.

    • Ese es uno de los vínculos sociales- corroboró el Cíclope- La cooperación para el desarrollo económico común. Hay otro vínculo mayor, y es la felicidad. Nadie puede ser feliz sin los demás. Anda, vamos a buscar a un zapatero remendón, a ver si te hace más feliz zurciéndote esos agujeros de tu patrimonio pedestre.

    • ¿Y dónde vamos a encontrar a un zapatero?- preguntó preocupado el niño- Solo se ven edificios y coches y gente indiferente que no se puede saludar, porque solo se logra apreciar su cara durante diez segundos antes de que se difuminen en el Erebo de las multitudes.

    • Tú sígueme, muchachito- determinó el gigantesco aunque humilde Cíclope- La necesidad nos llevará hasta él.

    • Por unanimidad me declaro conforme- consintió el niño.

Entre la calle 34 y la 60 deambulaban nuestros dos extravagantes amigos. Afirma el sabio Literano que escribe lo que nunca se ha escrito que aunque se viera tan apurado como para contraer matrimonio dentro de medio minuto no se perdería por nada del mundo el derrotero de los dos ojos de su cara. Este tramo de la Quinta Avenida, como ni tan siquiera la Ignorancia debiera ignorar, estaba flanqueado de tiendas de renombrados y tal vez –perdón por la ironía- malnombrados diseñadores de moda. En aquel Foro Boario se sucedían los Tiffany’s, los Cartier, los Burberry, los Ermenegildo Zegna, los Gucci, los Vuitton, los Chanel, los Brooks Brothers, los Prada, los Bulgari, los Hermès, los Ferragano, los Armani, los Coach, los Escada, los Dior, los Lacoste, los Sephora, los Versace, los Fendi, los Bendel, los Goodman, los Fox y tantos otros sujetos solariegos, de mayorazgo en cartera, que ponían miedo en todas las que se acercaban.

    • Por las quemaduras de Pearl Harbor- juró despacito el enorme león siciliano- ¡Qué difícil va a resultar encontrar a un zapatero entre tanta heráldica de escudos acuñados! Lo mejor será preguntar, si es que estos mercenarios no cobran por ello.

Y diciendo esto ( “¡ojalá!” exclama el sabio Literano, “¡ojalá pudiese grabar en vídeo esta entrevista, aunque resulte morboso confesarlo por un historiador!”), nuestro buen engendro y su pupilo atravesaron los umbrales de Tiffany’s. Don Megalonio se agachó para no herir el dintel de la acristalada puerta con la nuca y para no desgraciar el diseño de la cadena comercial. Nada más colocar su enorme planta del pie en el piso de la gran superficie resbalosa, comenzó a escuchar unos pitidos como demasiado insistentes. Él creyó que se trataba de suaves cantos de cigarra, pero de pronto dos sujetos enfundados y mal encarados se le acercaron casi para besarlo.

– Buscamos a un zapatero- se explicó nuestro melenudo héroe- ¿Saben ustedes reparar suelas?

– Excuse me, friend- le respondió uno de ellos, el peor encarado, con ojuelos de crustáceo japonés- La máquina desconfía de usted. Quítese la ropa para demostrarnos que no se lleva nada de nuestra tienda.

– Queridos jóvenes- les informó el Cíclope- Lo que ustedes están viendo es auténtico cuero vivo, eso sí, arropado en densos bucles cerdosos. No es en ningún caso visón ni armiño, pero doy por supuesto que numerosos reyes, aún los más inactivos y pendencieros, darían sus reinos al completo con tal de poder acariciar un pellejo como este.

– Mi papá tiene toda la razón- apuntó Marcelo al estilo de un O´Leary recién llegado de una batallita en Carabobo, por no decir del elegante paraguayo del mismo apellido, historiador notorio y gran amigo de Don Literano- Ni este canesú de seda que tengo en la mano vale tanto.

Uno de los dos guardias de seguridad de aquella chocante pareja de hecho, con unos pómulos tan anchos que podrían servir de abrelatas en el ámbito de una sociedad tan consumista y tan consumida como la neoyorquina, arrebató de la tierna mano del pequeño el trapito de fina hilaza de gusano chino y lo exhibió a modo de prueba delante de sus interlocutores, mirándolo a la luz para comprobar si tenía alguna rozadura.

    • ¡Ajá!- exclamó al fin como después de mucho pensarlo- ¿Pretendían llevarse con ustedes cinco mil dólares? ¿Pensaban burlar el sistema de seguridad?

    • No se crea- confesó Marcelo adelantándose a su padre, que lo miraba orgulloso de que tal salida fuese suya y solo suya- Mi intención era ni más ni menos que intentar aprovechar esa bayeta para remendar mi calcetín- y señaló la formidable abertura de su zapato derecho- pero me acabo de desengañar, porque una tela tan fina y tan mal cortada no sirve para nada. Supongo que la colgarían en esta percha por no saber qué hacer con ella. Si me permiten un consejo ( se lo doy por experiencia) les recomendaría que tratasen de vender este retal de saldo en un bazar de segunda mano, de esos que mi padre y yo hemos visto en Harlem, porque siempre habrá un inmigrante latino que pueda dar treinta centavos por él.

Los guardias de seguridad se miraron como dos amantes secretos que se acaban de encontrar en un sitio público y experimentaron dificultades para cerrar la boca, tanta impresión les había producido aquel hecho. Su parálisis – no puedo dejar de compararla con la petrificación clásica de Fineo y de su ejército cuando Perseo les mostró la cabeza cortada de Medusa- muy próxima a una apoplejía, fue interrumpida por la llegada de un gordinflón con cara de pomelo, de vista cansada y ademán afeminado, de carne fofa en las mejillas y gruesa papada, de poco pelo en el cráneo no de mucho pensar, sino probablemente de usar productos químicos en cada lavado. La descripción no sería completa sin hacer explícita referencia al uniforme en que iba envasada su persona: un simulacro de traje de idéntico cromatismo bizarro al de una camisa hawaiana. Este eunuco de mercado, pariente colateral de Mercurio y de Caco, disfrazado de hippie contracultural y bufón de masas, este atrevido energúmeno huérfano de la vergüenza, sicario de la gruta de Alí Babá, fabricante de pobreza y marginación, este, digo y no es por mal únicamente, desplumador de pavos en Navidad, cómitre de trabajadores, catador de tarjetas de crédito de turistas pródigos y de ricachos tarambanas, rescoldo puritano del feudalismo cuyo histórico emblema es el cruce de brazos, este Trimalción neroniano y aquel célebre sujeto del que dijo el lengüilargo Quevedo que

él y el diablo no pudieron

ser peores que él solo,

esta joya de la corona se aproximó al que parecía grupo escultórico para tomar las medidas de la situación. Con un breve comentario dispersó a los seguratas, un comentario que figura en acta:

    • Váyanse. Yo sé tratar a estos clientes raros. Cuanto más raros son más tienen.

Después se volvió al gigante y a su hijo, no sin experimentar un terror increíble y una impresión dolorosa, asimilable a un pellizco, cuando comprobó la talla de la dentadura del nuevo cliente.

    • Wellcome- les informó sin atreverse a tendernos la asustadiza mano- ¡Dios mío! Creo que los reconozco. ¿No son ustedes los protagonistas de “Jungla del Mal”? Me ha encantado la película. Todo un éxito en taquilla. ¿Usted?- preguntó dirigiéndose al Cíclope- ¿Usted no era el que llevaba la ametralladora en la escena del asalto a la Reserva Federal? Yo juraría…

    • No sea perjuro, amable descendiente de Laomedonte- intervino con voz oracular el Cíclope- El de la ametralladora era mi hijo – y señaló a Marcelo, que se rió mirando hacia el suelo, ruborizado de haber sido descubierto- Pero no fue ficción, que yo sepa, a juzgar por las declaraciones dadas en el Congreso de Washington por parte de la Comisión Permanente, según las cuales por razones de falta de fondos como consecuencia del atraco a mano armada de la Reserva, se prohíben a partir de ahora los préstamos a plazo superior a un año.

    • ¿Cómo?- exclamó el ejecutivo blanco como el papel, mientras se metía los dedos en la boca.

    • Respire, hermano- concluyó entonces el Cíclope con una sonrisa de oreja a oreja- Se trata de información no contrastada que me acabo de inventar para ejercitar mi derecho a mentir libremente. La prensa no tiene en cuenta más que la suya. Ustedes los yanquis se asustan de cualquier cosa, ¿eh, compañero? No cometa el error de confundir la mentira con la verdad, ¡si no le aviso se lo traga, pajarito! ¡Pero oiga, no pierda el color ni haga ademán de desmayarse! ¡Era solo una broma para romper el hielo de nuestra primera entrevista! ¡No se comporte usted estereotipadamente, valeroso comerciante! ¡No tiene por qué impresionarse! ¡Pero oiga, no se tambalee, vaquero, era una broma inocente! ¡Somos inocentes!, ¿no? Con mucho afecto le tiendo mi mano… Intuyo que vamos a llevarnos muy bien. ¡Tiene un sentido del humor parecido al mío!

    • ¿Es usted tejano?- le preguntó el dependiente al Cíclope en tanto trataba de recobrarse de aquel susto financiero.

    • No, suave contertulio- confesó el Cíclope abriendo sus enormes brazos como aspas de molino con flecos naturales de puro pelo- Soy siciliano, y este campeón guerrillerillo que me acompaña es panormitano. Hemos venido a Nueva York en viaje de negocios.

    • ¿A qué sector se dedican: textil, seguros, transportes, periodismo, banca?- preguntó ya más relajado el director de ventas.

    • A ninguno de esos campos- manifestó Marcelo en tanto jugueteaba con una pelota saltarina que se había encontrado en uno de los bolsillos de su pantalón de pana blanqueado en las rodillas- Nosotros solo vamos a lo rentable. Somos grandes inversores. Pero no sé si aceptarán ustedes nuestro capital extranjero. Como es extranjero…

Las pupilas del director de ventas se encendieron de pronto como bujías de automóvil o lamparitas de queroseno.

    • ¡Desde luego!- gritó imitando a Patrick Henry en su bufete independentista- Todo tipo de discriminación de personas y de capitales está definitivamente prohibido por una de las enmiendas de la Constitución para todo el territorio de los Estados Unidos. ¡No me lo digan! ¡Creo que ya los he identificado! ¡Son empresarios informáticos! ¡Van a comprar Microsoft!

    • Entonces, según usted, ¿nos encontramos en Estados Unidos a estas horas de la mañana?- preguntó el Cíclope muy sorprendido y admirado.

    • ¡Pues, certainly, amigo!- se arreboló el dependiente.

    • ¿No es esta la ciudad de Nueva York?- preguntó Marcelo mayéuticamente.

    • Eso es indiscutible- declaró el director- Nueva York pertenece a los Estados Unidos de América.

    • ¡Por Juan de la Cierva, que hasta que no nos lo dijo usted pensamos que habíamos descubierto un nuevo continente!- exclamó el Cíclope con mirada monocular de explorador- ¡Me resisto a reconocer que nos encontremos en Estados Unidos! El primer estado liberal del mundo en antigüedad y abolengo, destructor y detonador de todo tipo de discriminación no puede ser el mismo que consiente ( supongo que contra su voluntad) tan altas cotas de segregación racial, especialmente de la población negra, gloriosa descendiente de Cam, la misma que fue vendida como esclava a los primeros colonos y cuya liberación supuso una guerra que terminó en 1865 con la muerte del mejor de los presidentes que ha tenido esta nación. No puedo imaginar que los recolectores de tabaco y algodón, aquellos a los que en mayor medida se debe la bonanza económica y la increíble posibilidad del sueño americano fueron apartados de los cargos públicos y expropiados de su legítima propiedad para favorecer los intereses empresariales de los gigantes logísticos conquistadores del Olimpo del Capital. No, no puedo pensar, porque no sería coherente, que el Estado que pisó por vez primera la luna en los años sesenta del siglo pasado pudo organizar las masacres de Vietnam y del Golfo, y que en tiempos anteriores – ¡miren si no estaré equivocado si imagino que me encuentro en Estados Unidos!- entre 1889 y 1904, permitió que el territorio indio de las denominadas “cinco naciones”- cherokee, chikasau, choktaw, creeks y seminola- fuese invadido por buscadores de oro amarillo y negro poco después de que Oklahoma – no integrante hasta 1907 de la célebre Unión- se hubiese declarado reserva ( ¿o más bien campo de concentración, cómo llamarlo?) de la población india que durante milenios habitó y respetó las tierras heredadas de sus antepasados. Y sobre todo, doy fe con toda la certeza que me permite mi condición humana o por lo menos humanizada que un estado en el que está legalizada la pena de muerte- difícil reinserción y aprendizaje les podrá sobrevenir a los condenados- degradada y descalificada por las propias Naciones Unidas, no puede ser, en ningún caso, la “tierra de las oportunidades” que fundaron aquellos padres de la libertad cuyas cabezas pensativas están esculpidas en el monte Rushmore.

    • Vaya, je je- rió el Director de Ventas colocando las manos sobre la cintura- ¡Parece que sabe usted bastante de la historia de los Estados Unidos! ¡Si es así le gustará Nueva York! Sepa que nuestra franquicia está extendida por todo el mundo y figura como uno de los puntos de venta más prestigiosos de la Quinta Avenida, que como usted no ignorará ni su…- y señaló a Marcelo.

    • Hijo- completó el Cíclope.

    • … Ni su hijo tampoco- prosiguió el comerciante como una grabación en long play- es la avenida más cara del mundo, seguida de Oxford Street en Londres. Nuestra línea comercial dispone de todo tipo de artículos para gente de todas las edades, desde su nacimiento hasta su defunción. Además, poseemos la mayor gama de modelos en cada sección. Últimamente hemos abierto una línea para homosexuales, lesbianas, adolescentes rompedores, transexuales y niños de la calle. Hemos hecho un lanzamiento en los principales canales de las principales cadenas de televisión y hemos puesto de moda la vida a salto e mata de las bandas armadas de jóvenes sin recursos. Tenemos todo este rascacielos para nosotros solos. Veinticinco plantas y diez modelos de ascensor, aparcamiento subterráneo y párking general del centro de Manhattan para mayor comodidad de los clientes y más de mil trabajadores empleados solo en este local de la Quinta Avenida. Disponemos de servicio de cafetería y restaurante para compradores compulsivos que deseen comer delante de sus próximas compras, baños con ducha semigratuita y piscinas de aire libre que dan al Washington Square Park. ¿Cómo lo ven?

    • ¿Esos son sus antecedentes?- se sorprendió Marcelo desilusionado, como Orham Pamuk ante el destino de su patria- ¡Pues no sé si fiarme para que me arreglen el zapato! Yo buscaba algo artesanal. Se trata de una cuestión realmente seria y exijo cierta calidad en el servicio.

    • Ya ve, amable conversador- le explicó el Cíclope al vendedor en tono confidencial- que mi hijo tiene las ideas muy claras. Normalmente el consumidor arribará a una tienda de estas sin saber lo que quiere, como Eriksson cuando desembarcó en Groenlandia, pero mi hijo sabe muy bien dónde le aprieta el zapato. El factor sorpresa no podrá funcionar con quien sabe qué producto quiere antes de comprarlo. Quien demuestra estas intenciones al aterrizar en estos Eldorados no se perderá en el laberinto de los escaparates y de las vitrinas y podrá sacrificar fácilmente al minotauro de la codicia inversora antes de que sus cuernos interesados – la compra y la venta- lo embistan contra la pared de la ruina y la infelicidad.

    • Con tal de que abonen ustedes sus consumiciones – declaró el vendedor un tanto sudoroso- pueden tener las ideas que se les antojen.

Y diciendo esto y para liberarse de aquellos dos engorrosísimos compradores cuyas apariencias hacían temblar a las mismas tinieblas y ponían en peligro la balanza comercial, el director de ventas llamó a cinco servidores con idéntico atuendo al suyo y les pidió que acompañaran a aquellos dos incalificables clientes por las plantas de venta de aquella Babilonia de acero y cristal- ¡Tan semejante al Flat Iron de la esquina Broadway datado en 1902!- recomendándoles que no nos contradijesen en nada y que les metieran los artículos en las manos, porque apostaba la cabeza – ¡qué poca valentía por su parte demostraba al apostar un bien inútil!- a que aquellos estrafalarios sujetos eran dos aristócratas que estaban llenos de dólares. No sin cierto temor, los atildados sicarios del vestir, sin atreverse a sostenerle la penetrante mirada al Cíclope como si fuese basilisco o esfinge con muchos humos, y sin compartir la sonrisa aterradora para los malintencionados – porque quedaba grabada en la memoria como una culpa imborrable que exigía el arrepentimiento, porque podía verse desde todos los ángulos y perspectivas posibles, y porque brillaba incluso en la oscuridad del corazón más oscuro y cadavérico- los acongojados canarios de la moda subieron en ascensor a los dos ensortijados individuos en tanto se esparcía por el recinto la ligera y aterciopelada voz de Billie Holliday, insuflada en el aire por los altavoces rococó del dinámico techo que imitaba con sus curvas muertas a las ondas vivas del mar. No logró Don Megalonio resistirse a la tentación de rasgar el aire empachado del recinto piramidal con su gruesa y gravísima voz de mortal aria, capaz de desarraigar, como la de Lino o la de Orfeo, a los árboles mejor plantados del bosque. Marcelo percibió el ademán y se tapó los oídos con los pulgares. A los acompañantes los cogió por sorpresa el aviso inconfundible del pecho dilatado de Don Megalonio y, en jerga de soldados, no vieron la flecha roja que anunciaba el riesgo nuclear. Se escuchó un grito telúrico que parecía proceder del centro de la tierra, una fisión como de átomos de uranio o de plutonio, y se percibió un terremoto repentino y un tornado soplador que hablaba con voz humana y repetía:

Now, baby, or never

cause I’ve been so good to you.

Now, baby or never

cause I’ve been so lonesome, too

Los cimientos del edificio empezaron a tremolar como aquejados de párkinson. Los cinco hombres se arrojaron al suelo creyendo que les llegaba su última hora. Comenzaron a sonar todas las alarmas tal que si un espeluznante atentado las hubiese convocado de pronto.

    • Please- susurró uno de los alguaciles de la compañía, curiosamente un sueco de Dakota, con las manos juntas en señal de oración, y nunca había hablado tanto en toda su vida, a juzgar por la expresión aterrada de su rostro superficial y arquetípico de brigadier del Norte, como un Gustavo Vasa que acaba de pisar una granada en el campo de batalla admirado del anacronismo- No siga, se lo pido por lo que más quiera. Se lo daremos todo, señor.

    • Se lo daremos todo- lo relevó en la petición un descendiente de irlandeses, rubio y grueso y pecoso, presbiteriano y enamorado de las hamburguesas y de los hot dogs, al que le sentaba tan bien el uniforme de la casa como a un Cristo dos pistolas- Sabemos dónde está la caja. Tenga piedad de nosotros.

    • ¿Qué quieren, hermanos?- se extrañó Don Megalonio todavía arrebatado por la magia del jazz, con el rostro resplandeciente como Moisés al bajar del monte Sinaí- Soy yo quien tiene que darlo todo. No podía dejar pasar la oportunidad de ensayar este tema musical que escuchaba de pequeño en el gramófono que mi tío me regaló, allá en los días de mi infancia en el monte Etna. ¿Tanto les ha sobrecogido mi voz? En verdad que no era mi intención eclipsar a la cantante ni poner patas arriba la escala diatónica con mi interpretación. No soy ningún divo, aunque a nadie le envidio el diafragma. Si ustedes me acompañan chasqueando los dedos, la actuación puede ser más cromática e – ¡iba a decir más ridícula, fígese usted qué ocurrencia!- incluso diría que sus jefes se animarían sin duda a seguirnos el ritmo.

Para corroborar sus palabras, el Cíclope insinuó al modo salio un fox-trot improvisado que consiguió que el ascensor se detuviese a la altura de la sexta planta y que las alarmas de todo el edificio se desgañitasen como valkirias afónicas o como sibilas a punto de entrar en éxtasis de desnutrición lógica en sus trípodes hipotecados por el sentido común.

    • Padre, ¿piensas echar el edificio abajo?- preguntó Marcelo riendo.

    • ¿Qué te hace pensar algo semejante, hijo?- preguntó a su vez el Cíclope con la ironía escolar de Iván Bunin- Mi inyención era únicamente sorprender a estos señores. Supongo que no habré defraudado sus expectativas. Yo diría que se han quedado sin habla. Es una norma de cortesía el cantar una canción de la tierra que visita uno delante de sus habitantes. Sirve para reforzar los vínculos entre extranjeros. ¡Lástima tengo de no tener a mano un banjo! También sé algunas letras de música country, de esas que cantan en los saloons de las películas del Oeste, como pueden ser Darling Clementine o Star-Strapped Banner , el himno de Estados Unidos. Tengo en la punta de la lengua Lady Midnight de Leonard Cohen, Mainline Florida de Eric Clapton y la protuberante balada Only you del grupo The Platters. ¡Si será por canciones para recordar a esta nación políglota! Se me ocurre que podría ensayar algo de The Great Gatsby, de Love Story o de la banda sonora de la película Dos hombres y un destino, que hace referencia, sin saberlo ella, a nosotros dos, Marcelo. ¡Oh, parece mentira que los gustos musicales cambien al ritmo de la carrera tecnológica, que no se baila la chacona de Couperin ni la giga de Monteverdi, que las costumbres se muden tan deprisa como la ropa, que no haya un ten con ten en los hábitos frivolizados de la sociedad urbana, que el hombre de doble mirada viva en la ilusión del progreso sin caer del burro de su simplicidad, sin que se persuada del que el progreso es un regreso hacia los orígenes! ¡Oh Marcelo, qué mundo tenemos por compañero! ¡Esto es la civilización, lo urbano, lo superficial, lo falso, lo aburrido, lo grotesco, y mientras tanto la cultura se eleva desde las naciones pobres como un renuevo de esperanza, se eleva de las fabelas de Brasil, de las chozas de África, de las minas de Chile, Perú y Ecuador, de las islas aparentemente olvidadas de la Polinesia! ¡Oh globalización, oh mercado de la información, oh cambio climático, oh injusticia social, oh derechos del ciudadano rico frente a los deberes del ciudadano pobre, oh niños y jóvenes abandonados, oh ancianos sin compañía y enfermos sin vivienda, oh niñas prostituidas, esto es el desarrollo industrial, esto es el progreso social, estas son las baladas de la tristeza, estas son las declaraciones de intenciones y las leyes del embudo, esta es la sociedad del bienestar, esta la música moderna! ¡Déjenme, déjenme que baile, déjenme que les cante jondo, que les hable de los mineros, de los marineros, de los soldados que no han regresado a sus casas, de los toxicómanos, de los campesinos expropiados por nada, de los pequeños comerciantes, y de tantos, tantos otros!

Casi por casualidad o por causal azar (¿fatalidad, tal vez?) el ascensor abrió sus puertas transparentes en la sexta planta. Un ataque de pánico había contagiado a la clientela del enorme local de un miedo supersticioso y atávico. Se veían grupos de personas apelotonadas en las salidas de emergencia, como si intuyeran un seguro incendio de las instalaciones. Todo el mundo se esforzaba por huir del recinto, huir hacia ninguna parte, evadirse del aviso de las alarmas, atravesar las poco menos que infinitas habitaciones del ilusorio lugar de encuentro. El miedo nace de la falta de confianza, y aquella gente metropolitana, cada uno de ellos partícula controlada de un cosmos falso y desconocido, cinematográfico, subterráneo, necrótico, aparente, ilógico en cuanto a mera estructura de dominación, claustrofóbico y piramidal, se escabullía en hordas como ratones sorprendidos en sus cubiles debajo de la paja del suelo de un establo, y unos atemorizaban a los otros y el miedo crecía como un dragón imaginario dispuesto a devorarlos, la Ignorancia con garras políticas, la Ignorancia que escupe temor como azufre y fuego, la Ignorancia que nace de los placeres fáciles y de la falta de relación con los demás, la Ignorancia que crea los números para perseguirlos, los números ficticios, las claves de los tesoros fantasmagóricos que esconden los bancos, ilusión con alas ebrias de murciélago delirante, el emblema rampante de la publicidad que vive en las entrañas de las pantallas, el mismo dragón que un día fue serpiente y que engañó a la primera pareja de seres inteligentes en el Árbol de la Ciencia; el miedo urbano que retrata el poeta:

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes

como recién salidas de un naufragio de sangre.

Nada más abrirse la puerta del ascensor, los cinco intrépidos dependientes – ¡qué sustantivo tan cierto!- se arrojaron en brazos de los guardias de seguridad que los aguardaban del otro lado de la circunstancia – en número de veintiséis, sin contar a los dependientes de cada planta y a cuatro miembros de la policía federal que apuntaban con sus pistolas hacia el Cíclope y su hijo sonriente- y comenzaron, no sé si es decoroso decirlo, a derramar lágrimas en los regazos maternales de los gendarmes enternecidos y un tanto cohibidos en público ante las muestras de afecto de aquellos valientes.

    • ¡Por un momento pensamos que había llegado nuestra última hora!- gritó un jovencito de Oregón que había escuchado en el ascensor el sermón y las canciones del Cíclope, con el pelo para arriba y varios pendientes repartidos por el rostro- ¡Gracias, gracias por rescatarnos!

    • ¿Son esos los extraterrestres?- preguntó un sargento de policía, alto, apolíneo y sin rastros de bigote en la cara.

    • ¡Cuidado, son muy peligrosos!- exclamó con el mentón contraído el Director de Ventas de la primera planta, aquel que parecía amabilísimo al sospechar abundancia de dinero en quienes nunca lo llevaban encima- ¡Ese niño!- dijo señalando a Marcelo- ¡Ese niño ha pretendido estafarme! ¡Me aseguró que tenía un zapato roto para poder acceder a nuestras instalaciones!

    • ¡Y lo tengo!- exclamó Marcelo mostrando al forzoso público el cráter que campeaba en su pie derecho- ¡El error que tuvimos mi padre y yo fue haber depositado nuestra confianza en este cochambroso bazar de tres al cuarto, donde ni siquiera saben arreglar un zapato!

    • Honorables leucocitos de la ley- se dirigió el Cíclope a la policía federal uniformada y seria, sombría, como un relato de Couperus o como pinches de velatorio- Díganme ustedes con el corazón en la mano si son éstas formas de tratar a los extranjeros que vienen a visitar su ciudad y a acercarse cautelosamente a su forma de vida. Esgrimir una pistola contra un padre y su hijo resulta ser un acto violento, deshonroso y de la peor educación que puede imaginarse, tanto aquí como en la Antártida. Quiero suponer que no son ustedes ejemplos a tener en cuenta en esta nación que se constituyó a partir de la cohesión y de la solidaridad, que no representan ustedes la perseverancia del general Lee, elegido por sus virtudes comandante de la West Point en la guerra contra México, ni el arrojo de Mac Arthur en la guerra contra Corea, ni la serenidad de Ulysses Grant en la política y en el ejército, ni la brillantez de la reforma económica de Franklin Delano Roosevelt; antes bien, tienen más en común con el fanatismo interesado del senador Joseph Maccarthy, fabricante de mentiras demagógicas, con el belicismo de los dos presidentes Bush o con la codicia infecciosa del senador John Foster Dulles, defensor de la causa de Vietnam, de aquel “matadero cinco” al que alude el cronista Kurt Vonnegut. ¿Han venido con armas a detenernos como si fuésemos dos ladrones ante el aviso de ese Judas que nos dio el beso de bienvenida, con el fin de que se repita el evangelio todos los días? No tengan miedo, amables anfitriones descendientes de Licaón el Arcadio o de los caníbales de Hawaii. Nosotros tenemos una sola moral y, yo además, un único ojo.

Con este discurso del Cíclope, los cuatro policías se quedaron un tanto corridos y confusos de que un sospechoso de delito aparente pudiese decir razones que fuesen capaces de avergonzar a la misma ley humana, cuya pretensión es la justicia, aunque sus términos, con el decurso de los años, se van vendiendo al mejor postor. Con cierto comedimiento asieron no sin gran asombro las muñecas del Cíclope y de su hijo sin atreverse a ponerles las esposas, informándoles de que se les acusaba de intento de robo en un comercio de ropa cara. Se miraban los porteros de la ley con desconfianza, preguntándose si serían suficientes para reducir a aquellos dos peligrosísimos detenidos. El director de ventas que los había asistido, junto con otros dos directores más vestidos de hortera etiqueta circense, siguieron a la policía vociferando baldones mezclados con un cóctel de amenazas.

Ya en la calle, la gente de todas las regiones y provincias del universo multicultural, plural y ruidoso de la sociedad de la información y del consumo, la plebe de los imperios, la gentry de las capitales, los súbditos y vencidos por el César-Capital, los alienados que buscan sus orígenes en los laberintos de las grandes ciudades, donde la secuoya no extiende sus raíces ni los pájaros pueden entonar sus trinos en otro formato alternativo al disco compacto, contemplaban a aquellos dos bárbaros recién capturados por las águilas de la seguridad constitucional, de rostros sudorosos, de miradas salvajes e interrogativas, de fiereza considerable y considerada, de olor penetrante y de pobreza manifiesta, característica esta última que los acusaba de culpables de toda culpa.

    • Mira, mira, look’s that- decía un ciclista con un casco estrellado de color beige – Ésos son los extraterrestres. Vienen a conquistar el mundo. Lo he leído en el New York Times.

Varios periodistas fotografiaron a distancia la escena, por temor a que los dos fenomenales dinosaurios de la opinión pública se revolviesen para propinarles un merecido zarpazo.

    • ¿Sabías?- le decía una estudiante a otra que llevaba botas fucsia y una falda de cuero a la altura del pubis- que esos dos extraterrestres no llevaban dinero, y por eso los descubrió la policía?

    • A mí estas cosas me dan miedo- respondió su interlocutora.

Avanzaban de dos en fondo los policías, con cara de enterradores, incapaces de detectar el humor de la circunstancia, cuadrados, estereotipados y peliculeros, y guardaban con mucho cuidado el silencio protocolario de las detenciones. Aquella escena parecía irreal y un tanto absurda, como la lógica de la ciudad misma. Resulta una situación difícil de narrar hasta por el propio Literano, lector satisfecho y recreado de Tito Livio, de Tácito, de Dión Casio y de Juvenco, defensor de las buenas letras – armas sin duda las más efectivas y las menos dañinas para el cuerpo y el espíritu- y capaz de extraer efluvios líricos incluso de una central petroquímica. Marcelo sonreía mirando a todo el mundo – seguramente se estaba divirtiendo de lo lindo- y su padre, el voluminoso cíclope don Polifemo Megalonio, tenía su pupila clavada en el asfalto sucio de la acera como signo de humildad. Fue en esta circunstancia cuando descubrió un rostro amigo atravesando la dureza del asfalto. Se trataba de una fotografía instantánea de un padre de familia chino con su mujer y sus dos hijos, sonrientes y felices todos ellos como si no fuesen de este mundo. En la base de la fotografía se leía una inscripción a bolígrafo:

Li Chiang and his family.

December of 1997.

Don Megalonio recogió la fotografía pisoteada cual si de un ser humano se tratase y la guardó con cuidado entre sus enormes manos, si no de santo, al menos de buena persona. Llegados al coche patrulla que los estaba aguardando junto a la parada de taxis, el Cíclope se agachó para poder entrar en el vehículo y puso a Marcelo sobre sus rodillas.

El coche patrulla los condujo al precinto 34 del número 4295 del barrio de Broadway, donde les aguardaba un duro interrogatorio.

  1. LA PRODIGIOSA DESMANTELACIÓN DE LA “SECTA DEL ASTROLABIO” Y LA RESURRECCIÓN DE ALGUNOS MUERTOS, CON TÁCITAS RECOMENDACIONES DE MARCELO PARA LLEVAR UNA VIDA SALUDABLE

    • Mira, Marcelo hijo, lo que es la vida- confesaba el Cíclope mientras se encontraba en el interior del vehículo que lo llevaría a la comisaría de policía, hablándole siempre a su hijo querido con mucha delicadeza, con la misma con la que un agricultor de California podaba e injertaba los árboles frutales- ¡Qué efímera es la duración de los bienes mundanos! Hace unos minutos nos paseábamos como dos aristócratas macanudos por la Quinta Avenida de Nueva York, y desde que se te ocurrió romperte el zapato, ha cambiado repentinamente nuestra suerte. Esto te puede llevar a pensar en que un modelo social y económico aparentemente tan libre y respetuoso con los intereses empresariales y laborales de la mayoría de la población urbana como es el capitalismo liberal también puede fracasar, porque intenta diseñar necesidades, pero no satisface las existentes. No es un sistema sincero y realista que coloca al ser humano en el centro de los intereses, por el contrario, somete a sus intereses industriales al ser humano. Es un castillo en el aire, un edificio sin raíces, que comercia con un bienestar ficticio e inseguro, donde nadie se siente realizado como persona y experimenta miedo de los demás, porque nadie comprende el funcionamiento de esa máquina de ilusiones que es la carrera científica y de su producto, la economía de consumo, la cual fabrica para fabricar, siendo el dinero su engranaje, y no las necesidades de la persona. Es la diferencia entre comer para vivir y vivir para comer, siendo el primero de los hábitos lógico y el segundo no. Por esa sencilla razón, en los países industrializados del Primer Mundo no se reconoce un valor social más alto que el bienestar y se confunda a menudo con la “felicidad de las naciones” de la que presumen de ser defensoras las constituciones liberales. El bienestar en sí mismo no es un valor si no se asienta sobre la base cimentada de principios de convivencia justa, principios que deben emanar de la moral individual y que no solo sería equitativo que informaran el espíritu de las leyes, también el espíritu de las costumbres, porque las costumbres engendran leyes antes que nada, como el tronco del árbol engendra sus ramas. No hay ninguna sociedad en el pasado en la cual juventud y ancianidad fueran tan antagónicas y enemigas, porque el interés del dinero impide que se dé relevancia a los valores de la tradición, depositarios de la cultura. Incluso las familias, células sociales primigenias, se dividen a consecuencia de los intereses del dinero, los hijos no respetan a los padres y los padres no entienden a los hijos. Todos se necesitan entre sí, pero tratan de olvidarlo. La moda procura anular la personalidad para acrecer su negocio, y se reducen a compraventa las relaciones sociales. El sexo, la pareja y la amistad se mercantilizan. Se huye de las religiones para huir de las responsabilidades, y las palabras pierden su significado referencial para volverse términos de contratos en manos de especuladores. No sé si tú estarás de acuerdo con la pobreza espiritual de estos países ricos, cuya riqueza es solamente una ficción, porque la espada de la necesidad, pendiente de la crin de caballo de la razón, está a punto de caer sobre la cabeza del Capital, único Capitolio de sus tristes ambiciones destinadas al más estrepitoso fracaso, al derrumbamiento de esta Babel de de mentira publicitaria, de folletos y de folletines, de novelerías científicas, de fórmulas barateras y mohatreras, cuya representación y figura es el miedo a las invasiones y a los atentados violentos, a la falta de empleo, a la carencia de prestaciones sociales, y también a los extraterrestres, que en verdad que existen, porque son las plagas y los castigos que le esperan a este Egipto, son las fieras de otro planeta que vienen a devorarlos a bordo del ovni del Desconocido, son los ídolos falsos de sus películas de entretenimiento a los que alimentaron con su odio, y que están dispuestos a liberarse de las pantallas para apropiarse de la mentira en la que viven. “Serán semejantes a ellos los que creen en ellos”, se lee en el Eclesiástico. Serán solo muerte los que a la muerte se acogen. ¿No comprendes mi punto de vista, Marcelo?

    • ¡Pues claro!- respondió el niño desde sus rodillas- ¡A mí esto también me parece muy divertido! ¡Ahora que ya ves por ti mismo puedes pasártelo mejor, sin que tengas necesidad de escuchar lo que te cuento del mundo!

    • Casi me arrepiento de haber recobrado la vista para ser testigo de esta hecatombe social, de este crimen colectivo – replicó el Cíclope con cierta melancolía, como los escritos de Arturo Croce- y, si te soy sincero, hijo mío, te confieso que preferiría tus menores fantasías a las mayores realidades de la historia. Pero así es como se debe aprender, enfrentándose a los problemas y sembrando el reino del amor en el erial del dolor, con las heridas de la batalla por bandera, con la esperanza por horizonte, la razón por uniforme y la fe por arma. Este es nuestro camino, hijo mío. Este es el viaje hacia la Verdad, nuestra definitiva patria.

    • ¿Quieren dejar de charlar ahí atrás?- insinuó el conductor del coche- ¿No pueden dejar conducir a uno tranquilo? Eso guárdenselo para el interrogatorio.

    • Querido amigo- repuso el Cíclope con rapidez- ¿Cómo se sentiría usted si emprendiese un viaje a una ciudad de la otra punta del mundo sin conocer sus costumbres ni sus gentes, sus fiestas ni sus celebraciones, y se encontrase con un recibimiento tan glacial e inmerecido como el que hemos tenido nosotros, en el que no solo se nos ha acusado de extranjeros – como si esa fuese condición de proscrito de por sí, únicamente por tener hábitos diferentes, lógicamente diferentes-, además se nos considera sospechosos de infringir una ley que todavía no conocemos, la cual debería ser la misma en todos los países: respetar los bienes del prójimo siempre y cuando no procedan de los tuyos contra tu voluntad?

    • Este hombre, por muy extraterrestre que parezca, tiene razón, Bill- confesó el policía acompañante, que estaba muy entretenido masticando una hamburguesa con doble de queso y un jardín botánico por guarnición.

    • ¿Tú también, Clement?- protestó el conductor- ¿Quieren hacernos llorar en el coche patrulla? ¡Nosotros solo cumplimos con nuestro trabajo! ¡Usted, señor peludo, o comoquiera que se llame, sin ánimo de ofender, se puso a saltar en un ascensor del Tiffany’s! ¡Como comprenderá es nuestro deber interrogarlo sobre los motivos que lo llevaron a hacerlo!

    • ¡Es que mi padre es muy alegre!- exclamó el niño poniendo los pies sobre la cabeza del conductor.

    • Wow… ¡Qué diablos…! ¡Clement, dile a ese niño que me quite los pies de la nuca!- bufó el conductor apretando el acelerador más de lo debido.

    • ¡Eh, no te pases ni un pelo, mocoso!- se dio la vuelta el copiloto con el rostro amenazante y con los labios sanguinolentos de ketchup.

    • Yo pretendía interpretar delante de aquellos siervos de Mammón una melodía de su país- corroboró el Cíclope- y ya ven cuánto se estiman las ilusiones en Estados Unidos.

    • ¡Maldita sea, Clement, odio los melodramas!- exclamó el conductor mirando por el retrovisor con asco- ¡Dales una hamburguesa a esos dos! A ver si se callan y me dejan conducir. Ya me he saltado treinta semáforos.

El copiloto obedeció la orden con premura. El Cíclope se metió la hamburguesa en la boca como si se tratase de un caramelo mientras su hijo se pringaba las manos y jugaba a calcar figuras en el respaldo del asiento del conductor. De pronto, el copiloto se dio la vuelta.

    • Hang it all! E-e-e-e-e-h!- gritó como un poseso el copiloto- ¡La tapicería de cuero! ¡Oh, el diablo se lleve a este niño! ¡Cuando se entere el marshall nos va a pasar por agua!

    • ¿Qué pasa?- preguntó el conductor dando un frenazo- ¡Nos vamos a estampar, Clee, y somos policías! ¿Qué cojones te pasa para ulular de esa manera?

    • ¡Ese niño!- gritó señalando a Marcelo con temor y admiración- ¡Ese niño es el mayor peligro que he visto nunca!

    • ¡Vamos, Clement, es solo un pícaro de siete años!- replicó el conductor riendo.

    • Ocho, no siete – lo corrigió Marcelo- Los cumplí el mes pasado.

    • Un pícaro, ¿eh?- bromeó irónicamente Clement- Si te pudieses dar la vuelta serías capaz de ver cómo te dejó el respaldo, Billy. Te lo dejó para fotografía.

    • ¿El…respaldo…de cuero repujado?- preguntó con temor el conductor.

    • El mismo- declaró Clément mirando para el estropicio y presagiando un incierto remedio- Parece que acaban de degollar a una vaca encima.

El conductor dejó escapar un aullido que nada tenía que envidiar al de un coyote de Arizona.

El automóvil se detuvo en el precinto 34, un edificio serio como un hipogeo, con la bandera de los EEUU ondeando a media asta a la altura de las ventanas cuadradas del primer piso que daban a la fachada. Dieron las 11:45 en San Patricio. Los dos detenidos subieron las escaleras seguidos de los dos gendarmes del coche patrulla, quienes, al percibir el aroma de la prensa – los periodistas del New York Herald habían madrugado para presenciar la llegada de aquellos dos extraterrestres para la mayoría de la opinión pública, que venían de Marte y que contaban con superpoderes especiales para conversar, y se arrodillaron como eunucos de Saba cuando vieron llegar a la policía junto con las dos noticias sin mecanografiar, inéditas, espontáneas, despeinadas e increíbles, preparadas para la primera página – digo que los tales policías ahuecaron la pose, tratando de agarrar por las muñecas a los detenidos con el fin de demostrar profesionalidad, cosa que ni uno ni otro consiguieron porque las muñecas del Cíclope detentaban la anchura de una gruesa rama de roble y las de Marcelo podían jugar a los aros con las argollas de las esposas.

    • ¡Ese niño tiene las manos manchadas de sangre!- gritó una locutora rubia del canal seis.

    • Soy inocente- declaró Marcelo mostrando a las cámaras las palmas de sus manos untadas de ketchup como un pantocrátor con las heridas a flor de piel.

Ya en el interior de la mole pétrea y megalítica del precinto, los detenidos fueron custodiados en una sala de espera con un reloj inquisitivo de caoba que los miraba, en cuya marquetería de Massachussets se podía leer xilografiado el lema: “IN GOD WE TRUST”. La sala podría pasar felizmente por la Séptima Bolsa del Octavo Círculo del Infierno Teatral que recorrió a contrarreloj el vate Aliguieri en compañía del Guía de la Antigüedad. Había, por lo menos, sentados en dos banquillos enfrentados el uno al otro como el hemisferio oriental y el occidental, veinte individuos- hombres muchos y mujeres algunas- de las más caprichosas y reveladoras fisonomías. El prolijo Literano se ha encargado de recoger en un inventario, como buen pandectista, sus curiosas personalidades y perfiles.

Banquillo de la Derecha:

Primero empezando por la puerta.- Hombre de unos cuarenta años bien aproximados. Nariz aguileña, mirada astuta, cara menuda de fenec o zorro del desierto. Conocido como “The jewel fisher”. Ladrón de guante blanco y estafador de hoteles.

Segunda por la fila.- Mujer joven –edad por cortesía indeterminable-. Mirada azul y despejada entre el marfil tallado a conciencia de su cutis de facciones muy marcadas. Hermosura manifiesta. Compañera sentimental del anterior. Responde al nombre de “Michelle”. Receptadora y blanqueadora de dinero.

Tercero.- Hombre de cincuenta largos y de sesenta cortos. Frente despejada y calvario en expansión en el cráneo. Rostro ancho y venerable. Nacionalidad rumana. Barriga experimentada y patente. Responde al nombre de “Dr. Jess”. Narcotraficante y falsificador de documentos.

Cuarto.- Quinceañero flaco y nervudo. Nacionalidad italiana. De nombre Ivo. Jacker de la red informática del Pentágono.

Quinto.- Anciano de setenta y seis años. Nacionalidad francesa. Atuendo cotidiano de frac y chistera. Suplantador de identidades y falsificador de moneda, de cheques y de tarjetas de crédito.

Sexta.- Señora gruesa con cabello teñido de tinte pelirrojo. Cara muy llena y piel muy blanca. Viuda de millonarios, a los que mataba suministrándoles arsénico en las comidas. Responde al nombre de “Viuda de Jerry Smith” y viste siempre de negro.

Séptimo.- Mejicano de unos treinta años con una cicatriz de cuchillo a la altura del pómulo derecho. De apellido Belano. Ladrón de vehículos, secuestrador, organizador de redadas contra personas, jefe de bandas armadas, responsable de doce asesinatos en Sonora y California, Arizona y Kansas.

Octavo.- Camarero de Dallas. Acusado de violación. Raza mestiza. De nombre Bob.

Noveno.- Negro de cuarenta años. Incendiario a sueldo.

Décimo.- Capitán de barco. Barba gris y profusa. Lleva un ojo de vidrio. Suplantador del cargo de Oficial de la Armada Británica. Realizaba actos de piratería contra los mercantes de los Estados Unidos. Acusado también de evadir impuestos.

Banquillo de la izquierda:

Primero empezando por la puerta.- Hombre de sesenta y cinco años. Muy risueño y siempre a punto de encender un puro. Sombrero de fieltro en la cabeza un tanto ladeado y ojos pequeños y vivos. Nariz atrevida, respingona y torcida hacia la izquierda. Acusado de trata de blancas, dueño de tres casinos sin licencia en el centro de Las Vegas. Sus padres eran inmigrantes españoles. Se autodenomina “Don Juan Tenorio”.

Segunda.- Farmacéutica de Wisconsin. Cuerpo muy bien proporcionado y rostro hermoso y alegre. Media melena a lo Mary Quant y sujetador muy marcado bajo la blusa. Acusada de falso testimonio en juicios sobre delitos graves, de comerciar con sustancias prohibidas y de alzamiento de bienes en varias sociedades mercantiles.

Tercero.- Individuo afgano, de edad difícil de precisar. Rostro achatado y color de piel cobrizo. De nombre Omar. Acusado de terrorismo contra la embajada de los Estados Unidos en Iraq.

Cuarto.- Hombre cincuentón, lampiño, con gafas gruesas para corregir el astigmatismo. Conocido por “Lingua Loquens” en los círculos literarios. Acusado de plagiario de novelistas y de poetas. También vendedor de libros sin licencia, editor de clásicos interpolados y falsificador de la propiedad intelectual.

Quinto.- Camionero de Iowa acusado de comerciar con especies protegidas y de explotar minas sin licencia. Mirada torva y labio inferior colgante, con apariencia de deficiente mental aunque en la plenitud de sus facultades. Alcohólico y toxicómano. De nombre Al ( Allan) y de apellido Mitchell.

Sexto.- Japonés nacionalizado estadounidense y residente en Detroit. Vendedor de piezas de automóvil sin licencia en el Bronx. Corredor de seguros en Hartford y acusado de apropiaciones indebidas y de inversiones ilegales de dinero negro libre de impuestos. Profesor de universidad en Boston. De nombre Arata.

Séptrimo.- Juez de condado en Nueva York acusado de prevaricación, malversación de fondos, cohecho, tráfico de influencias, abuso de menores, proxenetismo, maltrato de pareja y defraudación de fluido eléctrico. Complexión fuerte. Bigote tupido. De nombre William Macintosh.

Octava.- Azafata de vuelo acusada de espionaje para el gobierno de Corea del Norte. Cutis muy fino y elevada estatura, realzada por tacones de diez centímetros. Conocida por “Carol Miles”.

Noveno.- Buque insignia de los falsos homeópatas. Nacionalidad argentina. Acusado de recetar fármacos ilegales y de ocasionar la muerte de varios compañeros de profesión. De nombre Osvaldo. Actor amateur.

Décimo.- Deportista y entrenador de rugby. De nombre Harry ( Henry) Fuchs. Acusado de dopaje de jugadores y de suministrar sustancias estupefacientes a los miembros de varios equipos antes de su salida al terreno de juego. Procedente de familia alemana nacionalizada estadounidense. Asimismo, sospechoso de depósito de armas de guerra.

En el primer asiento del banquillo de la izquierda comenzando por la puerta, la policía sentó a Don Megalonio y a su hijo. En el momento en el que ellos dos hicieron su entrada involuntaria, los presuntos reos comenzaron a murmurar entre sí, y como eran tan malhablados y muchos de ellos leían a menudo los periódicos para informarse de las caídas de sus compañeros de mala vida, además de oír la radio y de ver la televisión como si ambos aparatos charlatanes fuesen nuncios de la verdad, enseguida reconocieron a los nuevos sospechosos, los mismos que habían salido retratados en el telediario hacía unas pocas horas, y en los diarios de la mañana en la página de sucesos colindante con la prensa rosa.

    • ¡Un aplauso a los dos nuevos extraterrestres!- exclamó el que se creía Don Juan, sentado al lado izquierdo del Cíclope, que en ese instante tenía al hijo sobre sus largos muslos acorazados de pelambre, muslos de muy considerable masa cárnica, muslos con un núcleo resistente no de hormigón, sino de hueso duro como el pedernal.

Una salva de choque de manos ovacionó a los dos héroes del día, quienes todavía no se habían manifestado entre aquel auditorio honroso para cualquiera como los héroes de todos los días.

    • Permítame estrecharle la mano, excelencia- declaró Don Juan tendiendo la suya al Cíclope con notable socarronería- No será necesario que me diga que ejerce su profesión con disfraz. Nunca he visto ninguno tan bueno, a fe de experto que lleva por lo menos cuarenta años en el oficio.

    • Mi padre no lleva disfraz- informó Marcelo, muy entretenido tratando de recordar un verso de Raúl Gómez Jattín, un verso en el que cabía Colombia- Mi padre es como es, y no adolece de cobardía para tener que ocultarse ante nadie. Y usted tiene pinta de saber poca educación, porque a los niños también se les da la mano.

    • Por mis ganzúas, que este niño habla como Luis XIV cuando era delfín de Francia- sonrió Don Juan mostrando cinco dientes de oro rebajado- Disculpe- y le tendió la mano a Marcelo- Tan joven y tan adelantado. ¿Usted también es alumno de Caco, hijo mío? Leí en el Evening que había tratado de estafar a un director de ventas en la Quinta Avenida. Empieza usted fuerte, criatura.

    • ¡Yo no soy su hijo!- protestó Marcelo con enfado- ¡El mal árbol no da frutos buenos!

Ante aquella salida todos los presentes estallaron en súbitas carcajadas. Inmediatamente, las mujeres de la forzosa reunión, como suele ser corriente cuando están en presencia de niños, se enternecieron y mostraron simpatía por el pequeño predicador.

    • ¡Qué cosa más linda!- exclamó la azafata de vuelo- ¡Es una lástima que tenga que estar aquí!

    • ¡Qué ojitos tan expresivos!- manifestó a su vez la farmacéutica sonriendo mientras se mordía ligeramente el labio inferior recién pintado de rouge- Está para comérselo.

    • ¿Quieres un caramelito, eh?- le ofreció a Marcelo la Viuda Negra, rebuscando en el bolso.

    • No quiero- negó ayudándose de la cabeza el niño- Me sienta mal el vitriolo.

El ilustre y honrado Areópago – siempre hay algo de honrado incluso en lo más deshonroso, y San Camilo de Lelis, amigo de los enfermos, no podría decir otro tanto- celebró con nuevas risas la salida sobresaliente del inocente alumno de la virtud.

    • Este niño es un microscópico genio- confesó Don Juan encendiendo un Montecristo- ¡Solo los mejores pueden llegar adonde hemos llegado nosotros!

    • Está prohibido fumar en el recinto- informó el guardia corpulento que vigilaba la puerta.

    • ¡Bah! Prohibido, prohibido… – murmuró Don Juan escondiendo el puro en el bolsillo interior de la americana de cuero bordada de batista e hilo de oro- Eso es precisamente lo que me gusta.

    • ¡La policía no sabe divertirse!- gritó de pronto el camionero de Iowa sin mirar al frente- ¡Vivan los torturados de Guantánamo!

La mayoría de los presentes coreó la intervención.

    • Les recuerdo que están ustedes en un centro penitenciario- informó el policía de la puerta sin moverse- Al que no se comporte, tendré que encerrarlo en prisión preventiva.

    • Lo que tú digas, hombretón- dijo en voz baja el joven jacker de la red de internet- ¿Te sabes el artículo?

    • ¡A callar!- exclamó entonces Marcelo enfurecido como un Almanzor- ¡Les está hablando la autoridad! ¡No tienen derecho a quejarse de las normas sociales, cuando sus conductas no ofrecen un ejemplo mejor!

Como se serena el oleaje del Pacífico cuando las masas de viento cálido procedentes del ecuador se enfrían, así se serenaron los ánimos en torno a aquel pequeño Júpiter que blandía el rayo de la verdad por norma única, por arma invencible que deshacía cualquier silogismo con hábito de excusa aparente. Pero transcurrido el minuto de reflexión, el odio de las malas acciones, de las acciones que como una legión de termitas devoran la madera del árbol de la vida, hicieron presa de nuevo en aquellos infelices que ni tan siquiera eran conscientes de lo que decían, como papagayos que repiten palabras aprendidas en tales ambientes de perdición, desesperanza y soledad en los que se mueven sin encontrar en el vacío de su corazón el reflejo de sus rostros encendidos por el deseo.

    • ¿Quién se piensa que es este renacuajo para darnos órdenes a nosotros?- murmuró “Lingua Loquens”- ¡Apenas salido del cascarón y quiere imitar a la policía!

    • Mayor disparate es el suyo- salió el Cíclope en defensa de su hijo- Pretender falsear las palabras de los autores para tratar en vano de confundir la mentira con la verdad.

Después de esta intervención se volvieron a caldear los ánimos, a una temperatura pasional próxima a la ebullición. El guardia de la puerta tuvo que poner orden golpeando la pared con la culata de la pistola.

    • Bien, bien- intervino Don Juan- Dejen tranquilos a mis protegidos. Son los más extraordinarios personajes que he visto nunca, ya sean extraterrestres, vampiros o fiscales. ¿Usted, don…?

    • Megalonio- completó el Cíclope con el rigor de un proverbio.

    • Don Megalonio, se viste usted como el tipo ese al que cegó Ulises. ¿Qué clase de criatura mitológica era?- preguntó Don Juan cruzando las piernas.

    • Era un cíclope- repuso Don Megalonio- Tal vez fuese un antepasado mío. Nadie puede jactarse de no recordar alguna oveja negra en su familia.

    • Sí, claro, claro- bromeó Don Juan- A mí me ocurre lo mismo. Yo soy un ser de leyenda, como usted. Soy nada más y nada menos que Don Juan Tenorio, campeador de los teatros. Mi vida es harto conocida en los cenáculos literarios. Nací en Sevilla, como sabrá, hace millones de años. Viajé por todo el mundo a una velocidad muy superior a la de las Musas, que nunca lograron seguirme del todo. Byron, Zorrilla, Tirso de Molina, Gómez de la Serna, Torrente Ballester y otros enamorados de mis peripecias me colocaron en cada rincón de este mundo. En Méjico fui Juan Charrasqueado, en Rusia Eugenio Oneguin, en Inglaterra Brummel, en Italia Casanova. Siempre hay alguien que me está imitando en todo momento. Resulta delicioso vivir para interpretar un papel. Soy de todas partes.

    • Falso- confirmó el japonés ladrón de coches desde el fondo, un tanto fanático, como el Tajomaru de Akutagawa- No tienes ni un solo imitador en Japón.

    • Me corrijo, en efecto- habló resentido Don Juan- Entre los locos no tengo ningún admirador.

    • ¡Si hay alguien loco eres tú, que te atreves a retar a un bushi!- clamó aquel kamikaze, y empuñando un cuchillo que llevaba atado al pecho, hizo ademán de levantarse.

    • ¡Siéntese donde estaba!- le ordenó el guardia al japonés cogiéndolo del brazo derecho y obligándole a mantener la compostura.

    • A los de mi estirpe no se los insulta sin que corra la sangre del que los agravia- murmuró el japonés- Yo soy un príncipe Tokugawa.

    • Tranquilo, Alteza- volvió a bromear Don Juan- ¿Cómo se ha manchado las manos con mi vulneración del protocolo de las chatarrerías de Detroit?

Después de decir esto, el japonés maldijo en su idioma y lo amenazó de muerte, mientras el policía trataba con dificultad de poner orden. Don Megalonio intervino enojado:

    • No tiene derecho a injuriar a nadie, y mucho menos por lo mismo de lo que se lo acusa- declaró a Don Juan.

    • Oh, no se preocupe, querido amigo- siguió hablando este- Él fue el primero que me injurió interrumpiendo mi discurso. No tiene por qué hacerlo. Yo nada tengo que ver con Pearl Harbor ni con Hiroshima. Como le decía- volvió a intentar encender otro puro, pero recordando la prohibición, suspiró profundamente- yo soy el mismo Don Juan que enamoró a Doña Inés, que mató en duelo al comendador Don Gonzalo, que compartió mesa con el Convidado de Piedra…

    • Creía que su pecado lo había condenado irremisiblemente a los infiernos- se sorprendió o pareció sorprenderse el Cíclope- En todas las versiones termina usted mal, según el refrán “quien mal anda, mal acaba”. Todavía recuerdo los últimos versos de El Burlador de Sevilla:

Dios te castiga”,

y le aprieta hasta quitarle

la vida, diciendo “Dios

me manda que así te mate

castigando tus delitos:

Quien tal hace, que tal pague”.

Y en la versión de Zorrilla el mismo protagonista afirma:

¡Clemente Dios, gloria a Ti!

Mañana a los sevillanos

aterrará el creer que a manos

de mis víctimas caí.

Mas es justo: quede aquí

al universo notorio

que, pues me abre el purgatorio

un punto de penitencia,

es el Dios de la clemencia

el Dios de Don Juan Tenorio.

    • ¡Bah! ¡Puros chismes de la gente!- prosiguió Don Juan, a medias entre el inglés y el español- Lo cierto es que al final quedé sin castigo, o si se quiere verlo de otro modo, mi castigo es vagar por el mundo sin tener dónde acogerme. Mi alma se ha reencarnado varias veces, y ahora debo de estar viviendo la quinta o la sexta vida. El infierno que me preocupa es el aburrimiento, el spleen de los franceses, y lo temo mucho más que a la muerte, de la que he salido ileso varias veces.

    • No le preste atención, señor- comentó el francés que se dedicaba a hacer de Sosia, suplantando identidades- No es más que un embaucador. Su verdadero nombre es Adam Lyell y nació cerca de Phoenix.

    • Dedíquese a expectorar, viejo odre de arrugas- protestó Don Juan tratando de terciar su americana- Nada tiene que ver mi vida con la suya.

    • ¿Acaso no fuimos socios de varios prostíbulos de San Francisco?- volvió a la carga el francés.

    • Sería en otra reencarnación- apuntó sarcásticamente el juez corrupto.

La mayoría de los presentes rieron la ocurrencia:

    • Estimado magistrado- insinuó Don Juan dirigiéndose al juez- Procure dejar los pleitos que no son de su incumbencia. Nadie lo va a sobornar esta vez.

Algunos volvieron a reírse.

    • Prosiga con su historia y deje a las malas lenguas con sus maldiciones- le aconsejó el Cíclope- Quien maldice por rencor injustificado para sí mismo lo hace.

    • Ese aforismo parece de Séneca- apuntó “Lingua Loquens”.

    • Vas a quedarte sin poder plagiarlo- murmuró el jacker.

    • Cuénteme entonces- se interesó el Cíclope por Don Juan- ¿Es verdad todo lo que se dice sobre usted en los teatros y en la ópera, que es un terrible seductor del bello sexo?

    • Bueno- se sintió halagado el Tenorio- No se conoce ni la cuarta parte de las mujeres que he conquistado.

    • ¡Dios mío! ¡Tiene el síndrome de Münchhausen!- exclamó la farmacéutica aparentando preocupación.

    • Cuando quieras, querida- la galanteó el chulapo- te enseño la tabla de multiplicar – después regresó con el Cíclope- Supongo que conocerá usted a Ava Gardner, ¿no?. Pues sepa que tuvo un romance conmigo en Boston. También conocerá sin duda a Melanie Griffith, a Marilyn Monroe y a Salma Hayek, todas ellas víctimas de una misma noche conmigo, y a algunas intelectuales como la escritora Adrianne Rich, a la que amé apasionadamente un año entero, de forma singular, pues siempre quería unirse a mí escuchando un disco de tal Migot, compositor o algo semejante. No hay raza humana por muy inaccesible que sea con cuyas representantes femeninas no haya tenido algún idilio. Verá, no es solo culpa mía, es que no puedo resistir el perfume de una mujer joven y bella. A veces no soy ni tan siquiera yo quien provoco la situación…

    • Lo comprendo profundamente, amigo- lo interrumpió el Cíclope- De no ser por la firmeza de mi carácter, más de una hubiera tenido algún desliz conmigo.

Don Juan puso la mano en la boca para reprimir una explosión de risa. Los demás presentes, incluido el policía que se torció hacia un extremo, no pudieron contenerse.

    • Perdone la indiscreción- quiso saber Don Juan- Usted, ¿cómo… (estaba a punto de estallar) cómo seduce a las mujeres?

    • Las miro fijamente- repuso el Cíclope mostrándole su enorme pupila del tamaño de un pomelo maduro- Acostumbra a funcionar.

Fue entonces cuando Don Juan, impedido por los accesos de hilaridad que le subían desde el estómago y que le forzaban las comisuras de la boca, se cayó de la silla sin poder dejar de reír ni para mirar a su interlocutor. Las risas ajenas daban pábilo a la suya. Solo Marcelo y el Cíclope estaban serios.

    • Hijo mío- dijo el Cíclope a su hijo con sencilla preocupación, como un balance de Moreau de Jonnes- ¿Tú crees que yo soy un mujeriego?

Después de esta pregunta, la risa se contagió a las paredes.

    • Hasta ahora no tengo queja de ti en este sentido, padre- confesó con ternura el niño- Pero debes tener cuidado para no caer en la tentación.

    • A veces resulta difícil – confesó el Cíclope sonriendo levemente- Solo lo novedoso acaba por ser atractivo. Si Pasífae escogió por pareja a un toro abandonando el lecho del rey Minos de Creta, comprendo lo que puede ocurrir con alguien tan vigoroso y masculino como yo.

    • Sin duda usted se considera un seductor- dijo Don Juan con la mano derecha todavía en la boca, como seguro contra carcajadas indeseadas- ¿Por qué no nos cuenta, oh- volvió a cubrirse- por qué no tiene el placer de contarnos algunas de sus aventuras?

    • Tal vez, atrevido Don Juan, porque no tengo tanta imaginación ( porque no tengo tan malversada imaginación, quiero decir) ni tampoco tanta falsía como usted- confesó el Cíclope- Usted no es más que un pobre hombre que se oculta tras la máscara de un cliché con el fin de intentar olvidar sus malas acciones, con el fin de hacer creer a los demás que tiene talento para no sentirse tan aborrecido por ellos. Se ha fabricado un hermoso antifaz y lo ha colocado delante de los ojos y no cae en la cuenta de que le impide ver su propia vida, de que le hace creer sus propias mentiras y de que es la misma venganza de los cielos airados contra usted. Usted no es esa máscara, no tiene una sola dimensión, sino muchas más, pero no desea verlas. Usted prefiere anular su persona para abrazar un convencionalismo, para ceñirse las sienes con un prejuicio. ¿Por qué no se ama más a sí mismo, por qué se esconde en la armadura de su orgullo? Don Juan está muerto, lleva el castigo consigo, pero usted está vivo, pero usted es el autor de su destino.

    • ¡Es el comendador más horrible y verdadero que he visto!- exclamó de pronto el Dr. Jess, que había permanecido en silencio todo el tiempo.

    • ¿Acaso no se viste usted de cíclope mitológico, querido colega?- interrogó Don Juan a Don Megalonio- ¿Considera que su disfraz vale más que el mío?

    • Ya le he dicho que no llevo ningún disfraz- confirmó el Cíclope con la convicción sincera de un Abdoulaye Bilal- Es mi persona lo que usted toma por un disfraz, como todos aquellos que solo saben quedarse en las apariencias. Yo no pretendo ocultar ni un ápice de lo que soy, y por esa razón arrastro la cruz de mi grotesca figura por el mundo. Hace un tiempo era ciego, cuando caminaba por el Viejo Continente, y antes de arribar a América, sin saber cómo ni cómo no, este hijo mío, esperanza que me acompaña, me devolvió la vista. ¿Le parece milagroso? Sepa que esta vida que vivimos es un milagro constante, y que lo que tomamos por máximas científicas son hábitos de nuestra conducta. No soy fantástico, soy tan real como ustedes. He nacido para devolver a los hombres su inocencia, para llevar la Sabiduría, como última unción, a los enfermos de ignorancia. No hay más verdad que el amor, un niño que crece cada día dentro de nosotros, un niño que nunca termina de crecer, un continuo aprendizaje, el futuro hecho carne en nuestros corazones. ¡Feliz aquel que se parece al niño que lleva en su interior! Yo he sido capaz de hacer que el mío caminase delante de mí, y aquí está, y cuando sea un hombre – dijo mirando a Marcelo- el mundo será más justo porque tendrá un buen ejemplo más de justicia, que siempre es padecimiento cuando se ejercita, pero que tiene por cosecha la felicidad sin término, perfecta e inmortal en la memoria del amor.

No había acabado su discurso Don Megalonio todavía, cuando un oficial de policía abrió la puerta de la sala de aquel infierno abreviado y, tocándole en el hombro al gigante, le dijo:

    • Usted disculpe. Hemos investigado su caso y no hemos encontrado ningún indicio de culpabilidad contra usted para vernos obligados a interrogarlo. No obstante, tengo órdenes superiores que lo emplazan a escuchar un ruego del Jefe de Policía de Nueva York.

Se trata de un caso que nada tiene que ver con usted, pero para cuya resolución su persona puede ser muy útil. Permita que lo invite a acompañarme.

    • Es usted el invitado, mozo- agradeció el Cíclope con una reverencia de su única ceja- Pero permítame a mí también manifestar un ruego, o una pequeña reserva, como prefiera llamarlo. Me llevo muy bien con los cuerpos de policía, pero a menudo me resiento con ellos de estas menudencias. Es que verá, me acaban de robar la cartera.

    • La proximidad con estos delincuentes pudo haber motivado la desaparición- justificó el oficial interrogando con la mirada al centinela de la puerta- Usted- preguntó al mismo- ¿ha presenciado algún movimiento revelador?

    • Solo he comprobado que el detenido hablaba con los aquí presentes, quienes no son precisamente gentes de mucha honra- dijo secamente el guardia.

Los detenidos ensayaron un nuevo clamoreo que transmitía agitación, como la de un avispero recién golpeado.

    • Seguramente mi marido tiene algo que ver con esto- manifestó la mujer que estaba sentada a la izquierda de Don Juan.

    • ¿Ha dicho su…marido?- preguntó el Cíclope, extrañamente sorprendido.

    • Eso he dicho- confesó la mujer- Nos hemos casado en Las Vegas.

    • Supongo que no lo harían por la Iglesia- manifestó Don Megalonio, más asustado que Jacques Paul Migne ante un libro de Voltaire- Que su marido no le sea fiel, es culpa de su marido, pero que usted le tolere esas infidelidades contra el vínculo familiar, y lo que es más grave aún, que consienta que las declare en público delante de usted, eso es no poseer ni un residuo de dignidad ni de honor.

    • Déjelos- intervino el oficial de policía riendo- En Las Vegas se celebran muchos matrimonios así, porque la ley es muy tolerante con los impedimentos. Además, se puede declarar la nulidad al día siguiente. Allí es una diversión casarse, y nadie piensa en tener familia. Es como si esta gente viviese en un sueño. No crea en lo que estos vividores le cuenten. No son más que tonterías.

    • Considero un manifiesto abuso de la libertad sexual y conyugal el celebrar tales matrimonios por diversión- declaró Don Megalonio- Pero puesto que nos hemos acogido bajo la protección de otros penates, no voy a decir nada más en contra de esta costumbre.

    • De verdad que se lo agradezco, don ostrogodo- comentó Don Juan resentido por su descalificación reciente- porque ya empieza a caerme pesado.

    • No se preocupe por mi caída- dijo a su vez el Cíclope- La inminente es la suya. Como he comprobado que es usted un aficionado al ilusionismo verbal, me atrevería a sospechar que es también usted el responsable de esta desaparición.

    • Ja ja- rió Don Juan hurgándose en el bolsillo interior de la americana de cuero brillante de grasa de caballo- Precisamente, para demostrar su ineptitud y su torpeza de mal imitador de los mitos clásicos, me he visto obligado a…a… ¡Demonios! ¿Dónde he puesto la cartera?

    • No se esfuerce en buscarla, Don Hipócrita- declaró Marcelo mostrando el objeto perdido al público como lo hubiera hecho un prestidigitador- Poco tiempo pudo poseerla antes de que yo se la birlara.

Todo el auditorio de policías y delincuentes aplaudió la extraordinaria habilidad del niño.

    • ¡Eso sí que es un palmo de narices en toda regla!- exclamó el jacker italiano- ¡De mayor quisiera parecerme a ese niño!

    • Y ahora, si me lo permite- le dijo el Cíclope a Don Juan antes de marcharse- señor burlador, le comunico que ha quedado usted burlado. Y por cierto, yo soy imitador de mí mismo, y a usted lo imitan por broma los niños.

De camino al despacho del jefe de policía, deambulando por los pasillos amarillos con olor a lejía fresca y enguirnaldados de retratos individuales y colectivos de beneméritos con la bandera americana al fondo, el oficial que acompañaba a los dos fidedignos revolucionarios de las buenas costumbres, le comentó a Don Megalonio amigablemente: “Ha tenido suerte de recuperar su cartera con el dinero intacto. Esa gente suele vaporizarlo nada más tenerlo en sus manos”. “En este caso no tuvieron la oportunidad de tenerlo en sus manos, señor Caballero de la Ley, porque no llevaba ni un céntimo de más ni de menos en ese pedazo de cuero curtido por el que se pelean los seres humanos y con el que se invisten los ministros. Solo guardaba en su interior una fotografía de un hombre al que pienso devolvérsela, como buen samaritano, cuando lo vea, que será como devolverle su imagen perdida”.

Nada más entrar en una espaciosa oficina con un escritorio de caoba al fondo colonizado por un ejército de ordenadores en marcha, un hombre de pómulos firmes y pelo entrecano, uniformado y caracterizado en la camisa con unas siglas en las que se leía claramente “CIA. CENTRAL INTELIGENCE AGENCY”, les tendió la diestra como si no se sobresaltase en absoluto de la sobresaltada figura del Cíclope.

    • Los aguardaba impaciente- les dijo al Cíclope y a su hijo con voz de barítono que pretende recitar un verso de Österling- Mi nombre es Bryan Jones y soy un gerente de la CIA, la Agencia de Inteligencia de la policía de los Estados Unidos.

    • Encantado- musitó Marcelo estrechándole la mano, adelantándose al carácter que cabía esperar de su tierna edad- ¿Cómo se encuentra? Debería ser un poco más generoso con los demás.

    • ¿Generoso?- preguntó el alto y altivo gerente- ¿Por qué lo dices, pequeño?

    • Porque acaparan toda la inteligencia para ustedes y no dejan nada para el pueblo de estos Estados tan inseparables- confesó el niño guiñando el ojo izquierdo a su padre en un aparte digno de Broadway- ¿Cómo puede ocurrírseles prendernos a nosotros, a los defensores del sentido común? ¿En qué cabeza no cabe un tanto así más de inteligencia?

    • Hasta los más complejos y trabajados sistemas logísticos están sometidos a la inercia de los errores- comentó el gerente- Es la ley de la invencible entropía.

    • ¡Ah, pícaro azar!- exclamó el niño con acento de Hamilton- ¡Ni tan siquiera respetas la invulnerabilidad de los juguetes de mecanismo estudiadísimo, ni tan siquiera los proyectos de la agencia fundada en 1947 por el presidente Harry Truman, el gran enemigo de los intereses de la Unión Soviética! El azar tiene que ser por fuerza un espía ruso.

    • Qué puesto en historia está este chico- bromeó el gerente rozando con el dedo corazón de la diestra las tersas mejillas del angelito- Tienes que perdonarme- dijo arrodillándose ante el David en miniatura- La policía trabaja por la seguridad de los ciudadanos, pero solo en la humanamente concerniente, porque la seguridad de los pilares de este mundo está en manos de Dios, y nosotros somos meros servidores que tratamos de hacer lo mejor que podemos la tarea que la asamblea social nos ha asignado. Y seguro que tú, que has sido nombrado recientemente miembro honorario de la Academia Francesa y que destacas en las páginas de los libros de ese historiador del que no recuerdo ahora el nombre y que no deja de ser mi preferido, aunque todos aquellos de los que aprendió lo avalan, puedes comprender que el hombre es más frágil que un soplo de viento si no se apoya en esta verdad.

    • Mira, Marcelo- confesó el Cíclope con admiración- qué bien está la humildad en las personas, cómo soluciona todos los problemas y allana todas las dificultades, cómo agrada al alma exaltada y cómo alegra el corazón de quien la practica o la presencia. ¡Oh Santa Humildad! No eres, ni mucho menos, una cualidad inferior a las virtudes, sino la suma de todas ellas, porque las coordinas y las alimentas a todas, y eres, en suma, la síntesis de todas ellas. La humildad está bien en toda persona, pero especialmente en aquellas cuya potestad es más visible y que tienen que dar ejemplo a los demás de buen comportamiento, no para ser ellas más influyentes en sus propios intereses, por el contrario, para ayudar a los débiles a encontrar el camino correcto, el de su felicidad, el de su realización plena. En determinadas circunstancias, el reconocimiento social- que nunca es del todo sincero- nos sitúa en una torre de orgullo que no nos deja apreciar con equidad y criterio justo las cosas, y en la que el hombre se siente solo, y experimenta tristeza lejos de su naturaleza, que es su misión y su destino en este mundo. Pero cuando el hombre se hace humilde, es como si naciese de nuevo, es como si recuperase toda la alegría de su nacimiento, porque siempre se siente vigoroso y joven aquel que ha aprendido a amar, y solo se aprende a amar cuando se descubre a nuestro semejante, el viaje que nos arrastra de las garras de la muerte y nos lleva como un fiel amigo hacia la vida, que no es isla, sino continente que nos reencuentra con nuestras ilusiones convertidas en recuerdos.

    • Eso está muy bien, papá- declaró Marcelo aplaudiendo como si se encontrara en un recital de Manuel José Othon o en una conferencia de Otero Silva- pero esa retórica y esas palabras tan bien hilvanadas no quitan que yo le reproche a este humilde campeón que me haya llamado chico, cuando yo soy niño y muy niño, y que le reproche también que no se acuerde del nombre del sabio Literano y que ande diciendo por ahí que escribe libros, cuando solo escribió uno en toda su vida, que es el de mi biografía y la de mi papá, porque el sabio Literano no es de un charlatán de esos que manchan papeles para vender, de esos tontos que envenenan al vulgo con supercherías y con fraudes…

    • Oye, hijo mío- lo interrumpió el Cíclope- Habla lo que quieras, pero no murmures ni maldigas. Cada cual es dueño de su libertad y ninguno de nosotros está libre de culpas. Procura alabar a los buenos, pero sin despreciar a los malos, porque ellos pueden llegar a ser buenos también. Y como recomendación, supongo que ya es suficiente, porque este hombre tiene cosas que decirnos y asuntos de los que informarnos.

    • Así es, estimado Don Megalonio- corroboró el gerente dando un paso hacia adelante- Se trata de un asunto grave en el que ustedes dos pueden ser imprescindibles, porque la tarea que les propongo, sin que se sientan obligados de ninguna manera a realizarla, es de interés común y de beneficio social unánime. En el distrito de Harlem, a la altura del Parque de San Nicolás, se llevan produciendo desde hace unos meses varios asesinatos que nos conducen a pensar- esta es la tesis del organismo al que pertenezco- que han sido perpetrados por una célula de delincuencia organizada en la que están implicados intereses extranjeros. Como todos los estados socialmente poderosos o influyentes de la Historia- ustedes podrán rememorar sin esfuerzo desde Egipto a Roma, desde China al Imperio Inca- han tenido, tienen y tendrán enemigos entre aquellos que detentan intereses opuestos y que no se avienen a una concordia más o menos justa, comprenderá la razón de esta sospecha. Algunos asesinatos revisten la apariencia de suicidios, pero las pruebas han desmentido esta apariencia. Creemos que una sociedad secreta conocida entre algunos vecinos del distrito a los que hemos interrogado como “Secta del Astrolabio” está detrás de estos peligrosos sucesos. Ustedes no pertenecen al Cuerpo de Policía, pero la invulnerabilidad de la que presume usted, Don Megalonio, la cual según afirma es común a todos los cíclopes sin discriminación alguna por razón de sexo, de religión o de opinión, puede ser la única arma que nos proporcione la victoria en el esclarecimiento de estos hechos. El plan de la policía es que usted se infiltre en esa peligrosa banda y que obtenga pruebas de su culpabilidad, y que una vez obtenidas, detenga a sus miembros y nos los traiga a la superficie, para que puedan ser juzgados y penados conforme a la gravedad de sus delitos. Como puede comprobar por usted mismo, el plan está bien organizado y resulta sencillo y claro de entender.

    • No niego- reconoció el Cíclope con patente convicción- que por su parte, el plan está rigurosamente bien trazado, y que produce admiración el llegar a comprenderlo, pero por la mía he de decir que la ejecución, aún a pesar de ser clarísima, tal vez tenga más de una reserva en contra en lo que a mí se refiere. Vamos a ver, usted quiere que en carne y hueso, como un aparecido, me infiltre en esa alcantarilla de vicios y, por lo visto, la seguridad de mi pellejo le trae sin cuidado, porque si yo soy invulnerable, este hijo mío que siempre me acompaña no lo es, y yo no lo voy a dejar bajo la custodia de nadie. Por otro lado, no se imaginará que mi velluda personalidad vaya a pasar desapercibida, porque tiene la misma discreción en un lugar así que una estrella en mitad de la noche.

    • ¡Ya sé!- intervino Marcelo despejado como un relato de Oyuela- ¿Por qué no me encarga a mí la misión, señor agente de la CIA? ¡Yo sí puedo pasar desapercibido!

    • ¿Pero tú no caes en la cuenta, hijo mío, de que ese es un lugar lleno de peligros y de que tú eres un menor de edad?- lo interpeló el Cíclope.

    • Amigo- lo interrumpió el gerente con mirada de súplica- He leído lo que han hecho ustedes dos en Venecia. Una banda así no la desarticula ni un ejército.

    • Era pura ficción de ese historiador que nos tiene siempre en la tinta de su pluma o de su plumero- se excusó el Cíclope- Incurre en los mismos errores que Valerio Máximo en sus Rerum memorandarum libri. Magnifica los hechos como un director de cine. Siempre nos coloca en unas situaciones en las que no tenemos más remedio que vencer.

    • No sea modesto, Don Megalonio- le reprochó con suavidad el gerente- Todo lo bueno no puede permanecer mucho tiempo en secreto, y lo que se dice al oído se publica al día siguiente en las plazas. La virtud ha sido engendrada para manifestarse. Le daré los datos que sean precisos. En Nueva York necesitábamos a un héroe.

    • Ya tienen a esos enclenques ilusionistas de capa y espada que campean en los tebeos con los títulos de superhombres de Nietzsche- confesó Don Megalonio acariciándose la nuca- Ellos, que parecen tan cromáticos y tan desproporcionados como cortesanos de imprenta de mercado, guapos y con dos ojos, amables con las mujeres y peleones con los villanos, son quienes de resolver intrincados problemas como este que nos ocupa.

    • Oh, no sea rencoroso con la industria del entretenimiento- le rogó el gerente- Una cosa es la diversión más inútil y estúpida y otra la misión más seria y necesaria. No se haga el requerido. Bien sabe de qué pie cojea el Estado de Bienestar. Aguarde. Le daré los datos de viva voz. Debe acudir al número 625 de St. Nicholas Avenue, en el Mount Morris Historical District de Harlem. Le entregaré esta agenda electrónica con sistema de radar para que se comunique con nosotros. ¿Qué tal se lleva con las nuevas tecnologías?

    • Nunca he hecho trato con los ardides de Ulises- manifestó el Cíclope- Los cacharros no son armas de valientes.

    • De ese modo- se interesó el gerente- ¿Cómo se comunicará con nosotros cuando se encuentre en problemas?

    • Amigo mío- se permitió bromear Don Megalonio- Los problemas se los busca quien se opone a mis objetivos. Mi honor de gigante no consiente las emboscadas. Yo soy quien doy comienzo y remate a mis acciones. Solo Dios puede ponerme su divino pie por delante.

    • Pero…escuche- dijo el gerente cuando el Cíclope ya se disponía a marchar a la misión- Debo darle algunas instrucciones de actuación. Es preciso emplear la astucia para desenmascarar a los miembros de esa secta. Se cree que realizan sacrificios humanos y que practican ritos de canibalismo colectivo. La dirección que le he dado es para que asista a una reunión del Cotton Club, cuyos socios se sospecha que pueden solapar a los integrantes de la secta. ¿Se va a llevar a su hijo con usted? No necesitará disfraz alguno, con ese que viste podrá figurar sin temor en las listas estrafalarias de esa gente, que pertenece a todas las razas del planeta. Pero eso sí, escuche al menos algunas indicaciones de este informe que hemos elaborado en Asamblea General sobre el caso que nos ocupa. Tiene cincuenta secciones y trescientos setenta artículos. Tenga la bondad de escuchar cómo se los leo.

    • Cuando regrese de la embajada con que se me honra- repuso el Cíclope despidiéndose mientras abandonaba la sala- los leeré todos juntos en compañía de los de la Constitución Americana y los glosaré si es preciso. De momento, ¡vamos, Marcelo!, el mundo nos necesita.

    • Pero…¿y los fondos?- preguntó el gerente extrayendo un cheque pálido de la camisa- ¿Cómo piensa abonar el transporte y el alojamiento?

    • No necesita crédito quien lo lleva todo consigo- aseguró el Cíclope saboreando con la memoria un verso de Arthur Lundkvist.

Y en menos que canta un gallo, aunque sea el canto luminoso del gallo genital de la alborada, el Cíclope y su hijo- cuyos zapatos heridos habían sido sustituidos por unos náuticos un tanto grandiosos de longitud en la comisaría- salieron al ruedo de las multitudes a hender, rajar y partir, como los campeones de los romances españoles de la Reconquista. No se vieron obligados a demandar la ayuda de un autobús, de un tren, de un tranvía, de un metro, de una bicicleta ni de otro acelerado medio de locomoción, pues las piernas del Cíclope, altiva a semejanza de las del Hombre-Montaña de Swift, reducían el paisaje a una diapositiva efímera en el recuerdo.

El cronista de esta monumental historia de historias se va a permitir una nueva licencia, va a recurrir a la Poesía, madre del lenguaje literario, y en concreto a la épica, origen y símbolo de toda poesía y destino cierto de la lírica de la que nace, para describir al Miedo, personificándolo antes, y para relatar sus intenciones en la perspectiva de los tiempos. Es el Miedo un individuo de muy baja estatura, con bigote de rata, tuerto, encorvado y atormentado, vestido siempre con traje de sombra, muy asustadizo, poco hablador y enfermo de mal de envidia desde los pies hasta la cabeza. La libertad del hombre lo vio caminar un día por el empedrado de su pensamiento y lo identificó como un pequeño punto de sombra, sin prestarle demasiada atención. Ahora bien, cuando se siente solo, abandonado de sí mismo y de los demás, el hombre – estoy empleando el género epiceno- comienza a ver en el Miedo a un enemigo que lo acecha, y lo engrandece con el tamaño de su soledad, y le atribuye el poder de su atención hasta tal punto que este termina convirtiéndose en un gigante dispuesto a tragarse el mundo de un bocado. En las grandes metrópolis, donde el hombre se siente especialmente solo, el Miedo se infla de vanidad y se pasea por las calles oscureciéndolo todo y agitando los brazos para magnificar su presencia, impulsando los vientos de la opinión pública y manipulando las informaciones y haciendo temblar las espigas de los intereses en el campo de cereales del capital que de humano se transforma en un papel manchado de tinta que lleva por nombre billete. Los vientos de la opinión asustan al hombre y lo identifican con el Miedo que los genera, y vuelven al ser humano una rata que lucha por la supervivencia de un modo vil, sin esperanza en el trabajo ni fe en el futuro, sin honor ni carácter, sin conciencia, sin posibilidad alguna de felicidad, sin amor por el prójimo ni respeto por sí mismo, sin ideales, sin ilusiones, con intereses convertidos en eslóganes de publicidad de barateros, eslóganes como ídolos que imitan posturas nobles, pero que no pueden salir de los carteles ni de las pantallas, eslóganes que a veces evaden, pero que no satisfacen, eslóganes muertos, momificados, hechos para el olvido y nunca convincentes para la escala de valores del alma y de la mente, por muy escuálida que esta sea. Fue el Miedo quien en 1938 provocó, al poner en boca de un ilusionista de la radio una falsa alarma de un ataque exterior de población interespacial que en definitiva no era otra cosa que una lectura de un redactor sensacionalista, el éxodo de miles de ciudadanos de Nueva York hacia las originarias regiones rurales. En esta ocasión, el Miedo quiso ser más atrevido, tan malicioso como el Mago de Oz y tan alevoso como un tiburón hambriento. Para no ser visto, se arrojó a las aguas del río Harlem desde Manhattan, y oculto en el lecho del río rumoroso avanzó sin ser sentido hasta alcanzar los verdes jardines de Mount Morris, en los que las notas perdidas de las melodías de jazz han florecido en la tierra labrada y saludan con su colorido al visitante y en los que el viento pasa acariciando el césped con los tonos de la ópera Venga a nosotros tu reino de Alois Hába. Allí salió del río mojado y sucio de barro y corrió a ocultarse – pues era mediodía y aún no había sido inaugurado el reino de las sombras-, atravesando la puerta cerrada, en la mansión número 625 de St. Nicholas Avenue, con el fin de sorprender y atemorizar inútilmente el inquebrantable ánimo de nuestro Cíclope y a la inocencia angelical de su guía y acompañante. Ajenos a esta estratagema del destino, el Cíclope y su hijo arribaron a las cercanías del Hotel Theresa, después de recorrer a pie la avenida Frederick Douglas.

La melena de Don Megalonio había crecido considerablemente desde su última tonsura en Viena, donde recordará el lector que el jayán bienhablado dejó muestras capilares de un tamaño hasta entonces desconocido por la antropología. En Harlem, en ese Nuevo Helicón fundado por el holandés Peter Stuyvesant en 1658, convertido en saxofón de la lírica por la población de antiguos esclavos negros liberados y occidentalizados especialmente desde 1920, cantado por Jean Toomer, por Claude Mc Kay, por Jessie Fauset, por Carl Van Vechten y definido por Alain Locke, la caprichosa humanidad de Don Megalonio y la sinceridad pueril de Marcelo no resultaban tan sobrecogedoras. Un grupo de jóvenes de color que charlaban y batían palmas en las `proximidades del Apollo Theatre creyeron sin duda, al ver pasar a padre e hijo, que un hombre tan obeso y tan greñudo y que un nuño tan tierno y espontáneo solamente podían ser músicos de jazz, porque hasta cuando caminaban, incluso lo hacían con ritmo de anapesto.

    • Ese de los pelos es un bajista- comentaba uno de ellos al ver a Don Megalonio- Yo he ido a un concierto suyo.

    • ¿Y el renacuajo?- preguntó otro mascando un chicle- ¡Juraría que lo vi en la orquesta de Wynton Marsalis cuando era pequeño! Tocaba la trompeta la mar de bien, y cuando terminaba su interpretación, siempre decía yeah, yeah, yeah.

    • ¿Cómo pudiste verlo en la orquesta de Wynton, melón?- objetó un tercero que fumaba tabaco puro de Virginia- ¿No te das cuenta de que Wynton es mayor que nosotros, y este niño tiene menos edad que nosotros?

    • Pues a mí no me cabe en la cabeza que no viera a esos tipos en alguna parte- se disculpó el primero- Podría hacerse un concierto con ellos solos sin música. Tienen magia, tío. Son absolutamente beat. Podrías flipar si les metieses un saxo en las manos. ¡Y mira, van a alojarse en el Hotel Theresa! ¡Tienen que ser grandes estrellas, recórcholis!

    • ¿Por qué no vamos a hablarles y les pedimos un autógrafo y nos sacamos una foto con ellos?- propuso el que había hablado en segundo lugar- ¡Necesitamos un job, a lo mejor nos ponen de taquilleros suyos! ¡Qué lujo, colega! Y así nos quitamos ese puto sindicato de repartidores de encima y nos dedicamos a vivir la buena vida. ¡Uuuuh! Ya estoy viendo carteles con nuestros nombres en Jersey y en Orleans. Siempre quise ir a Jersey. Es mi oportunidad de ver mundo.

    • Escuchad- confirmó el tercero- Vamos a preguntarle al director del hotel en qué habitación se alojan. Pero cuando estén dentro. Ahora hay que esperar, no sea que se nos escapen de las manos con las prisas.

Efectivamente, Don Megalonio y su hijo habían entrado al hotel, en cuya sala de recepción incluso el marmóreo suelo parecía estar embadurnado de oro. Nada más pisar el suelo espejeante como un zafiro de la India más de treinta botones, mejor vestidos que ministros, se pusieron a revolotear en torno a los dos recién llegados como una bandada de abejarucos sin saber dónde posarse, pues no había equipaje alguno que recoger.

    • ¿Qué desea?- preguntó el director de hotel cuando se apercibió de la llegada de un cliente muy peludo aunque ciertamente desplumado.

    • Desearía que en un breve lapso de tiempo- habló con parsimonia Don Megalonio- pusiese en fuga a estos buitres leonados antes de que se me ocurra anticipar una escabechina.

    • Están para servirlos, señores- informó el director del hotel con un gesto glacial de cariátide admirada- ¿Desean que les reserve una habitación?

    • Si usted está por la labor, no tengo ningún inconveniente- consintió el Cíclope con elegancia- La hospitalidad es siempre bien recibida.

El director tecleó en su ordenador con acelerada parsimonia de pianista mecánico.

    • ¿Desean una suite de tres habitaciones: dormitorio doble con baño, salón-comedor y cocina con chimenea francesa?- preguntó el buen hombre.

    • ¿Por qué no?- interrogó a su vez el Cíclope invitado- ¿Qué puede impedir que nos pongamos de acuerdo sobre el particular?

    • Muy bien- contestó el operario- Se alojarán entonces en la suite 1520 A. ¿Desean alguna otra cosa más?

    • Concédanos algún tiempo para pensarlo. amigo- consintió Don Megalonio con una sonrisa que imitaba, grotescamente a un retrato de De Quincey- Desear requiere su tiempo.

Subieron al ascensor, que gimió ante el descomunal peso del gigante y ante los traviesos brincos que daba su hijo en la cabina, y, caminando por el pasillo blanco y relumbrante con sibarítico protocolo entraron en la concha de nácar de su suite tripartita, mientras el Cíclope le susurraba al oído a su hijo: “Como puedes comprobar, nos han tratado como a Metelos. ¡Esto sí es vivir, por mis metatarsos! Pero no te fíes jamás del lujo ni te engrías en él, porque el lujo es hijo de la miseria y de ella se nutre. El hombre que nace en el lujo es como un niño que lleva un manto de armiño y al que no le permiten jugar ni aprender divirtiéndose con el polvo de los caminos. Jamás podrá ser feliz. Aprende del solutus omni faenore de Horacio, del sombrero de Whitman y del pobre rico de Tagore. El lujo es como una droga que nos adormece o como un veneno que nos paraliza. Lo importante es la misión, la progresión perfecta del camino, la única verdad de la esperanza”.

Marcelo parecía muy atento a estos saludables consejos, pero en cuanto pudo ver su dormitorio con doseles de seda, con cortinajes de terciopelo, raso y tul, con cojines bordados a mano y rellenos de pluma de ganso, con colchones de agua, de plumas y de muelles, con armarios, mesitas y cómodas de Campechy, con almohadas casi etéreas de blandas que eran y con una vista panorámica posando en la ventana bien balconada, no pudo resistir la llamada de la tentación y, arrojando el escudo de la prudencia, se precipitó sobre los colchones con la furia de un tigre y comenzó a saltar sobre ellos empleándolos de trampolines para sus cabriolas. El Cíclope, por el contrario, se sentó en una banqueta ridícula para su enorme peso y allí se puso a mirarse las uñas de los pies, ensimismado, reflexivo sobre el coro de circunstancias de la vida.

    • Bueno- se dijo hablando en voz muy baja, casi ultrasónica- Ya que la fortuna nos ha regalado la posesión de este vacío habitable y tan bien decorado por un breve lapso de tiempo, admirémoslo durante esta tarde y por la noche salgamos a buscar la misión desconocida que Dios nos tiene encomendada. ¡Pero oye, hijo, deja ya de saltar con esos ímpetus, no te abandones en el placer de los bienes efímeros! ¡Mira que la caída te acecha si te duermes entre plumas!

Marcelo no se dormía, al contrario, ensayaba idéntico papel que en todos los hoteles en los que se había alojado. Al principio saltaba a poca altura y se sorprendía de sus progresos en vertical, pero pasados unos segundos esta diversión ya no le satisfacía, y procuraba saltar siguiendo la dirección de la rosa de los vientos y colgándose de la lámpara de cristal de roca para sentir que estaba tocando el techo. Este engaño le producía mayor ansiedad todavía y le hacía perder la conciencia de sus propios límites, porque el enfado de no llegar más allá en la conquista del espacio de la habitación le resultaba mayor que la satisfacción de sus propios progresos. La ambición de la altura terminó por dominarlo- a él, que pretendía dominar el espacio- y provocó una lógica pérdida de equilibrio que dio con él en el suelo. El dolor de su rodilla derecha lastimada y sus lágrimas provocadas más por el fracaso que por el accidente- el cual no revestía especial gravedad- despertaron al Cíclope que, lejos de reprenderlo como haría un rencoroso, lo consoló relajándolo en cuerpo y en espíritu, comprendiendo que su accidente era hijo de su libertad y que los errores del ser humano no lo hacen menos digno del destino que persigue.

Eran las nueve de la noche – después de una copiosa y no pagada cena a base de arroz al curry servida al pie de la cama- cuando Don Megalonio y su hijo descendieron graciosamente a la entrada del hotel y después de haber mirado de reojo a los entretenidos aristócratas que mascaban conversaciones intrascendentes en sofás y sillones, se aproximaron al recepcionista y el Cíclope le informó escueta y glacialmente, como un ricacho sin escrúpulos:

    • Me voy a ausentar por espacio de unas horas. Procura tenerme la suite lista para cuando regrese. Ah, y ponme en la sala, si haces el favor, un piano de cola. Te parecerá un tópico que lo diga, pero, la música amansa a las fieras.

Dadas estas indicaciones, los dos enervados inquilinos nos estaban a punto de salir cuando presenciaron en la misma entrada una escena que los devolvió a la vida desde aquel sarcófago de artificioso humo. Varios botones estaban discutiendo con tres jóvenes negros de los que el lector tiene ya noticia. Uno de los botones decía:

    • Hagan el favor de marcharse. Aquí no se aloja ningún bajista de jazz con esas señas.

Uno de los jóvenes replicaba:

    • Nosotros lo hemos visto entrar. Iba acompañado de un niño como de esta altura- y marcó la distancia en el suelo- No nos iremos hasta que no nos dejen hablar con ellos.

Nada más ver a Don Megalonio y a su hijo, los tres jóvenes se precipitaron a ambos y les comentaron que eran músicos y que deseaban conocer a unos profesionales como ellos, mientras el personal del hotel les pedía perdón a los inquilinos por la rotundidad del incidente. Don Megalonio les explicó concienzudamente a los tres jóvenes que él no era bajista ni su hijo trompetista, aunque este último interpretaba cuando quería unos solos muy conmovedores. Por el contrario, les propuso a los jóvenes la posibilidad de convertirse en sus guardias de corps – no tenían nada que envidiar a los tres mosqueteros de Francia, y eran más verosímiles y menos planos que estos- en su ejército de valientes en una misión que les había encargado la policía. Los tres jóvenes accedieron encantados y fueron durante todo el trayecto hacia el Mount Morris ilusionadísimos con el cargo que les habían asignado en una misión tan importante y preguntando a Don Megalonio si se encontrarían con gánsters, si pelearían con androides o si podrían hablar cara a cara con heroecillos pelones y villanos pelados de esos que salían en las películas. Don Megalonio les aseguró que la misión que se les había encargado no era fantasía publicitaria de dibujos animados por un falso demiurgo, sino la esencia misma de la civilización urbana, tanto de América como del resto del mundo terráqueo y de todos los mundos planetarios que pudiera haber o no haber por ahí. Cuando llegaron al lugar indicado a la hora señalada por la policía, frente a la mansión señorial del número 625 de St. Nicholas Avenue, dice el historiador que conduce el hilo de la memoria tras los pasos de su tupido héroe, que el Miedo envuelto en sombras, nada más ver el único ojo del Cíclope clavado en él, huyó dando alaridos por el aire, alaridos que se confundieron con el maullido de un gato en celo, y la huida del Miedo fue tal que rebasó la medida del mundo y alcanzó galaxias desconocidas donde puede haber de todo, y aún hoy sigue huyendo a triple velocidad que la luz más corredora, y por ello el Miedo siempre llega antes que la luz a todas partes, y de esa causa deriva el temor al desconocido que padecen los seres humanos antes de que la luz de los descubrimientos logre desvanecer esa ilusión inaugurando otra llamada progreso, la cual no es más que miedo a otro descubrimiento posterior, porque el Desconocido ha de existir siempre, principio de todos los principios, y solo por deducción se llega a la verdad.

Escoltando la entrada se quedaron los tres jóvenes, como tres ángeles silenciosos, por cautela del propio Marcelo, quien aseguró que de no tomarse esta medida, se tendría que tomar por su parte el trabajo añadido de defenderlos. Así que padre e hijo oprimieron el timbre de la mansión sospechosa aunque muy ostentosa – cuyo estilo ciertamente recordaba el musical y meticuloso trazo del arte africano- y aguardaron a que un negro grueso como un botijo y con barba blanca como los hombros de un gorila “espalda plateada” les diese acceso al suculento interior del lugar del presunto crimen. Muy pronto los Bienhechores del Género Humano pudieron conocer cuáles eran los cangilones que movían aquella noria de engaños, donde tenían que estar por fuera implicados los duendes del interés. En el interior de la mansión tuvieron acceso a un espacioso salón tapizado con terciopelo estilo imperio americano, de color cárdeno y sobredorado con preciosas filigranas entre las cuales sobresalían los ojos alevosos de varias cámaras de seguridad. Había una colección de retratos pertenecientes a personalidades del mundo negro – si es que las razas humanas son mundos aparte, como los partidos políticos- entre cuyos titulares, el Cíclope reconoció al soñador y efímero rey de Biafra, al jamaicano Garvey y al ensayista Cheik Anta Diop. Don Megalonio y su hijo se sentaron en dos sillones forrados de capitoné amarillo ante la atenta mirada de los veintiséis vocales afroamericanos que interrumpieron su discusión agilizada con algunas agendas electrónicas que desprendían destellitos sobre la gran mesa camilla de cedro del Senegal para admirar, con desmesurado asombro, la apostura de los recién llegados. Don Megalonio tomó la palabra en perfecto inglés:

    • Disculpen que hayamos tardado más de la cuenta en llegar, pero los numerosos negocios que nos solicitan nos impiden en ciertas ocasiones como esta el ser puntuales. Pueden continuar hablando de los asuntos concernientes al orden del día. No se preocupen por nosotros. Nos incorporaremos sobre la marcha.

    • ¿Quienes son ustedes?- nos preguntó con desconfianza el ujier que nos había abierto la puerta, el cual parecía el portavoz del grupo.

    • Hemos venido a investigar- se adelantó a decir Marcelo- ¿Tienen ustedes noticia de la Policía Federal?

Nada más escuchar la palabra “policía”, los veintiséis vocales se alzaron de los asientos con agilidad de canguros y cada uno de ellos extrajo un revólver de su bolsillo y lo apuntó hacia los dos recién llegados.

    • ¡Diablo de niño!- exclamó el Cíclope dirigiéndose a Marcelo- ¡Acabas de adelantar la acción! ¿No te he enseñado que en el mucho hablar está el pecado que trae funestas consecuencias, que la lengua, según se lee en la epístola del apóstol Santiago, es el origen de todas las discordias entre los hombres? ¿Y no recuerdas tampoco aquella sentencia de Séneca, que tan a menudo te repetía, en la que el filósofo declara “siempre me arrepentí más de lo que dije que de lo que dejé de decir”?

    • Pero yo no he faltado a la verdad- objetó el niño.

    • Pero incluso la verdad tiene su ocasión para ser manifestada- lo corrigió un Cíclope como un San Alfonso María de Ligorio- ¿No se lee en los Proverbios “tempus loquendi, tempus tacendi”? ¿Qué hay de la paciencia en la que se encuentra la salvación, que ahora acabas de tirar por la borda?

    • El entusiasmo me desbordó- aseguró el niño con la claridad de una fuente clara, de esas que describe el historiador Alonso de Ovalle y que coloca en las entrañas germinales de Chile- ¿Quién puede ponerle diques al entusiasmo?

    • Ellos son los diques- señaló el Cíclope a los pistoleros que podrían ser los protagonistas invisibles de Frente Rojo de Arnulf Overland – Ponte a rezar, Marcelo, para que mi defensa no les ocasione un daño irreparable a sus mantecosos organismos.

Y ya se disponía a embestir como un tornado a los infelices atacantes, cuando he aquí que un hombre de mediana estatura y de raza sorprendentemente blanca, el cual llevaba uniforme de marine estadounidense y una sonrisa falsa por pabellón abanderaba la pequeñez de su rostro cuya mejilla izquierda parecía inflamada por un eccema, levantó el brazo derecho en señal de autoridad imitando el saludo nazi y, acto seguido, los pistoleros guardaron sus armas y se cuadraron haciendo el saludo militar, disponiéndose en doble fila con las miradas enfrentadas, dejando un pasillo libre entre las dos filas como para que su superior pasase revista. El marine avanzó entre las filas en dirección a Don Megalonio y a su hijo, se dio la vuelta, dio una orden ininteligible y los pistoleros se dispersaron y salieron del salón. Después, sin dejar de sonreír, preguntó a Don Megalonio:

– Se sorprenderá de esto, ¿no?

– Desde luego- aseguró el Cíclope- No sigo la doctrina del nihil admirari de los estoicos. Prefiero la perpetua admiración de la creación del Dios vivo, en homenaje a aquel salmo del Rey Poeta que declara:

Cuando contemplo el cielo,

obra de tus dedos,

la luna y las estrellas, que has creado.

¿Qué es el hombre

para que te acuerdes de él;

qué es el humano

para darle poder?

A este respecto, agradezco su intervención y a la vez me sorprendo en gran medida del nunca suficientemente alabado plan de la Providencia, porque de no ser por él y por su asombrosa aparición personal, la tierra cargaría sus lomos con veintiséis nuevas tumbas.

– Es usted don Megalonio, el Cíclope Don Megalonio, ¿verdad?- preguntó el marine tratando de ser amable- Y este es su hijo Marciano, ¿no?

– Marcelo- lo corrigió el niño- aunque en ocasiones sí me arrepiento de pertenecer a este planeta.

– No le tire de la lengua- informó Don Megalonio- Es demasiado hablador para mantener la paz.

– Disculpe mi equivocación al pronunciar su nombre- le pidió perdón al niño el marine- Las lenguas romances nunca se me han dado bien. ¿No tiene algún apellido por el que le pueda identificar?

– No recuerdo el que me dieron mis padres allá en Palermo- aseguró el heroico niño encogiéndose de hombros como lo haría el emperador Isaac II ante la toma de Constantinopla por los cruzados en 1204- pero como mi padre se llama Megalonio, y los apelllidos derivan originariamente del nombre de los padres, usted puede llamarme Marcelo Megalony, o “señor Megalony” a secas. Parece un apellido de diseñador de moda.

– Muy bien, señor Megalony, hijo de Don Megalonio- concedió el marine, un tanto contrariado por la dilatada presentación, poco usual en el ámbito castrense- Yo soy el sargento Douglas Sullivan. Bienvenidos a la Armada de los Discípulos de la Luz.

– ¿Ha dicho de la Luz?- preguntó el Cíclope muy contrariado- Sin duda es el bien más valioso y gratuito del universo, la auténtica columna de la Creación. ¡Puede creerme, acabo de recuperar el sentido de la vista hace relativamente escaso tiempo! ¡Gloria a Santa Lucía, que me alegro grandemente de que sean usted o ustedes, aunque no lo veo más que a usted aquí, partidarios del origen de la vida!

– ¿Pero es que no pertenece a la cofradía de la “Secta del Astrolabio”?- preguntó con insolencia Marcelo, recordando las directrices de la policía.

– ¿Volvemos a las andadas, gallito cantor?- reprendió el Cíclope a su hijo- ¿Cuántas veces he de guiñarte el ojo para que no hables más de la cuenta?

– No se preocupe, Don Megalonio- aseguró el marine- Hemos leído sus memorias y las de su hijo que han sido editadas a todas las lenguas. Sabemos el motivo que los trae aquí y no hay por qué engañarse a uno mismo. El vulgo nos conoce con muchos nombres, y uno de ellos es ese.

– ¿Tienen que ver con la antigua cofradía de la Rosacruz?- quiso saber Don Megalonio.

– Ahora eres tú, papá, el que te vas de la lengua- protestó el niño.

– La curiosidad puede más que el sentido común- arguyó el Cíclope- Qué quieres, pequeño, son reminiscencias del pecado original del que la raza de los cíclopes, como toda raza social e inteligente, también participa.

– Somos rosacrucistas- corroboró el marine- Hagan el favor de acompañarme a la planta baja y los presentaré al Gran Maestre de la Noche.

El marine, como suele suceder en casos análogos, oprimió el botón de un mando de infrarrojos y una vitrina de la pared se desplazó cobrando vida artificial hacia un extremo y descubrió una escalera con pasamanos de abeto que daba a una planta baja oculta, solo visible para los iniciados en aquellos ritos esotéricos y un tanto laxantes, que ponen a prueba la valentía de cualquiera que no sea Don Megalonio o su hijo Marcelo. El piso de abajo era una especie de Cuartel General destartalado en el que cabían, por lo pronto, setenta tanques Sherman alineados de diez en fondo. Era verdaderamente un gimnasio con pista de formación para el considerable ejército de supuestos marines que en él se encontraba. Marcelo pudo contar unos noventa hombres – aunque de todos es sabido que la manera de contar de Marcelo no sigue las reglas del cálculo algebraico, ni del diferencial de Leibniz y Newton ni del integral ni del de variaciones, sino que es totalmente digital y artesano o manual- distribuidos en formación compacta y presididos por sus oficiales. En las esquinas del anfiteatro se podían apreciar algunos juegos de halteras y de pesas, así como de otros aparatos de musculación. El sargento, nada más entrar, saludó militarmente y se presentó a los Altos Mandos, una especie de Estado Mayor en miniatura, en el que figuraban ocho sujetos con grados de comandante, alférez, brigada, capitán, teniente, coronel y general. El noveno grado era el del sargento, que se cuadró ante esta Gran Enéada nada más entrar y presentó a los dos visitantes- marcialmente, claro está- a sus superiores jerárquicos. Hecho este ceremonial, el general, en cuyo pecho relumbraban cruces y condecoraciones variopintas como la Rosa Blanca de Finlandia, la Orden de Grimaldi de Mónaco, el Águila Azteca de México, la Corona de Roble de Luxemburgo, el Águila Blanca de Polonia, la Orden del Sol de Perú, la Orden de Cristo de Portugal, la Estrella Polar de Suecia, la Orden de Orange-Nassau de Holanda, la Cruz del Valor Militar de Italia, la Cruz de la Victoria Británica, la Cruz de Guerra Francesa, la Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos, la Orden del Danebrog de Dinamarca, la Cruz de Hierro de Alemania, la Orden de Mayo de Argentina, la Orden de Leopoldo de Bélgica, la Orden del Mérito de Chile, la Orden del Salvador de Grecia, la Orden de Al-wisam al-alawi de Marruecos, la Cruz Laureada de San Fernando de España, la Bandera Roja de la Antigua URSS y sospechosamente y por último la enrevesada esvástica nazi, digo tras esta fatídica enumeración que fue a presentar sus respetos al Cíclope y a su hijo adelantándose a ellos y ofreciéndoles una mano membruda y callosa.

    • Bienvenidos, estimados héroes universales- los saludó con una mirada huesuda- Aguardábamos encarecidamente esta visita.

    • Bienhallados, estimado soldadito- saludó Marcelo cuadrándose a su manera- A ver si corrige los modales de esos estafermos de arriba, porque tienen la peligrosa costumbre de apuntar con la pistola a las buenas gentes que vienen de parte de la ley.

    • Usted perdone, amable anfitrión- se disculpó el Cíclope ahuecando su voz dodecafónica- Este hijo mío no sabe callarse ni aún a trescientos metros de profundidad bajo el mar. Cualquier día de estos le va a dar un disgusto a la Humanidad.

    • No se preocupe- trató de tranquilizarlo el presunto general- Ya les he dicho que son ustedes bienvenidos. Nosotros no hemos sido entrenados para ser corteses, ni tampoco los miembros del Cotton Club. Ese Malcom tiene los reflejos muy excitados. No en vano pertenece a la raza a la que pertenece.

    • Oiga- se adelantó a hablar el Cíclope con un acento que recordaba a una melodía del oratorio Isaías Profeta de Alexandre Tansman – Me ha evocado una ingeniosa frase de Twain: “Yo nunca me ocupo por conocer la raza a la que pertenece un hombre. Basta que sea un ser humano. No puede haber nada peor”. ¿Por qué discrimina a los hombres por motivos de raza? ¿Acaso puede usted huir de la suya?

    • Disculpe mi torpeza al hablar, Mr Megatherium- se equivocó el general- Yo sé que es usted un hombre muy filatélico…

    • Mi nombre es Don Megalonio, abreviatura de don Polifemo Megalonio, no se confunda usted de animal- lo corrigió con ironía el Cíclope, quien había identificado en dos términos erróneos del general al perezoso gigante del pleistoceno cuyo esqueleto fósil fuera descubierto por primera vez en Estados Unidos durante la legislatura presidencial de Thomas Jefferson- y me considero filantrópico, no filatélico, como podría decirse de usted, que tal cantidad de sellos metálicos ofrece a la vista sobre su blindado pecho que deja mucho que desear a las estrellas del sistema solar.

    • Permítame que les acompañe a la planta inferior, donde se reúne el Consejo de Nobles Decurios presididos por el Maestre de la Noche a quien servimos nosotros, los Ejércitos del Último Más Allá- les informó el general- Ellos se lo explicarán todo.

Y diciendo esto, extrajo otro pequeño mando como el del sargento de su bolsillo pectoral y lo apuntó a la pared. Esta encendió de repente su pantalla descubriendo a un grupo de técnicos que se afanaban tecleando en cientos de ordenadores a la vez. El general les hizo una seña a los hologramas y uno de los técnicos, joven, pecoso y con gafas y pelo largo asistido por una secretaria que no alcanzaba los dieciocho años, respondió a la seña del general tras la enorme pantalla de mecanismo misterioso cual conjuro de cibernética brujería.

– Acompáñenme- les invitó el general, quien en el cartel de sus mejillas lucía otro eccema semejante al del sargento, tal que si se tratase de propaganda publicitaria de la casa, y se colocó sobre una plataforma de aluminio que sobresalía como una tribuna, a un metro escaso del suelo.

Al pasar, el Cíclope se tropezó con dos discos de pesa de diez quilos cada uno que estaban colocados uno encima del otro y los retiró de una patada hacia una esquina, disculpándose acto seguido:

    • Tuve que retirar de mi camino estas pastillas de freno, mi dulce general, porque temí que mi hijo las viese y se pusiese a jugar con ellas como si fuesen chapas de botella o fichas de parchís, que no es la primera vez que deja inservibles piezas como estas imaginándolas residuos sólidos abandonados.

El general permaneció con los ojos muy abiertos, cuya dilatación mostraba indicios de conjuntivitis, y, oprimiendo el omnipresente botón de su mando hizo que la tribuna descendiese bajo ellos- era un elevador encubierto – el lector me perdone si me he anticipado a su imaginación- y que, admirablemente, se detuviese en el piso inferior de la mansión plutónica, cual un Gerión alquilado por horas. “Vamos de mal en peor” pensó el Cíclope, “porque no hacemos más que descender atraídos por la perversidad del abismo”.

La planta donde se reunía el Consejo de Nobles Decurios, o de Arquitectos, o de Murciélagos – puesto que así huían de la luz del sol- estaba sembrada de ordenadores, equipos informáticos, pantallas, teclados, ratones y gatos fantasmagóricos cazando cifras en el interior de cada pantalla. Otra vez recurro al cálculo de Marcelo, admirado por Diofanto y arrullado por el grandioso e infinitesimal Euler, para precisar que eran exactamente veinticuatro los Nobles Decurios, ninguno de los cuales sobrepasaba los cuarenta años cumplidos, y que se distinguían por su camisa de color amarillo bromo que no debe en ningún caso tomarse a broma. Cinco secretarias, réplica bella de los cinco sentidos, todas ellas uniformadas de negro riguroso aunque de tez rigurosamente blanca por la escasez de bronceado solar, los asistían. Entre ellos había un indivisible sujeto – dijo indivisible porque su estatura no era mayor que la de Marcelo y apenas cabe una somera descripción en él- de pelo rizado, cabeza casi laminar y sin anchura y pies que se besaban, torcidos como ancas de garrapata al andar. Tal vez este indivisible sujeto tuviera virtudes, al igual que todo ser humano, pero si las tenía, estaban sorprendentemente escondidas en una máscara de vicio casi perfecta. Este hombre era el Gran Maestre de la Noche, el ácaro cerebral de la cofradía y el primer síntoma de aquella infección, un Vulcano cojo de degeneración, ridículo de tamaño y de corazón agusanado por el mal. Resulta tan desagradable su conversación, que el sabio Literano se ha tomado la licencia de usar el estilo indirecto libre para traducir sus palabras al lector, por lo cual estimo que el lector debe estarle muy agradecido por esta terapéutica licencia.

El Maestre, un antiguo militar retirado tras el inhumano asedio de Vietnam, había sustituido el amor a sus semejantes por el odio resentido hacia quienes no lo habían valorado nunca como persona. Ex-combatiente, ex-toxicómano y ex-político sin fortuna, entretuvo su sed de afecto con la sed de dinero. Conocedor de los resortes de la influencia social y del mecanismo de la ambición, imaginó una sociedad que lo sirviera al estilo de una máquina obedeciendo al botón de su capricho. Se enamoró de la Tecnología, amante del Capital a quien de concubina se ofrece, y soñó con un sistema informático personal capaz de abolir a todos los sistemas informáticos del mundo, lo que él denominaba “un astrolabio sin límites hacia una tierra sin límites”. Estudió durante diez años el aparato logístico de las corporaciones sectarias, compilando más datos en su tarea que Don Gregorio Mayam y Siscar en su Retórica del siglo XVIII e inventó una pseudorreligión vinculada a la cienciolatría de Comte, aprovechando las lagunas culturales de la civilización metropolitana y canalizando hacia su provecho la rebeldía de la juventud que mendiga atención en una sociedad sin valores humanos, más allá de los bursátiles. Su vida fue una paulatina alevosía, y creyendo dominar a los demás, cayó en el dominio de sus pasiones, se volvió más violento y temeroso de los ajenos, compró y vendió para sentirse seguro, y fue cavando un agujero negro en cuyo término cual el propio Satán se debatía, enterrándose cada vez más, y ese agujero negro y magnético de indeclinables plantas hacia abajo, en el que Don Megalonio y su hijo se encontraban, habría de ser su propio infierno y su inderogable tumba, pues todo aquel que cava trampas para los demás cae él mismo en ellas. Aún así, su proyecto no carecía de cierta lógica aparente: había contratado a veinticuatro jóvenes – el número es simbólico y apocalíptico- de sexo masculino –él era también misógino- todos ellos ingenieros a los que pagaba con el producto de sus defraudaciones, para recopilar datos informáticos a nivel global con el último fin de dar vida a un robot –a un golem- con estructura de misil espacial destinado a propagar enfermedades incurables por todo el orbe. Él sabía mejor que nadie que este proyecto destructivo no era viable, porque alguien sería quién de desarticularlo antes de que se llevase a cabo, pero la convicción de su resentimiento fue capaz de ejercer un control mental suficiente para situar una ilusión verosímil ante sus operarios también resentidos por una sociedad que losa había discriminado, separado de sus trabajos o alienado completamente por la falta de criterio de la opinión pública de masa. Así, un odio provocado en un sujeto a consecuencia de la injusticia social sufrida se había convertido en el arma de destrucción de esa sociedad.

El futuro del proyecto a largo plazo, pero principalmente, el de la secta a corto plazo, estribaba en una aparente declaración de intenciones revestida de rito religioso, aunque siendo las sectas y sus partidarios enemigos de la sociedad, no pueden de ninguna manera integrarla y coordinarla bajo un credo religioso. En este credo, el mito cristiano de la redención – que en su confesión de origen es un dogma racional identificado con la búsqueda de la felicidad o autorrealización del crecimiento intelectual- se materializaba en una superstición sostenida por el miedo, en la cual unos viajeros espaciales – unos Quetzalcoatl de las altas esferas- estaban destinados a destruir históricamente el mundo y a llevar a unos cuantos emprendedores a otro nuevo. Confundiendo la física inmanente con la metafísica trascendente, los pobres ingenieros jóvenes, que en el fondo eran personas necesitadas de afecto, a causa de la mutua convivencia con el enajenado se habían tragado la patraña, porque no tenían a nadie que les diese, ¡oh indiferencia del dinero y de sus seguidores!, una alternativa a su desesperada búsqueda de comprensión. Algunos de los miembros habían trabajado para la propia policía, otros estaban legalmente muertos porque habían desaparecido del entorno en el que vivían para integrarse al aparado logístico de la organización, y esos últimos eran Lázaros que esperaban la resurrección racional, muertos vivientes, zombies deshumanizados, fantasmas desnutridos de intelecto y servidores del diablo en persona. En las plantas superiores habían sido contratados miembros del ejército y afiliados al Ku Klux Klan, infiltrados en organizaciones en pro de la defensa de los derechos de la población afroamericana. Actualmente, uno de los jóvenes del equipo directivo investigaba sobre la posibilidad de revitalizar la enfermedad de la viruela, erradicada en los años setenta del siglo XX y contra la cual la mayoría de la población no estaba vacunada. A consecuencia de esta investigación, algunos bacilos había contagiado al ejército de mercenarios marines de la segunda planta, y a esa circunstancia se debían las sospechosas manchas rojas que pintaban sus disciplinadas mejillas.

Al Cíclope le bastaron unos segundos para poner en contradicción a los jóvenes partidarios del rescate intergaláctico, y su jefe, quien -¡oh cabeza de ajo, y cómo fue necio!- pretendía incorporar a su proyecto ctónico a los dos astros reverberantes del Sentido Común, pronto se vio abandonado por sus hipnotizados súbditos. Si el lector desea – ¡cómo no va a desear!- conocer la estrategia que empleó el Cíclope en esta ocasión, sepa que consistió simplemente en preguntar la fecha de la embajada cósmica. Resulta de todo punto imposible el poner a varios individuos de acuerdo sobre una fecha concreta, pues la diversidad de intereses impide conciliar y sincronizar sus cronologías. En cuestión de fechas, los judíos no se pusieron de acuerdo sobre la hora exacta a la que había de llegar el Mesías, ni los bárbaros sobre el día de la definitiva caída de Roma, y teniendo en cuenta la diferencia horaria en las diversas partes del mundo, resulta comprensible esta discordia, pues el tiempo corre de distinta manera según los intereses de cada cual, y Bergson no se equivocaba al afirmar que era esencialmente subjetivo, aunque la similitud entre los seres humanos resultaba capaz de objetivizarlo en franjas horarias. La operación se perfeccionó cuando Marcelo telefoneó desde un celular de la policía al gerente del servicio secreto de inteligencia de los Estados Unidos. A continuación telefoneó a su vez a los “tres mosqueteros de Harlem” que aguardaban a la puerta de la mansión encantada, para que tuviesen preparada para la fuga una motocicleta de buen ver. El asmodeo de la secta, acorralado entre los dos titanes, puso en funcionamiento un explosivo nuclear de potencia limitada y amenazó con hacer volar la mansión como una gaviota. El Cíclope le administró un analgésico en la nuca que lo dejó inconsciente y, cargándolo sobre sus hombros monumentales como la imagen del Buen Pastor, rodeó con el brazo derecho la cintura de su hijo y ordenó la evacuación inmediata del lugar amenazado por una explosión transcurridos cinco minutos. Los ascensores fueron sobrecargados en el desalojo de aquella subterránea Sodoma y las puertas fueron violentadas en un Apocalipsis que solo afectaba a quienes lo habían originado, y los inquilinos de las dos primeras plantas, con el temor de la muerte ejercitaron más sus piernas que en toda su vida profesional, y se difuminaron como sombras en el éxodo. El Cíclope tuvo tiempo de arrojar el cuerpo del delincuente dormido al suelo, de entregar a los detenidos a los tres jóvenes mosqueteros relevándolos en el mando de la operación – aunque los delincuentes, afectados por el pánico, por primera vez en la historia de la policía corrieron a abrazarse a las autoridades como una hueste de hijos pródigos y cariñosos- y de montar con su hijo a lomos de la Harley Dadvinson que los mosqueteros sin mosquete le tenían preparada, y por último, de salir disparados a 200 Km/h mientras una detonación bíblica incendiaba el aire y dejaba impreso en el solar de la mansión un hoyo de casi un kilómetro de profundidad, idéntico en su fisonomía calcinada al Infierno de Dante, como un cáncer recién extirpado de un organismo vivo, como última nota de la epidemia de la fuga del odio.

  1. EL CÍCLOPE Y SU HIJO SE MARCHAN AL OESTE, DONDE CURAN A VARIAS PERSONAS DE LA PERNICIOSA ENFERMEDAD DE LA FIEBRE DEL ORO, TAMBIÉN LLAMADA AVARICIA, Y SON TESTIGOS DE LAS MAYORES MARAVILLAS QUE PUEDEN IMAGINARSE LOS FILÓSOFOS

El stretto de la fuga del Cíclope y de su hijo, el rescate de las personas que habían caído en la fosa de la St. Nicholas Avenue y la entrega a las autoridades fueron acontecimientos tan rápidos como relámpagos sucedidos en la noche. Don Megalonio había preferido, en lugar de quedarse a recibir los merecidos honores de la operación policial, ceder los méritos a los tres jóvenes que lo habían interceptado para sembrar en ellos un adecuado ejemplo de virtud. La huida en moto del melenudo y melado domador de malos hábitos y de su hijo de templado carácter, valiente como solo un niño puede serlo, podría compararse con un acre de buena imaginación a la salida del general George Washington de Lexinton en 1775, a la despedida de San Martín al mando del Ejército de los Andes tras la entrevista puntual con Simón Bolívar en 1882, o a la evasión de Lao-Tsé a lomos del carabao en un año de estos. La motocicleta, como un pegaso de acero de 300 centímetros cúbicos, atravesó la ciudad de Nueva York en dirección oeste siguiendo la ruta de los pioneros, devorando leguas y leguas de carretera, superando aquellas fronteras a las que el ensayista Turner había atribuido la esencia de la mentalidad americana en un reconocido tratado publicado en 1893 y en el cual podía leerse lo siguiente: “La existencia de una región de tierras libres, constantemente en retroceso, y el avance de la colonización norteamericana hacia el Oeste son claves para el desarrollo de América”. Los mountain men de las Rocosas, dedicados al comercio de pieles, habían forjado la mentalidad americana, la mentalidad del viaje continuo, que se llegó a confundir con el progreso de la carrera tecnológica y la aparente conquista del espacio en los tumultuosos años de la Guerra Fría. Los tramperos del Missouri convivían con las poblaciones indias, originarias de las regiones salvajes para los colonos europeos y perfectamente habituadas e integradas en su entorno libre, descubrían cada día un palmo más de tierra en su avance atávico en caravanas hacia la Tierra Prometida de California y Oregón, y construían el sueño americano de continuo crecimiento, de confianza en el esfuerzo y de permanente esperanza en la novedad recreada de cada descubrimiento, para el que no existían, como en Europa, razas ni condiciones ni prejuicios de linaje, porque solo se valoraba lo que cada cual era capaz de hacer por sí mismo. El presidente Garfield había sido trampero en su juventud; los mormones, reformistas en una cristiandad que sobornaba al poder temporal del papado romano, fueron capaces de colonizar y de fertilizar alrededor de 1846 unas 60.000 hectáreas del desierto de Utah. En el viaje, las gentes se hacían amigas, compartían su tiempo y su espacio, estrechaban vínculos y elaboraban sus propias normas, en una mentalidad en la cual nada resultaba superfluo. Esta fue y es, sin lugar a dudas, la América de Walt Whitman y de Abraham Lincoln, el país de la libertad y de la democracia, del que puede decirse, parafraseando a su vate:

es tan tuyo como mío.

La moto casi metafisica en la que el Cíclope iba sentado en cuclillas con su hijo sobre las piernas, velocípedo este que ponía en movimiento a los sinsontes y a los correcaminos, y que aguzaba las lejanas orejas de los coyotes, era un acontecimiento para los camioneros y escasos automovilistas de la autopista, los cuales se quedaban de piedra de basalto cuando veían avanzar en el paisaje aquel bulto capilar con un niño en el regazo, y más de uno lo creyó una alucinación provocada por la resaca. Sin necesidad de lucir chaqueta de cuero ceñida, ni gafas de aviador, ni gomina ni botas de montar bisontes, el Cíclope, con su enorme y único ojo sin ojeras brujuleando en la despejada y afortunada frente, daba la impresión de ser el motorista más duro, más salvaje y más despeinado del Nuevo Mundo. En dirección a Filadelfia, la capital del estado que fundara el inmigrante William Penn, el paisaje se vuelve más abrupto, coronado al fondo por los nevados Apalaches, habitados por cóndores y por cabras monteses, refugio de los sioux durante las invasiones y las colonizaciones, moles tranquilas que no precisan pregonar su nobleza ni su quietud, que han visto pasar a muchas generaciones y que han de ver pasar a muchas más. Estaban atravesando un campo de maíz nuestros dos colosos inolvidables cuando fueron testigos de la primera reyerta entre nacionales que habían presenciado desde su llegada a América, y que no los dejó pasivos, al contrario, los involucró, como valientes y justos que eran, en su pacífica resolución, si bien ni padre ni hijo tenían interés particular, más allá del común, en la causa.

Parecía ser – ya se verá cómo engañan las apariencias al que escudriña su sentido- que un agricultor de unos cincuenta años se querellaba con unos ganaderos por razón de una supuesta cañada para el ganado que, según afirmaban acaloradamente los tales, pasaba por su heredad. La hija del agricultor, una joven rubia de unos veintitrés años, defendía a su padre delante de los seis ganaderos atestiguando que no tenían constancia de ninguna servidumbre de paso por sus tierras. La discusión llegó a volverse violenta y uno de los ganaderos, bajando del caballo, como hace millones de años se hizo y como dentro de millones de años se hará, trató de agraviar a la chica cogiéndola por las muñecas mientras ella se resistía y lo insultaba gritando. Su padre había extraído un revólver de su cartuchera, pero antes de que pudiese amenazar con poner en funcionamiento el mecanismo, cinco revólveres lo apuntaron desde las monturas de los ganaderos.

  • Viejo de mierda- había llegado a decir el ganadero que tenía sujeta a su hija- ¿Te crees que un tejano no tiene palabra? Voy a hacer con tu hija lo mismo que tú haces con la ley.

  • ¡Presidiarios!- gritaba desesperado el padre- ¡Vosotros asesinasteis a Lynch! ¡Vosotros lo dejásteis muerto junto al pozo de su finca! ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Os juro que si le tocáis un cabello, me vuelvo loco y os saco las tripas aunque sea lo último que haga!

Los ganaderos reían con sorna.

  • Te ha llegado la hora, sanguijuela- declaró el que se disponía a violar a la hija del propietario delante de él- Vas a pagarlas todas juntas.

  • ¡Cuidado, Connie, viene gente por la carretera! ¡Al loro!- gritó uno desde su alazán, cuando vio desde lejos, como buen vigía, la fragata rodante del Cíclope y de su hijo, y acto seguido uno de sus cómplices extrajo una cámara de filmación de su zamarra e hizo como que grababa la escena.

  • ¡Socorro!- gritó el propietario.

Alguien disparó un tiro que fue a caer a un metro de este.

  • ¡Dios de Dios! Pero, ¿qué cosa es esa que se acerca?- se asombró diciendo otro.

Los súbditos de Moctezuma no se habían quedado más sorprendidos cuando desembarcaron los ejércitos de centauros españoles al mando de Hernán Cortés y dispararon la primera bala en Tenochtitlán. ¡Qué diferentes parecían aquellos vaqueros de los cowboys de los westerns! La era de internet había dejado atrás los ingenios de Samuel Morse, y la codicia humana, acrecentada por la revolución tecnológica que tanto beneficiaba a la libre empresa, se había traducido en el ideal consumista de vida cómoda, de dinero fácil y de desprecio por el trabajo. Los nuevos cowboys eran en realidad cuatreros, narcotraficantes y homicidas -porque los ranchos no daban para vivir conforme a los ideales del capitalismo informático- que huían de un estado a otro para reunir el dinero suficiente como para realizar una buena apuesta en Las Vegas, que trataban de burlar la ley y que tan a menudo eran víctimas de la pena capital, marginados de las grandes ciudades que nunca habían labrado las tierra- de la que proceden todos los recursos económicos de segura ganancia-, en su mayoría inmigrantes venidos incluso de China, de Indonesia y de Japón, gente que no sabía apreciar un caballo pero sí vender su carne, gente que en el fondo odiaba el campo porque el consumismo de las ciudades los había contagiado de contaminado pesimismo. Estos eran los pintureros y bucólicos protagonistas de los idilios novelados y filmados de las dime novels, los históricos conductores de ganado que entre 1865 y 1890 recuperaron las personalidades de los Coridones y Alexis de Virgilio y de los Dafnis y Cloe de Teócrito. Ahora, tras el paréntesis de las detonaciones atómicas, la crisis del crudo, la revolución obrera y los ensueños de la luna y de los lejanos y posibles planetas del océano espacial parecían un tanto desmejorados, un poco acartonados, y Don Megalonio y Marcelo los vieron como desnortados y perdidos alienígenas entre los avances de la navegación especulativa.

Don Megalonio puso a su hijo en el suelo y después se bajó él mismo de aquella aparente máquina del tiempo, reloj perfecto que nunca se atrasa, con mucha delicadeza, en tanto los salvajes cuatreros admiraban esa figura que no era triste, porque hacía reír a cualquiera que participase de la suficiente inteligencia como para hacerlo, ese estilo batallador de su pelaje, ese arrojo de Marcelo con las piernas muy abiertas como para orinar, ese perfil de contrastado intermediario del cielo que viene a poner orden y que pide asombro para lo extraordinario de su audiencia.

  • ¿El empirismo me engaña o son seres humanos estos que veo?- fue lo primero que preguntó el Cíclope.

  • Lo son, padre- declaró Marcelo como un Saint Just- ¿No te das cuenta de que se están peleando?

  • ¿Cuál es el motivo de la controversia?- preguntó el Cíclope a los presentes, que se esforzaban por sostener la complicidad del silencio.

  • No es nada, buen hombre- respondió uno de los ganaderos que iban a caballo- Estamos rodando la escena de una película.

  • ¡Socorro!- gritó de pronto el propietario como un loco- ¡Se llevan a mi hija! ¡Se la llevan! ¡Asesinos!

  • ¿Según su versión ese debe ser el protagonista, no, un propietario al que pretenden escarnecer violando a su hija?- preguntó el Cíclope entusiasmado con el argumento- No se le ocurrió a Faulkner nada semejante. Y dígame, ¿los actores tienen contrato o han sido elegidos por el director involuntariamente?, porque el protagonista interpreta como si lo estuvieran torturando en carne viva…

  • Váyase de una puta vez, amigo, si no quiere meterse en problemas- le sugirió el que le había dicho lo de la película, perdiendo la paciencia ante la evidencia de los hechos, mostrando su pistola e interrumpiendo la aparente escena, como quien deroga la ilusión de la “cuarta pared” de Stanislawski.

  • Voy a irme cuando así lo decida, amigo de usted- repuso el Cíclope categóricamente, como lo haría sin duda Johann Möhler de hallarse en aquella circunstancia- pero los problemas se los han buscado ustedes, porque quien mal anda mal acaba.

Estaban a punto de disparar los conjurados cuando he aquí que un proyectil supersónico, algo asimilable a un kaza de guerra para unos y a un jabalí mitológico para otros, ya sea el observador materialista o idealista, impactó contra cinco caballos y derribó a cinco jinetes al suelo inclemente, que los recibió con un golpe mudo y solemne, con un boato de polvo. El individuo que sujetaba a la mujer disparó contra aquel meteorito de pelos que el lector ya habrá identificado con el bravo guerrero de un solo ojo, cuyos miembros son montañosos como el mundo, aunque un tanto peludos de más. La bala hizo la vista gorda ante la piel de rinoceronte de su objetivo y salió desviada al rebotar en un omóplato, perdiéndose en la llanura indescifrable de la distancia. Un mazazo automático derribó al hombre que sujetaba a la mujer y lo dejó inconsciente en el suelo arenoso y floreado de algunos cactus. Cuando los jinetes volvían a la carga con sus pistolas – los caballos, con admirable inteligencia, habían salido huyendo tras el impacto- otro golpe los dejó en el mismo estado que a su compañero. El Cíclope tomó los cuerpos inconscientes cuidadosamente y los ató muñeca contra muñeca haciendo cuerda de sus propios cinturones.

  • Beau Geste!- gritó Marcelo dando un zapatazo en el aire- ¡Ah, necesito un sombrero!

La hija del propietario, en un acto de innegable gratitud, heroico con toda seguridad para cualquier mujer, se colgó al cuello del Cíclope cuando este se arrodillaba para recoger el cuerpo inconsciente del último de los jinetes, y le estampó un beso en las mejillas erizadas de vello puntiagudo, imantado de extraña belleza.

  • Gracias por liberarme de estos malvados – dijo sobrecogida, sin preocuparse por mantener las apariencias, como un témpano de hielo a punto de fundirse al calor del sol- Lo que ha hecho por mí no tiene precio, ni hay dinero en el mundo que pueda pagar la libertad, el don que acaba de hacerme.

  • La libertad es suya, encandiladora dama- repuso el Cíclope galantemente, aunque procurando no acercar demasiado su dentadura a la recién salvada Andrómeda- ¿Para qué está San Jorge sino para limpiar la sociedad del dragón de la avaricia, origen de todos los males! Sus persistentes cabezas, como un parlamento de serpientes, pretenden envenenar el frágil tesoro de la bella paz, pero su destino es siempre la derrota.

Mientras el Cíclope y la chica hablaban tan desigualmente, el propietario, como un campesino del Antiguo Testamento, se arrodilló a los pies del Cíclope y le ofreció su casa y todo cuanto tenía por aquel acto tan interesante como desinteresado. El Cíclope le conminó a ponerse en pie, indicándole que al siervo no hay que agasajarlo por lo que hace, puesto que este es solamente su deber. Marcelo se quedó supervisando los sombreros de piel de vaca de los cowboys, probándolos en su cabecita para comprobar si alguno le quedaba bien, pero hubo de rendirse a la evidencia, porque entre aquellos despojos de guerra no figuraba ni un solo botín de su talla intelectual. Su padre le advirtió que no fuera él también codicioso y que dejase los sombreros donde estaban, puesto que tantas cabezas habían costado. Resentido y avinagrado por no poder cumplir su capricho, Marcelo exclamó:

  • ¡Las cabezas de estos vaqueros deben estar llenas de aire, porque no me puedo explicar la holgura de estos sombreros, que parece que llevan botellas de compresión incorporadas de esas que usan los buzos, y podrían servir de tiendas de campaña!

El Cíclope le entregó los cautivos al propietario para que se los entregase a su vez al sheriff, y se fue después de llevarse tres kilos de maíz en espigas para su cena y la de Marcelo – pues la noche se echaba encima- y asimismo después de despedirse con la mano alzada de la chica a la que había salvado, despedida que en el crepúsculo rubicundo y colorado podría ilustrar un lienzo de Wristler.

El Cíclope y su hijo pasaron la noche en los campos de maíz, asando al fuego de una pequeña hoguera las espigas recién recolectadas. Mientras comían en aquel entorno idílico, escuchando los aullidos de los coyotes a la luna que concebía en su seno millones de historias de aventureros, de amantes y de viajeros, Marcelo preguntó a su padre de pronto:

-… Y dime, ¿qué es un descubrimiento?

– Un descubrimiento, hijo- respondió el padre con las mazorcas a medio mascar- es una revelación de la naturaleza del hombre, la cual puede ser fruto del estudio o del azar, y a partir de la cual el ser humano materializa sus propios deseos. Un descubrimiento es una verdad revelada, una promesa hecha tierra, una esperanza convertida en memoria, pero lo importante no es el objeto del descubrimiento en sí, lo relevante es su significado en nuestras vidas. Por ejemplo, este continente fue un día un descubrimiento de Europa, y para los indios que lo habitaban antes que nadie, la Europa que a ellos vino fue un descubrimiento. Es decir, que todo descubrimiento es una comunicación entre dos mundos culturales separados, un encuentro en la mente o memoria de las personas, una verdad común a todos. Pero cuando los descubrimientos se vician por intereses opuestos que no tienen que ver con el bien común, sino con la insaciable pasión de la avaricia o del dominio del entorno – pasión que según San Pablo es el principio de todas las demás-, estos se metamorfosean en guerras y en desgracias, y el objeto conocido pasa a ser un mal. Esa es la razón por la cual en una época de tantos descubrimientos como viene siendo la era experimental desde el humanismo de aquellos pioneros que fueron Galileo y Newton, ha degenerado en la era más agresiva con el hombre y con la naturaleza que nunca ha existido, en la cual se comercia con la vida de las personas sin moral que lo remedie, como si las personas no fuesen más que instrumentos hueros en manos de los poderes públicos. No hay lugar al cual la codicia del hombre no llegue, siguiendo un antropocentrismo solamente pasional o no moral, como describe el lucidísimo poeta del siglo XVII:

En esta pues fiándose atractiva,

del Norte amante dura, alado roble,

no hay tormentoso cabo que no doble,

ni isla hoy a su vuelo fugitiva.

La avaricia de tener más que los demás todo lo arruina, porque la vida que compartimos con los demás es nuestra única posesión, como otro poeta bien describe:

No me quedo en el puerto

escondido entre fardos que flotan sin destino;

y me esfuerzo en descubrir otro continente,

me esfuerzo en descubrir al Otro.

Sin ese afán de comunicación o de comunión, el mundo y todos sus descubrimientos, el universo y todos sus tesoros, no valen de nada.

  • ¡Muy bien dicho!- se escuchó exclamar a una voz, sortija de decibelios, a la espalda del Cíclope.

  • ¿Has hablado tú, padre?- interrogó Marcelo temblando de miedo.

  • Es el espíritu de la tierra el que habla, el consejo de la Gran Águila Blanca- volvió a manifestarse la voz sin cuerpo que la acompañase.

  • Como no sea el hombre invisible de Wells, hijo mío, no sé quién puede ser tan atrevido- confesó el Cíclope- Pero, ¡por todos los sortilegios de Priestley, por los abracadabras de la electromecánica, yo te conjuro, vocecilla atrevida, a que salgas de esa botella de Leyden o de ese Tubo de Crookes del espacio y que te manifiestes corporalmente para que podamos palpar tu presencia!

Al instante emergió del maizal un hombre joven, mefistofélico por lo curioso de su vestimenta llena de flecos, de tez morena como moldeada con barro sin cocer, de ojos oscuros y de cabello tan negro como una medianoche. Era un indio. Eso era evidente.

  • Saludos, viajeros, disculpen la indiscreción- se presentó- Soy Cheyenne Yuki, comercial de James River. Les he escuchado hablar en el maizal y, como soy muy bromista, decidí dirigirme a ustedes sin presentarme primero. Lo cierto es que he estado escuchando lo que decían, y me pareció muy acertado. Si los que nos gobiernan tuviesen en cuenta eso… Pero ningún presidente de este maldito país ha sido capaz de reconocer jamás que el sueño americano se curtió con la piel de los indios. Al pobre se lo trata como a un Don Nadie. Muchas leyes y muchos principios, pero después de cuatro siglos todavía estamos como estábamos. Que si nos echan de las tierras de nuestros padres, que si nos pagan un subsidio de miseria para que dejemos de ser molestos… No tenemos voz… Todos hablan del Gran Franklin pero nadie se quiere acordar del mártir Jerónimo… Es un milagro que me pueda dirigir a ustedes, porque en el Congreso de Washington no hay lugar para el indio, y aquellos que podemos llamarnos hijos de estas tierras nos encontramos exiliados en nuestro propio país. La ciencia es suya, el trabajo es suyo, el país es suyo, y las tierras serán suyas, pero el alma de la tierra es nuestra y solo nuestra, y el Espíritu del Cielo nos la devolverá:

  • ¿Qué te parece, Marcelo?- interrogó el Cíclope a su hijo- Al fin hemos encontrado al legítimo habitante de Estados Unidos, al indígena, a aquel que representa a las generaciones anteriores a la conquista codiciosa de los descubridores, el verdadero dueño de la casa y el único que puede repararla. Él encendió aquí su fuego antes de que Ponce de León descubriese Florida en 1513, mucho antes de que Hernando del Soto llegase al Mississippi en 1541, o que Francisco Vázquez de Coronado pisase Arkansas en 1542, o que Francisco de Ulloa navegase por el Pacífico llegando a la Baja California en 1539. Había cultivado el suelo cuando Verazzano costeó el Maine entre 1523 y 1525, cuando Ribaut intentó establecerse en Florida en 1565, cuando Barlow y sir Walter Raleigh se establecieron en Virginia en 1589, cuando Nicolet alcanzó el lago Michigan en 1634. Vio llegar al padre Álvarez al Lago Superior en 1666, a Louis Jolliet a la confluencia del Mississippi y del Arkansas en 1673, a Cavelier de la Salle a los confines de la Luisiana en 1682, a Du Tisné y Bourmont al Platte River y al bajo Missouri en 1724, y fue testigo de la fundación de San Francisco por los españoles en 1776. Para él son poco o nada las exploraciones de Henry Hudson en torno a la bahía que lleva su nombre en 1610, las de Vancouver en el Pacífico Norte cerca de 1794, las de sir Alexander Mackenzie y su descubrimiento del río homónimo en 1792. Has de saber, hijo, que el motín del té de Boston de 1773, causa originaria de la revolución americana que hoy nos parece insignificante como todos los conflictos de intereses del pasado, fue perpetrado por europeos disfrazados de indios, lo que da a entender que hasta los mismos colonos no pudieron ignorar la identidad de América. Pero escuche, amigo recién brotado de la tierra, siéntese y coma con nosotros para compartir sus vivencias con las nuestras, amén que por muy intrincados que sean sus problemas, dice el refrán que los duelos con pan son menos.

  • Con mucho gusto, mister…

  • Megalonio- completó el Cíclope- Llevo viajando casi una eternidad, pero todavía no se me ha olvidado el nombre que tengo. Este es mi hijo Marcelo. Ambos somos italianos y sicilianos, aunque la cuna nos diferencia, porque él nació en Palermo y yo en el monte Etna.

El indio se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y encendió un cigarrillo.

  • ¿Quiere…?- le ofreció tabaco al Cíclope.

  • No, gracias, nunca he fumado que yo sepa- respondió el Cíclope, amanerando la sencillez de San Martín de Porres- Y dígame, ¿a qué se dedica usted, señor indígena?

  • Soy comercial de piezas de tractores en James River- explicó el indio aproximando las palmas de las manos al fuego, pues había descendido repentinamente la temperatura, como ocurre en las áreas desérticas, y Marcelo se había visto obligado a refugiarse en el regazo caluroso de su padre- Cuando tenía dieciocho años quería ir a la Universidad, a Columbia, pero mis padres no tenían con qué pagarme el alojamiento ni la matrícula. Nadie me informó de que podía solicitar una beca, porque en mi comunidad éramos todos gente de campo. Así que primero vendí caballos con mi padre y mis hermanos, pero como ese negocio cada vez da menos, decidí estudiar mecánica por mi cuenta con unos manuales que con mucho trabajo pudo comprar mi familia a un viajante de Delaware, y sin titulación alguna me puse a ejercer el oficio y actualmente vivo de eso y mantengo a una mujer y a dos hijos. Como no soy titulado, cobro menos que los profesionales de mi sector y no pago impuestos ni cotizo para la jubilación, por lo que gano bastante y les resulto rentable a los propietarios de estos campos de maíz que un día pertenecieron al pueblo de los anasazi, cuyas dos ramas genealógicas son los navajos y los apaches, de la última de las cuales procedo yo. Sé que vivo ilegalmente según los colonos, porque no pago impuestos ni cotizo en sus seguros, pero me da lo mismo; ninguno de mis antepasados cobró impuesto alguno de los colonos que les quitaron sus tierras. Hoy en día, para defender sus derechos frente al imperio económico de los conquistadores, los indios tienen que asociarse con el fin de tener voz y voto, y por esa razón pertenezco, desde hace cinco años, a la AIHEC, o Asociación de Indígenas Norteamericanos, y pago cuota todos los meses para que me informen y me asesoren de mis derechos.

  • Pues resulta curioso y maravilloso en demasía, he de confesarle en pétit comité – manifestó el Cíclope en la postura metafísica del Pensador de Rodin – que un hombre de doble mirada me parezca generoso, y un poco más noble que aquellos yahoos de los que hablaba Swift, pero le aseguro que usted me resulta simpático y mucho más verosímil que todos los falsos monigotes animados que hasta ahora he visto en América, y le agradezco enormemente su visita, pues sin ella el lector de mi biografía – e incluso yo mismo si este hijo mío no me acompaña- pensaría que esta parte de mi viaje es imposible, falsa y apócrifa. En usted vive todavía aquel concepto de honor- de vínculo con la tierra y con sus semejantes- que se ha perdido en la civilización industrial. El cambio social solo puede proceder de quienes conservan en su memoria los principios morales y experimentales de la tradición, de aquellos que se preocupan por investigar la vida de sus antepasados y de quienes respetan como una madre a la naturaleza, que es en definitiva la suya.

  • Usted parece un hombre muy instruido- confesó el indio sonriendo- No es como la mayoría de los blancos, que hablan con jactancia de lo que no saben. Pero le aseguro por todos los espíritus que pueblan las montañas que no sé a qué raza de hombres pertenece usted, ni puedo identificarla por más que lo miro a la luz del fuego, porque tiene la tez más velluda y oscura que he visto en mi vida, y por más que le exploro la frente, no veo más que un ojo en ella. Sus palabras son como las de un gran jefe antiguo, pero su rostro, y perdóneme que se lo diga, se parece al de un oso.

  • No seré- contestó el Cíclope mofándose de la teoría de un historiador más fraudulento que Eusebio de Cesarea- uno de aquellos salvajes de los que habla uno de los primeros ideólogos del criollismo estadounidense, quien afirmaba que los indios procedían de una tribu perdida de las doce de Israel. La raza a la que pertenezco es la de los cíclopes, habitantes sicilianos de un solo ojo que aparecen retratados y descritos en Homero y en Hesíodo, seres de los cuales siempre ha perjurado Occidente que eran fabulosos, y seres que Estrabón identificó en su Geografía con campesinos toscos y mal lavados. Ese es un vicio común en Occidente: convertir en fantástico aquello que no puede comprender. Sepa usted que los europeos son enemigos de la sorpresa, como griegos que son, y tratan de racionalizar los mitos o arquetipos de la naturaleza de un modo peculiar, que es adaptándolos a sus intereses, y a eso llaman razón, cuando no es más que arbitrio e incomprensión. Ustedes los indígenas, por el contrario, respetan la tierra y saben que todo está sometido al poder del Gran Espíritu, llamado Verbo por nosotros los procedentes de países cristianos del antiguo Imperio Romano, los cuales somos testigos de su encarnación en el hombre por medio del amor, aunque ese misterio no nos ha hecho mejores.

  • ¿Por qué no se vienen a mi casa y conversamos con más tranquilidad, gran jefe…?

  • Megalonio- completó el Cíclope.

  • Se lo agradezco, apache- confesó Marcelo- porque me estoy helando de frío.

Casi en el mismo instante en el que Marcelo dijo esto, las nubes se amotinaron en las alturas y se dispusieron a remojar la tierra. A unos quinientos metros hacia el Sur, caminando por un sendero entre los maizales, los dos viajeros imborrables precedidos por el guía indio llegaron a orillas del río James, que amenazaba con desbordarse anegado por la lluvia y envalentonado por la tempestad. Un asentamiento –a modo de camping- de caravanas a motor se disponía a la orilla del río. Las familias que habitaban cada vehículo permanecían en su interior temerosas de salir afuera en tales circunstancias. Continuar a la orilla del río podría resultar peligroso, pero se hacía necesario enganchar las caravanas a los jeeps cuyas ruedas se estaban llenando progresivamente de barro para irse a otra parte por la carretera general, y nadie se atrevía a salir al exterior por temor a que un rayo le cayese encima. Afortunadamente, el intrépido Don Megalonio se encontraba allí. Todo hombre y toda mujer de ciencia saben que la piel del cíclope castizo es muy semejante a la del lobo marino, la cual asegura Plinio que repele los rayos, cuya composición eléctrica demostró el nunca suficientemente alabado Ben Franklin, es decir, el términos de Stephen Gray, que la piel del cíclope auténtico de estirpe homérica, como declara el Polifemo rustificado de la Odisea, nada tiene que temer a Júpiter. Aseguran los investigadores que desean curiosear sobre este asunto que esta peregrina propiedad se debe a que la piel del cíclope, cuyo nombre científico desconoce la ciencia, tiene una estructura molecular compactísima y una disposición celular irregularmente fibrosa idéntica a la lana de roca, lo que dificulta el avance de los escuadrones de electrones cavallianos hacia la tierra prometida del polo positivo, el cual, como el eterno femenino, siempre atrae provocativamente desde la inmovilidad. Aquellos que no se conformen con la superficialidad de esta explicación y con la superfluidad de su contenido, y quieran dedicar su vida a la investigación de este fenómeno, pueden consultar la llamada “Biblia del Diablo” que fue escrita en el siglo XVIII por un monje de Praga y que se conserva desde 1648 en la Biblioteca Real de Suecia, biblia también llamada Codex Gigas, que dispone de 624 páginas y supone 75 kilos de peso, y contiene, entre otras curiosidades relevantes, una fotografía del diablo en persona en postura de rana croadora y una breve sinopsis de la quintaesencia, también denominada piedra filosofal o quimera, y con tan buen maestro como es el libro y el que lo compuso podrán realizar un estudio tan pormenorizado como útil a las generaciones venideras.

El caso es que, prosiguiendo con el objeto de la historia, el Cíclope arrastró las caravanas de dos en dos hacia la carretera sin temor a rayos ni a truenos, venciendo una distancia de trescientos metros cuesta arriba y haciendo cuatro viajes, como Cristóbal Colón, pues eran ocho el total de las caravanas. Para coronar la gloria de su hazaña, que dejaba muy atrás a la cabalgada de Paul Revere desde Boston a Lexington en una noche para anunciar la llegada de las tropas británicas durante la Guerra de la Independencia, o al apoderamiento del fuerte de Ticonderoga por el coronel Ethan Allen en 1775, o al descenso a caballo por una escalera de piedra de más de cien escalones sin hacer escala como hizo el rápido Israel Putnam para huir del abrazo de 1500 dragones británicos, el velludo atleta se abrigó las sienes con una rama doblada de álamo, el árbol de Alcides, cuyas hojas a dos colores recuerdan su descenso a los infiernos en busca de Cerbero, el perro trifauce del Desconocido, que nunca conoció el collar de la ciencia humana. Logrado este detalle – para los héroes no es más que un detalle la victoria-, Don Megalonio regresó al campamento recién instalado a la orilla de la carretera una vez que hubo limpiado de barro los ocho jeeps que arrastraban las ocho caravanas abrillantando con baldes de agua su carrocería.

En la caravana de Cheyenne, el Cíclope y su hijo pasaron aquella noche. Marcelo hizo amistad con el hijo pequeño – y principalmente con la hija pequeña- del indio, de cuya exótica beldad de diez años se enamoró perdidamente. Frente a la decadencia de valores de la sociedad de la información y del bienestar postindustrial, los indígenas eran respetuosos con su pasado y con sus mayores, de cuya mano habían aprendido a vivir, de modo que la primera ley era la educación y la cortesía, la cual emanaba de la veneración de la experiencia y de la vida de los ancianos. Todo se hacía en familia, como a una sociedad virtuosa y culta corresponde, y la tecnología, el consumo y el capital no habían abierto esa brecha que desde la era electrónica de la segunda mitad del siglo XX existe entre los jóvenes y sus padres, la cual es motivo de todo tipo de discordias y de malentendidos, y no conduce más que a una corrupción política y social que solo puede resolverse con la destructiva intervención de las armas. Lo que más le gustaba a los niños era escuchar las historias interminables de sus abuelos y poblarlas con habitantes de su imaginación, y los jóvenes aprendían a ganarse el pan y a fundar una familia con la ayuda de sus padres. Había niños cuyos talentos comenzaban a despuntar, y fueren cuales fueren esos talentos, los mayores trataban de desarrollarlos y de mejorarlos, como el labrador que endereza con estacas a un árbol joven. Los indios odiaban la corrupción de las ciudades y la decadencia del trabajo frente al capital, fuente de todos los males, pero, como habían sido despojados en su mayor parte de sus tierras, procuraban vivir del comercio y de trabajos de escasa cualificación profesional. Aún así, parecía que la naturaleza los reconocía como hijos legítimos, y les proporcionaba sin mucho esfuerzo todo lo que necesitaban, desde caza hasta cultivos alpinos y medicinas, porque eran ellos los que conocían la tierra, aunque otros la poseyeran. En los breves instantes de su permanencia entre los indios, Don Megalonio tuvo la impresión persistente de hallarse en el país imaginario al que Tomás Moro denominó Utopía, y mientras acariciaba su luenga barba erizada y cerdosa como el pelo de un bisonte, se preguntaba si no sería él aquel Rafael Hythloday que, surcando los siete mares del húmedo Neptuno, arribó a la isla del rey Utopo y visitó su capital Amaurota. ¿Qué tenían que ver aquellos inocentes con el consumismo capitalista de las grandes ciudades? Y, aunque aparentemente pudiesen parecer débiles los hijos de la tribu perdida de Israel que habían sido perseguidos desde que en 1795 hubiesen decidido confederarse y desenterrar justamente el hacha de guerra y hasta que en 1890 fuesen definitivamente sometidos a los intereses de la Union Pacific y los ferrocarriles transcontinentales, lo cierto era que el valor de la virtud estaba en ellos, y su destino no podía ser otro que la victoria frente a las relajadas costumbres del Imperio Romano Industrial. En poco o nada se diferencian Vercingetorix y Sitting Bull, Viriato y Jerónimo, y al igual que la migración de Atila originó la caída de la Roma Metropolitana, la salud moral de los indígenas, su fe en el trabajo, su esfuerzo diario – la única ley del mundo- colocará al indígena en el lugar donde se merece estar, conforme a aquella máxima bíblica que siempre se cumple: “Los justos heredarán la tierra”.

En tanto el Cíclope pensaba en esto, los residentes de la caravana, incluido Marcelo, se habían puesto a cantar la marcha “Yankee Doodle”. Este himno revolucionario compuesto en 1776 para conmemorar la victoria de Lexington estaba prácticamente olvidado en los Estados Unidos, y ni tan siquiera en Nueva Inglaterra se cantaba ya en ningún hogar, pasando a formar parte de la arqueología disecada de los museos. Pero las familias indias, lejos de relegarlo al cajón desmemoriado de la historia, lo rehabilitaban actualizando su significado de concordia que hiciera posible que trece ridículas colonias británicas se convirtiesen en el Estado más influyente del mundo, siguiendo aquella máxima del “make it new” que Ezra Pound extrajera de los Analectas de Confucio, según la cual debe hacerse de lo viejo nuevo para que no se pierdan los pilares de la memoria.

Era agradable y reconfortante como el mejor de los díctamos o bálsamos el ver y el escuchar a Marcelo, mientras su brazo izquierdo estrechaba la cintura de su última conquista, cantar con acento extranjero:

Yankee Doodle went to town

a-riding on a pony,

stuck a feather in his cap

and called it “macaroni”.

Escuchando los cuentos, relatos y leyendas de aquel pueblo no recogido en la historiografía de Charlotte Knowles, el Cíclope y su hijo no se acostaron hasta pasadas las tres de la mañana. Se despertaron cuando ya el sol doraba las nevadas cumbres de los Apalaches y las águilas de cabeza blanca llenaban el aire con sus gañidos. El Cíclope les prometió a los indios que él mismo informaría a las autoridades estadounidenses de la situación de los antiguos apaches, cuya cultura debiera ser declarada Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO, y no solamente la de los indígenas de América en general, porque así podrían protegerse mejor sus derechos sociales, los cuales estaban íntimamente ligados a la tierra que les había sido arrebatada por los grandes empresarios del campo para una explotación industrial destinada a abastecer el mercado de las ciudades. Cheyenne Yuki le agradeció el interés, pero trató de disuadirlo de la idea asegurándole que la asociación a la que pertenecía ya se encargaba de velar por los derechos de las comunidades indias. El Cíclope le objetó que la presión social sería mayor si un extranjero como él daba testimonio de la situación, porque el interés por el problema pasaría a ser internacional.

  • Iremos a Washington, ¿qué te parece, Marcelo?- preguntó el Cíclope a su hijo.

  • ¿A Washington? ¿Ahora?- se sorprendió el niño- ¿Y qué hay de mi futuro?

  • Tu futuro seguirá siendo el de antes, puer gloriosus. ¿A qué te refieres con esa expresión ambigua? ¡No me digas que…!

  • Sí, padre – respondió Marcelo como un condenado bajando la cabeza- No sé cómo sucedió, pero Topi-Topi y yo…

  • Termina, Marco Antonio, ¿qué has hecho con tu Cleopatra?

  • Nos acostamos juntos en el saco de dormir y hablamos de muchísimas cosas…- Marcelo se pasó la mano por la sudorosa frente- Yo le prometí que nunca la abandonaría, que le construiría una casa de mármol con columnas blancas, que tendríamos dos hijos y que yo trabajaría de recolector de maíz para sacar a la familia adelante…

  • Prudente conversación la de tu Pocahontas y tú- declaró el Cíclope volterianamente- ¿No te das cuenta de que tu Atala y tú pertenecéis a mundos distintos? ¿Y cómo pensabas sufragar los gastos de tu Villa Capra?

  • Pues pidiendo un préstamo al banco, como todo el mundo – declaró con naturalidad el niño.

  • ¿Y tú crees que el banco concede préstamos sin presentar el aval de alguna propiedad valuable económicamente para garantizar la devolución del préstamo con los intereses que le aseguran su ganancia?- preguntó el Cíclope sonriendo como lo haría el mismísimo Shylock.

  • Pues no- respondió el niño metiéndose la uña del índice en la boca- Pero yo soy un hombre de palabra, y cuando digo que voy a devolver un préstamo es que lo voy a devolver. No soy de esos que se echan atrás cuando llega el momento de pagar. En mi palabra de honor está mi fe pública, como la del buen romano, y lo que digo lo sostengo aquí y donde sea.

  • ¡Bien dicho, pequeño consejero!- exclamó Cheyenne Yuki acariciando el pelo rubio de Marcelo- Pero aún así, creo que deberías hacerle caso a tu padre, porque mi hija todavía es muy joven para contraer matrimonio. Cuando ambos alcancéis la mayoría de edad, si seguís teniéndoos cariño como ahora, podréis casaros y os haremos la mejor boda posible.

  • Déjelo, amigo Cheyenne- intervino el Cíclope- Este niño es muy enamoradizo. ¿Ya no te acuerdas, felón, de tu Inés de Castro, a las que habías jurado amor eterno en Lisboa? ¿Y qué me dices de tus flirteos en París y en Viena? ¿Ya no te acuerdas de lo que confesaste en aquellas circunstancias? ¿Y después afirmas que eres hombre de palabra? Cada vez me persuado más de que la palabra solo es de Dios, y de los hombres la opinión, porque los hechos les hacen retractarse de lo que dicen y no puede haber fe en sus verdades.

  • No es eso- se excusó Marcelo buscando argumentos en su memoria- Es que los amores de antes no fueron más que reflejos de este.

  • Es que ya no te acuerdas de las chicas a las que amaste, y esta es tu última adquisición – corroboró el Cíclope- Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿Te crees que no he leído o escuchado leer el “Roman de la Rose” en mis mejores tiempos? Ya lo dijo Stendhal: “Todo lo nuevo place”.

  • Puede ser – reconoció el niño- Pero yo puedo decir sin temor a equivocarme que ahora mismo estoy enamorado de verdad, y que podría casarme hoy por lo menos hasta mañana.

En este preciso momento, la niña india, que estaba escuchando desde detrás de la puerta la conversación entre su novio y su padre, con notable madurez y extremada condescendencia, se acercó como un soplo de brisa a Marcelo y tomándolo de las manos, lo besó en la frente y declaró en perfecto inglés:

  • Amado, dentro de quince lunas aquí te espero. Si todavía me amas, seré tuya. Ven a buscarme por la época en que el alce muda sus cuernos. Voy a anudar a tu muñeca esta correa de piel de castor – y así lo hizo- para tenerle siempre anudado a mi pensamiento.

  • No pensaré más que en ti- mintió Marcelo abrazándola y besándola en los labios tímidos que aún no sabían abrirse.

Desde las caravanas, la comunidad india presenció la romántica escena que parecía sacada de un folletín de Cooper o de Zane Grey y aplaudió silbando y vitoreando a los enamorados. La niña india se puso colorada como una amapola y corrió a refugiarse en los brazos de su madre. Marcelo, por su parte, se envalentonó como un explorador occidental, valentía acentuada por el beso de su dama, y dijo desde lejos, antes de marcharse:

  • Señor Cheyenne, cuando regrese llevaré conmigo a su hija.

Ya por la senda de Danville y Salem, atravesando a pie antiguas plantaciones de tabaco virginiano – todavía podían verse las mansiones coloniales, habitadas por inquilinos en su mayoría de la raza de los antiguos trabajadores de África que fueron esclavos en tierra extranjera hasta la emancipación de 1865 – Don Megalonio recordó aquellas palabras de Lahontan puestas en boca del protagonista de sus Diálogos, el indio Adario: “Me parece que hay que ser ciego para no ver que la propiedad de los bienes es la fuente de todos los desórdenes que agitan la sociedad de los europeos”, o aquellas de Diderot en las que afirmaba que el pueblo indio era “un pueblo lo suficientemente sabio para haberse parado por sí mismo en la mediocridad ( la “aurea mediocritas” de Horacio), suficientemente feliz para habitar un clima cuya fertilidad le aseguraba una plácida vida, suficientemente activo para haberse puesto al abrigo de las necesidades absolutas de la vida y suficientemente indolente para que su inocencia, su reposo y su felicidad no tuvieran nada que temer de un progreso de sus luces demasiado rápido”. “El estilo de vida de los indios” pensó por su parte Don Megalonio, “es el más acorde con la naturaleza humana, el más saludable y el menos conflictivo para con los demás, es el estilo de vida que todos teníamos antes de abrazar los engaños de la codicia que nos volvieron esclavos de una ambición de dominio que construye infiernos de soledad, babeles de angustia y autopistas de información que conducen solamente al enfrentamiento. La nueva esclavitud es el comercio librecambista internacional, el nuevo feudalismo es la empresa donde el capital y la tecnología se alían para comerciar con los derechos humanos. Si la declaración de derechos de la Ilustración europea no nos ha hermanado, sino que ha acentuado nuestras diferencias, no hay duda de que no hemos salido nunca del Antiguo Régimen, y los estamentos privilegiados han pasado a ser los países ricos del Primer Mundo Tecnolátrico, los países en los que la felicidad se confunde con el bienestar y el dominio con la ciencia. En este Antiguo Régimen reformado en el que la artillería son armas nucleares, los estamentos son estados y las guerras son tratados internacionales de los ricos contra los pobres, las crisis naturales, sociales y económicas cuyos ejemplos son la carencia de recursos y el cambio climático, pasan a ocupar el lugar de las plagas del Egipto Faraónico donde el protocolo de los estereotipos de dominio reemplaza a la inocencia de la moral primera. No me considero deísta ni individualista, pero reconozco que el clero de las iglesias se ha arrimado demasiado al poder temporal, como la parra se arrima al poste, y aliando el altar con el trono se han cometido muchos crímenes. El salvaje, como denomina al indígena la Enciclopedia Ilustrada, no sabe lo que hay más allá de esas montañas, y el civilizado no sabe tampoco lo que hay más allá de las montañas del universo. Es la ciencia en el fondo un mito, y la razón un argumento a favor de la fe”.

Estaba el Cíclope saboreando un verso de Ekelöf mientras llevaba a su hijo a hombros como un San Cristóbal para que no se cansase al caminar, al mismo tiempo que meditaba sobre las teorías antropológicas y siempre cojas y parciales de Gordon Childe, de Leslie A. White, de Julian Steward, de Marshall Sahlins, de Elman Service y de Marvin Harris, cuando Marcelo gritó desde la atalaya de sus hombros:

  • ¡Padre, un rebaño de vacas!

Se encontraban en las cercanías del Blue Ridge y ante ellos se extendían montañas salpicadas de valles donde los pastores vigilaban grandes rebaños en el estado de Virginia Occidental. Los bóvidos pacían tranquilamente la hierba menuda de la estación veraniega, y tan acostumbrados estaban a la presencia pacífica del hombre, que no levantaban la cabeza – como de los bueyes del Sol relata Homero- cuando algún extraño se acercaba a ellos. No había perros que vigilasen el ganado, y los terneros mamaban de las ubres de sus madres sin temor a los depredadores. A lo lejos, en unas madrigueras excavadas con salidas a flor de tierra, los curiosos perrillos de la pradera, imitando la postura de los bípedos entre las vacas, vigilaban sus refugios y correteaban por la hierba un tanto dorada por el estío.

  • ¡Mira, padre, parece que las vacas tienen tanto pelo como tú!- exclamó Marcelo.

En efecto, algunas cabezas de ganado vestían una especie de lana de oveja que se le desprendía de la piel, y ciertos ejemplares se revolcaban por el suelo para arrancársela levantando gran cantidad de polvo en las zonas secas. El Cíclope se acercó para apreciar más de cerca el fenómeno, cuando oyó a Marcelo gritar asustado casi al mismo tiempo que un bufido a su espalda le venteaba los pelos a la altura del hueso sacro. Se dio la vuelta con mucha parsimonia y lo primero que vio fue una enorme cabeza con cuernos y espaciosa frente que amenazaba con embestirlo. Don Megalonio tardó un tiempo en entender aquel lenguaje y se quedó observando el gesto del bóvido, sus fosas nasales muy abiertas y su frente baja, la dilatación del cuello y los latidos que sacudían su papada. Pero aquel examen minucioso de su constitución a tan poca distancia de su cornamenta no pareció agradar al animal, que arrastrando su pata delantera por el suelo en tanto Marcelo, ya en el campo y a cierta distancia, se desgañitaba diciéndole que se apartase, se arrojó a imagen de un torpedo americano de la Segunda Guerra Mundial a los glúteos tiernos del buen Cíclope, y aplicando a su impacto una fuerza de trabajo de 150 julios lo derribó cuán largo era en el mullido césped de la pradera. Marcelo se reía como un Momo cuando tres cabezas cornudas lo cercaron para aplicarle el mismo tratamiento de cortesía, y entonces el robusto Cíclope, alzándose del suelo con cierta dificultad, apartó de un manotazo a los furibundos anfitriones obligándoles a retroceder. Pero esta invitación al respeto digna del Galateo o del Cortesano de Castiglione no logró estimular al bóvido que había provocado la caída involuntaria del Cíclope, el cual, orgulloso como un tártaro y furioso como un indígena de las Fidji volvió a intentar idéntico ataque, mas ya su antigua víctima conocía su táctica poco galante y su bravura de cuadrúpedo y, asiéndolo de ambos cuernos estuvo luchando con él del mismo modo que Jacob con el ángel unos segundos hasta agotar su energía, y luego lo obligó a sentarse contra su voluntad en el prado sin que una gota de sangre llegara a vestirlo de púrpura, mientras el resto del rebaño contemplaba la gesta que hubiese ocasionado la dentera de Hércules o la de Sansón. Después de este cambio de impresiones entre el bruto y el inteligente, el rebaño se dispersó reconociendo al nuevo jefe de un solo ojo de la manada y el bovino derrotado se levantó y, bajando la cabeza sin ánimo de embestir, se dio la vuelta resignado y se alejó aceptando su derrota. Marcelo aplaudió esta gesta más propia de Beowulf que del capitán Grant en tanto el Cíclope se limpiaba con el envés de la mano el sudor valeroso que chorreaba de su frente. Se escuchó la hélice de un helicóptero barrer el aire, y después otro, y después otro más que pusieron en fuga al rebaño y que cooperaron a que la recientemente sana pupila del Cíclope se clavase en las alturas donde las libélulas de aluminio permanecían suspendidas.

  • No puede realizarse una hazaña en secreto- comentó Don Megalonio con el sarcasmo de Dumur- entre los hombres, porque la inteligencia es curiosa por naturaleza y busca razones. En este aprendizaje la inteligencia divina y la humana dialogan y la segunda aprende de la primera mientras la primera se proyecta en la segunda.

Uno de los helicópteros tomó tierra y de él salieron cinco hombres armados de carabinas que se aproximaron adonde se encontraban Marcelo y su padre.

  • ¿Qué hacen ustedes aquí?- preguntó uno de ellos, moreno y con gafas.

  • Eso debiéramos de preguntar nosotros- confesó el Cíclope- Quiénes son los que abandonan los rebaños de vacas a su suerte en estos valles y no vigilan la ferocidad de sus toros, que a otro que no fuera yo le hubiesen puesto los pelos de punta.

  • ¿Qué rebaños de vacas?- preguntó el de gafas- ¡Lo que usted llama rebaño es una manada de bisontes!

  • Con razón tenían tanto pelo, hijo- le comentó Don Megalonio a Marcelo, que dudaba entre el asombro o la risa- ¿Y cómo es que los virginianos permiten que las bestias del campo se apoderen de sus zonas de pasto?

  • No son zonas de pasto- siguió explicando el de gafas, en tanto el equipo a sus espaldas sonreía bajando las carabinas- Estos territorios pertenecen al Parque Natural de Shenandoah, y todos los animales que viven aquí en estado salvaje son especies protegidas.

  • Pues los protegidos debiéramos ser nosotros- objetó Marcelo escolásticamente- porque si no fuese por la diligencia de mi padre nos hubieran dado qué contar.

  • Usted quién es, ¿el bisnieto de Buffalo Bill?- le preguntó el de gafas a Don Megalonio- Nosotros hemos visto desde el helicóptero cómo tumbó a ese bisonte. ¡Wow! No había visto nada igual en mi vida. Supongo que esa piel de oso que lleva lo protege. Uno de nuestros colegas consiguió grabarlo. ¡Hey! ¿Podría firmarnos un autógrafo?

Don Megalonio dejó hacer porque conocía la fragilidad de ánimo de los seres humanos de doble mirada. Después de este incidente, padre e hijo avanzaron a pie hacia el este, en dirección a Richmond, porque a Marcelo se le antojó ver las plantaciones de algodón y tabaco que habían engendrado a George Washington, a Thomas Jefferson y a seis presidentes más. La tierra que fundó Walter Raleigh en 1607, tierra isabelina que hace referencia a la virginidad de la reina, es uno de los más bellos paisajes de Estados Unidos, en el que se alternan las regiones montañosas, las llanuras verdes y las zonas costeras. La bahía de Chesapeake, fecunda en ostras, proporciona al estado el clima templado que lo caracteriza, solo variable en el macizo de los Apalaches. Sin lugar a dudas, aquella belleza natural hubo de despertar la Primera Declaración de Independencia, así como la futura Constitución de las Trece Colonias, porque la originalidad del paisaje alumbra la originalidad de las ideas.

El Cíclope y su hijo llegaban a las cercanías de Petersburg cuando una antigua villa colonial, palladiana y neoclásica, como un injerto académico de Grecia en los territorios límpidos del Nuevo Mundo les salió al encuentro en el camino. Aunque la mansión trataba de dignificar su grandeza de otros tiempos, la rotura de un alero y la caída de una cornisa delataban el descuido y el abandono de una época desmemoriada. Aquel esqueleto arquitectónico, aquel cadáver de mármol que pedía a gritos un hálito de resurrección, mantenía sus columnas erguidas, como diciendo: “ Aún queda mucho por ver”. El estilo neoclásico es un estilo republicano, es el producto de la enciclopedia del siglo XVIII, de temple anacreóntico, de hábito geométrico y de vocación austera. Si la república es una imitación simbólica y dinámica de la monarquía, el estilo neoclásico es una imitación refinada de la Antigüedad, una Antigüedad doméstica y decorativa, la réplica de una grandeza que ha perdido su vigor, un delicado recuerdo de museo. El Capitolio de Richmond, construido en 1785 según los planos de la Maison Carreé de Nimes, la residencia del Tercer Presidente en Monticello, el Primer Banco de la Unión en la calle 3 de Filadelfia y la Casa Blanca son maquetas ortogonales que hubieran sido del gusto de Lucio Junio Bruto, el primer cónsul de la República Romana, un revival que está presente incluso en las Torres Watts de Nevada y en los rascacielos metropolitanos que tuvieron su origen en Chicago. La impresión de una vivienda de estas en una región natural en la que desentonan unos diseños demasiado regulares resulta similar a la de ver un ovni recién aterrizado en un campo de margaritas.

Era evidente que aquella casa estaba habitada por fantasmas del pasado, por genealogías de oscuros colonos y de estirpes en los que las razas negra y blanca de esclavos y señores se entrelazaban y producían monstruos antropomórficos, basiliscos quiméricos donde el hijo bastardo, todavía sin saberlo, asesinaba al padre en una habitación cerrada con llave que nunca existió, de modo supersticioso y morboso, como sucede en las novelas de Faulkner. Ajenos a estas disquisiciones, Marcelo y su padre tomaron asiento en el rellano del porche y se pusieron a hablar de filosofía, como si la columnata recreada por el arte republicano fuese aquel stoa de los alumnos de Zenón y de Crisipo. Don Megalonio le estaba explicando a su hijo, cual un Aristóteles muy greñudo, mientras Marcelo lo ponía a prueba, cual un test de Weschler:

  • El primero que empleó el término “filosofía” fue Pitágoras, ya que en época anterior los metafísicos se denominaban “sophos” o sabios. Pitágoras, dando a sus maestros una lección de humildad, se declaró “philosophos” o “amante de la sabiduría”. La filosofía nació en Grecia como búsqueda de una religión natural frente a la superstición de las creencias del pueblo llano. Ser filósofo es estar siempre en camino de encontrar la verdad, de la manera en que lo afirmó Sócrates: “Solo sé que no sé nada”, pues no saber es condición necesaria para buscar la verdad, de la cual llega a afirmar Parménides que…

Parménides no tuvo tiempo de afirmar, porque el ruido de un disparo interrumpió el arrullo de los chochines y el discurso de Don Megalonio.

  • ¡Largo de aquí!- se escuchó una voz masculina a unos veinte metros de donde se encontraban los contertulios.

En el alero izquierdo del porche, un hombre extremadamente delgado y desaliñado en pantalón corto, camiseta y visera sostenía un fusil de asalto de la guerra de Corea, y trataba de mostrarse alucinado, dispuesto a hacer fuego sobre lo que se le pusiera delante.

  • Fíjate, Marcelo- dijo el Cíclope señalando al ridículo fusilero- Habíamos dejado sin darnos cuenta fuera de nuestra conversación a ese hombre que probablemente tenga intención de dialogar. ¿Qué hay, buen ciudadano? ¿Le apetece participar en una controversia dialéctica?

  • ¡Largo de aquí o…disparo!- repitió el fusilero con voz temblorosa.

El Cíclope puso en pie su enorme cuerpo, que a no ser por la negrura de la cima podría pasar por el Kilimanjaro, y de un solo paso colocó su cintura frente a la cabeza del fusilero, quien impresionado por el extraordinario tamaño de su objetivo, no se atrevió a apretar el gatillo y sus fuerzas flaquearon, en tanto el Cíclope bajaba con su meñique el cañón del arma y acto seguido, con un golpe brusco, la arrojaba al suelo donde se quedó inmóvil, silenciosa e inofensiva esperando nueva orden.

El fusilero se asustó extremadamente y en un gesto de desesperación retrocedió unos pasos y extrajo de su bolsillo una pistola y una navaja, y blandió ambas armas, esperpénticamente, una en cada mano mientras retrocedía.

  • Te conozco- balbuceó aquel espantapájaros humano- Vienes a por el oro. Estoy dispuesto a degollarte antes de que te lo lleves.

  • ¿Qué oro?- preguntó Don Megalonio- ¿No admite usted objeciones en las disputas? De acuerdo, le daremos la razón, pero tenga en cuenta que esa conducta no es honesta. Todo amante del oro inestimable de la Sabiduría debe de tener el valor suficiente para salir a buscar la verdad.

  • Ya sé que Bob se fue de la lengua- siguió delirando a solas el infeliz mientras retrocedía- Él mató a mi mujer. ¡Y el pastor anda por lo mismo! Pero tendrán que sacarme el oro de los dientes.

  • El oro de la Sabiduría se extrae del corazón, no de los dientes – lo corrigió el Cíclope- Y el pastor solo quiere el bien de sus ovejas. No tiene usted la humildad que se precisa para ser un buen filósofo.

En su afán por retroceder del temor que lo embargaba, el pistolero se encontró con su propio enemigo reducido en la figura del pequeño Marcelo, quien lo agarró por la espalda y lo despojó de sus armas. Al verse sin defensa, el infeliz mostró los puños y amenazó con ellos a sus contertulios.

  • ¿Qué le hemos hecho nosotros para que esgrima todas las armas del mundo contra nuestra conversación?- preguntó Don Megalonio ya receloso por tanta resistencia bélica- ¿Por qué se esfuerza en crear enemigos?

  • Esta casa es mía- musitó el asustado propietario casi sollozando- La he comprado a buen precio. Nadie me quitará lo que he ganado. Ni todos los federales juntos. A varios los he dejado secos por eso. Como si tengo que matar a Bob. Como si tengo que matarlo – repitió- Ya saben lo de Mina Magdalena. Miles de millones enterrados. La Reserva Federal no tiene tanto.

  • Serénese- le invitó el Cíclope obligándole a sentarse en la escalera- ¿Ha bebido alcohol últimamente? Siéntese y explíquenos esa historia que tiene entre dientes. No se puede dialogar con esa tensión. Puede estar tranquilo, no hemos venido a quitarle nada, sino a darle algo de lo nuestro si es posible, ¿no es así, Marcelo?

  • Si me siento, me siento en lo mío- murmuró el pobre hombre un poco más sosegado.

  • Nadie lo duda – dijo Marcelo- Todo lo suyo es suyo.

  • ¿Por qué han venido a mi casa?- siguió preguntando el inquilino mientras se rascaba la cabeza- Díganme que ha sido Bob quien los envió.

  • No debemos mentir- arguyó el Cíclope- De esa manera no se alcanza jamás el conocimiento. Para que pueda conocernos a nosotros, nos vemos obligados a conocerlo a usted primero.

No tuvieron ocasión de intimar más con el inquilino, porque del interior de la casa cuya puerta de entrada permanecía entreabierta salieron voces incorpóreas gimiendo trenos, voces espectrales como de antepasados hablando desde la profundidad de sus tumbas, voces de alta frecuencia en la escala de Tesla, voces como el “Rumor de almas” de Alberto Ureta, voces paranormales aunque bastante normalizadas, en fin, voces valerosas, como la de Varlin, que no tenían reparo – a diferencia de lo que sucede con las de los vivos- de mostrarse tal y como eran.

Don Megalonio presintió que eran sobrenaturales, porque nada más oírlas, inquietaron profundamente al inquilino, el cual comenzó a tirarse de los cabellos con vivas muestras de preocupación.

  • Debemos entrar en su casa y descubrir ese misterio – declaró el Cíclope- ¡Ea, Marcelo, vete tú delante!

  • Tengo miedo, padre- confesó el niño un tanto tembloroso.

  • Si quieres que te diga la verdad, yo también lo tengo, pero no se lo digas a nadie- reconoció Don Megalonio.

  • ¡No les permito que entren… en mi casa!- gritaba el inquilino- ¡Bob se ha ido de la lengua!

  • Es un deber de la filosofía el desvelar los misterios para combatir el fanatismo moral- declaró Don Megalonio- observando la regla áurea del deber, según aquella definición del buen Kant: “¡Deber! Tú que portas tan sublime e insigne nombre, tú que nada estimas a cuanto conlleve o contenga la más mínima zalamería, tú que reclamas por el contrario sumisión, si bien tampoco amenazas con algo que suscite una repugnancia natural en el ánimo e infunda un temor destinado a mover la voluntad, limitándote a erigir una ley que sepa encontrar por sí misma un acceso al ánimo”.

Mientras Don Megalonio y su hijo entraban en la Casa de los Espíritus, como aquella de Isabel Allende, el inquilino, desarmado e indefenso desde el exterior, gritaba: “¡Allanadores! ¡Allanadores!” pero nadie podía escucharlo en el descampado. Era el interior de la villa colonial un auténtico caos mobiliario: las tablas del piso estaban levantadas, las paredes agrietadas y con la pintura corroída por la humedad y el tapizado de dos tresillos abandonado a la suerte de los ratones. Era lógico que en tan desordenado entorno los espíritus vocingleros se encontrasen tan cómodos como en Tesalia. Una escalera de pasamanos de roble que imitaba el estilo Regencia del rey inglés Jorge IV daba a los dormitorios, desde los cuales se prolongaban hasta el rellano ruidos de portazos que hacían entrechocar las rodillas.

  • Marcelo- le aconsejó el Cíclope a su hijo- ¿Por qué no subes a los dormitorios y descubres por ti mismo qué es lo que hace tanto ruido?

  • Porque prefiero quedarme aquí esperando mientras tú haces eso que has dicho, padre – aclaró Marcelo- Yo optaré por vigilar la entrada por si ocurre algo fuera. Además, creo que me están dando ganas de ir al servicio.

  • No te dejes embaucar por esos estímulos, valiente – le aconsejó el padre- A esto estamos destinados los educadores sentimentales, los cónsules del Espíritu de la Verdad, la más bella de todas las mujeres.

  • No hables de espíritus ahora – musitó el niño con el pulgar en la boca.

  • En fin, iré yo mismo a interceptar a esos médiums- declaró resuelto Don Megalonio- Tú quédate aquí.

  • De eso no tengas la menor duda- declaró el niño.

Subió el Cíclope casi de una sola zancada la escalera y se encontró con un pasillo oscuro, alumbrado por cuatro lámparas ciegas de querosén – la electricidad, hada madrina del Siglo de las Luces, no había podido convivir con los esotéricos fantasmas coloniales- y con cuatro puertas de abeto cerradas a cal y canto que correspondían a cuatro dormitorios distintos. La última de las puertas vibraba con mucha intensidad y de ella emanaban tres timbres diferentes de voz que darían bastante que pensar a Jackson Davis y a Allan Kardec, ambos especializados en analizar sin criterio alguno los inexplicables sucesos que les acontecieron a la familia Fox en Hydesville allá por el 1848, y ya en 1853 a todos los cuáqueros. Pero a Don Megalonio no le flaquearon los cabellos con el prodigio de la puerta parlante, tan incomprensible como la melodía que entona según Herodoto la estatua de Memnón en Egipto al amanecer, y siguiendo las indicaciones teóricas de Sauveur sobre la intensidad y procedencia de los sonidos, dedujo que la causa del estruendo podía estar detrás de la puerta. Como esta no se abría, de un rodillazo la derribó y lo que pudo ver del otro lado desconoce el cronista de esta historia hasta qué punto puede resultar verosímil. Tres varones – un hombre de cincuenta años y dos jóvenes de edades comprendidas entre los veinte y los treinta- surgieron de repente de aquella cuarta dimensión como los tres babilonios que, según el libro de Daniel en la Biblia, pudieron salir indemnes del horno del rey Nabuco. Los dos jóvenes vestían camisa blanca y pantalón de tergal negro desaliñado por un inadecuado uso, y el quincuagenario llevaba jeans y camisa de algodón remangada a la altura del codo. Nada más caer derribada la puerta de la habitación del Misterio, los tres viajeros del Lado Oscuro o Desconocido se precipitaron en tropel al pasillo como ansiosos de romper el encanto de la separación teosófica de la puerta, el emblema de todos los secretos escondidos del abismo subconsciente que exploró Freud, secretos que pugnan por materializarse en el pasillo iluminado de la conciencia. Tan sorprendidos estaban los tres cautivos de haber salido de s prisión cerrada con llave por el atolondrado inquilino que no se sorprendieron en absoluto de la disforme complexión de su libertador ni de la mirada única de su pupila de fuego. “¿Son ustedes los antepasados de algún terrateniente venido a menos?” les había preguntado el Cíclope. “No somos sino tres misioneros cristianos que llevamos una semana encerrados aquí, alimentados a pan y agua por el loco que habita esta casa, a quien le ha dado por decir que éramos ladrones de dinero cuando vinimos a visitarlo”. “¿Y no son ustedes ladrones?” había preguntado el Cíclope. “No, señor. Somos predicadores” habían respondido.

  • Mira, Marcelo- comentó el Cíclope cuando descendía al primer piso donde su hijo se hallaba, en compañía de los tres cautivos liberados- No tienes de qué asustarte, valeroso niño. Son tres clérigos los que tú creías fantasmas.

  • Yo nunca estuve asustado- reconoció con modestia cesariana el aludido- Parece que el inquilino se ha escapado. Le dije lo que tú me dijiste a mí, que se estuviera quietecito en el porche hasta que bajaras, pero no me hizo caso y salió corriendo por la campiña, entró en un coche rojo que ponía “jaguar” encima de la matrícula y se metió en la carretera con él y ahora no sé dónde está.

  • ¿Pero no te advertí que lo tuvieras con la pistola hasta que yo bajase?- lo reprendió el padre.

  • Sí, pero me dijo que no hacía falta- se excusó el niño.

  • Supongo que recordarás la matrícula del coche en el que se fugó, por lo menos. ¿No es así?

  • Sí, sé que empezaba por uno- comenzó a cavilar el niño tocándose la barbilla- Bueno, no sé si era un dos, porque cuando se empezó a mover el coche se me borró la imagen.

  • Es decir, que hemos perdido la pista del fugitivo…

  • ¡Eso no!- exclamó el niño cargado de razón- ¿No te estoy diciendo que se metió por la carretera?

  • ¿Y recuerdas la dirección?

  • Creo que se fue por la derecha, pero no sé si será mi derecha de antes, porque dependiendo de dónde te sitúes cambian las direcciones y los puntos cardinales. Eso sí, no tengo ninguna duda de que se fue.

Con el dictamen de Marcelo, el Cíclope no pudo hacer otra cosa que rascarse su pilosa nuca con el índice y meditar sobre la fugacidad de los instantes, punto de partida de toda elucubración filosófica. Los misioneros contaron su historia. El quincuagenario se llamaba Douglas Lee y era natural de Orlando ( Florida). Era pastor de la iglesia presbiteriana y había partido a Virginia a ocupar la parroquia de Ivory, en el condado de Richmond. Pasando por aquella casa para pedir alojamiento, su anfitrión lo había acusado de robarle unos capitales sitos en una tal Mina Magdalena, en Sonora, y lo había encerrado en la habitación en la que lo encontró el Cíclope.

Los dos jóvenes eran misioneros mormones que habían corrido la misma suerte al alojarse en la casa de aquel Licaón enajenado y perseguido por la policía a consecuencia del robo de varios bancos en Georgia y Alabama – él mismo se declaró a los cautivos acusándolos de delatarlo y de colaborar con un tal Bob que debía ser su rival de rapiñas-. Uno de ellos, rubio y alto, de facciones nórdicas, se llamaba Edward ( Ed) Magnusson y había nacido en Illinois procedente de una familia de inmigrantes suecos; el otro respondía al nombre de John Scheels y era oriundo de Owensboro ( Kentucky). Se llevaban cinco años de diferencia y Edward era el mayor. Mientras hablaban de sí mismos los cautivos liberados, Marcelo aseguró haber escuchado voces procedentes de la cocina, por lo que Don Megalonio dedujo que no todos los espíritus de aquella casa de soterrados terratenientes se habían materializado y que probablemente algunos continuasen ocultos en la invisibilidad aparente de algún aposento. Cuando entró en la cocina de techumbre siniestra – de tan negra que estaba por el humo mal drenado de los calentadores de butano- se encontró con el acongojado médium de un transistor de los años sesenta del siglo de las Grandes Guerras que sintonizaba la retransmisión de un partido de béisbol entre Hawaii y Arkansas. Arrojó el médium hertziano a la basura – la cual, fermentada en el cubo desde hacía varios días, era alojamiento y refugio de sutilísimos espíritus perfumados no de flor de naranjo, ni de rosa, ni de clavel, ni de ajenjo, ni de hisopo, ni de lavanda, melisa, menta, angélica, badiana, anís, cilantro, hinojo, ginebra, frambuesa, santal ni mirto, más bien de materia orgánica en incipiente estado de sospechosa descomposición, macerada por ácidos de bacterias, insuflada de un olor muy penetrante- y puso fin a la controversia sobre los espíritus de la superstición, poco respetuosos con la óptica de Euclides, cabezas múltiples de la hidra del miedo que afecta a quienes no están seguros de sus acciones, declarando que el único espíritu que podía manifestarse en sus corazones era el Espíritu Santo, el aliento de vida del amor, tal y como lo entiende el evangelista San Juan, y que los demonios de sus pasiones irracionales no podían ser otra cosa que espectros del diablo del miedo o ausencia de amor.

Antes de partir hacia el oeste, hacia el lejano y magnético oeste, el Cíclope y su hijo se quedaron a comer, para reponer fuerzas, las escasas viandas que el inquilino fugado guardaba en su frigorífico, en compañía de los tres hombres de iglesia, y el incansable orador peludo no pudo resistirse a hacer la siguiente reflexión que no iba nada desencaminada:

  • Afirma el Apóstol de los Gentiles que todos los pecados proceden de la avaricia, entendiendo por pecado impedimento u obstáculo para alcanzar la felicidad personal. Es la avaricia un vicio que afecta a todos aquellos que sienten en sus corazones el vacío de los demás, la ausencia de amor y de afecto, el abandono, la amargura, la desesperanza, la soledad, la vejez y la falta de cariño de sus iguales, de sus compañeros de viaje con los que comparte destino. Todos los Eucliones, los Harpagones, los Scrusch, los Shylock, los Grandet, y tantos otros que pueblan las páginas del Arte, linterna de la Historia, son, fueron y serán ( pues seguirá habiéndolos) desgraciados individuos vacíos, desterrados de la fiesta de la alegría, resentidos por una herida recibida que no han querido borrar de su memoria, misántropos que buscan satisfacer su venganza en los pobres que dependen de ellos, como si dañándolos pudiesen resarcirse de los ataques recibidos, como si perjudicándolos pudiesen beneficiarse ellos. En Séneca se lee que el avaro es un enemigo de sí mismo, porque acumulando bienes pretende engañarse tratando de olvidar la felicidad que le falta. Los bienes se sirven de su propietario y lo abandonan; las propiedades, al igual que un río que fluye sin descanso, pasan delante de uno y cuando alguien cree retenerlas, se escabullen entre sus dedos y se derraman como el agua. Antes de nosotros vivieron otros hombres sobre la tierra que también se imaginaron poseerla – pues todas las posesiones proceden de la tierra- y, ¿qué ha quedado de sus ambiciones? Un vacío para las nuestras. Incluso el complejísimo órgano de nuestro cuerpo, por mediación del cual sentimos el universo, también nos abandona y el alma, inteligencia o memoria se despojan de la ruinosa antigüedad de las células para buscar una forma nueva. Quien en lugar de coleccionar bienes inertes colecciona buenos recuerdos – porque el tiempo es un regreso, una convergencia permanente en el recuerdo- se enriquece verdaderamente, pues ese será el equipaje que lleve consigo en el último viaje. El arte de vivir es el arte de modelar recuerdos, observando la regla que tan bien definió el padre Fray Luis de Granada sobre lo que significaba vivir: “Entendiendo las cosas bajas, ennoblecémoslas y espiritualizámoslas, para hacerlas intelectuales”. Y en esta intelectualización florece la felicidad, la experimentación de la unidad de todas las cosas en uno mismo. No obstante, quisiera hacer una observación referente a este gigantesco país que pisamos, acerca de los vicios y de las virtudes que hasta ahora he visto en él. En primer lugar, debo afirmar que Estados Unidos es, desde el siglo XVIII hasta nuestros días, la nación ejemplar del mundo, ya para bien, ya para mal. Desde el momento en que dejó de ser una colonia del país más emprendedor de Europa – Gran Bretaña, a pesar de sus errores, ha demostrado ser capaz de renovar sus recursos de generación en generación, siendo cuna de las revoluciones que pudieron allanar el camino de la democracia y de la justicia social, la científica y la industrial, arrebatándoles a España y a Portugal el monopolio de los descubrimientos geográficos- se constituyó en una República Ilustrada, en una Nación Liberal con la que habían soñado siglos atrás los filósofos occidentales, cuyo principio fundamental era y sigue siendo la libertad de pensamiento. Si la libertad política es la clave de la riqueza económica de una nación – Adam Smith lo corrobora-, una mala gestión de esa libertad puede dar al traste con el erario mejor abastecido. El entusiasmo por los descubrimientos puede degenerar en una carrera armamentística y la libertad de empresa puede transformarse en un capitalismo consumista y en una fiebre del oro que favorece los conflictos. Pues bien, estos dos vicios han contagiado en los últimos años de decadencia a la moral estadounidense. ¿Cuál ha sido la causa de este problema? El estancamiento de las instituciones, la falta de ideas y la no renovación de los principios sociales desde la época de Theodor Roosevelt. Hoy en día Estados Unidos sigue siendo un imperio monetario internacional, pero ideológicamente es un cadáver histórico. Faltando las raíces, pronto las ramas del árbol se secarán si no se airea la tierra.

Los tres comensales celebraron como la mayor de las efemérides aquella observación de un extranjero que ni siquiera parecía un hombre, y compartiendo su punto de vista al mismo tiempo que se admiraban de su extrañeza, brindaron a su salud. Marcelo se encontraba demasiado distraído acariciando los gatos de la mansión como para compartir opiniones.

  1. LA LLEGADA A WASHINGTON DE DON MEGALONIO Y DE MARCELO, LA VISITA A LA CASA BLANCA, LA TRAVESÍA POR EL DESIERTO DE CALIFORNIA Y LA DESCRIPCIÓN DEL FENÓMENO DE LAS “PIEDRAS VIVIENTES” ANTES DE LA ENTRADA EN MÉXICO

Tal vez más de un lector espontáneo de esta historia de viajes – toda la literatura no es otra cosa que un viaje en busca del conocimiento de la flor lejana de lo bello, que es también lo verdadero y lo eterno, el don de la Creación de nuestra naturaleza, que se expande en infinitas formas- se sorprenda comprensiblemente de que Don Megalonio, la monumental metáfora del genio elevada a ser por quien narra su camino, del cual Marcelo es una inocente personificación, no emplee la primera persona en este segundo libro de la crónica de sus andanzas, habiendo ya recobrado el privilegio de la vista para admirar por sí mismo el inigualable y gratuito espectáculo de la vida. La respuesta a este sórdido enigma la da el propio Don Megalonio: “ No he querido”, asegura, “estorbar la diligencia del historiador que escribe mi biografía y la de mi hijo, porque una vez que puedo ver por mí mismo lo que me sucede, siento la necesidad de que otro se tome el trabajo de inmortalizar mi vida, porque en verdad que yo tengo suficiente con vivirla”. Aclarado este pormenor, prosigue el sabio Literano con los hechos, los cuales sucedieron y han de suceder de esta manera.

Terminado el discurso fundamental de Don Megalonio sobre las virtudes y defectos de la mentalidad norteamericana, Marcelo quiso tomar la palabra para decir algo también:

  • Señores míos- comenzó- Eso que ha dicho mi padre es muy cierto, pero yo quisiera añadir una reflexión más. De poco o nada sirve tener tanta industria y tantas máquinas y tanto nosequé, si no se tiene un retaco de cuero para arreglar un zapato de niño. ¿Es la industria para las necesidades o son las necesidades para la industria? ¿Por qué tantas cosas innecesarias y tan pocas necesarias? ¿Qué manera de malversar el tiempo que nos da de balde Dios es esa? ¿Y tanta publicidad, y tantos carteles, y tantas pantallitas y pantallotas, y tantos actores e hipócritas, y tantas lucecitas para tan pocas luces? No, señores – concluyó dando un puñetazo en la mesa- Esto no puede seguir así. Elevaré mis quejas al Presidente.

  • Lo cierto es que la sociedad actual se ha vuelto tan mecánica y tan deshumanizada como las propias máquinas- comentó el pastor Douglas mientras masticaba una pera- No se reconoce la faz del mundo de cincuenta años para acá, y el éxodo rural se ha duplicado durante cada década. Hemos conseguido hacer depender de las máquinas hasta nuestros más insignificantes caprichos. El lenguaje cambia cada día en esta Babilonia de confusiones que se llama Sociedad de la Información, y nuestros jóvenes no tienen ni idea de lo que hemos vivido nosotros, que ya somos para ellos seres prehistóricos, ni nosotros podemos comprenderlos a ellos. ¿No es así, o tal vez me equivoco?- preguntó dirigiéndose a los dos misioneros mormones.

  • Estoy de acuerdo con usted- declaró Ed Magnusson recordando de pronto que su celular se había quedado sin batería en aquella mansión decrépita en la cual no se alcanzaba cobertura alguna para ningún operador de telefonía móvil conocido- Pero yo soy hijo de esta época. No quiero pensar cómo sería la vida cotidiana sin los servicios de la ciencia y de la tecnología modernas. Es que ni siquiera puedo imaginármelo de un modo más o menos nítido. Si no existieran trenes ni automóviles, ni autopistas ni aviones, la mayoría de la gente nacería y moriría en el mismo sitio y no vería mundo alguno ni sabría ni conocería nada de nada. ¿Y qué decir de los recursos comerciales y sanitarios? Yo no probaría el arroz en toda mi vida, y la gente se moriría de cualquier infección de la que no estaría vacunada, como tifus, sarampión, cólera, malaria, poliomielitis, septicemia, fiebre amarilla, o simplemente de una terciana o de una gripe, por no hablar de las enfermedades mentales, para las cuales no habría curación posible.

  • Es un efecto del desconocimiento- intervino el Cíclope como un experto en bacteriología, con cierto acento de Harvard – el amparar temores irracionales sobre otra forma de vida que no sea la que tenemos. Antes de la Revolución Social del Urbanismo que nos conduciría a la actual Globalización ( por Revolución Social entiendo el compendio de las Tres Revoluciones que hicieron posible la Sociedad de Consumo en las ciudades: la Científica del siglo XVII de la que fue padre Isaac Newton, la Industrial del siglo XVIII de la que fue madre Inglaterra y la Política tanto en Francia como en Estados Unidos de la que fue origen el pensamiento criticista de la Ilustración) el mundo ya era mundo, y existía todo lo que existe hoy en día, con la salvedad de que el tráfico de operaciones era menor en cantidad y las sociedades eran más estables. El liberalismo socioeconómico actual y la internacionalización de las relaciones sociales ha puesto en peligro la seguridad política de los estados o naciones, así como la identidad cultural de los pueblos, porque la vida del hombre depende de las condiciones de la tierra en la que vive, y es por esa razón por la cual la tradición bíblica asegura que el hombre está hecho de barro, siendo ese barro telúrico el sedimento de materia que aloja en su interior el hálito del espíritu o de la mente, que no es otra cosa que una conexión al Gran Espíritu o a la Gran Mente que ordena la existencia más allá de nuestras voluntades, la cual se percibe en nuestra naturaleza original y no viciada por caprichos de orgullo o de bienestar. Por ese motivo, el poeta chileno Gonzalo Rojas declara que en el nuevo milenio que estamos atravesando, el ser humano debiera ser “más terrestre”, entendiendo por terrestre más vinculado a sus orígenes, y siendo América el modelo del mundo actual de los transportes, del comercio y de la información, otro poeta, Allen Ginsberg, se lamenta de su patria con este treno:

América, ¿cuándo serás angélica?

¿cuándo te desnudarás?

¿cuándo te mirarás a través de la tumba?

Mientras el hombre no sea un poco más terrestre, se encontrará exiliado en cualquier lugar donde se encuentre, porque incluso para tener la sensación de viajar y de aprender –viajar es la esencia de la cultura europea desde Ulises el griego- es necesario estar arraigado en algún sitio – es necesario, en clave homérica, recordar una Ítaca- y salir de la rutina de una excesiva comodidad turística para apreciar la diferencia de la novedad. En cuanto a las conquistas de la medicina desde Pasteur principalmente, la reducción de la mortalidad infantil y la prolongación de la vida son logros que aparecen contrarrestados por la pérdida de calidad de vida en las grandes urbes, por los siniestros y mortandades de los accidentes de tráfico, por los daños medioambientales, por las mayores bajas humanas de las guerras merced a la artillería atómica, por el contagio casi automático de las enfermedades desconocidas aún por la ciencia, y por otros males semejantes. En conclusión, es un error, a mi parecer, el pensar que nuestra vida actual es “mejor” que la pasada; simplemente, diría yo, es diferente, pero como siempre, volver al origen, revalorizar el principio, descender a las raíces es renovarse como el árbol desde la tierra, el don más antiguo de la existencia.

  • Estamos de acuerdo- corroboró John Scheels acariciándose el lóbulo de la oreja derecha con persistencia mientras trataba de atrapar una idea volatilizada como un perfume en el aire- Ese es el objetivo final, pero, ¿por qué es necesario pasar para lograrlo? Hay una crisis de autoridad en esta torre de Babel. Ya nadie respeta la institución del patriarcado, fundamento de todas las demás. Se dice que las religiones que creen en un Dios son patriarcales. Olvidan, no obstante, que la Creación o Naturaleza es una madre, y que Dios se hace niño en esa madre en cada uno de nosotros. La familia es el primer vínculo de una sociedad. Pero los intereses del mercado precisan del individualismo, de la confusión, para plantar su pabellón en sus colonias.

  • Ahí está el problema – confirmó el pastor Douglas- Nos hemos montado en un tren sin frenos. Lo hemos puesto en marcha, pero ahora no somos capaces de pararlo. Mi padre fue uno de los perjudicados por la crisis del año veintinueve. Cuando tenía quince años, su familia – que trabajaba en el ramo de la hostelería en Brooklyn-, es decir, su padre y su madre, perdieron los empleos y se vieron obligados a emigrar de la ciudad. En Orlando, donde yo nací, fueron contratados en un restaurante después de pasar casi diez años sin trabajar, viviendo a expensas de unos parientes que tenían y con un subsidio de mutua que no le llegaba para remendar los pantalones. Mi padre fue toda la vida camarero. Yo me hice pastor a los veintisiete años y nunca me faltó el pan. Me he casado y tengo dos hijas, y mi mujer nunca se ha avergonzado de ser una buena ama de casa, pues parece que últimamente si una mujer no trabaja fuera de su hogar, se considera que no puede desarrollarse plenamente como persona. ¡A eso nos ha llevado el feminismo, la propaganda de la vida fácil del consumismo, a degradar los hogares y a exaltar los cabarets! ¡A que todos podamos ser carnaza de las grandes multinacionales, de los sindicatos y de los mass-media!

  • Su opinión es un tanto puritana – intervino Magnusson dirigiéndose al pastor- y usted sabe que el puritanismo peca de aquello mismo que acusa, de exceso. Yo soy más joven que usted y no puedo probar mis palabras con una experiencia tan contrastada como la suya, pero puedo tener el criterio de la lógica igual que cualquiera. Yo opino que los derechos sociales de la mujer no son ninguna tontería, porque durante muchos siglos atrás, una moral superficial de Tartufos, de impostores e interesados, una corriente de hipócritas que ansiaban puestos de influencia, yo me atrevería a decir que los mismos que no dudaban en explotar el trabajo de obreros y de niños durante la primera revolución industrial, se preocupaban de demonizar la imagen de la mujer solo por que, seguramente, esta no se plegaba a sus intereses sexuales. La mujer no es en ningún modo un ser inferior al hombre, “sin alma” como afirman algunos filósofos, es un sujeto racional que posee intereses emocionales distintos a los del hombre, los cuales, debidamente equilibrados, hacen posibles la familia y la sociedad.

  • ¡Sí!- protestó Douglas- ¡Pero la industria fomenta la segregación de las familias! ¡A mí me parece un logro el sufragismo, pero no la propaganda que sitúa al padre contra el hijo, a la mujer contra el hombre y al hermano contra el hermano!

  • Piense, padre – apuntó Magnusson- que esa controversia también sucedió en los primeros tiempos de la religión cristiana.

  • Es verdad- declaró el pastor sin saber muy bien qué decir- Pero era… por un interés más legítimo.

  • ¡Por un interés más legítimo!- repitió Magnusson riendo- ¿Buscar que se haga justicia no es un interés legítimo? ¿Qué es el reino de Dios más que el reino de la justicia?

  • ¡Oiga, no se confunda!- alzó la voz el pastor mientras limpiaba inconscientemente el mango de su tenedor- ¡Los intereses profanos no…!

  • La igualdad entre seres iguales, entre personas- concluyó Magnusson- no es un interés profano, sino todo lo común y legítimo que puede llegar a ser un interés.

  • Tiene razón- reconoció el pastor- Me he dejado llevar por el conservadurismo de los privilegios, los cuales no pueden ser justos, porque son irracionales. A lo que me refiero es a que la codicia arruina al hombre. Es así. Y cuando la industria le quita al hombre trabajo de encima, le facilita los vicios y les entrega su mejor aliado, el ocio, un paraíso abierto a las tentaciones. El hecho de que la sociedad industrial separe el trabajo del placer, cuando ambos son esencialmente lo mismo si se ejercitan correctamente, ocasiona la división entre la naturaleza y el hombre, causa de sus errores y vicios, que se traducen en conflictos sociales.

  • Como siempre, el objetivo es el equilibrio – concluyó el misionero Scheels- El término medio de Aristóteles, de Confucio y sobre todo de la razón imparcial que se manifiesta en el diálogo de la convivencia con los demás.

  • Me confieso incapaz de mejorar esa conclusión- declaró Don Megalonio escarbándose los caminos con una escofina y aspirando un olor a combustión que le hizo abandonar la métrica de un evocado verso de Edith Södergran que rimaba con un dístico de la italiana Favaretto, una bocanada de anhídrido carbónico con espiroquetas de ceniza en suspensión, el emblema del progreso técnico y la premonición de un tostado desenlace- ¿Qué olor a quemado es ese que viene de la cocina? ¿Ustedes no lo identifican?

Los presentes coincidieron en la sensación, pero no en su motivo.

  • Marcelo, tú has estado antes en la cocina – interrogó Don Megalonio a su hijo- Sabrás algo del asunto.

  • Ah, sí- declaró el niño con notable parsimonia- Hace unos segundos había una llamita así de fuego- dijo tomando la medida con los dedos pulgar e índice.

  • ¿Cómo de fuego?- se extrañó el Cíclope- Explícate, muchacho.

  • Pues ya me estoy explicando- se justificó el niño como un letrado en tribuna- Todo empezó cuando encendí una cerilla para ver cómo ardía y la arrojé sin darme cuenta a unos baldes de líquido que parecía aceite. Aceite debía de ser, porque en los baldes ponía escrito en una pegatina “GAS-OIL” y sé perfectamente que el término “oil” se corresponde con el de aceite.

  • ¡Dios mío!- exclamó el reverendo Douglas.

  • Eso mismo dije yo- prosiguió Marcelo cargado de razón- cuando noté que el fuego prendía más en el líquido, fenómeno que a mí me pareció mágico y sobrenatural en consonancia con esta mansión tan espiritualizada, y que ese mismo fuego se abrazaba a la madera de los muebles y los volvía carbón, como el fuego natural, y que desprendía un humo negro tan denso que tuve que abrir la ventana para que la cocina se ventilase un poco.

  • ¡Un incendio!- exclamó Don Megalonio levantándose como impulsado por un muelle de compresión- ¿Por qué no nos avisaste en el momento? ¿No comprendes…?

  • Sí, ya comprendo que estabais dialogando sobre cuestiones filosóficas muy importantes – aseveró el niño con acento benedictino- Por eso, antes de interrumpiros, intenté por mí mismo apagar el fuego. Tomé un dibujo enmarcado de la pared firmado por un tal Picasso y abaniqué con él el fuego, pero extraordinariamente, pareció avivarse e incluso prendió en el dibujo. Así que, buscando un extintor, me encontré con un objeto rarísimo que llevaba escrito debajo “botella amarilla”, firmado el escrito por un tal Alexander Calder, pero tampoco pudo hacer nada y las llamas lo extinguieron por completo. Si alguien tiene alguna idea más…

Pero en tanto Marcelo exponía su dictamen, ya los tres hombres y el Cíclope, pues toda asimilación ofende, se habían precipitado a la cocina que se encontraba en un estado lamentable de carbonización, y ya las crestas rojas de las llamas habían tomado posesión incluso del techo quemado y ennegrecido, y habían alcanzado los marcos de las puertas y los vanos de las ventanas, amenazando con destruirlo todo al paso veloz del pensamiento. La única manera de detener la catástrofe era la aplicación de una bomba de agua, pero, ¿de dónde sacarla? ¿Qué podría ocurrírsele a Bierer-Davis en idénticas circunstancias? Don Megalonio decidió ensayar el mecanismo de una bomba centrífuga observando las siguientes instrucciones, enumeradas con numeración arábiga:

  1. Colocó la abertura mandibular de su boca en posición perpendicular al movimiento uniformemente acelerado de un chorro de agua clorada del grifo del fregadero, aún intacto por las llamas debido a su naturaleza metálica.

  2. Almacenó el agua susodicha en la cavidad bucal prolongada por la elasticidad de las mejillas, imitando la costumbre de algunos roedores, con la diferencia de que esta vez no se trataba de granos de cereal.

  3. Una vez ocupada la completa cavidad de los maxilares y de las bolsas de los carrillos, bombeó el líquido circularmente, ayudándose de la palanca de la lengua como propulsora, en dirección a las agujas del reloj y manteniendo una aceleración uniforme.

  4. Por último, con el impulso de este tambor improvisado, propulsó un chorro de líquido en dirección a las llamas soplando fuertemente como un Tritón y esperó a que el líquido humedeciese las superficies conquistadas por el fuego hasta que este, enfriado por la frialdad del agua, se extinguió dejando tras de sí un telón de humo que puso fin a la interpretación.

Tanto el pastor como los misioneros se admiraron extraordinariamente de la capacidad resolutiva de Don Megalonio, casi tan sorprendente como su propia fisonomía. El Cíclope concluyó afirmando – pues todo suceso es una figura del pensamiento- que la carbonización del hogar de la persona era el fin último del fuego de la avaricia, que si bien no estallaba igual que el explosivo del odio en las ciudades poco vigiladas, provocaba en los territorios rurales los mismos desperfectos. “Yo opino, señores”, arguyó, “que el remedio a estos males sobre los que hemos discutido es la aplicación filosófica del sentido común, la esencia de todos los diálogos, pero con eso y más, no abandonen jamás a un niño en una cocina”. La velada terminó con la despedida del pastor antes de tomar un taxi con dirección a Richmond y con la decisión de los dos misioneros de acompañar al Cíclope y a su hijo hasta Washington.

  • Lo mejor que podemos hacer- aseveró Ed Magnusson cuando iban camino de Roanoke- es alquilar un coche de segunda mano en Petersburg. Conozco un desguace donde nos pueden dejar uno barato. Cuando vean que somos misioneros, nos llenarán de balde el depósito.

  • No se fíen- advirtió Don Megalonio- Ya sabrán que la generosidad y el comercio nunca se han reconocido hermanos. Yo doy fe del aforismo, porque no es la primera vez que me amenazan con la cuenta después de un trato muy afable.

Antes de llegar a Petersburg, en un descampado junto a la carretera general, vallado por tela metálica e identificable por gran cantidad de carrocerías en reposo, se hallaba el desguace. El ladrido de un bulldog anunció al dueño, un canadiense grueso de mejillas extraordinariamente abultadas, casi como un irlandés o un australiano, que vestía un mono verde gastado por el uso. Cuando vio llegar a los misioneros – el Cíclope y su hijo se quedaron esperándolo a la sombra de un acebuche, emulando los hábitos de los leprosos en la Edad Media, con el fin de no escandalizar a la muchedumbre- se excusó alegando que no tenía ningún coche disponible, pero que tal vez por sesenta dólares… Los misioneros firmaron un cheque con esa cantidad, pues no llevaban nada encima, ni poco ni mucho, y les ofreció un cadillac del setenta, todavía de buen ver, con más de ciento cincuenta kilómetros sobre sí, la carrocería abollada cerca de la defensa delantera, la tapicería de cuero hecha jirones, pero con el motor diesel como el primer día. Ya se disponían a marcharse en el coche, cuando les pidió treinta y dos dólares más para la gasolina, solo treinta y dos dólares más. Los misioneros protestaron, el vendedor se lamentó de los gastos del mantenimiento, de las escasas ayudas del gobierno, de los impuestos cada vez más altos, y al final por lástima y por deseo de marcharse, consintieron. Cuando el patrón, aparentemente bonancible, se apercibió de que no podía sacar más de aquellos hombres, los despidió y se volvió con la cara risueña por haber hecho un buen negocio.

A la sombra del acebuche – era mejor dicho el torso del Cíclope el que asombraba al árbol- Marcelo observaba los nidos de las oropéndolas mientras escuchaba el relato de la Creación del Mundo sobre las rodillas de su padre. Estaban concluyendo el sexto día – el de la invención del hombre-, un día tanto de gloria como de arrepentimiento, cuando los misioneros los alcanzaron sobre ruedas y los despertaron con la trompeta del juicio de su bocina recién estrenada. Padre e hijo montaron en el vehículo prestado y Don Megalonio se ofreció a conducir, pues aunque era cierto que nunca se había preocupado de solicitar el permiso de circulación de automóviles ni de carros asirios, ni tampoco de asistir a clase en una autoescuela, como Cíclope que era, forjador de rayos argumentales, se sentía atraído por la mecánica y por la velocidad, fenómenos naturales sobre los que cabalgaba, haciendo corvetas, el barro intelectualizado del hombre.

Resulta un reto para la imaginación- vestido lingüístico de la esplendorosa inteligencia- el tratar de representarse mentalmente a una belemnita de la mitología, a un eslabón perdido de la hipérbole, conduciendo un cadillac bermellón por la autopista de Roanoke, pulsando el embrague, cambiando de marcha, haciendo rotar el volante, mostrando su mirada única en el retrovisor derecho. ¡Oh ciencia! ¿Puedes hacerte una idea, desde la torre de marfil de tus refranes matemáticos, de esta nebulosa de lana que se desplaza en dirección inversa a la de tus máximas? ¿Reconocerás al fin que las aguas de la existencia son una maravilla, que la naturaleza es un milagro? Antes de que Laplace desflorase margaritas astronómicas, mucho antes de que Stephen Hawkins dedujese sus teorías sobre los agujeros negros, nocturnos y femeninos del espacio supraterrestre, ya el nombre verbal del universo había sido pronunciado, ya existían fuentes, árboles y flores, y el hambre y la sed como primeras necesidades. La doble naturaleza del cielo y de la tierra, de la contemplación y de la acción ya iluminaban la doble mirada del hombre, antes de que la raza de los cíclopes surgiese del océano del tiempo como los extranjeros de nuevos mundos, como los actores que encarnan el prodigio de existir y la vanidad de los hombres por dominar, para lo cual solo el amor y la fe en el amor tienen respuestas. La tradición griega clásica habla de un tal Faetón, que conduciendo el carro de su padre el sol, fue precipitado por un rayo en el lecho del río Erídano, el Rhin alemán. Este conductor melenudo representa el destino contrario: el del héroe que desciende a la caída o al problema para desde allí levantar al caminante herido a la victoria de la alegría y a la redención del consuelo, tomando a la virtud inspirada en el amor como báculo y a la inacabable belleza de la dama Verdad como horizonte.

Por la autopista circulaban un puñado de turismos – algunos descapotables con jóvenes enamorados de fin de semana de esos que salen en los anuncios de refrescos espirituosos- y dos o tres gavillas de camiones-cisterna que transportaban materias primas para las fábricas, especialmente leche, trigo y combustible fósil para activar bielas, palancas y molinos de aire del hedonismo metropolitano. Bordeando la carretera, en las cunetas peladas de vegetación se alzaban enormes pancartas planas, como los rostra del foro romano, con caras pintadas y sonrientes, caras fenicias de comerciantes disfrazados de consumidores satisfechos, productos de alimentación ( hamburguesas agigantadas y faraónicas, pizzas como rascacielos, patatas fritas como óbolos amarillos), bebidas con alcohol y sin él, colchones, automóviles, propaganda de películas. Tanto a barlovento como a sotavento, a izquierda o a derecha, el navegante oscilaba entre la Escila de la comodidad y la Caribdis del consumismo, y apenas podía enderezar el bauprés rumbo a su auténtico destino. Era casi impensable creer – aunque así era la verdad- que los lemas democráticos de la ilustración independentista, los “E pluribus unum”, los “No taxation without representation”, los “America for the americans”, se habían transformado en los “Drink Coca-Cola. Delicious and refreshing”, en los “Make your life with Mc Donalds”, y en los “Vote for President”. Pulitzer había reemplazado a Jefferson, y la “Yellow Press” de los superhéroes de plástico sensacionalista – PVC de las refinerías- a la Declaración de Virginia.

Don Megalonio conducía acostándose en cada curva y sin saber cómo ni cómo no, se puso de pronto en 200 Km/h dejándose llevar por el ritmo acelerado y acelerante de la máquina, cuyas palancas capciosas, escépticas y emocionantes moldeaban a la sociedad del mismo modo que un explosivo moldea a un bloque de Trauzl. Marcelo se había dormido en el asiento del copiloto, abrazado al cinturón de seguridad, y los dos misioneros, conversando atrás, resistían estoicamente los bandazos que daba el coche cuando se acostaba en las curvas, pues en las proximidades de Beckley el territorio de los Apalaches se accidentaba como las púas de un rastrillo.

  • Puede ir más despacio- musitó Scheels- No llevamos prisa.

  • Me parece extraordinariamente difícil no considerar a esta carretilla de explosión un juguete infantil- declaró Don Megalonio con el entusiasmo de un jinete de hipogrifos de una octava heroica de Ariosto- La tecnología es igual que la nicotina. Crea una adicción instantánea. No hay mejor sedante que un motor, ni mejor anestesia que la velocidad.

  • Tenga cuidado- advirtió Magnusson- Cuando alguien se encuentra tan embriagado no advierte el peligro ni sus relevantísimas señales. No querrá que perezcamos arrojados a un desfiladero.

  • ¿Quién habla de perecer?- repuso embelesado Don Megalonio- ¡Diablos, comienzo a comprender la seducción del progreso! ¡Avanti, popolo! ¡Plus ultra! ¡Hasta la victoria siempre! ¡No en vano el metal se forja en las fraguas! Me siento transportado al paraíso terrenal de mi infancia. Bien lo confiesa el refrán: “Una vez viejo, dos veces niño”.

  • Si está en el paraíso, acuérdese de la manzana – amenazó Scheels- Quien ama el peligro, perecerá en él, dice el Eclesiástico.

  • No se sobrecojan por una inyección de treinta caballos- se excusó Don Megalonio- No repetiré el aterrizaje de Faetón. Bajaré un poco esta ventanilla. ¿No se sienten elevados por las suaves brisas del austro?

Delante del automóvil, un remolino de hojas secas de álamo enguirnaldaba el horizonte azul salpicado de nubes y erizado de los picachos calizos de las montañas.

  • No son las brisas del austro- repuso Magnusson- sino ráfagas del cierzo. ¡Tenga cuidado! ¿No ve esos cúmulos en el cielo? Son vientos que vienen del Pacífico y que en pugna con los del Atlántico amenazan con despojar árboles y pueden levantar todo lo que encuentran a su paso.

El coche se detuvo de pronto. El motor comenzó a expulsar humo gris por el bastidor delantero, pues la resistencia que ofrecía el viento era tal que había interrumpido su funcionamiento. Marcelo se despertó con el frenazo repentino del disco.

  • ¿Hemos llegado ya?- preguntó en el acto.

  • Así es- respondió su padre- Pero no sabría decir adónde. Veré si puedo reparar el desperfecto. Supongo que este cabriolé tendrá garantía. ¿No es así, señores misioneros?

  • Si la tiene no se la hemos visto todavía- confesó Magnusson- Tenga cuidado con el viento. Estamos en alerta roja.

  • Que sea el viento el que tenga cuidado conmigo- masculló el Cíclope con el arrojo de un Nordenskjöld que estuviera a punto de recorrer otro polo- Ustedes no se muevan de donde están que el viento sabrá a qué atenerse.

Y nuestro Adonis de Nicofón salió del coche con resuelto ademán, calculando estadísticamente sus posibilidades; examinó la carrocería, el chasis, las ruedas, los faros delanteros y traseros, y su primera medida de seguridad provocó la hilaridad de los pasajeros.

– ¿Pero por qué abre el maletero?- se admiró Scheels- ¡El motor está delante!

El improvisado mecánico se quedó inmóvil, con la mente en blanco, y confesó:

  • ¿Pues saben qué? Tienen ustedes razón.

Cuando tuvo acceso al motor, volvió a detenerse ante la visión alegórica de aquel laberinto de cilindros, balancines, válvulas, carburadores, muelles, émbolos, bielas, cigüeñales, soportes, árboles de leva, bombas de alimentación, cámaras de agua, segmentos, volantes de embrague, pulsadores, bujías, culatas y demás categorías escatológicas en las que Teseo podría perderse sin hilo y varios minotauros se enredarían como congrios en malla. Tras invocar tres veces a las Piérides, Don Megalonio, lego en mecánica clásica y en cuántica, se sumergió y se concentró en el maremágnum, y por lo pronto consiguió quemarse las yemas de los índices con la hélice del ventilador, todavía caliente por el uso. Maldijo como un Jeremías la ingeniería industrial y la siderurgia y lamentó no contar con la ayuda de un técnico o de dos, aunque fuesen Bouvard y Pécuchet. Resolvió por decreto personal no tocar nada con el fin de no echar a perder el artefacto y por no traumatizar las máximas de la automoción, que ya de por sí estaba lo suficientemente traumatizada como para fabricar con el Ars Magna que se le olvidara a Ramón Llul aquellos cilicios para la paciencia. Incluso el viento pareció cambiar de rumbo atormentado de presenciar las maniobras de la operación a motor abierto.

  • ¿Qué tal va eso?- preguntó Scheels desde el asiento trasero del terrible batíscafo con notables muestras de regocijo.

  • Creo que ya he encontrado el motor- acertó a decir Don Megalonio- ¿Ustedes tienen alguna idea sobre cómo puede moverse este aparato? Estoy tratando de averiguar dónde demonios están los pedales.

  • Como no recemos, no logra ocurrírseme otra solución- musitó Scheels saboreando un caramelo de menta y mirando cómo volaban los alcaudones.

  • Iré a ayudarlo- dijo Marcelo levantándose del asiento y abriendo la puerta.

  • ¡Eureka! ¡Ahí va vuestra solución!- exclamó bromeando Magnusson.

Si tanto entendía el padre de motores, el hijo no le iba a la zaga, y en un alarde de destreza dictaminó que el coche necesitaba una rueda de recambio, porque, según afirmaba, “si una rueda estaba pinchada el rodaje no era el mismo”. Don Megalonio solicitó un manual de instrucciones y un chaleco reflectante, y como no halló ni una cosa ni la otra, trató de recordar el funcionamiento de la máquina atmosférica de Newcomen, precursora de la de vapor de Watt, por si se podía emplear la analogía de los mecanismos para resolver el caso. En esta disquisición estaban padre e hijo cuando un wolkswagen color gris perla se detuvo dettrás del cadillac y comenzó a pitar con insistencia para que se le abriese paso.

  • ¡Aguarde!- gritó Marcelo ayudándose de los gestos- ¡Estamos terminando la reparación!

Y evocando un verso de Rimbaud cuya traducción desconocía, cantó como un jilguero:

Entrechoquez vos genouillêres,

mes laiderons!

Del wolkswagen salió una rubia de ojos de aguamarina con el pelo recogido, que calzaba botas de piel y llevaba minifalda de vuelo cuyos volantes no alcanzaban las rodillas con un cigarro a medio acabar entre los dedos. Los dos misioneros salieron del cadillac como movidos por un resorte y le fueron a hacer el rendez-vous antes de que la chica catase la extraña fisonomía del Cíclope y se preguntase a qué orden de homínidos pertenecía. Le explicaron que habían tenido una avería en el motor, sonrieron, se pusieron algo nerviosos, hablaron del temporal de hacía un minuto sin concederle demasiada importancia, hablaron de muchas cosas insignificantes e inventaron, para parecer entendidos, una posible causa de avería:

  • ¡Pues qué coincidencia! ¡Si yo trabajo en un taller en Detroit!- confesó la chica.

Cuando Marcelo apreció la amable cintura de la joven, corrió a abrazársele a las rodillas. Era su manera de saludar.

  • ¡Qué niño tan simpático!- exclamó la chica- ¿Cómo te llamas?

  • Marcelo- respondió la criaturita- ¿Y tú?

  • Yo me llamo Amanda- respondió a su vez la chica- Parece que tenéis una avería en el coche, ¿no? ¿Dónde está tu mamá?

  • Mi mamá y mi papá son do en uno- confesó Marcelo- Pero antes de decirte dónde están, apúntame en la palma de la mano tu número de teléfono. Porque si tengo que llamarte, que sepa adónde hacerlo.

El Cíclope, escuchando la conversación, levantó su enorme faz tostada por los rayos de sol del universo de la carrocería del ingenio de cuatro ruedas y la detuvo en las pupilas límpidas de la joven, que a cinco metros de distancia lo contemplaba con el cuerpo tembloroso, igual que una espadaña del pantano medida por la brisa y el agua.

  • ¿Es usted…?- preguntó la joven indecisa.

  • Soy su padre- reconoció Don Megalonio con cierto orgullo, y extendiendo su mano derecha, enorme y cubierta de musgo capilar, con las uñas en forma de garras de oso, estrechó la mano blanca y menuda de la muchacha y con cierta galantería en su paladar espacioso, añadió- Encantado de conocerla.

Advierta quien lea este testimonio la íntegra valentía y la solidez moral de la representante del bello sexo, cuya fortaleza no tiene nada que deber a la de Judit de Betulia, cuya resolución se aproxima a la de Jael la hebrea, cuyo compromiso personal casi deja atrás al de la Porcia de Catón o al de la Lucrecia de Colatino, cuya decisión y arrojo imita y perfecciona a Pentesilea la Amazona, a Theroigne de Méricourt, a Olympe de Gouges, a Semíramis de Babilonia, a María Teresa de Austria y a Emma Goldman.

Mientras la joven examinaba el motor sin consideración a los prejuicios de la rueca y de la espada, los dos misioneros, con las manos en los bolsillos, valoraban en sus entendimientos el principio de igualdad y la importancia de la educación social más allá de la servidumbre del sexo, la cual no es otra cosa que un interés canonizado como norma, dañino para la cohesión humana, política y social del mismo modo que el sarro lo es para el arraigo de las dentaduras.

Pronto detectó la joven la avería, que no estaba en el carburador sino en la bujía de encendido, que estando muy gastada no cumplía su función. La cambió por otra que guardaba en su maletero, giró la llave de contacto y el motor se encendió a la primera.

  • Creo que ya está- dijo al fin con voz de alondra- La bujía no tienen que pagármela, es un regalo de la casa. Cuando tengan algún problema con el coche y quieran hacerme una visita, estoy en talleres Zimmer & Co., en Detroit.

Y le alargó a Don Megalonio una tarjeta con una dirección, que este recogió en su mano desplegada.

– Allí iremos algún día, señorita- repuso comparando a la muchacha con la protagonista de alguna novela de Orzeszkowa, tal vez con la heroína caritativa de “Imágenes de los años del hambre”.

– Señor- lo corrigió ella- Soy casada.

– Dispense mi grave error- se disculpó como pudo el elegante monte de miembros- Es una lástima que sea usted tan eficaz reparando motores, porque si la dificultad de la avería fuese mayor, tendría usted más tiempo para conversar con nosotros. Yo no me he presentado: mi nombre es Polifemo Megalonio y este hijo mío es Marcelo, ambos sicilianos. Nos acompañan Ed Magnusson y John Scheels, misioneros mormones. Vamos en dirección a Washington para ver al Presidente.

– Mucho gusto- confesó ella- Pues yo soy Amanda Newman y voy a Indiana a visitar a unos tíos paternos.

Los misioneros se deshicieron en cumplidos para despedirla, Marcelo la besó en las mejillas restregándose en su piel perfumada, y el Cíclope, en ademán de Casanova, sostuvo la puerta de su coche mientras ella se acomodaba en el asiento.

Retornando al viaje – mientras sus tímpanos cual tambores del corazón se recreaban en los scherzos líricos como burbujas de la quinta sinfonía pastoral de Beethoven, envasada en un CD que silbaba ornitológico por los altavoces del reproductor-, Don Megalonio meditó – conducir y meditar conciertan espinosa alianza- sobre la virtud, esa capacidad de cambio que en las mujeres es tan apreciable, porque son ellas las intermediarias que traen la vida al mundo. “La virtud”, dedujo, “es como un vacío creado dentro de nuestros límites que puede alojar el Todo en su interior, el centro de la existencia en la que estamos, como frutos suspendidos. Si nuestro antiguo fruto se abre como una nueva flor, vendrá el espíritu del Cosmos a libar su néctar a ella, la polinizará y un nuevo fruto, síntesis del mundo, nacerá para no perecer, pues sus límites antiguos serán abolidos. Este es el misterio de la Encarnación Cristiana, del Nirvana Budista y de todas las religiones, filosofías y formas de pensamiento. Renovar el mundo por medio de la virtud, como en el mundo corporal este se renueva por medio de la mujer”. Así discurriendo y argumentando, concluyendo y sintetizando, el Cíclope veía en cada elemento del paisaje la materialización de una idea; aquella retama podía ser la inteligencia – y recordaba los versos de “La Ginestra” de Leopardi-, aquel abeto se parecía al deseo con las ramas como brazos extendidos, los fresnos eran emociones, los picos pelados de las montañas eran imágenes del esfuerzo. El compás de la música orquestada contribuía a adormecerlo, y el volante desapareció de pronto enzarzado en tanta danza. La dirección del vehículo vaciló.

  • ¡Tenga cuidado!- gritó exaltando Magnusson- ¡En ese giro casi acaba en la cuneta!

  • Disculpen- musitó el conductor- Este artefacto tiene efectos sedantes. Como les he confesado en otra ocasión, la velocidad es la anestesia más activa, y poco o nada debe al protóxido de nitrógeno de Priestley, al cloroformo de Simpson, al éter de Crawford Long, a los barbitúricos de Reimboff ni mucho menos al cáñamo ni al hachís, a la adormidera ni a la mandrágora de la fitoterapia. No me extraña que desde la invención de la máquina de vapor la humanidad se haya adormecido en el bienestar de la industria, olvidando las raíces del peso firme de la tradición, pues ya me dirán qué puede sentir de la naturaleza un viajero de un vagón que se mueve solo.

  • El golpe le hará sentir de una sola vez todo aquello de lo que se ha evadido durante el tiempo de su conducción- dedujo Scheels rompiendo el encanto de aquel vaporoso relato de Arras.

  • De esa prueba podemos deducir- completó Don Megalonio- que la velocidad de un expreso rodado o rodante es directamente proporcional a la energía de choque con que se besa contra un obstáculo. Y el combustible fósil de los estratos o anaqueles del armario terrestre equivale a las plumas de Ícaro.

  • Acabo de recordar que tengo gana de orinar – declaró Marcelo como lo hubiera hecho Aaron Burr en un Congreso Continental- Necesito apearme, ¿o prefieres…?

  • No, no, seguiré tus instrucciones – consintió el conductor temiendo una fatal consecuencia- Quien no respeta los imperativos morales de la naturaleza, acaba castigado por sus ineludibles resoluciones. Ocurre lo mismo con el Estado: si no se adapta a las necesidades del ciudadano, con increíble celeridad una crisis económica orinará en el interior de su aparato político.

El coche se detuvo. Marcelo liberó el contenido de su vejiga en lo que creía que eran unos carrizos, y que para un botánico hubieran sido unos macizos floridos de Hypericum perforatum, de flores hermafroditas intensamente amarillas, las cuales tienen la propiedad de relajar la vista y de anunciar la presencia de las hojas de la planta, almacén de resinas que aplicadas convenientemente a una herida o hemorragia, aceleran su curación. Cortó una de aquellas flores y se la llevó consigo, como Enrique de Ofterdingen, para recordar su parada, pues una flor equivale al mejor de los recuerdos. De nuevo en el coche, el sol se apagaba y las estrellas se encendían – primero Sirio, después Canopo, Alpha Centauri, Arturo, Vega, Capella, Rigel, Proción, Achenar, Aldebarán, Espiga; pronto aparecieron las constelaciones de las dos Osas, Orión, el Boyero y la Corona de Berenice- cuando Marcelo, a la luz de una lámpara a pilas, cartógrafo experimentado, se puso a memorizar los Estados de la Unión Americana, con las fechas de su anexión.

  • Padre- preguntó a Don Megalonio- ¿Es verdad que después de la Independencia de las Trece Colonias de Nueva Inglaterra fueron fundados Kentucky en 1792, Tennessee en 1796, Vermont en 1791, Ohio en 1803, Mississippi en 1817, Alabama en 1819, Michigan en 1837, Wisconsin en 1848, Florida en 1845, Luisiana en 1812, Arkansas en 1836, Missouri en 1821, Iowa en 1846, Minnesota en 1858, las dos Dakotas en 1889, Nebraska en 1867, Kansas en 1861, Oklahoma en 1907, Montana en 1889, Wyoming en 1890, Colorado en 1875, Nuevo México en 1912, Utah en 1896, Arizona en 1912, Nevada en 1864, California en 1850, Texas en 1845, Idaho en 1890, Oregón en 1859, Washington en 1889 y Hawaii en 1898? ¿Tú supones que no puede haber ningún error en las fechas?

  • ¿Qué duda cabe, hijo mío, de que todo está correcto?- casi gimió su padre- El mapa bien puede responsabilizarse de lo que dice.

  • Si es así- arguyó Marcelo rebuscando con el pulgar en la reducida y empapelada representación de paralelos y meridianos, golfos, costas, ensenadas y cordilleras- Alaska tuvo que ser anexionada en 1959, y Columbia en 1791.

  • ¿Cómo has sacado esa conclusión?- le preguntó su padre.

  • Porque también lo pone aquí- se justificó el niño- Por cierto, ¿nosotros vamos a Washington?

  • Así es, si la memoria no me falla- respondió Don Megalonio.

  • ¡Pero si aquí tiene el tamaño de una cagada de mosca!- protestó el geógrafo y explorador de mapas con un ademán de Humboldt.

  • Es mucho mayor de lo que crees- aseguró Magnusson desde el asiento de atrás- La cartografía es como la literatura. Lo que apenas es una tímida imagen del tamaño de una pulga encierra una verdad del tamaño de un elefante.

  • Bah- se desilusionó el niño- ¡Seguro que cuando vea la Casa Blanca, me va a parecer una casa de muñecas! Voy a tener que agacharme para poder entrar en ella.

  • Spruce Knob- dijo una voz sobrenatural, de falso arcángel, en el interior del vehículo.

  • ¿Quién ha hablado?- preguntó Marcelo asustado como un raposo- ¿Hay alguien más que nosotros aquí?

  • Spruce Knob- repitió la voz- Hasta Washington 200km. Autopista 77 libre.

  • ¡Dios mío, hay que exorcizar el coche!- exclamó supersticioso Marcelo- ¡Tiene el diablo metido en el cigüeñal! La radio está apagada y una voz de timbre argentino ha pronosticado la distancia que nos falta para llegar a Washington. ¡Era una voz de mujer, de eso estoy seguro! ¡Como una bruja o una sibila de esas que dicen lo que va a pasar, como Ericto, la de Lucano, o como la pitonisa de Endor, de la Biblia. Yo sé lo que hay que hacer: tomar un ramillete de ruda, otro de salvia y otro de espliego y quemarlos en una naveta a la manera del incienso. Con el olor del humo huirán los diablos y los diablillos, mientras se repite tres veces: “Belcebú, Belial, Astaroth, Hermes Trismegisto, sal de ahí y vete a otro sitio, regresa a los depósitos bancarios y a los tipos de interés, a los fondos de inversiones y a los planes de pensiones”. Lo he leído en el “Nostradamus para niños” de la Biblioteca de la Sorbona.

  • No hay de qué alarmarse – comentó Scheels- Es solo el GPS, el sistema de navegación vía satélite que va incorporado al vehículo. Como Don Megalonio no las tenía todas consigo en cuanto a los pormenores de la conducción por carretera, decidí adquirirlo para determinar con precisión el camino a seguir. Aún así, considero que nos hemos desviado bastante de la trayectoria más corta a consecuencia de la conversación. Probablemente el GPS habló con anterioridad y no lo hemos escuchado.

  • ¡Pero vamos a ver, una máquina que te dice lo que tienes que hacer!- exclamó el niño- ¡Eso tiene que ser el diablo!

  • Os lo digo a la cara, espíritus. No acepto el despotismo de los espíritus; mi espíritu no puede instruirlos ni adiestrarlos”- declamó Don Megalonio- Noche de Walpurgis. Fausto. Parte Primera. Ocurre lo mismo con las máquinas, extremidades de nuestros sentidos. En la mayoría de los casos, su actividad resulta difícil de controlar por el metabolismo corporal, se independizan, como robots, de nuestro dominio y nos dominan. Yo no afirmaría “Deus est machina”, más bien, por el contrario, “Diabolus est machina”. ¿Y no asegura la filosofía que la naturaleza es una máquina? Si es así, podríamos deducir que la máquina es la medida de nuestra libertad. El mal de nuestros límites resulta necesario para hacernos libres, es decir, que el buril del bien es el mal. Buenas noches, queridos míos; yo me mantendré al volante hasta mañana, pues de todos es sabido que los cíclopes siempre soñamos con un ojo abierto. Ya habrá tiempo de dormir en el Congreso.

A eso de las siete de la mañana, el cadillac conducido por Don Megalonio atravesó el puente del Potomac a la altura de Columbia Island y del capricho euclidiano del Pentágono. El pitido de un BMW despertó a los pasajeros, incluido al conductor, cuando se encontraban en las discrásicas y ruidosas entrañas de un atasco. Una delicada colisión y una alarma de improperios y de insultos despertó suavemente a Don Megalonio, desprendiendo su actividad nerviosa de los metabolitos patógenos que, procedentes del diencéfalo, mecían sus sentidos en la lenta e idílica barcarola del sueño. Bastó la salida parcial del automóvil de su busto aterciopelado y la mirada única y unívoca de su ojo audaz para detener los impulsos airados del conductor malhablado, y de todos los demás iracundos del atasco, a quienes tranquilizó automáticamente el eléboro de una fisonomía tan descomunal y el capricho de una raza humana tal vez más humanizada que la suya. Una pareja de federales, con las charreteras embanderadas y las armas a la cintura aprovecharon la obstrucción del ritmo cardiovascular de la ciudad para pedir documentación. Con la esperanza de detener a una red de narcotraficantes que introducían en la población sustancias ilegales, drogas naturales como hachís o cannabis y venenos químicos como cocaína, éxtasis y heroína, sustancias que normalmente iban a parar al consumo de la juventud mal instruida de las clases sociales más bajas, al igual que patógenos que afectan a los tejidos más débiles del organismo, se habían bajado de su cuatro por cuatro y, con una libreta en la mano, a título de oficiales de tráfico, interrogaban a los conductores. Quiso la providencia que uno de los interrogados fuese Don Megalonio; un policía golpeó con el dedo en su cristal, y cuando este descendió todo lo que le permitía el elevalunas, la nuez pronunciada del benemérito subió y bajó varias veces como las cabinas de la noria de un parque de atracciones.

– Ciudadano, muéstreme el permiso de circulación y el carnet de identidad – musitó en espondeo evocando una tirolesa- ¿Es usted americano?

– Soy natural del monte Etna, en Sicilia- canturreó el Cíclope con el tono juguetón de “O mío babbino caro” de la ópera “Gianni Schicchi” de Puccini- Es probable que en el futuro ( aún me quedan muchos años de vida, como puede usted comprobar en mi juvenil porte) me tengan que hacer un sitio en América, porque esta nacionalidad me agrada y además resulta imprescindible para presentarse a las elecciones a la presidencia. El poeta georgiano Shota Rustaveli, en su heroica composición “El caballero de la piel de pantera” incluye una fábula emotiva sobre la nacionalidad, en el pasaje de…

– Ciudadano, no tenemos tiempo de escuchar fábulas- lo interrumpió el federal- ¿Dónde está su documentación?

– Le confieso que nunca he querido acreditar con firmas ajenas la evidencia de mi propia persona- aseveró Don Megalonio- Yo doy testimonio de mi cuerpo y de mi alma.

– Bien- dijo el federal a su compañero- Escribe ahí “conductor no documentado”. ¿Ese menor es hijo suyo?- preguntó señalando a Marcelo.

– ¿Es que no se aprecia?- protestó Don Megalonio.

– No lleva puesto el cinturón…

Marcelo, anda, ponte el cinturón. Este señor tan amable quiere verte con él.

  • ¡Pero si ya lo llevo puesto!- exclamó el niño rozando con el pulgar la hebilla del pantalón.

  • Escribe- continuó el federal- “Acompañante menor de edad, sin documentación ni cinturón de seguridad”. Ustedes, los de atrás, identifíquense.

Los misioneros exhibieron su documentación, toda esa regla. Intentaron explicarles a los federales que Don Megalonio era un ciudadano honrado, aunque en su desarrollada persona no cupiese por entero la letra de la ley. Cuando los federales escucharon el nombre de Don Megalonio, se detuvieron a explorar los abismos de lignito de las facciones estrambóticas del ciudadano monocular que tenían delante, lo compararon con una fotografía de seguridad que figuraba en el archivo procesador de sus agendas electrónicas y, para rematar la faena, practicaron un reconocimiento láser de los óvalos concéntricos de la yema de su pulgar.

  • Si es así, pueden pasar- confirmó el federal rascándose el entrecejo con una expresión de concentrada atención- Consta en archivos que Don Megalonio y su hijo Marcelo están exentos de responsabilidad administrativa debido a su colaboración en una operación de la CIA para desarticular el grupo delictivo de St. Nicholas Avenue en Nueva York. Son datos de la Interpol. No obstante, nos vemos obligados a practicar una diligencia de investigación criminal para comprobar que no trafican con estupefacientes.

La pareja de oficiales revisó los asientos, la guantera, el maletero, los objetos personales, los bolsillos de Marcelo.

  • ¿Nuestra probidad queda demostrada o necesitan el testimonio de esta flor?- preguntó Marcelo ofreciendo a la garfada del federal la corola un tanto arrugada del Hyppericum perforatum.

El policía acercó la flor a la nariz y aspiró su aroma de campo.

  • No hay riesgo en esta planta, que yo sepa- corroboró perdido en las ramificadas clasificaciones de Teofrasto y de Linneo- Bienvenidos a Washington- y sonriendo para dulcificar el protocolo- Estamos orgullosos de recibir en la ciudad a visitantes tan ilustres.

  • ¡Eso haberlo dicho antes de este circo!- protestó Marcelo braceando- ¡Oh civilización, por qué nos haces pasar! ¿Cuándo serás angélica?

Terminada la diligencia policial, el atasco se había disuelto como un trombo sanguíneo por efecto del acenocumarol. Los misioneros se apearon en Tidal Basin y reclamaron el cadillac, regalaron a Don Megalonio y a Marcelo sendos “Libros del Mormón”, que el Cíclope aceptó en nombre de ambos únicamente para tener el placer, como Belarmino, de poner objeciones a una doctrina reformista que se desviaba cual sarmiento rebelde del tronco de la vid del catolicismo romano – si bien toda advocación es buena con el corazón limpio-, y se despidieron con la imprescriptible fórmula de los Apóstoles. La curiosidad de Marcelo no se limitó a hojear el libro, se extendió también a preguntar la historia del mormonismo, y su padre tuvo que remontarse con las alas de su lengua a la época en que Joseph Smith estableciera su primera iglesia en Ohio y su Nueva Jerusalén en Independence antes de su linchamiento en 1844, al instante histórico del viaje de Brigham Young con el Consejo de los Doce en dirección al Oeste Incógnito, a la circunstancia liviana de la fundación de Salt Lake City en Utah, a la proclamación de la poligamia en 1857, a la intervención del gobierno federal, a su supresión en 1890. Con estas y con otras disquisiciones, en tanto los transeúntes metropolitanos – a pesar de la normativa contra la discriminación- tomaban planos fotográficos de los dos cónsules de la cultura para la inclusión en sus blogs de internet, en tanto cuchicheaban, murmuraban, ululaban, rugían, barritaban – e incluso rebuznaban, por qué no decirlo- acunados por la morfina benévola de la historia – y por sus antecedentes y consecuentes, la prehistoria y la intrahistoria-, llegaron sin imaginárselo al número 1600 de Pennsylvania Avenue, y la visión del cándido castillo presidencial, con el puente levadizo de un prado verde sombreado de árboles variopintos, con la verja traslúcida cual celosía andaluza de genuino misterio, con la majestad republicana de su helénica arquitectura, hizo exclamar al Cíclope:

  • ¡Marcelo, hijo mío, hemos llegado a la encrucijada de todos los caminos!

  • ¿De quién es esta casa?- preguntó Marcelo confuso- Está bien pintada. Se parece a la mía, en Palermo, pero es un poco menos alegre.

  • Esta, si no me equivoco ahora que he recobrado la vista, debe ser la casa del Presidente- dedujo el Cíclope mirando con su pupila cavernosa por encima de la verja, como hacen los niños en las aldeas.

  • Si es así, hemos llegado- declaró el embajador de ocho años, y resuelto cual un verso de Anne Sexton, se alisó el jersey, se limpió las legañas de los ojos, se atildó la raya del pantalón deshilachado a la altura de los tobillos y sacó el celular que le había regalado la policía de Nueva York del bolsillo con la intención de hacer una llamada.

  • ¿Qué te propones, pequeño saltamontes?- le preguntó su padre impostando el estilo mayéutico del maestro de Kung-fu – ¿Recurres tan pronto a la ubicuidad de Bell?

  • Voy a avisar al Presidente- repuso más erguido que un plano vertical de Kupka- Ya estoy aquí y todavía los ujieres no han colocado la alfombra roja para recibirme. Pero…¿qué? ¿Dónde diablos está el número del Presidente que no lo veo en la memoria de esta pascalina? Son solo nueve dígitos. ¿Te acuerdas de alguno, padre?

  • Sería más fácil en este instante acordarme del número de cornisas del templo de Srirangam de Tiruchchirappalli en la India de los Vedas- aseguró el Cíclope con el corazón en la mano- Pequeño Buda, te aseguro que yo nunca he tenido trato con ese señor, sino fue en algún sueño y por mediación del pícaro Morfeo.

Marcelo oprimió el timbre. Acudió a abrir un guardia de seguridad con uniforme verde militar, de boca encajada y nariz roma, delicado y espontáneo como un lienzo de Berthe Morisot.

  • Quiero ver ahora mismo al Presidente.

  • El Presidente no recibe hoy- le respondió al niño el chambelán, de mala gana.

  • ¿Cómo que no recibe hoy? ¿Acaso no sabe con quién está hablando? ¿Acaso no sabe que está hablando con quien puede hablarle todas las veces que desee, y que puede elevar sus quejas a su sana conciencia? ¿No es esta la Casa Blanca, o Theodor Roosevelt se equivocó al llamarla así, y no soy yo Marcelo, abogado de mí mismo, hijo de Dios y de este padre vigoroso que me acompaña, y no es este Washington, y no es la tierra redonda?- se escandalizó el embajadorcito, poniendo el grito en el cielo sin necesidad de reactores- ¿Qué es eso de que no recibe hoy el Presidente? ¿Es que acaso sospecha que tiene algo más importante que hacer?

  • El Presidente no recibe hoy porque no está aquí- informó el “canciller”, nombre técnico del que guarda las cancillas.

  • Apuesto a que ahora vive en Moscú- dedujo Don Megalonio.

  • Está de viaje- continuó el “canciller” con el mismo acento- Ha acudido de visita oficial a Afganistán, para entablar negociaciones con el gobierno y para pasar revista a las tropas.

Marcelo detuvo su mirada en el suelo.

  • Si es de la manera que usted asegura que es- declaró entero y firme, caballeresco, prusiano- no voy a hacerlo venir ex profeso para esto. Le escribiré una carta. Resulta más diplomático.

  • Pero, oiga- sonrió el vigilante- Es usted un menor. No puede…

  • ¡Naturalmente que puedo!- resolvió el niño, enfático y altisonante- Los niños tenemos los mismos derechos que usted. Mejor le iría a la nación si los niños pudieran ser senadores. No sería tan frecuente la corrupción en el poder legislativo.

El vigilante, sorprendido por tanta novedad, se quedó petrificado como una estatua de sal, y no era para menos, pues ya había contemplado, envuelto en racimos capilares, el ojo asombroso del Cíclope, cuya pupila a la luz de aquel sol americano de las doce diríase una perla negra de gran tamaño sumergida en un estanque de caolín- así, al menos, semejaba la bruñida córnea del gran ojo, blanca y brillante como porcelana china-. Con la calma de la conversación, se agregaron, por curiosidad, dos vigilantes más detrás de la verja, y como en una gran ciudad cualquier trivialidad es noticia, muy pronto una muchedumbre de ociosos se congregó frente a la puerta sin saber de qué admirarse más, si de la voluminosidad del padre o de la desenvoltura del hijo.

  • ¿Usted aprueba lo que está diciendo este niño?- le llegó a preguntar el vigilante a Don Megalonio buscando desesperadamente una manera decorosa de salir del atolladero- ¿Está de acuerdo con que interpele así a las autoridades?

  • Yo apruebo, sanciono y promulgo todo lo que dice – aseguró el orgulloso padre, más ufano que Carlyle y más campechano que Werner Aspenström- Él tiene la palabra en este asunto. Queremos hacer una reivindicación acerca de los derechos sobre las antiguas tierras habitadas por las comunidades indias de este país, en nombre de un miembro de esas comunidades. La actividad institucional resulta insuficiente. Podría hacer la reivindicación yo mismo, que tengo notable experiencia en estas cuestiones, pero, ¿no considera que es preferible que los hijos hagan las cosas por sí mismos para adquirir experiencia en la vida? Cuando los padres les hacemos todo a los hijos no cooperamos a su buena educación, porque les arrebatamos la ilusión por ser protagonistas de sus actos. Es esta, a mi modo de ver, la principal razón por la cual la juventud de hoy cae tan frecuentemente en las trampas y cepos del vicio, porque se la ha privado de la ilusión de emprender libremente su camino.

  • Juro que nunca en mi vida me he encontrado con nada semejante, y que ningún acontecimiento me ha sobrecogido más desde la muerte de Kennedy- aseguró el vigilante, tratando de impresionar a su auditorio, y sintiéndose un actor de cine por unos segundos.

  • No sea usted perjuro como Laomedonte- lo aconsejó Marcelo- No se le caiga Troya encima. Confórmese con seguir mis instrucciones y la política internacional seguirá su curso. ¿Acaso no contestaban al particular por rescripto los emperadores romanos? Pues si los Antoninos, los Flavios y los Gordianos respondían a los correos desde su Palatino, ¿no pueden hacer lo mismo los jefes de Estado que viven en una mansión cuyo primer acabado tuvo un coste – corrígeme, padre, si me equivoco- de 232.371’83 millones de dólares? ¿No es esto ejercer el derecho de petición que nos corresponde a los nacionales y a los extranjeros?

  • Bueno, bueno- se disculpó el vigilante, mientras sus compañeros sonreían y algunos miembros morbosos y apopléticos de la deriva masificada y proletarizada de la avenida, como es costumbre en la caverna tediosa de la industria audiovisual, grababan la escena desde las cámaras escondidas de sus celulares, a pesar de las prohibiciones legales contra las violaciones de intimidad- Yo no tengo ni idea de leyes. Trabajo aquí por horas. Para eso ya está el sindicato. ¿Saben lo que les digo? Hagan ustedes lo que quieran. Envíen la petición por correo, séllenla y plánchenla, píntenla de purpurina si lo desean. ¿A mí qué me va ni me viene? Pero no me hagan perder el tiempo, que la vida es corta y yo tengo demasiadas cosas que hacer – resolvió el vigilante para darse importancia entre la gente, aunque su mal humor no estaba fundado en la abundancia de sus tareas, por el contrario, era el convencimiento de la insignificancia de sus funciones lo que le acuciaba a demostrarse a sí mismo y a los demás que podía ser de otro modo.

  • Oigan- preguntó un curioso a Don Megalonio con la cara muy redonda, aplastada como un cebollino- ¿De dónde son ustedes? ¿Pueden contestarme a unas preguntas? Son para el programa Holidays. ¿Se dedican ustedes al espectáculo? ¿Es esto una performance ? ¿Dónde podemos verlos de nuevo? ¿Están anunciados?

  • Le responderé sucesivamente- lo tranquilizó su apologético interlocutor- Nosotros somos turistas del universo y trabajadores de la viña del Señor, que es este pequeño y confortable planeta suspendido en la mano de la Providencia. No podemos contestarle a todas las preguntas que usted tenga, porque para esa labor ya está su conciencia, si es que todavía se acuerda de ella. No nos dedicamos al espectáculo, aunque lo presenciamos cada día que amanece. Esto no es una performance, es un capricho de su curiosidad y la de sus ociosos y viciosos televidentes. Pueden vernos de nuevo en su memoria siempre que la recuerden. Sí estamos anunciados, puesto que ambos hemos nacido si no hay prueba en contrario. Y un consejo gratis dato: Procure que su peso tenga razón de ser.

  • Disculpen, ¿son ustedes los extraterrestres de Nueva York?- interrogó a Don Megalonio una mujer rubia, de mediana estatura, con el peinado a lo garçon y la mirada pícara; y antes de que tuviese tiempo de responder- Yo soy Kate Morrison, paleontóloga. Encantada de conocerlos. ¡Eh, Chris!

Un hombre bastante alto, delgado, con gafas, un poco calvo y con bigote gris zinc- una réplica de Coventry Patmore- emergió de la multitud como una foca ártica que sale a respirar a la superficie del mar.

  • Christopher Brown, mi marido- lo presentó ella- Se dedica a la geología.

  • Mucho gusto- bisbiseó Don Megalonio- Tienen ustedes un presidente ligeramente olvidadizo.

  • Oh, ocurre con todos los demócratas- sonrió la mujer como diva de cabaret, guiñando cómplice el ojo izquierdo.

  • ¿No sucede lo mismo con los republicanos?- bromeó el Cíclope enarcando su ceja como un arco escarzano.

  • ¡Por supuesto que no!- exclamó la mujer emulando una interpretación de la gran pantalla, aparentando ingenuidad y naturalidad, las dos cualidades de la dama sonriente de los anuncios, la chica dinámica y alegre como un jilguero, elástica como la licra, orgullosa de su cuerpo, que no duda en vender su imagen como una atracción más, el estereotipo consumista de Marilyn Monroe – Les invitamos a comer a nuestra casa. Está en el número 225 de la Avenida Rhode Island. ¿Cómo se dice en Europa? Será para nosotros un…placer- y ensayó una inclinación de ballet mientras le tendía la mano derecha doblada hacia abajo por la muñeca, amanerando el saludo continental de los años veinte.

  • Me parece bien- respondió Marcelo en nombre de su padre, con un residuo de borra en la lengua y de desengaño en el corazón a consecuencia de que la ausencia del Presidente hubiera quebrado el cántaro de sus ilusiones- Tengo que escribir una carta y necesito un escritorio y un poco de aislamiento.

  • Ningún problema, cariño- lo tranquilizó la mujer como si fuera su propio hijo- En casa disponemos por lo menos de tres escritorios. Podrás escribir un periódico entero o una novela por entregas.

  • Necesitaría asimismo un Maquiavelo, un Hobbes y un Talleyrand- declaró el niño pasándose el índice por la barbilla y ocultando la mitad de la mano izquierda bajo un chaleco inexistente, como un pensador socialista- y, como plantilla, la Autobiografía de Adams. Quisiera hacer una puntualización sobre “The Constitution of England” de Jean Louis de Lolme, sobre “The Oxford History of the American People” de Eliot Morison, y tomar como base para mi argumentación las Memorias de Van Buren. Los viejos problemas son la clave de las nuevas soluciones, y las cosas siguen siendo lo que eran desde el Antiguo Régimen a la Galaxia Gutemberg.

  • Por supuesto que sí- consintió la paleontóloga sin saber por dónde salir, pues de tales libros no conocía la existencia, y se sorprendía de que pudieran estar escritos- Tenemos una biblioteca de clásicos de la literatura infantil, muchas películas para niños y una gincana.

  • Bien, bien- braceó el plenipotenciario bravucón evocando un jeribeque palaciego- Me acomodaré a las circunstancias. Eso sí, sírvame un café bien cargado después de comer. Necesito estimularme.

Tomaron un taxi y en menos de quince minutos estaban en el hogar de los huéspedes, un duplex de doscientos metros cuadrados con jardín, piscina y un samoyedo a la puerta. El interior, entre burgués y atrabiliario, alternaba el exotismo con la confortable comodidad doctrinaria de los electrodomésticos. El matrimonio no tenía un vínculo más sólido que el de la economía y el placer. Eran dos personas que se habían unido por deporte. Llevaban veinte años casados, pero no tenían hijos ( “¿Para qué?” aseguraba la esposa, “los hijos no dan más que preocupaciones”. “Además”, añadía, “¿es la procreación el único fin del matrimonio?”) y se dedicaban a invertir su tiempo libre en viajes, investigaciones y hallazgos de huellas de organismos de hacía millones de años, visitas a amigos y largas estancias en el extranjero, caprichos de fin de semana y compras excesivas que no llenaban el vacío de sus vidas. Practicaban el amor libre, no creían en la infidelidad, se consideraban de mentalidad abierta aunque al hablar de dinero y de política parecían más conservadores que Lloyd George y tan partidarios del laissez-faire como el abate Mably. A menudo discutían por nimiedades, se enfadaban, se reconciliaban al día siguiente; como no se sentían lo suficientemente unidos por unas aficiones similares ni por la compatibilidad de sexos, compraban y viajaban, viajaban y compraban para justificar una unión sin solidez, escasamente fructífera y por ende poco satisfactoria para ellos. Era, en definitiva, un matrimonio virtual, que no virtuoso, una relación en la que el amor era sustituido por el placer, porque el egoísmo de cada cónyuge acentuado por el individualismo de una sociedad donde el comercio se adueñaba de las relaciones sociales, y el ejemplo de la religión, de la tradición y de la naturaleza antigua era una curiosidad arqueológica detrás de una vitrina, ese egoísmo normalizado invadía de hastío la unión superficial de aquellos dos seres, que ni se conocían ni se respetaban; tan solo se toleraban por economía. El amor se parece bastante al oxígeno, porque en él vivimos, nos movemos y existimos; y cuando falta – nunca lo hace por completo- o más bien escasea, la atmósfera de las sociedades se enrarece, y hay que abrir la ventana de la vida – que es la enseñanza natural- para que el aire entre de nuevo en la dimensión de la alcoba. El aire siempre viene de fuera, el aire es la palabra del universo, y hay que abrir el oído para escucharla, hay que dejar la ventana de la vida abierta para entenderla.

Don Megalonio y Marcelo saboreaban sendos platos de arroz al curry en tanto escuchaban la voz de alondra de Kate quien, en parte para adularlos y en parte para darse importancia delante de ellos, los distraía con cuentos sobre temas baladíes cuya relevancia era directamente proporcional a la necesidad de soportarlos para poder llenar el estómago. Aseguró que le encantaba el sushi, que las enchiladas mejicanas le producían ardor de boca, que la carne de cachalote era seca y que ella la había probado por descuido con ocasión de una fiesta entre amigos- “porque de no ser así”, aseguraba, “jamás hubiese comido carne de ballena, una especie protegida y en peligro de extinción”- y de aquí pasó a confesar que en su adolescencia había sido acérrima defensora del ecologismo, en especial desde el desastre de Chernóbil, que se había enrolado en un ferry de Greenpeace y que había conocido a un antiguo novio que era submarinista y con el que hubiera acabado casándose de no ser por la aparición ditirámbica de su Chris con plumífero náutico y una pipa humeante en New Providence- con estas prendas lo había visto por primera vez-. Relató su viaje al desierto de Gobi en la compañía de un equipo de paleontólogos de diversas y prestigiosas universidades del mundo – ella y otra bioquímica de Connecticut eran las dos únicas mujeres de la expedición- prosiguiendo la ruta que habían abierto en 1922 los integrantes de la jornada heroica dirigida por Roy Chapman Andrews, la cual tuviera el honor de encontrarse frente a frente con los primeros huevos de dinosaurio conocidos por la ciencia. Ni ella ni sus compañeros, durante aquel verano de 1979 – “año de fundación de la República Islámica Iraní del ayatollah Jomeini y de la expulsión del último sha de Persia”, había recordado la narradora para aparentar documentalismo, amago de la historicidad liviana e interesada del periodismo de las metrópolis- se toparon con la lámpara de Aladino o con el Anillo de los Nibelungos, ni siquiera con el cofre del tesoro con trilobites en lugar de doblones de Charles Doolitle Walcott, ni con el triceratops que John Bell Hatcher encontrara en los huesos en el estado de Wyoming, ni con el Tyrannosaurus que Barnum Brown vislumbró en Montana, ni con el cráneo de Albertosaurus de Red Deer, ni con el Deynonychus de Bob Bakker, ni con la cabaña de fósiles que diera lugar a la Guerra de los Huesos en 1870, ni con los millones de depósitos antediluvianos de Friedrich Von Huene; antes bien, con una temperatura de cincuenta grados a la sombra, con escasez de alimentos y falta de agua corriente, con tormentas de arena y heladas nocturnas, con ningún ingreso y abundantes gastos, con ningún hallazgo pero con un notable entusiasmo por la aventura. Después pasó a hablar directamente de Don Megalonio, cuya biografía había leído en una publicación de internet…

  • ¿Cómo?- se escandalizó Don Megalonio, casi a punto de tomar la espada para defender su honor ultrajado, si es que equivalen a espada las diez bayonetas corvas y afiladas que campean, rampantes, en las puntas de los dedos de sus manos- ¿Es que algún atrevido mequetrefe, usuario de las bases de datos, se ha arriesgado a filtrar información secreta de las doradas páginas de mi biografía, escrita por el Plutarco de la era cristiana, aunque la comparación le sienta estrecha, porque no hay vida viviente que pueda serme paralela? ¿Quién es ese impostor, ese delincuente, ese cajero de Satanás, ese gusano tripudo que, para arrogarse una fama robada, como Eróstrato de Éfeso, como el doble de Cervantes, como el Judas del Evangelio o como el Farinata de Dante, fama que es infamia, conculca el derecho de la propiedad intelectual, la propiedad más legítima de todo el Código Civil y de todo el Derecho de Gentes? ¿Quién menosprecia su vida – se irritó Don Megalonio dando un solemne puñetazo en la mesa que a no ser controlado hubiese rememorado Troya o Hiroshima- de tal modo que desee enfrentarse a mi furiosa bilis?

  • Oh, esa furia es de la que hace alarde precisamente el autor de su biografía, un tal Lan… San…, ¡vaya, ahora no me quiere salir el nombre!- se interrumpió doña Kate.

  • Será Literano, si es que puede subsistir un resto de fidelidad en la boca de un traidor- apuntó Don Megalonio, tratando de ser lo más asertivo que pudo, como lo sería María Estuardo de hallarse en unas circunstancias similares, límpida su frase, evocando un verso de Erich Fried que rimaba con todas las kenningar.

  • ¡Eso es, Literano!- dijo doña Kate entrechocando los dedos- El articulista de internet asegura que lo ha conocido a usted en persona, que ha investigado su biografía novelada pero que no ha podido leerla entera por falta de tiempo, que sabe muchas cosas que ignora la prensa y la televisión, incluso que conoce escenas de su vida privada que no están escritas ni publicadas, como una detención en Nueva York, un presunto robo en unos grandes almacenes, una conversación con un presidiario llamado Don Juan, una misión especial de la CIA para espiar de incógnito, en compañía de un niño adiestrado por la milicia estadounidense, los secretos de Estado de los países de Europa, Asia, África y Oceanía.

  • Eso sí que es digno de la inventiva de un decapitado- aseguró Don Megalonio con mucha flema- Considerar que un ciudadano tan indiscreto como yo y que un acompañante tan veraz como Marcelo nos podamos dedicar al espionaje. ¡Sí, ya deduzco quién puede estar detrás de la máscara de esta calumnia! Durante nuestra acongojada estancia en Nueva York, nos detuvieron por un presunto delito de estafa que después fue desmentido, debido en parte, a la fe griega de los comerciantes y en otra parte, a la higiene romana de Poncio Pilato. Estando en comisaría, conocimos, en efecto, a un tal Don Juan que se dedicaba a labores poco honestas, y también a otros muchos personajes de jácara, entre los cuales rutilaba el sospechoso de esta malévola añagaza, un jacker de internet que respondía al nombre y apellido de Ivo Reni, de nacionalidad italiana. Este Ciutti, este Catalinón, este pícaro de la programación informática, tuvo que ser la araña de este enredo, aunque ignoro cómo hubo de lograr la filtración de información, cuando se hallaba bajo custodia. Tendría otros esbirros en libertad que le ayudaron. Ciertamente, considero el interés que puede tener este cizañero y sus cómplices en levantar el falso testimonio de una leyenda negra sobre mi persona y la de mi hijo, pues todas las historias públicas, al andar de boca en boca y de oído en oído, se contagian de murmuraciones, y los murmuradores- que en el ámbito de la prensa se denominan filtradores- procuran, imitando los excesos del Barón de Munchhausen o del cronista Eusebio de Cesarea, retratarse en tales habladurías para tratar de ponerse a la altura de los chismes que relatan, con el fin de que su delictiva labor sea confundida con el tema de sus murmuraciones. El perfil del murmurador es el de un envidioso y un enemigo sobre todo de sí mismo, que, para alcanzar notoriedad, en lugar de practicar buenas conductas – la única senda que no solo conduce a la fama, sino también a la felicidad-, como el Caín bíblico, procura asesinar la imagen de aquel a quien quisiera parecerse para encumbrarse siendo el titular de su derrota. Jamás alcanzará su objetivo, porque su vida es una vida prestada, y todo lo que hace está inspirado en otro, y es otro, como el Guillermo Wilson de Poe, quien vive por él y a través de él. En la Sociedad de la Información, que es la sociedad del Periodismo, el cual reemplaza a la Inquisición medieval y a la Masonería Liberal, como institución controladora de la opinión pública del siempre confuso pueblo, los datos reemplazan a las personas del mismo modo que el capital reemplaza al trabajo. Los datos son información, pero hasta que no se conceptualizan en el receptor, al modo de las imágenes de los sentidos, no se vuelven conocimiento, y mientras no son conocimiento no son veraces, porque carecen de contexto. Para comprender un enunciado, es preciso conocer el significado de los fonemas que lo constituyen, si Saussure no me corrige, y el significado depende de la acepción que les demos a las palabras, del contexto en el que son pronunciadas. Lo que ocurre con los datos de los medios de comunicación de masas, es que son otros tantos productos de la cadena de mercado, son comentarios vendidos al mejor postor – no testimonios verdaderos, porque la verdad jamás pide precio- cuyo contexto no es otro que el entretenimiento que proporciona una novedad, mezclado con el interés de una determinada opinión en consonancia con los intereses de la opinión dominante en los poderes públicos. Ocurre que hoy en día un hijo tiene más en cuenta un comentario que ha escuchado en televisión o que ha leído en internet que los testimonios de su padre o de su abuelo, que nunca lo perjudicarían, y por esta conducta la tradición es desplazada en pro de la novedad, cuando la tradición es costumbre probada con la autoridad que le da el tiempo, y la novedad es una hipótesis aún no verificada. No nos apercibimos de que los cantos de sirena de la murmuración son escollos para nosotros hasta que naufragamos en ellos.

  • ¿Has oído, Chris?- interrogó la mujer mientras jugueteaba con el mando a distancia del televisor- ¡Eso sí que es hablar! Da gusto escuchar a un hombre que sabe exponer las cosas, que te seduce con su conversación. ¡Dios mío, y aún hay quien dice que es usted feo por tener un solo ojo! ¡Qué barbaridad!- y guiñando el suyo izquierdo, añadió explícita como una colegiala- Sería capaz de hacerme olvidar a Brad Pitt…

  • No sé nada de los Pitt- se justificó Don Megalonio- ni menos de la política británica, aunque considero que Gran Bretaña no tuvo mejores Catones que padre e hijo. Si Pitt el Viejo se equivocó con la aprobación de la Ley del Timbre en 1766, la cual aceleró la Independencia de América, tuvo el acierto de ser nacional e insular, inspirando la doctrina Monroe allende el Atlántico y la doctrina Thatcher en su patria. En cuanto a Pitt el Joven, no fue tan valeroso como Catón de Utica, pero más eficaz en política, si cabe, que este, como demuestran su aprobación del Acta de Unión en 1800 por la que se constituyó el Reino Unido y el fortalecimiento del primer ministerio. Supongo que usted se refiere a Pitt el Joven, aunque no se llamaba Brad, sino William, como su padre; y en efecto, las reformas que acometió son difíciles de olvidar…

Doña Kate insinuó una sonrisa de actriz, procurando que no se adivinase su confusión. Chris fumaba en un rincón a la orilla de las conversaciones, como si no le importase absolutamente nada; parecía acostumbrando a dejar hablar a su mujer hasta que se cansase. Su actitud despreocupada y su atuendo en chándal de poliéster evocaban los penates del hogar, pero su actitud pasiva desmentía la de un padre de familia, más bien parecía un extranjero en su propia casa. Doña Kate encendió la televisión y sintonizó un canal de concursos frívolos con presentadores que recordaban a los agentes de seguros, rigurosamente bien vestidos como petimetres aduladores, jóvenes y bellos, estereotipados, versátiles, pitucos, comerciales, aburridos. O eran certámenes en los que se ganaba mucho dinero, aunque solo fuese de viva voz ( “A million dollar, baby”) y se exhibía gente de la calle y algún conocido habitual de la pantalla cuyo único mérito era el tener la suficiente desvergüenza como para hacer el bobo, a lo bufón de Corte, varias veces por semana; o eran entrevistas de prensa rosa sobre la vida privada de algunos ricos y aventureros sin escrúpulos que se prestaban al juego de revelar sus ridículas intimidades por un puñado de dólares. Esta vez, el programa tenía por tema principal la llegada de Don Megalonio y de Marcelo a Nueva York, la edición de sus biografías por Don Literano y sus presuntas relaciones con la policía de los Estados Unidos. Varios individuos pertenecientes a diferentes clases sociales, elegidos de entre la multitud alevosamente, testimoniaban en público que habían visto y tratado a los dos figurones, y con vanidosa flema y aparentando solemne continente, como en los funerales y en los comicios, revelaban inventados secretos con una máscara de bordada naturalidad. Una ama de casa juraba haber visto a Don Megalonio en un supermercado “comprando yogures de sabores de marca blanca”- “cuando yo vi de espaldas a una especie de mastodonte erguido” comentaba la ciudadana, “con las manos peludas en el refrigerador imaginé que se trataba de alguna animación de Disney, pero cuando me miró con su enorme ojo de fábula me desmayé y soñé que me perseguía para comerme en la cocina de mi casa”-, un notario comentaba que había acudido a su despacho para autenticar una firma de un contrato de venta de inmuebles – “tenía un trazo un tanto sinuoso, y sus dedos eran largos como los de un director de banco; me preguntó si estaba todo bien cuando le puse el sello, y yo no me atreví a decirle que no”-, un médico de cabecera aseguraba haberlo visto en consulta alguna vez en la vida –“como tengo tantos pacientes”, se justificó orgulloso de su prestigio profesional, “no puedo recordar a todas las celebridades a las que firmo una receta”-, un estudiante de ingeniería aeronaval lo reconoció en un profesor de facultad – “y explicaba bien”, asintió convencido, “pero cuando impartía geometría de ángulos, ensayaba unas poses tan estrafalarias con su cintura de cabestro que todos los alumnos nos partíamos de risa apreciando su movimiento ondulatorio; y puesto que solo tenía un ojo, no podía vigilarnos con el rabillo del otro”-, un conductor de autobuses lo había conocido en una parada en la que se había bajado todo el mundo cuando él hubo subido, etc. Sobre Marcelo también corrían rumores: se decía que era posible que hubiese pertenecido en el pasado a una célula terrorista que había actuado en Israel, Siria, Líbano y Corea, y cómo no en Kuwait, en Iraq y en Afganistán; tendría contactos con la mafia italiana, con los grupos paramilitares de Colombia y Venezuela, con la Mano Negra reorganizada de Serbia, con sectores alienígenas rebeldes al Derecho Internacional del Espacio, con el espectro de Kennedy y con el sonajero del Preste Juan, y era probable según las estadísticas de que supiera más de lo que decía, de que no fuese un niño sino tal vez un enano ateleiótico o acondroplásico, y de que sus salidas verbales fuesen dictadas por algún apuntador muy inteligente. Hastiado de tanta estupidez circense, y motivado por la carta que tenía que escribir, pidió retirarse al escritorio para ponerse manos a la obra. Doña Kate le ofreció un buró de palo de Brasil, con estilográficas y bolígrafos de todos los colores del arco iris. Tomó un bic de tinta azul al modo de la más hiriente y justiciera de las espadas, a juego con el color de su sangre, de la cepa del patriarca Adán, y redactó una de las afortunadas epístolas de la historia de la literatura – a cuya nomenclatura ecuménica hace alusión el latín littera, esto es, carta- que hizo sonreír de satisfacción a San Pablo y que enterneció profundamente a Séneca, forjadores de este género, y que dejó absortas a las almas angelicales de los Padres de la Iglesia y a los espíritus viriles de los Padres Fundadores de América, dando qué decir a los romanos y sorprendiendo a los enrevesados griegos, respetando el orden y la pulcritud de los chinos confucianos y la retórica astronómica de los indios precolombinos. Callen las constituciones, sean imperiales o democráticas, calle la Carta Magna inglesa de Juan Sin Tierra y el cartismo obrero, la Carta del Pueblo de 1838 y la Carta di Lavoro de la tiranía fascista inspirada en en el control de la industria maquinizada, callen asimismo los memoriales de Corte, porque ni Colbert ni Mazarino, ni Olivares ni Oliveros dieron a sus monarcas consejos más puntuales que los que el niño Marcelo dio a su César, al Presidente de los Estados Unidos de América. El sabio Literano ha querido insertar la carta en el cuerpo prodigioso de esta historia para dar ejemplo de estilo a los estadistas, y tuvo pena de no haber empleado tinta de oro para transcribirla. Dice así:

Washington, a 2 de julio de 2008

Muy señor mío Presidente,

Supongo que se sorprenderá de que le escriba estas líneas un tanto torcidas de la presente, pero no he tenido más remedio que hacerlo, porque como no hemos concertado cita todavía para conocernos, y en el día de mi llegada, que fue hoy de mañana, estaba usted de visita en las colonias -¡oh, disculpe, se me fue la pluma!- quiero decir en el extranjero, pues no pude intercambiar unas impresiones con usted verbalmente, y el portero de su mansión sabía tanto de política como un canto rodado del Mississippi. Pues eso, que lo que quiero decirle es algo absolutamente sencillo y por lo mismo verdadero, que toda la verdad es sencilla y debe decirse llanamente, sin tapujos, como le digo yo las cosas a mi papá o mi papá me las dice a mí, puesto que el orden de los factores no altera el producto. Usted tiene mucha suerte de ser un emperador – ¡ah, disculpe otra vez las jeremiadas de esta pluma desobediente!- quiero decir un jefe de estado de un Estado que vale por los tres de la materia física que definió Lavoisier, porque es a la vez sólido en sus leyes, líquido en su economía y vaporoso en su bienestar, que se expande en propaganda por todo el universo global de las telecomunicaciones estridentes como graznidos de urraca – aclaración: he tratado, académicamente, de emplear el símil del ruiseñor, pero no me pegaba ni con cola en lo que quería decir- y un así de lunáticas aparte de estridentes, porque no dejan de estar amparadas en satélites. Tiene usted mucha suerte de gobernar, aunque sea como máximo por dos legislaturas seguidas según la enmienda 22 de la Consti – he usado abreviatura propia, quise decir Constitución-, pero ya lo sabe, la fortuna es tan voluble, al decir de los clásicos, cual una voluble rueda que gira y gira en torno al eje diamantino de la Naturaleza. De esta manera y no de otra, la virtud romana de la república se convirtió en el vicio del imperio, y de esta manera la “pura, incorrupta, no adulterada ni contaminada” república federal estadounidense de la que habla Jefferson está volviéndose una garra de hierro del despotismo imperial, porque es el capital, y no el ejército, el que hace los imperios. La tiranía y la democracia son dos sistemas políticos que se suceden – disculpe la digresión; es que me salió la n napoleónica, con el rabo largo como el del zorro de Maquiavelo-, corroborando a Platón, hasta el final de los tiempos. Solo dos principios a mi modo de ver gobiernan la actividad humana: el uno es el ideal y el otro es el interés, el uno es el amor al ser humano y el otro es el interés, el uno es el amor al ser humano y el otro es el apego al lucro. El primero adquiere los estados, los títulos y los honores, y el segundo los pierde cuando se cae en el acomodamiento de la herencia de los antepasados sin voluntad de devolverles la vida a sus titulares. Cuando uno de estos dos principios, siempre en pugna, vence al otro, se adueña del individuo y de la sociedad a la que pertenece de modo exclusivo e insolidario, pues estos dos señores son incompatibles entre sí, como los del evangelio. Esto lo sabe hasta un niño como yo. Entonces, ¿por qué la colectividad no se hace cargo de acordarse de esto, caramba? Pues porque la droga del bienestar – ¡oh, sí, no se escandalice por este término tan antiguo como el hombre!- tiene a la sociedad convaleciente, cansada y adormilada, le roba las ideas y solo le contagia modorra. Séneca decía que lo que la fortuna no da tampoco lo quita, y lo que no da la fortuna es lo que depende exclusivamente de nosotros mismos, que es el ser perseverantes en la virtud para que su alegría nos conduzca a todas las victorias. También decía que la grandeza de Roma – que Mommsen definió como prototipo de nación en sus tres fases de desarrollo- residía en su valor, y que las riquezas anexionadas de la conquista eran patrimonio de vencidos, y que ese patrimonio de vencidos, seduciendo al valor republicano durante la época imperial, estaba conquistando Roma. Fíjese: yo tengo la teoría propia de que la decadencia de Roma comenzó cuando fue destruida Cartago, de cuyas cenizas fueron modelados los anfiteatros que obnubilaron la mente del pueblo. Ya en los tiempos de las Guerras Púnicas, Roma dejó de ser una nación libre, iniciando una carrera armamentística y expansionista que proyectó la imagen propagandística de César como el caudillo glorioso, derogador del pasado, como el Gran Hermano de Orwell, en definitiva, como el Emperador, un general que sustituyó las ideas por las armas y el dinero por la religión. En Estados Unidos ocurrió algo análogo con la colectivización de la industria en 1917, surgida en Rusia; voy a utilizar la palabra exacta- le ruego que no se asuste-, con el comunismo soviético. Porque cuando se repartieron las tierras de Rusia, esta se convirtió en un imperio expansionista que ponía en peligro, como Cartago, los intereses de esa Roma que era Estados Unidos. A consecuencia de este ataque, Estados Unidos se desarrolló internacionalmente como la potencia económica que es hoy en día, inició una carrera tecnológica mucho más acelerada que las anteriores durante la Guerra Fría, y hasta la caída de Cartago – de Moscú en 1985- se fue apoderando progresivamente del control del mar de los transportes y las telecomunicaciones, de ese mare nostrum del mercado, calzada dorada, sistema nervioso de los intereses del mundo. Una vez que, en expresión de Catón ( “Dellenda est Carthago”), y en la de Churchill (“Ha caído el telón de acero”), Roma –digo Estados Unidos- comienza a atiborrarse de infeccioso lujo, cáncer que se apodera de los órganos vitales de los poderes públicos, y así mire si Ronald Reagan no tiene planta de Majencio tan gastador y pródigo como lo fue –disculpe la redundancia-, si Nixon no hizo el papel ridículo de perdedor en una guerra que no le iba ni le venía y que tantas bajas humanas causó como fue la de Vietnam del mismo modo que lo hizo Valeriano en la guerra contra los partos hasta ser capturado – ¡vergüenza para un romano!- por el bárbaro enemigo de forma ignominiosa, si ambos Bush no trataron de encumbrarse en su orgullo nacional con las pataratas belicistas de la Guerra del Golfo y la de Afganistán que fueron tan útiles como las campañas de los Valerianos contra Edesa, si Clinton no imitó la pusilanimidad de Claudio, etc. Por eso ahora, si usted, que promete ser un Nerva y que tiene, como Lincoln, algo de emancipador, no lo remedia, ya vislumbra mi sibilino ingenio una crisis económica, social y moral ante la cual la del 29 es una hormiga apenas. ¿Qué queda de aquel entusiasmo del vate demócrata cuando declamaba:

Me celebro y me canto a mí mismo

y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,

porque lo que yo tengo lo tienes tú también

y cada átomo de mi cuerpo es también tuyo?

En los tiempos actuales confesaría:

¿Cuáles son tus méritos, América?

Atienda bien a lo que voy a decirle y no ponga esa cara de búfalo del otro lado del papel, que mi inocencia lo está viendo, le digo que sí. Yo no seré como esos críticos endémicos y pestilentes que acusan a los demás de lo que son ellos, que tiran la piedra y esconden la mano, que se inventan problemas y no aportan soluciones. Es tiempo de mirar por los derechos de los más pobres y necesitados, de los verdaderos padres de la patria, de los indios, quienes todavía conservan el recuerdo del Sendero de las Lágrimas. Y usted podrá objetar:

  • ¿Qué educación tiene este estadista para meter el dedo en la llaga de la Icaria Estadounidense si ni asistió al colegio ni cursó plan de estudios en país alguno?

Déjeme que le responda como los grandes pioneros:

  • I am a selfmade child ( Yo soy un niño hecho a mí mismo).

He recorrido un hemisferio del mundo y me queda por recorrer el otro en compañía de mi papá, así que bien sé dónde me aprieta el zapato. He conocido en primera persona las justas reivindicaciones de los auténticos titulares de las tierras que les fueron arrebatadas, los intérpretes del espíritu de América, los patricios de este Lacio al que la ilustración periodística ha querido llamar salvajes. Estos son los mártires del Nuevo Mundo, como los primeros cristianos lo fueron del Viejo. Ellos conocen el espíritu de esta tierra en la que la esclavitud de la raza blanca contra la negra, de los hijos de Jafet contra los de Cam, se derogó hasta hace bien poco. Solo ellos son dueños del porvenir, porque solo ellos conocer verdaderamente el pasado. ¡Ay, ay, ay, no quiero acordarme – menos mal que yo he nacido en otra época y en otras latitudes- de las guerras que desde 1830 exterminaron a la población indígena del Oeste! Únicamente durante la división de la casa – quiero decir durante la Guerra de Secesión- se detuvo el exterminio. ¿De qué sirvieron las alianzas del Fuerte Laranne con los sioux, los cheyenne y los arapajós? Y cuando estas tres tribus se unieron, ante el incumplimiento de los tratados, para atacar el regimiento del general Custler en Little Big Horn en 1876, los colonos repetían las calumnias del general Sheridan, impío que se atrevió a afirmar: “El único indio bueno es el indio muerto”. Después de las últimas escaramuzas de 1889, los sioux y su jefe Sitting Bull fueron exterminados en 1890; este fue el precio de la libertad y del progreso de la industria y del comercio que tanto beneficiaron a la Standard Oil Co. de Rockefeller, a la banca de los Gould y de los Vanderbilt, a los rascacielos Sullivan de 1885, a los frenos de aire comprimido de Westinghouse, a los vagones refrigeradores Pullman, a la desgranadora de algodón de Whitney, y a los ferrocarriles del Oeste cuyas mercancías fueron traducidas en billetes y monedas en los bolsillos de los millonarios, desde la fundación de la Union Pacific a la de Microsoft. Sí, amiguito presidencial, no hay mejor cuento que la historia; ella es, como dejó dicho Cicerón, “la maestra de la vida” y, en las palabras de un ingenio español, “si no avanzamos recordando, tropezamos”. ¿Acaso ha servido la masacre y el genocidio – sí, vamos esgrimir el mot juste- de los indios de América para que las instituciones tuviesen en cuenta sus intereses, considerablemente más legítimos e improrrogables que los de las operaciones bursátiles? ¡A esto llaman progreso, a pasar por encima de los deberes que tenemos con la tierra y con el hombre como su heredero, el cual, en términos kantianos, nunca debe ser tomado como medio, porque es un fin en sí mismo! ¡Que avancen las máquinas de la codicia en tanto el hombre y la palabra – su justicia política y social- retroceden! Quo usque tandem abutere, Machina, patientia nostra? ¡No quiero decirle qué pasaría si Adams, o cualquier otro padre fundador, levantase la cabeza! Precisamente los que afirmaban que las guerras previas a la Independencia Americana serían “por lo menos una buena lección para la humanidad”. ¿Qué es un indio, un pedazo de paisaje o una persona? ¿Qué es una persona, una parte del mundo o un mundo en sí mismo? A los que se les ocurra citar a Hobbes en este caso –“el hombre es un lobo para el hombre”- los corregiré casi como un Gracián o un Bartolomé de las Casas, porque no hay lobo ni coyote ni raposo cuyos instintos fieros no sean caricias en comparación con la violencia destructora de los diseñadores de cadalsos, de horcas, de guillotinas, de patíbulos, de cárceles, de tormentos, de bombas atómicas, de cañones y artillería, de fusilamientos, de crucifixiones, de mutilaciones, de crímenes contra inocentes, de perfidias, de traiciones, de engaños, de ingratitudes, de devastaciones, y no sé usted, pero yo a veces, como Reynaldo Valinho, veo más humanidad en un oso que en un hombre. Alguno pensará: “¿Y qué tiene que ver Estados Unidos con todo esto? ¿Acaso se le acusa de los crímenes de los egipcios, como si no hubiese más espacio ni tiempo?”. Yo le respondo: “El árbitro de la política internacional ha de ser, ante todo, juez de sí mismo y dar ejemplo de conductas buenas conforme a derecho, al derecho de todos, no solo de algunos, quiero decir”. ¡Vaya, gárrula pluma que tanto has dicho! No quiero que esto parezca una apología, no tengo intención ni necesidad de defenderme, porque, ¿acaso la inocencia necesita defensa? Y a los ocho años supongo que se es inocente. Tampoco quiero que la presente parezca una acusación ni una encíclica, solo la petición de un niño por un mundo mejor, porque el mundo puede ser mejor, el mundo es como un niño que crece, y puede hacerlo para bien o para mal. Bueno, le dejo porque me está entrando hambre y esta necesidad es improrrogable – “pulvis es et in pulvem reverteris”-, es condición humana y llamada a la conversión y a la penitencia; con la cruz de esta necesidad fuimos bautizados. ¡Ojalá, ruego al Dios que todos llevamos dentro, que a usted le entre hambre y sed también, pero de justicia, y que sepa dar testimonio de la verdad allí donde se encuentre, por ejemplo, en la presidencia de los Estados Unidos! Creo que ya he hablado bastante, ¿no? Un abrazo a la nación y a sus habitantes, para esto sirve la literatura. Besos, besos, besos otra vez.

Firmado

Marcelo Megalony

PD: Déle saludos, besos y achuchones a su mujer y a sus hijas, a las que no he visto, aunque apuesto a que están de muy buen ver. Abrazos de nuevo; todavía queda papel.

Terminada la epístola, Marcelo la dobló cuidadosamente en cuatro partes, la introdujo en un sobre que cerró con la ayuda de su saliva y escribió en el dorso: “Para el Presidente, de un amigo estrecho de Ultramar, ciudadano intachable y de antigüedad acreditada”. Consideró que no sería necesario sello, ese taxativo invento de 1840, para la expedición, puesto que la carta había de ser entregada en mano. Hecho esto, aspirando una bocanada de su diuturno triunfo, colocó los brazos detrás de la cabeza y soñó, como un enciclopedista de la Ilustración, con cambiar el mundo desde su despacho.

Don Megalonio, por su parte, en el salón de visitas donde la mesa aún no había sido recogida, no se cansaba de registrar en el archivo de su memoria los movimientos de aquella familia virtual – “buena gente”, consideraba, “se acabarán queriendo de verdad”- de aquel matrimonio sport, sin responsabilidades, cuyo único vínculo era la afición común por los dinosaurios. Como todas las conversaciones terminan en materias personales, y la curiosidad de doña Kate se desvivía por la paleontología, la línea de debate se desvió hacia la atractiva forma del cráneo de Don Megalonio, de figura trapezoide, y en ese contexto comenzaron las sospechas sobre un posible eslabón perdido.

  • ¿Y asegura usted que la raza de los cíclopes existe todavía? ¡Oh, qué maravilla!- se extasiaba doña Kate acariciando el pocillo de café- Es una estirpe humana mucho más apasionante que la de los maoríes o la de los pigmeos. Tiene algo de mongoloide, pero además de su patente gigantismo, la característica de la convergencia ocular resulta sorprendente. ¿Tendría usted el gusto de presentarme a su familia cuando vayamos de visita a Sicilia? ¡Cuánto daría por conocer a una mujer cíclope! ¿Podría conversar con su señora madre?

  • No está ya entre nosotros- aseveró Don Megalonio con la mirada fija en la pared.

  • ¡Oh, cuánto lo siento!- se excusó doña Kate- ¡No sabíamos nada! ¿Verdad, Chris?

Chris asintió.

  • No se preocupe demasiado- la consoló Don Megalonio- Es ley de vida y destino natural del hombre, así como de todos los elementos del jardín del hombre, que es este mundo. El sueño es un recorrido hacia el despertar.

  • ¡Qué bonito dicho así! ¿No es verdad, Chris?- volvió a preguntar doña Kate.

Chris volvió a asentir, y de esta vez arqueó las cejas.

Lo sorprendente y extravagante de la escena no es para el cronista de esta historia, el cual también es persona para opinar, la visita de un cíclope a un hogar de Washington, es la posibilidad de que un matrimonio sin vínculo como este pueda permanecer unido. Como Don Megalonio siempre fue discreto y asertivo, tolerante cual Locke o D’Hospital y manso de corazón cual debiera de ser un buen cristiano, y como confiaba en que el tiempo daría solución lo mismo que otras veces a este nudo gordiano, ocultó en un monólogo interior sus prudentes reflexiones, pero no las ocultó tanto que quedasen escondidas al historiador que traduce al lenguaje lo extraordinario de esta vida, que es al mismo tiempo lo extraordinario de todas las vidas: “La esencia natural de un matrimonio es la de una alianza entre dos personas de caracteres emocionales opuestos combinados para un mismo fin, que es la prolongación de la vida y la renovación social por medio de la filiación y la educación de su familia. La familia es un grupo de personas con vínculos de sangre o de afinidad que se educan y se ayudan entre sí. La primera ley de convivencia se aprende en la familia. Ahora bien, cuando las relaciones humanas se tornan excesivamente sedentarias y se mercantilizan las emociones en los núcleos urbanos, se acentúa el individualismo y la secesión entre los sexos, origen de insatisfacciones, de incomprensiones y de incompatibilidades entre la gente. El abismo entre un hombre y una mujer es el prejuicio social, la mala interpretación de las relaciones humanas. En las grandes metrópolis, cuyo modelo es la sociedad industrial de consumo norteamericana, el ser humano se torna asexual, porque pierde la referencia de los comportamientos espontáneos de la naturaleza, el hombre no sabe ser padre y la mujer no aprende a ser madre. El interés económico disuelve la cohesión de las familias, las desvanece sustituyendo los comportamientos naturales, de los que derivan los principios morales, por conductas comerciales sustentadas en un hedonismo económico, en un capitalismo desarrollado más allá más allá de las necesidades de las personas. Los bienes del mundo están para ser compartidos, porque únicamente compartiéndolos en sociedad se disfrutan. Cuando surgen necesarios conflictos derivados de la competencia, deben resolverse conforme a la religión y a la moral, columnas de la ley, pues no hay ética sin fe, ya que cada cual apoya su razón en el báculo de un proyecto futuro, de una esperanza , y esto es la fe, una creencia en algo que se presiente, como un nacimiento. Tomando un símil histórico, el prejuicio entre los sexos acentúa su secesión, del mismo modo que el esclavismo provocó en 1861 el conflicto entre los estados industriales del Norte y los coloniales del Sur en Estados Unidos. La vara de la ley equivale a la frontera en los 36º 30’ de latitud entre los dos modelos sociales que no pudo evitar el enfrentamiento. El legislador tampoco puede moldear a la sociedad si no cambia la forma de vida. Si la casa está dividida, únicamente la razón apoyada en la fe puede unirla, sustituyendo los placeres del consumismo por la felicidad del trabajo bien hecho, porque no hay entretenimiento como el trabajo ni actividad que perfeccione tanto al ser humano y tanto lo satisfaga cuando va dirigido a un fin honorable. No obstante, Dios proveerá”.

El peludo pensador estaba concluyendo su argumentación cuando Marcelo entró en el salón, todo ufano, con un sobre.

  • ¿Ya has terminado esa tesis, amigo?- lo interrogó Chris, aquel “Angel in the House” tan lacónico, al que solo le faltaba hablar de vez en cuando para ser un marido perfecto.

  • Sí- anunció Marcelo caminando militarmente, como un oficial de la brigada ligera- Creo que ya he dicho lo suficiente – y arrojándose a un sillón art decó de color amarillo Utrecht, añadió- Es necesario combatir por la cultura. No son la patata, la vacuna y la paz los que mejoran el nivel de vida, sino la unión en la verdad, porque la unión hace la fuerza.

  • ¡Bien dicho!- apostilló doña Kate- ¡Qué suerte tengo de que tan ilustres visitantes se alojasen en mi casa!- Tomó en las manos el sobre de Marcelo y lo acarició con femenina curiosidad- ¡Cuánto daría por saber lo que hay escrito aquí dentro, pero los secretos de Estado no deben ser revelados!

  • No hay nada que esté oculto que no haya de saberse – comentó Marcelo con las piernas cruzadas en actitud de gimnosofista- pero todo ha de revelarse a su debido tiempo. ¡Uf! ¡He sudado considerablemente al escribir esa carta! ¡No creo que el papa Pablo VI se viese en tal apuro cuando redactó la constitución “Gaudium et Spes”! ¡Como no cambie el mundo después de esto voy a reclamar una cuantiosa indemnización por daños y perjuicios, pero que sea otro quien me escriba la carta!

El Cíclope y su hijo pasaron el resto del día en el chalet de aquel matrimonio desigual que, si no era secreto como el de Bertati, no tenía menos de cómico. Don Megalonio durmió tendido sobre diez colchones sin somier, y fueron necesarias quince sábanas y doce mantas para arroparlo. Antes de conciliar el sueño, rezó en su interior por el destino del matrimonio que lo recibiera en su casa, del matrimonio que retrataba mejor que ninguna marca comercial la sociedad consumista norteamericana, para que alcanzase el mejor fin posible, la crianza y educación de un niño, principio humano que restaura el mundo, y que tiene como referente el comportamiento instintivo de las especies animales.

A la mañana siguiente, nada más despuntar el sol –las 8:30 marcaban los números rojos de un reloj digital de la cómoda- los héroes de esta historia de historias se despidieron del alegre matrimonio, echaron la carta en el buzón de la Casa Blanca y partieron en peregrinación rumbo al Oeste. Detrás de ellos quedaba el Capitolio o Capítulo de Estados Unidos, con su cúpula de 90 metros de altura, la Casa Blanca, con sus seis plantas y sus 5100 metros cuadrados, con sus cámaras Verde, Azul, Roja y Blanca, cuya primera piedra fuera puesta el 13 de octubre de 1792 y cuyo coste de obra había alcanzado en su época los 232371’83 millones de dólares; a sus espaldas quedó el Pentágono, el Potomac de aguas no muy límpidas, la Plaza de Kennedy, la National Gallery, el Tribunal Supremo, la Biblioteca del Congreso, los monumentos a Washington, a Jefferson, a Lincoln y al Soldado Desconocido – tan análogo al altar del dios desconocido que San Pablo vio en Atenas-, las universidades de Washington y Georgetown, el paseo y el jardín botánico, el Trinity College y la Inmaculada Concepción, la Universidad Católica y los parques de Rock Creek y Anacostia.

Durante la jornada de viaje desde Washington hasta la célebre Lexington por la autopista, un tanto descuidada por los montículos de arena que el viento de los tornados había depositado sobre las líneas blancas, Marcelo se aupó sobre los hombros de su padre, pues la marcha, aunque condecorada por bellos paisajes de montaña, se estaba volviendo demasiado fatigosa en numerosos tramos para un niño de tan tierna edad, e incluso – de no ser por el hábito trinitario del pelaje de Don Megalonio, una pulmonía, una bronquitis, una neumonía, una pleuresía o una gripe hubieran visitado su delicado organismo- la acusada diferencia de temperatura entre el día y la noche tan característica de los climas de interior estaba poniendo en jaque la resuelta expedición de los dos sicilianos. Cuando algún conductor desprevenido, algún camionero o algún viajero sin rumbo – la hora y el lugar generalmente invitaban a lo sobrenatural y la superstición y la presencia de los aullidos de los coyotes acentuaba el asombro- tropezaban con la visión apocalíptica de aquel gigantesco Apollyon de terciopelo negro con un menor de edad a la espalda cual si de una figura onírica se tratase, pisaban el acelerador con tanto ímpetu como si en ello les fuese la vida. Bastante más condescendientes con el viaje a pie del Cíclope con su hijo a cuestas- visto por la espalda se asemejaba considerablemente a un blemio de Etiopía, ese humanoide sin cuello y con la cabeza a ras del lomo que describen las Crónicas de Nuremberg y los tratados de Plinio- eran las águilas reales y sus hermanas de cabeza blanca, guatas flotantes que festoneaban la cúpula añil del cielo en las proximidades de Kentucky. El viento del Oeste sedimentó algunas nubes con figura de castillo de espuma que, calentadas al sol, pronto se cargaron como pilas y se encendieron de relámpagos. Comenzó a llover reciamente en las zonas cubiertas por la sombra de las nubes. Marcelo se guareció bajo el pelaje sedoso e impermeable de su padre, asiéndose con los brazos y las piernas a su vientre como hace la cría del perezoso, o como hizo Ulises- no el de Tennyson, sino el de Homero- con el carnero de la fábula, para huir de la furia de otro Cíclope no tan filántropo ni tan sociable como aquel del que se ocupa esta historia. Buscando un refugio a la implacable intemperie, se les ocurrió hacer escala en lo que semejaba una antigua estafeta de correos, una aduana o una casa de posta, y que no era más que algo tan lírico como una gasolinera. Acercándose a los depósitos de gasolina puso Don Megalonio su enorme mano sobre una de las mangueras creyendo, confundido por la oscuridad y los truenos, que se trataba del teléfono desproporcionado de una cabina. Nada más descolgar el presunto auricular, una atiplada voz de mujer dijo en inglés: “Está usted repostando combustible ecológico diesel sin plomo”.

  • ¿Haló?- preguntó Don Megalonio llevándose el auricular a la oreja derecha como un actor de cine, y no obteniendo respuesta, agregó- Estos monicacos de las telecomunicaciones no saben ni responder cuando se les pregunta.

  • Tengo frío- se quejó Marcelo- Quiero ir a dormir.

  • Ahora mismo, hijo- confirmó el padre escurriéndose los cabellos empapados- Vamos a buscar un catre, un jergón o una yacija cualquiera. ¿Quién va? ¿Está este santuario abandonado? Juraría que hemos llegado al templo de Rashomón.

Los relámpagos dibujaron el escaparate vítreo de la tienda de comestibles. Los artículos se disponían en anaqueles flanqueados por pasillos, como en las grandes superficies, y detrás de un mostrador negro, al lado de una caja automática, vestido con una sudadera del mismo color naranja Nassau que el logotipo de la empresa, un hombre temblaba. Al verlo, Don Megalonio repuso:

  • Parece que hay alguien ahí. Una tímida luz lo delata. Diríase un hijo de Adán muy asustado. Seas espíritu del bien o genio maldito, traigas auras celestiales o rachas del infierno, sean tus propósitos malvados o benignos, tu aspecto tanto mueve a preguntar que voy a hablarte.

Y dio unos pasos hacia el escaparate de la tienda a modo de sonámbulo, se agachó para no golpearse la frente contra el dintel y entró en el recinto débilmente iluminado por una linterna a pilas que descansaba encima de la mesa y que lo enfocaba directamente como un cañón de teatro. Los relámpagos, efectos especiales de la tempestad blandidos desde el Olimpo de las Nubes deshecho en lluvia, no cesaban de sucederse seguidos de rachas de viento de grado siete según la escala de Beaufort, perfilando la contundente silueta corporal de Don Megalonio, grabando en el aguafuerte de la noche su ancha espalda de gorila y su cintura de diámetro francamente largo. La sombra de Marcelo, aumentada por la luz oblicua, hacía retroceder a los ratones, evocando el torso agrandado de Till Eulenspiegel, el célebre mariscal flamenco maestro de esgrima y protector de la risa, además de bailarín de rondó:

– ¿Quién va?- preguntó con valentía Don Megalonio con el aplomo de Ney en Austerlitz o del general Céspedes en Cuba.

Solo el silencio se atrevió a decir algo.

  • ¿Quién va?- volvió a preguntar mientras miraba bajo el mostrador. Un inquilino yacía en el suelo con la cara vuelta a las baldosas y el cuerpo en posición fetal. Era el empleado. Un temblor emotivo recorría sus miembros desde la coronilla a los talones.

  • ¿Eres hombre, tú que pareces el embrión de un pigmeo? ¿Posees el don de la palabra por la que el mundo fue hecho o perteneces a la raza de las criaturas que miran al suelo?- lo interrogó despacito Don Megalonio, tan despacio como tenía por costumbre firmar el célebre Le Tellier, ministro de guerra de Luis XIV y varón pacífico donde los hubiere en tiempos antiguos y modernos.

Un balbuceo diatónico – así debió sonar por primera vez la Creación del Mundo, lo que los mitólogos actuales denominan big-bang- se elevó de la nebulosa artrítica y cobarde de aquel cuerpo humano contraído o, para los que prefieren la abstracción, de aquella contracción humanizada.

  • Está claro que no es hombre ni puede serlo- apuntó Marcelo saboreando unas patatas fritas de bolsa- Si hubiese una posibilidad remota de que lo fuese, se habría levantado, porque los muertos no tiemblan, que yo sepa.

  • Oye, ¿quién te ha dado permiso para coger esa bolsa de patatas? ¿Sabes lo que es el derecho de propiedad?- lo regañó su padre imitando el pragmatismo de Karl Rahner, Yves Congar, Karl Barth, Francisco Suárez o cualquier teólogo, que creen más en su doctrina que en Dios.

  • Tenia hambre- se justificó el niño- Y también tenía miedo. Comprenderás que me hacía falta medicinarme, si es verdad lo que afirma Hipócrates: que el alimento es tu medicina y la medicina tu alimento.

  • Pueden llevarse todo lo que quieran- se escuchó un gemido articulado, el hilo de voz del valiente que perseveraba acurrucado bajo el mostrador- Pero váyanse, váyanse, por favor. Les juro que me estoy cagando.

  • ¡Aleluya!- bromeó Marcelo- ¡El feto acaba de hablar! ¡Un niño nos ha nacido!

  • No frivolices con asuntos relevantes- lo aconsejó su padre- Pareces un inquisidor. Y deja esa bolsa de patatas donde estaba, y no traslades su contenido a tu estómago, que nadie te ha dado permiso para hacerlo. En fin, caballero- se dirigió al empleado- ¿Puede usted levantarse o necesita ayuda para andar todavía?

Evocando a un cautivo de guerra de Tamerlán, el feto se removió y elevó una cara asustada de individuo de color tan pálido –paradójicamente- como sus propios dientes, y no pudo reprimir un alarido de masai-mara a punto de arrojar su lanza a un león de la sabana, cuando se supo enfocado por el rosetón catedralicio que le pareció el ojo penetrante del juto greñudo que lo miraba sin parpadear.

  • Pueden llevarse lo que quieran…En la caja hay quinientos ochenta y cinco dólares- repetía el empleado negro con los pelos de punta mientras la máscara de obi de su rostro se coloreaba de miedo como la cara de un mandril- Llévenselo todo – volvía a repetir como una grabadora- Pero a mí no me hagan daño. Tengo tres hijos, a algunos no los conozco. Si quieren les enseño las fotos. Se me está cayendo el culo. Hay una caja fuerte en el sótano. Les juro que no sé la contraseña pero les diré dónde está. No tengo nada que ver con el jefe. Si son obreros despedidos, yo no tengo nada que ver con los contratos, no tengo sindicato ni mutua. Nunca he tenido abogado. Se me está cayendo el culo.

Durante todo el parlamento, al empleado le temblaba el cuerpo desde las rodillas y su frente sudaba y brillaba a la luz de los focos del techo cual la de un enfermo de septicemia.

  • Tranquilícese, valeroso vélite- lo refrenó Don Megalonio poniéndole su enorme mano abierta en la espalda- ¿Quién le ha dicho que venimos a desvalijarlo? No tiene por qué defenderse de nosotros con esa bravura.

Se escuchó una fuga de gas bachiana, repentina y sorda, atenuada y reprimida que interrumpió la conversación. Don Megalonio detectó el acontecimiento y obstruyó con pulgar e índice las aberturas sensibles de sus fosas nasales.

  • Le ruego encarecidamente que vaya usted a reparar el desperfecto- le aconsejó con voz de tenor al empleado en compás de tres por cuatro- Ha tenido un notable escape, se lo aseguro. Detecto, pese a mi estrella, una corriente de criptón atufado o de carbono disuelto en ácidos de putrefacción que me está saludando las pituitarias. Ahora doy cuenta de que sus amenazas eran ciertas.

El empleado se levantó como pudo un codo más y, todavía asustado aunque en cierta manera aliviado por la circunstancia, se retiró con los glúteos apretados al cuarto de baño donde remató la faena a estilo torero, en un intenso encierro antes de salir más ligero por la puerta grande.

  • ¡Se ha…!- no logró concluir la exclamación Marcelo, mientras se echaba la mano a la boca conteniendo un estertor de risa automática.

  • Las fuertes emociones a veces aceleran resultados de este calibre- le explicó su padre con ironía turca, entre la precisión de Baki y la espontaneidad de Fikret, entre la severidad de Hasim y la tierna nostalgia de Halit Ziya, entre la benevolencia de Huseyin Rahmi y la claridad de Ömer Seyfettin o de Orham Pamuk- Así son de imperativas las necesidades. El valor no puede negar los hechos.

Sosegado ya el empleado, y más limpio, se atildó con algunas muestras de vergüenza cortés la sudadera de la empresa, cual soldado bátavo que abrillanta su escudo empurpurado de sangre contraria o propia después de la batalla, y preguntó tratando de vengarse del mal rato que le había hecho pasar:

  • ¿Cómo es que no me avisaron de que eran clientes? Yo no soy adivino…

  • No es preciso demostrar la evidencia, sino probar las acusaciones- respondió Don Megalonio- Lo probable es lo legal y lo natural, pero la cobardía testifica contra sí misma. Viéndome entrar, saludar y dirigirle la palabra con el mismo cuerpo que arrastro por todos los caminos del mundo, sin alevosía alguna, carece de sentido el haberme confundido con el Hombre de Palo de Juanelo Turriano.

  • ¿Qué es lo que quieren?- preguntó el empleado.

  • Alojamiento para esta noche y algo de cena, que vamos de camino- contestó el Cíclope.

  • Este no es un hotel. Es una gasolinera- explicó el empleado- Ni hay habitaciones ni se sirven cenas.

  • Puede ser, no tengo intención de afirmar lo contrario, caballero…- se explicó el Cíclope aclimatando la voz al ruego, como lo haría un santo, pongamos a título de ejemplo a San Romualdo abad o a Santa Isabel de Hungría- Es una noche oscura y tormentosa, húmeda y fría, tétrica y feroz. Si es que hay algo en usted que lo vincule a otro ser humano o, al menos a otro viviente, debería entender nuestra solicitud y solidarizarse con ella.

  • Yo no tengo nada que ver con eso- protestó el empleado haciendo hincapié en el verbo “tengo”, como si en él estuviese cifrado el principio moral, social y natural más importante- Trabajo aquí. No soy el jefe. Hago lo que me mandan. Si no llevan un permiso encima, sepan que está prohibido alojarse aquí ni estacionar vehículos ajenos al negocio. Para menos de mil dólares que cobro al mes, no se me pueden pedir maravillas.

  • ¡Botarate!- se apasionó Marcelo con una rabieta de niño- ¿Qué pasa, para pensar por ti mismo necesitas un permiso o precisas un trasplante de cerebro? ¿Te hace falta que tu jefe te refrende también en el váter?

  • ¡Eh, pequeño Graco! ¡No olvides la educación ni cuando estés hablando con el diablo!- lo corrigió su padre, y dirigiéndose al empleado, agregó- Usted decidirá lo que quiere hacer, pero no se esconda detrás de la máscara de ningún prejuicio. Si su jefe no se halla presente, debe entonces elegir por él. La obediencia no le arrebata la libertad, virtud o cualidad innata y esencial de todo ser humano.

La Tablas Rudolfinas de Tycho Brahé- llamadas así en homenaje a Rodolfo II de Praga- fueron, como bien sabe el lector, la primera aplicación astronómica de los logaritmos que descubriera John Neper en 1614, e influyeron decisivamente en el tratado “De Harmonice Mundi” que Kepler publicó en 1619, en el cual se prueba físicamente la mística conclusión de la música de las esferas, y se deduce asimismo, entre otras cosas, que la velocidad de rotación y de traslación de los planetas es tanto mayor cuanto más cerca se encuentran del sol. Pues bien, como a decir de Leibniz lo infinitamente pequeño se corresponde con lo infinitamente grande según la teoría del equilibrio de los cuerpos en la masa racional del universo, el egregio y agudo biógrafo de Don Megalonio y de su hijo ha querido hacer este excurso para presentar el fenómeno social que se va a desencadenar a continuación. En tanto el empleado de la gasolinera y sus interlocutores se enzarzaban en una discusión moral, la gravitación de la controversia atrajo a dos individuos con la cara tapada por una media que hubiera estado mejor en otro lugar, los cuales empuñaban sendas carabinas de malones, dos culebras metálicas que escupían malintencionado fuego por sus bocas tubulares de oso hormiguero, bocas fiscales que cada vez que hablaban, se cobraban una víctima involuntaria. Marcelo identificó las armas de fuego con fusiles de asalto remington con cargador tan pronunciado que remitía sin desearlo a los genitales de un toro de lidia. Resultaba claro que aquellos dos satélites del vicio habían entrado en órbita con los interlocutores de la discusión y que deseaban hacerse oír en la controversia. Su intervención no tardó en ser pública:

  • ¡Eh, negro de los cojones!- dijo el que parecía más educado, lector asiduo del Galateo- ¡Danos los billetes de la caja y métenoslos en una bolsa amplia o te volamos los sesos!

  • ¿Necesitas gualdrapa o te sobra con una albarda, bastardo de Caco?- lo interceptó Don Megalonio épicamente, separando los hombros cual un héroe del Hamasa de Abu Tamam y al-Buhturi, terror de los doctrinarios y actor de la fe que conduce a la vida- ¿Son esas maneras de tratar a un semejante?

Los dos atracadores dudaron por unos instantes a quién atacar primero, evocando al Fineo de las Metamorfosis, indeciso entre Perseo y su suegro, y uno de ellos, atrevido cual Melanchton, repuso sarcástico a su entender:

  • Aparta del medio y no hables tan alto, especie de Hulk con sotana de greñas, o te ponemos el culo como una celosía.

  • No hay que temer por él- aseveró y puntualizó el aludido con la resolución de la metacrítica de Hamann- Se encuentra en un lugar más eminente que sus vanas cabezas. Sigan este consejo: métanse en la bolsa del dinero y arrójense al mar y se habrán librado de sus enemigos.

  • ¡Eh, Casy, este fulano es el extraterrestre del periódico! ¡Te lo juro, lo acabo de reconocer al hablar!- exclamó uno de los atracadores, emocionado.

  • ¡No me llames Casy, invertebrado! ¿Quieres que nos identifiquen ante la policía, mecachis?- protestó su compañero.

La velada parecía lo suficientemente animada para que sucediera alguna otra efeméride, pero el realismo de la escena fue barrido por un acontecimiento que podría calificarse como milagroso de no ser por la trascendente ironía de su ejemplo, ironía no exenta de gracia divina que tiene siempre una buena justificación, pues el plan divino obedece siempre a un buen fin. En el hueco anochecido de la puerta de la tienda, una voz de mujer hermosa hizo carne un cuerpo angelical aunque ajado por una falda que apenas cabía en la definición de lo generosa y liberal que era, por una apretada rebeca de cuero y por unas botas de ante hasta la rodilla, y que dejaba entrever una partícula de su condición celeste merced a los rayos ondulados de su cabellera color tumbaga cuyas puntas aterrizaban en las abultadas colinas de sus senos ocultos que centraban la vista del observador y exaltaban el entusiasmo de toda hormona viril.

  • Vamos, chicos, que me estoy enfriando en el coche- insinuó la aparecida en mi menor, evocando irremisiblemente el allegro ma non tropo de la obertura de la sonata para violoncello nº1 de Brahms- Acabad pronto, que se me hielan las piernas.

Lo sorprendente era que se estaba dirigiendo a los atracadores. La tempestad de la noche, expectante, había amainado. Marcelo continuaba mascando sus patatas fritas sin atragantarse – estatua de la indiferencia infantil- en tanto las cinco figuras de su alrededor dialogaban cual los cinco sentidos en torno al sujeto pensante.

Un reloj de pared sepultaba los segundos caídos.

  • Señores míos- trató de disolver la confusión Don Megalonio, diligente como el gran Bayer- Tenemos al cordero de mi hijo, a la bestia peluda, a la señorita de Babilonia, a los dos testigos vestidos de saco, a Abaddón a punto de abrir la caja de caudales. Nos faltan los cuatro jinetes de la policía y las langostas asesinas de la prensa para que esto sea el Apocalipsis. ¿Qué más podemos desear que un retrato de Pollock y un peinado geométrico según el método de Philippe de la Hire?

  • Jenny, lárgate al jodido coche- le indicó uno de los atracadores a la mujer de carretera- Estamos atracando.

  • Quédese- le recomendó Don Megalonio- y podrá ver el desenlace.

La generosa chica se apoyó en el marco de la puerta y ensayó un contraposto de modelo con la pierna izquierda doblada hacia delante por la rodilla como un arco indio. Sus ojos azul líquido miraban al frente con resolución, y sus pestañas corvas y bien pronunciadas recordaban a las de Diana de Poitiers.

Con la intención de motivar psicológicamente al empleado atarantado, uno de los atracadores situó el cañón de su trabuco frente a su pecho tembloroso quebrando el sortilegio de la cuarta pared y acortando distancias con el espectador. Temiendo que su cautela no fuera suficiente, aclaró:

  • ¿Me das la guita o te zurzo con plomo los cojones?

Pero antes de terminar la pregunta ya se había adelantado una respuesta de la providencia acorde con la máxima evangélica que confirma que al que pide se le ha de dar. Dos cuerpos cayeron al suelo demostrando una vez más la ley de la gravitación universal, favorable al primogénito de la ciencia, a don Isaac Newton, aunque conocida – al menos en sus efectos atractivos- por el Abraham bíblico y por sus antepasados, quienes, como seres humanos que eran, asimismo supieron tropezar y caer. ¡Oh altiveza humana, así se engríe tu orgullo hinchándose de aire de vanidad científica y epistemológica para flotar imitando a los ángeles de los buenos principios sin tratar de aprender de ellos la virtud, y así te precipitas en la dureza necesaria del suelo, sepulcro de los poderes terrenos que como esqueletos apenas dan testimonio de un recuerdo mineral, de un probable corazón que no supo amar! Es este el único castigo del hombre: caer sobre las cosas que procuró dominar, ignorando que eran de su misma materia, que eran miembros de su cuerpo que no supo sentir ni entender. Y como el sentido de la historia es ser repetida cual lección para un estudiante hasta que su fábula se interpreta en su justo tenor, el acontecimiento de la caída del orgullo – fundamento de todo error- se repitió una vez más en esta circunstancia peregrina. Un golpe seco con el canto de la mano en los occipitales de los bigardos cicateros bastó para derrumbar sus cuerpos mal cimentados en malos deseos, cual una llave de jiu-jitsu o de kárate, o tal vez de judo u otra arte marcial de los ejércitos de oriente acostumbrados a combatir cuerpo a cuerpo según el código nobiliario, arte o técnica corporal que es mucho más que un espectáculo circense de pantallas y de escenarios, que es el reflejo de la mentalidad clásica y natural de los pueblos agrarios del sol naciente cimentada en el equilibrio entre cuerpo y mente, de los pueblos que vieron germinar sus principios morales y que no están acostumbrados al invernadero metropolitano de las finanzas y de las grandes ilusiones de la usura bancaria. A los caídos se los despojó de las medias sensuales que ocultaban rostros traidores a sí mismos, y Don Megalonio confirmó la hipótesis sobre la nacionalidad de los delincuentes, en los que había reconocido las inflexiones del acento holandés. Resultaron ser dos hermanos de sangre y de sociedad, uno más joven que el otro, quien no rebasaba los veintidós años, procedentes de una familia de emigrantes dedicada a profesiones non sanctas y deleznables en cualquier comunidad humana. Se habían especializado en el robo con ganzúa y en los atracos, para el desempeño de cuyas actividades disponían de un título de experiencia en la Universidad de la Vida y de un master de investigación en sustracciones de todo tipo financiado por una beca de otras bandas armadas volcadas en la docencia y formación de delincuentes jóvenes para su presta integración en el mercado laboral, siempre tan precario y cambiante merced a las innovaciones tecnológicas. Marcelo, tieso como un sargento, se encargó de velar las armas incautadas a los detenidos. Don Megalonio confesó al empleado, quien todavía no se había repuesto del susto:

  • Si su voluntad me hubiese advertido de ello, valiente amigo, dejaría que usted personalmente se encargase de reducir a los ladrones y no intervendría sino después de su actuación, como el personaje secundario de una tragedia griega o isabelina, porque bien sé que le corresponde como responsable del negocio en el que estamos el velar por sus intereses, además de que todo ciudadano en plenitud de sus derechos civiles está autorizado por la ley para detener a un delincuente en flagrante delito, por lo que, para disculparme por lo que he hecho, si usted lo estima útil y conveniente, estoy dispuesto a indemnizarlo entregándole a los cautivos para que usted les ponga las esposas y los conduzca a la comisaría de policía más cercana, los amoneste y los reprenda, les afee su conducta y los meta en cintura según sus métodos.

El empleado no terminó de oír la peroración, porque, solidarizándose con los reos, cayó al suelo desmayado. Mientras Marcelo lo reanimaba soplándole en la cara que se le había quedado blanca como la leche, Don Megalonio aprovechó para decir:

  • Si bien es cierto que el ladrón no tiene nacionalidad, solamente mala inclinación, el acontecimiento presente me conduce a hablar de la nación holandesa y de buena parte de los estados de Europa Occidental, que en esto no son inocentes, como ya he expuesto en otra ocasión, y ustedes, amigos reos recién detenidos, me disculparán este breve discurso. Las Tierras Bajas de Holanda, cuya autonomía despertó con la adopción del protestantismo como religión oficial frente a los simonismos del papismo romano anterior a la Contrarreforma, cuna del belicoso pueblo de los bátavos, tuvieron el honor de ser la cuna asimismo del sistema económico capitalista financiero sostenido en la manufactura, en la exportación y en la banca que derrotaría al mercantilismo español – basado en la romántica acumulación de metales preciosos- y que preludiaría el liberalismo político y la revolución industrial. La secesión de las Provincias Unidas en 1579 bajo el mando de Guillermo de Orange y Nassau, el desarrollo de la manufactura textil que le permitió ser dueña del tejido de Occidente abriendo una senda al librecambio, a la democracia – de esencia republicana- y al colonialismo mercantil del mundo convirtieron a los Países Bajos en la entidad financiera que avalaba toda guerra en Europa. A pesar de que Gran Bretaña en el 1500 fundó la primera Compañía de Indias y que Francia la siguió poco después, Portugal explotó sus factorías en la India y en las Molucas e incluso Dinamarca, aislada desde la época de los vikingos, fundó colonias en la India mongola y en las islas Vírgenes del Caribe, fue Holanda la nación que renovó el emporio fenicio de las multinacionales hermanadas por el companonnage del océano, convertido en otro mediterráneo de un imperio comercial más extenso. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales, establecida en 1602, otorgó personalidad internacional a Indonesia, puerta de Oceanía, cuya capital – Batavia, homenaje a los colonos- sería la actual Yakarta desde su independencia en 1945, constituyó el primer país europeo en comerciar con Japón desde el islote artificial de Deshima en Nagasa, y en 1652, bajo la dirección de Riebeeck, estableció la Colonia de El Cabo en la actual Sudáfrica, puesto de avanzada en la colonización del Continente Misterioso. Por su parte, la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, establecida en 1621, fundó los Nuevos Países Bajos de Norteamérica ( actuales Nueva York, Connecticut, Delaware y Nueva Jersey), las colonias de Surinam, Curaçao (refugio de los judíos expulsados de España), Aruba, Bonaire y Nueva Holanda ( el actual Pernambuco en Brasil). El espíritu de las compañías era el comerciar desde el privilegio de la superioridad con los pueblos indígenas que desde entonces fueron llamados indios, hombres vinculados a su tierra que desconocían la égida del mercado, y que fueron explotados – a pesar de la condena de los misioneros cristianos- cual los enanos nibelungos, para abastecer de metales engendradores de codicia, de discordia y de guerra las arcas de los estados presuntamente desarrollados, y sobre esta frágil base se edificó la Babel del progreso, a la que hoy- a pesar de lo aprendido- se le sigue rindiendo culto como a un ídolo con ofrendas de sangre. Costa de Oro ( la actual Ghana) tuvo el honor ( ¿existe honor semejante?) de ser el país principal en la exportación de esclavos en toda África, y Holanda fue la digna alcahueta de citas tan bien concertadas. Esta es la democracia en la que confían los países del Primer Mundo, una libertad cimentada en la esclavitud, un sistema económico global aunque discriminatorio, una paz octaviana pagada a precio de aflicciones. Ellos descubren nuevos mundos y los saquean, quieren paz para sus robos y leyes que garanticen la apertura de las fronteras a la locura y a la falta de sentido común. Por esa causa cuando he visto a estos atracadores he recordado sin querer esos tiempos – discúlpeme Van Buren, si me está escuchando desde algún lugar de esta nación; le confieso que no es odio, sino justicia, lo que me impulsa a hablar así- de los que Swift habló tan mal, y no cuidándome de procurar la amnistía de los aparentemente arrepentidos autores de estos desaguisados, me he dejado llevar por la ira al hacer memoria de los antiguos hábitos de los pobladores de las dos Holandas, de Zelanda, de Brabante, de Limburgo, de Overijssel, de Gelderland, de Utrecht, de Fleveland, de Friesland, de Groningen y de Dreinde, comparándolos con la actitud de los atracadores aquí presentes.

  • ¡Muy bien dicho, camarada greñas!- expresó el empleado de la tienda, ya rehabilitado- ¡Son unos jodidos racistas, eso es lo que son! ¡Y unos putos cobardes, además! ¿A quién creían que iban a asustar enfundados en esas medias de señora? ¡Si no se me llega a poner en medio, señor huevón, le juro que les parto la cara!- y sosteniendo en las manos uno de los fusiles incautados, agregó- ¡Un buen juguete, de veras, demasiado grande para ellos! ¡Vamos, que con la mala hostia que me quedó en el cuerpo, si les agarro las metralletas antes los acribillo a balazos así, así, así!- y esgrimió el fusil como un sable mientras se vitoreaba a sí mismo, entusiasmado.

Los atracadores fueron atados espalda contra espalda con una cuerda de embalar. Antes de terminar esa linda tarea, otro acontecimiento, atraído por tantos otros, vino a completar el terror de aquella noche de insomnio, de truenos y de relámpagos. La chica que acompañaba a los atracadores, viendo tratar así a sus acompañantes, tuvo una idea indecorosa para chantajear a los que los detuvieran, o tal vez de ese modo lo sintiera ( ¿qué narrador, por muy omnisciente que se presuma, puede tener acceso franco a la psicología de una mujer, y muy especialmente – tú lo sabes, Virgilio- si está enamorada?). Poseída por un presunto ataque de histerismo no diagnosticado por Charcot, avanzó cual una leona herida hacia Don Megalonio y, señalándolo con el índice mientras sus bellos ojos se iluminaban con fiereza, lo acusó delante de los circunstantes:

  • ¡Me acuerdo bien de ti, traidor, me acuerdo mejor de lo que piensas de tu mala fe! ¿Creías que podía olvidarme?

Don Megalonio la auscultó con la mirada detenidamente.

  • ¿Es a mí a quien se dirige?- preguntó inseguro- ¿O es que padece de esplenitis?

  • ¡Claro que me dirijo a ti, cara lavada, o a quien iba a dirigirme si no!- protestó excitada la mujer- ¿Ya no se te acuerda la ingenua a la que juraste todo tu amor, ya no haces memoria de ese instante tan dichoso para ti en el que te llevaste lo que no pude negarte?

  • ¿Acaso las hemorroides han hecho delirar de esta manera a esa pobre mujer?- se preguntó en voz alta Don Megalonio- ¿Cuándo he tenido yo instantes dichosos con quien no he conocido hasta ahora, instante en el que me está gritando como una corneja? No tengo ni idea de lo que pudo suceder antes de la creación del mundo, ni tampoco si nos hemos conocido en otras circunstancias de vida, antes de ser encarnadas nuestras inteligencias en las micropartículas angelicales que conforman este universo.

  • ¡Ah no! ¡Ah no! ¿No te acuerdas, cabeza de peluche, playboy de un solo ojo, de la noche en Jacksonville, en la que repetiste en aquel ford más de una vez con la que te habla?- se irritó la chica como una amazona- ¿No sabes que tuviste un hijo? Pues te lo digo yo: tuviste un hijo.

  • De esa tesis no me atrevo a dudar en absoluto- confesó el Cíclope, seguro al estilo Vaucanson- Su verificación nos acompaña – y señaló a Marcelo, quien seguía saboreando sus patatas fritas en tanto se entretenía con la interpretación.

  • ¡No es ese, bestia!- continuó la actriz- ¡Oh, cuánto me arrepiento de haberte dejado hacerlo y de haberlo hecho yo también!- sollozó la damisela como una princesa de cuento- ¡Es el error más grande que he cometido en mi vida! ¡No eres hombre ni eres nada! ¡Si fuese hoy, no volvería a hacerlo!

  • Resulta comprensible, de verdad- intervino el empleado deteniéndose aterrado en la espantosa cara cerdosa del acusado a punto de desmayarse otra vez- A la luz, las cosas deben de cambiar muchísimo.

  • ¡Ah no, pero me las pagarás, me las pagarás!- clamó crispada la matrona- ¡Me lo vas a pagar, dólar a dólar, cada mes, porque es tu hijo, tu hijo, tu hijo!

  • ¿No se habrá usted confundido con otro con el mismo pelaje?- insinuó Don Megalonio- Entre los candidatos, resultará sencillo equivocarse.

  • ¡Idiota! ¡Las cosas que llegaste a decirme entonces, cuando tenías tanta prisa por terminar lo que empezaste!- bramó furiosa la Medea, y volviéndose para ver llegar a cuatro policías uniformados que habían sido avisados por el Leónidas de detrás del mostrador, se arrojó a ellos quedando de rodillas antes de que reparasen en los ladrones atados, y voceó como una verdulera de Zocodover- ¡Socorro, auxilio policías! ¡Este hombre peludo ha intentado violarme!

Los policías, adormilados cual marmotas despertadas de su hibernación, tardaron en cercionarse de lo que pasaba.

  • A ver, uno por uno, y usted no grite tanto, señorita, que no podemos enterarnos de todo a la vez. ¿Es verdad eso, amigo?- preguntó un policía con frenillo dirigiéndose a Don Megalonio quien, para conjurar el ruido, recitaba en voz alta versos de Hjalmar Gullberg- ¿Ha tratado usted de violarla?

  • No soy de ese inmoral gusto, ni me siento motivado a que se me pase semejante idea por la cabeza – confesó más íntegro que Jacques Paul Migne.

  • ¡Calumnia! ¡Calumnia! ¡Me ha forzado!- proseguía la mujer, como si hubiese bebido un cóctel de eléboro con absenta- ¡Tengo moratones en los muslos de sus cochinas manos!- y se subió la falda hasta el pubis, para demostrar la hipótesis con un contundente reconocimiento ocular.

  • ¡Señorita, por favor!- dijo uno de los policías, alto y espigado, en la plenitud de su vigor, tapándose los ojos con el canto de la mano- ¡Somos padres de familia! ¡Esa prueba es privilegio del juez!

Uno de los policías se quedó observando epistemológico a los dos ladrones detenidos.

  • No resultó fácil reducirlos tan formidablemente – informó el empleado, arrogándose los méritos de su detención, aspirando una bocanada de aire e hinchando el pecho de eólicas mentiras, cual un perjuro diseñador de moda hedonista, sastre de patrañas- Se liaron a insultar mi raza, y me llamaron negro, cuando vive Dios que no soy negro, sino mulato, mu-la-to. Y mi tatarabuelo tuvo el honor de ser presidente de Liberia, y montó una tienda de ultramarinos en Brazzaville. En Brazzaville, nada menos, que está lindando con Kenia. Entonces me puse como un tigre, empecé a golpearlos con los puños, ¡pum! ¡pum!, como un boxeador hasta que me pidieron por favor que no siguiese con mis ganchos. Si este señor de tanto pelo no llega a sujetarme, menuda paliza se llevaba alguno.

No logró terminar su falso testimonio porque, en tanto la policía conducía a los ladrones al coche patrulla, la rabiosa Tamiris de poca ropa simuló perder el juicio mientras no dejaba de señalar a Don Megalonio y de suplicarles a los beneméritos que le tomasen una prueba de ADN de su líquido genital, que ella juraba y perjuraba, como la secretaria de Clinton, que alguno de sus espermatozoides se había quedado atrapado en la tela alevosa de un vestido suyo. La policía la amenazó con llevarla a la cárcel si continuaba acusando sin prueba a inocentes, y al fin guardó silencio lagrimeando cual la estatua de Níobe, no sin previamente, para vengarse de su fracaso inquisitivo, insultar con voz tímida a los policías afirmando que todos los hombres eran iguales y que los unos encubrían a los otros.

Los rayos límpidos del alba atravesaron el vidrio del escaparate de la tienda, y Don Megalonio confesó que jamás había vivido una noche tan dinámica y ajetreada como la presente, y Marcelo confesó asimismo que nunca se había divertido tanto. Decidieron recuperar el tiempo perdido desayunando con el dinero con el que los recompensó la policía, porque el empleado antes hubiera dejado que lo fusilasen con tal de no soltar un céntimo; y echándose a dormir en un alpendre abandonado de Poplar Bluff, como dos homeless cualesquiera. Sus estómagos vacíos los despertaban al mediodía, sobre la una de la madrugada, recordándoles cual toques de retreta sus condiciones humanas. Ozark Plateau, dividida en dos por el White River, es una meseta coronada de montañas y de bosques, donde alternan árboles caducifolios y perennes, genios tutelares renovadores de oxígeno, cuyas extensas raíces se hunden en la tierra como una meditación en la memoria. Al tratarse de una meseta montañosa, la altitud provoca el descenso de las temperaturas y la abundancia de vegetación alpina. Los mamíferos pobladores del ecosistema, haciendo honor a Roy Clapham con este acertado término, atiborran los árboles como frutos móviles de un paraíso terrenal que solo la divina armonía, con sus leyes y principios estables sobre la opinión de los seres humanos, pudo haber consolidado en el espacio cósmico de la providencia. Marcelo, quien a semejanza de todos los niños estaba dotado de la capacidad inherente de fijarse con ojos de asombro en cada detalle del entorno, fue testigo de las incursiones de un glotón hembra – más fiero que los endriagos de las falsas fábulas de los vendedores de humo impreso- en las altas ramas de un abeto en busca de un panal de miel con la que saciar su hambre. Nada más señalarlo con el dedo, el animal erizó su pelaje y se revolvió hacia el niño, mostrando unos incisivos afilados parecidos a cuchillas de afeitar, los cuales les demostraron claramente al curioso que el bicho arborícola no estaba domesticado y no podía servir de mascota ni a un banquero, por muy salvaje en comisiones que este fuese. Cuando el aventurerillo menor de edad advirtió – resplandores flamígeros de la floresta, fuegos fatuos pintados con dinamismo en la cúpula verde y sombría- las ágiles colas anilladas y cubiertas de pelo de los mapaches, no resistió el deseo de querer tocar una de ellas, y tan interesado estaba en hacerlo como la hemorroísa del evangelio en acariciar la orla del manto de Jesús.

  • ¿Por qué estos gatitos no son más dóciles?- preguntó a su padre el frustrado caprichoso.

  • Están demasiado acostumbrados a los tramperos que, durante siglos y aún hoy, los mataban y los matan para comerciar con sus pieles- lo informó Don Megalonio tan seguro de sí mismo como el galeno Einthoven cuando descubrió los efectos del electrocardiograma.

  • ¡Ojalá les quitasen sus pieles a ellos como hicieron con San Bartolomé y se las pusiesen en las manos, malditos codiciosos!- bramó el niño con el enfado de un congresista- ¡Ahora ya no puedo ser su amigo por culpa de esos endemoniados furtivos!

  • No sé si te he explicado en otra ocasión que pasar la mano por el lomo de un animal salvaje puede ser contraproducente para la especie, porque otros habrá que se aprovechen de la circunstancia para extinguirla defraudando la confianza que el viviente ha puesto en la raza humana.

  • Si es así- confesó Marcelo alarmado por un tácito vaticinio sobreentendido en la afirmación de su padre, porque las afirmaciones de su padre eran siempre categóricas- las especies animales y vegetales del planeta están destinadas a extinguirse antes de que se extinga la avaricia del hombre.

  • Aquel quien modeló perfecta a la naturaleza como obra suya que es – reveló su padre- y al hombre lo formó a su imagen y semejanza, como ser al que la armonía natural protege, aquel que impide que la tierra se caiga al abismo sostenida por la gravitación dependiente de los cuerpos celestes, que no permite que los mares aneguen los continentes inestables de no ser por las directrices necesarias e inderogables, que ha puesto el universo en las manos de quien – obedeciendo a la verdad de su Verbo- se acerca a Él con corazón limpio, y se arrepiente delante de su rostro de misericordia de sus infidelidades y traiciones a quien ha puesto la Creación bajo las plantas de sus pies, Aquel, digo, a quien la vida se le debe, sabrá qué hacer para impedir que el hombre, hijo de su Inteligencia, se extermine a sí mismo envenenado por el pecado de su libertad mal administrada.

Caminando una o dos leguas por el bosque, Don Megalonio y su hijo creyeron escuchar el rumor de una fuente. Bien es sabido de todo lector que los misterios, los rumores y las fuentes son propensos a las leyendas, y las leyendas son inherentes a la vida, cuya realidad escapa a nuestra percepción. Cualquier fuente tiene algo de sobrenatural, y es debido a la circunstancia de encontrar un principio de vida en un lugar aparentemente inerte, cuya razón de ser permanece oculta bajo el manto pardo de la tierra, madre de los tesoros. Seguro que este manantial poseía un origen más asombroso que la fontana Aretusa, unida en Sicilia al abrazo subterráneo del río Alfeo, o que Sálmacis o Biblis, o que la fuentes termales de Vichy y Orense, y era probable asimismo que gozase de más frescura y propiedades medicinales que aquella fuente de Belén en la cual bebió el rey David y su ejército tras la batalla contra los filisteos. De momento solo se escuchaba un rumor desconocido y remoto cual lejanas pisadas sobre la nieve recreada por Tanikazi, un rumor que llamaba con la voz susurrante de la curiosidad. En un claro del bosque anunciado por los gritos de los estorninos y por la charlatanería de los sinsontes, un chorro de agua enderezado malamente por un cilindro de zinc que sobresalía de un pedazo de cuarzo taladrado caía perpendicularmente sobre la pila improvisada de un charco sin linderos definidos donde acudían a beber los wapitíes y los caribúes. Si en esto residiese lo admirable de la visión, mucho tendría de natural y poco de sobrenatural, de no ser por la presencia de una melodía que salía de la boca de un hombre mal vestido con botas de piel de reno y abrigo de piel de castor forrado de borreguito, ambas prendas tan deterioradas por las rozaduras que no podría adivinarse ni con ayuda del carbono catorce de los químicos el color original que habrían ostentado algún día, prendas a juego con un gorro de piel de mapache bien calado hasta las cejas, lleno de la humedad de varios siglos, gorro que si fuese exprimido cual esponja provocaría un segundo diluvio. Este individuo tan maravilloso tocaba un banjo como la zampoña de un ciego, ayudándose de una filarmónica enganchada a su pescuezo por dos barras de acero. Esta era la letra de la canción del Orfeo de la fuente, cuya cacofonía diatónica no puede ser trasladada al papel ni grabada sin riesgo para la vida del aparato, la cual tenía adormilado a un enorme san bernardo con carlancas:

Once I was alone, so lonely and then

you came out of nowhere like

the sun up from the hills:

cold, cold was de wind;

warm, warm were you lips,

out there on that ski trail where

your kiss filled me with thrills.

Advierta el lector cuál sería el timbre de voz del virtuoso de las cuerdas vocales que varios osos negros que habían acudido a beber al estanque natural no se atrevían a acercársele ni a veinte metros, tal era el horror que les infundían sus calderones. Sumergido en el naufragio de la triste melodía – triste resultaba para quien no carecía de oídos- , el solista no percibió los pasos de Don Megalonio ni de su hijo, sigilosos como bosquimanos y sorprendentes como vudúes, cuando se aproximaron a su improvisado escenario forestal. Pero el perro, olfateando el aire, detectó la presencia de extraños y comenzó a ladrar fuertemente a la par que agitaba la cola, y cuando vio con sus ojos de cánido el clarividente ojo tornasolado del Cíclope, cual una joya en la penumbra, se desgañitó en ladridos que interrumpieron el concierto de su amo, y no creo, a fe de historiador, que hubiese fiera salvaje que no se lo agradeciera. La sombra que proyectó Don Megalonio oscureció el estanque liso de la fuente, cuyas aguas se distribuían en arroyuelos perdidos, cual hilos de vida, en el orgánico templo del bosque, y esa sombra- presagio de peligro- asustó a los osos y a los ciervos, pero no al compositor de la soledad, quien, en lugar de alarmarse lo suficiente como para huir despavorido viendo llegar a una especie de Kodiak en pie que avanzana a zancadas hacia él con un niño de la mano- ¿qué piel roja hubiese reprimido un alarido?-, se quedó observando sonriente y pensativo el prodigio que se acercaba, del mismo modo que Ezequiel cuando vio avanzar hacia él, en sueños, el carro de los cuatro vivientes. Por la extraordinaria actitud del Belenoi de la selva, Don Megalonio, asombradísimo, se imaginó que el músico no era un hombre de carne y sangre, consideró que tenía posibilidades de ser uno de aquellos trolls – humanizaciones de los accidentes geográficos- a los que la tradición popular nórdica atribuye voluntad propia. El san bernardo comenzó a inquietarse demasiado, y su amo se vio obligado a sujetarlo por el collar. A medida que el viajero se acercaba, advertía que el músico tenía los pómulos enrojecidos, y deducía fácilmente su condición de alcohólico. Apenas conservaba dientes, y unas manchas pardas, como víricas, se aposentaban justo sobre su músculo maxilar. En aquella ocasión debía estar ebrio, o bajo los efectos de la somnolencia relajada que es tan típica en los bebedores habituales de alcohol en grandes dosis, que se parece un poco a la vigilia y un poco al sueño. Si hubiesen pinchado a aquel hombre, al igual que ocurriría con Falstaff, en lugar de sangre hubiese derramado Chartreuse o Jerez.

  • ¡Feliz año nuevo, Majestad!- saludó el adorador de Baco a Don Megalonio, tendiéndole la mano que el gigante estrechó con cierta cautela, como Carlos XII de Suecia lo haría con Pedro el Grande de Rusia- ¡Bienvenido, Alteza!- le dijo a Marcelo- ¿A qué debo el honor de esta visita en mi humilde hogar? ¡Dios salve a la reina! ¡Viva la Canadá monárquica! ¡Aquí está Sam Slick para servir a la patria y al rey! ¡Yo bebo por la salud de la patria, por Canadá y por su reina!- y extrajo de un bolsillo interior del abrigo una botella de petaca rellena de coñac, de esas que se fabricaban en Estados Unidos en los tiempos de la Ley Seca, y se bebió un trago generoso cual si se tratase de agua de la fuente de al lado- ¿A qué debo el honor, excelencias?

Don Megalonio le reveló su verdadera identidad, su nacionalidad y su misión aclaratoria en este mundo compartido. Por supuesto, el canadiense, ebrio como estaba, no comprendió ni poco ni mucho, y a cada dos palabras que decía bebía un trago. Estaba obsesionado con la monarquía, con Canadá y con el alcohol. Era hijo de un curtidor de Ontario que se había arruinado por la bebida, a la que se aficionara tras verse obligado a cerrar su empresa en 1956 a consecuencia de la caída de la demanda y de las nuevas leyes de protección del medio ambiente, cuyo deterioro no se debía a la explotación tradicional de la naturaleza, se debía por el contrario a las técnicas de producción industrial y a sus agresivos métodos de fabricación en masa para abastecer los caprichos del bienestar de las ciudades, cada vez mayores, cual úlceras en expansión. Él, el tercero de cinco hermanos, emigrara a Estados Unidos a la edad de quince años. Su nombre, admirablemente, coincidía con el del célebre personaje animado por la pluma de Thomas Chandler Haliburton, personaje que se convertiría en el icono de la Canadá Británica. Había sido distribuidor de cerveza en Chicago, se había casado con una viuda de la que había tenido dos hijos, pero su condición de alcohólico había obligado a su mujer a separarse de él. Entonces se había ido a Illinois y después de fracasar en varios oficios menudos en Springfield, había aprendido a tocar el banjo e iba de comarca en comarca mendigando limosnas, y cada moneda que le caía en la mano se la gastaba en bebida.

  • Mientras no me falte con qué mojar la lengua- aseguraba- me importa poco ser pobre o rico.

  • Hay suficiente agua en esta fuente natural como para abastecer a un regimiento- le aclaró Don Megalonio- Mejor le sería beber de ella que no de esa botella de coñac, porque el agua hace despertar, y el alcohol adormece.

  • Se equivoca, Majestad- explicó el canadiense volviendo a beber otro trago- A mí el coñac me hace recordar, recordar que debo volver a beber.

  • No soy ningún rey- declaró Don Megalonio- Espero que pueda recordarlo.

  • Sí que lo es- aseguró el canadiense guiñando el ojo izquierdo- A mí no me engaña. ¿Y ese morrión de pelo de oso que lleva sobre la cabeza no se parece a los de los guardias del Palacio de Buckingham?

  • Un guardia no es un rey- explicó Don Megalonio.

  • Pero tiene que ver con la monarquía- aseveró el canadiense bebiendo otro trago- Y la monarquía es cosa de reyes.

  • De eso no cabe la menor duda- se vio obligado a reconocer Don Megalonio.

¿Qué hacer con aquel necesitado que se habían encontrado en el camino totalmente enajenado por el coñac de Quebec? Unos tragos más se habían sucedido y ya el pobre hombre roncaba tendido en el bosque, con el banjo y la filarmónica apartados a un lado, y el san bernardo ladrando sobre su cabeza. Don Megalonio decidió ensayar una buena acción: tomó el cuerpo extenuado del canadiense, con la cabeza para abajo, y se lo echó a los hombros con la intención de dejarlo en un hospital donde pudiesen desintoxicarlo. Marcelo, por su parte, recogió los instrumentos y llevó de la correa al san bernardo después de quitarle las carlancas que amenazaban con herirlo.

Al día siguiente llegaron a White River y vieron varias presas edificadas por los castores, ingenieros de la madera y arquitectos de domicilios sobre el agua, obreros incansables y no huelguistas y artesanos de la carpintería dental.

  • ¿Te parece, Marcelo- interrogó Don Megalonio a su hijo- que estas presas tienen algo que envidiar a las de Assuán, en Egipto, y que constituyen una maravilla menor que los jardines colgantes de Babilonia o que las pirámides del mismo Egipto?

  • ¿Y quién les ha enseñado a los castores todo lo que saben?- preguntó Marcelo con un timbre naïf- Porque, o yo estoy muy equivocado, o para construir una presa de esas dimensiones se precisan conocimientos de matemáticas, y los castores nunca se han examinado de la materia. Es más, muchas personas, con la inteligencia que dices que tienen, no serían capaces de superar la precisión del trabajo de un animal irracional.

  • Es el instinto inspirado por la naturaleza el que hace posible que las abejas edifiquen sus colmenas y las termitas sus termiteros, que las hormigas se organicen tan bien sin necesidad de leyes que las rijan y que los pájaros tejedores entretejan sus nidos – lo informó Don Megalonio.

  • Entonces, ¿vale más el instinto que la inteligencia?- preguntó Marcelo.

  • No- respondió su padre- porque solo la inteligencia hace posible la libertad.

Tras vadear el río por un puente de cemento ya envejecido y construido para los ganaderos de la región- abundaba el ganado ovino y bovino- en tres días llegaron a Fayetteville y dos días más tarde a Arkansas, y en esa ciudad Don Megalonio buscó un hospital para el alcohólico canadiense y allí lo dejó junto con su perro, en tanto el personal del hospital, de pura admiración al ver al Cíclope y a su hijo, no conseguía cerrar la boca. De Arkansas continuaron la trayectoria hacia Oklahoma con una particularidad: a Marcelo le apeteció viajar por el río en uno de aquellos transbordadores, análogos a los del Mississippi, de los que figuran en las historias de Mark Twain, y tomando el primero que vieron sin billete – un rectángulo de acero flotante de 20 metros de eslora- se embarcaron en primera como turistas de alto poder adquisitivo. Un oficial con cuello marinero se les acercó a pedirles el billete. Don Megalonio sabía que solo con mostrar el certificado de la CIA podía irse a donde quisiera, pero prefería divertirse con el oficial de barco jugando al gato y al ratón mientras la situación no se complicaba.

  • Señores- los interceptó este- ¿Dónde tienen su billete?

  • ¿Billete? ¿Qué es eso de billete?- preguntó Marcelo, escéptico.

  • ¿Cómo? ¡No me digan que no han pagado el billete de embarque!- se extrañó el marinero.

  • Pues no, milord- repuso el Cíclope, picaresco- Nos hemos embarcado, en efecto, pero nadie nos ha ofrecido ningún billete.

  • ¿Pero no se dan cuenta de que para estar embarcados se necesita pagar el billete?- reclamó cargado de razón el marinero- ¡Si se llega a enterar el contramaestre!

  • ¿De qué se tiene que enterar el contramaestre?- preguntó Marcelo, haciéndose el pelma.

  • ¡De que no tienen ustedes billete!- se exaltó el marinero.

  • ¿Y quién le ha dicho a usted que no tenemos billete?- preguntó, a su vez, Don Megalonio.

  • ¡Ustedes me acaban de decir que no lo tienen!- protestó el marinero.

  • Eso será porque no lo tenemos- declaró al fin Marcelo- No lo tenemos aquí. Pero en el banco sí. En el banco tenemos muchos billetes.

  • ¡Pues es aquí donde tienen que tenerlo, no en el banco!- protestó el marinero- ¡Necesito que me muestren el billete antes de que el contramaestre se entere!

  • Marcelo, ¿no tienes un papel en el bolsillo?- le preguntó Don Megalonio- Escríbele algo al señor contramaestre y fírmalo con tu rúbrica.

Marcelo sacó un ticket de compra que había encontrado en la acera de la Quinta Avenida de Nueva York y escribió:

Contramaestre, el viento me ha traído tu nombre,

me has pedido este billete y yo te envío estos versos.

Solo preciso para ser feliz, como dijo Omar Jayyam,

una hogaza de pan, un vaso de vino y tú.

Acto seguido se lo entregó al marinero para que se lo remitiese al contramaestre. Al fin, Don Megalonio tuvo que interceder para que la sangre no llegase al río, cuya corriente estaba impoluta y brillante gracias al trabajo de la depuradora, porque dudaba de lo enamoradizo que pudiese ser el contramaestre y de lo celoso que pudiera ser el capitán del trasbordador. Se apearon en Seminola, donde las torres petrolíferas alzan sus barrigas de acero rellenas de betún como grifos griegos o langostas apocalípticas desafiando la pureza luminosa del cielo. ¡Oh petróleo, ningún poeta te ha escrito jamás una oda! ¡Tú que naces del sudor de Satán – si hemos de interpretar a Dante- cuando aletea desde el centro fundido de la tierra para esparcir sus gases sulfúricos y maléficos por la atmósfera – jardín de la vida-, tú que según el linaje superficial que te ha cedido la ciencia, eres aceite fósil de naturaleza orgánica fermentado por los ácidos de las bacterias allá en las capas de sedimentos cada vez más compactas, que terminan otorgándote la naturaleza inflamable de los hidrocarburos! Revélame, tú que has sido el cemento de la Torre de Babel, quién te ha otorgado ese poder tan grande que tienes, quién te ha puesto al frente de la macroeconomía internacional como patrón de cambio, siendo como eres un mineral tan tímido que no sales a la superficie de no ser con ayuda de los cariñosos besos de las bombas de extracción. Hecha esta petición por el autor de esta historia, una parte de la tierra gimió de parto en sus profundidades a punto de dar a luz una alegoría explicativa, y abriéndose una falla en el terreno cual la hemorragia de una cesárea, emergió como un patriarca negro con túnica de rocas permeables y báculo de gas butano el Petróleo, ya anciano, con dentadura de parafina y arrugas oleaginosas en el rostro, para decir: “¡Ay de la avaricia del hombre, que tanta energía desperdició para poseerme, mucha más de la que yo pude darle desde que fui engendrado, hace millones de años, durante el quinto día de la creación, cuando fueron sembradas las simientes de los vegetales! Soy el sudario de una vida anterior, y por esa causa mi cuerpo de carbono arde al contacto del fuego de la vida y mis lágrimas de aceite pueden dar calor a los hijos de Adán. Desde que estos criados predilectos de Dios- y digo criados porque son criaturas al fin y al cabo- han pretendido someter a su capricho el jardín de la naturaleza y roturar con sus máquinas los campos labrantíos destinados a sus manos, los trépanos de los pozos que succionan mi ardiente sangre, negra como su vanidad, se ubican en toda latitud, hasta en los mares, enojados por esta invasión de su soberanía. Primero, los atrevidos succionadores hurgan en las entrañas de su terrena madre para encontrar un yacimiento, perforando su piel hasta hacerle sangre, prueba de mi presencia. Después se canaliza la herida abierta con una pléyade de tubos que constituyen una figura evocadora del árbol de navidad que en los hogares occidentales se erige y se decora el 25 de diciembre. Las tuberías se conectan a un depósito en cuyo interior el crudo se separa del gas. Este último ya licuado es el origen de la gasolina, del gasoil y de los combustibles de los motores de explosión que integran el corazón de la mayor parte de los medios de transporte de la era industrial, deudora del imperialismo romano. Mi sangre se transporta por mar en grandes barcos cuyos naufragios provocan catástrofes naturales. Un gargajo escupido por mí es motivo de guerras y de conflictos, como fueron las dos Guerras del Golfo y los atentados y guerrillas de los países árabes. Extraño amante subterráneo de todas las fábricas, más valen mis parafinas, olefinas, nafténicos y aromáticos que las más bellas flores del campo para estas damas adoctrinadas por la siderurgia, cuyos suspiros de humo gris acumulan en la atmósfera románticos cobertores de CO2 que impiden que los rayos reflejados por la tierra salgan de la zona de su influencia; calentando excesivamente con tantos velos de seda voluble la piel viva de la madre tierra. Pero yo, a decir verdad, ya me encuentro viejo, y aunque mis venas son capaces de inflamar todavía las refinerías, los motores y los ánimos mal dirigidos de los bípedos redimidos por Dios, ya mi demencia se ha contagiado a mis enamorados, que cada vez se pelean más por un recurso que vale menos. ¿Qué será, cuando yo les falte, del patrimonio de mis amantes la Standard Oil de Nueva Jersey, la Royal Dutch-Shell mitad holandesa mitad británica, la Mobil Oil, la Texaco, la Gulf Oil, la Standard de California, la Shell, la Standard de Indiana, la Continental y la British Petroleum, mis chicas de oro de 1969? ¿Qué será de la OPEP, hermandad de clientes fundada en 1960 por mis favoritos Arabia Saudí, Irán, Iraq, Kuwait y Venezuela, cuya primera crisis comenzó en 1973 y que amenaza con agravarse, puesto que mis achaques son cada vez mayores? Cuando me vaya al otro mundo, mi testamento le hará heredar al hombre únicamente deudas: deudas humanas y naturales que habrá de pagar a largo plazo, y yo no podré ayudarlo con ningún préstamo, puesto que mi sangre, mi único bien, se la han bebido mis amantes, mis celestinos y mis locos enamorados”. Dicho esto, el Petróleo se enterró de nuevo en la corteza terrestre con la intención de que no se supiera más de él hasta el día del Juicio.

Marcelo advertía mientras caminaba el tamaño descomunal de las torres de acero, capaces de sostener a una familia de estilitas, en cuya cúspide llamaba a veces una cresta de fuego. Don Megalonio avanzaba cual un yeti despistado entre los depósitos y las torres, evocando la marcha de un rey mogol entre las ruinas de una ciudad devastada. Las explotaciones, no obstante, no estaban abandonadas. Los empresarios, de camisa y pantalón de pinzas los más, junto a los técnicos ingenieros vestidos del mismo modo, y a los obreros de camisa y jeans, discutían alrededor de sus propiedades sobre la rentabilidad de sus negocios. Fatigado por el camino cual Elías en el desierto, Marcelo le pidió permiso a su padre para sentarse arrimado a la pared metálica de un depósito de refinería, y su padre se lo concedió. No habían transcurrido cinco minutos desde la toma de esta decisión, cuando un cuarentón con facha de cowboy – con calzones de montar y sombrero de ala ancha- interceptó al niño en inglés tejano, con un pitillo de tabaco negro colgándole de los labios.

  • ¿Este pozo es de tu padre?- le preguntó sin demasiado énfasis, como preparado para recibir una negativa.

  • Así es- mintió Marcelo con seria tranquilidad.

  • ¿No está por aquí?- insistió el tejano.

  • No- declaró el niño escuetamente.

Silencio de un minuto. Los interlocutores se miraron con el rabillo del ojo al menos cincuenta veces.

  • Estoy interesado…en comprar- resolvió el tejano al fin- ¿Me puedes dar el teléfono de tu padre?

  • Soy su apoderado- respondió el niño con la mirada del general Lee- ¿Cuánto ofrece?

El tejano trató de reprimir una sonrisa al comprobar la desenvoltura del niño que tenía delante. “Aprenden rápido estos jodidos empresarios” debió de pensar.

  • Doce millones- dijo para probar al niño.

Marcelo escupió en el suelo y se puso de pie con las piernas muy abiertas.

  • ¿Doce millones de qué?- preguntó.

  • ¡De dólares, de qué va a ser!- casi bromeó el tejano.

  • ¿Doce millones de dólares por quilo de crudo?- se escandalizó Marcelo con la mano izquierda en el bolsillo, marcando paquete- Si aún fuese por gramo, me lo pensaría.

  • Hablo del pozo- aclaró el tejano- Quiero comprar el pozo.

  • No está en venta- aseguró Marcelo con mirada capitalista- Aún así, soy capaz de cometer una locura por usted y alquilárselo a plazo de seis meses.

  • Yo le pongo en la mano veinte millones de dólares al mes por el agujero- resolvió el tejano, y extrajo un cheque de su zamarra o de su pelliza, que para el caso da lo mismo, y escribió la cantidad en él con cuidada caligrafía- ¿No ve? Veinte de los grandes. A ese precio ni Satanás compraría el infierno.

  • Está bien de limosna para los pobres de la parroquia- declaró Marcelo con un gesto que evocó a San Francisco Caracciolo, fundador de la Congregación de los Clérigos Menores- ¿Qué quiere que le dé por esa miseria, un metro de profundidad?

  • ¡Te estoy poniendo en la mano veinte de los grandes, kid!- se exaltó el tejano cual el asesino de Dallas, ahuecando la voz y perfilando porte de ranger- ¡No sabes quién soy yo! ¡Te está hablando Stephie Connally, el hijo del antiguo gobernador! ¡Por mi vida que no sabes lo que es un tejano, ni tienes idea de lo bien puestos que los tiene un descendiente de aquellos que colocaron la frontera en Río Bravo y que el 21 de abril de 1836- en la batalla de San Jacinto- capturaron a 1600 mejicanos del general Santa Anna para vengar la derrota de El Álamo en marzo de ese mismo año, año de la República Independiente! ¡Cuánto perdimos en 1845, cuando nos incorporamos a la Unión, o cuando nos incorporaron, mejor dicho! ¡Yo poseo por lo menos cien pozos en el Campo Petrolero del Este de Texas, la mayor reserva de petróleo de los Estados Unidos, y no me va a decir que no un mocoso de Oklahoma, un okie mestizo que no tiene donde caerse muerto!

  • Yo te diré que no todas las veces que sea necesario, espantapájaros de flecos, mayordomo salvaje!- se acaloró Marcelo, electrizado cual un alambre manipulado por Humphry Davy- ¿Crees que puedes venir aquí y soltar tales barbaridades para hacer perder el tiempo a los grandes empresarios?

Los seis codos y un palmo de altura de Don Megalonio – estaura análoga, como el lector no ignora, a la de Goliat el Filisteo- hubieron de mediar en la disputa entre niño y mozo.

  • ¿Pero qué diablos ensayas, Marcelo?- lo interpeló su padre con voz de turbina- ¿Consideras que está bien jugar a ser mercader de vanidades? ¿No sabes que el petróleo es un líquido inflamable que con una chispa de discordia que sobre él caiga puede incendiar medio mundo? Hijo mío, apretando muchas veces la nariz sale sangre, y ensayando poses de agresividad se origina la contienda.

  • Disculpa, padre- se excusó Marcelo, cohibido como estrofa de Siri Hustvedt- Este bravucón farolero me estaba provocando.

  • Y a usted- completó el Cíclope enfilando con su pupila de carboloi al tejano- ¡No le da vergüenza hacer tratos con menores de edad? ¿Ignora acaso que lo prohíbe la ley?

  • Como dijo que el pozo era suyo…- se justificó el tejano rascándose la nuca- ¿Es usted su padre? Le ofrezco treinta, treinta millones al mes. ¿Qué me dice?

  • Le digo que se vaya usted a freír espárragos- concluyó Don Megalonio- Vaya a negociar con Lucifer la compra del pozo del abismo. Allí se podrá apropiar de todo el oro negro que orina el Maligno en su magnética trampa, cuyo vacío atrae los pecados como la magnetita las limaduras de hierro. ¡Vamos, hijo, vamos a Oklahoma, que la petroquímica no sirve más que para enfadarse!

A orillas del brazo septentrional del Canadian River está ubicada la capital del estado que desde 1834 ha servido de reserva para los indios de la Unión, las naciones cherokee, chikasau, choktaw, creek y seminola, incorporado a la misma en 1907 y explotado especialmente a raíz de los depósitos petrolíferos, las plantaciones de algodón, de maíz y de trigo. Lo primero que se les ocurrió a los dos turistas del conocimiento en Oklahoma City fue buscar un buen restaurante para comer. Lo encontraron en un barrio próximo al Midwest. Un enorme letrero de ébano que recordaba a un friso griego soportaba unas empolvadas letras rojas, talladas en relieve: WICHITA’S FOOD. Antes de entrar en el restaurante, a Marcelo se le antojó – con unos billetes de dólar que encontró en su bolsillo, cortesía ahorrada de la policía de Nueva York- comprarse una tienda próxima unos jeans, un chaleco de cuero y un sombrero de ala ancha para parecerse más a un vaquero. A Don Megalonio le compró un sombrero de piel de vaca que podría servirle a un búfalo con cuernos y todo de tan holgada que era la copa, pero él no pudo sostenerlo más que como una guinda – pues no se le encajaba en el cráneo ni con un odre de vaselina- en la cúspide de su cabeza ancha como una tarta de boda. Entraron en el restaurante, que estaba diseñado como un saloon, se acomodaron en una mesa de castaño de indias y pidieron cinco fuentes generosas de rosbif con salsa de barbacoa.

– ¿Cinco fuentes?- preguntó asustado el camarero, aparentando que no había oído bien.

-¿No ha aprendido a escuchar a la primera, pechero mío?- le canturreó el Cíclope en do agudo, tan agudo que parecía partitura de Cage- Il mio caro bambino y yo acostumbramos a cambiar de idea cuando se nos repite lo que hemos pedido.

– Disculpe, señor, es que al ser ustedes dos me pareció…

Las apariencias engañan- completó el Cíclope acariciando su copa con la uña del dedo corazón, zarza temible para los mortales- Lo que no se puede decir, debe silenciarse, aseguraba Wittgenstein. El poeta persa Rumi comentaba que el silencio encierra en su concha la perla de la verdad.

  • ¿Para beber?- prosiguió el camarero- ¿Les apetece un rosolí?

  • Una garrafa de agua, si es tan amable como insinúa- declaró el Cíclope, alegre cual Sun Axelsson deshojando una margarita- Y unas servilletas amplias, para que pueda uno limpiarse sin necesidad de hipotecar el mantel.

Con el hambre del camino, Don Megalonio y Marcelo semejaban dos erisictones tragando, engullendo y masticando poco. Se les había olvidado quitarse los sombreros, y desde las mesas contiguas, los comensales miraban de soslayo a los forasteros, intercambiando alguna que otra palabra de sorpresa entre salaces conversaciones, a menudo protagonizadas por alguna pareja de carretera. Un hombre aindiado con camisa a cuadros rojos y azules no le sacaba el ojo de encima a Don Megalonio. Devoraba a solas varias hamburguesas con mostaza y se limpiaba los dedos con una servilleta de papel. Diríase un personaje de Simonov, de no ser por la cara de indio, morena y curtida, que lo relacionaba con el Nuevo Mundo. No le distraían las jóvenes de falda escasa acodadas en la barra bebiéndose sus bocks – barra americana, cómo no- ni las tonadillas de jazz fatigado del tocadiscos bisbiseante. ¡En el Cíclope estaba puesta su atención! ¿Qué habría visto en él? ¿Un camarada de guerra?

En tanto esto sucedía, Don Megalonio continuaba comiendo y pensando, esta vez en el arte y en la belleza, que se le habían venido a la mente al deglutir un bocado de carne cual si fuese un pedazo del universo. “La naturaleza” razonaba, “es semejante a la escultura de la Dama Velada de Archipenko. Es una oquedad femenina en la que se aloja y resplandece la luz del principio, oquedad que, aunque es lógicamente limitada debido a su forma receptiva, se vuelve ilimitada cuando la luz, totalmente libre, se refleja en su interior en infinitas direcciones. Dependiendo de la perspectiva del observador, la naturaleza cambia. Y ese cambio continuo de múltiples veladuras que se nos entrega y se nos niega a la par es la belleza, un esplendor dividido en formas sucesivas que traza el camino que hemos de seguir, una llamada, una voz, un verbo encarnado en el sentido de nuestras emociones, una concepción que nos despierta la alegría. Pongamos a la rosa, a la flor más sugerente, como símbolo. Sus pétalos superpuestos nos conducen al centro en escala sucesiva, pero nunca nos lo muestran por completo. Si lo hiciesen, no habría camino, no habría viaje. La belleza, Creación Infinita, única verdad – ¡lúcido Platón, así es!-, madre nuestra, nos mantiene en la contemplación de la luz, de la que somos reflejo, para que un día podamos ser como ella y trascender las formas de todas las criaturas”.

  • Beauty is truth, truth beauty”- recitó Don Megalonio, henchidos sus pulmones cual velas de bergantín- “That is all ye know on earth, and all ye need yo know”.

  • ¿Qué dices, padre?- le preguntó Marcelo, sincero, tan sincero que al lado de sus observaciones podrían palidecer las crónicas de

Olaus Petri- ¿Te sientes bien del estómago?

  • Desde luego- le respondió el Cíclope bebiendo un sorbo de agua de una delicada copa cual si procediera de la fuente de Khadir, el guía que según la leyenda dio de beber a Alejandro Magno de las aguas de la inmortalidad- La comida del mediodía, el yantar como se dice en Castilla, constituye el momento del día más adecuado para pensar, para conversar y para dialogar. Nutrirse es análogo a aprender. Separamos una parte tasada de la naturaleza, la introducimos en el paladar de nuestra constitución, digerimos su enlace externo y los integramos en nosotros mismos. ¡En la Santa Mesa del mundo no hacemos otra cosa que digerir la vida!

  • ¿Y si te atragantas?- quiso saber Marcelo improvisando una gambeta de fox-trot.

  • Eso quiere decir que has pretendido alimentarte con codicia, hartando la ambición de tus sentidos antes que tus necesidades- lo reprendió con dulzura su padre.

Y sonreían el uno mirando para el otro, reconciliados del camino, unidos por el banquete, cuando Don Megalonio sintió una palmada en su espalda, barbacana vertebrada o muro románico forrado de piel de yak.

– ¿El Cíclope Dandy?- preguntó una voz.

– Por ese nombre me conoce la Fama, la de alados pies y lengua incontinente, que cuchichea chismes, dimes y diretes, consejas y embustes polifónicos, cual una corneja hambrienta- repuso el interlocutor volviéndose hacia el rostro de un hombre cobrizo, con el pelo y los ojos intensamente negros de lignito, hulla o coque, con la cara achatada y el cutis delicado, y con un breve bigote en forma de pupa sobre su labio superior- ¿Con quién tengo el honor de hablar? ¿Cómo es que me ha reconocido?

– Mi nombre es Indra Soegijapranata, soy indonesio y campeón mundial de golf- habló el interrogado, sin dejar de sonreír- Me llaman “El tigre de Java”.

– Ese es un nombre mucho más fácil de recordar que el primero que me ha revelado- reconoció el sistema geológico pensante, empleando un símil de la ciencia de Eduard Suess, porque decir, con Pascal, caña pensante, sería una ridícula hipérbole muy poco realista- Encantado de estrecharle la mano, Tigre de Java- y le ofreció un shake-hands bravucón.

– ¿Este debe ser Marengo, no? El joven Marengo…- comentó el indonesio señalando con el índice a Marcelo como en Bali señalan a los cocos.

– Marcelo- lo corrigió el niño, mohíno- ¿Qué tiene que ver Napoleón conmigo?- y echando una ojeada indiscreta al malaco, murmuró casi en aparte- ¡Dios mío, todos los súbditos de antiguas excolonias son bonapartistas!

Con las prisas, las zalemas y las zambras, ni el Cíclope ni su hijo se habían quitado los sombreros y parecían dos forajidos perseguidos por la ley de algún western de cine, a punto de sacar los revólveres ante las damas. Don Megalonio quería despedirse y tomar las de villadiego, pero el Tigre de Java tanto insistió en que lo acompañasen a un campo de golf para ser testigos de cómo golpeaba las balas que no hubo manera de salir del figón sin aquel bivalvo pegado a la espalda. Los invitó a la comida y a dos cafés cargados que no se bebieron, les ofreció un asiento en su porche color verde aceituna y se dispuso a llevarlos al Club de Hinton. Por el camino los abochornó con sus triunfos en el deporte, que desgraciadamente se sabía de memoria, y con su técnica de juego, de la que hablaba con notable flema y pretensión caballeresca, como hablaría Roldán de su espada. Ya en el club, al que Marcelo relacionó con un paraje bucólico de exclusiva tranquilidad, el intrépido alumno de Sukarno, de ojos vivarachos de tarsero y andares de orangután, saludó a algunos jugadores miembros del club y les explicó que estaba acompañando con extrema satisfacción al “famoso Cíclope Dandy y a su hijo Miseno, personajes retratados en un libro que andaba circulando por el globo terráqueo”. Los jugadores, al saber la noticia o el chisme, se abalanzaron sobre los recién llegados y les pidieron un autógrafo, como es costumbre en el ambiente plebeyo de los medios de comunicación de masas, tribunos mecánicos que deforman las palabras que salen de la boca de la Naturaleza, y padre e hijo hubieron de excusarse confesando que no tenían por costumbre ensuciar papeles limpios con una firma estúpida e idolátrica teniendo en cuenta que quienes se la pedían sabían firmar por ellos mismos. Lo más agradable y lindo de la velada fue el debut de Don Megalonio y de Marcelo en el deporte escocés de las clases altas y altivas- pues a decir del Eclesiástico, el abolengo no diferencia en el destino a un ser humano de otro; somos todos hechos del mismo barro, y en expresión de Jorge Manrique: allegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos”-, su estilo de juego que hubiera admirado a los Estuardo, a santa Margarita y al tirano Macbeth, de estar allí presentes, y que hubiese hecho inscribir sus nombres en la Roca de Scone, por la que juraban los reyes de allende el muro de Adriano. El Tigre de Java le rogó a Don Megalonio que tirase una vez; no valieron de nada las súplicas del gigante y la invocación a la seguridad ciudadana, así que el temerario indonesio puso en las manos del Cíclope el palo de golf y le indicó que golpease con él la pelota de gutapercha en dirección al banderín que ondeaba a veinte metros sobre una colina de césped, bajo el cual se encontraba el hoyo donde según el reglamento de Saint Andrews debía refugiarse la pelota en su caída parabólica. El menudo jugador abrió las piernas abarcando varios acres de terreno y se esforzó en agacharse para sostener el escarbadientes con el que debía tirar sin dar con su enorme cuerpo en la verde pradera del campo de juego. Don Megalonio resopló calculando la distancia que lo separaba de la victoria aplicando la óptica de Eizeau, se agachó para no perder el equilibrio describiendo una figura irregular que despertó la sonrisa del indonesio, y golpeó la pelota con garbo y supremo énfasis, con tanto garbo y tan supremo énfasis que arrancó un pedazo de tee de un grosor de treinta centímetros y lo catapultó hacia el orificio de destino, superponiéndolo como una visera al agujero del green sin que la pelota se apease del proyectil de tierra. El caddie se echó las manos a la cabeza y se quedó un minuto pasmado asimilando el desenlace de la jugada.

  • ¿Lo he hecho bien?- preguntó Don Megalonio casi en un reflejo polisináptico.

  • ¿Cómo es posible?- se preguntaron a su vez los jugadores que presenciaban la efeméride.

  • Creo que he sido preciso y dinámico- se justificó Don Megalonio limpiándose el sudor copioso que inundaba su frente- He imitado el estilo británico y yanqui, un estilo descafeinado y sobrio, práctico, comercial, elegante, rentable, protocolario, austero, tintineante. ¿Qué les parece mi handicap? ¿Estoy preparado para participar en el open de Gran Bretaña o en la Copa Canadá?

El público improvisado no se atrevió a decir nada; ni siquiera el Tigre de Java enseñó los colmillos. Solo aplaudieron a rabiar.

-¡Ha batido un récord! ¡Ha batido un récord!- gritaba un curioso despeinado con chaleco y gorra amarillos, de cara hinchada de bufón medieval- ¡Yo lo he grabado!- seguía berreando- ¡Me haré rico con esto!

Si en hándicap de Don Megalonio fue asombroso con su primero y catastrófico tiro, el de su encantador hijo no dejó nada que desear, y vale la pena representar sobre relieve el acontecimiento, ayudándose de jeroglíficos explicativos, porque siendo testigo de la jugada se atreve a apostar la tinta de su cálamo quien escribe esta historia épica y eficaz para la salud moral del hombre como el biliado de Calmette-Guérin para los ganados, a que la momia de Tutmés III se reiría en su sarcófago, a pesar de llevar miles de años bajo las arenas que baña el Nilo, de ver la desenvoltura del experimentado niño visionario en el terreno de juego. Colocó el palo al revés, se estiró hacia atrás y lo arrojó a modo de jabalina, logrando introducirlo en el hoyo destinado a la pelota. Cuando le informaron de que era la pelota la que tenía que meter en el hoyo, la cogió con la mano derecha y la introdujo en el agujero, confesando que el juego le parecía demasiado fácil para resultar a la vez divertido. Las poses de Don Megalonio a la hora de ejecutar un golpe resultaban tan simpáticas como una caricatura de Maurice Barrès animada cinematográficamente con banda sonora computada de Iannis Xenakis. Terminado el match, el Tigre de Java quiso llevarse a sus amigos a Las Vegas.

  • ¿Pero no es esa la Babilonia del Nuevo Mundo?- insinuó Don Megalonio con la barba encrespada, cual un profeta enfadado- En fin, también allí habrá dioses, a decir de Heráclito. El puritanismo, tan presente en estos Estados de América desde que en 1620 los Padres Peregrinos- procedentes de la Inglaterra anglicana y revolucionaria, contraria a la monarquía absoluta y al boato cortesano, a los gastos públicos y al episcopado romano- arribaran a Plymouth en la actual Massachusetts es, honestamente hablando, una propaganda política de control social similar a la de los cátaros y los valdenses, el comunismo soviético o la Inquisición Española. Asegura la filosofía que es tan dañino el exceso como el defecto, siendo el bien el equilibrio. Si el libertinaje es despreciable, el puritanismo también lo es, porque hay un residuo de hipocresía lasciva en él, hay en sus fundamentos una idolatría del lucro, un resentimiento hacia los semejantes y un orgullo que no está amparado en la Biblia, sino en la perversión del corazón, en la envidia a los que se divierten sin hacer daño a nadie. No existe ningún credo religioso que se oponga a las fiestas ni a las distracciones. Los cultos de las iglesias revisten la apariencia de las fiestas, manifestaciones de alegría que son reflejo de la felicidad interior. Ahora bien, cuando el juego se convierte en un enemigo de la libertad, en un vicio, debe ser extirpado del alma como una infección de la carne, porque un mal hábito, al aposentarse en la mente con la fuerza de la costumbre, es la causa de todo error y de toda desgracia que le acontece al ser humano.

  • Ya verán cómo les gusta- aseguraba el Tigre de Java mientras conducía su porche por autopista de Alburquerque sin dejar de sonreír, inquieto y bromista cual el Ferdydurke de Gombrowicz- Es un lugar muy entrañable. Hay muchísimos casinos donde puede uno ganar una fortuna. Allí conocí yo a mi entrenador. Es un lugar muy bonito.

Lo cierto era que el feroz Tigre de Java deseaba hacer una entrada triunfal en el Casino Royale acompañado de sus dos estrafalarios amigos. En Estados Unidos, a todos los inmigrantes les apasiona llamar la atención.

A medida que el automóvil se acercaba a Nuevo México, el paisaje se hacía cada vez más desértico, con cactus, correcaminos, llanuras y serpientes. El viaje les llevó toda la tarde y serían aproximadamente las diez de la noche cuando el cuatro ruedas se metió al trote por la 215. El Tigre se había fumado por lo menos cinco paquetes de cigarrillos rubios durante el trayecto. No paraba de hablar de sus trofeos, de sus marcas y de su hándicap, hasta tal punto que Marcelo tuvo que interrumpirlo para no acabar diciendo una insensatez sobre la arrogancia de su lengua, y le preguntó inocentemente cuánto faltaba para llegar, porque aunque se había detenido a orinar varias veces en el camino, en aquellos instantes todavía no estaba seguro el tapizado.

– Ya llegamos, campeón, pequeño sahib, ya estamos llegando- comentaba el Tigre entre rugidos de soberbia- Pues como le decía, amigo Dandy, en el 79 sí que hice un buen año, ¡por siete golpes le arrebaté el título al australiano, un chulo que siempre andaba por ahí diciendo que se echaba una siesta en cada open! ¡Y eso que solo tenía quince años este que les habla, quince años y le di la vuelta a las apuestas!

– Dele la vuelta también al coche, paladín del césped- lo aconsejó Don Megalonio expectorando por el humo mientras abría la ventanilla para oxigenarse- porque acaba de salir de la autopista.

– ¡Ah, sí, la autopista!- gritó riendo el Tigre tal que si acabase de cazar una presa- ¡Con las prisas! ¡Pues sí! ¡Ese año fue brutal! El maharajá de Kapurthala me invitó a su palacio en Benarés, y me dijo textualmente: “Si para el año repites este triunfo, te doy una tonelada de oro por cada año que tienes”.

– ¡Que Broca nos socorra!- exclamó en un aparte el Cíclope.

– ¿Quién es Broca, padre?- preguntó Marcelo.

– Es el descubridor de la tercera circunvolución izquierda del cerebro humano frontal, en la que los fisiólogos instalan la capacidad del lenguaje, la lengua en definitiva, fuente de tantos males- arguyó el melenudo razonador.

La ciudad de Las Vegas en la noche, en especial el Strip, conforma exactamente un castillo de luces. La temperatura es de unos cuarenta grados al exterior. Tras aparcar en el parking del Caesare Palace, los tres turistas accedieron al enorme rascacielos de varias plantas, con escalinatas imperiales y estatuas móviles merced a mecanismos electrónicos, y mesas y máquinas de juego por todas partes. Se veían ir y venir empleados con frac y chaqué, empleadas con modelos deslumbrantes y generosos; los jugadores pertenecían a todas las nacionalidades, edades y sexos. En unas pantallas colgadas en los fustes de las columnas figuraban las apuestas y los resultados; las ruletas rusas ocupaban el centro de la gran basílica de la ludopatía. Enajenados por el cromatismo y la ilusión de ganar, los jugadores amontonaban fichas y adrenalina, bebían alcohol, adoraban a la Locura. El Tigre de Java se encontró con unos cubanos amigos suyos; trataron de convencer al Cíclope y a su hijo para que apostasen dinero prestado. “Ni por todo el oro y la plata del fondo de los mares jugaré yo una ficha”, había jurado Don Megalonio, “¿Qué ejemplo sería para este hijo mío que me acompaña que su padre, con edad y juicio para ser persona, frivolizase con el medio de vida de tantos pueblos que, esclavizados por el capricho y el desenfreno de estas metrópolis, mueren porque sus habitantes no disponen de un pedazo de pan que llevarse a la boca? Más lógico sería mutilarse las partes verendas y, embriagados con el furor de Baco, marchar en procesión al modo frigio al son de flautas dobles, címbalos y tamboriles de piel de cabra. Así acostumbraban a hacer los coribantes de Cibeles en Asia Menor”. Sin terminar de escuchar estas razones, el Tigre y sus secuaces aprovecharon la tierra descubierta por Antonio Armijo para jugarse todo su dinero a las ruletas. Cada vez que perdían, como el jugador de Dostoyevski, anhelaban el desquite de la revancha. Don Megalonio y Marcelo los acompañaron, en menos de dos horas, al Flamingo, al Tropicana, al Excalibur – diseñado a imagen de un castillo medieval de juguete-, al Mandalay Bay, al Imperial Palace, al Circus Circus, al Mirage, al Echelon Place, al Venetian, al París, al New York-New York, al Luxor… Aquellos hoteles-casino, instalados en un estado donde las actividades lúdicas estaban libres de impuestos, no eran otra cosa que trampas para el dinero, cavernas de Caco iluminadas con farolillos japoneses. En cada casino en que ponían los pies, el Tigre y sus socios perdían el doble de lo invertido, y sus caracteres se amargaban paulatinamente, como se amarga un vaso de agua con una gota de ajenjo. En tanto Don Megalonio acompañaba a Marcelo al servicio, sucedió una desgracia. Al regresar con su hijo de la mano, se encontró con un teatro de gente rodeando a un herido al que le habían asestado dos navajazos a la altura del pecho. Era el Tigre. Se llamó a una ambulancia, vinieron en camilla a recogerlo y aseguraron que de no ser porque las costillas habían detenido el filo de la navaja en su camino hacia el corazón, su pronóstico sería necrológico. Don Megalonio no pudo enterarse demasiado bien de lo que había sucedido. Según el testimonio de una pareja de kentuckianos que hablaban hacia su único ojo con total naturalidad, sus propios amigos –sus socios- se habían enzarzado en una acalorada discusión con él acerca del dinero perdido en una apuesta y habían concluido en sellar con sangre su pacto. Hecho esto, se habían dado a la fuga. “Cosas así suceden aquí todas las noches” explicaba un guardia de seguridad casi sonriendo. “Mi padre ya tranbajaba en esto, y mi abuelo también. Apuesto a que desde la legalización del juego en 1931 viene sucediendo lo mismo ininterrumpidamente”. “Ah, no apueste, amigo mío”, le advirtió Don Megalonio más comunicativo que un oscilador Hartley, “ya bastantes catástrofes causa a diario”. Y, encajándose el sombrero de cowboy, tomó de la mano a Marcelo después de dirigir una mirada furibunda a uno de los jefes del casino que se bebía indolentemente una copa de kirsch en su cabina de cristal, y declaró en voz alta:

  • Huyamos, hijo, de esta Ciudad de las Serpientes y de los Ladrones, del Veneno y de la Perversión, de esta bolsa contaminada del Octavo Círculo del Infierno Social, ciudad paradójica y desequilibrada, pues entre tantas luces eléctricas como se sufren en rótulos, farolas y festones, no se aprecia una sola en el entendimiento de sus habitantes.

Tomaron un taxi en dirección a Los Ángeles y Don Megalonio le persuadió a su hijo, cuyos párpados pesados por el sueño estaban a escaso intervalo de cerrar la sesión de la vigilia, que no mirase atrás por nada del mundo so pena de convertirse en una estatua de sal, porque ellos hacían las veces de Lot en aquella segunda huída de Sodoma. Se apearon en la estación de Beverly Hills a las cuatro de la mañana. El taxista, terco como lo son los ignorantes, se empeñó en que le pagasen, e interrumpía con la factura a Don Megalonio cuando éste se encontraba arrobado tratando de hacerle entender el valor incalculable de la belleza gratuita de la verdad – clave de bóveda del ser universal-. Tuvo que despedirlo de malos modos y en la misma estación se entregó al sueño reparador con su hijo ya reparado y dormido en sus brazos. Cuando la aurora coronó con su alabanza luminosa la bóveda del orden celeste, ambos viajeros se despertaron y, en lugar de escuchar el dulce trino del ruiseñor, oyeron los cláxones desaforados de los vehículos en un atasco matutino. La ciudad nebulosa estaba despertándose, al igual que la de Boccioni, entre enredaderas ruidosas de violencia y estridencia, serialismo mecánico que evocaba la partitura Two Choruses de Alexander Goehr, pesada digestión de intereses traducidos en eructos financieros y en fórmulas químicas de librecambio democrático solo favorable a las grandes empresas comerciales, prefectos controladores de las sedadas provincias de la opinión pública. Don Megalonio y Marcelo buscaron a un cicerone a quien preguntar algo sobre la digestiva metrópolis a la que Juvenal hubiese dedicado inspiradas sátiras de encontrarse presente, pero, en vano, como Diógenes, se esforzaron en localizar con la lámpara encendida de la observación a un ciudadano honrado. Se topaban con actores por dondequiera que iban: en Beverly Hills todo eran descapotables horteras y carnavelescos repletos de chulos en conserva con arreos de cabalgadura y busconas con peinados de repostería y más pintura pastel en el estuco de la cara que un fresco del Guercino; en Santa Mónica las madres vestían a sus niños como hologramas de cine de manera tan conseguida que no precisaban caricaturista ni murmurador para complementar el disparate; en Culver City interrogaron a una anciana de moño de plata que resultó ser un transexual con el orgullo de Mc Kinley y demasiada absenta en los capilares que les había preguntado confidencialmente: “¿En qué hay que invertir para ser rico?”; “invierta en eléboro”, le había recomendado el Cíclope con preocupación. ¡Y en Hollywood, allí sí que Mc Laren sería quién de esbozar la mejor Danza del Dólar sin necesidad de usar carboncillo ni rotulador, pintando a plein air! ¡Cuánto lujo en las azoteas de los bloques-estudio, qué escenarios extraplanos, cuánta superficialidad amable y entretenida! ¡Admirable película! Una procesión de tópicos tal no cabía en los artículos de Walter Benjamin ni en las novelas de Bukowski. ¡Adorables pasos de Semana Santa invertidos, de cintura para abajo, leprosos de la gran pantalla circense, escrófulas móviles del ocio enfermizo del proletariado de la industria automática, fábrica de espejismos diablescos, fetiches contra el mal de ojo, cabrones de aquelarre, brochazo de supercherías para engañar vilmente a un despistado…! ¿Qué letanía mal aplicada de Bobo de Feria sería capaz de recrear tales barrabasadas?

  • Lo cierto es que la Fortuna no debe de entender correctamente nuestras peticiones, muchacho- explicaba Don Megalonio a su hijo- Además de ciega, debe ser sorda. Porque en lugar de colocar en esta ciudad bautizada por Felipe de Neve como Nuestra Señora la Reina de los Ángeles alguno de esos espíritus celestes- al menos en representación mundana- se ha confundido presentándonos a una Corte de Payasos de Tómbola, Papanatas, Charlatanes y Engañabobos.

Ángeles, en efecto, no había ni uno solo, ni Arcángeles, ni Tronos, ni Potestades, ni Virtudes, ni Dominaciones, ni Querubines ni Serafines, salvo si, por poseer una prodigiosa imaginación galante, o una miopía evidente para las comparaciones, se toma a una de las artificiales chicas boom de tebeo que sonreían fotogénicamente en Pershing Square, una de las cortesanas de la moda con silicona de hinchazón incluso en las pupilas, con algún Asmodeo encarcelado en una infecciosa revista bordada de infamias. ¿Se imagina el lector, si se viese enredado en el malacate macanudo de esta Palmira en ruinas, un photoshoot en portada del protagonista peludo de esta historia con un puro humeante en la boca y una chistera en la cocorota del bien peinado cráneo, con su humanidad al viento napoleónico del morbo chic, casi una pieza de coleccionista cual un jarrón Wedgewood, y con su rumboso hijo al lado con las piernas en ángulo obtuso y un fajo de billetes verdosos asomándosele a la petrina? ¿Qué grabado puede ser tan extrovertido para la Babel de las imágenes, para el Egipto de las idolatrías, como esta contundente y clamorosa descripción a una tinta? Para ahorrar al género humano esta catástrofe viisual, padre e hijo tomaron un rápido rumbo a California.

Se apearon en Santa Ana. Decidieron atavesar a pie el desierto rumbo a Méjico. En las proximidades de Sallon Sea el paisaje se volvía cada vez más seco y árido, con cactus del género cereus giganteus, de hasta veinte metros de altura. En sus intimidades se guarecían – en agujeros que perforaban la pulpa húmeda- los chochines y los búhos, y los alcaudones ensartaban en sus púas ratones muertos. Entre correcaminos y lagartos – iguanas, tejúes, monstruos de gila-, entre serpientes de cascabel y cóndores de mejillas coloradas, tuátaras, coyotes y todo tipo de fieras salvajes, Don Megalonio y Marcelo se encontraban más cómodos que entre sus hermanos de las grandes urbes contaminadas y ambiciosas. Marcelo juró que había visto moverse una roca de dos quintales de peso detrás de él. Su padre le informó de que el calor del desierto favorecía tales ilusiones.

  • No es una ilusión- aseguró el niño científicamente- Yo he visto desplazarse a la piedra. La roca ha sido removida.

  • Todavía tu mente no ha abandonado Estados Unidos- le dijo su padre- Vives aún en el sueño americano. ¿Acaso Los milagros existen caprichosamente? ¿No se avienen a la razón? Estás fatigado del viaje. Eso es todo.

Marcelo, recitando a Whitman, objetó:

  • Eso no es todo. Este misterio y yo aquí estamos, frente a frente.

  1. DE LA CONFIDENCIA QUE LES FUE REVELADA POR EL PROPIO MOCTEZUMA EL GRANDE A LOS DOS SICILIANOS SOBRE EL ENIGMA DE LOS MAYAS, LA ORACIÓN A LA VIRGEN DE GUADALUPE PIDIENDO POR EL DESTINO DE AMÉRICA Y LA PARRANDA PROLONGADA EN JALISCO ENTRE BOLEROS, RANCHERAS, MARIACHIS Y TEQUILA

  • Insistes en afirmar una ilusión de tus sentidos- trató de convencer Don Megalonio a Marcelo mientras él no le sacaba ojo a la esfinge pétrea que se había movido- Las piedras son seres inertes. Son los huesos al descubierto de nuestra madre tierra. Representan la firmeza y la antigüedad, las leyes inconmovibles del universo, pero no la vida. Son residuos vertebrales de los sillares musicales que han compuesto la sinfonía de la Creación, muestras resumidas de los pilares lógicos de la tierra, para los que mil millones de años no son nada, o como afirman los proverbios religiosos, como el día de ayer que pasó. Las piedras no tienen alma ni movimiento, son archivos del pasado…

  • ¡Se ha movido otra vez!- clamó Marcelo con la boca muy abierta, tenso su cuerpo cual un cable litzendraht- ¡Se ha movido! ¡La Roca está viva!

  • ¡Vamos…!- replicó su padre limpiándose el sudor de la frente brillante al sol.

  • ¡Es maravilloso, es maravilloso!- gritó Marcelo enrojeciendo, convencido de la evidencia de su experiencia y a la vez enfurecido por la condena de su testimonio, cual si se pretendiese negar el ciclo de Krebs o cualquier otra prueba del dinamismo de la materia- ¡Me he quedado petrificado! ¡No puedo moverme!

  • Ese sí que es un prodigio- afirmó el Cíclope volviendo la mirada a la erosionada roca caliza que en mitad de la arena ocre permanecía impasible e indiferente a las observaciones- Que la piedra mágica sea capaz de intercambiar su naturaleza con la tuya. ¡Y que haga posible que estés quieto! ¿Será esta la piedra filosofal?

Pero antes de cerrar la interrogación, la Roca Viva se desplazó un metro adelante.

  • ¿Ahora lo has visto, padre? ¡Dichosos los que creen sin haber visto!- apostilló triunfante Marcelo rascándose la nuca con orgullo inteligente.

  • Lo he visto y lo he entendido- comentó Don Megalonio acariciándose la barbilla como lo haría Santo Tomás, recreando y trascendentalizando una vez más la gloriosa anécdota- El secreto está en la arena. Verás…

Y ya se disponía a explicarle acompañándose de ejemplos retóricos el efecto admirado, cuando he aquí que de no se sabe dónde surgió un reptil espinoso de un codo de largo que se colocó sobre la roca como una hoja seca aplastada.

– ¡Es un dragón auténtico!- exclamó Marcelo aproximándole a él hasta soplarle en el hocico.

– ¡Cuidado!- le advirtió su padre.

El reptil, asustado por la presencia del niño, tensó la piel y una hilera de púas se enarcaron describiendo una empalizada de espinas, e hinchó su cuerpo cual un globo a punto de estallar. Los ojos se le encendieron inyectados en sangre y la papada se le agrandó evocando la glotis de un enfermo de bocio. Ayudándose de una rama leñosa y gruesa de aloe vera, Marcelo tocó las fosas nasales del saurio, y este reaccionó de una forma inesperada. Clavó sus ojos de rubí en el niño y expulsó de sus lacrimales un chorro de sangre que tiñó de rojo la camisa de algodón del provocador. Hecho esto, se esfumó al mismo tiempo que una sombra. Marcelo no daba crédito al acontecimiento.

Su padre se lo explicó todo. Empezó por el prodigio de la Roca Viva, que se desplazaba debido a los deslizamientos de la arena originados por el soplo del viento. Esa técnica de ahorro de energía mecánica, aprendida por los egipcios, había hecho posible la construcción de las pirámides. “Los sillares procedentes de las canteras de Nubia eran arrastrados por la arena del desierto desplazada hacia una determinada dirección por los desniveles practicados por los ingenieros del Faraón. Pero sus obras públicas no fueron otra cosa que tumbas, en comparación con las obras vivas de la naturaleza que están en permanente crecimiento y que inspiran el crecimiento mental del ser humano hacia lo Absoluto y Libre, el camino y desarrollo de la humanidad a través de la ciencia y del arte, que parten de la contemplación. Te aseguro que la única ciencia es la historia, epítome de todo conocimiento, y que el único conocimiento es la percepción de la belleza por medio del ojo del sentimiento”.

  • ¿Y a qué se deben los poderes del dragón?- quiso saber el niño, todavía sobrecogido.

  • El que tú llamas dragón es un lacértido bautizado por la ciencia con el nombre de moloch, nombre que hace referencia a un ídolo adorado por los cananeos al que se ofrecían sacrificios humanos – comentó Don Megalonio agudizando la voz por el cansancio del desierto, voz que parodió el staccato de un violín de Leclair- El moloch es un lagarto cubierto de espinas que recogen la humedad de la noche y que regulan su temperatura corporal, además de servirle de defensa contra los depredadores voraces como tú…

  • ¡Yo no soy voraz!- protestó Marcelo con empiriocriticismo, como si Ernst Mach tratase de hacer ver a un lama tibetano que el todo es en el fondo una parte.

  • Tú eres un ser humano de doble mirada- le advirtió su padre, en esta ocasión en tono afónico, cual un acorde escuálido de Ur, de Magnus Lindberg- y, por tanto, no puedes dejar de ser conforme a tu naturaleza. Como te decía hace un efímero instante, el moloch está cubierto de espinas, y cuando se ve acosado por un enemigo lanza un chorro de sangre por los ojos con el fin de asustarlo, pues la sangre es el emblema de la vida, y cuando ésta se derrama se anuncia un peligro o un combate. En todo caso no deja a nadie indiferente.

  • ¿Pero por qué se desencadenaron estos acontecimientos ahora? ¿Tú crees que tiene que ver con algo bueno o malo que hemos hecho? Porque yo sigo pensando que el prodigio de la Roca que se mueve es un milagro, aunque tú me hayas revelado la causa – aseguró el niño, y se miró la mancha kandinskiana de la camisa- Y la sangre que le salía por los ojos a ese dragón que apareció sobre la Roca superando a toda predicción, tenía algo de extraordinario y sobrenatural que todavía me sobrecoge.

  • Verás, hijo mío, desde el más ruidoso al más silencioso fenómeno de la naturaleza constituyen todos ellos una revelación para la conciencia receptora del ser humano, hacia cuya inteligencia converge el universo entero, creado por él y para él, pues en su palabra, que es su alma social, se sostiene y se fundamenta. Por esta razón cada cosa que nos sucede es un símbolo, y aunque son muchas las que nos suceden, de vez en cuando alguna de ellas logra conmover en mayor medida nuestro corazón – expuso el Cíclope con las manos abiertas- No hay nada que más nos sobrecoja que una ley de nuestra experiencia derogada por un hecho fortuito. Ese hecho, cuando dialoga con la sorpresa de nuestra alma, es lo que se denomina milagro. El milagro no es irracional, como creen en vano los supersticiosos, pero su razón sobrepasa nuestras predicciones. ¿Qué hecho hay más contundente, fuerte, imperativo y tiránico que la muerte, que nos obliga a cada instante a perder algo? ¿Y qué ocurriría si otro hecho milagroso aboliese de pronto esa dolorosa ley? Lo hemos experimentado. Es el amor. El amor es el milagro que vence a la muerte, porque está antes que todas las cosas, es el recuerdo y la eternidad que hace posible la palabra, es el despertar que antecede a toda norma. Su verdad es invisible, porque está latente en lo visible. Ha formado los sentidos con los que ahora interpretamos el mundo. Y cuando el amor se encarna en nuestra humanidad, entonces nos volvemos eternos y dueños de lo existente, como él. El emblema o el icono más completo y célebre de la resurrección es el del Cristo de la Biblia, el Dios humanizado que derrama su vida inmortal –su sangre- sobre nosotros, y nos hace participar de su cuerpo espiritual a través de la fe de la palabra. La resurrección ha movido la roca de la muerte, y hemos contemplado al antiguo reptil del tiempo vertiendo la sangre de su derrota, porque nuestra herida ha sido curada por una sangre nueva. ¿No te parece un símbolo adecuado para interpretar de manera trascendente este sencillo suceso?

  • ¡Dios mío!- se admiró Marcelo aún más de ver a la Roca moverse- ¡Cuánto has sacado de tan poco!

  • Eso es- le explicó su padre- porque lo pequeño y lo grande son dos perspectivas del mismo objeto. Tú, por ejemplo, eres más joven que yo en edad y más pequeño en experiencia, pero en cuanto a partícipe de la inteligencia universal, eres el mismo que yo. Solo que tú percibes las cosas conforme a tu posición en el mundo, y yo las percibo conforme a la mía.

Caminando por el desierto cada vez más ardoroso, Marcelo sintió sed. Con sus uñas como navajas, Don Megalonio tajó las extremidades de un cactus con figura de hombre y le dio a beber de la pulpa hidratada de su interior. Aquel páramo parecía un pedazo del desierto de Subiaco en la Tebaida, donde Pablo el ermitaño, San Antonio Abad y los primeros monjes anacoretas se habían instalado para resistir las tentaciones en la apartada soledad. Una serpiente de cascabel se enroscaba al pie de una alta pita de hojas aguzadas como estiletes, advirtiendo con un sonido que recordaba el castañeteo de dientes de un moribundo el peligro al que se arriesgaba quien probase el veneno de sus acanalados incisivos. Ignorando la advertencia, una serpiente rey de California, con escamas uniformadas de una greca en la que el amarillo se alternaba con el negro cual si fuese el emblema americano de los intereses del petróleo y de oro, se acercó impúdicamente a ella dándole caza sin que su tósigo le afectase lo más mínimo, inmune como era a su veneno, y comenzó a engullirla empezando por la cabeza.

  • Fíjate, Marcelo- le habló el Cíclope a su hijo de coloradas mejillas- de qué sirve el cascabel de la ley cívica cuando el dinero se propone engullirla. Pero Dios proveerá, porque el interés está sometido a la naturaleza, y la naturaleza es una ley que no se puede eludir.

A lo lejos se veía entre columnas de humo y brillo de cristal y metales la ciudad de San Diego. Casi unida a ella en dirección al sur, Chula Vista, población fronteriza de donde salían y entraban automóviles por las carreteras que dividían el desierto, se perfilaba a semejanza de una colonia de su metrópolis.

Vieron a un arriero que fustigaba a un macho cargado de fardos sobre el que iba montado, y en seguida lo identificaron como un mejicano cuando lo oyeron discutir en español con su cabalgadura. El arriero hizo ademán de desviarse de los peregrinos, pero Don Megalonio lo llamó con el brazo extendido.

  • Qué se les ofrece- preguntó el mejicano, con cara renegrida de chuño boliviano, cuando estuvo ante ellos.

  • Vamos hacia Méjico- preguntó Don Megalonio- ¿Por aquí vamos bien?

  • Van aparejados- contestó secamente el arriero.

  • La frontera debe estar a poco de aquí, ¿no es cierto?- tornó a preguntar el Cíclope.

  • Es cierto- respondió el arriero.

  • Mire, nosotros somos extranjeros- le informó Don Megalonio al arriero para ganarse su confianza- ¿Sería tan amable de indicarnos el camino más corto hacia la frontera?

  • Lo llevan bueno- dijo secamente el del macho.

Don Megalonio cambió de táctica.

  • Venimos del Banco de los Estados Unidos- dejó caer con dejadez- Queríamos invertir unos capitales.

El arriero escupió en el suelo y sonrió.

  • Yo me llamo José Paredes- informó más confiado- A mí me llaman El Coyote. ¿Entonces son gringos?

  • No-lo corrigió Don Megalonio- Somos sicilianos.

  • Pos a eso vengo- replicó el arriero- Que se me parecían que no eran de acá.

Con la parsimonia de un conde palatino, el ladino y laberíntico paseamontes los acompañó hacia la aduana, mientras les caldeaba las orejas con cuentos inverosímiles de muertos y de heridos y les revelaba su verdadera y non sancta profesión. Tenía la cara con arrugas parecidas a astillas de tronco cortado por el hacha, similares a las de Ixca Cienfuegos de Carlos Fuentes, y hablaba como si le pesara mucho lo que iba a decir. El macho, de cansado del camino como iba, a pocos pasos que daba resoplaba y daba una coz al aire.

  • Yo me dedico a pasar de la Unión para acá a los fugados de la justicia- dijo muy bajito, avergonzado o fingiendo avergonzarse- En algo se tiene que ganar uno la vida. Por eso me llaman El Coyote, que es el nombre que tienen los que andan en estas chingamusas. Tengo visto muchas cosas, pero hasta ahora – se lo platico a ustedes así y de corrido- no he podido ver gringos tan fregados y descuachalangados como lo están ustedes dos. Será que llevan andando mucho rato…

En estos diálogos socráticos se hallaban los tres de la fama, cuando vieron de lejos tres cabinas y dos mojones que daban a la carretera, y unos muros bajos con alambrada, y unos gendarmes que se paseaban de dos en fondo como celebra el romance, con los cuatro por cuatro en perspectiva renacentista.

  • Dios lo quiso- anunció el arriero- Ya llegamos a la aduana.

Un coreano discutía con el de la cabina por el cambio de dólares a pesos. Decía en inglés que lo habían engañado, y el de la cabina procuraba no entenderlo. Su mujer, de pie, con una blusa floreada y una falda ceñida para evitar la picaresca del viento, no sabía qué hacer y miraba con cara preocupada a su marido. Por suerte, un turista ruso los ayudó calculando la vuelta exacta que les debía el aduanero según el valor actualizado de la divisa en el mercado bursátil. El coreano se inclinó ante él siguiendo la costumbre oriental para saludar en el ring, le tomó la mano y se la besó con feudal prosapia.

  • ¡Madrugaste, Coyote!- saludó uno de los de la cabina, un hombre gordo y fláccido de carrillos hinchados, al arriero que escoltaba al Cíclope y a su hijo.

  • Sí- contestó este riendo- No más vean lo que les traje.

Los tres de la cabina, que se dirían hermanos por el parecido obeso que tenían, salieron de las cabinas y se quedaron mirando embobados a los nuevos turistas que visitaban su hermosa patria. Con tal mutismo y tal grosura, recordaban a los baobabs africanos en cuyo ramaje viven domiciliados los babuinos chillones.

  • Córcholis- reaccionó el que semejaba más moreno, como si San Francisco lo acabase de rescatar con su cíngulo del infierno- De dónde salieron estos, güey.

  • Te los traje de los United States- lo puso al día el Coyote- Como estos aún no los viste, compadre.

Hablaban tal que si los aludidos no estuvieran presentes sin preocuparse de guardar las formas, aunque con cierta camaradería de buena vecindad.

  • ¿Se les extravió la navaja, amigo?- le preguntó el de la cabina a Don Megalonio con el acento del rey Minos en el Juicio de los Malvados, según es tradición avalada por los griegos y rehabilitada por la musa de Dante que enjuicia a estos después de muertos, al ser testigo de su exhuberancia capilar- ¿Cómo le sopla el viento en la Siberia? ¿Y el chamaco es hijo de usted?

  • Nunca he empleado arma alguna en los tratos con los hombres- declaró categórico Don Megalonio, con una voz que hizo temblar al de la cabina- No vengo de Siberia, sino de Sicilia en Italia, donde me crié en una familia de honrados cíclopes de los que jamás se conoció traición alguna perpetrada contra un semejante. Este niño, como buenamente ha interpretado, es hijo mío, pero no natural, sino adoptivo, aunque cada día que pasa se me va pareciendo un poco más.

  • ¡Piocha! ¡Y ni qué decir de cómo platica el cholo!- exclamó el de la cabina segunda en un aparte ruidoso a su compañero de oficina- Pos irá a que le sirvan pozole al Congreso, no más.

  • Hagan el favor de atendernos, que no tenemos todo el día – protestó Marcelo levantando la voz y agitando su cabecita de Mirabeau de rizos de oro.

  • ¿Qué pasó, jijo?- le recriminó con dulzura el de la cabina frente a la que estaban- ¿Cómo estás gacho por esto? Si ya vamos por el camino…

  • Van por el camino de no acabar nunca- objetó el experimentado niño, poniendo gesto grave de fecial romano o de diplomático escandinavo.

  • Atiéndemelos ahorita, huarachudo, que son chingones con influ- lo aconsejó el Coyote mientras miraba de refilón al macho que pacía hierba medio suelto, cansado y sediento.

  • A ver, papeles- se animó el de la cabina- Pónganme acá los pasaportes.

  • No llevamos pasaporte, si no es que la palabra sola vale por todos ellos- confesó Don Megalonio draconiano, solemne cual órgano de catedral.

  • Pos con esas no los podemos pasar- aseguró con sequedad el de la cabina- Miren y qué borlote se nos forman.

Entonces, el Coyote intervino a favor de los recién llegados.

  • A estos los fío yo- confesó con arrojo- Pásamelos ahorita.

  • ¿Tú quieres que nos macaneen los del gobierno?- replicó el gordo, hinchándose más, como un pez globo.

  • Quesque traen lana, guaje- testificó el Coyote con las cejas muy levantadas.

  • Y cómo no lo demuestran- se quejó el de la cabina, y saliendo de la oficina, llamó con un grito a uno de los guardias embotados que se paseaban indolentes por la frontera.

El guardia se aproximó al lugar de los hechos.

  • Acá dice el Coyote que estos tienen lana y no traen pasaportes- le informó el cabinero al gendarme- Mira cómo lo solucionas.

  • Que desalojen- ordenó.

Don Megalonio no entendía aquella jerga.

  • A ver qué chivas le echan- les tradujo el Coyote a los recién venidos- Les están pidiendo dinero.

  • ¿Dinero?- se escandalizó Don Megalonio de la onerosa proposición- Bien sabe Dios y sus santos que el pálido metal de las contiendas y el frágil papel que lo avala con una escueta firma del Jefe de Estado no han caído en gracia de la labor de mis manos nunca, y si alguna vez se han alojado en ellas ha sido para evaporarse como nube de caridad al calor de alguna necesidad ajena. Miren si piden otra cosa, que dinero no han visto ni verán nuestros ojos más que en forma de fantasma de falsa confianza desconfiada, quien aparece tan pronto como desaparece sin dejar rastro en nadie, a pesar de los muros que dicen que atraviesa su espectral sustancia, ya sean de juzgados o incluso de iglesias, si no le ponen remedio los honrados corazones.

Presenciaba el Coyote la situación sin saber qué hacer, imitando a un actor de reparto en una tragedia griega o en un drama decimonónico, y al fin se decidió por la fianza incondicional, por la fe en la palabra dada, única fe posible.

  • Pásenlos de todas- expresó con reservas que se tragó para adentro, de la misma manera que Enrique IV de Francia se tragó su odio a la jerarquía clerical para conservar la corona- Van a invertir capitales. Qué saben de dónde los quitaron.

El guardia los invitó a pasar la barrera del mojón.

  • Ándenle- les dijo- Bienvenidos a México.

  • Pues ya era hora- replicó Marcelo mohíno, después de beber un trago de agua que le había proporcionado uno de los guardias de la frontera.

En Tijuana, cabeza de Baja California, entraron en una cantina que les recomendara el Coyote, quien al presumir que los nuevos y caprichosos turistas podían ocultar capitales, concesiones o algo que se les pareciese, se había pegado a ellos como el bálago se pega a las rocas en alta mar. Baja California, costilla de México, se adentra en el Pacífico separada del continente siguiendo la dirección de Sierra Juárez hacia el sur, desde San Pedro Mártir hasta el Llano de la Magdalena. Don Megalonio y Marcelo pensaban atravesar el Gran Desierto desde Mexicali hacia Sonora para bajar a Guadalajara, siguiendo la línea curva trazada por la Sierra Occidental, y concluir su marcha por la cintura de América en el Galaad de Yucatán, donde se alzan las astronómicas pirámides de los Mayas, caldeos tropicales absortos en los ciclos planetarios.

  • ¡Qué bueno que ya están en México!- les comentó el Coyote después de dejar a su incansable macho afuera, abrevando en un bebedero- Es la tierra más linda que he visto, palabra de honor. Y era verdad lo que afirmaba, pues no había salido de México, aunque ciertamente tenía una patria diversa en paisajes y auténticamente hermosa en la virginal variedad de su naturaleza. En la cantina proliferaban los tipos de frontera, en su mayoría hombres de largos bigotes y barbas profusas de montañeses, con oficios eventuales y no siempre legales, habituados al nomadismo, a la fiesta, al deporte, a la aventura, a la soledad y al trato trashumante. Sus mujeres se habían acostumbrado a sus caricias rudas y ásperas, a sus celos y- en ocasiones, por bárbara desgracia no carente de motivos, de provocaciones y de insinuaciones- a sus palizas que normalmente eran livianas y terminaban en reconciliación. No obstante, aquellas mujeres de aparente vida difícil eran mantenidas por sus maridos y estos solían cumplirles todos los caprichos que se les antojaban en lo que a bienes muebles se refiere, y, como no tenían otro tipo de inquietudes, les agradaban aquellos hombres fuertes y sanos, asalvajados y acostumbrados al ejercicio al ejercicio del campo y siempre dispuestos al acto conyugal. Eran amantes frívolos de la juventud. Cuando envejecían, las mujeres se volvían cocineras y los hombres expertos jugadores de cartas. Eran poco partidarios de las misas y del clero, pero cuando estaban a solas en la montaña o en el llano, rezaban en voz baja mirando al cielo del crepúsculo.

  • Pónganse cómodos- les dijo a los tres el cantinero- Ahoritita los sirvo.

Era alto, cetrino, de ojos astutos y árabes y bigotes largos a lo Pancho Villa. Les colocó delante, por recomendación del Coyote, un plato de chili acompañado de una botella de agua y de otra de tequila bien graduado. Desde lejos, sonriendo amablemente, les canturreó:

  • Buen provecho tengan ustedes.

Entraron cuatro mariachis con sombreros de ala circular de holgado diámetro, con guitarrones como cajas de último viaje y se pusieron a cantar La Valentina.

  • ¿Esto es comestible?- preguntó Marcelo señalando al chili- Parece la reliquia sangrante de un mártir.

  • Cómo no- respondió el Coyote con acento azteca- Éntrenle no más que se les enfría.

Don Megalonio recordó algo.

  • Tengo entendido que ustedes los mejicanos abusan de ají en su cocina siguiendo la costumbre de sus antepasados guerreros que le llamaban a esta tierra “El lugar del ombligo de la luna”- insinuó en allegro ma non tropo- Yo no quisiera que mi paladar entrase en contacto con todo el azufre de los volcanes de esta tierra, pues pàra volcanes, ya tengo el mío en el que he nacido, el cual, entre otras cosas, tuvo el honor de ser la tumba del filósofo Empédocles de Agrigento, a quien Hölderlin dedicó el poema que empieza:

Das Leben suchst du, suchst, und es quillt und glämzt,

el cual se traduce:

Buscas, buscas la vida, surge y reluce un fuego…

Todo lo cual me conduce a temer que este colorado plato amenace con ser muy picante. ¿Usted qué me dice? ¿No es picante este plato?

  • No pica, claro que no- declaró el Coyote.

  • ¿No pica?- volvió a preguntar Don Megalonio, con reservas.

  • Ya se lo dije- prometió como lo hizo Agustín de Itúrbide ante la bandera de la Independencia de su patria florida- No se chivie, patrón. Estamos entre camaradas, ¿no ve?

Y para levantar sospechas, con una cucharilla de café probó un trocito de carne con salsa del tamaño de un garbanzo y no dejó caer ni una lágrima. Después llamó al cantinero para testificar.

– ¿Qué cosa les sucedió?- preguntó el hostelero con una bayeta en la mano rozada como escarapela constitucional.

– El amigo de Gringolandia, que se raja de la jalada porque nomás pica- comentó el Coyote con sonrisa criolla y mirada cómplice hacia el compatriota.

– No es la primera vez que suceden estas deavenencias, y mi voluntad quisiera prevenirlas- se justificó el Cíclope enarcando su ceja solitaria parecida al arco de Filoctetes, o al plateado de Arjuna.

– Ta ta- protestó el cantinero- No semeja ser usted muy bragado, tan grande y aventado en pelambre como representa. Chínguesela y ya chole, compadre, y no se ande a la cuarta pregunta.

– Por tercera vez los interrogo a ustedes- insinuó Don Megalonio, escolástico, mayéutico- ¿Están seguros de que este plato no pica?

– ¡Chao, cuate! ¡Pos no trajo filo ni relajo!- fingió molestarse el cantinero, haciendo teatro- ¡Le juro que no pica!

– ¿Lo jura?

– Lo juro, lo juro.

Vistas las circunstancias atenuantes, Don Megalonio, invocando a Esculapio y a la Medicina y encomendándose a Santo Toribio de Mogrovejo, patrón de las Américas, y a San Cosme y a San Damián, patrones de la terapéutica, empuñó el tenedor y abrió la boca, pinchó un bocado y probó. No había transcurrido un segundo cuando el comensal volvió a abrir la boca desmesuradamente, estiró su lengua de doce dedos empurpurada cual alfombra persa, y exhaló una llamarada invisible de su aliento que poco faltó para que abrasara la mesa a la que estaba sentado.

  • ¡A todo dar!- exclamó el cantinero estallando en una carcajada en la que el afecto se mezclaba con la burla.

  • Es usted un perjuro- lo acusó Don Megalonio tras beber dos botellas enteras de agua para apagar el incendio de sus papilas, riéndose también de la broma.

  • Ahora sí- le dio dos palmaditas en la espalda el Coyote al Cíclope todavía confuso por la emoción- ¡Bienvenido a México!

Los mariachis, casi coro griego que presencia la tragedia desde lejos, rodearon la mesa de nuestros héroes de todos los días y guitarrearon México Lindo. Amonestado por el ejemplo, Marcelo empuñó un cuchillo y amenazó en broma con emplearlo en legítima defensa contra quienes se atreviesen a servirle algo enchilado, aunque fuese un caramelo. Hubieron de freírle una chuleta de ternera con ajo y sal, que masticó con mucho cuidado y cierto recelo. Los clientes de la cantina homenajearon a los recién llegados con hurras y vivas.

  • ¡Estos son nuestros machos!- clamó el Coyote señalando a los hombres curtidos de la cantina- ¡Son todos hijos de revolucionarios! ¡Hombres de pro, libertadores de la nación, aventados y cabales!

  • Yo creía que el macho se lo había dejado abrevando afuera- apuntó Don Megalonio afónico por el tequila que solo había probado con la punta de la lengua, y que le hacía hablar como si cantara, agudo cual un staccato de The Mask of Orpheus de Birtwistle.

  • Mire- comentó el de la cantina- En México hay más hombres que en el mundo entero. Y de todos los mexicanos, los del norte son los más chingones, porque son también los más aguerridos. La Revolución empezó el 20 de noviembre de 1910 en Chihuahua. Allí estuvo mi padre con diecisiete años. Villa y Zapata eran de Chihuahua y Carranza de Coahuila, los estados más bragados del país.

  • Órale y nos amolaron- intervino un campechano de cara tostada con bigote escarchado por la edad- Ahí nomás eran esos los bochincheros que mostraban más la cresta. ¿Pero quiénes machetearon para levantar el Estado? Obregón y Calles, pos luego, guajes.

  • ¡Pos luego!- gritaron al fondo.

  • ¡Calles!- se escandalizó un flaco de grandes ojos- Pos a poco, el traidor que mató al cura que lo bautizó.

  • ¡Cristero!- gritaron al fondo.

  • A lo menos los nuestros no fueron nunca borrachos como los de Huerta- se quejó el flaco.

  • ¿Cómo qué? ¿Qué cosa?- gritó un obeso que tenía un depósito de alcohol en la barriga- ¿Quién se mete con Huerta?

  • ¡Anda y sigue jalando no más, bochinchero!- se burlaron los demás.

Y empezaron a jalearse unos a otros, cada uno con su favorito, sin escuchar los argumentos de los opositores. Se acaloraban, se levantaban, gesticulaban, reían, cantaban y en el fondo celebraban el conflicto. Fue el cantinero con un vaso de tequila en la diestra, cual la vara que arrojaban los reyes en Cortes, quien trató de poner paz y orden en la sala.

– ¡Ni qué tanto bochinche!- se impuso- Ya estamos suaves. ¡Viva la Revolución! ¡Viva México y mueran los traidores!

– ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!- corearon los presentes, fumando y bebiendo sin tregua.

Los mariachis atacaron La Cucaracha. Los hombres de las mesas y las mujeres de la barra comenzaron a ensayar con las cuerdas vocales e, incluso los traidores ,que a decir del supersticioso pueblo ya estaban todos bajo tierra, de encontrarse presentes, vivos y sanos con Judas por capitán, se echarían a cantar igual que cualquiera.

Don Megalonio, Licurgo de las costumbres de todos los pueblos de la Madre Tierra, falucho iluminado de las costas de la comprensión, comentó al universo infantil que en figura de filiada carne viviente lo acompañaba:

  • Puedes comprobar, hijo, que no hay pueblo ni nación tan alegre como la mexicana, y no es por falta de males ni de disputas; es porque se sienten unidos en sus celebraciones, y no hay nada que mejor vincule a los seres humanos que una fiesta en común. No en vano México es la cintura de América. Heredan de sus conquistadores españoles la sonrisa del Sur, el ruralismo y sus instituciones tradicionales y castizas desarrolladas en la familia, fuente de toda forma de cultura que aglutina con su argamasa sólida las piedras del edificio de la sociedad. Su pueblo es espontáneo, tan satisfecho de lo suyo que es poco amigo de novedades que mejoren o faciliten su forma de vida, simplemente porque su forma de vida es la mejor para ellos, porque saben aceptar sus males como reverso de sus bienes, porque prefieren equivocarse a no ser libres, porque, ¿qué pudieran desear que no se lo otorgase el esplendor bello y renovado de la naturaleza creada y recreada por ellos? Están hermanados con la montaña, con el llano, con los animales, y aceptan sus defectos, no son orgullosos ni presumen en el lujo de opulentas cárceles de soledad, saben que unos sin los otros no son nada y que todos son lo mismo, y que lo sublime, lo divino, está alzado en el centro de su asamblea, sol salido de ellos, hostia de consuelo y caridad trabajada por sus manos y palabra animada por su voz.

  • ¿Y las enchiladas?- replicó Marcelo- ¿Dónde dejas las enchiladas?

  • Las enchiladas lléveselas el diablo- bramó el Cíclope, todavía resentido por el picor palatal.

En fin, al día siguiente, tras haber dormido en un jergón estrecho de una habitación amplia que les proporcionó al Coyote y a los dos gamos el buen cantinero ( “Les voy a dar una espaciosa” les había dicho, “porque bien lo veo que es usted grandote”), se fueron a hacer el camino hasta Mexicali, donde en otra cantina hicieron escala. En la pared empapelada de azul cielo con bordado de palmeras colgaba un cuadro al óleo de la Virgen de Guadalupe al fondo, y en el otro extremo de la pared saludaba un pálido grabado de Miguel Hidalgo en compañía de Fray Servando Teresa de Mier, este último con un libro de Historia de la Revolución abierto en las manos y una inscripción al pie de ambos retratos, donde se leía: “Gloria a los curas revolucionarios”. Una televisión estaba encendida y el Presidente de la República, en traje de etiqueta, hablaba sobre el aumento de valor de la divisa nacional. El ambiente era más caldeado que en Tijuana. Se acodaron en una mesa de nogal rayada por el tiempo muerto de las aldeas, el tiempo del reloj sin agujas de Rulfo, el tiempo que parece un sueño y que tal vez lo sea, el tiempo placentario que incuba nuestro deseo, el eco prolongado del latido del corazón.

  • Mírenlo- les comentó el Coyote, su cicerone de Aztlán ( la Comarca de las Garzas, en el norte de México, de donde descendieron los fundadores de Tenochtitlán)- Ya pronto estaremos en Nogales, y entonces no más les digo adiós para que hagan el camino a sus anchas. Tengo allá buenos amigos. Son de ley, no son chocantes, gente de familia. Yo no soy yaqui, pero ando emparentado. De verdad que no me caen gordos, pos luego, son lindos camaradas. Y pa que no se fleten con los ardores de la llanura – dijo guiñando el ojo izquierdo- en casa de una prima segunda les presento a unas chulas lindas como soles, mis sobrinas, que ya verán si les levantan el ánimo.

Succionando un batido de papaya que solo llegó a mojarle la lengua, Don Megalonio vio pasar delante de él, en desfile de máscaras alfabéticas, toda la historia de México. Vio con su ojo pensativo que sabía mirar más allá de las apariencias al águila que se posaba sobre el nopal con una culebra en las garras y que señalaba a los aztecas el lugar de fundación de Tenochtitlán, capital del Imperio de los Mexicas, más tarde absorbido por otro Imperio de lengua explicativa como las aguas del mar, un imperio de soldados que combatían bajo la enseña de una cruz, sobre lomos de caballo, con armas que escupían fuego de muerte, y que a pesar de que no demostraban ser mejores que el resto de los hombres, eran custodio de un mensaje de paz y de consuelo que resumía la necesidad de todos los pueblos de una divinidad cercana a ellos, cuya voz inefable pudiese traducirse en una palabra humana. Vio al hidalgo presuntuoso, copia del centurión romano, a Hernán Cortés, procedente de tierras reconquistadas al moro extranjero adorador de un grito mal articulado en el desierto, subir de Veracruz a caballo con los suyos, levantando campamentos y fuertes, fuertes y campamentos de trazo latino en una región cuyo nombre desconocía y que se desplegaba ante él con la exhuberancia de una revelación. Vio al viejo Moctezuma con argollas, y a casi tres siglos de esclavitud de indígenas en heredades y minas, oyó los sermones condenatorios de dominicos, franciscanos, y jesuitas contra la codicia de los colonos, mientras los esclavos edificaban bajo las órdenes del Capitán General y del virrey pretoriano las sedes de las Reales Audiencias en Nueva España sometidas a la autoridad de un emperador invisible, al que obedecían los ejércitos y la artillería, y con el que contemporizaba el clero. De una iglesia salía después un sacerdote con una carabina gritando “Independencia, República y Libertad”, términos del viejo mundo de los reyes ultramarinos y del relajo cortesano, términos que exigían justicia que no podía ocultar Miguel Hidalgo en su parroquia de Dolores, pues dolores eran sin duda los de la bella América, suspiro terreno de la propia Virgen a la que oró Cristóbal Colón cuando se sintió que se perdía con su tripulación en el abismo del océano inmenso del universo siempre desconocido, suspiro profanado por la codicia de quienes no habían presenciado el milagro. Allí estaba el 16 de septiembre de 1810 en la filacteria de la emoción irisada, las cabezas de los esclavistas exhibidas bárbaramente- un aprendizaje de colonia- en la Alhóndiga de las Granaditas en Guanajuato. Salían en desfile efímero luego los caudillos libertadores José María Morelos – el Siervo de la Nación, como lo llamaban sus compatriotas-, Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria, Pedro Moreno, Francisco Javier Mina, Agustín de Itúrbide y su breve imperio de deudas, Antonio López de Santa Anna con la Constitución de 1824 en la mano y sus once legislaturas de mandato, Benito Juárez en pie contra el usurpador napoleónico Maximiliano de Austria, cuyo boato vistiera las entrañas del Castillo de Chapultepec con grifería de oro, Porfirio Díaz con su porfiriato dictatorial en manos de hacendados extranjeros, la Revolución de 1910 con sus héroes populares repartiendo las tierras y las concesiones de los terratenientes sostenidos por los capitales de Estados Unidos y de Europa, el gobierno sexenal de Lázaro Cárdenas dedicado a la educación y al reparto de tierras tras el revanchismo socialista extremo de Plutarco Elías Calles, los dirigentes neoliberales súbditos del dólar que extenderían la inflación por los mercados nacionales hasta que en 1994 el Tratado de Libre Comercio con Norteamérica despertase la lucha por los derechos del pobre por parte por parte del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, y finalmente –porque el futuro es siempre la esperanza de lluvia de una borrosa nube- la serpiente emplumada de Quetzalcoatl. mensajera del porvenir, con la interrogación de la esfinge, desolación de la quimera humana como anticipó Cernuda, resplandeciente en su misterio cual rayo rompiente de alborada. “En el baile de la historia no hay vencedores ni vencidos, tan solo hilos espirituales que unen a los hombres en la comunión de la inteligencia sobre las diferencias del relieve accidentado terrestre, dedos pasionales del diablo que en el fondo existen para dar plenitud a la labor ecuménica y liberada de los hilos vivos del corazón que late, uno, indivisible y repartido, en nosotros”, concluyó el Cíclope acariciándose los pelos duros como plumón de su barba osscura.

  • Papá, ¿ya estás pensando en las musarañas, como siempre?- interrumpió su reflexión la voz caudalosa de Marcelo, plantel del pitiminí de todas las inocencias de la infancia- ¿Cuántos cráteres hay en la luna?

  • Vaya, hijo…- se excusó Don Megalonio como Alfred Loisy por su teología novelesca y entretenida ante el inclemente y arbitrario Tribunal de la Inquisición- Mientras estaba acodado en la mesa, se me vinieron a la mente cual golondrinas en un cielo de verano los personajes evocados de la historia de México, cada uno con la postura en la que cruzó el Río de los Tiempos, y no pude espantar el barullo de tanta nostalgia, raíz de la existencia que nos une al principio amoroso de la vida, única luz del mundo, a decir del poeta.

  • ¡Pero si ya no hay mesa, ni cantina, y las golondrinas son verdaderas; ahí están, en cielo raso, pues ya llevamos dos horas de camino de Mexicali a Nogales!- exclamó el niño riendo.

  • Ándense con ojo- advirtió el Coyote a lomos de su incansable macho- Por esta zona abundan las serpientes y los cerros están retacados de ellas. Y el sol cae muy fuerte. Miren no más y de la forma en que se levanta la ventisca en aquella sierra con apariencia de aguijón de jicote. Mejor vamos a descansar a la sombra de esos cedros de la izquierda, y luego seguimos la jornada parejos a la carretera, que es el camino más corto.

Así lo hicieron. El paisaje de la altiplanicie era un tanto menos desértico que el de California, con algunos grupos de árboles piadosos que salpicaban unas pocas sombras. Marcelo tenía hambre y devoró una tortilla de maíz con epazote y una morcilla de arroz entera con un litro de agua de un termo que se había traído de Mexicali con un ajimez y un trompo de juguete, regalos de la hija del cantinero, una moza tostada a la que el galancito dijo algunas lindezas. Don Megalonio prefirió aguardar a la comida. El sudor que manaba de su piel tapiada de pelos era tal que formó un charco que cubría exactamente el espacio de su sombra, y que la tierra reseca se bebió avara y diligente, ansiosa y rápida, pasional y necesitada.

  • Carajo- festejó el Coyote mientras bebía pulque de una petaca y se echaba agua de una cantimplora a la cara viendo caer las gruesas gotas de sudor del cuerpo del Cíclope como diamantes de África o cristales rotos de un sueño absorbido por la tierra al fin fecundada, gloriosa y exultante- Semeja no más que se le derrite el cuerpo. ¿Es acaso de cera como las velas de las iglesias y con el calor se ablanda? Mire que no se le derramen las espaldas por el camino a l´hora de l´hora, ni se le deshaga la cara con el sol, que ya se le ve gotera, o resina de ocote, con el lardo hecho salsa. ¿Cómo no tiene más firmeza, que se le vuelve agua el valor y la hombría, que le fluyen los arrojos y se le licúan las barbas?

Después de limpiarse la frente, Don Megalonio respondió con la prosapia de Amado Nervo:

  • Es tan grande y espaciosa mi lealtad y mi fe, que mis miembros escurren agua para que se la beba esta tierra. Así mi ser se lo bebe el mundo, como testimonio transparente de aquella sangre luminosa que se derramó el día de la última y la primera de las batallas por la redención del hombre. ¿Podría decir de su fe lo mismo?

  • A fe que no- musitó el Coyote sorbiendo licor- De verdad que me choca. Debe ser usted un hombre de palabra que no se raja por nada de su deber, y así encharca el suelo de lo que dice.

Un milano atrapó a un vencejo en pleno vuelo. De pronto se escuchó un ruido que recordaba al cantar de una cigarra. El Coyote se agitó en su postura, como se agita un avispero con un vendaval, y extrajo un celular de su bolsillo y lo colocó sobre la oreja:

  • Sí, ya están conmigo…- habló por el auricular- Vénganse para acá y no se tarden.

Y cortó la comunicación.

– ¿Alguna novedad?- preguntó Don Megalonio con acento de jitanjáfora o de greguería, pues ya deducía la respuesta.

– Son unos amigos- trató de contestar el preguntado, imitando la inocencia de una estrofa de Urquiza- Se vienen a conocerlos. Ya verán no más qué divertido.

No transcurrieron cinco minutos cuando sintieron acercarse galopes de caballos y asomaron por el polvoriento horizonte cinco hombres sobre cinco corceles cual centauros del Pelión, quiméricos y fantásticos en su galope tonante, con rostros de barro cocido por el sol del Nuevo Mundo, cual inversiones de la sorpresa que se habían llevado los indígenas de las Indias Occidentales al presenciar el mismo fenómeno protagonizado por centauros españoles. Parecían incluso irreales, siendo la realidad el primer pensamiento que concibe la percepción simultánea de todas las cosas, porque cualquier sorpresa detiene el tiempo en una imagen y resume vidas enteras, y es la sorpresa el despertar de la expresión de la palabra en la mente universal que el ser humano percibe como ley que rije la suya.

De Amércica Latina escribe Carpentier: “Aquí lo insólito es cotidiano, siempre fue cotidiano”. En el continente más occidental, el sol llega cargado de imágenes del mundo y las abandona en las junglas donde crecen como árboles los mitos renovados, las antiguas fábulas del nacimiento. Es América la tierra del regreso, la comarca de los recuerdos, donde las semillas de lo antiguo reviven, y el Paraíso Perdido de la Inocencia se recupera en un bautismo de juventud. Así los jinetes le parecieron a Don Megalonio recién venidos del Banquete de los Lapitas o del lugar donde el pasado de los conquistadores se une con el presente de los indígenas. Nada más llegar, un charro mestizo de barba entrecana y cara flaca y arrugada y dientes picados por la coca se adelantó a saludar al Coyote, quien se limitó a levantar un brazo para indicar su presencia:

  • ¿Estos son los gringos?- preguntó el charro- ¡Qué desemejantes!

  • Salúdalos no más, que son educados- replicó el Coyote riendo.

  • Good morning, friends- saludó ladeando el sombrero el charro del bigote enharinado- Very fine?

  • Buenos días, honorable Quirón- saludó el Cíclope levantando la mano- ¡Qué curiosas y extraordinarias son las razas humanas! ¿Quién podría decirle a mi padre que un día resplandeciente como este, en el Nuevo Mundo, un cíclope europeo podría entablar conversación con un centauro americano al igual que en las fábulas de los poetas?

  • ¡Oye huarachudo!- le gritó el charro de la barba nevada al Coyote- ¿Qué cosa me llamó el guaje este?

  • Como chingón- respondió el Coyote sin dejar de reír- O a poco. Sabe más que mi abuela.

  • Quirón, he dicho Quirón- lo corrigió Don Megalonio con suavidad, tal si fuese San Juan Bautista de La Salle o algún discípulo suyo.

  • Pos así será como lo dicen los gringos- se explicó el Coyote.

Otro de los charros, este de cara lampiña y oscura como la obsidiana, con mirada tímida de indio, le preguntó en náhuatl al de la barba canosa:

  • ¿Akinke ka?

  • ¿Tlein moneki?- replicó el otro.

  • ¿Akinke ka?- volvió a preguntar.

  • Chontalyin- respondió el de la barba.

  • ¿Qué idioma es ese, padre?- preguntó Marcelo sin dejar de comer su ración que huía a través de su boca en una transustanciación progresiva con intervención oculta de su laberíntico tubo digestivo.

  • Debe ser el idioma de los centauros- comentó Don Megalonio adoptando la pose de un lingüista experto en gramática comparada, y por un momento su rictus solemne se confundió con el de Brugmann en una lección ex cathedra- Un poco de griego y otro tanto de sánscrito, una brizna de latín y una buena dosis de hebreo. Una digestión conjunta de términos procedentes de idiomas distintos hermanados en la voz del espíritu universal. Tal es la geografía del alma.

El charro de la barba blanca descendió de su montura de un salto, ágil y equilibrado por las correrías de la estepa, los rodeos y las cabalgadas, y tras hacerle un saludo a Marcelo tocándose la punta del ala del sombrero, iba a decir algo, cuando le interrumpió el timbre oracular de Don Megalonio.

  • ¡Otra vez he sido víctima del engaño de las apariencias, porque ninguna imagen aparente es completamente verdadera! Me imaginé que recibía la visita de una familia de centauros que emergían del horizonte, ahora me imagino que uno de los centauros es un jinete. ¿Cuál de las dos impresiones de pensamiento tiene una dosis mayor de verosimilitud? ¿Aquella en la que los elementos diversos del paisaje se unifican en una idea que materializa nuestro deseo o aquella en la que se dividen de nuevo los elementos antes de que otra idea deducida del paso del tiempo los unifique? Entre el antes de la congregación y el después de la degradación, entre el nacimiento que une y la muerte que separa queda un vínculo, la memoria del cambio, el principio del yo del sentimiento o la palabra, que siempre permanecen.

  • ¡Piocha, señor gringo!- exclamó el centauro deshecho al que el Cíclope llamó Quirón- Conmigo no es preciso tanta prédica, que aquí venimos no más para cobrarle la contribución, y Hacienda platica de lo poco lo mínimo.

  • ¿Qué contribución?- quiso saber Marcelo sin dejar de mascar su parte- ¿Contribución de qué?

  • Pos la de pasear por territorio mejicano- contestó el charro- ¿No es así, Coyote?

El Coyote asintió con la cabeza, sin contestar.

  • No entiendo lo que quieren estos hombres, padre- declaró Marcelo más perplejo que Maimónides- ¿Será que están hablando todavía en lengua de centauros y sus intenciones no pueden interpretarse a la luz de sus palabras? ¿Qué solución tiene este enigma?

  • Tal vez sean sus palabras las que no puedan interpretarse a la luz de sus intenciones- alegó Don Megalonio suspirando profundamente- No hay mejor Edipo que el tiempo para cvonvertir en certeza una hipótesis. Todas las hipótesis son opiniones, y todas las opiniones son interesadas, aunque unas poseen mayor peso de verdad que otras, porque la legitimidad de una moral recta acoge más a unas que a las otras. Señor mío- se dirigió al charro apeado de su montura- ¿A qué se debe esta visita? ¿Qué modelo de credencial demandan de nosotros? ¿Un caluroso abrazo también, para romper el hielo de las primeras entrevistas?

  • Déjese ya de chivitas, amigo- repuso el charro jinete- y vaya aflojando la lana. También nosotros nos dedicamos a la buena vida, pero cobramos peaje. ¿Dónde llevan las maletas, Coyote?

  • Siguen hablando en esperanto- comentó el Cíclope- porque no se le encuentra significado ni a un fonema. Usted, querido cicerone- dijo dirigiéndose al Coyote- debería actuar de intérprete en la conversación, pues no consigo entender lo que este buen jinete, centauro o quimera, me está queriendo decir sin terminar de decirlo.

  • Claro está- confesó el Coyote- Ahora ya no valen más chanzas. Enséñele el dinero que trae y solo le cobraremos una comisión.

  • Quieren que les enseñe el dinero que traigo- repitió Don Megalonio con viva sorpresa, comprendiendo al fin- Ni Lévi-Provençal, de hallarse presente y en lúcida presencia, con todos los idiomas antiguos y modernos con los que habrá tenido contacto, sería capaz de traducir a un idioma comprensible el argot, la jerga o la germanía de quienes quebrantan así el derecho de hospitalidad, derecho esencialmente gratuito e inherente a toda persona, fundamento de todos los derechos y la mejor garantía de la paz social. Díganme la cantidad que desean, solo por nefasta curiosidad.

El charro de la barba blanca miró a los ojos del Coyote.

  • Unos cincuenta mil pesos- confesó- Diez mil por cabeza.

  • ¿Como cuántas cabezas contaste, mano?- se alteró el Coyote- ¿Que yo que te di la señal no cuento? Conmigo serán sesenta mil pesos.

  • En buena hora habló nuestro anfitrión, el que nos introdujo en esta bella tierra por el momento tan mal habitada- comentó el Cíclope con cierta ironía amarga como la de un verso de Luis Vidales- No fue más oportuno el cuerno de Roldán en Roncesvalles ni el pendón castellano de Alfonso X en las Navas de Tolosa. ¡Ah despreciable Rodrigo Velázquez, así entregaste por la espada a los moros a tus nobles sobrinos los Siete Infantes de Lara, en las sierras de Altamira / que dicen del Arabiana, antes de que tu pescuezo de traidor fuese segado por el filo del sable de Mudarra, el vengador de los siete hermanos, hijo de su mismo padre, Gonzalo Gustios, y de una hermana de Almanzor! Estoy hablando en el idioma de sus conquistadores, en el de Juan de Grijalba, Alonso Dávila, Francisco Montejo, Pedro de Alvarado y Hernández de Córdoba, en el de Hernán Cortés y en el de Pánfilo de Narváez. Ellos trajeron, junto a un mensaje de paz procedente de la palabra de un Dios bueno, la discordia, la codicia y la guerra del dominio romano, las armas de fuego y los instrumentos de la muerte, y todavía hoy ustedes no han sabido renegar de esta gravosa herencia. ¿Quá casa podría fundarse sobre el cimiento de la traición? ¿No consideras, Marcelo, hijo y esperanza mía, que el mal no puede dar buenos frutos, que la mayor riqueza es la virtud, que la corrupción y la mala fe conducen a la ruina del que las practica? ¿Qué le dirías a estos brutos centauros para que no continúen aprovechándose de su pueblo de honrados lapitas de inocencia indígena y valor humano insustituible, quienes terminarán por ensillarlos y encerrarlos en las cuadras de las prisiones y los centros penitenciarios civiles?

  • Me avergüenzo enormemente- declaró Marcelo levantándose ( no en armas, tranquilo lector, sino de cuerpo en pie) al estilo de los apaches, todavía con la comida en la boca- de esta vergonzosa conspiración contra nosotros, pobres inocentes de buena voluntad y corazón en su sitio. ¡Qué vergüenza, repito, qué vergüenza que nos avergüencen de este modo tan vergonzoso! ¿Saben lo que les digo? Debería darles vergüenza. Volverse facinerosos contra quienes han venido a consagrar al altar de la cultura sus costumbres. ¡Oh Vergüenza, encarnada dama!, ¿no te avergüenzas también tú? Miren y escuchen: únicamente por vergüenza hacia sus desvergonzados semblantes que no han aprendido todavía a avergonzarse, voy a arrojar de mi mano estos chilaquiles aún no degustados por mí, pues al suelo se precipitan de la vergüenza que su desvergüenza les produce.

Dicho esto, dejó caer una tortilla de maíz y volvió a tomar asiento en su imaginario escaño, a modo de diputado rabioso que acaba de desgañitarse en tribuna.

Sorprendentemente, la sal de este discurso y la presentación de Don Megalonio alcanzaron el paladar crítico del charro de la barba blanca.

  • Está bueno- reconoció escupiendo en el suelo, a su derecha- ¡Carajo, nosotros no somos traidores ni gachupines, compadre, pero es costumbre nuestra el hacer esto a los que pasan sin pasaporte! ¿No es así y me salgo, perico perro?

  • Pos cómo no- respondió el Coyote.

  • Qué les cuesta aflojar unos sesenta mil pesos a ustedes dos que son gringos millonarios, epa- prosiguió el charro salteador- Apuesto a que Nicolás Bravo no trató de mejor forma a los trescientos que soltó del campo enemigo cuando le mataron a su padre.

  • ¿Quién les ha mentido informándoles de que somos millonarios?- quiso saber Don Megalonio- ¿Quién es el autor de tan magnífica calumnia?

  • ¿Pos usted no me aseguró que pasaba capitales, cuando me platicó allá en California?- se admiró el Coyote arqueando mucho las cejas.

  • Sí, lo recuerdo- confesó el Cíclope sonriendo con desmesurada elegancia, cual un D’Orsay de mojiganga- Pero fue una mentira piadosa con el fin de que usted nos acompañase hasta la frontera, porque entonces no estaba tan hablador como ahora.

  • Újule- protestó el Coyote- Ahí está el colmillo. ¿Cómo se les ocurrió jugar con el jocoque?

  • Debería ser usted quien comprendiese por sí mismo y sin necesidad de explicaciones que las confidencias sobre asuntos privados y personales deben quedarse en lo privado y en lo personal, puesto que la intimidad es un derecho que ha de pertenecer a la conciencia y únicamente a ella debe rendir cuentas- se explayó el Cíclope, popular, sincero y preciso, casi etéreo a la manera de un discurso de Abraham Jesús Brito o un verso despejado de Ángeles Gaona- Lo único de lo íntimo que pueden conocer de las personas es aquello que revelan en el cristal de la mirada, la misma que es llamada por los sabios “espejo del alma”- y señaló el contorno nunca ojeroso de su enorme y recientemente activo ojo libre de pupila de profundidad sin fondo, en la que un rayo de luz líquida desvanecía el infierno de las sombras- ¡Ah, corrupción humana, cómo escudriñas el subsuelo de la tierra que moldeó al primer antepasado para embriagarte de sus riquezas, guardadas allí para tu mal, para la ruina de tu corazón también mineral y muerto, que no recobrará la vida hasta no despegarse de la infección de sus vetas de odio y de mentira, hasta no despertar de su sueño, de su propia muerte, en la que la felicidad está desterrada y el amor se ha evaporado y ha enfriado un esqueleto que pudo haber sido un cuerpo! ¿Recoges, hombre, acaso, la tierra que te sepultará en su seno, y renuncias a una herencia de vida para aceptar una herencia de muerte? ¿En lugar de trabajar para ti y para los demás redimiéndote a partir del premio de alegría que te comunican, trabajas para no trabajar y vives para no vivir, exiliado en un infierno de angustia cuya única y fatal tortura es el remordimiento? Todo el dinero del mundo no puede comprar la libertad, y en la libertad está el único poder, el mismo que te dio la vida, pues quienquiera que seas, has nacido de una decisión y de un acto de libertad. Si pierdes ese don, lo has perdido todo. Si tu casa carece de cimientos y tu vida de principios morales de lógica fundamentada en el amor o primer conocimiento, ¿qué te importan los tejados retóricos y las columnas legales y consuetudinarias, si no puedes edificar ni erigir un espacio en el que quepas tú? ¿Qué añadirías entonces, Marcelo, para convencer o al menos declarar a estos señores, que siguen pareciéndome centauros por más que los miro y los escucho decir sandeces, y a este Coyote al que solo falta caminar con todas las extremidades para no confundirlo con un ser humano, que su mala fe no tiene otro destino que el contrario a la buena del amor fraterno, lábaro de los pueblos?

  • ¡Vergüenza!- exclamó muy enfadado- No se me ocurre otra palabra.

  • Pues siendo así, señores- concluyó Don Megalonio, levantando la sesión y sentenciando a los ladrones del desierto- y siendo un niño quien lo confirma, no quiero malas compañías, y en lo que resta de mi viaje por este país no deseo verles a ustedes más la cara, hasta que arrepentidos y doloridos de sus dolosas faltas, se postren de hinojos ante la Virgen de Guadalupe y, golpeándose el pecho con el puño con el que golpearon a un hermano, le supliquen misericordia por ser tan malos hijos de su patria. Y nosotros nos vamos, que llevamos prisa.

Don Megalonio alzó su desmesurada silueta de la arena amarilla y su considerable estatura impuso respeto en la asamblea de salteadores, del mismo modo que el caballo de Camilo, según Livio, lo impuso asimismo entre las filas de los galos invasores que saquearon Roma en el 390a.C. con el caudillo Breno a la cabeza. Marcelo lo siguió después de limpiarse cuidadosamente el polvo de las suelas de los zapatos frotándoselas contra las raíces del cedro que les daba sombra.

  • Se nos van, pelado- acertó a decir el Coyote.

  • Déjalos ir- dijo el charro de la barba blanca, mientras sus hombres permanecían clavados a sus caballos- ¡Y qué padre platica el gringo, carajo! ¡Es de ley!

Y, encendiendo un cigarro negro, se puso a fumar mientras veía marchar a sus huéspedes, los primeros que no le habían pagado tributo. No corrigió con más didáctico tino el ateniense Teseo a los bandidos Perifetes de Epidauro, Sinis de Corinto, Escirón, Procustes de Megara y Cerción de Eleusis cuando los obligó a someterse al mismo trato al que estos sometían a los viajeros, ni demostró mayor valor Cuauhtémoc al ser capturado y torturado en Texcoco por Cortés, soportando el suplicio sin revelar los secretos de su rey. Todavía se recuerda este suceso en Sonora, una leyenda popular reciente recogida por escritores y cineastas, y que los rancheros de la zona cuentan a sus hijos enriqueciéndola con detalles fantásticos, la cual se conoce vulgarmente como la “Historia del gringo de ley de la frontera, relato con pelos y señales”, siendo los pelos los que el lector sospecha y las señales las inolvidables que dejan en quienes lo escuchan, lo leen o lo comentan, que son numerosos como las arenas del desierto.

Tomaron Don Megalonio y su hijo la dirección de Magdalena, y en un día de camino llegaron allá, a la orilla del río donde se abren, entre autopistas y vías ferroviarias, las minas de manganeso que han hecho célebre a esta comarca. La cordillera subcaliforniana se recorta al término de un cielo de tul agitado por fuertes vientos procedentes del pacífico y de la llanura. A medio kilómetro, poco más o menos, del río, están apilados montones de gravilla del tamaño de colinas, unos veinte o treinta, y en sus faldas se abren cual fallas las bocas de las galerías, madrigueras profundas por las que entran y salen remolques cargados de pirolusita. La explotación es mixta: la originaria es a cielo abierto, con excavadoras de oruga que arrancan el mineral cual termes de las gradas de terreno hundido según la técnica latina de la ruina montium; posteriormente, la carencia progresiva de los filones ha hecho necesaria la excavación subterránea de galerías, con entibados, pozos y mampostas regulables. Un polvillo fino levita en forma de nube alrededor del campo de operaciones, el mismo polvo mineral que, acumulado en los bronquios de los pulmones, origina la enfermedad denominada silicosis.

A pesar de las advetencias de Don Megalonio, Marcelo insistió en acercarse al lugar de trabajo de los mineros, quienes, indumentados con un mono verde que traía escritas en rojo las siglas PEMEX (Petróleo Mexicano, organización creada por Lázaro Cárdenas, que se ddedica asimismo a otras explotaciones) iban y venían cargando y descargando, protegidos por cascos blancos de poliuretano. Los capataces, moviendo los brazos como aspas de molino, indicaban a cada cual lo que había de hacer. Tan concentrados estaban los mineros en su trabajo, que no vieron llegar la desgarbada y abultada humanidad de Don Megalonio, eclipsando con la atalaya craneal que salía de ella al sol del próximo mediodía.

– ¿A qué se dedican estos hombres, padre?- interrogó Marcelo como Lorenzo Valla, señalando con el índice a los trabajadores- ¿Por qué van y vienen con tanta prisa?

– Esos diligentes operarios que ahí ves ir y venir cual hormigas sin perder el ritmo ni un instante son mineros, trabajadores de la mina, quienes soportan la velocidad impuesta por sus jefes, velocidad que acostumbra tender a la aceleración cuando la codicia de las grandes poblaciones exige mayor cantidad de recursos para llenar las arcas bancarias y para dotar de nuevos lujos y comodidades los hogares burgueses de los consumidores y sostenedores de las grandes empresas y de los grandes capitales, que a menudo suponen grandes trabajos para otros- explicó Don Megalonio al estilo de Uztáriz.

Un minero joven- puede que aún no hubiese cumplido los dieciséis años- moreno del trabajo al aire libre, delgado y de mirada siempre puesta en el suelo recogía pedruscos grises de la roca sombría que contenía el elemento que en 1774 había descubierto el químico Scheele en la magnesia negra, también llamada pirolusita. Metía las piedras en un saco, y después lo descargaba en un motón. Ese era su trabajo. ¿Qué le podía importar a él que el mineral fundido a 1260ºC se emplease para extraer las impurezas del hierro y éste para fabricar acero, y el acero para diseñar nuevas máquinas de explotación, siguiendo el circuito griego del castigo de Tántalo? A él le pagaban veinte pesos la hora, un salario inferior al legal, y lo demás era para su persona pensamiento soñado después de digerir la ración del día.

  • ¿Tiene mucho trabajo?- le preguntó Marcelo desde lejos, sin poder contener la curiosidad.

El joven tardó en contestar. Levantó la frente del suelo y miró con ojos poco acostumbrados a contemplar largas distancias, y tuvo que cerrarlos un tanto para que no le produjese daño en la retina la directa luz del horizonte irrumpiendo en un haz demasiado ancho en su pupila demasiado dilatada.

  • Pues sí- contestó sonriendo al ver al niño, tal vez recordando su infancia- Un poco.

  • ¿Quiere que le ayude?- se ofreció Marcelo como buen samaritano.

  • No, gracias- se adelantó a responder el joven- El señor capataz tiene prohibido el trabajo de personas ajenas a la explotación.

Y continuó inclinado desde la séptima vértebra, ajeno a todo lo que no fuera la recolección del mineral.

– Tenga cuidado, chamaco- le recomendó de pronto a Marcelo volviéndose hacia él- Aquí no podemos estar más que los asalariados. Antes habían puesto una alambrada de este lado, pero la mandaron quitar los inspectores porque los obreros se hacían cortes en el hierro al pasar con la mercancía y cogían el tétanos.

Marcelo, con su mirada fúlgida de niño, observó que el joven minero cojeaba de un pie, y al preguntarle la causa el chico respondió:

  • Es de nacimiento. Tengo la pierna derecha seis centímetros más corta que la izquierda. Por eso uso una plantilla especial, ¿no ve?- y le mostró una bota con suela prolongada de madera- Me dan diez pesos al mes por incapacidad parcial. Antes me daban algo más, pero desde que el patrón me contrató me redujeron el subsidio social, y a él le redujeron impuestos por contratarme, pero como no puedo trabajar en otra cosa, me tiene el jefe empleado en recoger el mineral que se cae de los montones. A veces me duele el cuello mucho de inclinarme y no soy quien de acostarme, pero le estoy muy agradecido al patrón porque gracias al salario que me da puedo comer sin necesidad de trabajar en otra cosa.

Todo esto lo decía sin levantar los ojos del mineral, que de puro agradecimiento, debiera cobrar vida y saltarle a las manos de modo parejo a los sillares del muro de Tebas cuando el príncipe Anfión tocaba la lira cuyo sonido los despertaba y los animaba. Muy admirado, Marcelo lo contemplaba en su bella rutina, pues el trabajo bien hecho es más bello que ninguna otra cosa, porque el amor lo informa de manera especial y lo hace participar de su gracia y de su poder. Valía aquel joven, heredero de los niños explotados en las fábricas del siglo XIX y de los indios condenados a la minería por la bárbara institución de la mita, más que todas las riquezas avaras del universo puestas en un platillo de balanza, y en su obediencia misericordiosa que sobrepasada todo filo de justicia estaba ungido de fortaleza y de felicidad, premio y desarrollo pleno del ser humano que únicamente reciben los bienaventurados que soportan y padecen por amor, padecimiento que lleva consigo una satisfacción por el deber cumplido inmensamente mayor que todos los placebos que pueda proporcionar el placer. Quien ama y vive por amor no siente padecimiento ni temor, y cada paso que da en su existencia constituye para él una distancia menos a salvar para el encuentro con el amado. ¿Qué le importa al amante el mundo entero si sabe que su felicidad está en un solo lugar que él conoce y lo demás es ignorancia e insignificancia de un espacio que los une y los separa? La verdad es para el amante un sentimiento del corazón que resume su vida, su tiempo hecho de recuerdos, que es eterno porque no hay parte de sí que no lo proclame. A ciegas puede un amante encontrar a su amado solo por la fe de su voz, y si esta le faltase el tacto de su piel lo guiaría hacia él, cuando el corazón latiese con más intensidad y rapidez impaciente por su proximidad. ¿Qué ciencia de recuerdos no se inclina arrodillando su arrogancia ante la ciencia del amor, la única que sabe resolver con su medicina y con sus fórmulas de pasados testimonios los problemas del ser humano, la absoluta ausencia y soledad del hombre? El mundo es una paradoja donde nada es solo lo que parece; la fuerza está en lo oculto. Lo pobre y pequeño de la tierra es lo rico y grande, y lo rico y grande de la tierra es lo pobre y pequeño, porque en lo primero está la semilla de la generación, y en lo segundo, la enfermedad de la corrupción. Bienaventurado es, entonces, el honrado y perseverante en su trabajo que es siempre pobre para el mundo, pues todos los evangelios lo proclaman dichoso, porque solo en el deber cumplido por amor habita el reino de la felicidad. En estas cosas aún no pensaba Marcelo, pero las sentía, porque los niños sienten todo lo que piensan los adultos. Y ya se proponía decir algo, extendiendo como el orador la mano derecha, cuando uno de los capataces, un hombre gordo con cara de máscara, imitando los modales rudos y de aparente superioridad de los conquistadores españoles, se acercó al joven recolector a zancadas y le gritó, como si estuviera a un kilómetro de distancia:

  • ¿Qué estás, raspando codos, chavo? Haces en dos horas el trabajo de una. ¿Con quién platicas? ¿Platicas solo, acaso, como los locos? ¡No sabes bregar, flojo del carajo! ¡Te tiene el jefe a cuerpo de rey y ni recoger cascotes sabes! ¡Para eso te regaló esa funda de las que les sobraron a los obreros del petróleo, pa que no se le rompieran los pantalones al baboso, al inútil este! Si por mí fuera volvías a plantar milpas, que es lo que se te da, y así te cuarteabas como Dios manda. ¡Cinco minutos te doy porque soy bueno! ¡Cinco no más! Y si no terminas, le digo al jefe que no te pague lo de hoy.

  • Ya termino, señor- respondió el joven como réplica a las injurias.

Con la punta del dedo índice en la boca, tal que un fiscal, Marcelo no pudo reprimir la indignación y gritó:

  • ¡Maldito cómitre asqueroso, exactor esclavista, egipcio adorador de bichos podridos, pellejo de rata sin voluntad ni dignidad humana! ¡Así trata el diablo a quien le sirve! ¿Con qué autoridad reprendes al que trabaja en un día más y mejor que tú en toda tu infectada vida apestada de sobornos, influencias, extorsiones y exacciones, falsificaciones y calumnias; con qué mando o bajo qué ley lógica por poco equitativa que esta sea castigas al alma de este país, al que conoce su tierra porque la ha recorrido y la ha labrado con manos limpias, manos nunca ensuciadas en tratos fraudulentos ni en masturbaciones a politizados puercos de ceba? ¿Cómo llamas inútil a quien en su enfermedad se esfuerza el doble que tú en tu inepta salud, a quien nos devuelve la salud con su enfermedad para que seamos capaces de ver las cosas en su justo y razonable lugar? ¡Perro sarnoso y piojoso, si no fuera porque soy un niño en edad de aprender y de dejarse guiar por otro, con el odio que te tengo por lo que has escupido de tu boca hedionda te sacaba las tripas y te colgaba con ellas de un árbol, como Garibaldi dijo que haría con los explotadores, pero el dies irae le corresponde a quien tiene el poder de hacer y deshacer todo, y ante él presento mi querella y mi denuncia justamente para que condene lo que la ley humana no ha sabido condenar.

Tras este apóstrofe shakespeariano, Marcelo permaneció igual que la estatua del David de Miguel Ángel- ¡y mármol parecía su mirada dura!- frente al opresor, sin haber en los anales revolucionarios Proudhon que se le comparase. El cómitre creyó soñar cuando sus sentidos le informaron de que el niño que observaba el trabajo de los mineros desde la empalizada era quien había proferido aquellas desgarradoras amonestaciones que procedían de las voces profundas de millones de seres humanos maltratados, cuya sangre vertida injustamente clamaba desde la tierra confundiéndose con aquella histórica y simbólica en la que el mismo Dios del principio quiso encarnarse para endulzar con vino de alegría y resurrección las entrañas desconsoladas de tantos muertos que pedían a gritos la vida y que eran dueños del reino del amor al que habían encomendado su ser, voces cuyo clamor imposible de acallar grabó los derechos delhombre sobre la piedra legal, sobre la roca que sirve de cimiento a todas las moradas y de norma a todas las familias, roca de nuestro lenguaje, siempre alegórico y renovado por los descubrimientos de las generaciones. Pero el corazón cobarde de Ramsés II y de los 62 virreyes de Nueva España que rigueron México antes de la Independencia, corazón larvario de esclavistas endurecido antes de ser machacado sobre la piedra de la verdad, se contagió o, mejor dicho, se refugió en el pecho vacío del capataz de la mina, quien, sonriendo despectivamente hacia el niño, replicó:

  • ¡Ya estaría, bolerito encuerado, pelusilla, cómo hablas con tanta arrogancia, chipotudo! ¿Qué tienes que meterte en lo que no te importa? Ya vuélvete con tu mamá, chamaquito, si no quieres que te machuque con el chicote. Acá no damos de comer a inválidos.

  • ¡Inválidos son los de tu condición, negrero!- voceó Marcelo cual lo harían los dos Gracos juntos.

  • Ándale- dio un paso adelante el capataz, y su barriga tembló elástica- No sigas, payo, que me choteo de plano. Le daré al jefe tus señas pa que no te contraten en ningún sitio y te mueras de hambre. Anda, rorro, a ver cómo te sienta.

  • ¡Yo no quiero tu trabajo, piojoso!- declaró Marcelo.

  • ¿Ah no? Y luego en qué estás empleadito, mi alma.

  • Estoy jubilado- afirmó el niño contundente- Y en mis horas libres me dedico a dar parte a los inspectores de trabajo de las irregularidades que se cometen.

El capataz se echó a reír agarrándose la barriga para que no se le desparramase con las convulsiones. Era la figura más triste riendo. Parecía un epiléptico en medio de un ataque, y ponía cara de parturienta al improvisar una carcajada tal que si le doliera el reírse y estuviese a punto de expulsar la criatura ya mayor de edad que saltaba en su vientre.

  • Perdónelo, mi señor- le rogó el joven que recogía mineral- Es mi hermanito chico. Mi mamá no lo puede cuidar porque está enferma, y el pobre anda siempre suelto sin ir a la escuela y no sabe de buenos modales.

  • ¡Épale! Con calmantes me vienes no más ahora, mantenido. Ya te rajaré la madre, basura. ¿Qué se me da a mí si murió en el parto tu profesa parienta o si es cihuapipiltin o qué cosa será, chingada de tantos maridos? Mañana tú solo limpiarás la zona de enfrente y ya aprenderás a echar de acá a tu familia, y verás quién parte el queso- bramó el capataz, y un colorcillo encarnado del pulque que había bebido le asomó a las mejillas.

  • ¡De ninguna manera podrá ordenar eso, yo se lo prohíbo!- se le encaró Marcelo y, bajando del terraplén lo mismo que por un tobogán, se dispuso a impedirlo por la fuerza.

El capataz lo agarró de un brazo mientras él chillaba, lo puso sobre las rodillas y se dispuso a azotarlo, entre risas.

  • Suéltame, botarate- gritó- Mi padre te partirá el espinazo.

  • ¿Ah sí? ¿Pero cuál de ellos?- se mofó el capataz.

  • El mismo que está ante usted- se escuchó un solo de libertad, cual un martillo de Neeff o de Wagner cuya contundencia estremeció los montículos de piedras metalizadas.

Todos los operarios de la boca oeste de la mina, unos cien hombres que presenciaban la escena del abuso siendo cómplices de ella, alzaron la vista al cielo y se detuvieron en el terraplén, en cuya cima un ojo los miraba fijamente, espejo de la providencia, cual la esfera de un reloj marcando la hora de la emancipación, la hora última del hombre, en la torre de un cuerpo cuya cabeza nimbada del mismo sol eclipsado ocupaba el centro del firmamento. También los capataces todos ellos de la misma límpida condición levantaron los ojos con una mezcla de temor y duda, y fuegon testigos de la escena heroica en la que el Cíclope, heraldo peludo del sol- e hijo suyo también; ¿por qué no comparar con el astro rey su oscuridad luminosa?- arrebató a su hijo de las manos del exactor y de un único golpe dado con el pulgar de su derecha lo derribó en el suelo y colocó su enorme pie de número casi infinito sobre su temblorosa barriga como si se dispusiera a aplastarlo. Se alzaron súplicas chilladas en su defensa, y su desuello se transformó en ruego, pues aquellos que obran el mal son los primeros que piden clemencia para que los demás obren el bien con ellos. El Cíclope no quiso retirar el pie tan pronto, dejando que el gusano indefenso purgase su culpa retorciéndose unos segundos terribles. Vinieron casi volados los supervisores – era la primera vez que lo hacían desde que se abriera la mina- al ver tan maltratado a uno de sus capataces al que únicamente se le podía acusar de injuriar, golpear y acosar a los trabajadores y de amenazarlos con el despido, conculcar sus derechos y embriagarse habitualmente de ron y pulque sin temer el despido ni tampoco la cárcel, porque era un recomendado del jefe y entre los dos se entendían y se admiraban. Don Megalonio explicó a grandes rasgos lo sucedido, añadió el delito que se cometía maltratando a los trabajadores y amenazó con lapidar a los explotadores con el mismo mineral que le ordenaba arrancar de las entrañas de la madre tierra a los sufridos mineros para defender sus derechos ignorados por quienes se bañaban, hidrópicos, en el metal de la avaricia, del capital injustamente acumulado cual cáncer para cualquier nación y población, de las armas esgrimidas contra indefensos e inocentes y de los experimentos industriales siempre nocivos para una naturaleza tan bien creada que se resiste a toda clase de manipulación. Concluyó diciendo que se comprometía solemnemente a tomar a su cargo a aquel joven víctima del maltrato, Cristo actual crucificado por sus hermanos y bienaventurado en sus desdichas en las que la semilla de la generación ya estaba sembrada en su liberada existencia herida en la batalla contra la maldad de la que siempre el bien sale victorioso, apadrinándolo no como se acostumbra a hacer en las Organizaciones No Gubernamentales llamadas ONGs por los economistas de la lengua, con un sobre de dinero al mes o al año, sino con su compañía, su trato, su cariño y su educación. Terminada su peroración se fue junto con su hijo y su ahijado con la cabeza muy alta – se trata de una licencia literal, seis codos se ha dicho que llegaba a medir de cabo a rabo- sin mirar atrás y pisando tan fuerte que abría socavones por donde pasaba.

El clima de Sonora es montañoso y desértico, pues su amplia superficie territorial de 184934 Km cuadrados situada geográficamente entre los 32º29’ y los 26º14’ de latitud norte y entre los 108º26’ y los 105º02’ de longitud oeste del meridiano de Greenwich está surcado por serranías orientadas en el sentido sur-sureste y norte-nordeste entre las cuales se forman valles longitudinales como grecas verdes y alargadas a las márgenes de los ríos que a veces han excavado durante su vasto tiempo geológico despeñaderos y acantilados según su lecho se aproxima más a la desembocadura en la costa del Pacífico. La Sierra Madre Occidental limita su extremo oriental, y los llanos desérticos en valles y planicies no montañosas se cubren de matorrales de retama en las que habita una fauna variada de reptiles, aves y mamíferos, entre los que destaca el antílope americano, el muflón canadiense, la onza, el jaguar – con el que llegaron a entrevistarse nuestros héroes-, el incansable y burocrático correcaminos, el gallipavo sagrado que constituyó uno de los alimentos más estimados de los indígenas náhuatls, el berrendo, la cabra montés, el conejo, el huitlacoche, el coyote, el aguilucho y al menos un billón de diferentes especies de serpientes. Con esta variedad de bestias del campo para saciar el apetito, ¿quién necesitaba un restaurante? Y teniendo en cuenta, además, que el joven Simón Reyero, el apadrinado de la mina, conocía el municipio de Santa Ana como la palma de su mano, ¿para qué hoteles, ventas, posadas, automóviles y ferrocarriles? Visitaron en total unas cinco parroquias con sus casas de ladrillo de paredes pintadas descascarilladas y a veces en carne viva, atemporales e incrustadas en el paisaje de arena brillante de sol, con sus chamacos esculpidos en posiciones indolentes frente a las puertas de sus casas, o en calles y caminos como dioses lares, jugando a la pelota o recorriendo el pueblo en bicicletas casi ideales de lo auténticas y espontáneas que eran, entre modelos de automóviles pintados de colores chillones y comprados a tenderos de segunda o de enésima mano, entre perros flacos, ovejas y vacas con esquila que iban dejando sus excrementos estrellados por las calles. El único edificio de piedra solía ser la iglesia construida en estilo barroco colonial, con ese deje churrigueresco de retablo español que imitaba a la vid en las ondulaciones de las columnas salomónicas, en la hojarasca de los capiteles y hasta en las hornacinas de los santos, que no semejaban sino vendimiadores a punto de cortar con los instrumentos de su tormento los mártires, y con sus manos en pose de bendecir los confesores y doctores, los racimos petrificados que se derramaban en caprichosas y fabulosas formas por la fachada del templo. A veces se veía salir a un cura, con sotana y alzacuello, del pomerio o del camposanto, otras veces algún conventillo de jesuitas, franciscanos, dominicos o agustinos se arrimaba a la iglesia y desde las ventanas abiertas al camino se escuchaba cantar los salmos del día y los rosarios de la medianoche. Salían las viejas, las madrecitas y las matriarcas de sus casas bajas con ventanas enmarcadas en geranios rojos con chaquetas de punto y faldas talares como las patricias romanas, con el rostro tiznado por el sol, rumbo al altar donde una vez se habían casado para asistir a la novena o para rezar alguna letanía a la Virgen, para pedir por el cuerpo de sus vivos y por el alma de sus muertos. En la puerta de las cantinas, los hombres discutían. Marcelo observaba con la atención de un fotógrafo estas instantáneas de la vida y estos planos para el recuerdo, una vez que en la memoria se hubiesen borrado las figuras y únicamente quedase un halo de luz para resucitar el tiempo. Un artista plástico afirmará fiel a sus principios: “una imagen vale más que mil palabras”, pero el historiador de este epítome de la magna y nunca acabada historia le replicará con la voz de Don Megalonio: “no obstante más de mil imágenes caben en una palabra, siempre y cuando esta sea la palabra justa”. Antes de la luz ya existía la palabra, el despertar consciente, para que esta pudiese ser nombrada. Y Marcelo lo sabía, y por esa razón contemplaba y aprendía como un filósofo de siete años – ya próximo estaba su natalicio, y el paraíso de su infancia se iba alejando pero solo para regresar de otra manera, en forma de alegría consciente ya no dependiente de lo terreno, desvinculada de lo contingente y extendida en el pensamiento, restaurada en una ascensión permanente hacia lo mejor, hacia el reino de la felicidad – los enigmas de su incansable entorno, mientras su padre permanecía demasiado ocupado contándole a su ahijado la historia del estado independiente de San Marino en la península italiana, al cual él había aludido confesando que en su infancia presenciara una retransmisión de una carrera de fórmula uno en el televisor de un café y que había soñado en ese estado donde todo el mundo parecía rico y feliz. Le relataba que San Marino había sido fundado en el siglo IV, cuando el cantero dálmata Marino, huyendo de la persecución de Diocleciano, se había instalado con un grupo de esclavos sublevados en el monte Titano o Titán, y allí había erigido un monasterio, que con el tiempo atrajo a una población cada vez mayor hasta constituir una república independiente en el año 885 que perdiera su autonomía hasta que Napoleón se la devolviese en 1797, y que desde entonces constituía una plaza muy apta para las actividades lúdicas porque poseía una legislación propia y sus tributos eran menos gravosos que los de la República Italiana, pero que de ningún modo identificase la riqueza económica con la felicidad, pues la primera se formaba acumulando y la segunda entregando, la primera otorgaba los placeres pero la segunda concedía el único bien importante, la alegría. “Solo quien no ama sustituye su carencia por el apego a los placeres para intentar resarcirse de su falta de amor, pero cuanto más se nutre de ellos más se distancia de lo que verdaderamente ansía”, le decía mientras los pelos de su cuerpo le brillaban al sol. No se apercibió de que al pasar frente a la puerta de la cantina interrumpió una conversación entre cuatro hombres todavía jóvenes y envalentonados por la testosterona que no puede dejar de ser registrada y en letras, si no de oro, de buena tinta.

  • Dímelo no más, mano, y qué te cuesta- le decía uno.

  • Ya te dije que no. Los secretos no son para andar diciendo- se excusaba el otro, mirando alrededor.

  • ¿Y qué se te figura, que lo voy a andar diciendo si me dices que no lo diga?- le replicaba el anterior.

  • Pos luego, ¿te piensas que no sé lo que acostumbras?- objetaba el primero, mohíno y desconfiado- Ustedes dos son testigos- se dirigía a los otros dos- de que este barbaján no sabe guardar un secreto de hombre a hombre, de que se emborracha de pulque y le va contando los asuntos privados a todo quisque.

  • ¡Eso sí que es verdad!- exclamaban al unísono los dos recientes testigos.

  • Pero mira, maje, que eso no es cierto- se justificaba el otro, desesperado- Son las malas lenguas de la pelusa que mira feo las que vacilan de ese modo a los abusados como yo, por la envidia que me tienen, porque saben que soy macho y cumplidor, como no más dice el corrido… ¡Ay qué te cuesta! ¡Bien conoces cómo comen el mandado los pendejos de la cantina, y como cogen a las huilas por no reñir con las mamacitas, porque no son hombres, y si llego a saber quiénes murmuraron así de mí, te doy mi palabra de honor de que los pateo acá nomás!

  • Ay, ya chole- protestaba el primero- Pregúntales a estos señores, que saben más que yo- indicaba a los testigos.

  • Déjense de chambas, compadres- apuntaba uno de los testigos- Mírense lo que se baja por ahí. ¿Ustedes vieron a ese pachuco por el barrio? ¡Está bueno! ¡Carajo si semeja un revolucionario, vean qué barbas trae!

Este sujeto y centro de atención de los contertulios no podía ser otro distinto de Don Megalonio, quien, con el pecho descubierto y el paso resuelto de miliciano o de triatleta, pasaba como una ráfaga de aire frente a la cantina. Al igual que la imantada magnetita atrae el hierro o que la radiactiva pechblenda induce al radio, la pícara Curiosidad, sibila de la ciencia y de la precisión matemática de las leyes del universo aprehendidas por el hombre, tan antigua como la tierra y tan venenosa como la serpiente cuya imitación irreflexiva inspiró el primer pecado simbólico, ayudándose de un fuelle de bajos instintos sopló en los oídos de los cuatro caballeros y los hizo estremecerse con una sensación de desasosiego. Como conocían de visita a Simón Reyero y sabían que era pobre y que trabajaba de sol a sol en la mina Magdalena, salieron a su encuentro para preguntarle qué hacía con aquellos extranjeros.

  • ¡Buenos días tengas, Simón!- lo saludó con mucha educación uno de los presentes, sonriendo y torciendo el bigote- ¡Qué bien acompañado te vemos! ¿Estos amigos que paseas los hiciste en la mina?

  • Este señor es mi padrino- le explicó Simón con su habitual mansedumbre curtida en años de duro trabajo, sin querer entrar en pormenores- y este niño que lo acompaña es su hijo, mi primo Marcelo.

Los cuatro echaron una mirada perseverante sobre Don Megalonio.

  • Újule, cuatacho- observó el que había hablado en primer lugar- qué padrino tan brutal te sonsacaste, no se ven demasiados así. ¿Y el escuincle ese es tu primito? ¡Oh, qué lindo!

  • ¡Oiga, caballero!- replicó Marcelo con el arrojo verbal de un Quintanilla- ¡Tenga cuidado con lo que dice, que yo no soy chinche de nadie! Soy de Palermo, a mucha honra, y no conozco gentilicio semejante.

  • ¡Córcholis, qué gallo, mano!- saltó otro que tenía los ojos medio hundidos y un mechón de pelo solitario y amedrentado en su cabeza desnuda- ¡Si que se siente salsa, cómo hará honor a su papá, que se le ve aventado! ¡Son de París, o de no sé dónde, vaya usted a saber!

  • Carajos, Simoncito, tienes un padrino bastante sangrón, apenas despega los labios para hablar con la gente- apuntó el que parecía portavoz- El único que se atufa es tu primito de París, de donde disque vienen los niños.

  • Él sabe hablar cuando le conviene- cortó Simón la forzada conversación, y despidiéndose, agregó- Nos hemos visto.

  • Semos, compadre- se disculpó el portavoz sonriendo de oreja a oreja- No te vayas tan pronto. ¿Por qué no le preguntas a tu padrino si le viene jalarse unos mezcales con nosotros, y al primo también, pa que se envalentone?

Simón le tradujo la propuesta a Don Megalonio.

  • No hay nada malo en ello- sentenció- La mejor manera de conocer un pueblo es tratar con sus gentes.

  • ¡Ordéñalas, güey! ¡Vamos al bochinche!- exclamó uno de ellos con un rostro casi invisible de lo estrecho que era.

En la cantina los hombres se embriagaban, hablaban a gritos, jugaban a las cartas. Cuando vieron entrar a Simón en compañía de sus benefactores, se hizo un silencio sepulcral, casi fantástico. Los siete se sentaron en dos mesas arrimadas. La espalda de Don Megalonio les daba sombra a los presentes como la copa de un gran abeto. Después de servirse unos vasos alcoholados que Don Megalonio y su hijo no probaron, uno de los sentados a la mesa, asustado de tanto silencio, gritó en voz alta:

  • ¡Qué carajos! ¡Me figura que se paró el mundo!

Y todos volvieron a gritar de nuevo, descubiertos en su falta.

En la mesa se habló de todo un poco: de las cosechas, del ganado de los ranchos, de las mujeres. El que antes de ver a Don Megalonio estaba preguntándole a otro un secreto que no le quería decir, aprovechó para sacar a colación el tema delante de los invitados.

  • Ahorita ya puedes hablar de la cosa, güey- dijo en alto dirigiéndose al interrogado de antes, cuyo rostro casi invisible por su sobrenatural estrechez persistía en su muda actitud imitando la pose estática de la esfinge de Gizeh- Estamos entre amigos.

La esfinge sin alas se mosqueó.

  • Ya te dije que no me preguntes más, Amapolo- al preguntador lo llamaban Amapolo a causa de una inversión innata en su orientación sexual, aunque sin ánimo de ofender, a raíz de sus maneras- No son chambas de estas colonias.

  • ¡No me salgas otra vez con eso, Macariote!- volvió a la carga el Amapolo con la rabia caribeña de un Monte y Aponte- ¡Estamos entre hombres, y es asunto de patriotismo decir verdades! ¿O no es así, señor apelado, o cómo es que se llama?

  • Soy apelante y apelado- respondió Don Megalonio solemne como un mariscal de campo- La historia me conoce por “El Cíclope Dandy”.

  • ¡El Jicote Dady! ¡Es usted gringo, papacito, pues con más razón!- siguió desgañitándose el Amapolo en varios registros, pues estaba afónico de tanto gritar y entonaba lo mismo que un fagot- ¡Dígale a este cabezón que cante lo que tiene en el alma, que aún se le va a atragantar en el refajo, órale!

  • Yo no debo mediar en una disputa en la que una de las partes no está de acuerdo con mi arbitraje- reconoció Don Megalonio tratando de eludir el aparente conflicto de un ambiente de Siqueiros- Si el depositario de la información no desea revelarla, debe entenderse que se trata de información confidencial.

  • No es eso, amigo- declaró molesto el hijo de la esfinge- Estos señores saben tanto del asunto como yo.

  • ¿Qué sabemos nosotros?- preguntó uno de ellos, haciéndose el desentendido mientras tomaba un trago de mezcal- ¿De qué asunto se trata?

  • Ahora no se rajen ustedes- respondió el hijo de la esfinge- ¿O es que no se les acuerda el asunto de la Florentinita?

  • Debí suponerlo- confesó el hijo de la esfinge- Son ustedes unos ladinos con mucho relajo. ¿Delante de estos buenos hombres lo niegan para darse taco? Pues allá se lo buscaron, remolones, que este es negocio muy delicado y no para tratar en cantinas.

  • Puede hablar con soltura, hermano, que aquí somos todos hombres- declaró Marcelo animado por una gota de pulque que cayó en la punta de su lengua sin llegar a mojársela.

Los presentes soltaron una carcajada y prosiguieron su indagatoria.

  • Mira, Macariote guarachudo- le propuso uno de ellos, con bigote de terrateniente recortado por un deje de modestia revolucionaria ( ¿por qué le llamaría guarachudo a un sujeto tan poco rítmico en apariencia?)- No te achicopales porque el negocio no se pueda decir en una cantina. Si ha de venir algún castigo, que nos venga a nosotros por escucharlo, y no a ti por contarlo, ¿conforme?. Todavía se me acuerda aquella vez que cerca de la iglesia creíste oír los tres botes que San Pascual Bailón da con el garrote en el suelo para anunciar la muerte de lo que oye, ¿y no era, compadres, el cabrón del Capachito que por chanza le tomaba el pelo al tilico este que bien reconocen que se achicopala por todo? ¡No te enojes! Es verdad. Pues por eso te digo ahora que cantes lo que tienes en el buche, y no la chingues ahora que estamos todos.

  • ¡Qué le vamos a hacer!- consintió al fin el Macariote- Pues que todos están en el ajo lo soltaré, así le den de cates a todos.

  • ¡Bien hecho!- exclamaron sus amigos.

  • El caso es triste, pero lo prometido es deuda- pareció dudar el Macariote.

  • ¡Sí, ahora no te vengas abajo, órale!- exclamó impaciente el Amapolo.

  • Sí, ya voy- prosiguió el contador, sin demasiada prisa, cual un jurisconsulto árabe al que se le pregunta por una institución de la umma- La cosa va de la Florentinita, la hija mayor de Don Félix, el ranchero que vive en el cerro del norte, que diz que tiene unas tierras en Campeche de sus padres, que para mí que son bulo, aunque fierros no le faltan…

  • Déjate de las tierras, Macariote, que no nos van ni nos vienen al caso, y vete al grano con la Florentinita- se impacientó el Amapolo, desolado.

  • A Don Félix lo mató un infarto, porque fumaba y bebía mucho, y comía como un tragaldabas y se andaba a sus años muy desnortado, con mujerzuelas y petacudas de mala vida, y yo sé que era padrote.

  • ¡Oye, embárcate en la Florentinita, carajos, y deja ya al padre y a la madre!- se enfadó el Amapolo dando un puñetazo en la mesa.

  • Que ya voy- protestó el contador farragoso- Si esto también es importante… Pos es el caso, a lo que vamos, que me dijo en confidencia un sujeto que no puedo nombrar de este santo pueblo que la Florentinita tuvo una criatura expósita del hijo de Don Vicente el Procurador, ese que era una bala perdida y que a su padre le dio muchos dolores de cabeza porque se levantaba tan borracho como se acostaba, jugaba todo a las cartas y era pendenciero como pocos, de forma que recibió un balazo cerca del hombro izquierdo que a no ser desviado, le hubiera mandado ya al otro barrio…

  • ¡Agua!- exclamó el Amapolo con la boca tan abierta que se le veía el badajo de la glotis y las pocas muelas cordales que le quedaban, algunas cariadas, otras muertas y sanas las menos- ¡Qué fuerte! ¡Joaquinito el que llamaban el Calichero, que lo nombran así por abusar del bicarbonato después de las comilonas, a ese no más te refieres, que se chingó a la hija de Don Félix, la Florentinita, y cómo lo chotearon al muy sonso que bien cobraba los arriendos, ay qué bueno!

  • ¡Que te calles, voceador rascuache del carajo!- lo reprendió el Macariote de malas maneras; así lo hubiera hecho un cadí musulmán con un lego atrevido- ¡Qué quieres, que se entere todo el pueblo!

  • Sí, mejor cierra el pico, Amapolo- lo reprendieron a su vez los otros.

  • De forma que estando de este tamaño las cosas- continuó el contador a cuentagotas- la Florentinita se puso mala cuando supo que el mentado hijo de Don Vicente el Procurador no pensaba reconocer a la criaturita, porque todo era cachondería y relajo, y pareja la muerte de su padre, que aconteció unos días después, se encamó y así continúa. Diz la criada mulata que la cuida que tiene tisis, y está tilica desde entonces, come poco y ha enflaquecido mucho, está tan liviana que se la levanta con una mano, y todo porque no hubo hombre que pudiese vengar su afrenta.

  • ¿Y qué fue de la criaturita?- preguntó Simón, interesado por el enigma revelado del hijo de la esfinge, enigma que, al igual que todos, tiene el amor por tema cual decorado inmóvil y luminoso.

  • Pos ella ahí está- confesó Macariote mirando fijamente los vasos brillantes de la mesa- pero no vive en casa con su madre. Me dijeron que la habían dado al convento. ¡Pobre Florentinita, qué rosa pisoteada no más! Y todo por un chulo que no vale un carajo; solo porque es hijo del procurador se cuartea así sin que haya hombre que le ajuste las cuentas. Me da mucho coraje de la chamaquita, de la chulita de dieciocho años, siempre guardadita en su casa no más para que la desgracien de ese modo… Si hubiera alguien que la defendiese, ¡pero quién! Al mentar al hijo del procurador, se dan todos de alas.

  • Me cuesta creerlo- reconoció uno de los presentes, el que padecía alopecia por sus vicios, mientras se fumaba un puro que no se acababa nunca, variable del infinito absoluto de Cantor- Que se haya puesto mala la Florentinita, cuando siempre estuvo tan buena. Pero, ¿quién será tan machote que le ajuste las cuentas al hijo del procurador?

  • Señores míos- declaró entonces el Cíclope ( no podría ser menos vista la compleja situación)- Permitan que sea yo quien tome a mi cargo esa empresa, porque Dios me ha otorgado el don de ser mediador entre los hombres, a pesar de las maliciosas y pirrónicas consideraciones que puedan hacer sobre mi pelaje. Yo hablaré con ese filibustero mozo y le daré tan buenas razones para acatar sus naturales responsabilidades que no podrá menos que decirse a sí mismo: “¿Y cómo no lo habría pensado antes?”.

  • Aguaita, compadrito gringo- lo aconsejó uno de los presentes, el del mostacho ambiguo- que este es asunto que ni el mero cura de la parroquia ha resuelto, y usté se arroja así no más como quien pinta un violín, sin aguardar por la vuelta. Bien reconocemos que es usté macho, porque pelo no le falta ni estatura tampoco, y tiene mirada de valiente aunque no se le ve más que un ojo. Pero este es asunto delicado, porque el chato es hijo de maje con influ, y a ver quién se le pone de a cuatro que no salga perjudicado.

  • Teme aquel que no ama lo suficiente- declaró el Cíclope con el índice alzado en simbólica consagración- La vida es un don efímero que se eterniza con la entrega. El agua de la verdad apaga el fuego de las discordias. ¿Qué poder hay en el hombre y en las instituciones humanas? Ninguno. El único poder que ejerce el hombre es delegado de la comprensión de que la obra de la naturaleza está resumida en el origen de un mismo principio vital, una luz invisible y sentida que hace posible el juicio, la felicidad y el lenguaje libre y verdadero de la voluntad y del tiempo, medida de la esperanza. Lo que parece imposible, el convencer a una voluntad equivocada, resulta posible para quien se propone de corazón llevarlo a cabo, pues quien camina a oscuras reacciona cuando ve una luz repentina delante de él. Yo sabré llegar al corazón adormecido de ese joven, lo despertaré con una palabra amiga y lo conduciré hacia su felicidad.

  • Y yo estoy dispuesto- intervino Marcelo- a emplaear la coacción si fuera necesario.

La asamblea de los bebedores dudón un poco. Se miraron unos a otros, y después detuvieron la mirada sucesivamente en Don Megalonio, en Marcelo y en Simoncito.

  • ¡Pos a darle!- exclamó el Amapolo concluyendo la deliberación y palmoteando sobre la mesa con vigor.

  • ¡Tienes un padrino corrido y aventado, Reyerito, ni que lo encontraras en la mina! ¡Así hablan los hombres, ayayay!

Estaba concluyendo la exclamación, cuando entró en la cantina un mozo altanero, con botas de montar y con calzones de ranchero de una hechura análoga a la que difunde la melodía romanceril:

en un comienzo de lana,

en un acabo de cuero.

Se acodó en la barra y dijo con voz de pollo:

  • A ver un tequilita.

  • Ese es- declaró el Macariote con cierto temor teatral, pues no hay nada tan dramático como un silencio forzado.

Y un actor de reparto hasta entonces entre bastidores desvaneció la ilusión de su invisibilidad, cual si se hubiese quitado el anillo de Giges.

– Ahí está vuestro charro- dijo sobrenatural, como lo hiciera el figurado Tezcatlipoca, el “espejo humeante” del panteón azteca, personificación de la conciencia.

Estaba claro que había escuchado la conversación, así como desde el primero al último de los clientes de la cantina. ¿Acaso en la cantina se pueden guardar secretos? Ajeno a la trama, el ranchero se bebía su licor a sorbos breves y espaciados. Don Megalonio consideró que había llegado el momento de dar el golpe de gracia, y, poniéndose en pie como estandarte de guerra, anunció a los presentes que no le sacaban la mirada de encima:

  • Voy para allá.

  • Ándele- lo animó el Amapolo, tal si fuese un campeón de torneo a caballo- Vaya a curarle el catarro.

  • ¿Ah, pero está enfermo?- aparentó recular Don Megalonio aliviado por la súbita patología de su adversario, retrocediendo con el confín de su espalda al refugio de la silla.

  • Vuélvase- dijeron casi todos en voz alta, con el imperativo de las Reales Academias de la Lengua, que desde el siglo XVIII, cuando fueron constituidas, hasta hoy y hasta mañana aún me atrevería a decir, todavía no han aprendido a ser discretas- Es un decir no más.

El Cíclope irguió la cordillera de su cuerpo nunca deforestado de bosques capilares y de una zancada un tanto temblorosa – debe hacerse justicia al enemigo- se colocó justo detrás del rancherito, de manera que el aliento exhalado de sus profundas fosas nasales vino a despeinarlo un tanto a la altura de la nuca. Creyendo o tal vez fingiendo creer que se trataba del alisio, y más difícilmente del siroco o del monzón, que pertenecen a otras latitudes, el joven permaneció impasible como la soberbia, tal que si fuera un atlante del techo, y a otro menos resuelto que Don Megalonio lo hubiesen hecho dudar, por muy poco escéptico que llegase a ser. Pero la virtud es valiente, díganlo los héroes y los santos, y la verdad nunca ha entrechocado sus rodillas al beber de un trago toda la amargura almacenada en las bodegas del mundo, a pesar de que en ciertas ocasiones se viese obligada a sujetárselas.

  • Salud, amigo- susurró el Cíclope tras el enemigo aparente, que bebía con tranquilidad y que se dio la vuelta como para ver algo curioso, frágil e insignificante.

  • ¿Nos conocemos?- lo interrogó el joven titán con el miedo agazapado en los ojos.

  • Supongo que desde este momento- respondió con resolución Don Megalonio.

  • Qué quiere- le espetó raudo el joven, en tanto su interlocutor medía su temeridad, igual que un mortero- péndulo mide con un ángulo de retroceso la potencia de un explosivo.

  • Disculpe que me interese por asuntos privados suyos, pero estoy convencido de que esgrimo un interés legítimo y… ¿cómo le van las relaciones amorosas? ¿Ha conocido a alguna chica últimamente?

En la cantina parecían aguantar la risa hasta los retratos de las paredes. Un Santa Anna se tapaba la boca con el fusil, un Martín Morúa Delgado con una novela y una pluma estilográfica bajo su busto (probablemente la emancipadora antiesclavista narración “La familia Unzuazu”) hacía señas con los ojos a una Santa Rosa de Lima con el Cristo del Rosario sobre el pecho y una inefable gracia divina en la sonrisa.

  • ¿Qué pasó?- se extrañó el joven enemigo, terciando una lanza de ironía- ¿Es usté un reportero de la prensa rosa?

  • Ya le he dicho que esgrimo un interés legítimo.

Y el Cíclope le informó a su amable enemigo del motivo de la pendencia.

– Esos son negocios que no le importan- soltó el joven, apolíneo, arrogante y pagano- Y si le importasen, aquí estoy yo para defenderlos como un hombre.

– Yo no le recomendaría la vía de hecho- lo aconsejó su melenudo rival- La palabra es el don los hombres. ¿Por qué no resolver con su juicio los conflictos?

– Pos será porque no me da la gana- argumentó dialéctico el atlante, y dogmático también, y para sancionar con una prueba su tesis, regoldó como un tomista en una quaestio de disputatio.

– Deo gratias- cerró la consigna el Cíclope- ¿Quiere decir que no le importa dañar los derechos ajenos y traicionar el amor por el que fue engendrado, por el que vive y por el que tiene sentido su existencia?- El gallito se limpió la boca con la manga, ensayó una mueca propia de Stenka Razin aunque sin tanta nobleza y soltó con un denuedo un reto de rabihorcado en celo, con el buche cárdeno sobresaliente:

– Óyeme, pelado- (¿Cómo podía llamarle pelado a Don Megalonio? El orgullo ciega ineludiblemente al hombre)- Conmigo nadie se da taco. Salte afuera con tu revólver y allí arreglamos cuentas.

Antes de que los dos rivales salieran a la arena, ya la gente de la cantina había hecho anfiteatro en la explanada donde ladraban solitarios los perros, a la entrada del lugar de autos. Don Megalonio se negó a emplear pistola. Estaban contando los pasos cuando se oyó un disparo. Un jinete embozado a caballo apuntaba al joven descarriado del duelo. Una bala se abrió paso a través del aire hacia su corazón. No dio en el blanco. Rebotó contra una coraza acolchada que le cerró el mortal camino. Don Megalonio cubría el cuerpo sorprendido del incauto joven. El jinete, viendo en poco tiempo que no podía hacer más, picó de espuelas al caballo y retrocedió para huir, cuando sintió que un golpe de maza lo derribaba del caballo, y no era este empujón la muerte, como la describe el poeta (“un empujón brutal te ha derribado”); era, al contrario, su madre y protectora, la vida, la que le estaba ofreciendo cual un escapulario la oportunidad de rectificar para salvar a su persona de un destino inconsciente. El embozado fue descubierto. Era un antiguo enemigo de Joaquinito el Calichero, un joven hijo de campesino al que este debía varias apuestas en el juego, y al que había decidido cobrárselas todas juntas cuando él hubo declarado públicamente que no se las pagaría.

  • Consideren, hermanos y compañeros de la vida- expuso Don Megalonio caminando y gesticulando entre los circunstantes como Filón en Atenas o como Gustavo Pereira entre los indígenas de Venezuela- el daño que produce la mala educación en los jóvenes, cuando sus familias no los forman en los principios de justicia y responsabilidad y los precipitan desde la Tarpeya de sus pasiones hasta la muerte, última estación de la vida, en la que cada cual ha de purificarse con sus propias acciones para ascender, liviano como el pájaro, al lugar del encuentro amoroso con la verdad. En lugar de enseñarles sus padres, primeros y esenciales profesores de la naturaleza, que la felicidad está en compartir la vida con los semejantes y en tolerar sus errores, los cuales son con certeza castigo de los propios, se les predica con el odio y con el abuso desde la cuna, a los ricos contra los pobres, y a los pobres contra los ricos, a los hermanos contra los hermanos, y a los iguales contra los iguales. Se pretende que tengan formación, pero ¿para qué? Para dominar a sus colaboradores en este mundo y para convertirlos en subordinados de su capricho. ¡Instrucción! Bella palabra. Que los jóvenes se adentren en las máximas de las ciencias y en el funcionamiento de la herramienta de la técnica, en los adelantos del desarrollo o el mayor aprovechamiento de los recursos naturales – porque los recursos procedentes siempre de la misma, única y compartida fuente- para superar el nivel de bienestar de sus antepasados, para poseer cada vez mayor número de criados de carne y hueso – pues las máquinas no se controlan solas, se necesita una empresa para su mantenimiento- y, en fin, para lo cual no debe ni debe aprovecharse porque no contribuye a perfeccionar el carácter ni la personalidad del ser humano, escala para la felicidad y para la plenitud libre del mismo. Por esa causa cada vez, en esta espiral de superficial desarrollo, en este tren sin frenos de la industrialización masiva para el control de una masa cada vez más inconsciente de consumidores – cerdos que devoran cual bellotas las ofertas siempre idénticas del mercado-, el trabajo se devalúa más – pues cada vez aumenta un tanto el coste de producción- y las condiciones de prestación de servicios- los mismos servicios que absorbe la bestia devoradora e insatisfecha de la iniciativa empresarial, a la que podría dotar de siete cabezas, como San Juan, si dispusiese de tiempo e imaginación para ello- se precarizan hasta disolverse en una recepción automática de prestaciones del estado social para una clase pasiva que conquista despacio, cual gangrena o cáncer económico, el tejido de las relaciones humanas, principalmente en las grandes urbes. La desigualdad genera diferencias, odios y conflictos por parte de unos y de otros, pues viviendo en el odio nadie se siente privilegiado. Los jóvenes nadan en información, envían y reciben correos electrónicos, consultan bases de datos, pero no disponen de un solo principio convincente por el que regir sus vidas. Desde pequeños, a los jóvenes se los ingresa en colegios donde aprenden de todo menos a convivir, que es lo importante, lo trascendente y lo verdaderamente didáctico. Desde que adquieren la mayoría de edad se les compra un coche, se les mete dinero en el bolsillo y se los abandona a su suerte, para que busquen su propia sepultura en los vicios, algunos de los cuales son letales, como la embriaguez, la toxicomanía o los accidentes de tráfico. Este joven hijo de procuarador, cuya mala vida notoria para los presentes era una caída acelerada a la desgracia, estuvo a un paso de perder hoy la vida dormido a la verdad a causa de un lance sin importancia. Y el fracasado asesino, otro joven de idéntico talante, hallaría las rejas de la cárcel y más adelante, precipitado por sus malas inclinaciones, una muerte violenta en sueños de odio y sin confesión, paz, perdón ni esperanza.

Terminada su exhortación, el Cíclope se limpió el sudor de la frente, herencia de Adán, y aguardó el resultado de su amonestación, dicha en el lugar y en el tiempo oportunos. La reacción no se hizo esperar. El hijo del procurador se arrodilló en el suelo y le dio las gracias a Don Megalonio derramando lágrimas que desde hacía mucho tiempo estaban heladas en su corazón.

  • Usté me ha salvado la vida- solo acertaba a decir.

Enterado de la noticia, Don Constante Mendoza, el cura del lugar, llegó en su automóvil y preguntó a todos lo sucedido. Nadie se entendía. Todos querían hablar a la vez. Don Megalonio le relató como pudo lo sucedido. En esto llegaron los coches patrulleros de la policía para levantar atestado, llegó el procurador y abrazó a su hijo llorando a lágrima viva. El joven asesino estaba compungido. Marcelo gritaba: “¡Viva el recién salvado!” a hombros de Simoncito, que gritaba también. Llegaron los preiodistas armados con cámara y micrófono cual gladiadores del anfiteatro humano. Incluso no se sabe de dónde, si del centro de la tierra o de las altas capas de la atmósfera, vinieron unos mariachis y comenzaron a guitarrear corridos, entre los que destacaba la estrofa así cantada:

Es mi orgullo haber nacíido

en el barrio más humildee,

alejado del bullicio

de la falsa sociedaad…

Los agentes de policía esposaron al joven jinete por tentativa de asesinato, mientras los presentes vitoreaban a Don Megalonio, que se afanaba en huir de la prensa y en no decir ni pío a los tribunos de la plebe, mientras los presentes, enardecidos, juraban que Don Megalonio era un santo, muy peludo eso sí, pero santo. Pero el hijo del procurador, viendo que se llevaban al que atentara contra su vida, rogó que lo dejasen libre, porque él lo perdonaba. Entonces ocurrió un hecho inaudito, que ningún novelista que el historiador conozca ha logrado nunca imaginar, cuanto más ver con sus ojos acostumbrados al disfraz de las apariencias. El asesino se desasió de los agentes que lo sujetaban, pero no para fugarse como hubiera presumido la ley, sino para correr a abrazarse a la que hacía unos instantes había escogido por víctima, que ya le aguardaba con los brazos abiertos sin que el curioso y estudioso Merari, o el infatigable Durkheim, o el intrépido Törnies, o el campeón Simmel, o cualquiera de los generales que militaban en el ejército de la psicología, de la sociología, de la antropología o incluso de la espeleología pudiesen adivinar ni por asomo el extrañísimo y caprichosísimo motivo de aquella reacción en cadena o, al menos, encadenada. Entre tanta gente como había a la salida de la cantina – y el narrador se ve obligado a incluir a algún que otro bebedor habitual, a los mariachis y a los rumiantes de chismes que, como el Amapolo, tenían una murmuración nueva para cada día del calendario – se sostenía un silencio inverosímil, acusado y acusador, fantástico, lírico, cual la sábana blanca que un simbolista hubiese atribuido a la Asunción de la Virgen. Por imperativo legal, el capitán de los ediles fue condenado a romper el hechizo:

  • Quesque yo también estoy emocionado, compadres- musitó limpiándose los ojos y procurando que no se le vieran dos lágrimas de cristal fundido que se le precipitaban mejillas abajo, en especial trataba de que no se las descubriesen sus subordinados- Uno tiene su corazoncito en el pecho, carajos, pero la ley manda. Según el artículo 12 del Código Penal de la nación me obligo a llevar preso a este cuate, a pesar del perdón de la víctima.

Estallaron cual cartuchos escondidos de dinamita indiscreta o cual archivos de pólvora revolucionaria millones de miles de abucheos, muchos más que los que fueron proferidos – y así figuran en memoriales y en grabaciones- en el Congreso desde la proclamación de la independencia del estado mexicano por el Tratado de Córdoba, el 24 de agosto de 1821. Don Megalonio propuso una solución equitativa, salomónica, proverbial y simpática, digna de una interpretación del Yorick de Tierra Caliente, del expresivo actor de cine Mario Moreno Cantinflas: como los civiles no habían presenciado la tentativa de asesinato, si los presentes se ponían de acuerdo para testificar en contra, la policía no podía prender ni investigar a nadie. Allí sucedió el milagro. Incluso los periodistas ( San Francisco de Sales y Santa Clara, ¿es posible o me he equivocado al escribir?) tomaron la determinación del pueblo y permanecieron imperturbables cual la extraordinaria hermosura de un hilo de coral descrito por un verso de Efrén Rebolledo. Advirtiendo los agentes de policía que solo ellos sobraban en la parusía reconciliatoria, e iluminados por el sol cada vez más atumbagado y cobrizo del compartido imperio celeste, resolvieron retirarse ante la conformidad unánime de los circunstantes, conducta colectiva que vuelve ineficaz, inútil e innecesaria a cualquier pactada e impuesta ley. El procurador, que tenía abrazados a su hijo y al presunto asesino de su hijo mientras lloraba con ellos y se cubría el rostro con las manos, se acercó a Don Megalonio y lo besó en el pecho – no logró alcanzar la cabeza por más que lo intentó- extrayendo de su cartera un cheque, un reloj de oro de su bolsillo y hasta cuatro mil pesos en billetes del forro interior de la americana.

  • Cóbrese lo que quiera- le dijo ofreciéndoselo todo a la vez- Todo lo mío es suyo. Ha salvado a mi hijo, qué me importa lo demás.

  • Guaárdese eso para el ajuar de bodas- le aconsejó Don Megalonio guiñando su único ojo y sonriendo con el pleno de sus dientes- Hay una familia que hoy ha nacido y que lo está esperando.

Y, colocando su enorme cabeza frente a la de su hijo, como un planeta se alinea con un satélite, le susurró en voz baja:

– ¿Te das cuenta del verdadero valor de tu vida? ¿ Qué propiedades podrían compararse a lo que sientes? Pues esto solo es lo importante. Cuando el hombre siente la vida de otros, recibe la suya. Tienes un patrimonio indiviso e infinito, que son los demás. ¿Estás feliz por haber recibido la vida que tú mismo, sin comprenderlo, sin reconocerlo, pretendías quitarte subyugado por las trampas del vicio? Pues imagina el don que le haces a otro y el que te haces a ti mismo devolviendo gratuitamente lo que gratuitamente has recibido. ¿Puede existir otra felicidad que llegar a comprender esto?

El joven se echó en sus brazos.

  • Muchas gracias. Le juro que no puedo platicar otra cosa. Estoy chiviado. Me casaré con Florencia y reconoceré a mi hijo. ¡Madre de Dios! No me salen las palabras.

Don Megalonio se volvió entonces al presunto acusado por tentativa acabada de asesinato, ya libre de cargos por intercesión del pueblo.

  • Espero que nunca olvides lo que has aprendido hoy- le dijo sonriendo.

El joven derramó una gruesa lágrima que era el diamante más bello y valioso del mundo.

  • No lo olvidaré mientras me conserve Dios la vida- declaró.

De pronto, se escuchó un grito en la asamblea:

  • ¡Viva el santo peludo, nieto de la Virgen de Guadalupe!

  • ¡Viva!- corearon los presentes.

Tal fue el entusiasmo de aquella gente de una pequeña parroquia del municipio de Santa Ana en Sonora por la anécdota del doble rescate de los dos jóvenes, que años y siglos más tarde si no le falla la providente y grata memoria a este historiador, esta pasaría a los anales de la historia Mexicana y de las Crónicas de las Indias Independientes como el “Milagro de Santa Ana”, comentadísimo por glosadores de todo el universo. Ovacionado por la multitud congregada en el nártex de la cantina, Don Megalonio se obligó a dejar volar unas palabras que le llenaban la boca:

  • Hermanos- comenzó un tanto afónico por el fresco de la tarde y por la sequedad de garganta que pronto sería erradicada por un vaso de tequila- Esta es la verdadera y única revolución que merece la pena: salvar la vida de un semejante y renunciar al conflicto de los intereses y al juego de balas de los resentimientos y de las venganzas. ¡Viva la revolución!

  • ¡Viva!- gritaron los presentes, incluido Marcelo, que salió a tribuna para apostillar:

  • ¡Y mueran los traidores!

Se hicieron los preparativos para los esponsales entre Joaquinito el Calichero y Florentinita, hija única del ranchero Don Félix. El pueblo entero quiso sumarse a la iniciativa, y los congregados a la salida de la cantina, a los que llamaremos desde este preciso instante “los juramentados”, corrieron presurosos a difundir la buena nueva del casamiento entre toda criatura, en procesión y urbi et orbi. El procurador Don Vicente resolvió organizar una sorpresa para la prometida, recreando las escenas galantes españolas en las que el enamorado toca la guitarra bajo el balcón florido y perfumado de la enamorada. Los encargados de aporrear las cuerdas fueron, como no, Don Megalonio y su inseparable e inconfundible hijo Marcelo. A la de tres dieron la serenata tan bien que la aludida del balcón abrió la ventana de par en par con un susto considerable, creyendo cual un supersticioso parto de Azherbaijan que se había caído el cielo y que se había hecho añicos junto a su puerta o como un soldado de los tiempos de la Gran Guerra que había estallado un obús de pronto. ¡Qué desmesurada sorpresa sobrecogió a la joven de pálida tez melancólica, afantasmada y prerrafaelista de doña Inés de convento cuando sus ojos vieron al prometido que había traicionado su verdadero amor con un ramillete de claveles rojos y encendidos de luz bajo el jardín colgante de su balcón, a su padre con sonrisa desplegada y a millones de curiosos de varias parroquias a la redonda haciendo corro cual ilustre senado de cuchicheadores, y cuánto mayor sería la sorpresa de sufrir en tímpano vivo los acordes, arpegios, scherzos y staccatos de Don Megalonio y de su hijo querido y estimado, quien, cual un cupido recreado en una partitura de Stokhausen, berreaba a pleno pulmón insinuando el rictus personificado de una pintura negra de Goya o de un esqueleto desconyuntado de Peter Huys, y que no necesitaba amplificador alguno, tal era la estridencia que transmitía a sus notas! El galán arrojó el ramillete bermellón a la dama balconera, que lo cogió al vuelo cual jilguero despistado en imagen idílica o cual pelota de rugby en imagen sarcástica, que en estos dos alanos estilos se cuentan las historias de enamorados en este mundo rodado y sostenido por una mano invisible. Los circunstantes, ejército en formación de padrinos y de madrinas de boda, aplaudieron al unísono la agilidad de la nueva esposa, repuesta en un instante de todo el sufrimiento de su vergüenza. Este instante sublime que rejuvenecería a un Fausto por muy poco achacoso que estuviese, fue aprovechado por Don Megalonio y por Marcelo, que atacaron concordantes:

Qué linda está la mañaaana

en que vengo a saludaarte…

El estilo era temerariamente atonal, con una casifonía que desmenuzaba en partículas de sonido gritador las composiciones de George Rochberg, de Arturo Rodas, de Magaly Ruiz, de Thomas Apés, de György Ligeti, de John Corigliano, de George Gershwin, de Henryk Górecki, de John Zorn, de William Bolcom, de Samuel Barber, de Sofia Gubaidulina, de Dmitri Silnitsky, de Santiago Rosa, de Franck Zappa, de Ezequiel Viñao, de Hans Werner, de Julien Anderson, de Frederick Rzewski y de tantos otros alumnos de Apolo y de las Nueve Hermanas. Entre el piélago de discordancias, el novio alzó su voz como Leandro el animoso sobre el agitado oleaje y preguntó:

  • Florentinita, ¿quieres casarte conmigo?

La interrogada se arrimó un poco más a la barandilla para oír mejor:

  • ¿Qué?-preguntó con una voz tierna cual tulipán recién cortado.

  • ¿Quieres casarte conmigo, chula?

  • ¡No te escucho! ¿Qué has venido a hacer acá?

Marcelo descomponía los escasos acordes supervivientes de la canción.

  • ¡Carajos de tanto borlote! ¡No más te estoy preguntando si quieres casarte conmigo!

  • Quesque no te oigo con los guaracheros que trajiste- replicó la Florentinita un tanto vindicativa, aunque bien sabía por dónde iban los tiros de la ocasión.

  • ¡Que si quieres ca-sar-te!- vocalizó Joaquinito- ¿Me oíste?

  • No- respondió secamente la prometida.

A Joaquinito se le demudó el rostro. Se abrazó a su padre.

– ¡Quieren callarse los músicos!- ordenó el procurador- ¡Como si son réquete metiches!

Don Megalonio y Marcelo regresaron a la terapia del silencio.

  • Florencia me ha dicho que no- declaró inconsolable Joaquín, infeliz tras haber recuperado la vida pero no el amor de su antigua amada.

  • Tórnale a preguntar a calzón quitado- le recomendó su padre al desconsolado novio- Cuántas veces son ojos de hacha los sentones que nos dan las mujeres. No te desanimes, hijo.

  • No sé que has venido a hacer acá- mintió la bella ingrata del balcón como “La italiana en Argel” de Rossini.

  • Si ya me dijiste que no, no sé por qué me sigues torturando- se quejó el novio.

  • Te he dicho que no te oía con la bulla- aclaró la bella- ¿No se te hace? Me estabas preguntando no sé lo qué.

  • Que si quieres casarte…conmigo.

La novia echó las manos a la cara y se limpió las perlas achubascadas de sus ojos redentores.

  • Gracias a Dios…- dijo mirando al cielo- El milagro de la virgencita.

  • Todavía no me has respondido, Florencia- se impacientó el joven- ¿Quieres o no? No hay de qué platicar.

  • ¡Quiero!- exclamó la joven endureciendo la mirada, como la Porcia de Catón o la Coya Inca.

Conjugado el verbo esperado en primera persona del presente de indicativo, una salva de cohetes estrepitosos explotaron -faetones de pólvora- en el aire, disparados por los parranderos del pueblo. El cura surgió de pronto, apareciéndose entre la multitud, y en el mismo balcón de los boleros y de la zarabanda, donde la dama se columpiaba levitando sobre la muchedumbre, los casó sancionándoles las estipulaciones simbolizadas en el intercambio de anillos, delante de los padrinos que eran tantos como habitantes tenía la parroquia. Las bodas se celebraron durante una semana, entre banquetes y algazara, y nunca conoció la población mayor fiesta desde tiempos precolombinos.

Terminada la semana de festividades, como el camino era largo y el país grande, Don Megalonio, su hijo adoptivo Marcelo y su apadrinado Simoncito continuaron la ruta hacia el sur, ayudándose este último de un potro alazán que montaba, obsequio de Don Vicente el Procurador, quien, extraordinariamente alegre por el milagro de la resurrección de su hijo, no sabía ni podía reparar en gastos. Entre los sucesos que les acontecieron hasta llegar a Sinaloa, destacan el encuentro con una serpiente de cascabel y con un silencioso puma en las estepas de Ures, y el descubrimiento de la Universidad en la ciudad de Hermosillo, además de la estancia maravillosa de los tres peregrinos de la vida en las playas de la bahía de Kino entre turistas de todas las nacionalidades posibles, entre automóviles cuya silueta se enmarcaba en el mar, entre sombrillas de paja y el horizonte dorado y azul de la arena y del agua. En Puerto Peñasco vieron saltar delfines cual ángeles del océano, descubrieron la aleta dorsal de una orca y, a lo lejos, la cola en forma de hoz de una ballena franca, leviatán pacífico de los mares y ermita viva del buen Jonás.

Pero es preciso abandonar estos detalles de pasajera relevancia para centrarnos en un acontecimiento que durante mucho tiempo fue tema de actualidad en El Nacional, en El Occidental, en Novedades, en el Diario de México y en la prensa escrita de Nueva España, que, al igual que la antigua, es alegre, caballeresca, rural, festiva, más lírica que industrial, viril, castiza, católica en sus instituciones difícilmente reformables a causa de la soberanía sacralizada de la costumbre, un tanto temeraria cual la locura de Don Quijote o las añagazas supersticiosas de la Celestina, pero siempre con un sentido del honor por encima de toda imposición propia o ajena, la única partícula de libertad que existe en el hombre. Sinaloa es un estado esencialmente agrario de la República Mexicana, con algunos ranchos grandes y numerosas plantaciones de maíz, café, tabaco, cacao, yuca y cereal, aparte de constituir una huerta excelsa para las frutas mediterráneas y tropicales, como la piña, la ciruela, la sandía y el melón, la naranja, la pera, el melocotón o durazno, el coco, el higo, la fresa, el caqui, el ñame, el aguacate, el mango, la banana o el plátano, el capulín o la cereza, y tantos otros géneros y variedades que no es de extrañar que los conquistadores españoles la comparasen – quedando siempre superados en el símil- con la huerta valenciana del levante ibérico. El estado consta de dieciocho municipios, uno de los cuales, Angostura, tendría el privilegio de ser el escenario de este acontecimiento que las ondas sonoras de la tuba de Tritón junto con los chismes murmuratorios de su esposa Anfitrite han dispersado por el orbe y que han alcanzado las orejas curiosas de radios y televisiones y computadoras, un tanto amplificado por las repeticiones y cuentos de viejas de los satélites espaciales, tan próximos a la luna que el historiador de esta trascendente crónica no se resiste a calificar de lunáticos.

Fue el caso que estando Don Megalonio con sus dos hijos en una heredad de regadío cubierta de maizales y de algunos árboles de cacao sintió de pronto unos gritos humanos como gemidos o trenos de plañideras. El potro de Simoncito se asustó y comenzó a cocear. Las voces eran cada vez más nítidas y desagradables, y se podía reconstruir un canto a partir de sus ayes doloridos.

  • Marcelo- le encargó el padre al hijo- ¿Por qué no te acercas al lugar de donde proceden esos ruidos lastimeros y montaraces y nos indicas de qué se trata?

  • No tengo ningún interés en ello- reconoció el aludido, incrédulo y ambiguo cual un silogismo de Meyerson- ¿Qué importancia pueden llegar a tener…esos sonidos?

  • ¿Es el miedo quizá lo que te frena?- lo interrogó su padre.

  • ¿Miedo?- se preguntó el intrépido niño- Es necesaria una gran dosis de valentía para llegar a reconocer que lo tengo

  • Iré yo- se determinó Simoncito, idealista en su resolución esclarecedora asimilable a Natorp o a Pestalozzi- Seguro que es por la tilma de Juan Diego.

Acercándose a los maizales cuya altura llegaba a los cuatro metros creyó adivinar de lo que se trataba, pero quiso cercionarse empíricamente, con exactitud exploratoria digna de Humboldt- el Plinio de América- apartando las hojas verdes que le tapaban la perspectiva de la reunión de voces. Vio a cuatro mujeres indias que estaban cavando la sepultura un hombre de mediana edad entre llantos y lamentaciones. El atuendo del hombre consistía en unos calzones largos y en un poncho de algodón de color blanco natural. Las mujeres habían esparcido perfumes de copal quemado y de diversas aguas de flores sobre su cuerpo. En aquel instante estaban rezando y despidiéndose por última vez de él. Algunas de ellas lo besaban en el pecho, otras en los pies y otras en la boca, y en todo momento se lamentaban con una algarabía muy semejante a la que forman los pájaros cuando se preparan para iniciar su ruta migratoria. Simoncito las saludó y ellas se asustaron un poco de verlo, porque al advertir que cojeaba imaginaron con mente supersticiosa que un mal agüero impediría al fallecido entrar en la morada de los justos. Hablando con ellas en náhuatl, idioma precolombino tolteca, esto es, de la civilización de Tula – la Troya mesoamericana, de donde proceden la mayor parte de los mitos patrios aztecas-, Simoncito supo que aquel hombre era un indio muerto en circunstancias desconocidas, herido de bala tal vez para el mismo patrón para el que trabajaba, y como no había sido bautizado en la religión cristiana, y el cura del poblado en el que vivía estaba ausente, los habitantes del pueblo habían prohibido que fuese enterrado en el cementeriolocal y las cuatro mujeres – única familia suya- habían tenido que buscar un lugar adecuado para inhumarlo. Simoncito corrió a darle la noticia a Don Megalonio y a Marcelo, que a la sazón se hallaba dando una cabezada sobre la fresca hierba. Informados de todo, el buen Cíclope se empecionó en enterrar al indio en el cementerio del pueblo, hubiese o no hubiese cura y estuviese o no estuviese bautizado. Cuando se les apareció a las cuatro mujeres, estas creyeron ver al diablo, que ellas llamaban Xolotl, divinidad de los muertos con cabeza de perro que puede asimilarse al Anubis egipcio, y salieron gritando por los maizales. Tardó mucho tiempo Don Megalonio en despertarlas de la superstición que las amedrentaba, explicándoles que el diablo a nadie se le aparece, porque cada cual lleva el suyo propio dentro, y que él era de carne y hueso y no de humo imaginario ni de metal labrado, el cual no tiene vida por sí mismo y es tan solo representación, y sobre todo las persuadió concluyendo que él hablaba por sí, y que esos ídolos suyos no lo hacían sino con la voz que les prestaban sus ayudantes y falsos devotos. A Marcelo lo confundieron con Huitzilopochtli, la personificación del sol – en figura de niño-, y Don Megalonio confesó que era una metáfora muy buena, pero que no era verdadera porque el sol estaba en el cielo y el niño estaba allí, entre ellos. Así aclaradas las cosas, Don Megalonio les comunicó su irrevocable resolución de enterrar al indio en el cementerio de la villa.

  • ¿Pero no ves, Malinche- casi le dijeron llorando- que el cura se ha ido del pueblo?

  • En un tiempo no veía- confesó Don Megalonio remontándose al pasado como las estrofas de Allen Tate- pero desde que he pisado este continente veo más claro que nunca pude ni imaginé haber visto. Si no hay cura en el pueblo, seré yo quien celebre la misa y el responso.

¡Y vaya si cumplió su promesa! Ahora, lector amado y bendecido por la suerte, te propongo un reto digno de ti. Si has sido capaz hasta este momento de representarte al piloso héroe de Sicilia –imagen esencial de la fraternidad humana- en todas las posturas seglares del pensamiento, te invito a que vistas tú mismo con alba, casulla y amicto a este bello gigante portador del rayo de la palabra y del fuego de una verdad austera y sencilla tantas veces silenciada por el ruido sin armonía de los intereses siempre destemplados. ¡Qué caprichoso clérigo te habrá salido! ¡O res mirabilis miraculum tuum! El espíritu del amor perpetúa día a día el milagro de la vida, y este es sin lugar a dudas uno de sus mejores resultados. Pero aún habrá incrédulos que se pregunten: ¿dónde habrá alba y casulla en el mundo de la talla descomunal de este jayán de mirada única? ¿Acaso no parece locura solo pensarlo? Pues sepan estos Algazeles, estos Pirrones y estos Tomases de la reductio ad absurdum que este Tertuliano que les habla los persuadirá con los hechos a confesar “credo”. Allí están, en la parroquia de Mocorito, junto a la presa Eustaquio Buelna que amplía el caudal del río mismo nombre, allí campean en la capilla de Nuestra Señora del Rosario homónima a la de Lima, Don Megalonio tras el altar y Marcelo a su derecha haciendo las veces de sacristán y turiferario. “¿Cómo consiente el obispo de la diócesis semejante intromisión en los cultos, y dónde ha encontrado el Cíclope campechano una ropa de misa a su medida?”, oigo que me preguntas, lector, a través de los abismos creativos del espacio y del tiempo. Tranquilo, hermano, yo te responderé con la voz del Cíclope: “Has de saber, curioso humano de doble mirada, que el ministerio de la eucaristía no es exclusivo del clero, tan solo lo es la consagración por tratarse de un sacramento solemne que exige pureza de intenciones y respeto de la forma, y esto no en todos los casos, porque se permite celebrar un sacramento por un seglar cuando no hay otra manera posible de celebrarlo, y así lo reconoce el derecho que administra la Iglesia Católica de acuerdo con los principios del evangelio. En cuanto a la vestimenta, si te sientes capaz de desconsiderar los prejuicios, imagina un mantel de popotillo sobre otro floreado de lino y obtendrás un alba y una casulla de la hechura del telar artesano de los indios”. Con estas admirables prendas, Don Megalonio oficiaba junto a Marcelo, para el que sí se había encontrado en el armario de la sacristía ropa talar blanca y roja de acólita. Las cuatro mujeres habían colocado el cadáver en un féretro de pino sin barnizar, una caja rectangular que evocaba un navío destinado a una navegación por el más allá, una imagen de lo invisible que no posee imagen posible para el hombre. Simoncito se encargó de despachar la primera lectura que correspondía al libro del Apocalipsis donde se habla con símbolos antiguos de profecía de la segunda venida del Verbo al final de los tiempos, esto es, de la permanencia del Verbo sobre la desaparición de las cosas; después prosiguió con el salmo, que cantó como pudo, y el cual era el de aquel 29 de septiembre, festividad de San Miguel:

Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi interior bendiga su santo nombre.

El evangelio lo leyó Marcelo, y le venía como anillo al dedo, pues correspondía al capítulo 18, versículos del 1 al 10 de Mateo:

En aquel tiempo se acercaron los discípulos de Jesús y le hicieron esta pregunta: ¿Quién será el mayor en el reino de los cielos? Y Jesús, llamando a sí a un niño, lo colocó en medio de ellos y dijo: En verdad os digo que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ese será el mayor en el reino de los cielos. Y el que acogiere a un niño tal, en nombre mío, a Mí me acoge”.

Terminada la lectura, Marcelo sonreía con orgullo por escucharse alabar de esa manera, pues las alabanzas son siempre bien recibidas por quienes las padecen, y Don Megalonio se situó en el atril de la derecha para predicar la homilía, gigantesco y terrible cual si el Popocatepetl cobrase de pronto figura humana y se desguazase de su su base milenaria para cambiar de lugar peregrinando por el mundo. Algunos de los feligreses presentes en misa lo relacionaron con el Apocalipsis y con una de sus desgarbadas animaciones de destrucción, y más de uno al detener la mirada en su único ojo justiciero, se sentía temblar de pies a cabeza con un calambre involuntario.

  • Queridos y estimados hermanos aquí presentes- y los presentes se admiraron de ser nombrados hermanos de tal sacerdote titánico- Una noche, mientras caminaba junto con mi hijo y mi sobrino ( no os espantéis de que hable de mi hijo, no estoy ordenado y soy seglar como vosotros) hacia aquí sin saberlo, me puse a reflexionar sobre América y sus habitantes. Me dormí y soñé, como Jacob, con una escala de luz por la que subían y bajaban ángeles, y aproximándose mi alma como una mariposa al resplandor, vi a una mujer con un vestido blanco acampanado y bordado de lino con un niño en brazos que me miraba con unos ojos tan tiernos y dulces como los que jamás persona alguna en el mundo me había mirado. Al preguntarle quién era, me respondió que la Virgen de Guadalupe, la misma que por primera vez se había aparecido al indio Juan Diego en tierras mexicanas. Creí que me hablaría de muchas cosas, pero noté que no despegaba los labios y que continuaba sonriendo hacia mí junto con el niño que llevaba en brazos, y yo, tan feliz me encontraba, que deseaba de todo corazón que no pasase aquel momento. Pero como el alma humana es inquieta, le pregunté qué quería de mí. Ella me respondió muy despacio: “Sé fiel al amor que se te ha concedido por vida”. Y de pronto pensé en el océano, emblema del infinito, y vi tres naves arribando a una isla, y a numerosos soldados y sacerdotes saliendo de ellas, los cuales vestían a los habitantes de la isla, quienes caminaban desnudos y aguardaban desde hacía mucho tiempo aquella venida, y que no habían pronunciado hasta aquel momento el nombre de Dios, a quien nunca habían visto actuar ni revelarse más que en pálidos sueños que se olvidaban a la mañana siguiente. Pero vi también a los soldados y a los sacerdotes esclavizando y sacrificando a los habitantes de aquel paraíso terrenal que parecía una isla y era en verdad un continente, vi muertes, persecuciones e injusticia por parte de quienes habían portado la cruz de aquel encuentro, y aquellas voces de maltratados clamaban al cielo y eran imposibles de acallar ni de silenciar, ni por el oro arrancado por sus manos de la tierra, ni por unas instituciones admirables que se les imponían por la tiranía de falsos privilegios de los que ninguna ley tiene noticia. Entonces, en el cerro de Tepeyac, frente al lago de Texcoco donde se derrumbaba el minarete blanco de un pueblo exterminado, el mismo cerro de Coatlicue, la madre patria de aquel pueblo maltratado, el mismo cerro de las serpientes del origen, vi que la Virgen descendía y se posaba, y que le hablaba no a los falsos evangelizadores, sino a un indio, a Juan Diego Cuauhtlatoatzin, y en su propia lengua náhuatl, para que se cumpliese este pasaje evangélico que acabamos de leer, el cual asegura que el que no se hace humilde e inocente como un niño no puede entrar en el reino de los cielos, que es el reino de la felicidad solo posible por el don del amor. El indio acudía a llevarle un ramo de diez rosas que representaban las heridas fragantes de diez años de sufrimiento desde la conquista de México por los españoles en el año 1521 de nuestra era, y el obispo, al presentarlas como ofrendas ante un altar de piedra fabricado con el peldaño de la escalinata de una pirámide maya hacía que el altar cobrase vida y se transformase en un sol que ocupaba el cenit de la bóveda del cielo y que despertaba la belleza oculta de todos los lugares misteriosos del continente nacido del agua donde antiguamente se refugiaron las tinieblas del miedo. El nombre de esta Virgen era Coatlallope, “la que aplasta a la serpiente” en náhuatl, el don atribuído a la Virgen María en la Biblia, siendo la serpiente el veneno genético de lo oculto que atemoriza y tienta al hombre, y este mismo nombre concordaba con Guadalupe, que en musulmán quiere decir “río oculto”, advocación de otra Virgen venerada por los españoles en Extremadura, y a la que Alfonso XI había consagrado en 1340 un monasterio. La Virgen habló en voz alta para aquel indio; y yo también pude escucharla hasta cuatro veces, con una voz que consolaba de cualquier dolor:

  • Gracia halló el hombre ante Dios por medio de sus oraciones, y al milagro de la vida y del tiempo se antepuso la encarnación o el milagro de la eternidad, porque la gloria de Dios es la voz libre del hombre que alaba y ama su verdad como principio y reino de todo sentido y de todo significado. Así yo, madre intérprete de la humanidad y primera en recibir el don de la gracia en mi propio cuerpo, soy el lugar al que se dirigen todas las plegarias de los hombres, el canto que las eleva hacia la palabra divina. Donde hay un sufrimiento, hay una petición, y donde hay una petición, allí estoy en nombre del hijo que es el padre de la vida renacido para obrar de nuevo como el amor que se renueva en cada ser humano que nace, para que se cumpla la escritura: pedid y se os dará. A mí me invocó el navegante Cristóbal Colón y yo me apiadé de él en nombre de aquel de quien procede el amor, y puse ante sus ojos una tierra nueva que las antiguas civilizaciones no conocían, habitada por hombres y mujeres indígenas que no habían salido de su continente ni tenían noticia de otros. Era una tierra semejante al paraíso terrenal que soñaban los trabajadores de la existencia, una tierra que manaba leche y miel, como la tierra prometida, figura visible de la patria invisible que el Amor Encarnado destina al hombre que se salva por su fidelidad. Pero, ¿qué hicieron los descubridores con ese don? Caer en manos de la codicia, principio del pecado, y dominar sobre otros hombres inocentes, que eran como niños para ellos, empleándolos como bestias y no comprendiéndolos como a personas, abusar de su inocencia y dañar su integridad, pues todo don en la tierra, todo paraíso está sometido a la tentación del pecado, y el veneno de esa serpiente infecta a todos aquellos que no tienen ante sí la imagen del amor entregado, cuya figura perfecta es la sangre vertida por Cristo, que representa el sufrimiento de las víctimas del mal y su triunfo definitivo sobre él. Yo vine a esta tierra entonces para consolar a los que sufrían, les arrebaté el dominio a los españoles y les di a los indios el don de ser siempre escuchados y de convertirse en el nuevo pueblo santo de la tierra, un pueblo humilde transformado en el patrón de todos los pueblos, en el modelo de conducta cristiano según las bienaventuranzas, y les regalé la verdad de la caridad para que fuesen sus depositarios ante los hombres, de manera que todo aquel que desee la alegría, deberá tener presente la vida de estas gentes bendecidas por mí. Como Lázaro, el cadáver de un pueblo resucita y se hace el primero de los pueblos en la vida, para que se cumpla la escritura: los humildes serán enaltecidos.

Dicho esto, la Virgen guardó silencio y ya no la vi más en el sueño. Este hombre que hoy vamos a sepultar es una semilla que sembraremos para que germina de ella un árbol de eternidad. Como Lázaro, será un recién nacido en el cielo de felicidad que Dios tiene preparado para los que lo aman, porque las obras del amor son imperecederas como el amor mismo. Si murió a consecuencia de la violencia perpetrada por otro hombre, será el símbolo de esta gran América, muerta por la codicia y resucitada por el amor. Esta es la única homilía que se me ocurre, y no la he compuesto con retórica preparada ni con lenguaje confuso, sino dejando que el corazón hablase por sí mismo y uniendo su latido al de otros corazones, única comunión posible”.

Terminó su sermón Don Megalonio no con aplausos, sí con silencio, paz y reflexión, premio auténtico de lo bien dicho. Llegó el momento de la Consagración y Don Megalonio lamentaba no estar ordenado para alzar el pan y el vino ante los fieles, cuando un joven de unos treinta años, de buen parecer y de mirada profunda y atrayente como la brasa brillante de una hoguera en una noche de luna nueva subió al altar y, tomando de las manos de Don Megalonio la ofrenda, le dijo la manera que pudieron escucharlo los presentes:

  • Yo soy ordenado, y llegué un tantito antes de que usté empezara la misa, pero tanto me agradó su celebración, que no quise interrumpirlo. Permítame que consagre la forma, luego puede continuar.

Consagró y los presentes se arrodillaron, quedando Don Megalonio reducido a la mitad de su estatura y permitiendo que se apreciase la delicada labor del reablo del ábside, tapado por su espalda oscura como un agujero negro del espacio. Después de la comunión, buscaron un lugar en el camposanto para abrir la huesa de la sepultura del indio, rezaron el responso a la luz del día y despidieron el duelo, y las cuatro mujeres que lloraban al buen hombre dieron las gracias a Don Megalonio y a su hijo por permitir que su difunto fuese enterrado decentemente en el camposanto, a pesar de no haber sido bautizado. El joven sacerdote explicó que el párroco se había encontrado indispuesto, que de no ser así, se hubiese negado a que la gente del pueblo, la misma que por allí no quiso aparecer para justificarse, discriminase a un hermano hasta en su muerte, cuando el evangelio establece que es cristiano quien cumple la voluntad del padre Dios – y eso solo su conciencia lo sabe- y no quien cumple o deja de cumplir ritos externos. Las mujeres indias estaban despidiendo con el último adiós a su difunto, cuando, alzando la mirada al cielo parcialmente cubierto de nubes, advirtieron la presencia de una hueste de mariposas monarca, anaranjadas como jirones de ocaso, que avanzaban en columna desde el norte para huir de las bajas temperaturas, y comenzaron a despedirlas a voces como si fuesen almas metamorfoseadas camino del más allá, y en verdad el símil era bueno, aunque símil al fin y al cabo, del mismo modo que el cielo y el infierno son símiles de vivos para designar a ausentes conforme al lugar que ocupan en la memoria.

Ya fuera de la capilla y del cementerio, Simoncito, Marcelo y Don Megalonio, un tanto sorprendidos por el fresco repentino de la noche y ya despojados de los honrosos atuendos de sacerdote, de sacristán y de misacantano, se sorprendieron aún más de ver a un hombrecillo flaco con talle de escarbadientes, con un tirso de ocote en las manos que le servía de bastón, y tantos amuletos, cadenillas, campanillas y abalorios colgándole del pescuezo que lo traían mirando al suelo sin descanso con una corcova o chepa de noventa grados, penitencia que hubiera bastado para hacer humilde a cualquiera. Venía hablando solo ( “quien habla solo espera hablar a Dios un día”) y en cuanto sus ojillos angostos se sumergieron en la pupila absorbente y magnética de Don Megalonio, cuyo misterio tiene la propiedad, al igual que el Triángulo de las Bermudas, de hundir a todos los barcos y sondas de la especulación científica, comenzó a gritar alarmado cual despertador, moviendo los brazos y amenazando con echar a volar:

-¡El gran Quetzalcoatl ha vuelto junto con los príncipes Huitzilopochtli y su hermano Tezcatlipoca! ¡Han vuelto del Mictlán por el lugar por donde sale el sol, han regresado de la tierra de los muertos para destruir el mundo y para hacerlo de nuevo, para demoler la casa y construirla otra vez bajo el séptimo sol!

Como todo esto lo decía en náhuatl, en el idioma de Anahuác o en el de las antiguas lagunas de México-Tenochtitlán, solo Simoncito pudo entenderlo, y haciendo de intérprete ante su padre adoptivo y su hermano del mismo modo que doña Marina ante Cortés, les aconsejó a sus acopompañantes que se desviasen de aquel loco. Pero el brujo no por ello se avergonzó, e incluso se atrevió a asir un vellón de pelos gruesos cual alambres del muslo de Don Megalonio, demostrando el elevado grado de su locura, gritando a pleno pulmón:

  • ¡Vuélvete a mí, gran Quetzalcoatl, serpiente de muchas plumas! ¡Llegaron por el mar impostores con tu nombre y nos quemaron, y de tanto fuego de violencia todavía estamos vivos, pero no somos culpables nosotros, gran Quetzalcoatl, de la pérdida de tu reino florido!

  • ¿Padece nefritis acaso, buen hombre?- reaccionó Don Megalonio a la agarrada- ¿Por qué se queja tanto? ¿Es intérprete de tangos?

  • Quetzalcoatl, gran serpiente – prosiguió el chamán sin dejar de soltar los pelos, y tirando de ellos como si quisiera llevárselos- Tú vienes a arreglar el mundo. Eres bello, muy bello, estrella de la mañana. Vienes a traer lluvia a la tierra, vienes a domar al jaguar y a traer prosperidad a mi corazón.

  • ¿Qué clase de expectativas habrá proyectado este hombre temerario sobre mí?- se turbó el Cíclope haciendo la señal de la cruz- Bien compruebo en esto, Marcelo hijo, que el amor es ciego y especialmente el llamado amor a primera vista, que no es amor sino solo apetito, porque decir aquí que vengo a traer lluvia, y a domar al jaguar, y a traer prosperidad a su corazón no es otra cosa que una manera de decir que la imagen de otro sujeto que se ha hecho sobre mí va a satisfacer sus necesidades instintivas, emocionales e intelectivas, y eso no es sino amor a ciegas, pues es propio de enamorados el diseñar un mundo aparte para sus amores, un cielo para su presencia y un infierno para su ausencia, y una plenitud para las tres regiones del alma o esencias del ser: memoria, entendimiento y voluntad. Dile, Simoncito, a este compatriota tuyo al que entiendes, que no se enamorisque de mi caché figurante de novela francesa ni de mi ensortijado y basto pelaje idílico y peleón, que no se quede extasiado en la superficie, como lo hacen las damas y doncellas que de pronyo han visto a un galán engominado por el balcón de su alcoba, y que aprenda a amar al Amor con mayúsculas, a ese que nunca muere y que posibilita que nosotros no muramos tampoco. Ah, y dile que me suelte esos pelos, que estoy por insinuar una locura, y no de amor precisamente…

  • Oiga usté- lo avisó Simoncito sin conseguir dejar de reír- Ya chole, vaciado. Estos pelos tienen dueño.

  • ¡Tezcatlipoca!- exclamó el indio cuando le habló Simoncito, en tono elegíaco cual una estrofa de Alfonso Sola- ¡Cojo rey! ¡No puedes destruirme ni provarme de Quetzalcoatl. la serpiente emplumada, que me llevará de vuelta a Teotihuacán y traerá la lluvia…

  • ¡Y dale con la lluvia!- protestó Don Megalonio- Ya le he dicho que no haré nada de lo que pueda arrepentirme…

  • Si quiere lluvia, yo se la daré- dijo de pronto Marcelo, y bajando la cremallera de la petrina, se puso a hacer lo que los niños y los perros no tienen ningún reparo en mostrar.

En estas disquisiciones estaban los tres con el brujo, cuando se les acercó un hombre grueso como una bellota que llevaba gafas y una maleta de viajante, quien se paró en seco por el camino que recorría, se acercó a ellos y al escuchar los diálogos con el brujo, les advirtió:

  • No se esfuercen. Denle una patada y prosigan. Está loco y de nada sirve razonar con él.

  • A pesar de su aparente demencia- confesó Don Megalonio con la ironía de Palmer- ha nombrado el yacimiento de Teotihuacán, donde se encuentran las ruinas más gloriosas de la civilización maya ( pues ruinas son al cabo del tiempo todas las civilizaciones), célebre por sus conocimientos en astronomía en los cuales superaron a caldeos y mesopotámicos, y por su arquitectura colosal que evoca a la de los egipcios. Quisiera, cómo no, ser testigo de tales proezas humanas aunque no fuera más que desde las mutiladas formas del pasado.

  • Si no es lo que quieren, no tienen ningún problema- declaró el viajante- Yo puedo llevarlos allá si lo desean, porque tengo que ir a la capital, y me queda de camino.

  • Pues como nos lo ha ofrecido tan educadamente, no nos queda más remedio que aceptar- sugirió el Cíclope, tan interesado en el esclarecimiento del misterio de los mayas, que Diego de Landa le hubiese cedido el patrimonio de sus preocupaciones- Pero eso sí, haga venir con nosotros a este simpático brujo, que nos hará el camino más agradable. ¡Y vaya si lo hizo! Durante el recorrido en el hipogrifo motorizado de un wolkswagen del año setenta y tres, no quedó planeta en el registro de la NASA al que no aludiera por hache o por be el hechicero para testificar cualquier aberración. Marcelo, confundido por la dioptría mental del planetario con el héroe solar Huitzilopochtli, al que se parecía sin duda por lo atrevido, lo debatía defendiendo la tesis contraria sobre el planeta en cuestión ( Marcelo, niño y despistado como era, estaba muy relacionado con las altas esferas y con el gran mundo de las alturas siderales) y entraban ambos en un debate tan fantástico que daba placer a cualquiera.

  • La estrella vespertina resplandece- informaba el brujo señalando un punto del cielo desde el coche- porque anuncia la llegada del último mundo, donde las cosas tendrán la medida exacta del hombre, y seremos semejantes a dioses, y por esa causa, vosotros dioses, sois semejantes a hombres.

  • Esa no es una estrella- informaba Marcelo señalando el mismo punto- es el planeta Venus, y no respandece con luz propia, porque su luz es un préstamo del sol. Este mundo ya tiene la medida exacta del hombre, porque la naturaleza parte de él, de su concepción de la naturaleza. Este mundo es antropocéntrico puesto que lo humano es su medida, y no hay dioses, hay un solo Dios verdadero, que a veces se manifiesta en el hombre.

  • Silencio, luminoso Huitzilopochtli – lo amonestaba el chamán- Esto no es conocimiento de luz, es juicio de tinieblas, ciencia de los negros Ometechhtli y Omecihuatl, oscuros y escondidos.

  • Bah, qué se saca de provecho al platicar con un loco- lo interrumpía el viajante mientras conducía el vehículo- ¿no se les hace? Miren ustedes, no les quise decir esto hasta ahora esto hasta ahora para no entusiasmarlos, pero yo soy corredor de fincas. Me dedico a vender pisitos muy buenos en la capital. Tengo apartamentos en venta en la Colonia Santa Fe de Cuajimalpa, en el D.F. con vistas al Centro Comercial más grande de México. Y vendo chalecitos en Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero, Coyoacán, Carranza, La Magdalena e Hidalgo. Los precios son muy asequibles. Aprovéchense. Desde allí les queda muy cerquita Teotihuacán, si les apasiona la arqueología precolombina.

  • Salga el sol por donde quiera- protestó el comerciante- ¿A mí qué se me importa, ay sí, encuetado? Si no fuera porque a los señores se les antojó traerlo, ya lo estaba dejando como una paca en la mera cuneta… Pero piensen que una oferta así no la ofrecen todos los días. Son apartamentos de ochenta metros cuadrados con las terrazas y los baños, ¡y por una ganga como son cuarenta millones de pesos, cuarenta, que ni veinte ni treinta, y con veinte de entrada! ¿Dónde encuentran una inversión así?

  • ¿Y disponen de inodoro esos apartamentos?- quiso saber Marcelo, empírico y estructural.

  • ¿Y cómo no?- se emocionó el vendedor- Y lavabo, bañeras, bidet y plato de ducha…

  • Pues con esa garantía- se pronunció solemne el niño- tenga por seguro que satisfarán mis necesidades cuando ellas me sorprendan y me encuentre en el D.F., y le daré las gracias toda la vida si me permite probar las instalaciones a su salud.

El municipio de Teotihuacán se encuentra al nordeste de la capital del estado, engastado en un paisaje de verde esmeralda en el que se alternan regiones salvajes con zonas cultivadas de plátano, aguacate, arroz, garbanzo, ajonjolí, algodón, maíz, trigo, café y caña de azúcar. Asimismo, el ganado bovino se esparce por las regiones de pasto pertenecientes a los ranchos, los toros alzan la cabeza cuando ven pasar a los automóviles por la carretera, y de noche la mala señalización de la autopista obliga a la necesidad de encender la luz larga para sorprender a los animales que atraviesan la carretera infringiendo la ley y sin proveerse de reflectores de precaución. Imagínese el lector atrevido un trayecto de aproximadamente mil kilómetros con escalas en Durango, Zacatecas y Guadalajara en compañía de un mercader y de un hechicero, dos locos a cada cual mayor, empeñados en desentrañar el porvenir y en manejar la providencia, el uno con las cifras y el otro con las cábalas. De esta manera comprenderá la infinita apariencia de nuestros héroes y disculpará la equivocación del hechicero al confundirlos con dioses, a pesar de que la distancia entre lo divino y lo humano es asimismo infinita.

Pero detengamos la mirada consciente en el asombro y esplendor de las pirámides, en esas montañas escalonadas que miden el tiempo y que superan con creces las análogas de los súbditos del Nilo, por ser astronómica y geométricamente pitagóricas en su precisión y órficas en su sentido. Ha llegado la época en la que los profundos misterios ocultos en el subconsciente de la humanidad serán desvelados dejando caer su máscara de sombra, la misma época que los profetas bíblicos atribuyen a la era mesiánica de Cristo, monte seguro tras el diluvio del tiempo, según se lee en Joel:

Y sucederá en los últimos días

que derramaré mi espíritu sobre toda carne;

y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas,

y vuestros jóvenes verán visiones,

y vuestros ancianos soñarán sueños,

y aún sobre mis siervos y sobre mis siervas

en los días aquellos derramaré mi Espíritu

y profetizarán.

Pues bien, esta época ha llegado ya para la burbuja de misterio que envuelve la civilización maya, disculpen las molestias todos aquellos que comercian con la ignorancia de los demás, porque esta burbuja tiene que estallar por fuerza cuando Don Megalonio y su hijo pongan su dedo sobre ella. Así lo refiere la historia:

Caminando Simoncito, Marcelo y Don Megalonio por la Avenida de los Muertos, entre las pirámides escalonadas del Sol y de la Luna, y frente al palacio de Quetzalcoatl en compañía del hechicero y del viajante, que los escoltaban como seres de ultratumba, vieron un ejército de turistas que cual plaga de langostas o cual invasión de bárbaros allende las fronteras de un imperio fabuloso trataban de fotografiar sin entender las esquinas envejecidas de los edificios rescatados de los diluvios del tiempo, imágenes las fotografías que no pasaban de lo superficial del mismo modo que superficiales eran los que las sacaban. “Oh turba de ignorantes” reflexionó Don Megalonio, “¿de qué os sirven tantos instrumentos tecnológicos de confusión insaciables en su nimiedad, como el barril de las danaides de Grecia que nunca se llenaba por más que se echaba en él multitud de objetos, si no sabéis descubrir por vosotros mismos y son intermediarios el misterio que se manifiesta en lo sencillo y en lo natural de las obras de arte, sepultándolo en el pasado y no integrándolo en el presente?”. Y entonces comprendió por qué la razón aquel enlosado se llamaba Avenida de los Muertos, y cuál era el grado de conocimiento de los mayas, que ya habían previsto aquel desenlace. Frente a la alfarda de la pirámide de Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada que representa los dos equinoccios del año ( en el equinoccio los días y las noches tienen la misma medida, la serpiente representa la sutileza de la luz y las plumas la oscuridad de la noche), se encontraron con un grupo de indios yaquis con huacales de guacamayos rojos y azules, cálaos y tucanes que elevaban al aire un concierto ensordecedor de cacofonías. Eran conocidos el hechicero de Sinaloa, que en su presencia descubrió una serpiente falsa coral roja y negra que llevaba amaestrada y dormida en una cajita de jade con agujeros. El viajante de comercio les aconsejó que se distanciasen de aquellos tronados que solo querían sacarles un poco de dinero, y aseguró que él les ofrecería nuevas inversiones en buenos solares a precios asequibles, cuando de pronto, procedente tal vez de la dimensión del ensueño, un indígena del legendario Aztlán se abrió paso entre los indios coronado de plumas multicolores, con un manto de algodón azul y un porte hierático y protocolario.

  • Soy el sucesor de Moctezuma II- dijo en perfecto castellano- Bienvenido, emplumado Quetzalcoatl- saludó a Don Megalonio- Bienvenidos, Huitzilopochtli y Tezcatlipoca- saludó a Marcelo y a Simoncito- Mi nombre es Moctezuma XXX.

El Misterio quiso cruzarse de brazos durante unos segundos milenarios antes de ser absorbido por la alborada de la comprensión.

  1. DE CÓMO DEMOSTRANDO QUE TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA, TODOS LOS MINISTERIOS DE GUATEMALA CONDUCEN AL MISMO LUGAR

Si los españoles, los primeros europeos en llegar a América, se quedaron asombradísimos al ver por vez exclusiva y absoluta el boato arcaico y digno de la antigüedad de un Herodoto o de un Jenofonte perteneciente al emperador Moctezuma II, juzguen los testigos de esta crónica lo que, cuatro siglos más tarde, supondría para nuestros astros heroicos el ver a un descendiente de esta dinastía con porte idéntico al de su predecesor, como si los años nunca hubiesen pasado. Bernal Díaz del Castillo, historiador de las Indias Occidentales, describe así al soberano azteca, y el historiador de esta monografía demoledora declina la pluma en él, en lo que a descripción del nuevo representante respecta: “Sería el gran Moctezuma de edad de hasta cuarenta años, y de buena estatura y bien proporcionado, y cenceño y de pocas carnes, y la color no muy moreno, sino propia color y matiz del indio, y traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas y bien puestas y ralas, y el rostro algo largo y alegre, y los ojos de buena manera, y mostraba en su persona en el mirar por un cabo amor, y cuando era menester gravedad”. Así era este segundo Moctezuma, réplica conseguida del original y casi me atrevería a decir clon suyo, si la manipulación genética del núcleo de las células madre no estuviese prohibida por ley y por ética en los seres humanos. Tal vez lo que admiró en mayor medida a Don Megalonio fue que lo confundiesen con el héroe divinizado Quetzalcoatl, haciendo pasar sus pelos por plumas, terrible error, y más aún teniendo en cuenta que al propio Hernén Cortés lo habían confundiendo asimismo en su tiempo con Quetzalcoatl a causa de su brillante casco, y no faltaba otra cosa que llamar Quetzalcoatl a todo extranjero que arribase a Méjico, aunque fuese el mismo Trotski. ¿Y por otra parte, no era Teotihuacán un cementerio maya? Entonces, ¿qué pintaban allí los aztecas? Paso a paso daremos solución a este intrincado enigma, tomando la palabra de Moctezuma XXX, quien, como buen soberano de su nación, tiene la responsabilidad de dar explicación a las costumbres de su país:

  • Los aztecas- expuso el soberano con porte principesco- proceden de la región de Aztlán, en el norte del país, y son descendientes de una tribu de apaches que tenía al sol como tótem o símbolo protector de su familia. Vinieron peregrinando desde Chicomoztoc, desde el noroeste del país, sus primeros 1168 clanes, dirigidos cada uno por tres caudillos y cuatro sacerdotes, con la imagen de su divinidad protectora Huitzilopochtli. Se instalaron en el Valle de México, de donde fueron expulsados por los culhuas o indios sureños. De esta época proviene la leyenda según la cual el propio Huitzilopochtli se les apareció en el cerro de Chapultepec a cuatro sacerdotes, indicándoles que buscasen una isla en Anahuác o en la región de las antiguas lagunas, donde un águila devorase a una serpiente sobre un nopal. Sobre esa isla erigieron México-Tenochtitlán, significando México “el lugar del ombligo de la luna”, y pasando ellos a llamarse mexicas o mexicanos, y convirtiendo su ciudad en la metrópolis de un vasto imperio. La genealogía de Huitzilopochtli también hace referencia a este hecho: este héroe solar era hijo de Coatlicue – la tierra- que lo concibió del cielo en el cerro de Coatepec, donde los indios sureños adoraban a una serpiente. Sus hermanos –los 400 sureños, los indios rivales de los aztecas- junto con su heramana la Luna o Coyolxauhqui- su divinidad protectora- se dispusieron a matar a Huitzilopochtli en cuanto naciese, pero él salió del vientre de su madre ya armado con la vestidura del sol y derrotó a su hermana, cuya cabeza arrojó al cielo para formar la luna, y a sus cuatrocientos hermanos sureños a los que persiguió como conejos – animal que representa la cobardía- cuyos cuerpos decapitados se transformaron en cerros situados al sur de la ciudad de México – en los que crecen los magüeyes del pulque, licor derivado del vigor de sus sangres guerreras- y cuyas cabezas ascendieron al cielo como estrellas. Desde entonces los aztecas adquirieron la costumbre de realizar sacrificios humanos para alimentar al sol cada mañana e impedir que llegara a apagarse. Ustedes comprenderán que los aztecas no eran tan sonsos como para creer que el sol no luciría si no se mataban hombres; la causa está en lo siguiente: para tener sometidos a los pueblos indígenas a su imperio, ordenaban dar muerte a los cautivos de guerra con el fin de que no se sublevasen contra ellos, y de este modo los sacrificaban a Huitzilopochtli, que no era el sol solamente, sino el símbolo de su raza o nación, y el “dar cada día vida al sol” significaba “dar cada día vida a Huitzilopochtli” que es como decir “permitir que el imperio mexica no decline”. Los sacrificios consistían en ofrecer el corazón todavía palpitante de las víctimas al sol, el órgano vital por excelencia, del que despojaban a los cautivos de guerra drogándolos primero, de manera que no sintiesen nada, que es la pena de muerte que hoy día se adjudica en algunos países como USA a los delincuentes más peligrosos. Con el tiempo entraron en contacto con la civilización maya – de raíz agraria y no guerrera, y culturalmente superior por la amplitud de sus conocimientos sobre la tierra- y tras anular su autonomía política asimilaron su calendario y sus dioses, como en su occidente europeo los romanos asimilaron las tradiciones de los griegos. El dios principal de los mayas es Kukulcán, al que los toltecas tradujeron por Quetzalcoatl dándole el nombre del último de sus reyes – como los romanos dieron a Marte el título de Quirino en homenaje a Rómulo, rey de los quirites o patricios de la ciudad- y con este nombre pasó a los mexicas. Quetzalcoatl es el dios del equinoccio que marca el comienzo del año agrícola maya, y a eta función se sumó la tradición tolteca – tolteca significa “constructor”, habitante de Tula o “la bien construida”- del último de sus reyes, quien según tradición fue un gobernante ilustrado y sabio como Salomón o Marco Aurelio, quien, expulsado de su reino por sus propios súbditos, juró regresar con un ejército del oriente y restablecer su poder. Por esta razón los españoles al mando de Hernán Cortés fueron confundidos por los súbditos de Moctezuma II con el ejército de Quetzalcoatl, y de ahí deriva la pregunta que según los historiadores les hacían- “¿Castilán?”, que significa “¿Vienen del oriente?”- y que ellos creyeron que se refería a Castilla, de donde en verdad procedían. Y aunque es cierto que los españoles trajeron a América el signo de la cruz y el dios encarnado en su figura más humana y definitiva para representar el amor fraterno y universal, sus acciones fueron propias de los más violentos bárbaros, como recoge en sus libros el padre De Las Casas, dedicándose a esclavizar a un pueblo que hasta entonces había sido libre. A consecuencia de esta injusta conducta, los consejeros y principales del pueblo, asustados ante los abusos presuntamente legales de las Audiencias y de los virreyes extranjeros cuya descendencia daría lugar a la estirpe criolla de la futura Independencia, se reunieron en secreto y aunque despojados de autoridad, continuaron legislando en secreto –como los primeros cristianos perseguidos legislaban cánones inspirados en el evangelio en las catacumbas de Roma-Constantinopla, Milán o Nicomedia- y prosiguieron invistiendo a sus reyes y a sus ministros hasta hoy, cuando gracias al consorcio internacional de las Naciones Unidas, ya no estamos obligados a escondernos de los poderes públicos, porque la declaración de derechos del liberalismo reconoce el nuestro a la libertad de asociación y reunión, a la libertad de conciencia y al derecho de educación y de preservación de nuestro patrimonio cultural. En este contexto, yo, Moctezuma XXX, descendiente de aztecas y continuador del linaje noble de los mexicas, que he tenido noticia a través de la prensa de la asombrosa labor cultural que desempeña usted, Don Megalonio – indígena como nosotros de una isla que se creía poblada por monstruos- junto con su hijo adoptivo, Marcelo- campaña que no dudaría en llamar admirable, como la de nuestro querido emancipador del Sur Simón Bolívar – por los caminos de todo el mundo, he querido enviar a este heraldo mío ( y se volvió hacia el hechicero que había acompañado a nuestros héroes desde Sinaloa) al lugar donde se sabía que se encontraban con el fin de designarlos a usted, Don Megalonio, como el verdadero Quetzalcoatl, y a Marcelo como el verdadero Huitzilopochtli en este emblemático santuario de Teotihuacán, que quiere decir en lengua maya “el lugar donde se hacen los dioses”, el panteón del que ustedes son ya espíritus tutelares.

  • ¡Qué locura! ¡Qué locura!- exclamó el viajante con su maletín negro y siniestro repleto de facturas, de expedientes, de letras, de cheques, de contratos y de cédulas destinadas al reciclaje de la muerte, escoplo de la vida, de similar manera que la basura de lad civilizaciones es recogida por los versos de Baudelaire, de Eliot y de Ángel Soldevilla para ser transformada en nuevos motivos estéticos – No les hagan caso a estos payos patanes fugados del manicomio, que solo busquen sacarle unos pesos con sus disparates, y mándenlo a paseo, porque el tiempo es dinero, y si se gasta no se tiene… Y, ¿qué mejor que emplear el tiempo y el dinero en una inversión histórica? ¡Pos a poco no! ¡Apartamentos de primera calidad en el centro central de México! Oh, ¿qué mejor negocio que arriesgar el 20% para sacar de ganancia el 100%? Los terrenos urbanos se revalorizan al 0’5% cada mes y la tendencia sigue al alza, y el precio de los alquileres ha aumentado casi un 45% en los tres últimos años, y como las hipotecas se han rebajado, la gente compra al por mayor, ¡Aprovéchense, caramba! ¿Qué tengo que hacer para que lo entiendan? Comprar es de prudentes, aprovechar la ocasión cuando surge, vivir la vida, asegurar el bienestar, tomar el tren del progreso…

  • ¿Por qué no compra un nicho para usted?- le sugirió Marcelo- ¡Aproveche la ocasión!

Los guacamayos de los huacales comenzaron a chillar y se formó una algarabía babilónica, en tanto, no se sabe de dónde – el misterio es la raíz de la vida- surgió una mujer joven y hermosa de la confusión, como una sirena marina surge en las tempestades, con un micrófono y una cámara de fotos, y comenzó a entrevistar a Don Megalonio, a Marcelo y a Simoncito:

  • Acaban de ser nombrados las nuevas reencarnaciones de los dioses mayas- canturreó en sol menor- ¿Cómo se sienten, queridos extranjeros?

  • De ninguna manera nos sentimos mi hijo, mi apadrinado y yo identificados con este nuevo papel que se nos ha concedido- explicó Don Megalonio al estilo delicado de la retórica de San Ambrosio- Ha de saber usted, mi querida y superficial señorita, que mi hijo y yo tenemos la desgracia ( si es que puede llamarse desgracia a un equívoco ajeno) de ser confundidos en cada nación a la que arriban nuestros pies con los héroes indígenas de cada una de ellas, siendo como somos meros representantes de la cultura por el mundo y depositarios y portadores de una palabra de sentido y hermandad para todos los hombres, y no somos actores de encargo ni promotores de intereses privados para ser propagandistas de idearios de nacionalidades, de idiomas o de barreras raciales o consuetudinarias, porque la verdad expresada por medio de la palabra solo existe si se comparte, si se manifiesta y alimenta como el pan a la totalidad de criaturas que pueden comprenderla, pues solo para ellas fue pronunciada por la inteligencia primera manifestada a través de la voz de los antepasados. Yo, al contrario de este hombre que nos acompaña – y señaló al viajante de comercio, que procuró salir sonriendo con su maletín de facturas ante la cámara indiscreta-, no creo en el progreso social, solo creo en el individual, en la voluntad libre y condicionada por sus propias decisiones de cada persona consciente, en la que se encarna la verdad si ella le da acogida en su interior, pero en la que no se reencarnan los traumas de sus antepasados a no ser que ella misma tome la decisión de hacerles caso. Las sociedades cambian, no progresan; los individuos progresan, no cambian. Usted podrá objetarme que la civilización occidental considera al cristianismo y su nueva cosmovisión social como un progreso con respecto a las religiones animistas y locales de la antigüedad. Yo le responderé que el cristianismo es un icono, una imagen religiosa, un culto externo cuyo sentido ya existía en la conciencia de cada ser humano, pues el amor es el espíritu del lenguaje del hombre y no fue un invento del año cero, simplemente en esa época se manifestó con mayor nitidez por medio de un hecho histórico ( las profecías bíblicas relatan: “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz”, siendo la luz una manifestación sensorial), pero ese hecho no sucedió una vez para siempre, sucede todos los días, porque el amor se renueva constantemente con los actos de cada ser humano, y ese es el único progreso posible, porque todas las torres del bienestar, del imperio de la ley, de la economía y de la ciencia – ideas no asentadas en el amor, sino en el aprovechamiento egoísta de la naturaleza- terminan derrumbándose por la división que generan entre sus habitantes, ya que el lucro es semilla de violencia.

  • ¡Chanflin! ¡Menudo discurso de investidura! ¡Grábalo todo, Fifo!- gritó la señorita al cámara con sonrisa televisiva- ¡Ay, pónganse acá, ricuras! ¡Caramba, qué peinado se gasta, Don San Antonio!

  • Megalonio- lo corrigió galantemente el aludido.

  • ¡Ay sí! Le voy a tomar una foto de portada para el periódico… Sonría, por favor.

  • ¿Así?- preguntó el Cíclope abriendo la boca desmesuradamente y mostrando los caninos- Tenga cuidado, princesa retórica, con la agresividad de mis facciones, no sea que vayan a provocar una ola de pánico en la audiencia o en los lectores de la prensa de gran tirada.

  • Tranquilo, estése suave, que va a quedar padrísimo- lo sosegó la fotógrafa pizpireta- Un sonrisita más… ¡Ay, no tan abierta la boca, señor mío, que se va a comer la lente! A ver, niños, ustedes también; y usted, Don Moctezuma y los suyos, eso, que se les vean las plumas. Repitan, ¡treinta y tres, treinta y tres!

  • ¡Noventa y dos!- gritó Marcelo arrebatado como el pincel de Munch o como la pluma de Catulle Mendès- Hay que contar también los beneficios.

  • Necesito un plano de la pirámide de Quetzalcoatl- gimió la reportesra salerosa- Usted, don Panonio, con la cabeza en el vértice. ¡Oh, qué lindo! Así, con la puesta de sol detrás. Sostenga en el colo a su hijito, no me cabe la cabeza, ¿qué talla gasta?. Y usted, Moctezuma, qué poco protocolo, ¿no?; préstele el bastón de mando o como se llame esa chingada, póngalo así estilo cetro, así, muy presidencial, ¡fuego, moreno mío!, stop, stop, ponle zoom, Fifote. Solo sale con un ojo, uy…

  • Precisamente les estaba comentando a estos queridos indígenas, flor y nata de la nación, que este es el momento para invertir en calidad de vida, en apartamentos al 30% de descuento- se introdujo en el plano el viajante- en pleno centro de México, ochenta metros cuadrados…

  • Quítese de ahí, que me tapa la vista- se quejó la reportera con los bandós alborotados por algunas ráfagas de repentino bóreas.

Lo que la ópera fue al liberalismo decimonónico, lo que la opereta fue al capitalismo financiero del siglo veinte, son los programas televisivos y radiados a la era de la información, polifonía de confusiones. Las sociedades urbanas tienden a sustituir el recreo natural y gratuito por el espectáculo artificial y lucrativo, cayendo paulatinamente en la decadencia, en los fin du siècle, en el escepticismo y en la superstición, pues la civilización, de no ser renovada por la cultura, lleva en sí misma la semilla de la destrucción. Qué mejor ejemplo que el de nuestro Cíclope y el de su inseparable hijo – concepto biplano del mito- fundiéndose y entrando en comunión con los arquetipos de todos los pueblos, dialogando y comiendo a la mesa con ellos para unir lo que la tectónica de los intereses había separado, mientras los poderes del mundo – delegaciones del miedo- se unen en vano para desentrañar y sacrificar al dominio de las leyes científicas el misterio de lo desconocido que da luz al mundo, como un sol que no se puede mirar de frente. La vida siempre será un misterio que hará posible la fe y la esperanza, la virtud de lo bueno y la verdad de lo bello, cuya luz no puede apropiarse, porque de ser así estaría muerta en nosotros, pero sí participar en ella para ser, con ella, inmortal a las sombras. ¿Dónde reside el misterio de los mayas? ¿Y el de los dinosaurios? ¿Han muerto por su avanzada edad o tal vez los han matado? ¿Y cuál fue el último pensamiento de los habitantes de Hiroshima y de Nagasaki, de Sodoma y de Troya, de Numancia y de Wagadu? Dejemos al misterio residir en el misterio, a los muertos con los muertos y a los vivos con los vivos, porque de la fantasía a la realidad hay la distancia que va del recuerdo a la expectativa, de Marcelo a Don Megalonio, de la luna al sol, cara y espalda de una misma verdad sentida y manifestada por la proyección de la existencia. Dejemos el misterio, y vayamos a la fiesta en la que tú, lector virtuoso por tu sed de aprender, por supuesto estás invitado. Antes de despedirnos de la gigantesca nación mexicana tenemos que dejar, cómo no, que nuestros héroes y su guía puro y limpio como la mañana visiten el arenal de Jalisco, cuna de los mariachis y del tequila, escenario de peleas de gallos y cuya capital, Guadalajara, es también la capital de las mujeres hermosas.

Ay Jalisco, Jalisco, Jalisco,

tú tienes tu novia

que es Guadalajara;

muchacha bonita

la perla más rara

de todo Jalisco es mi Guadalajara.

¿Qué mejor manera de celebrar el nombramiento de patrones tutelares de Teotihuacán que irse de parranda a Jalisco? ¿No haría Cuauhtémoc lo propio? Lo que fue sin duda temerario y donairoso estribó en visitar la Palmira de las fiestas en compañía de nuestro ya querido viajante de comercio, cuyo nombre y apellido – Eleuterio Picón- no puede dejarse en el tintero por más tiempo, quien los arrastró con su wolkswagen de la Gran Guerra a Guadalajara, y se los llevó a varias salas de fiestas del centro de la ciudad fundada por Cristóbal de Oñate en 1529, al Tropicana, al Bío-Bío, al Variedades, al Cha Cha Chá y a la Paloma. Dentro de los lúdicos locales se perfilaban en en una atmósfera de luces verdosas y azules jóvenes y no tan jóvenes, chicas briosas y señoras tempestuosas, chamacos salidos de la escuela y ancianos con el bastón todavía firme. Todas las clases sociales se bamboleaban al son de la música de aquellos lugares de encuentro, y no era difícil imaginarse a Santo Toribio de Mogrovejo, primer seminarista conciliar de las Américas, en plena pista de baile, con el halda de la hopalanda asida con las manos, perneando una rumba o un mambo mientras la claque aplaudía a rabiar. Se encontraban generalmente dos o tres pistas de baile en los locales, elevadas a la tribuna de un escenario en ocasiones, para quien prefiriese la tranquilidad de la platea a la dinámica pírrica de la danza y del agarrado. Cuando Don Megalonio y sus acompañantes entraban en uno de estos santuario del ritmo primaveral, el baile detenía su acompasado impulso y los circunstantes, quietos como postes de luz, contemplaban con detenimiento el conjunto móvil que represesntaban nuestro dandesco monotrema ojizarco con los chamizos de su cabellera disparatados por las corrientes de aire, su hijo único y unívoco saboreando con una sonrisa pícara el panorama, su apadrinado Lázaro del indigenismo y, cómo no, el chalado y retozón viajante de comercio que abría la boca imaginando cuánto costarían las candilejas, los palcos, las taquillas, las barras y las butacas, y estudiando la posibilidad de comprar o de alquilar, de vender uno de los maravillosos apartamentos de su catálogo o de dedicarse definitivamente a la cosmética de señoras, que parecía rentable a juzgar por el cromatismo carnavalesco de su cutis, obsesionado por tapar arrugas.

  • Sírvame cuatro vasos de tequila para mí y para mis amigos, camarero- anunció espléndido el viajante acodándose en la barra como un marqués o un sha.

  • Para mí un zumo de naranja, garçon- demandó Marcelo echando tipo de charro, con la mirada altiva y subiéndose al colo de Simoncito para dar la noticia.

  • No tenemos zumo de naranja- se disculpó el camarero- Tiene que ser de papaya o de mango.

  • Pues de papaya entonces- exigió el niño- Con doble de hielo, camarada.

  • Sírvale de prisita, que si no se nos enfada- lo aconsejó Simón.

  • Aquí tiene- le escanció el camarero a la asturiana, con un chorro largo- Bébalo despacio, no se le atragante.

  • Lo beberé a sorbos, amigo, mientras miro para las mujeres- respondió flemático el niño, con gesto de conquistador y de explorador de comarcas incógnitas.

No pasa nada, solo un parpadeo

de sol, un movimiento apenas, nada,

parecían decir las caras y las miradas de los circunstantes, haciendo honor a los versos de Octavio Paz. Una pareja de veinteañeras con traje de noche rasgaron el velo de la expectación con un cuchicheo de confesionario, en tanto los mariachis atacaban La Espinita.

  • ¡Épale, prima!- le comentaba una a la otra sin dejar de reír- ¿Es que los niños vienen acá? ¡Oh! Me está mirando… Atiende no más que ricura.

  • A mí me entran ganas de irme con él adonde quiera- reconocía la otra.

  • ¡Qué ojos… cómo nos mira, ay!- casi gritaba la otra, tratando de levantar sus cejas, la parte de su cuerpo que creía que más agradaba y entusiasmaba a los hombres.

Eres como una espinita

que se me ha clavado

en el corazón,

proseguían los mariachis en coro ululante. Así como el Sur atrae a las aves migratorias, atrae Méjico a las canciones, y cada una de las tonadillas del mundo, emplumadas de la alegría de sus festejos, acuden por el aire a bañarse en el espejo fresco del lago de Chapala, para lavarse del polvo del viaje y entrar para siempre en el reinoliviano y eterno del recuerdo, instante de amor que se repite a lo largo de las generaciones que conforman el camino del tiempo.

  • ¡Ay Dios! ¿Has visto al señor ese de los pelos? ¡Tiene cara de cine! ¡Primita, qué horroroso es! Pero tiene también un nosequé de distinción y de enigma que le da atractivo, un cuerpo así tan de varón, ¡oye, que si me descuido me enamoro! ¿Puede que sea el papá de ese niñito tan lindo?- chacoteaba una de las dos curiosas, arreglándose coqueta la media melena.

  • ¿Ese gagá de un solo ojo, con esas uñas larguísimas? ¡Noooo…!- aseguró la otra con la mano en la mejilla y los labios fruncidos en forma de boca de pozo.

Estaban las dos ataviadas con el mismo paño: un vestido de noche negro y con lentejuelas de dos piezas con una frontera de carne desnuda a la altura de la cintura, muy ceñido para que le realzase la peligrosa curva de las caderas, y la falda pegada a la piel se esforzaba en alcanzar las rodillas y se rendía, indecisa, en los muslos. Es costumbre entre las mujeres el concurrir a los lugares públicos, dependiendo del vínculo de amistad que las una, con un atuendo más o menos similar, ya sea con el fin de compartir el éxito o el ridículo. No parece sino que quisieran compartir su destino, la casa y el marido – consulten los curiosos la historia arquetípica y escultura de Raquel y Lía-, por solidaridad de la una hacia con la otra.

  • ¡Ay, madrecita santa, que creo que sé ya quién es el peludo ése! ¡El mismito del periódico!- se extasió de repente una de las chicas ( suponemos que será la que representa a la vida activa).

  • No me lo creo, primita- aseguró la otra con retintín de aria de La Vida Breve- No puede ser cierto. Parece un cuento de hadas.

Un hombre bajo y tripón, con gafas de administrativo, les acarició de pronto las espaldas imantadas por el suspense.

  • Me llamo Venancio- trinó a lo zorzal- Venancio Cienfuegos. Soy turista y extranjero. Les concedo un baile porque ya no puedo aguantar más la presión de las válvulas.

  • Quítese, baboso- protestó una de las curiosas- ¡Qué susto me acaba de dar! Váyase, ya estamos comprometidas con otro señor.

  • ¿Qué señor? Yo no veo ninguno- musitó el recién llegado con expresión de borracho perdido.

  • Pues no más ese que está de frente ahí tan alto, ese machote que le saca siete cabezas- indicó una de las curiosas indicando a Don Megalonio- Y además es hombre principal. Sale en los periódicos.

  • ¡A mí no me saca nadie cabeza, y menos en los periódicos!- amenazó el borracho con el tirso báquico de su vocecita de capón- ¡Ahora mismo me encaro con ese periodista! ¿O es que me voy a quedar tan tranquilo con el rabo entre las piernas?

Y, tras esta declaración de principios, cual un mariscal de campo decidido a dar la orden de ataque, se encaminó tambaleando hacia su adversario, al que confundió –el miedo es original- con una hecatombe con rostro o con una fiel reproducción del diablo en persona. Es cierto que tembló y sudó copiosamente, pero al fin sacó fuerzas de la flaqueza y lo recriminó cerrando los ojos, por los que entra el temor a grandes zancadas:

– Si es usted hombre, venga a medirse conmigo.

Al principio Don Megalonio pareció escuchar un quejido de lechón atrapado entre las cuatro notas que se alternaban en las canciones, y cuando su pupila oracular se detuvo en el suelo advirtió asombrado que un ser humano estaba allí, gesticulando y querellándose a la altura del polvo, y lo relacionó con un topo que defiende su madriguera.

  • Venga a medirse conmigo- repetía.

El ruego no tenía ni pies ni cabeza, porque lo inmensurable no puede medirse, y menos aún con regla finita y tan finita que casi empezaba donde terminaba, a lo que Don Megalonio dedujo que aquel átomo humanado replicante era o bien un científico tantálico o bien un embriagado necio, pero eso sí, con una gracia ingeniosa digna del personaje del mejor de los escritores, cuya genialidad consiste no solo en mostrar lo sublime, sino también lo ínfimo, la virtud y el defecto o vicio que la perfila.

  • ¿Es a mí a quien habla?- se extrañó el Cíclope como si acabase de ver el púlsar de la estrella de Belén, cuyo resplandor caricaturiza la soberbia de la antigüedad monumental de las civilizaciones, del mismo modo que el buen juicio reduce la vanidad del hombre a su mínima expresión- ¡Pero levántese del suelo, amigo, que a esa altura no puedo saber lo que quiere decirme!

  • Vamos a arreglar nuestras cuentas- sugirió afónico y tragando saliva- Esas hembras quieren saber quién es su galán.

  • No escucho nada de lo que dice- se disculpó el Cíclope- Y no se arrodille, que soy criatura como usted, aunque más lúcida y un poco más crecida.

En este instante se oyeron gritos y ruido de vasos rotos. Simoncito bailaba con una michoacana de ojos negros y labios colorados, el viajante de comercio trataba de meterle mano a una andaluza mañosa a la que se esforzaba en conquistar hablándole de letras de cambio y de apartamentos a buen precio, cuando del otro lado de la pista un alto varón de porte distinguido movía los brazos como aspas de molino o de hélice señalando una mancha blanca y sospechosa en el apotema de su petrina que inspiraba la risa ineludible de muchos, mientras Marcelo, en el regazo de una hermosa guadalajareña de silueta venusina y ondulada como el océano, le decía palabras de amor sin principio ni fin. El motivo de la reyerta era el siguiente: mientras Marcelo se encontraba en el regazo de la guadalajareña, al que había trepado con todas sus fuerzas ayudándose de pies y manos, un pretendiente alto con americana de crep a cuadros verdes había intentado seducir a su enamorada, susurrándole al oído: “Deja al los niños y vente con los hombres”, a lo que ella había respondido: “No me moleste, caballero. Yo bailo con quien me apetece”; el pretendiente había insistido, la mujer había continuado negándose, hasta que Marcelo, enfurecido por la interrupción de su romance, se había decidido a sorber un trago de zumo de papaya y a arrojárselo a la cara al intruso, con tan mala fortuna que el líquido terminó por describir una parábola cuya moraleja estampara en la petrina del indeseable una coloración blanquecina de dudosa elegancia. Ahí estaba el quid de la cuestión. Así pues, resultaba comprensible la perplejidad del salpicado, quien concluyó demostrando su rabia llegando a arrojar su vaso al suelo. La gente, maliciosa, curiosa y – a pesar de la rima- indecente, lo macaneaba y lo espoleaba con jocosos comentarios que lastimaban su orgullo de macho ofendido, a imagen de las banderillas que lastiman al toro en el ruedo, sin que él consiguiese caer en la cuenta de que el ridículo era provocado únicamente por su ira ajena al criterio de la lógica. Ni la retórica precisa de Tablada, de Maples Arce, de Quintanilla, de Vela, de Villaurrutia, de Gorostiza, de Ortiz de Montellano, de Novo, de Torres Bodet, de Cuesta, de González Rojo, de Owen, de Pellicer, de Nandino, de Huerta, de Beltrán, de Sabines, de Zea, de Reséndiz, de Valdés, de Ponce, de Godoy, de Riestra, de Aridjis, de Pacheco, de Mondragón o de otro volador de la pluma pueden describir este segmento de la entelequia de los hechos que el incansable narrador se dispone a recrear. Solo puede compararse de modo imperfecto con una representación de “El gesticulador” de Usigli. ¡Oh Vasconcelos!, ¿te atreverías tú a relatarlo? Así sucedió y así lo cuento, en tanto los mariachis, cómplices de la broma, entonan:

Me he de comer esa tuna,

aunque me estiren la mano.

Don Megalonio se acerca al blanqueado y le informa de que al niño al que insulta es su hijo y de que está dispuesto a defenderlo de todos sus enemigos incluido de él mismo, pidiéndole al tiempo disculpas por la broma y comprometiéndose a reprenderlo por su vistosa resolución. Pero el agraviado, excitado por la ira y lejos de atenerse a razones, quebrado su orgullo cual un vidrio de Murano sometido a altas temperaturas, sorprende al ceremonioso Cíclope con una bofetada linajuda que, pretendiendo chocar con su mejilla, se detiene con estrépito a la altura de su hombro derecho. El Apolo de Belvedere- así llamaremos eufemísticamente al abofeteador-, comprobando su derrota y la ineficacia ridícula de su desesperado ataque, cobra fuerzas para tensar en algo y dirigir una saeta – disculpe el lector los símiles épicos y sarcásticos, pero la anécdota los precisa, para describir fielmente el escaso sentido común que envuelve cual nube bélica y retórica determinados actos humanos- a la frente elevada del velludo héroe de Sicilia, que se metamorfosea de pronto en un salivazo que aterriza a la altura de su mentón. El Cíclope se limpia con mucha flema, cual un profeta o un santo rechazado por el pecado ajeno, y en lugar de castigar según el talión los injustos ataques de la ira de este guerrillero Apolo de mármol inconsciente, lo ase por el cuello de la camisa y lo eleva, cual grúa de obra, a la altura de las circunstancias. Nuestro contrariado y viril Apolo, asombrado por el olímpico izamiento, patalea unos segundos cual un ciclista que pedalea, y finalmente rinde sus armas propagadoras de peste de discordias al juicio, al respeto y a la tolerancia de la buena convivencia. Vuelve a representarse la fábula de Apolo y Dafne, en la que el orgullo y el prejuicio de las sociedades es vencido por la flecha invisible del amor, la cual, atravesando los tejidos de las clases sociales y de los roles sexuales llega siempre al corazón de los hábitos y de las costumbres. Pero con el fin de que esta circunstancia arquetípica y tan mejicana como de cualquier otro rincón de la tierra no parezca apócrifa o inventada por el ocio, dispongamos del glorioso laurel de poetas y soldados, que siempre crece en las sombras, y coronemos la frente ya arrepentida del maculado galán de torres con el consuelo del perdón y de la alegría digno de todos aquellos que tienen el valor de arrepentirse. Don Megalonio posa delicadamente en el suelo a su antiguo enemigo y lo colma del honor de la disculpa, le asegura que no era su intención perjudicarlo ni humillarlo y le ofrece su ayuda para limpiar la evidente mancha que ha caído sobre su imagen y sobre su estirpe pública, ofreciendo como primicia la misma saliva del esputo heráldico a él dirigido. Después le recomienda lavar su mancha con agua corriente del w.c. para que su abolengo quede limpio, agua de la traída popular que discurre para ricos y pobres, y que tiene la virtud de devolver la integridad a los tejidos infamados por la murmuración envidiosa del qué dirán. Así lo hace Loxias, estrechando la mano del representante del buen y menos común de los sentidos, y después de recibir las disculpas de Marcelo – quien estaba en el derecho de defender la libertad de elección de su pareja- se retira junto con Don Megalonio, ofrecido como colaborador, no a la fuente Castalia de Beocia, más bien a los retretes privados donde se reparan tales entuertos.

Y aquí termino de cantar este corrido

de Juan Borracho, Charrasqueado y Burlador,

cantaban los mariachis, y esta letra del Juan Charrasqueado puede servir de colofón a esta anécdota fabulada por prudente pluma.

Terminó la parranda de Guadalajara, como terminan las fiestas y los regocijos de este mundo que es espera de otro, y Don Megalonio – tras haber consultado la razón con su hijo- decidió proseguir su viaje rumbo a Guatemala, porque en toda su vida no podrían ver todo México. En la ciudad de Cuernavaca, capital del estado de Morelos, mientras visitaban los dos pisos de arquerías del Palacio de Cortés, hoy Palacio del Gobernador, engalanado con fescos murales de Diego Rivera, anunciaron a Simoncito su partida y le invitaron a venirse con ellos. El chamaco bajó los ojos al suelo ante la perspectiva de abandonar su país y los pocos bienes raíces que le podía haber dejado su familia; se acordó de su madre, enferma y asistida por una tía suya mientras él vivía en la mina de la cual nuestros héroes le habían rescatado, se acordó de lo que le alegraría saber que alguien lo había acogido bajo su protección, y los recuerdos lo hicieron llorar. No quería marcharse porque una nostalgia prolongada lo retenía, y con una mano cogía la de Marcelo mientras con la otra se limpiaba los ojos. El viajante Picón aprovechó la oportunidad para ofrecerle un apartamento en condiciones inmejorables y en pleno centro de la capital del país – centro que diríase fabricado solo de apartamentos suyos- pero se desilusionó como un colegial pillado en falta cuando éste le confesó que no tenía con qué pagarlo. Entonces Don Megalonio se propuso buscarle un protector entre los vecinos de la población de la antigua Cuauhmahuac, cabeza del marquesado del Valle de Oaxaca, desde Gualupita a la pirámide de Teopanzolco, pero, unos con una excusa y otros con otra, a pesar de los ruegos de Don Megalonio, al que confundieron con un montañés sin afeitar, nadie quiso hacerse cargo del chico. Estaban dispuestos a dirigirse al obispado, cuando, después de hablar con un empleado de banca que les dio muchas largas quejándose de la falta de dinero muy educadamente, fueron testigos de un milagro de esos inexplicables que no se sabe de dónde vienen ni de qué manera pueden producirse de no ser por la sabia providencia de la voluntad mayor que rige los destinos humanos.

  • Ustedes pueden marcharse – declaró solemne nuestro viajante de comercio- Simoncito queda a mi cargo.

  • ¿Cómo?- se sobresaltó Marcelo con un apóstrofe de Mojarro o de Leñero, y con ciencia de niño, agregó- No piensa trabajar para usted por debajo del salario mínimo ni tampoco va a consentir en ser su esclavo. Y ninguna de sus glándulas está a la venta, ni su sexo se puede alquilar.

  • No he dicho eso- confesó el mercader con la mano en el corazón, intentando recordar dónde lo tenía- No estoy hablando de dinero. He dicho que se queda a mi cargo.

  • ¿Dónde está el caballo?- preguntó asustadísimo Marcelo.

  • ¿Qué caballo, hijo?- preguntó a su vez Don Megalonio, sobresaltado también por el prodigio y temiendo alguna nefasta consecuencia de tanta transformación, como un terremoto o un eclipse- Juraría que este es el día de los inocentes, o que un travieso cometa se ha puesto de acuerdo con la Asamblea de los Astros para invertir el orden de las estaciones. ¿Qué caballo, hijo mío? Pegaso, el corcel de la fantasía, brotado de la sangre de la Gorgona, es solamente figura del sueño. No hemos venido a caballo.

  • Me refiero del caballo del que ha caído este señor usurero- contestó Marcelo mirando por todas partes- Debe ser el mismo del que cayó Pablo de Tarso. Pero de repetirse el fenómeno, ahora debería quedar ciego por tres días.

  • No creo que cayese de ningún caballo- observó Don Megalonio espantando a las hormigas que se le subían a los pies- En todo caso, mira si ves cerca a un burro, representante de la terquedad de las pasiones y de la humildad de la condición humana, y presientes que alguien se ha caído de él. Ahí tendrás a nuestro hombre.

  • Otra hipótesis de este suceso inexplicable para la ciencia experimental sería la posibilidad de contracción de una fiebre terciana- comentó el niño tratando de auscultar a su presunto paciente- pero no noto que la temperatura de su cuerpo hubiese aumentado más que cuando tiene cerca a una mujer hermosa. Él lo sentirá mejor que yo, que tiene el termómetro en su lugar.

  • Señores, ya sé que ustedes piensan que soy un avaro, un tacaño, un agarrado, me cae que sí…- reconoció Picón.

  • No solo eso- completó Marcelo- También un imbécil, un inconsciente, un botarate, un hombre sin escrúpulos, capaz de vender a su padre…

  • ¿Quieres guardar silencio, hijo?- lo amonestó Don Megalonio- Al que se confiesa delante de otros hay que dejarlo hablar, y no interrumpirlo con comentarios.

  • Yo pretendía ayudarlo a confesar, poniéndole delante todos sus pecados, errores, faltas y vicios por si no se acordaba de alguno, porque tengo buena memoria para las acusaciones- se justificó el niño como un fiscal en el estrado.

  • Tiene mucha razón este niño en lo que dice- prosiguió el arrepentido Picón- Es refrán de viejas que los niños y los locos siempre dicen la verdad…

  • Las comparaciones son odiosas- protestó Marcelo.

  • Pero miren- continuó el mercader- Yo también tengo un corazón. No había nadie en este mundo a quien amase más que a mi mujer…

  • Hasta que conoció al dinero.

  • ¿Quieres callarte ya, Marcelo?- se enojó Don Megalonio golpeando el suelo con el pie- Ten respeto, haz el favor. No estamos en el Congreso de los Diputados.

  • Mi mujer murió en mis brazos a los veinte años de casados, de un cáncer de pulmón- dijo Picón mientras los ojos se le llenaban de cristales- Nunca dejó el vicio de fumar, aún cuando el médico le advirtió del riesgo que corría. Era de San Luis, trabajaba en un almacén de tejidos del que yo era agente. Jamás pudo darme un hijo, a pesar de que los dos lo deseábamos, pero Dios no lo quiso así. Cuando ella se fue, estuve a punto de matarme. Renuncié a mi trabajo y viví un año en un hospicio para enfermos. Allí, un agradable señor de corbata, tal vez por lástima de verme así ( era conocido de uno de mis amigos) me ofreció trabajo en una inmobiliaria (aún me acuerdo de aquellos días en la Inmobiliaria Cabañas, que así se llamaba, en la avenida del mismo nombre). El jefe no tenía experiencia y el negocio cerró. Yo, necesitado de entretenerme con algo para olvidar mi dolor, me arriesgué a montar mi propio negocio, y con la fortuna que Dios me dio en apenas seis meses recuperé lo perdido y viví de él, incrementando en los meses siguientes las ganancias hasta liberarme de las hipotecas y de los préstamos, haciéndome con un capital envidiable. En él puse el amor que antaño le correspondiera a mi señora esposa, y hasta hoy no he reconocido valor por encima de la propiedad.

  • Ha dicho hasta hoy- puntualizó Marcelo seriamente, un tanto contraídos los labios.

  • He dicho hasta hoy, y no me he equivocado- repitió el vendedor ambulante- Porque hoy acabo de despertar de un largo sueño cuando me dieron a entender ustedes que este joven quedaría sin amparo. Miren, yo creía que cada cual tenía lo que se merecía en este mundo, que el trabajo proporcionaba riqueza y que quien no la poseía era porque no trabajaba, ¡grave error!. Existen también la enfermedad y las desgracias, la mayor de las cuales es la ingratitud, el abandono o el desamparo. La riqueza no siempre se obtiene por medios honestos, y se emplea para esclavizar al que no la tiene, dividiendo a las personas y sembrando conflicto entre ellas. Y al fin, ¿para qué? Para labrar una tumba de oro en la que la soledad y la tristeza aumentan por cada valor añadido. El valor de todas las cosas es relativo. Solo existe un valor absoluto, ¡la vida!. Hoy me siento como si me hubiese quitado veinte años de encima, los mismos veinte años que he estado dedicándome a envejecer y a olvidar entre manojos de billetes, pólizas, cheques, contratos y otras miserias de envilecidos. Ahí nomás. El dinero sirve para cambiar una cosa por otra, pero no para cambiar la vida de uno. Eso solo lo cambia el amor por medio de la alegría, fuente de todos los bienes. Era la primera vez que me presentaban a un muchacho como este. Yo lo he conocido y lo he tratado todo el tiempo que los he tratado a ustedes, y he llegado a familiarizarme tanto con él que me enteré de los asuntos de su vida, y ellos me sorprendieron, porque se parecían demasiado a los de la mía. Es como si encontrase mi biografía retratada en otro. ¿Cómo es posible? Después de tantos años en los que estaba convencido de saberlo todo y de no sorprenderme de nada. Algunos días me decía: “¿por qué será que este joven se me representa como el hijo que no tuve? No es mi pariente, no es de mi sangre, es pobre y está inválido, y lo conozco de casualidad por unos extranjeros”. Pero sí era de mi sangre, porque todos venimos de una misma sangre y nuestra cepa es el mismo origen y el mismo destino; era pobre y yo también lo era porque me sentía solo; y estaba inválido, y yo también lo estaba en el alma como él en el cuerpo, y por esa razón buscaba apoyo en el dinero como él lo buscaba en el trabajo. Y en fin, después de tratarlo, de compartir unas pocas vivencias con él, después de escucharlo hablar y de verlo mirar las cosas, después de compartir un tramo de mi camino con el suyo, me he dado cuenta de que me sentía feliz de tenerlo a mi lado, de que su compañía me hacía olvidar la tristeza, de que…¡carajos, de que lo quería!

El viajante se interrumpió de pronto distraído con el trino de un pinzón. Después se frotó los ojos, como para quitarse algo. El sol resplandeció con más fuerza y pareció encender la tierra.

  • Si la conversión de un avaro se ha realizado tan maravillosamente- apuntó Don Megalonio con la mano en el mentón, cuyas garras perfilaban sus mejillas- por obra de la imprevisible naturaleza, que obedece a más altos designios que los intereses humanos que se esfuerzan en dominarnos, no se precisa otro detalle que el consentimiento de la parte que ha inspirado este milagro, a quien no tendría molestia en comparar e incluso identificar con su ángel de la guarda, pues las alas de su voz han alcanzado su corazón. ¿Qué te parece, Simoncito, estás de acuerdo con lo que se dice de ti?

  • Estoy conforme- declaró el chico- y me alegro de que mi presencia haya servido para abrir los ojos a este señor.

  • Pues entonces- se adelantó a decir Marcelo- Ya no serás Simón, serás Pedro, y sobre esta piedra edificará la casa de su alma este arrepentido usurero.

Presume el omnisciente historiador que es probable que un malicioso Mevio o un Sainte-Beuve resentido de su propia malicia y envenenado con una barrica de envidia, digo un acerbo crítico de periodicucho o de revistilla semanal que dedica a malinterpretar obras artísticas contemporáneas- porque las antiguas las defiende a capa y espada y entierra con elogios las acusaciones de otros-, pues la crítica exige criterio y el criterio supone humildad y estudio serio y no es digna de las orejas de Midas, concluirá al leer esta maravillosa anécdota: “Está claro que el actor adolece de falta de verosimilitud al narrar los hechos y copia los efectos sensacionalistas del realismo mágico iberoamericano para que todo suceda como él quiere, y no reconoce que los hechos suceden por costumbre, sin atenerse a dogmas morales y a estas alturas de la historia nos viene con cuentos que ya hemos leído y rechazamos al entrar en la adolescencia”. Y el historiador replica: “¿Acaso hay algún cuento de las Mil y Una Noches tan maravilloso y tan real que sobrepase el prodigio del arrepentimiento y del perdón? No, no lo hay. ¿Y es la vida algo diferente de un aprendizaje continuo? Tampoco. Así que quien sea ciego que no juzgue de luces y que imite a nuestro viajante, a quien ya se le han caído las cataratas de los ojos”.

En tanto el historiador hace esta aclaración, ya Don Megalonio y Marcelo se han despedido de Simoncito, alma encarnada de México, a medio camino entre la genialidad de la alegría y la miseria de la explotación humana, y del viajante Eusebio Picón, trabajador contagiado del capitalismo liberal de los Estados promotores de la revolución industrial, de la urbanización masiva y de la dictadura del proletariado, que se convierte en la tiranía totalitaria de un mercado de valores fantásticos y fabulísticos tan inestable como ilusorio, en el cual se pierde la referencia del patrón de la tierra, fuente de todas las riquezas y sistematizaciones de la economía, de la política e incluso de la moral, al corromper el lábaro primoldial del trabajo. Nuestros héroes prosiguieron su camino hasta Cobán atravesando las regiones cultivadas y salvajes de Oaxaca y repostando en Coixtlahuaca – donde Marcelo se encontró con un armadillo de seis bandas que se hizo una bola nada más verlo, y que el niño comparó no sé por qué con un inspector de sanidad, pues él no había visto ni uno solo en su vida -, en Yanhuitlán – allí Don Megalonio se tuvo que frotar el cuerpo con piedra pómez para espantar a las hormigas soldado que se habían encaramado a la montaña de su pellejo y que le hacían cosquillas en los lóbulos de las orejas -, en Culiapán – en cuyas cercanías Marcelo descubrió un panal y hubo de espantar a las abejas con un tizón humeante para probar la miel sin amortizar el placer con picaduras – y en Tlocolula. En una plantación de café cercana a esta población, les sucedió un prodigio que diríase extraído del Popol Vuh o del Chilam Balam. Los árboles del café, acostumbrados a las sombras, se arracimaban en una comarca mostañosa y húmeda como una selva, y entre ellos se intercalaban algunas heveas de cuya corteza perforada extrajo Marcelo el elático látex de la goma y del caucho, que mascó como chicle natural y terminó dejando pegado a un tronco en la imposibilidad de masticarlo y tragárselo en pedazos. La bóveda verde-sombra, festoneada por las manzanas de oro que evocaban las borlas del sol entretejidas al follaje, recreaba la imagen alegórica del Jardín de las Hespérides, ubicado en el último occidente de la Naturaleza y donde una bestia de temor humano vigilaba la canción atávica e inaudible de la armonía, personificada en las Tres Gracias que danzaban en el espacio vegetal y exhuberante de la germinación. Marcelo oyó un ruido e imaginó que correspondría al dragón, bestia o cosa parecida, y se ocultó en el suelo para descubrir cómo un guardatinajo hambriento, seguido de dos coatíes con análoga intención gastronómica, se repartían las semillas esparcidas bajo la hojarasca. “Si es todo el grueso del asunto”, pensó, “el temor de los bosques es un chiste bien contado”. Pero cuando se dispuso a marcharse creyendo que la naturaleza no tenía nada nuevo que ofrecer al archivo de su memoria, una colonia de titíes, caritas blancas, saimirís y monos negros que se apiñaban en el sotobosque como los yahoos de Swift – caricaturas y númenes tan humanos como las pasiones y los dioses del Olimpo- anunciaron un peligro inminente. Marcelo tuvo tiempo de ver un resplandor dorado y tatuado de ojos apocalípticos que se deslizaba silencioso entre la hierba, agazapado como un presagio. Era el jaguar, felino que ya había tenido ocasión de conocer en Sonora. Quiso gritar pero se quedó petrificado, hechizado por el rito sorpresivo de la caza. Un breve impulso de los cuartos traseros terminó en un salto, y unas garras retráctiles y repentinas atraparon a los confiados roedores que celebraban el banquete de la oscuridad. Fue como la revelación del tiempo, que cae sobre el hombre cuando sus pensamientos se hallan más pegados al suelo, buscando un alimento robado a la noche, y la claridad del día se cierne sobre ellos. El rito de la destrucción que alimenta a la generación y que se llama vida. La profecía natural que enciende la verdad invisible del pensamiento, ciudad del sentido. Marcelo tuvo miedo del ataque del tiempo sigiloso, tatuado de misterio contemplativo como la piel del jaguar, que derramaba la sangre del movimiento de nuevo en tierra. Sus músculos estaban todavía encantados por la adrenalina, cuando otro ruido se sucedió, y el jaguar atrapó su presa entre las mandíbulas sangrantes y se ocultó en la espesura animada. Al poco surgió un hombre con panamá, tejanos, camisa blanca, fusil y cananas que miraba a los lados conjurando el peligro. Marcelo gritó y se metió los dedos en la boca. El hombre lo descubrió y bajó el fusil, en un furtivo rescate desde la trampa del temor, abriendo la puerta con su sonrisa a un mensaje de esperanza, y disolviendo con la caricia de su palabra todos los enigmas. Era el propietario de la plantación. Había repoblado aquella comarca deforestada por los incendios indiscriminados de empresarios de transporte que deseaban trazar una carretera cuyo plano no había sido aprobado por el gobierno. Con el fin de facilitar el regadío, se había encargado de escalonar la tierra de la ladera del monte a modo de jardín colgante mesopotámico para que el agua de la lluvia descendiese desde la cumbre a cada terraza sin almacenarse y para aprovechar mejor el terreno, que además estaba más firme con más árboles que sujetaban con sus raíces la tierra. Era un señor afable y sonriente, que tranquilizaba al hablar. Cuando Don Megalonio emergió de pronto de un claro del bosque con una guirnalda de hojas caídas en la cabeza, Marcelo tuvo que advertirle que no se trataba de una fiera salvaje, de que era tan humano como ellos y de que estaba facultado para dialogar por medio de la palabra. El propietario bajó el cañón del fusil todavía con desconfianza, y Don Megalonio, nada más verlo, lo abrazó como pudo mientras este aún temblaba.

  • Felicidades, amigo hoy revelado, esperanza hoy manifestada, sueño hoy realizado – le dijo al atónito propietario, quien, cual la Virgen en la Anunciación, se preguntaba qué saludo sería aquel- Gracias por existir, bienaventurado labrador de la Cultura. Con usted quería yo encontrarme, y este hijo mío que que personifica el mundo siempre inocente en su misterio ( “este mundo”, decía Elitys, “el pequeño, el grande”) ha permitido con su sentido inocente que yo me encontrase con usted, Triptolemo de la tierra, plantador de la semilla del futuro, escultor de la Naturaleza. Como la semilla cae en tierra fértil, da un fruto humano, un universo nuevo. Oh, permita, amigo, que con esta voz cavernosa y gravísima le declame aquella oda del Vate Romano:

Beatus ille, qui procul negotiis,

ut prisca gens mortalium,

paterna rura bubus exercet suis

solutus omni faenore,

neque excitatur classico miles truci,

neque horrem iratum mare,

forunque vitat et superba civium

potentiorum limina,

ergo aut adulta vitium propagine,

altas maritat populos…

  • Sí, sí, ya le entiendo- lo interrumpió el “beatus” a estilo Castellanos, y declamó a su vez a Gabriela Mistral-

Ya en la mitad de mis días espigo

esta verdad con frescura de flor:

la vida es oro y dulzura de trigo,

es breve el odio e inmenso el amor.

Muy agradecido estoy yo también de conocerlo y de tratarlo, por tantos halagos como me ha dicho. Yo no trabajo por dinero, solo por placer de hacer bien las cosas. Cuando llegué aquí hace quince años, encontré un yermo abrasado del color del carbón, y ahora es una buena plantación de café, de cacao y de caucho. Me da mucha lástima que la gente se descuide de apreciar el valor incalculable de nuestra madre tierra, que nos da sin pedir a cambio más que un tanto de respeto. Yo creo que la pobreza nos viene por el vicio. En la naturaleza no hay pobres, viven tanto la hormiga como el águila y todos son necesarios, porque cada cual tiene su tarea y ninguno se mantiene sin el trabajo del otro. Si cualquier persona, por muy mala que sea, tuviera conocimiento de la vida y supiera lo que es plantar una semilla dela que crezca un árbol, o recoger la fruta madura que uno mismo regó, o domar a un animal salvaje y volverlo manso, yo les juro a ustedes que se resolvían todos los problemas del hombre actual y futuro, y que no existirían guerras, ni contaminaciones, ni miseria o hambre, ni desempleo, ni prostitución, ni enfermedad, ni ese grado de delincuencia y corrupción producida por la lucha entre ricos y pobres o clases altas y bajas, y que, como dice la Biblia, el cordero comería con el león, porque los problemas del mundo los ocasionamos nosotros con nuestras malas acciones que nos convierten en enemigos de nosotros mismos, en hombres lobos para el hombre, y bien lo ha dicho quien lo ha dicho. A mí me han otorgado premios internacionales por mi trabajo desinteresado, pero yo no los aprecio en nada, porque mi premio es el hacer bien las cosas aunque nadie me lo reconociese. Aquel que obra bien, díganlo o no, es un ejemplo a seguir, y no hay mentira que lo encubra, como no se puede encubrir lo evidente.

Para que la revelación del hombre justo sea completa, debe añadirse una muestra de lo que significa la virtud de la cultura y de cómo se opone al vicio del dominio de la civilización siempre amparada en la ciudad, en el imperio y en la espada, elementos que no se renuevan y que terminan en otro atávico principio telúrico. Aquel Emilio de la Agricultura – tomando el modelo de Rousseau- o Triptolemo de los pilares de cualquier economía – para quienes prefieran la iconografía de la Antigüedad- los condujo a un lago artificial en el que confluían las aguas residuales que no había podido absorber la tierra en cada una de sus terrazas y que una red de acequias y de canales transportaban hacia allí. Un grupo de caimanes de hasta seis metros de largo, serenos y flotantes troncos de esmeralda dentada, levitaban en silencio sobre las aguas. El cultivador los llamó chasqueando la lengua, y ellos, como perros amaestrados, se acercaron a la orilla. Marcelo retrocedió asustado. A una orden el mayor de ellos abrió la boca cercada por una empalizada de picas de marfil, y su presunto amo colocó su mano derecha sobre su lengua e invitó a Marcelo a que metiese la suya entre las fauces del reptil. El niño lo hizo temblando y Don Megalonio lo imitó sin que el animal llegase a inmutarse. “El niño meterá la mano en el agujero del áspid y no será dañado” citó mentalmente el Cíclope una bucólica profecía de Isaías. “¿De qué se alimentan?” le había preguntado Marcelo al labrador. “De pájaros, peces y animales terrestres que vienen a beber a este lago” le había respondido el educador del bosque. Un concierto barroco de gañidos de cotorra, de papagayos y de periquitos se despertó en la bóveda verde y prolongada de frescos vivos inspirados por la armonía del viento. El labrador profirió un silbido característico y un coro de angelitos de plumas de colores se abalanzó sobre el autor de la llamada, quien, poniendo los brazos en cruz, recibió sobre ellos a un ejército indeterminado de pericos o cotorras, que se posaron en la improvisada alcándara con total confianza. Tres guacamayas, a semejanza de los tres arcángeles, se situaron uno sobre su cabeza y los otros dos sobre el extremo de sus brazos, a la altura de las muñecas. Volvió a silbar y se elevaron de nuevo confundiéndose en la altura con las hojas sobredoradas por el sol. Silbó con un timbre distinto y se le acercaron cinco pájaros mosca o colibríes, cirujanos minúsculos de las flores, un topaza, un chrysolampis, un lampornis, un calothorax y un coeligena, piedras preciosas sostenidas por un continuo aleteo en el aire cual el prodigio de los cinco sentidos humanos. Dispersos en el templo verde de altar invisible, a otra llamada se acercaron de los cuatro puntos cardinales siete quetzales de larguísima cola que semejaban cohetes vegetales con una llama en el vientre. Estos eran más tímidos, como las siete virtudes del hombre, y unicamente revolaron por encima de la cabeza del que los llamó sin atreverse a posarse sobre él. La epifanía de alegorías vivientes impresionó tanto a Marcelo como a Don Megalonio, y a ambos les pareció que se encontraban en el Paraíso Terrenal en compañía de un querubín de fuego o en el mayor palacio de la tierra con galerías interminables y lienzos indescifrables de espesura que se multiplicaban como una imagen brillante reproducida en una colección de espejos. Tal era el placer que Marcelo sentía que no quería irse de allí, su imaginación adquiría la forma de cada objeto en continuo crecimiento, tenía la percepción clara del pasado y del futuro, esos dos innombrables límites del conocimiento – el primero por su existencia involuntaria y el segundo por su probabilidad incuestionable- caballeros cuyas armaduras de recuerdo y esperanza se aparecían en las distancias remotas del paisaje mental del tiempo sentido. Don Megalonio lo convenció de que debían proseguir su camino.

  • ¿Y quién te dice que no hemos llegado a la meta ya?- objetó el niño con deseo de quedarse allí- ¿Y si hemos llegado a la meta, acaso tiene sentido proseguir?

  • Hijo mío, la meta está en el camino- lo corrigió su padre a la par que sonreía con nostalgia, porque en el fondo tenía que vencer una gran resistencia para decir aquello- Hasta despertar de nuevo, nuestro destino es proseguir y nuestro deber es recomenzar.

  • ¿Despertar en dónde?- preguntó el niño mirando a su alrededor- ¿Acaso no estamos despiertos ya, padre?

  • Siempre queda algo por aprender, por eso estamos vivos- lo informó Don Megalonio mirando también a su alrededor mientras su pupila adquiría las tonalidades de lo que veía- Despertar es el último aprendizaje antes de comprender lo que somos, y eso solo lo sabremos cuando despertemos, lo cual sucederá como sucede todo lo que nos ocurre- y volviéndose al labrador que lo miraba con cierta curiosidad de hombre que ve ante sí a un igual desemejante en el que presiente un parecido, lo interrogó- ¿Por donde nos aconseja ir para llegar antes a Guatemala?

  • Vayan ustedes siguiendo el trayecto de la autopista panamericana, y llegarán a la ciudad mismo. ¿Van a algún hotel?

  • ¿Usted se siente capaz de creer- lo apostrofó el Cíclope- que con esta pinta salvaje podemos emparedarnos entre holandas?

  • Me pregunto a qué pueblo indígena pertenece usted- musitó el labrador acariciándose la barba patriarcal- Yo conozco a casi todas las razas de indios de América, porque soy amante de la antropología y he leído libros sobre el tema de diversos autores, pero hasta ahora no me he encontrado con ningún grupo étnico con el que pueda identificarlo. De Centroamérica, no es nahua ni chichimeco, ni tarasco, ni paya, ni caribe, ni yucateco ni beliceño; de Sudamérica no parece ni quechua ni guajiro, ni fueguino ni yanomano, ni jívaro ni otomaco, que son los modelos de raza que más concuerdan con sus accidentadas facciones, pero si se le mira de frente no se le ve más de un ojo. Y otro detalle curioso suyo es que trae la ropa pegada al cuerpo de una forma nunca vista ni oída, que no se sabe si va vestido o va desnudo.

  • Aunque cuente una a una las razas clasificadas por los antropólogos- sugirió el eslabón perdido- no encontrará ninguna cuyos individuos se parezcan físicamente a mí. La mía es la raza de los Cíclopes de Sicilia, estirpe cantada por Homero y por Hesíodo, e ignorada por la ciencia experimental de Galileo y Newton, ciencia de método tantálico que se resiste a salir de su propia ceguera en el conocimiento de la siempre cambiante naturaleza de ficciones continuas que se vuelven verdades al ser consideradas por el pensamiento. Yo soy una metáfora viviente destinada a abrir los ojos de los ciegos, y este hijo mío es su íntimo sentido.

Con estas explicaciones si no estructuralistas sí muy bien estructuradas, donde Volkalt, Wertheimer, Koffka, Köhler o el pícaro Saussure hubiesen patinado y colisionado unos con otros, Don Megalonio y Marcelo se despidieron del plantador, uno de los pocos dignos de este nombre, una esperanza para la humanidad y un verdadero sabio al que Salomón hubiese honrado con la cátedra de todas las ciencias. Cuendo dejaron de trás el cafetal, les pareció que su prodigio de belleza se desvanecía como un sueño en la madrugada, pero solo era una ilusión de melancolía propia de los viajes por lo que se deja atrás antes de que esto resurja bajo una forma nueva en el futuro para que ninguna emoción se pierda en el transcurso del tiempo. En el armónico cuadro de la memoria, los dos viajeros vieron muchas veces aquel bosque con hojas de oro evocadas por el resplandor del pasado, aquel bosque cuyos ramajes y hojas movidas por el viento tanto se asemejaban a los signos del lenguaje humano, dependientes los unos de los otros y todos arraigados a la tierra de la que recibían la sustancia de su manifiesta expresión. El Jardín de las Hespérides – siempre de Oriente a Occidente, desde el principio al final del conocimiento- poblado de sombras y de fieras desconocidas – también los instintos estaban en él ocultos- y regado por las aguas de la inocencia misteriosa de la vida, había sido habitado desde tiempos inmemoriales por los mitos de la imaginación, por dríadas, hamadríadas, ninfas, náyades, oréadas, dragones, faunos y quimeras – fórmulas del lenguaje que pretendían acotar el misterio de la realidad, hacer ciencia de lo que es una mera expresión de Dios hacia el hombre y que con el paso del tiempo eran sustituidas por otras cuando cambiaba la perspectiva desde la que se observaba la naturaleza-, mitos que venían a ser cánones de belleza, sensación emotiva de armonía por la cual se llega a la conclusión de la verdad, la llave o el despertar del amor. Con mucha menos metafísica que esta recorrían Don Megalonio a pie y Marcelo sobre sus hombros la autopista panamericana, escandalizando a los conductores de los autos que se persuadían de su embriaguez mereciente de sanción nada más verlos tal cual eran. El historiador los situará ya en la ciudad de Guatemala, capital del estado independiente de la corona española desde 1821, recorriendo la Avenida de la Reforma, para eludir pormenores de trayecto y enojosas digresiones. Tan poco preocupados estaban de respetar las leyes y las costumbres locales, que ni se dieron cuenta de que caminaban a pie por mitad de la calzada en línea continua, originando un atasco catastrófico que elevaba al pálido firmamento matutino arropado aún de de sombras una estridencia vanguardista y atónica que evocaba algunos compases de la Rapsody in blue de George Gaershwin combinados con notas sueltas de la “Ópera de tres centavos” de Kurt Weill.

  • ¡Diablos, papá, qué ruido hace la gente de la ciudad! ¿Es esta la educación cívica y el buen tono burgués? ¿No se pueden callar un poco?- se quejó Marcelo harto de la discada cacofónica.

  • Qué quieres, Marcelo- le respondió el padre con las orejas también apaleadas- Esta es gente que hace su vida entre prisas, al ritmo que les marcan sus máquinas y sus intereses, como autómatas alienados de su condición humana, y hasta a mí, que me he criado y he crecido a golpes de fragua en el Etna, me molesta esta batahola de sirenas mecánicas. Mira, ahí mismo se nos acerca un agente de tráfico muy desalado. Aquí nadie es capaz de hacer las cosas con tranquilidad.

  • Carajo, ¿están ustedes locos?- bramó el edil muy nervioso- ¿Qué pintan en medio de la calzada?

  • Estamos caminando- lo informó Don Megalonio- Para eso se han hecho las calzadas, para caminar.

  • ¡Esta calzada no es peatonal!- echó las manos al cráneo de guardia de tráfico.

  • ¿Y dónde se nos ha informado de ese pormenor?- replicó el Cíclope- Ninguna señal nos ha indicado eso, que yo sepa.

  • ¡Oye, majadero, aparta de ahí! ¡Y se ponen a platicar, por encima! ¡Te voy a morder el culo, bochinche, mierdero!- gritaban algunos conductores sobre los pitidos amenazantes.

  • Si tuviesen un átomo de educación estos proletarios saintsimonianos entregados a la democracia del bolsillo- alegó Don Megalonio con el cripticismo de Lezama Lima- no se encabalgarían en sus prejuicios para combatir sus propios principios liberales. ¿No es libertad el caminar por una calzada a tu aire? Un mercado de valores global y sin aranceles, vertebrado por transportes y comunicaciones, debería respetar y proteger la genuina costumbre de las comunidades de los individuos que la forman, y no imponer leyes estandarizadas…

  • ¡Quítese de ahí, por mi vida!- gritó desesperado el guardia, e intentómover la mole de Don Megalonio hacia la acera.

El Cíclope, por no contradecir al nervioso agente, consintió en moverse en la dirección que le ordenaron. Los viandantes, detenidos en la acera como espectadores de carrusel o de toros y cañas, albergaban la necesidad epistemológica de conocer el desenlace de una prodigiosa interrupción de su rutina diaria.

  • Ustedes están locos- protestó el agente con un acento musical que recordaba la melodía implícita de las composiciones de Domingo Estrada- ¿Cómo se les ocurre plantarse de ese modo en medio de la avenida con más tráfico automovilístico de Guatemala? ¿Acaso son golpistas y quieren atentar contra el gobierno? De momento ya tienen en casa una multa de diez mil pesos, pa que se les cure el catarro- y sacando del bolsillo un bloc de notas y un bolígrafo, garabateó una denuncia como quien escribe una felicitación en una postal y, con la tinta todavía fresca, se le sirvió a Don Megalonio que no sabía por dónde cogerla.

  • Esto es inverosímil- arguyó el sorprendido héroe con la sanción en la mano- Yo no quiero ni puedo abonar una cantidad de dinero. Nunca llevo encima valores de crédito. Me parece un signo evidente de hipocresía social el hacer cargar a un visitante de buena fe con esta lacra crematística, en la cual no se evidencia otra cosa que el interés de una sociedad plutólatra y apegada al fantasma fluctuante de la moneda por aumentar por una hora más la ilusión de la fiducia, emblema del trabajo que ha perdido su referencia con la avaricia de los negocios masivos apartados de la armonía prudente de la naturaleza.

  • Con esas palabrotas librescas no se va a librar de la multa- apuntó el agente sonriendo y golpeando con el bolígrafo su libretita de notas, en la que creía más que en la literatura y en el arte universal, renovadores del lenguaje humano- Usted pague, y todo lo demás se le perdona.

  • No estoy dispuesto a pagar- confesó sincero el Cíclope, con la mano en el corazón- ¿Acaso lo estás tú, Marcelo?

  • De ninguna manera- contestó el niño ayudándose de un giro de cabeza, de oriente a occidente, para negar- Lo que mi padre no me aconseja hacer, ¿acaso el hijo inexperto debe atreverse a imaginar?

  • Así que se rebelan también contra la autoridad- los desafió el agente cuadrándose- Pues entonces son perpetradores del delito de desobediencia, y me tienen que acompañar a la cárcel.

  • ¿Qué necesidad hay de tales excesos?- invocó cariñosamente el Cíclope, apaciguando su tesis- ¿No está probado que es preferible amonestar a reprender? Yo me inclino por la vía del diálogo platónico y por la rebeldía no-violenta de Gandhi para resolver nuestras diferencias, pues considero que de ese modo el mensaje calará mejor en el receptor. Es usted, ahora que he mencionado al griego idealista, un habitante de la caverna del capitalismo industrial, y no juzga más que por el tétrico cine de sus sombras. Así que se lo diré con mucha educación: sea un poquito existencialista, un tanto humanista y menos mercantilista, y retire esta causa de conflicto entre nosotros que tanto mal ha protagonizado en apenas un minuto de nuestras vidas. Piense que no es justo que nos imponga sus costumbres a nosotros, que somos extranjeros, y además despistados muy agravantemente, y que es indicio de discriminación el sancionarnos a consecuencia de lo que nadie nos has informado. Resulta una hipocresía burguesa demasiado clara, digna del tenedor de la Piel del Onagro, si Balzac no miente.

  • La ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento- recitó el agente como buen escolar que aprende de memoria tanto máximas como supersticiones- Si desean reclamar, recurran a la Jefatura de Tráfico dependiente del Ministerio del Interior. Yo cumplo con mi tarea. Tomen, aquí tienen la receta- y les adjudicó un papel firmado y dedicado de su puño y letra- Compónganselas ustedes como gusten. Y me voy, que tengo trabajo. Menuda caravana acaban de armar.

  • Entonces, ¿no se allana a nuestras súplicas?- propuso sin rendirse el aterciopelado y caballeroso perjudicado.

  • ¿Traen lana o algo para untar?- los interrogó el agente bajando el tono de voz, con las cejas muy arquedadas.

  • Estamos trasquilados, incontinente y redundante edil curul- protestó Don Megalonio enfático, retórico y dolorido, buscando un argumento regeneracionista en la prosa de Luis Cardoza y Aragón- ¿Y luego solicita unturas, cuando ha sido usted quien nos ha untado el alma a base de bien? ¡Qué costumbres tan extrañas se manejan en este país! ¿Acaso se puede llegar a acuerdos con tan escasa cordura por parte de los pactantes que invocan un derecho de apariencia que nadie cumple y que se trata de imponer al extranjero que no lo conoce, aprovechando su condición vulnerable y convirtiéndolo en víctima que paga con su castigo las injusticias de toda una nación? ¡Oh doble moral de las leyes y de las tradiciones, fariseísmo y sofística de la mentira, balanza de corruptos, juego de necios, estafa de la buena fe, prueba y tentación de la virtud, carantoña de idiotas, tela de arañas feudales, mascarada de monigotes, retablo de robos y de rapiñas, intriga de Ulises, agua para las manos de Poncio Pilato! Yo recurriré al Ministerio, y a la Presidencia, y a la Comunidad Internacional, para que escuchen mi repulsa, y si ellos tuviesen también corrompidos, siempre habrá un superior al que acudir.

Diciendo esto con mucho enfado, Don Megalonio recogió el papel de la multa dispuesto a restregárselo a las autoridades por el hocico – es un decir, que nadie saque conclusiones zoológicas- y le dio la espalda al agente, que no fue poca donación. Pero Marcelo no se conformó con el desprecio latino y decidió añadir el reto germánico, institución del duelo que hasta la invención de la guerra atómica estaba en saludable vigor, y volviéndose hacia el agente antes de salir corriendo detrás de las zancadas de su padre, le gritó un desafío:

  • ¡Nos veremos las caras!

Pero el agente ya no lo escuchaba. Tenía bastante trabajo con una colección de multas con las que se disponía a empapelar a una familia de peruanos por un seiscientos aparcado en doble fila sin escuchar las sollozantes súplicas de sus miembros, en tanto un cuatro por cuatro pasaba semáforos en rojo y aún en el ardor de su furia infractora pitaba para saludar al agente ocupado, quien a pesar de su falta de tiempo levantaba el brazo y sonreía al conductor, contestando al saludo.

  • Esta gente de Iberoamérica semeja muy exaltada y poco respetuosa con sus normas- observó Marcelo mientras padre e hijo caminaban a la altura de la Torre del Reformador, estatua miliciana que los miraba desde su podio desmesurado en cuya cúspide apenas lograba apreciarse con vértigo al homenajeado – Resulta muy distinta la América española a la América británica del norte, siendo ambas hermanas y de la misma edad, puesto que las dos fueron habitadas por la misma raza de indígenas y descubiertas al mismo tiempo por los navegantes europeos, herederos del mar de Ulises. ¿A qué se debe entonces esa diferencia tan acusada en sus mentalidades?, pues la una es urbana y la otra agraria, a pesar de que las dos son colonias independizadas por análogas revoluciones, si mi memoria de niño no falla.

  • Yo te esclareceré ese piélago de dudas y te conduciré a la tierra firme de la comprensión- lo sosegó su padre a la sombra de un guayabo plantado en un recorte de pradera- Gran Bretaña y España son dos estados europeos que, por su situación geográfica, fueron idóneos para adquirir colonias en Ultramar, y si bien España tuvo el privilegio de descubrir América, Gran Bretaña consiguió renovar las instituciones de occidente con la Nueva Atlántida de las Trece Colonias que más adelante, en el siglo de la ilustración y de la revolución industrial, se convertirían en los Estados Unidos. España evangelizó Centroamérica y Perú y las entroncó a su linaje cultural e idiomático, pero también explotó sus yacimientos de metales preciosos y esclavizó a los indígenas por medio de la jerarquía criolla, basando su riqueza nacional en esta actividad de dependencia y pillaje que muy pronto aceleraría su decadencia y el ocaso de su flotante economía y de su perezosa administración. Gran Bretaña no encontró en Norteamérica esos yacimientos, y se centró en el reparto de tierras y en la instalación de manufacturas primero y de fábricas después en los núcleos urbanos recientemente fundados, rehabilitando la actividad productora y comercial de la metrópolis y poblando progresivamente los centros de la producción con una clase emprendedora que solo dependía de sus propios medios para prosperar, aunque para ello también restringió el espacio cultural de los indígenas. Además, España dependía de una política confesional superficialmente católica confiada a los intereses del papado que por entonces confundía poder temporal con espiritual, una política de gasto y alianzas fraudulentas que se acusaba a sí misma, derrochando los bienes que desde la época romana se le habían concedido y confiando inspirándose en la supuesta donación de Constantino, mientras que Gran Bretaña se había escindido de esa política adoptando el protestantismo bajo el rito anglicano, mucho más austero y sencillo y menos categorizado por preceptos humanos en un principio. La independencia de Estados Unidos, operada en la segunda mitad del siglo XVIII, constituyó un acto de la reforma ilustrada que tenía por principios fundamentales la corrección y la crítica racional de las costumbres feudales del privilegio – especialmente las del clero- y el conocimiento directo de la naturaleza sobre los errores de la tradición. La emancipación de la América Española fue un acontecimiento militar del siglo XIX nacido en el marco del liberalismo burgués de la sociedad industrial que demandaba héroes que acentuasen su nacionalismo frente al espíritu esclavista de colonia abolido por la empresa aparentemente revolucionaria de Napoleón Bonaparte, César de las clases industriales emergentes que suprimirían definitivamente el privilegio del honor feudal para sustituirlo por los derechos y libertades del dinero. Estados Unidos es un estado ilustrado o reformista y las naciones de Iberoamérica son países revolucionarios que tienen la gloria militar de los emancipadores en el panteón de la opinión pública. Todo esto son intereses, como puedes comprobar, pero en todas las comarcas del mundo existen con el fin de resolver las necesidades propias, y únicamente los ideales están por encima de ellos y unen a todos los hombres.

La aurora encarnaba el cielo vertiendo su etérea sangre sobre la blancura de las nubes, ninfas e ideas del azul profundo del tiempo, preciosas y prolijamente labradas como las joyas visigodas del tesoro de Guarrazar, cuando Marcelo tuvo una inesperada revelación.

  • Tengo hambre- confesó sinceramente en un de profundis de su estómago desolado y de sus tripas cuyo gemido implorante recordaba al aviso de una trompa de caza- Exijo tenerlo e cuenta.

  • Es posible- consideró su padre con el vientre idealizado también de vacío que se encontraba, rebosante de spleen e invisible en su símbolo aunque no insensible en su verdad- Somos seres vivos y sentimos la existencia como una necesidad de perfección que solo se alcanza con una aceptación del alimento natural. La palabra sale del hombre como luz del mundo, pero primero resulta imprescindible concebir la verdad dentro de nosotros y alimentarnos de la sustancia de su materia originaria, comulgar el cuerpo de Dios que es el principio de la vida, es decir, el mundo que nos alberga, cuyos pedazos objetivos son pan que se parte y se come.

  • Bien está todo eso, no lo niego, padre-aseguró Marcelo, prolijo como Carlos Wyld Ospina- pero, ¿dónde comeremos?

  • Ahí está la auténtica filosofía- declaró Don Megalonio mientras su intestino hablaba y profetizaba en todas las lenguas- Mira, ese edificio que se recorta en el paisaje como un paralelepípedo exacto es, si la señal que leo no miente, el Instituto de la Seguridad Social. Deberías saber que la Seguridad Social es una institución benéfica del siglo XX que sustituye a los antiguos Hospitales de la Caridad y que está sufragada por el gobierno directamente para asegurar las pensiones de los trabajadores jubilados y desempleados, y para garantizar el nivel de vida mínimo de los necesitados. Nunca hemos sentido hambre en momento más oportuno, porque gracias a la Seguridad Social quedaremos saciados. Tal vez ya te habré dicho cuando recorríamos Europa que la Seguridad Social fue inspirada por una brillante idea del economista Beveridge, quien en 1945, tras los desastrosos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, aconsejó crear una reserva de fondos económicos de seguridad para impedir que las crisis de insolvencia que periódicamente acometen a las cuantiosas opeaciones del capitalismo industrial ocasionasen la indigencia de la clase media proletaria y burguesa, cada vez más numerosa. La Seguridad Social inauguró lo que en términos económicos se conoce como Estado de Bienestar, una consecuencia del régimen democrático de declaración de derechos y división de poderes, en el que la pobreza queda terminantemente abolida por decreto. Ya no hay pobres de cuerpo, solamente los hay de espíritu. La pobreza es una institución del pasado, como la esclavitud y el colonialismo, como el feudalismo y la guerra. Platón no pudo soñar mejor república, ni Homero mejor olimpo para los dioses. ¡Vivimos en el Paraíso Terrenal, pero sin serpientes, solo con manzanas! Y todo por obra y gracia de la Seguridad Social…

Don Megalonio decía esto mientras se agachaba para entrar por la acristalada puerta del vestíbulo, tras mirar con cívico orgullo el mural indigenista y polícromo que campeaba sobre un liso estanque a la entrada del edificio, obra maestra de Alfredo Gálvez Suárez, donde los colores y las formas humanizadas parecen convivir en igualdad y en idílica armonía como manda la constitución. Dentro del glorioso edificio que albergaba el granero público, una red de pasillos semejantes a galerías de termitero confundían al visitante como el laberinto a Teseo, con tantas vueltas y revueltas que cualquiera sentía mareos aunque no quisiera. Pero no así Don Megalonio, quien, con su hijo a hombros a imagen del San Cristóbal del Museo del Arte Colonial, sonreía ante la perspectiva del recibimiento que le aguardaba en aquella deslumbrante prefectura. Se acercó sutilmente a una ventanilla donde un hombre gordo sudaba tecleando en su computadora – ¡oh maravilla legendaria de la informática!- mientras atendía el teléfono y hablaba con su compañera de cabina.

  • Tenemos hambre- se adelantó a decir Marcelo con el desparpajo que concede la necesidad- ¿No es aquí donde sirven el menú?

  • Sí, la verdad es que ya se está acercando la hora de comer- dijo el gordo con una vocecilla aflautada de pífano suave- Sería bueno que me dispensasen ustedes para tomar el bocadillo.

  • ¿El bocadillo? ¿Cómo que el bocadillo? ¿Es esta la gastronomía que nos puede ofrecer este país?- se escandalizó Marcelo decepcionado y en ayunas- Padre, te debiste de haber confundido de organismo. Esta no puede ser la Seguridad Social, puesto que…

  • Sí lo es- contestó el gordo- Qué quieren ustedes.

  • Quisiéramos servirnos la comida- declaró Don Megalonio con cuidada educación- Somos extranjeros y no tenemos recursos.

  • Oigan, esto no es un restaurante- replicó el gordo mientras le temblaba la barriga al hablar.

  • Bien lo sabemos, amable benefactor- insinuó Don Megalonio acariciando la silueta inflada del Domiciano de las obras públicas, quien fingía atenderlos en tanto, babeando por la emoción, no le sacaba ojo de encima a la pantalla de su clavileño automático, cacharro sublime y golem de datos imprescindibles en su mecánica arrogancia de ídolo, astuta red de comercio griego, trasto inteligente que vuelve necios a los hombres, en la cual se reproducían imágenes que evocaban viñetas de lujuria que encendian las mejillas del gran hombre de acción – Este no es un mercado de intereses donde se compra y se vende al uso de las empresas lucrativas; es, por el contrario, un santuario de la filantropía y una institución que promueve la justicia satisfaciendo las necesidades de los perjudicados por el mal reparto de la riqueza, es la casa de los pobres que no tienen quien los defienda, es la esperanza legal de las víctimas de los sobornos mundanos cuya voz es más audible que la de las falsas propagandas, es, en definitiva, el granero público del erario romano, cuyo derecho nada sería sin la virtud de su equidad. Por eso venimos a que nos sirvan la comida a nosotros, extranjeros sin propiedades y amantes del buen trato, porque, ¿es dónde podríamos estar mejor atendidos que en el palacio resplandeciente del Progreso Democrático?

Lamartine no hubiese podido burilar un discurso más ingenuo ni más académico, pero al obeso funcionario de la administración, elegido entre millones de candidatos útiles por aplicación rotunda del principio de mérito y capacidad en una oposición olímpica y honorable se le quedó un semblante de inepto que evocaba al de un jugador de naipes que acaba de perder la baza. Era la primera vez que se veía obligado a explicarle a un ciudadano cuál era su misión en este mundo. Palideciendo cual un enfermo de septicemia, el soldado de la Administración, dándose la vuelta con valentía, le comunicó al oído a su compañera, una morena con escote vertiginoso y un collar de perlas tan grueso que recordaba a un yugo o a una soga de ahorcado al cuello de alabastro o de opalina:

  • Estos señores parece que están locos. Atiéndelos tú. Yo me voy a tomar un emparedado, que hace una hora completa que no echo nada a la boca.

Y se escabulló como un Sosia entre bastidores, corriendo con la barriga tremolante cual una bandera en campaña. La señorita tenía voz de soprano, era muy modosa y le gustaba sobre todo sonreír a los caballeros mejor vestidos. Cuando cayó en la cuenta de la justa resolución de Don Megalonio, puso en práctica como buena administrativa, aunque recomendada por dotes distintas a su buena caligrafía, la técnica proverbial de la distracción del enemigo, que en la milicia funcionarial se conoce como “pasar la pelota”, relevo de una obligación entre unos y otros hasta fatigar al perjudicado, al pueblo, al paciente y santo pueblo, siempre engañado por la codicia de los tribunos que él mismo paga. Con el fin de quitarse de encima a nuestros héroes – así han de llamarse quienes combaten por la justicia y se enamoran de la verdad- la alegre alondra de la prefectura delegó sus funciones en un compañero del sexto piso al que luego telefoneó para avisar del peligro que corría. El ascensor estaba averiado. Muchos ciudadanos, suplicantes cual prisioneros de guerra en el rellano, perdían la esperanza de alcanzar misericordia por quienes tenían por misión servir con objetividad el interés general, pero no así les ocurrió a nuestros dos caudillos que, sacando fuerzas de la flaqueza e invocando el testimonio de los mártires, escalaron sin piolet ni cordaje los ciento sesenta y siete escalones que los separaba de su objetivo con la decisión de Edmund Hillary y el arrojo atrevido de Simón Bolívar en la Campaña Admirable, mientras tarareaban himnos independentistas evocando al Gran Emancipador, según lo describe un vate chileno:

Él era aéreo, rápido, metálico,

todo anticipación, ciencia de vuelo,

su contenido ser temblaba

allí, en el cuarto detenido

en la oscuridad de la historia.

También nuestros dos aeroplanos de la cultura eran aéreos, rápidos, metálicos, y sabían lo que querían, y ascendieron sin oxígeno a una ventanilla en la que un individuo de cara irregular de Polichinela, los remitió a otra ventanilla donde Arlequín, su colega, los remitió a otra donde Pantalón, etc ( no es preciso proseguir para evocar aquella mascarada, aquella comedia de remisiones infinitas en la Torre de Babel del Progreso y de la Ley Humana, en la cual se multiplican las ventanillas kafkianamente, como los preceptos de la Torá judía, para marear al inocente y ocultar en su barroquismo laberíntico al Minotauro del principio de autoridad, al poder delegado de las gentes trabajadores, fruto de la unión entre la esposa del Bien Común – la Legitimidad, la Pasífae legal- y el toro negro del Soborno, producto del oceánico mercado de la codicia). A pesar de esta trampa para gorriones, ni Don Megalonio ni Marcelo se rindieron mas, puesto que el hambre es imperativa, se retiraron para reponer fuerzas en un restaurante y continuar el asedio con el estómago lleno, despidiéndose de los actores funcionariales con la mandíbula desplegada y amenazando con devorarlos lo mismo que la bestia del juicio final, en tanto ellos, temblorosos y sudando tras sus máscaras, se pegaban al teléfono en el que confiaban, temiendo la hora que necesariamente se les avecinaba.

  • Las infracciones de los Enemigos del Pueblo serán cobradas una a una, y ellos, como los aristócratas ineptos de la Revolución Francesa, también tendrán su farola- comentaba Don Megalonio ya en el figón, en tanto se encaraba con una pierna de carnero.

  • ¿Qué es eso de la farola?- preguntaba Marcelo chupándose los dedos de salsa- ¿Y para qué sirve una revolución?

  • Te responderé sucesivamente, hijo mío- repuso Don Megalonio adoptando los modales de Máximo Soto, togado de la gloriosa miseria que siempre acompaña a los justos y los hace más felices que a los millonarios- Durante la Revolución Francesa de 1789, a partir de la cual, con ciertas dificultades, se extendió la democracia liberal por el mundo, la nobleza de Francia fue perseguida y el pueblo amenazaba con ahorcar a sus miembros en las farolas de las calles. Una revolución es un cambio político radical de las estructuras o formas de organización de la sociedad que se desencadena a consecuencia de las variaciones económicas o de obtención de recursos y bienes, y en la cual se reordena violentamente la jerarquía de las funciones de representación, porque la jerarquía existente hasta entonces no satisface las necesidades de la población. Una revolución es un cambio de intereses en la que unos productores de recursos reemplazan a otros en la organización social. Esto se hace continuamente y sin violencia, pero en las revoluciones se lleva a cabo de manera masiva y repentina cuando la estructura política, anclada en un antiguo privilegio, se resiste a cambiar de función. Las revoluciones no son exclusivamente humanas; la naturaleza vista con ojos humanos también tiene sus revoluciones. En los animales gregarios, como los lobos – tan semejantes en sus instintos al hombre y que le han cedido al perro por compañero- los cargos representativos de la manada pasan de viejos a jóvenes por rotación temporal, y casi siempre con un golpe de violencia, pues la costumbre ha hecho que el viejo no caiga en la cuenta de la necesidad de ser relevado. Quiere esto decir que las revoluciones no son tareas del pensamiento y tienen poco de intelectual – no ayudan a ser mejores a las personas para encontrar su felicidad, simplemente las cambian de sitio en el mapa político- pero son necesarias para equilibrar los intereses de los hombres y para caminar hacia la justicia, que nunca se alcanza pero constiyuye la tendencia y el patrón de las leyes sociales, inspiradas en la moral individual, cuya máxima expresión es el amor por el cual las personas se unen en un destino conjunto. De esta manera, las religiones, imágenes de la fe de todos – vivir según la inteligencia supone un acto de fe, puesto que ante los fenómenos imprevisibles de la naturaleza se confía en la esperanza de un futuro- reconocen la necesidad de las revoluciones para el aprendizaje humano, y así, por ejemplo, escribe Santiago Apóstol en su epístola: “Ahora, vosotros, ricos, llorad a gritos por las desdichas que os amenazan. Vuestra riqueza se ha podrido y vuestros vestidos se han apolillado; vuestro oro y plata se han enmohecido, y su moho servirá de testimonio contra vosotros y roerá vuestras carnes como fuego. Atesorasteis para los últimos días. He aquí que el jornal de los trabajadores que segaron vuestros campos, defraudado por vosotros, está clamando, y las voces de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los Ejércitos. Vivísteis en la tierra regaladamente y os disteis a placeres, cebásteis vuestros corazones para el día de la matanza. Habéis condenado, matado al justo, que no os hace resistencia”. Por estas causas, las revoluciones son necesarias para mejorar a los seres humanos, y este es el único progreso posible, que es individual, siendo el social una proyección del mismo. Así pues, nosotros haremos nuestra revolución contra el Estado de Bienestar, contra la Administración fraudulenta y contra los malos funcionarios, nuevos ineptos de la sociedad democrática.

Concluida la exposición, Don Megalonio elevó su copa de agua para hacer un brindis por la Justicia, esa alegoría ciega con balanza para los buenos y con espada para los malos, pero cuando se disponía ya a cantar el Himno de la Alegría de Schiller, su codo poco patriota tropezó con una esquina de la mesa y le hizo volcar a su pesar el líquido sobre su cabeza, en un bautismo simbólico que lo dejó como nuevo, con los cabellos chorreantes y la barba goteando, todo idílico, rebelde, romántico y vanguardista, revolucionario y campeador. Mientras Marcelo se reía con todos los dientes, contemplando el expresionismo cubista de aquel cómico Guernica, y mientras los comensales del figón orquestaban con carcajadas relativistas el arrojo pasional del guerrero empapado de su propia audacia, Don Megalonio se disculpó:

  • La exaltación conduce a estos accidentes. Esto suele acontecer también en las revoluciones, cuando los ánimos se rebelan contra el criticismo de la razón. El lenguaje es como esta agua, que va y viene. No se debe caer en la demagogia si no quiere uno mojarse. El cambio social empieza por uno mismo: es preferible imitar el pacifismo de Gandhi al belicismo del Che Guevara.

Tanta fue la curiosidad que despertó en los presentes, que el cantinero, un viejo tiznado, bajo y cojo, solo atento al tintineo sordo de las monedas en la caja, les preguntó cuáles eran sus intenciones y ni siquiera cayó en la cuenta de la campechana extravagancia del viajero de un solo ojo. Cuando con buenos modos este, ayudado por los gestos líricos de su hijo, le expuso con audacia sus intenciones de mejorar el mundo y de derribar a los tiranos de sus falsos tronos de farsa, el trajinante exclamó:

  • Mucho pretenden ustedes, caballeros. A no ser que llamen a la Virgen pa hacer un milagro, no veo por dónde se puedan salir gananciosos de ese negocio. ¿Conocen al señor Presidente?

¡El señor Presidente! ¿Acaso era aquella la novela de Miguel Ángel Asturias, en la que la aparente democracia política está amparada por un caciquismo material de casta precolombina? ¿Con ese ridículo obstáculo se encontraría el tren del Progreso, la máquina europea de los derechos y de las libertades del Derecho de Gentes reconocido en la Asamblea de las Naciones Unidas? ¿No era aquel un cuento del Antiguo Régimen, una superstición con proporciones de gigante o de dragón alado? El cantinero les contó algunas anécdotas ocurridas durante el mandato de Juan José Arévalo entre 1944 y 1950, cómo los patrones de los ranchos mataban con impunidad a sus vasallos asalariados, cómo los impuestos arruinaban a los pobres y enriquecían a los ricos, cómo los representantes políticos pactaban con Estados Unidos concesiones abusivas y expropiaban por una miseria a los campesinos para revender los recursos mineros a los millonarios, cómo la gente moría de hambre y no tenía quien los enterrara, cómo todas esas culpas pesaban desde hacía siglos sobre la misma Comunidad Internacional que decía protegerlos cuando defendía con desigualdad legal sus exclusivos intereses. La tiranía no era asimilable a un período histórico, sino a todos; en 1954, aviones norteamericanos cual langostas apocalípticas habían bombardeado las principales ciudades de este país; en 1963, la Junta Revolucionaria, una oligarquía militar, había sustituido el código civil por la represión castrense y el derecho de guerra, el cual consideraba enemigos a todos aquellos que no estaban recomendados por un amigo, reemplazando la presunción de inocencia por la presunción de culpabilidad; en 1966, las guerrillas encabezadas por perjudicados del régimen anterior extendían el pánico entre el pueblo, y aún hacía poco estaban las cosas de este tamaño. Don Megalonio escuchaba asustadísimo la ópera de las Noticias del Día como si fuese la de Hindemith pero en clave de Heine-Medin, asimilable a una enfermedad infecciosa preferiblemente a los titulares de la prensa, sátiros de la vida social. Prometió arreglarlo todo y ponerlo todo patas arriba, si hacía falta. Prometió como Prometeo, jurando llevar a las naciones la antorcha de la Justicia, el solio equitativo de la exiliada Temis. Salió del figón cantando a voz en grito La Marsellesa y desfilando como un general en campaña, seguido por Marcelo quien, con dos latas que encontró en la calle, tocaba los platillos a prueba de sordos. Ya caminaban hacia la victoria, cuando escucharon una voz de bajo encuerado y rasposo que clamaba:

  • ¡Oigan ustedes! ¡No me han pagado la cuenta! ¡Vuelvan acá, carajos!

Marcelo se dio la vuelta con gracia militar para decir:

  • Somos revolucionarios. No se preocupe por las cuentas. Tenemos un plan.

Así salieron entre aplausos, hurras y vítores regeneradores con elegancia y los cabellos al viento, rumbo al combate de la libertad, en tanto el cantinero iba gritando detrás de ellos, como oficial de infantería.

  • ¡Traigan acá mi dinero, platicantes, charlatanes! ¡Con qué he de pagar los gastos!

  • No se preocupe demasiado por la ganancia, bravo patriota de la legendaria Quauhtemallan, que con los despojos de guerra le serviremos un botín con el que podrá llenarse sus profundos bolsillos. Yo mismo estoy decidido a cortarle la cabeza al tirano y a clavarla sobre una aguda pica. Usted vaya telefoneando al Consejo General de la ONU y dígales de nuestra parte que tenemos al toro cogido por los cuernos. De momento, a falta de otro retal, me llevaré prestada esta falda floreada de su señora mujer, que va que ni pintada para el caso y que parece colocada en esta silla por la providencia, con el fin de que nos sirva de bandera en esta gloriosa campaña, y de aquí a pocos días se la devolveremos a su dueña taladrada por la metralla del combate, con un algo de menos tela pero con un tanto más de gloria, para que sea testimonio patente de la grandeza y de la eficacia de nuestra revolución.

Así habló Marcelo con periodística flema, contagiado ya por el ardor y las quemaduras de la arrogancia retórica, y sus vivas enérgicos se confundían con los clamores grotescos y terribles de una mujer casada que reclamaba su ropa comprada con su dinero con tal energía que rompía cristales y sobrecogía tímpanos, cual una valkiria de Wagner, y hacía temblar de pies a cabeza a los enemigos de la ofensiva.

Lo primero que se le ocurrió a nuestro paladín de un solo ojo fue recurrir la multa, pero después cayó en la cuenta de que la vía legal era demasiado lenta, con un deje de fraude y, por si fuera poco, contrarrevolucionaria, así que escogió efusivamente la vía de hecho no violenta, como lo hizo Lafayette con Luis XVI, y se decidió a parlamentar personalmente con el Ministro del Interior y con el Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, que a aquellas horas con probabilidad teórica según el Ars coniectandi de Bernoulli estarían ya enterados del caso y muy preocupados por resolverlo. Antes de preguntar por ellos dos en los organismos oficiales, prefirió buscarlos él mismo con la ayuda de su hijo, pues antes los encontraría él que los técnicos de la Administración lograsen asimilar el tenor de la pregunta. Fueron al Palacio Nacional, y de allí salieron atormentados por el ejército de funcionarios que con su papeleo y su burocrática pereza imperial podían hacer temblar al mismo Lope de Aguirre.

  • Quien se propone cambiar las estructuras sociales, hijo mío, ha de ser un hombre muy paciente, pues no hay sociedad por inicua que sea que no se resista a modificar sus costumbres – le explicaba Don Megalonio a Marcelo mientras corrían de un lado para otro cual guerrilleros rebeldes azuzados por las balas de resistencia e ingratitud que silbaban a su alrededor.

  • ¿No resulta más rápido dar un golpe de Estado?- aconsejaba el niño imaginándose con un fusil al hombro y una barba de varios días en la piel de un contrabandista- Podemos telefonear y listo, como los funcionarios.

  • Pero, hijo de mis entrañas, ¿tú que te crees que es un golpe de Estado? ¡Eso desencadenaría una guerra civil, y en las guerras mueren personas inocentes y culpables, que en dignidad son iguales, y desde el niño hasta el adulto todos salen perjudicados, porque la guerra constituye la mayor plaga y azote de la humanidad, puesto que en ella se pierde la condición humana, la moral el derecho y el pensamiento, se emborracha la mente de sangre y el hombre camina a cuatro pies, como los animales, según aquel verso de Miguel Hernández:

regresa a la pezuña.

¿Cómo puedes recomendarme si no es porque eres un niño que deje de ser humano, pues humano soy, aunque con una mirada única que resume todas las miradas?

  • Pero, ¿quién te ha dicho que yo justifique la guerra?- se indignó Marcelo sacando pecho- Mi recomendación es dar un golpe de Estado pacífico y cortés, a través de un lenguaje bien argumentado a los poderes públicos, en el que se les persuada de la conveniencia de relevar su representación política a quienes aseguran con vehemencia el saber mejor lo que hacen. Los poderes públicos, reunidos y por unanimidad de ánimo, declararán estar de acuerdo y solo les restará comunicarle el mensaje al pueblo, el cual, escuchándolo, con un mismo espíritu se dirá: “Ciertamente, este mensaje está bien argumentado y es gramaticalmente correcto, y quien lo ha redactado bien merece ocupar la dirección de los asuntos de la nación”. Y dicho esto, votará por referéndum nuestro programa sin que haya ningún contratiempo, y se reformarán los artículos legales que no respondan a nuestras expectativas.

  • ¿Así de sencillo lo ves tú, hijo?- se enterneció el Cíclope y acarició a Marcelo en la mejilla- Así sería si el ser humano no pecados ni errores, si su libertad no lo traicionase, pero en el valle de lágrimas de la convivencia social un comportamiento tal configura una idílica utopía que solo es posible en la felicidad individual que proporciona el deber cumplido, esa felicidad de la que hemos sido testigos nosotros en aquel cafetal de México.

Entre trinos de pájaros urbanos fundidos con táfago de automóviles, recorrieron nuestros héroes la fachada exterior del Palacio Nacional, y consiguieron después de numerosas preguntas respondidas con parsimonia, acceder al hemiciclo del Congreso de los Diputados. “Es probable y esperable que hoy haya sesiones plenarias, porque es día laborable de un mes ordinario, y aunque estamos a la altura de la tarde, la actividad parlamentaria de un país democrático en este estado de circunstancias debería ser muy intensa, y tal vez ya se estén votando las medidas oportunas”, razonaba Don Megalonio moviendo la cabeza en la diplomacia de su flujo de conciencia, tan discursivo y exacto que parecía efecto del orden cósmico y perfecto de la Imaginación, velo de Maya de los juicios humanos.

En el hemiciclo no había nadie. El ujier empezó por no querer dejarles entrar, pero cuando Don Megalonio invocó las garantías constitucionales se echó a un lado y allí se quedó quieto como figura de ajedrez. La visión de una sala grande y vacía armada de tribunas y de escaños ausentes produjo en los revolucionarios una lánguida sensación de íntima melancolía. Marcelo pretendió subirse a los escaños y saltar encima de ellos, para darles algún uso, pero el ujier se lo prohibió advirtiéndole que de esa manera se desgastaban. Don Megalonio, desde tribuna, contemplaba el vacío con la boca muy abierta. Miraba los millones de asientos curules de la civilización abandonados en la cámara de la nada, los intereses desvanecidos, las pasiones silenciadas, los proyectos inhumados en el fin, la muerte coronando al César del dinero y de los afanes, y el clamor de tantos habitantes de la soledad cuya angustia gritaba desde el silencio. Sintió pena, pena por los maltratados, por los hambrientos, por los engañados, por los defraudados, por los inocentes, por los culpables, por los perseguidos, por los muertos en la guerra, por los sometidos a las formas de esclavitud de la perversión humana, por los verdugos y a la vez víctimas de los odios efímeros, por los vendidos al mal, y por los santos y los héroes que aman la justicia y trabajan por ella en un océano de dificultades, por todos los hombres, hermanos y compañeros de la vida. Dejó hablar a su lengua y dijo:

  • Huyamos de la muerte de todos los días, despertemos del sueño de la muerte para abrazar la vida de alas desplegadas que vuela como paloma de luz delante de nosotros, hagamos de la nada de nuestras ambiciones el todo de nuestras esperanzas, porque la esperanza se distingue de la ambición en esto: la primera es común a todos y no se disfruta si no se comparte, la segunda es fruto de resentimientos y cada cual la ejerce contra su semejante sin llegar a disfrutar de ella nunca. La esperanza es un camino conjunto a través del acto de fe de la vida consciente, y la ambición es un enfrentamiento entre quienes han perdido la esperanza y ya no tienen camino, y dañando a los demás, se dañan a sí mismos y cavan su propia tumba cuando pretenden cavar la del contrario. A través de los demás vivimos, cada cual es algo conreferencia a los demás, las virtudes de uno complementan los defectos de otro, y en la unidad del todo que es el amor o el cuerpo que formamos ninguno es innecesario, la diferencia es la función que cada cual ejerce en el conjunto y no existen jerarquías, sino funciones, porque el poder está en el todo y no en las partes. Si no compitiésemos ciegamente por la función de uno, y tratásemos de descubrir nuestra propia función como proyección de las virtudes que tenemos, nos encontraríamos con que somos perfectos en lo que hacemos, y no ambicionaríamos la perfección del contrario. Toda función puede ser perfecta, y al que la ejerce le puede ir todo lo bien a lo que le puede ir a un ser humano, se puede desarrollar hasta alcanzar la felicidad, la armonía plena de cada parte de sí mismo. Y si otros son tentados por la ambición y nos entorpecen el camino, hagamos de las dificultades nuestro triunfo, coronémonos con ellas, pues ellas serán testimonio de nuestro trabajo y pruebas fehacientes de nuestra virtud, y su evidencia será tan resplandeciente como la más resplandeciente de las luces. Si empleamos la palabra, el don de la inteligencia, para unir y no para separar, para iluminar el mundo y no para oscurecerlo, ella será la aurora que señale el derrotero de nuestra esperanza, ella será el vínculo que nos redimirá de todas las muertes, y que nos hará participar de un destino de vida eterna, más allá de la tiranía del tiempo, en la verdad inconmovible del amor, cuyas obras son la raíz de la existencia y jamás perecen y siempre son renovadas por la resurrección del recuerdo, por la memoria fiel de la gracia sentida y escondida que nos ha hecho conscientes, sometiendo la creación de la naturaleza a la comprensión de nuestra inteligencia.

El ujier y Marcelo aplaudieron las bellas expectativas de aquellas palabras y los aplausos resonaron en el vacío teatral de la cámara como si los muertos del silencio las celebrasen también para abrirles el camino a los vivos.

Aplaudo solo, en la sala repleta

de expectadores muertos,

ha escrito Valente. Los esqueletos del tiempo se deshacen en el aire, son polvo transparente a la luz primera, tierra sembrada por la vida luminosa. La tierra que respiramos para ver la salvación de la luz, que absorbe y perdona la oscuridad de nuestras culpas. El sonido voló, pero quedó para siempre el significado. El ujier retuvo en su mente las palabras de Don Megalonio, se licuaron en su oído y gotearon hasta su corazón. Declaró que llevaba diecisiete años trabajando en el Congreso y que por obligación sufría todos los debates parlamentarios, pero que jamás había escuchado un discurso que lograse conmoverle como aquel que había pronunciado un extranjero, y además, un extranjero tan peludo que podía pasar por bárbaro en cualquier parte. Don Megalonio le agradeció su cortesía, pero antes de que el ujier se atreviera a estrecharle las manos, Marcelo se adelantó a informarle de que buscaban a los señores ministros para hacerles una proposición en nombre de la democracia.

  • Va a ser dificultoso que los encuentren- les confesó el ujier- Casi nunca andan por acá. Si quieren verlos, les diré dónde están, pero no les digan a nadie que yo se lo dije.

Padre e hijo lo prometieron.

La noche sin luna se cernía sobre la Avenida Bolívar, y las distancias y las cosas se borraban por el beso de las sombras. Era la hora en la que el murciélago y el buitre salen de caza, en la que los ociosos, después de la cena, se aventuran a hacer lo que a la luz del día no hubiesen pensado imaginar. Misteriosa, esa hora del desconocido enciende sus luces altas, sus lejanas estrellas de firme brillo, y libera a los sueños para que invadan el mundo. Oculta la noción del sol, el sentido se apaga y únicamente queda la confianza en el regreso de lo recordado, argumento de la humana razón. La noche, como la tierra, incuba los gérmenes del tiempo, el antes y el después, provoca los alumbramientos, ceguera previa y necesaria al despertar de la vista, como la muerte es necesaria a la vida. Cerca del Parque Centenario había –ignora el historiador si lo hay todavía- un edificio barroco colonial, una burbuja de capiteles, arcos y columnas que parecen pelear entre sí en la armonía de sus funciones. Sobre la puerta principal relumbra un letrero de neón rojo con las letras dispuestas de manera que puede leerse: “LA GUAYABERA”, y una cámara de cine captaría con precisión técnica el ir y venir de caballeros que entran y salen de la puerta principal siguiendo un rito anterior al corte de los trajes que visten. Ahora mismo, por ejemplo, un individuo delgado se cala el sombrero de fieltro blanco como en un film de Bertolucci- ilusión en movimiento- y atraviesa el enigma doble de la puerta oscura. Detrás de él, otro desconocido con una gruesa pelliza de ante, altísimo y con un niño de la mano, con un ojo en la fren… ¡Un momento! ¡Voilá! Ese no es ningún desconocido, es nuestro admirado Cíclope, y el niño que lo acompaña es el eufórico Marcelo. Veámoslos más de cerca, ralenticemos la grabación de la cámara mágica de la literatura: están discutiendo con un portero de frac que semeja una hormiga al lado del Cíclope, ahora gesticulan, el portero señala al niño, el niño señala al portero, discuten, ahora Don Megalonio extiende un papel timbrado y arrugado, de color verdoso ( ¿dónde lo habrá obtenido?), ahora el portero se tranquiliza como sedado, ahora Don Megalonio y Marcelo atraviesan el umbral. Estos son los movimientos que la cámara descriptiva ha podido captar. Pero el narrador omnisciente no se contenta con la apariencia superficial de las pantallas, el narrador ominisciente se volatiliza como el vate en espíritu de voz y penetra en los arcanos de lo oculto, donde nadie excepto él puede entrar y salir a su antojo. Allí, en el interior órfico del edificio de las relaciones sociales, terminan los caminos de las instituciones públicas. Ahora, oh Musa, dime qué has visto allí. Se asombra José Batres Montúfar, se conmueve Salomé Jil, se extasía Domingo Estrada, se asusta María Cruz, se persigna Alberto Rubio, se abruma Rodolfo Calderón Pardo, se inquieta Carlos Martínez, se divierte José Rodríguez Cerna, se concentra César Brañas, y miles de miles de poetas guatemaltecos, americanos y universales, están pendientes del hilo de esta invocación. Augusto Monterroso ha logrado resumir en una frase un relato como un filósofo griega logró en su momento encerrar al tiempo en una botella: “Cuando se despertó, el dinosaurio había estado allí”. Este contador corrige su premonición con esta esclarecedora réplica: “Antes de que el mundo despertara, el Cíclope lo había visto”. El fuego heraclitano de la Curiosidad – obsequio de la serpiente del Génesis- no puede resistir por más tiempo la leña de digresiones que se le está echando, y el narrador se siente obligado a decir que en el interior oscuro de aquel ámbito de cuarta dimensión, Don Megalonio y Marcelo se habían acodado en una barra de caoba poblada de vasos y de hombres, y habían sido testigos del prodigio de contemplar a un coro de mujeres jóvenes y bellas de vestiduras casi invisibles que lucían la celeste carne de sus cuerpos fabulosos. De los altavoces del techo, un oráculo de canciones, de letras musicadas de boleros, mambos, chachachás, rumbas y sambas despertaba las ensoñadas emociones como siringas tocadas por una miríada de sátiros y de faunos. Las vestales que custodiaban el fuego de la Costumbre, paladión de la legalidad, eran obladas hieráticas con lágrimas sobredoradas por su precio en el mercado, víctimas de un ritual pagano conducidas con inmolaciones al ara del sacrificio de los vicios ajenos. Antiguas como el mundo, las Parcas que purgaban los sobornos de una estética mentira legal, escuchaban la caída de los metales, como aquellas que conoció Herodoto en el zigurat de Babilonia, y desnudaban su castidad a los huéspedes que deseaban limpiar su imagen en aquellas aguas enlodadas. En tal lavabo Poncio Pilato lavaba y abrillantaba sus manos, y Don Megalonio y Marcelo conocieron a los patriarcales representantes de todas las clases sociales, y allí, en definitiva, hallaron a sus ministros. ¿Pero por qué razón se ocultaban para llevar a cabo un rito natural? Como los intereses, a la luz del día, imposibilitaban un comportamiento espontáneo y los negocios tapiaban el afecto aún en las familias – casi sociedades de conveniencia- la ternura exiliada de las finanzas encontraba allí su desagüe y su vía de escape. Cortesanas infantiles paliaban la aspereza de las damas honorables, y la nación estaba más representada allí que en el Parlamento. Allí, en el ocultismo de la alcoba de la Infidelidad – Dánae atractiva- solo la lluvia de oro del dinero hurtado a los pobres podría atravesar los siete cerrojos del secreto nacional. Pero nada hay oculto que no haya de saberse. Y nuestros embajadores lo supieron.

  • Aquí, Marcelo, empieza nuestra revolución- declaró Don Megalonio con acento histórico.

  1. MARCELO Y SU PADRE SE ADENTRAN EN EL LABERINTO DE LA SELVA DE BRASIL, Y CONSIGUEN PELEAR CON ALGUNAS FIERAS

La manera con que el mundo de las apariencias se impone a nosotros y con que intentamos nosotros imponer al mundo exterior nuestra interpretación peculiar, constituye el drama de nuestra vida”, explica Gide en el capítulo V de la segunda parte de Los monederos falsos. Una historia se escribe como se narra, de principio a fin. Es el único modo de hacerla posible. Toda variación en el discurso ordenado del tiempo es un efecto teatral de la circunstancia que acentúa el vacío de las plateas en el cual la voz del autor y la atención del agente o del lector se impostan para amplificar el enigma de una máscara de emociones clamorosas. Cualquier personaje es una máscara que hace posible la comunicación, como el lenguaje – máscara tambbién de signos, actos o símbolos- teje la comprensión de la inteligencia. ¿Por qué lo escrito no admite réplica? ¿Por qué la historia está adjudicada a un final de antemano? ¿Y si el lector quisiese darle el suyo propio? No importa, todos los finales se parecen, porque donde termina la lección de la historia, empieza el trabajo de la vida. La historia es esa palabra que le dice a la vida “Levántate”, como Cristo a Lázaro. En una ruta hay millones de rutas, como en el día presente que vivimos gravitan los millones de años que lo formaron. En cada pelo del cuerpo de Don Megalonio hay una historia destinada al mismo punto de encuentro, ¿sería ético torturar al historiador obligándole a narrarlas todas desde la mirada inocente y prolija de su hijo sublime? Quien lea esta crónica puede hacerlo del revés o del derecho, eludir el final, jugar a tapar un ojo a nuestro Cíclope o a ponerle un carcaj a Marcelo a modo de Cupido, y el resultado será el mismo: una estrella más en el cielo que ilumine el camino de su libertad.

Pero una cosa sí es clara: una verdad, sea fruto del Arte o de una otra obra humana, no sirve de nada si no se manifiesta por medio del sentimiento encarnado del Amor en una Idea de Justicia destinada a concebir y a alumbrar un mundo nuevo, un hombre nuevo. Y esta tarea no se consigue si no es por el camino de la entrega personal al servicio de esa Idea de Justicia, siempre virgen a los intereses del viejo mundo que pretendemos renovar. Cada derecho se gana mediante una pobreza militante, mediante un descenso al problema para elevar lo derribado a una solución. En los necesitados del mundo antiguo está la semilla del mundo nuevo, y en ellos está nuestra salud, nuestra felicidad y nuestra esperanza. Por ello el historiador, a semejanza del apóstrofe de Virgilio a los jóvenes Niso y Euríalo muertos en combate durante las guerras latinas, quiere incluir y exaltar los nombres de dos personas que ha tenido la fortuna de conocer, a Loly Rivero, y a Manuel, su hijo, paralítico cerebral y adoptado suyo, modelos vivos de la virtud el uno en el dolor y la otra en el cuidado, personas que resumen la filantropía de todas las buenas obras que tienden a la justicia, y con sus dos nombres quisiera representar los de los santos y héroes del pasado, del presente y del futuro, los Francisco de Asís, los Teresa de Calcuta, los Vicente Ferrer, los De Paúl, y tantos otros ejemplos de vida plena. Mientras esta voz pueda decir, sus nombres serándos estrellas nuevas en el cielo de la verdad. De esta reflexión de Don Megalonio, al que hemos dejado con la palabra en la boca, ha decidido pasar a la suya:

  • Como te he dicho, Marcelo, por aquí empieza nuestra revolución. Sí, los logros de la democracia liberal y de la industria ilustrada han sido muchos y buenos, pero de nada valen los derechos cuando no se respetan y se imponen contra quienes no pueden defenderse. Cuando la igualdad de oportunidades que intenta asegurar la balanza de la ley es pervertida por la alteración del fraude, el pueblo se divide en dos bandos y la violencia se incuba en los corazones hasta estallar en una catástrofe humana, en una guerra. El caciquismo americano y la masonería europea tienen puntos en común: ambos representan el privilegio de unos pocos frente al resto, son aliados de la ignorancia y del soborno, pero el primero es propio de las zonas rurales y el segundo de las urbanas. Un cacique es un gobernador poderoso en aliados que explota al pueblo, un masón es un demagogo que vende su cara mentira a título de gratuita verdad. Los masones suelen ser los promotores de las revoluciones, los que destierran a los caciques y engañan a “los de abajo”, en palabras de Mariano Azuela. Pero ambos son igualmente corruptos. La verdadera revolución no es un cambio de intereses, no empieza por los demás, sino por uno mismo. Esta sensualidad pervertida de las costumbres tiene que terminar en conflicto. Para evitar que esto suceda, solo nos queda una alternativa: sacar a la luz estas trampas, para que públicamente manifiestas, sean públicamente condenadas.

Don Megalonio asió del brazo a uno de los representantes del poder ejecutivo- quien se encontraba allí reunido en Consejo de Ministros- y, perseverante como una tenaza, lo obligó a salir afuera. Mientras tanto, Marcelo obtuvo recursos: tomó prestada una linterna de la barra sin ser visto, y obtuvo el mando a distancia de una grúa de obra sin saber muy bien para qué. La ocasión se encargó de lo demás. Algunos curiosos que grababan el rapto en los celulares fueron interceptados por el servicio del burdel, interesado en ocultar el suceso. Pero con Don Megalonio nada pudieron conseguir, porque ni los Treinta Tiranos de Atenas ni la Luftwaffe nazi, tirando de una cuerda al unísono en homérico símil, pudieran derribar su tenaz resolución. Las chicas menores de edad gritaban, los porteros trataban de actuar sin conseguir nada, Marcelo se eswcabullía entre las piernas de mujeres y de hombres, los miembros del gobierno protestaban y se abucheaban entre sí como ante una moción de censura, Don Megalonio tiraba aproximando el nudo al desenlace, y el fuego invisible de Vesta, el honor nacional, amenazaba con apagarse. En la calle se formó tal alboroto que las ventanas de los edificios, los balcones y las azoteas se llenaron de curiosos que, ayudados de cámaras y de reproductores de sonido, no querían perderse ni un detalle de la escaramuza, pues lo que todos presentían se había contrastado en el veraz instante del Escándalo. El tráfico automovilístico se interrumpió, Don Megalonio fue confundido con un terrorista barbudo o con un guevarista resentido de la época de la Crisis de los Misiles, los miembros del gobierno capturados en el burdel trataron de escabullirse y de abandonar a su colega deses`perado y solo en manos del revolucionario de única mirada, pero fueron cercados por legiones de guardias civiles y de periodistas que se aproximaban al lugar de los hechos como una plaga maldita de ruidosos murciélagos. El candidato de burdel retenido por Don Megalonio se tapó la cara con las manos, pero Marcelo supo darle el uso preciso a la linterna aprendido de Diógenes, e iluminó con resplandor de generoso voltaje la mueca cobarde del cacique sorprendido en flagrante y vergonzoso dolo de explotación de menores. Y, como logro triunfal de la Revolución –ante la cual quedaba avergonzada la expedición de Sierra Maestra de 1958, la rebelión del Congo de 1965 y la guerrilla boliviana de 1967-, de pronto un proyectil tomó tierra, expandió un estruendo explosivo que detonó en el silencio del recuerdo, y una humareda blanca en forma de seta repentina se elevó al cielo y ocultó al grupo bélico envolviéndolo en confusión. Marcelo, subido a un andamio, como el autor de aquel ataque, miraba con serenidad las banderas del horizonte. El humo se disipó y el grupo que peleaba reapareció de nuevo transfigurado por el resplandor de la bomba, con los cuerpos calcinados, pero cómicamente, por un polvillo blanco que los cubría. Un gigantesco saco de harina, elevado por una grúa de obra – Marcelo había descubierto el uso de aquel mando hurtado a las tinieblas- había caído desde la altura de siete metros en las proximidades del lugar de la reyerta y su contenido, propulsado por el golpe, se había liberado en el aire. Marcelo desde el andamio gritó:

  • El pueblo no pide muerte, sino vida; no quiere violencia, sino paz; no admite destrucción, sino que demanda alimento, por eso las bombas deben ser sustituidas por sacos de harina, y las guerras por el pan de los pobres.

Terminado este discurso que vale por las Filípicas de Cicerón y Demóstenes y por las promesas de Kennedy, un exaltado hizo sonar en una grabadora el himno nacional de Guatemala, y a continuación uno a uno de los presentes enharinados comenzaron a silbar y a gritar: “¡América libre!”, y se escuchó venido de un escondido callejón con pocas farolas y muchos gatos el bolero de la Sanduga con este estribillo: “Sandunga no seas ingrata / dueña de mi corazón”. El pueblo surgió de todas partes y algún que otro entusiasta lanzó un sombrero al aire.

  • Mira dónde los vemos a nuestros políticos – dijo un estudiante de farmacia que amenazaba con proclamar otro 68- Y qué pálidos se quedaron de la vergüenza.

  • ¿Conoces tú a ese peludo, cholo?- le preguntó otro estudiante al primero.

  • Que ni qué- aclaró el otro- Es el compadre revolucionario más barbudo que he visto en esta vida. Si será castrista, o sandinista, o farista. Qué bueno.

Al día siguiente, el diario Prensa Libre recogía este artículo bajo el titular “El Burdelazo”:

A las 2:25 horas a.m. del día de ayer, en la capital nacional hemos sido testigos de la mayor moción de censura de la historia de la democracia guatemalteca. Nuestros periodistas y colaboradores pudieron presenciar cómo un extranjero de apariencia revolucionaria a juzgar por su barba de varios años y por su extravagancia en el vestir, de una estatura apropiada para un jugador de baloncesto, arrastraba con arrojo y temeridad patriótica a nuestro querido Presidente de la República de la casa de citas LA GUAYABERA, conocida de todos nosotros, a la calle, entre rechiflas populares y gemidos del Ministro de Comercio y del Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, quienes a la sazón se encontraban en el mismo local en desconocidas circunstancias a la hora misma del ruidoso suceso. No bastaron las fuerzas del servicio del célebre burdel para contener la decisión kamikaze del revolucionario rebelde y sin afeitar, quien contra todo pronóstico se salió con la suya, reteniendo al presidente y mostrando su rostro acongojado a los ojos de la opinión pública. Y por si fuera poco, un niño de edad comprendida entre los siete y los ocho años que acompañaba al revolucionario -¿tal vez un esbirro prematuro?- participó en la identificación del violentado acercándole una linterna a la cara, y, su biéndose al andamio de la obra, dio lo que pareció ser un golpe de Estado anunciado con una detonación explosiva y que resultó ser un discurso pacifista anunciado con el estallido de un saco de harina arrojado desde la altura de siete metros con ayuda de una grúa, proyectil pseudobombardero que terminó enharinando al grupo de presión formado por el Presidente, el revolucionario y los dos ministros, que quedaron cómicamente caracterizados, como puede apreciarse en la foto principal. ¿Qué consecuencia les traerá a los ciudadanos este extraordinario acontecimiento? ¿Provocará la convocatoria de elecciones anticipadas o por el contrario aumentará la popularidad de nuestro ejecutivo? ¿Será del agrado de todos, o habrá alguno que no se ría? ¿No es justo que bauticemos a este golpe magistral como “El burdelazo”, y que sirva de precedente a las reformas que plantea la oposición? ¿Merecerá nuestro revolucionario una ovación o tal vez una acusación civil de infracción de un derecho contra el honor y la propia imagen que ha servido para despertar el adormilado sentimiento nacional en el pueblo? En breve, Dios mediante, nuestro reportero Toronjiles nos ofrecerá los datos estadísticos sobre el impacto de esta noticia en la ciudadanía media y nos deleitará con una de sus interpretaciones jocosas y humorísticas del Charro Malón, un clásico ya en nuestros reportajes de costumbres en los que, micrófino en mano, nuestro personaje se, bla, bla, bla, con ayuda de su inexcusable patatín y patatán”.

Pero ni Don Megalonio ni Marcelo tuvieron ocasión de leer el artículo, porque se habían ya despedido de Guatemala en dirección a Copán, en Honduras. La temperatura en las proximidades del Lago de Izabal era de veinte grados a la sombra. En las aguas de cristal móvil se adivinaban los peces, y como genios del lago, los capibaras, los roedores más grandes de la tierra, pastaban en la orilla y jugaban a perseguirse en los cañaverales. Aparte de una trucha sabrosa que pescaron y de un pescador asustado al que saludaron, no les sucedió nada digno de mención hasta llegar a Copán. A la sombra de la Cordillera de Merendón, la Acrópolis Maya habitada por las iguanas que se calientan al borde de sus piedras de silencio susurra en el desgate de una antigua lengua deshecha en el presente. Cinco grandes plazas engastan la Acrópolis, erizada de copayeros. En ella elevan la frente dos templos astronómicos, el de los Eclipses y el e Venus. El río Copán divide la Acrópolis en dos mitades y perfora la base pétrea de una ciudad a una anchura de 300 m y a una altura de 36, trazando una falla arqueológica como una herida de la tierra cimentada en la que aún pueden verse las pieles sucesivas y superpuestas de las etapas históricas, sucedidas como anillos de crecimiento en los árboles. La gran plaza o ágora – estableciendo el símil entre la sociedad griega y la maya, análogas en el clasicismo que superando el animismo primitivo, consiguen humanizar la naturaleza y prepararla para el advenimiento del misterio de la Encarnación, o al menos, del humanismo filosófico- se tiende como un océano de piedra lisa acotado por nueve estelas y altares de relieves que hablan por sí mismos en las figura que evocan desde los cuchicheos legendarios de antiguas generaciones una verdad siempre actual y duradora: la belleza del pensamiento – la única verdad de la vida, a decir de Keats-. La escalinata de los glifos, ese poema en piedra, levitando entre los acogedores árboles, yergue un calendario de escalones hacia la firmeza celeste, hacia el sereno abrazo de azul quieto servido por colonias de nubes portadoras de lluvia renovadora que acaricia las profundas raíces del relieve natural. Y los jaguares de otra escalera gemela, con manchas de obsidiana negra como el misterio, se refundían en la fiel firmeza de la piedra, voz del mundo silencioso. El Juego de Pelota, campo liso entre dos rampas, recrea la planicie universal del Desconocido, sobre la cual el conocimiento humano sitúa los ciclos móviles de los astros simbólicos. En el pasado precolombino de mitos telúricos precursores del mito definitivo del espíritu, dos jugadores, golpeando una pelota de caucho hinchado con la cintura, las rodillas, los hombros y los codos, trataban de hacerla pasar por un aro colocado en una de las paredes del terreno de juego, con el sentido de actualizar en una actividad deportiva los procesos aprendidos de muerte y resurrección: los jugadores eran los gemelos Principio y Final, la pelota era la vida y el campo era la totalidad del universo – para ser más precisos, la mente humana-. El juego repetía idéntico proceso, pero las fases del juego se alternaban en combinaciones infinitas e imprevisibles que podrían representar la diversidad de cuerpos, formas y animaciones del milagro natural. Marcelo obtuvo de su bolsillo una pelota de tenis encontrada en un patinejo de un barrio triste de Guatemala y pretendió recrear aquella partición del Pueblo del Maíz arrojándosela a su padre, quien se desvivía en movimientos de diestro tratando de atraparla en sus rebotes saltarines, pequeña y casi invisible como era, metáfora bien conseguida de la inocencia. Ver a nuestro coloso bailando y rodando por el campo sería acontecimiento que haría reír a muchos y, apuesta el sabido historiador de estas resplandecientes páginas que dos enemigos de guerra que presenciasen las cabriolas, las volteretas y las posturas monumentales de este deportista apocalíptico y profético, hubiesen firmado la paz con tal de no moverse de las gradas. Estaba a punto de terminar el set y Marcelo, de la risa, resistía con dificultades en el campo, no acostumbrado a un partido tan largo y a una carcajada tan constante que debilitaba los miembros de cualquier jugador, cuando el campeón del Etna, arriesgando un salto de tigre y ganando una caída de león se echó sobre la pelota en extraordinario placaje y la aplastó con el peso de su cuerpo, abriendo un boquete en la arena del campo que dejó su pecho incrustado en ella sin causarle ningún daño.

  • Con razón le llaman a esto tierra batida- insinuó jadeante por el esfuerzo que reclamaba medalla o advocación- Es este un peligrosísimo deporte que debiera ser abolido por una ley de expectativa internacional, porque su práctica, aún sin deseo competitivo, equivale al suicidio. Si yo, que tengo la piel como una correa, casi salgo malherido, ¿qué será de la juventud atrevida? Comprendo y comparto que en la sociedad maya el jugador derrotado en un torneo de calibre fuese condenado a muerte, siendo la condena este juego; lo que me cuesta comprender es que el vencedor aún pudiese conservar la vida después de este ir y venir de golpes.

  • Pero padre, has empleado técnicas de juego pertenecientes a diferentes disciplinas que no sé hasta qué punto pueden ser autorizadas por los reglamentos- objetó Marcelo como un miembro del COI (Comité Olímpico Internacional)- Tus carreras y saltos son propias y exclusivas del atletismo, tus saques del tenis, tus recepciones del voleibol, tus lanzamientos del balonmano, tus tiros del baloncesto, tus puntapiés de fútbol, tus baquetazos del golf, tus catches del cricket o del béisbol – algunos casi de sóftbol-, tus estrategias de ajedrez, tus inmersiones de waterpolo, tus placajes de rugby, tus cálculos de petanca. ¿Qué galimatías deportivo de propusiste?

  • El imprescindible para dar con un cuerpo sano en la sepultura – jadeó el Cíclope como un bandoneón de tango- ¡Qué deportes estos!

Fatigado de la cruzada, Don Megalonio se tendió en el terreno de juego, a la sombra de las rampas, con la amenaza de echar raíces allí. Marcelo le acercó a la boca una cantimplora de agua de una fuente próxima y él bebió unos tragos frescos con gesto moribundo. Padre e hijo se quedaron dormidos uno junto al otro, como dos enamorados, en una siesta olímpica y tan milenaria como las ruinas mayas que los rodeaban. Se despertaron oyendo gritos y ladridos lejanos, y sintiendo como si la tierra se removiese despacio bajo sus omóplatos.

  • ¿No es verdad, padre mío – casi parafraseó Marcelo el Tenorio de Zorrilla- que esas pirámides parece que se mueven un poco?

  • Supongo que estarás levemente mareado por el sueño, proyector de ilusiones – comentó su padre- si es que nos que no nos están recitando los Ecos del Corazón de Holz, también muy ilusionantes. Pero la razón desmiente esas imp`resiones escasamente reflexivas y no muy educadas, porque esas pirámides pesan miles de toneladas, y es precisa la fe de San Pablo para moverlas.

  • Pues yo te digo que se mueven, y he de recordarte que normalmente siempre acierto en mis testimonios, porque no tengo prejuicios como vosotros los adultos – se justificó el niño.

Y para corroborar lo dicho, la naturaleza entera asintió con la cabeza, y las montañas temblaron después de que las pirámides se hubiesen agitado. Bajo la tierra, una corriente de energía como un soplo fortísimo o como un dragón antiguo estremeció la piel del suelo. De lejos se oyeron más nítidas las voces. Eran pastores que, abandonando sus rebaños de ovejas y de vacas, huían en sus monturas gritando “Terremoto, terremoto”. Los cuervos y otras aves del cielo presentían el peligro, y avisaban con gañidos y trinos a los mortales. Una bandada de patos salvajes se disparó en el firmamento. Salieron martas, coatíes, raposos y tejones de sus escondrijos. Un armadillo de tres bandas se hizo una bola en mitad del campo.

– Hijo mio, eres el profeta más joven que conozco, ¿o es que la inocencia guarda un sismógrafo bajo la piel?- susurró el Cíclope, comvencido empíricamente, cual Tomás ante la llaga.

– La tierra tiembla- se asustó el niño, y se arrimó a su padre- ¡Tú también estás temblando!

– ¿Yo?- se extrañó el Cíclope- ¿Por qué iba a hacerlo? ¡Tienes unas cosas…! Anda, vamos a quedarnos quietos, no por temor, solo por prudencia. A cielo abierto estamos más seguros. ¡Pero qué tembladera es esa! ¡Tú sí que tiemblas más que la tierra!

– Pero no es por temor, es solo por prudencia- corroboró, metódico, el sereno niño.

A unos 50 Km de profundidad, a la altura del manto –en la orla del manto, podría decirse-, las tensiones producidas por el choque entre la placa de Centroamérica y la del Mar de Cortés a causa de la deriva continental impulsada por la rotación terrestre habían desencadenado un estremecimiento de la corteza del suelo como la contracción repentina de un músculo corporal. Desde el foco transformado en epicentro, las ondas P o de presión longitudinales se estaban manifestando, seguidas por las ondas S o secundarias transversales y por las L o longitudinales, las más dañinas de todas ellas. La tierra, cuerpo vivo en perpetuo movimiento, permite que los paisajes se mantengan reciclando constantemente los relieves, para conseguir que en el cambio se conserve la vida. En la deriva terrestre, las placas continentales, ligeras, montan a las placas oceaánicas, pesadas, que al alcanzar el manto se funden y emergen en forma de volcanes cuyas emisiones renuevan el aire de la atmósfera. En los terremotos se equilibran las placas de la corteza para evitar fisuras mayores que destruirían los ecosistemas de la vida y su milagroso equilibrio. Y para el hombre, príncipe de la tierra, las catástrofes sísmicas posibilitan una adaptación mayor al medio y un cambio de sus estructuras sociales, tantas veces corruptas o ineficaces en su función. En el pasado antiguo y aún en la actualidad, en regiones rurales, los terremotos eran y son considerados castigos contra las malas acciones. Y es que las conductas contrarias a la moral son motivo de comportamientos que desencadenan daños naturales que pueden afectar, sin que nos demos cuenta en un principio, al equilibrio de la tierra, de lo cual puede ser ejemplo el cambio climático operado en la segunda mitad del siglo XX o la contaminación de los mares. “Las catástrofes son una magnificación de las conductas desviadas de los hombres” pensaba Don Mrgalonio, “de no haber catástrofes, los hombres terminarían destruyéndose a sí mismos”. Marcelo, por su parte, meditaba a semejanza del Principito, sin comprender con su corazón de niño las maquinaciones de los adultos, que aspirando a comprar las cosas, se venden uno a uno y se traicionan sin saberlo: “La tierra es una para todos, y todos están divididos. Solo es capaz de unirlos un desastre como éste, ¡y ni en eso son capaces de pensar!”, se extrañaba, “¿para qué servirá estar divididos?”. Afortunadamente, aquel terremoto no era demasiado potente ni desde la escala Richter ni desde la de Mercalli. Al cabo de una hora, la corteza terrestre volvió a sosegarse, como si se dijese: “Bueno, por esta vez veamos si tienen suficiente con esto”. Y las cosas regresaron a su sitio, los animales a sus puestos y las montañas a su habitual quietud contemplativa.

Dejando atrás las ruinas mayas, Don Megalonio y su hijo, entre gañidos de guacamayos escarlatas que festejaban la paz de los reinos del Hades, hicieron los minúsculos kilómetros que los separaban de la aldea de Copán.

  • La verdad- confesó Marcelo, valiente ahora, con la cabeza muy alta y la mirada dura, como la del gobernador Gregorio Tinoco de Contreras al proclamar el 28 de septiembre de 1821 la independencia de Honduras en Comayagua – es que el incidente no era para tanto. Hubíésemos podido caminar de todas todas sin esperar tanto rato.

  • No decías eso antes- le advirtió su padre- cuando temblaba la tierra.

  • ¡Bah, vaya cosa!- le quitó importancia Marcelo sacando pecho a lo Francisco Morazán- Un temblorcito de nada. Ya ni me acuerdo de lo que dije, para qué vamos a andar removiendo el pasado.

Pero solo de oír un quejido en la hojarasca, Marcelo temblaba de pronto “sin saber por qué”, como él decía con flema de prócer.

Llegaron a Santa Rosa de Copán, capital de departamento con 22 municipios indígenas poblados de gentes amables y humildes que viven al día con lo indispensable. Hombres, mujeres y niños son de tez cobriza, más bajos que altos, trabajadores del campo, pequeños comerciantes, gente sencilla dedicada a labores milenarias y bellas en sí mismas, alejadas de la especulación industrial y del imperialismo bancario, gente que sabe más de la tierra que todos los laboratorios metropolitanos, mayas de todos los tiempos, misteriosos hijos del maíz de la paz, amaurotas de la Utopía de Moro convertidos en modelo de pueblos, personas cuyas manos han modelado la tierra. Como Santa Rosa de Lima, la primera canonizada de la América Española, son entregados a aquello en lo que creen, han sentido la necesidad y saben lo que vale cada cosa, no son frívolos ni murmuradores porque viven unidos en una comunidad de vínculos parentales en el respeto de los antepasados, el derecho más antiguo de la convivencia. Mienten poco, ¿por qué iban a hacerlo cuando todo ha sido puesto a su disposición para ser compartido como el pan que se parte? Antes de que le presenentasen de allende los mares a aquel hombre entregado por amor y elevado al trono del Ideal Divino, la imagen que abría los mares para unir a los pueblos, ya ellos conocían a Cristo: era el niño enfermo de peste al que alimentaban entre todos, la abuela que no podía moverse ya, el condenado por su propia culpa, el herido el hambriento, el extranjero que preguntaba por los valles y los montes, y cada uno de ellos, desde el más viejo al más joven. Por eso no les había costado asimilar su Forma Redentora, su cuerpo de Unidad en el Dolor del Desconocido clavado. Si existe un país de Jauja, donde los ríos dan leche y los jamones brotan de los árboles, si existe un Eldorado de prodigios, ese es Copán, y esas son las naciones indígenas de América, donde la pobreza no se conoce porque la alegría se comparte y se propaga sin saber cómo desde los cuatro puntos cardinales.

Creyeron Don Megalonio y su hijo que el terremoto habría producido una gran catástrofe en la bella Arcadia, como para afirmar “Et in Arcadia ego”, pero resultó que solo había demolido algunas casas viejas del centro, pintadas de colores que encendían el ánimo y disipaban el mal humor y el hastío de los núcleos urbanos. Aquellas casas necesitaban ser demolidas, y el terremoto, al igual que el cambio de piel en las serpientes, había facilitado la tarea de destruir las calaveras de la civilización envejecida, ya residuos acomodaticios, para colaborar en la composición de lo nuevo. No sé qué historiador de la Antigüedad habla del oráculo de Amón en Egipto, o tal vez sea de Osiris, de Apis o de Anubis- quién sabe a qué ídolo de la colección se refiere- y relata que cuando se le consultaba, la voz mentirosa e interesada de un falso profeta era conducida por una red de canales hasta el destinatario, amplificada y megafónica como una marcha triunfal, para sobrecogerlo de miedo y hacerle creer la mentira. Lo mismo ocurre con el periodismo ilustrado, dieciochesco, y con los mass-media, sus aliados, ingenieros de intereses y multiplicadores de chismes, que superan el trabajo concienzudo de millones de viejas murmuradoras. Las televisiones – esas alcahuetas ministeriales- conducen a los hogares una caravana de imágenes imaginarias que bajo la apariencia de información, difunden sucesos prefabricados y noticias en lata, como la cola con limón, para el consumo irreflexivo de quienes no han sido testigos de los hechos. Así, ignoro hasta qué punto parecerá verosímil este testimonio de nuestros héroes cuando el lector de imágenes babilónicas está acostumbrado a presenciar sin inmutarse asesinatos, demoliciones, catástrofes apocalípticas y terminológicas, fusiones de empresas, gritos en tres dimensiones, atentados, accidentes, golpes de Estado, reyertas deportivas, niños desnutridos, payasos atormentados, políticos bien comidos y con poca salud, naufragios, incendios, bombardeos, indigestiones, grita y zacapella, dimes y diretes, gladiadores de circo y hologramáticos superhombres livianos como sellos de correos. En las tiradas periodísticas los países del Segundo y del Tercer Mundo – los protectorados semiindependientes, la gentilidad, los bárbaros sometidos a los intereses de Roma, ya se llame esta Washington, Moscú, París, Berlín, Londres o Sydney- son pobrecitos y tristes, subdesarrollados, sin vacunas ni informática, y siempre piden de rodillas ante los ricos. No obstante, el testimonio veraz desmiente estas atroces manipulaciones: los indígenas no son en ningún modo subdesarrollados., porque cuentan con el respeto a sus tradiciones; no son pobres porque tienen la tierra, fuente de todo bien, y tienen manos para trabajarla, y tienen entendimiento para conocerla; y no están diezmados por epidemias de enfermedad, porque la naturaleza les ha proporcionado los remedios en millones de especies distintas de plantas a su servicio en las cuales pudieran perderse huestes enteras de Linneos, si no se contagian de la enfermedad de la codicia, columna de la economía de consumo cuyo Hércules es el préstamo financiero. Por esa y por otras razones, Don Megalonio tuvo que admirarse de la precisión de mirmidones – hormigas del trabajo, cual aquellas de las que naciera el pueblo de Eaco- de que disponían los hombres con pantalón de pana y camisa de lino y las mujeres con blusa de estopa, chaqueta de punto y sombrero panamá – una tradición lo relacionaba con la fertilidad- que colaboraban de albañiles en la reconstrucción de las casas demolidas. En el trabajo colaboraban todos, desde el más anciano al más joven, sin precisar la inversión de una obra social de ninguna Caja de Ahorros. Cuando Marcelo vio a un niño de su edad transportando uno a uno los ladrillos de una carretilla a las manos de un patrón que los distribuía entre los operarios, quiso participar también en la tarea. Don Megalonio se ofreció a subir y a bajar material a modo de grúa humana, y en poco tiempo se hizo lo preciso para reparar las paredes, abrir los vanos de las ventanas y echar los tejados. El esfuerzo coordinado de la comunidad revirtió en beneficio del pueblo entero, de tal manera que incluso apetecía no terminar nunca, para que una armonía tan concertada del pueblo permaneciese por siempre. Allí, un grupo de hombres – jóvenes y no tan jóvenes- hacían masa de barro y arena y colocaban ladrillos; allá un grupo de mujeres pintaban las paredes con brochas y cubos de colores; un poco alejados del grupo principal, los niños traían y llevaban herramientas que los adultos empleaban en las reparaciones. Marcelo trabó amistad con un colega de su edad que ya parecía todo un señor, y que portaba al hombro pico y pala como un soldado que desfila con fusil y bayoneta. El maestro de escuela, un caballero grueso y afable, con gafas de pasta, integraba el grupo, y también el médico, escueto, flaco, de mirada precisa y pocas palabras, y también el párroco, bien peinado y con cierta gravedad en el porte, aunque afable igual que el resto.

  • ¿A qué te gusta jugar?- le preguntó Marcelo a su amigo reciente con seriedad introspectiva.

  • Me gusta trabajar- le confesó él.

  • Pero, ¿y para divertirte?- insistió.

  • Esto ya es divertirse, ayudar a los demás.

  • Pero, ¿y para distraerte sin cansarte?- insistió el perplejo instigador.

  • Para eso mismito ya está la escuela- declaró el interlocutor saboreando una hoja de María Luisa, cuya savia tiene la propiedad de calmar el dolor de las heridas de las encías y de las muelas cariadas – En la escuela te enseñan cosas de todo el mundo. Y en la calle puedes jugar siempre que quieras. Se puede jugar en todas partes, pero en cada lugar hay unas reglas distintas que debes respetar para que exista el juego. De no ser así, no hay juego que pueda divertir. Pero dágame, amiguito, ¿y ese señor con tanta espalda y tanto pelo, es acaso su papá? Creo que fue el año pasado, vino acá un misionero de Tegucigalpa vestido de blanco con un crucifijo muy grande de plata que también ayudaba a la gente. Pero este no se parece nada a aquel en la ropa, parece un hombre venido de muy lejos, de sabe Dios dónde.

  • Es siciliano, y yo también- dijo Marcelo en perfecto casteellano, y agregó en un aparte asimilable a la lírica de José Trinidad Reyes- Sicilia está del otro lado del mar… Somos como de otro mundo.

  • Mi mamá dice que hay muchos que van de una tierra a otra, y se llaman emigrantes- explicó el niño hondureño- Van en busca de trabajo, porque en su tierra no se lo dan. ¡Parece un cuento de mentira! ¡Si trabajo lo hay en todas partes, no hay más que mirar para ver! ¡Y que no tienen de comer, cuando la tierra da tanto! ¿Quién puede creerse eso? ¡Alguien se lo inventa…!

  • No hay que hacer caso de lo que dicen los periódicos y los turistas- dedujo Marcelo con delicioso gesto de incredulidad- Hay gente que se divierte escuchando mentiras así, y de mucho escucharlas se las acaban creyendo.

  • Pues será eso, pero, ¿qué gracia tiene?- se preguntó el niño hondureño- Hay juegos que no hay quien los entienda. Será que los mayores de ese mundo tuyo se cansan de no hacer nada, de tantos periódicos como tienen para distraerse.

Terminada la restauración de medio pueblo, Don Megalonio experimentaba un hambre razonable. Consideró que tendría que pasar por el escándalo pecuniario en un mesón cualquiera entre bodegones y jugadores de cartas, y ya había asimilado su cruz cotidiana cuando escuchó que decían:

  • Padrecito, tenga la bondad de comer a nuestra mesa.

Miró al frente. Una madre de familia, con un bebé impaciente en el regazo que jugueteaba con un ramillete de orégano y flores de chirivita lo contemplaba con una sonrisa, sin extrañarse de su pelaje encharcado de sudor pringoso.

  • ¿Es a mí a quien se dirige?- preguntó con sorpresa- ¿Es usted humana?

  • Sí, señor, puede tener confianza. No disponemos de mucho, pero sabemos honrar a los que nos visitan y a los que nos ayudan.

Estos deben ser los habitantes más ricos de la tierra, porque hay que ver cómo comparten lo que tienen sin pedir nada a cambio más que lo que la convivencia sabe dar”, reflexionó nuestro Cíclope rascándose la cabeza. “Pueblo como este estará emparentado con la Arcadia, cuando por un error cartográfico no se hayan desviado los navegantes y geógrafos que la soñaron en el Peloponeso”.

A una mesa de nogal no muy grande en el centro de una cocina con horno de leña se sentaban diez personas: el padre, la madre, el abuelo y siete hijos, ninguno de ellos mayor de edad todavía, y aún quedaba espacio para Marcelo y para Don Megalonio, quienes completando la astronómica cifra de los Doce ocuparon cada uno una punta del trapecio. Se sirvió pavo con frijoles, fruta variada y unos cilindros de guaraná con mandioca, de un sabor parecido al del chocolate amargo. También se sirvieron yucas, batatas, ñame y tomates, para acompañar y conspirar contra el hambre. Los presentes comían espaciosamente, sin prisa ni hastío por alcanzar un rápido o por no haberlo alcanzado, se detuvieron a bendecir la mesa y a conversar de lo que habían hecho aquel día, su actualidad cotidiana y necesaria, en la cual niños y mayores habían intervenido sin haber sido intervenidos por un interés ajeno a ellos voceable a través de antenas parabólicas. Puesto que toda ciencia se fundamenta en la comparación, mientras Don Megalonio estrujaba frijoles entre los dientes se acordó del matrimonio estadounidense a cuya mesa también había comido, un matrimonio hedonista sin hijos que mantener y sin esperanzas que alcanzar, millonerio en soledad igual que este lo era en unión. “La riqueza está en el compartir” pensó, “la prosperidad y el desarrollo son la convivencia en la paz de lo sencillo y de lo cotidiano, en lo original y no en lo comercial, en el trabajo a precio de coste y no en el producto a precio de propaganda; si existe un progreso, es el individual en una comunidad de intereses, y el social solo puede ser el resultado de una suma de progresos individuales. Yo imaginé una revolución liberal, democrática y social en América, con derechos y garantías como en Europa, pero, ¿para qué? Los derechos y las garantías están aquí, estaban aquí antes de la llegada del Derecho Romano, son esta convivencia en comunidad, y la revolución empieza y termina en ver y en oír este milagro de sencillez, esta Edad de Oro, este “bienaventurado albergue a cualquier hora / templo de Pales, alquería de Flora”. En esta casa de Filemón y Baucis no es preciso abrir la boca para proferir un buen discurso, porque todo queda dicho con los gestos de cada día, y solo queda aprender en silencio, porque cuando pasen todos los intereses del mundo, quedará de nuevo esto, la convivencia en sí misma”. En mitad de la meditación, Don Megalonio tuvo sed y elevó el vaso para beber, pero tan ausente se encontraba que, inclinándolo para acercarlo a la boca, no cayó en la cuenta de que se encontraba demasiado lleno, y le chorreó en el pecho salpicándoselo todo, lo que equivalió a un despertar repentino. Marcelo olió la circunstancia y se echó a reír, y los niños presentes con él, y luego lo disculpó así:

– Mi padre es un pensador incansable. Siempre está reflexionando sobre cómo cambiar el mundo y a veces no sabe disfrutar ni aprender de él, porque al fin y al cabo el mundo es bello en sí mismo, y hay que ser humildes para entenderlo y dejarlo correr, de la misma manera que el agua del río. Desde que vinimos de Guatemala está pensando en hacer una revolución, y en vez de contemplar las cosas, piensa en su utilidad. Si ve una mariposa volar, dice: “qué combinación tan perfecta de colores, sería modelo para una bandera”; si ve nadar a un caimán, considera: “¿y una empalizada de dientes como tiene esa boca, no sería buena para un ataque?”, y todo lo dirige hacia su interés, en vez de diluirlo en tanta belleza como hay, que no puede contarse.

– Soy europeo, aunque cíclope, al fin y al cabo – se excusó Don Megalonio- y un lector entusiasta del Canto General de Neruda, y tengo demasiada sed de cambio, creo yo, aunque sé que el auténtico cambio empieza por uno.

Concluida la comida, un cerdo cimarrón que andaba suelto por el pueblo para la matanza según es costumbre, con ínfulas en los cuartos traseros y delanteros a modo de indicadores de pertenencia pública, gruñó desde la puerta. Los niños se levantaron y le sirvieron mondas de patata y restos de comida, que el animal engulló con mucho gusto.

  • ¡Pa’su, vean si traga!- exclamó un niño arrodillado, riéndose.

De la calle llegó una señora con la cara sudorosa que iba sonándose en un pañuelo y quejándose como si sollozara.

  • ¡Doña Bernarda, qué le pasó!- preguntó el señor de la casa.

  • A Rogelio fue que le mordió una culebra – gimió la mujer- Ya le pusimos una compresa de maíz con miel, pero tuvimos que levantársela porque le dolía más, y estamos rezando las letanías de la Virgencita pa que le pase el dolor.

  • ¿Pues cómo le hicieron eso? ¡Si el maíz no es para las heridas, si es el llantén y la maya!- protestó el señor de la casa, haciendo ademán de salir.

  • Yo no sé, Don Aparicio. Allí se presentó un hombre de la ciudad con un título, un doctorcito, y eso le dijo- se excusó la mujer.

  • Vámonos allá- dijo el señor de la casa saliendo.

Don Megalonio y Marcelo, al enterarse de la circunstancia, decidieron acompañarlos. Se adentraron en un dédalo de calles y llegaron a una casa pequeña pintada de azul celeste a cuya puerta, que permanecía abierta, ladraba un perro pelado. En el interior, apenas iluminado, donde la escasa luz brillaba en los cacharros innumerables de los anaqueles, se escuchaban gemidos procedentes de la habitación del fondo, un dormitorio de enfermo con una cama sin cabezal, con un Cristo tallado por manos indias en la pared e imágenes de santos en celebrado desorden sobre las cómodas y las consolas si barnizar, de palo mulato. A la derecha del enfermo, quien permanecía tumbado de espalda con las rodillas flexionadas y con la cara contraída por el dolor, un practicante joven examonaba su botiquín de emergencia sin saber a qué echar mano.

  • ¡Rogelio!- gritó Don Aparicio cuando vio a su vecino echado en cama- ¡Qué fue que te hiciste!

  • Ay, Aparicio, me mordió una culebra de pintas coloradas cuando venía de la obra- se quejó el enfermo- Por Dios, si puedes, quítame este dolor, que ya no resisto más.

  • Viene quejándose así desde hace dos horas- comentó el practicante, necesitando sentirse útil- Como en este condenado pueblo no hay un triste salicilato en la botica, ni rastros de antipirina ni fenacetina, pues a ver de qué modo se puede operar, porque está claro de más que estamos ante un cuadro de envenenamiento, pero ni suero antiveneno hay tampoco en la farmacia, así que tuve que proponerme estimular el vómito con esta cucharilla de plástico – y exhibió cual trofeo el arma- y estoy tratando de encontrar un enema para provocar la diarrea, pero a ver cómo se lo pongo a este paciente atípico, que se queja si se le mueve y que amenaza con deshidratarse ya. Como para no preocuparse.

Sin atender a la plática, Don Aparicio levantó la colcha y las sábanas y descubrió una hinchazón categórica en la pierna izquierda del enfermo, a la altura de la tibia. Una coloración rojiza con manchas blancas se sucedía hasta el muslo. Inmediatamente, examinó la herida y comenzó a succionar por ella veneno y pus, escupiendo en un orinal el contenido. El enfermo comenzó a revolverse de dolor. Entonces se buscó en los bolsillos y encontró unos capullos de marihuana, los quemó y los usó como inhibidores del dolor, dándoselos a fumar al enfermo y consiguiendo el efecto de una eficaz anestesia local. Acto seguido dijo a Marcelo, que estaba observando todo con detenimiento:

  • ¿Quieres ayudarme?- y antes de que dijese sí, agregó- Aprieta con fuerza la parte hinchada, calca igual que si estuvieses amasando pan. Y espera a que regrese.

El practicante quiso intervenir.

  • Déjese estar- le ordenó Don Aparicio- Con el niño me basta.

Y se fue a la cocina a preparar un contraveneno mezclando y combinando esencias de quina y álcalis diversos con el fin de neutralizar el ácido del tósigo y regresó con un jarabe que dio a beber al enfermo, ya más calmado. Luego cerró con una cataplasma de hulla la herida apretando la hinchazón todo lo que pudo para que el líquido fuese absorbido por el carbón, y no contento con esto, administró una infusión diurética de hijas de peral, parietaria, manzanilla y valeriana al envenenado. Con esta triaca, al cabo de unos segundos el paciente comenzó a orinar y vomitó dos veces, expulsando los restos de veneno que le quedaban en el cuerpo. Si el intoxicado hubiese aguardado dos horas más, el veneno le hubiese llegado al corazón causándole la muerte. Cuando los efectos adormecedores de la marihuana cesaron, el enfermo se incorporó y comenzó a hablar normalmente, declarando no tener ningún dolor. Todos se alegraron excepto el practicante, que no comprendía nada de lo sucedido y atribuía a brujería aquella curación repentina sin pasar por el diagnóstico.

– Precisamente – comentó sin saber muy bien qué decir- yo traté de administrarle una cura homeopática aprendida en un master que hice de mi especialidad, en vista de que no disponía ni de ácido acetilsalicínico, presente en todas las poblaciones más o menos civilizadas, pero el paciente no quiso entrar en razón y yo lo dejé como estaba. ¡En este cantón no hay ni un bote de penicilina! Me parece muy temerario que usted – le dijo a Don Aparicio- que no tiene título alguno acreditado, se meta a curar a enfermos graves con el riesgo que estos corren en ello. ¡Y que tome de enfermero a un niño, a eso sí que no le veo ni pies ni cabeza!

– Tiene su modo, señor doctor- le replicó Don Aparicio sin perder el tono educado, aunque la ocasión hubiese tentado a más de uno a hacerlo- Escogí al niño porque estos suelen hacer lo que se les ordena sin protestar, y en estos casos graves se estima esto en más que el ser graduado en Medicina.

– Fue un milagro de la Virgen, a la que me tengo encomendada- sugirió Doña Bernarda.

– Esto es mano de santo, Aparicio- declaró Rogelio, el enfermo- De no ser por ti, me moría.

-Quién sabe si no tendrá una recaída- observó con envidia el facultativo- Y después habremos de reconocer los méritos de la Medicina General, frente a la…- y soltó con un gesto de desprecio- alquimia curandera.

– En ese juicio se equivoca de plano- intervino Don Megalonio, cual un Febo greñudo y elegante- porque este Esculapio que acaba de realizar esta curación nada tiene que envidiar a las experiencias de Hipócrates, de Galeno, de Paré, de Laennec, de Harvey, de Bernard, de Jenner, de Koch, de Cajal ni de Ochoa, pues ellos empezaron de la misma manera: experimentando a partir de la naturaleza. Usted comete un error atribuyendo a la medicina química mayores logros que a la medicina naturista, porque todas las combinaciones y elementos que aísla en masa la industria farmacéutica se encuentran distribuidas en la tierra y en las plantas en las dosis nacesarias para servir de remedio a toda enfermedad. El considerar tan poco las propiedades curativas de las plantas indica un prejuicio de su formación académica en la ciudad, donde no ha tenido más contacto con la materia de estudio que las máximas y fórmulas de sus libros y, habitante de un núcleo industrial, no ha tenido en cuenta que las leyes de la ciencia se aprenden cada día en la naturaleza y que no se envasan ni se distribuyen en preceptos aprendidos de memoria, que si bien son más cómodos y rápidos de usar – como los kleenex o la comida en lata-, no evolucionan ni mejoran, y acaban siendo pervertidos por un uso mecánico y rutinario que no considera, ciego en su hábito, la aplicación al caso concreto. Esta fue la fue la acusación que Galileo le hizo a la física de Aristóteles, y que permitió que los experimentos de Isaac Newton dedujaran las variables que emplea la física actual, y la teoría cuántica de Einstein, partiendo de esas variables, consiguió descubrir otras nuevas. En definitiva, que ningún precepto de la ciencia, como precepto humano que es, es absoluto, y que el buen científico, así como el buen practicante de la ciencia, deben estar en continuo aprendizaje a partir de la fuente original: lo natural que nos rodea, para resolver el problema concreto y no anclarse en una solución formulística que no siempre funciona. Este hombre de aldea, aprendiendo de la tradición y de la experimentación, sin pasar por ninguna facultad, ha conseguido curar a un enfermo. ¿Qué importa lo demás, o acaso al enfermo le sirve de algo que se le lea de memoria el vademécum para que recupere la salud? Y yo voy a tomarme la licencia de comparar a este buen médico con Esculapio, patrón de la Medicina Griega, el primero que curó a los mortales del veneno de una serpiente, del modo que este lo hizo delante de un practicante, sin necesidad de encomendarse a San Cosme ni a San Damián ni a los dos juntos, y evitando al practicante toda molestia de intervenir en la operación.

Con esta disertación medicinal, Don Aparicio se puso colorado de vergüenza y el practicante también, aunque por motivos distintos: el uno por los elogios y el otro por las acusaciones.

  • Lo que no comprendo- balbució el practicante turbado- es porque, si sabían ustedes curar a este paciente, con qué motivo no me ahorraron el bochorno de esta visita, pues creo que no he pasado por tanta vergüenza desde que me examiné de anatomía con un catedrático que aprovechaba para reírse de los modelos de estudio y de la ignorancia del examinado… Apuesto a que la serpiente también estaba compinchada. En fin…

  • Su visita ha servido de mucho- reconoció el Cíclope sin ironía, kantiano- De no ser por ella no podría aprender nunca, o tal vez muy tarde. Debe alegrarse de haber hecho lo que ha hecho.

  • ¡Si no he hecho nada!- protestó el practicante.

  • Pero ha aprendido un método más eficaz que el que le enseñaron en su facultad- completó el Cíclope- Ha aprendido a no ignorar las experiencias naturales. Newton no aprendió más.

Esta experiencia de la curación de Copán pudiera figurar en las anécdotas de Valerio Máximo de no ser por el travieso anacronismo, pero disculpando este, incluso pudiera contagiarse – es un símil benévolo y terapéutico- a la prosa de Carlos Izaguirre, de Marcos Carías Reyes, de Jorge Fidel Durón, de Arturo Mejía Nieto, de Argentina Díaz Lozano o de Ramón Amaya Amador, entre otros narradores hondureños que hubiesen puesto su pluma al servicio de este relato.

La historia de Don Megalonio y de Marcelo da aquí un salto de canguro, y para ello es preciso referirse a otra anécdota que les sucedió al llegar a Tegucigalpa. En Comayagüela, después de haber comido y de haber pasado por el campus universitario hechos unos margraves, se toparon de manos a boca con una profesora de botánica muy culta y simpática, además de hermosa, con el cutis blanco y fino como el jazmín, con la boca pequeña y colorada y con los ojos limpios y dulces como los pensamientos de un niño. Los reconoció asegurando que había leído un artículo de una revista científica que hablaba de ellos, y les comentó que al día siguiente partiría en avión a Salvador de Bahía, para enrolarse en una expedición que tenía por objeto estudiar las especies vegetales de la Selva Amazónica.

  • Padre, yo admiro la vegetación- confesó Marcelo con la mirada suplicante.

  • Debe usted disculparnos- se excusó Don Megalonio comprendiendo la situación- Este hijo mío es fatalmente indiscreto. ¿A usted no le importaría…?

  • Desde luego que no. Será un placer- contestó la profesora acariciándose las puntas curvadas de su pelo mientras sonreía con la gracia de una Venus saliendo del tocador.

Al día siguiente, Don Megalonio, Marcelo y Graciela Elizondo- nuestra nueva y agraciada acompañante- partieron en aeroplano en dirección a Salvador de Bahía. Durante el viaje, nuestro Cíclope ya acostumbrado a la civilización y un tanto aburguesado en sus ademanes cada vez menos salvajes, habló con su compañera de las nubes con el lánguido tono ennuyé con el que Eneas refirió a Dido los desastres de la Guerra de Troya – la goyesca del tráfago cosmopolita no era menos bélico por ser más contemporáneo-, en tanto Marcelo, digeriendo unas palomitas de maíz, sonreía mirando con picardía de Cupido bravucón a la profesora, con la ilusión de una emotiva aventura. En una hora aterrizaron en el aeropuerto de la Ciudad de los Cien Campanarios, como fue bautizada la capital del Brasil hasta 1863, cuando fue relevada por Río de Janeiro, hasta que Brasilia, en 1959, asumiera definitivamente el privilegio de la capitalidad desde su selva de origen e inspirada por los colosos de Lucio Costa y Oscar Niemeyer, arquitectos sucesores de la magnificencia bizantina de Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto en el templo de Santa Sofía. La ciudad fundada por Tomás de Souza en 1549, ubicada en el centro de la Bahía de Todos los Santos en el estado homónimo, está dotada de un puerto de mar por el que a lo largo de siglos partieron y llegaron ultramarinos del Nuevo Mundo al Viejo y viceversa, tal que un Pireo de otro Mediterráneo, mano de un pueblo que se tiende a otro inaugurando un diálogo no siempre justo ni bien avenido, pero sí formativo y universalizador, como tiende a ser el lenguaje humano, espíritu de unidad pervertido en ocasiones por el fraude de la ley equívoca, retórica y manipulable. En esta ciudad marítima hay una acrópolis y una parte baja donde se ubica el puerto, con edificios emblemáticos tales como el Instituto del Cacao- semblanza de una Casa de Contratación-, el Puerto Moderno y el Puerto Viejo de Agua dos Meninos. Esta Lisboa americana luce sus casas solariegas, de abolengo patricio, en Vitoria, Graça, Barra y Barra Avenida, barrios un tanto apartados de las áreas obreras y de clase media de los Tainheiros. En Vitoria exactamente hemos de detenernos, donde nos espera una familia que nos aguarda con los brazos abiertos, con escudo de armas a la puerta y un cocodrilo rampante en las habitaciones. Pongamos por caso una mansión indiana, pongamos por caso una mansión indiana habitada por una anciana longeva, pongamos por caso una mansión indiana habitada por una anciana longeva de la estirpe de los Braganza, linaje de los últimos reyes de Portugal. He aquí nuestro prometedor destino. Doña Adelaida María Gertrudis da Concepçao de Braganza, dueña y señora de la Vila Rodrigues en el barrio de Vitoria ( Salvador de Bahía) es una señora viuda de edad comprendida entre un nacimiento y una muerte, para ser exactos- pues, ¿quién pudiera precisar los años de esta matriarca para la cual no hay noche ni día, solamente el indefinido plazo gestual de las estatuas?-, vestida siempre del mismo modo – con falda de volantes y chaqueta de franela de algodón de color lapislázuli, que para salir – cuando sobrepasa los límites de su jardín- se cubre con una pamela de ala ancha – para hacer honor a las terracotas de Tanagra- y se hace acompañar siempre de una criada joven que la lleva del brazo. Desde la muerte de su marido, en el año sesenta y cuatro, ha venido arrastrando una casta y castiza soledad apenas interrumpida por alguno que otro idilio de primavera, en el que un Werther multimillonario intercambia unos livianos billetes – ¡amorosos!- con ella y le ofrece, entre toneladas de flores exóticas que pronto se marchitan, un crucero rumbo a una Citera insular, un paraíso efímero y compartido hasta que los negocios transportan al galán añejo a su fuerte contable. El marido de Doña Adelaida y su cortejo de apellidos fue, históricamente, el empresario Getulio Brega, dedicado por herencia a la gestión de unas quintas cafeteras y azucareras de la Bahía de Todos los Santos, quien quiso emparentar su estirpe con la de los Braganza, hidalgos venidos a menos, cuyo brillante título nobiliario y ornamental no les servía para comer mejor que los plebeyos de la industria de Mercurio. En Brasil – legado portugués- un gran hombre se mide por su participación política, y el ambicioso Getulio Brega fue dos veces alcalde de distrito, diputado y casi ministro – peleó con saña dentro del partido laborista, pero fue preterido por un advenedizo sobrino del presidente- era diabético y apenas se cuidaba -, y de ser incorporado al panteón familiar por su devota mujer, que lo consideró siempre un Quirino de su casa. Nuestra ya querida profesora de botánica Graciela Elizondo tenía cierto parentesco lejano con la aristócrata, era su sobrina, hija de una hermana suya que había emigrado a Panamá y que no se había casado tan bien a juzgar por la familia del prócer, que veía en el dinero la brillantez imprescindible para revalorizar su escudo de armas. En el fondo, los Braganza eran actores de pantomima que se esforzaban por sostener una máscara heredada a pesar de que el sudor de la representación amenazaba con hacérsela resbalar hasta el suelo.

Nada más llegar a la mansión, la Dama de Honor besó y abrazó a su sobrina antes de detenerse a mirar a sus célebres acompañantes, quienes presenciaban el introito cortesano sin saber si entrar, si salirse o si quedarse.

  • Minha menina- le hablaba la matriarca a su sobrina- Qué guapa, qué cambiada estás. Cuando te vi por última vez no me llegabas a la cintura, y ahora…

  • Sí, sí, tía, el tiempo pasa… Bueno, para usted no, que está como siempre- contestó la sobrina sonriendo, sin saber tampoco cuánto duraría el reconocimiento- Le he traído a estos dos caballeros. Son viajeros del mundo, que salen en la prensa y saben muchas cosas.

  • Oh, qué gusto me da el verlos- musitó la dama ceremoniosa, y les tendió la mano.

  • Marcelo-le indicó a su hijo el confuso Cíclope en un aparte de camarlengo cardenalicio- Bésale la mano a esa señora.

  • ¿Yo? ¿Por qué?- replicó el niño.

  • Obedece, después te lo explicaré- contestó su padre, atosigado y lívido, aunque protegido del manifiesto apuro por la floresta de su pelaje.

Marcelo obró ciegamente. Asió la mano que le tendía la matriarca y comenzó a besuquearla una, dos, tres, cuatro veces, hasta que su padre se puso colorado hasta la raíz de los cabellos.

  • Es suficiente, hijo- lo avisó en voz alta- Nuestra anfitriona no está en edad de ser una reliquia.

  • Como me insististe para que le besara la mano- protestó Marcelo sin preocuparse por disimular, sincero como un Shevtchenko- Hacer una cosa irracional, sin explicaciones, ya ves lo que da de sí.

Don Megalonio diera lo que no tenía porque se callase, pues aunque era Cíclope provinciano, quería pasar por hombre de mundo. Era un capricho que nunca lo había abandonado. Pero la elegante e ilustre señora, con la diligencia de un apuntador, salvó el debut del actor novato y celebró su anticlímax, que traía un soplo de aire fresco al hieratismo de la comedia.

  • ¡Qué niño tan simpático!- observó.

Don Megalonio se adelantó a reparar el entreacto e, hincando la rodilla en tierra, como un peregrino de Jerusalén, le besó los anillos uno detrás de otro, inclinando la espaciosa calabaza de su cabeza como una montaña humilde.

  • Mi nombre es Polifemo Megalonio, soy un cíclope de Sicilia por otro nombre conocido como “El Cíclope Dandy” – parlamentó el arrodillado.

  • ¡Un dandy!- exclamó con empalago la señora de Braganza- Se parece usted a mi difunto marido entonces, que también era galante como usted. Minha filha- se dirigió a Graciela- Me has traído a un buen pretendiente, desde luego.

Cuando este requiebro escuchó, Don Megalonio retrocedió como electrocutado por una descarga de alta tensión, y no era poca la que experimentó al imaginarse de la mano de aquella metopa fantástica como el tiempo pasado caminando por un jardín caduco de invierno, entre los sueños del antes y del después, entre ideales fugitivos, sin poder aterrizar en la fuente del AHORA. Se preocupó tanto de que aquella mujer antediluviana pusiera sus ojos en él, que se contagió de una timidez desconocida que le hacía bajar su pupila única y reflexiva ante las miradas sugerentes de la ninfa prehistórica.

Se sentaron los tres en un salón de amarillo Utrecht con bibelots de plata, marfil y nácar, con chiffonieres, cómodas y consolas de aquella madera exótica y olorosa de color llama que le había dado nombre a Brasil. Una pianola blanca Erard conversaba con un confidencial de piel de foca; las paredes estaban tapizadas de lienzos y de fotografías novelescas; de una galería resplandeciente emergían verdes matas de plantas tropicales: la araucaria, el mate, la palma, el ateje cubano, la capuchina o tropaeolum, la pilea repens, la higuera del caucho, la cuphea ignea de flores tubulares, y otras especies que encendían su verdor edénico de propiedades relajantes; se escuchaban trinos sordos de periquitos y de cotorras, y de vez en cuando, entre el gong pendular del latido de las horas en los relojes se elevaba el solo argentino de un jilguero cautivo en la galería. Describir la estancia de trastos infinitos es tarea de un paciente matemático o de un tantálico científico, por lo cual abreviaremos esta imposible enumeración.

  • Me parece usted muy interesante, Don Megalonio- musitó a media voz doña Adelaida.

  • Me alegro de que le guste- declaró el aludido con las manos fortificadas de galantes garras sobre sus rodillas espaciosas, complacido en ser considerado un regalo para una mujer de tanta alcurnia y de tanto abolengo de años y aún de siglos.

Doña Adelaida miraba a Don Megalonio imaginando no ser real lo que veía, y Don Megalonio estaba en las mismas, considerando irreal la pieza de museo que suspiraba imantada por el asombro enriquecido al ser mutuo y prácticamente simbólico.

  • Padre, ¿qué reflexiones te han dejado tan pasmado? ¿Has perdido algo en esta casa?- preguntó Marcelo, un tanto irónico, mientras saboreaba un pan de azúcar con sabor rancio que le había servido la noble dama para agasajar su real inocencia, de ningún modo fantástica.

  • No he perdido nada, hijo mío, y cuando lo perdiese, ¿cómo podría encontrarlo en los brillantes camarotes de esta arca rescatada del naufragio de los tiempos, abundante en misterios como el fondo de los mares que se asoman a los ojos de esta noble señora?

El mar no se asomaba ya por los ojos históricamente azules de doña Adelaida, más bien lo hacía un gris de cielo antiguo disecado que evocaba la mañana nublada de Waterloo en la que perecen los imperios de este mundo que nos despide rumbo a la gloria del otro, pero ella festejó igualmente estas muestras de afecto de paladín de justa con benévolas dioptrías.

  • ¡Qué fidalgo tan bien criado me has traído , sobrina!- habló doña Adelaida catando a su Casanova de un solo ojo- Mi marido…

Y aquí empezó una retahíla ganchillada de anécdotas, gracias y panegíricos de su difunto esposo que se perdían entre batallas de la Antigüedad y de caprichos medievales, donde aparecía guiando las huestes de Alejandro Magno en dirección al Hidaspes, o demandando el Santo Grial extrajudicialmente en compañía de Lanzarote del Lago, de Lohengrin o de Tristán, o sujetándole el cuerno a Roldán en Roncesvalles – interpretándolo canónicamente-, o ayudando a Colón a descubrir América, o viajando en la máquina del tiempo, que jamás se avería, de aquí para allá, mareado por tantas hazañas. ¿Qué hacer con aquella Isocratea que había edificado el mausoleo de su marido en su propia lengua, cómo detener el discurso de tanta historia, más difícil aún que detener el tiempo mismo? Don Megalonio recordó la fábula anglófila y afortunada “The Time Machine” del novelista H.G.Wells, evocó la tesis de Bergson sobre la subjetividad del tiempo, la “Refutación del tiempo” de Borges, la teoría física y mitológica de la relatividad de Einstein en la que el tiempo es un factor variable, las memorias poéticas de Proust y la Creación Bíblica, en la que el tiempo emana de la Palabra. Sí, en verdad el tiempo era una máquina de repeticiones fabricadas por el despertar del sentimiento que hacía nacer la memoria, el latido del corazón de la vida, la medida de las cosas, imperturbable como nosotros mismos, y por eso las épocas de la historia pasan cual si fuesen sueños destinados a renacer en el océano aún inestable del futuro, y por eso los recuerdos se confunden con la fantasía, y lo imaginado es tan real como lo visto, porque ver es una forma de imaginar.

Se miente más de la cuenta

por falta de fantasía:

también la verdad se inventa.

Nunca el tiempo ha pasado tan deprisa como en la época de la investigación y de la técnica” recordó que había pensado Don Megalonio en una ocasión ya imaginaria. “Parece que cuanto más se investiga, más se recuerda, porque todos los descubrimientos suceden en el pasado, y la épica del futuro es un regreso restablecido de la épica de nuestro primer despertar. La nobleza de un pasado glorioso, el escudo de armas de un buen recuerdo, ¿no es la fe en un futuro, el linaje emotivo del tiempo? Pero esta viuda, en el laberinto de su soledad lo mismo que la Úrsula de García Márquez o la Sofía de Carpentier, evocando en una habitación a los muertos con la sigilosa costumbre de una sibila, hila la trama de una mortaja como una araña melancólica, sin decidirse a rehabilitar sus esperanzas en otra persona distinta de su criada fiel, porque ha puesto su corazón en el dinero, destinado a envejecer, y no en las personas, destinadas a renovarlo. No nos envejece el tiempo, envejecemos nosotros cuando no somos correspondidos por lo que amamos, y cuando nuestro amor se queda encerrado entre las cuatro paredes de un deseo insatisfecho, aunque esas paredes sean tan esplendorosas en sombras mágicas de época como estas”.

  • ¡Mi padre ya se ha puesto a pensar otra vez! ¡Debe ser que está enamorado!

  • Marcelo, no seas temerario- lo amenazó Don Megalonio.

  • Es muy galante- comentó Doña Adelaida evocando las machucas de su lejana juventud- Mi marido también lo era.

  • ¡Ya sabemos cómo era su marido!- protestó Marcelo- ¡Hable de otra cosa! ¡Tiene que haber algo más en el mundo!

Graciela y Doña Adelaida estallaron en risas, y Don Megalonio sintió vergüenza de nuevo.

  • Tú nos vas a meter en donde no sepamos salir, pequeño kamikaze, ninja que caminas sobre hojas de loto. ¿No te das cuenta de que son dos mujeres contra dos hombres, y ni el uno ni el otro, ni los dos juntos uniendo nuestras fuerzas, podemos vencer su pertinacia? Sé prudente, pues te persuade la voz de la experiencia, y no avives el fuego de la contienda, que de las contiendas han venido las grandes catástrofes.

Así habló Don Megalonio cual consejero de guerra, pero ni por esas dejaba Marcelo de meterse donde nadie lo llamaba, como buen impertinente que era. La conversación derivó o afluyó – no podía ser menos- a la intrincada materia testamentaria, en la que doña Adelaida vertía el flujo piroclástico de sus remotos epitalamios y de sus remotísimas cartas de amor de su belle époque, ya fábula de fuentes. Sacando de un cajón cerrado bajo llave lo que parecía ser un becerro de behetría, leyó las cláusulas rítmicas de un interminable testamento por el que declaraba entregar la casi total masa de sus bienes a su sobrina Graciela Elizondo, su heredera familiar más directa, exceptuando algunos legados destinados a la Iglesia y a algunas instituciones de beneficencia, tales como la organización no gubernamental Manos Unidas, y otras como Amnistía Internacional. Marcelo contaba las sílabas de cada cláusula aguardando una rima final, creyendo que aquel testamento sería alegre como el de Villon, pero allí todo eran propiedades y títulos y bienes raíces y algunos sin ellas. En mitad de la lectura abrió la boca con un bostezo salomónico en clave de sol que interrumpió las cabezadas del réquiem y forzó a decir a Graciela que ya leería con detenimiento las últimas voluntades de doña Adelaida antes de acostarse – ni el opio era tan somnífero- para que cuando sucediera el hecho definitivo de la madurez del fruto supiera a qué atenerse. Con esto quedaron las dos contentas y Marcelo liberado de una gravosa deuda de atención. Comieron en el manoir de doña Adelaida aquel día y durmieron en sus aposentos refinados aquella noche. Solo Dios sabe las veces que Marcelo se levantó de noche para orinar, únicamente por el placer de ver chorrear el líquido sobre el recipiente de plata con las iniciales de los Braganza. Don Megalonio tuvo sueños de grandeza: se situó ayudado por Morfeo en cada uno de los estados del Brasil, en Amazonas, en Acre, en Río Branco, en Pará, en Amapá, en Rondonia, en Mato Grosso, en Goiás, en Maranhao, en Piauí, en Ceará, en Paraiba, en Río Grande do Norte, en Pernambuco, en Alagoas, en Sergipe, en Bahía, en Minas Gerais, en Espíritu Santo, en Río de Janeiro, en Sao Paulo, en Paraná, en Santa Catarina y en Río Grande do Sul, acompañado del emperador Pedro I hijo de Joao VI de Portugal, quien le mostraba con cetro, corona y manto de armiño, absoluto y absuelto cual Luis XIV de Francia, un imperio ultramarino de misterios vegetales y de barrocas selvas vírgenes que se multiplicaba en montañas y valles en una perspectiva rafaelista de lienzo sacro, cual un Tabor de transfiguradas maravillas.

Al despertarse con el amanecer adelantado se despidieron de doña Adelaida y de su mansión encantada de reliquias y caprichos gautierianos, y tomaron en el aeropuerto otro avión para Amazonas, donde Graciela y sus dos lucientes acompañantes se encontrarían con un equipo de expedicionarios preparados para adentrarse en la jungla. Durante el vuelo, Marcelo estuvo muy ensimismado, filosofando con la mano en el mentón. Don Megalonio le preguntó a qué era debida su metafísica introspección. Él no respondió nada, pero miraba de reojo a Graciela, que leía una revista científica con unas gafas que le quedaban como anillo al dedo, seductoras cual la cabellera de Berenice.

  • ¿No te habrá impresionado el testamento?- le sugirió el padre al hijo.

Marcelo negó con la cabeza rotundamente, acordándose de la prisa que pasó con su lectura talmúdica y repetitiva, contemplando el cielo abierto sobre la tierra blanca del País de las Nubes, Tule atmosférica e impecable que podría caber en una estrofa de Matthew Arnold. Aterrizaron en Manaus sobre las once y cuarto de la mañana. Llovía fuertemente, con ese aguacero impetuoso típico de las regiones ecuatoriales, a una temperatura de unos 28 grados Celsius. En el aeropuerto, catedral de máquinas volantes, ya les estaban aguardando los expedicionarios. Eran dos hombres y dos mujeres: un negro amulatado llamado Felipe Suares, un hombre con cara de palo que resultó ser un crítico literario y dos espeleólogas, la una americana y la otra francesa, la una rubia y la otra castaña, acostumbradas a los desniveles y equipadas para los descensos. Se alegraron mucho de ver a Don Megalonio y a Marcelo, porque también los conocían y los admiraban, aunque el crítico no las tenía todas consigo. Trataba de ser cortés, pero se le escapaba la malicia entre los dientes. Había que comer y tomar un rápido hacia Vista Alegre, en Río Negro. Mientras tomaban un refrigerio en el restaurante del aeropuerto, el crítico buscó la manera de hablar a solas con Don Megalonio y con Marcelo, cortando la conversación con los demás en un disimulado aparte.

  • He estado leyendo las vidas de ustedes en la Crónica de Literano- subrayó con la prosopopeya de Benito Teixeira y con las pretensiones de exactitud de Manuel de Moraes- He tenido tiempo de hacer algunas observaciones para el suplemento cultural del Jornal do Brasil.

  • Nos alegramos mucho- declaró Don Megalonio mientras digería la freijoada, en nombre también de Marcelo, ocupado en masticar una patata rellena.

  • El autor ha sido sin lugar a dudas un hombre sagaz- continuó el crítico, preparando la embestida a imagen del carnicero que afila el cuchillo antes de clavarlo en la carne tierna del animal sacrificado al hambre- Ha combinado magistralmente las escenas de los personajes para darles vida fresca en cada capítulo o sección, pero ha repetido el esquema binario del Quijote de Cervantes, y ha copiado el humor nacional de nuestro querido Alfonso Henrique de Lima Barreto y su imprescindible sátira “El triste fin de Policarpo Quaresma”, además de mezclar una novela psicológica proustiana con un escándalo narrativo de Joyce. El protagonista –usted, Don Megalonio- no es más que un mutante redefinido de la Metamorfosis de Kafka, una cucaracha de la alienación.

  • Yo no soy ninguna cucaracha, caballero- se quejó Don Megalonio, democrático.

  • Es una manera de hablar- continuó el crítico enfureciéndose a medida que argumentaba- El caso es que es un ser fantástico inspirado por si fuera poco en la mitología griega, muy borgiano, con el sarcasmo de un Luciano de Samosata. Tras la época decimonónica del realismo con sus investigaciones científicas newtonianas nos atiborran con el realismo mágico inspirado en la física cuántica de Einstein, y ahora sale usted predicando en el desierto los dogmas de fe de Adán y Eva. ¡Es un anacronismo de ese autor tramposo y bromista! ¿Será una conspiración jesuítica vengando los éxitos de la escuela de Voltaire? ¡Y ese niño que lo acompaña es un estereotipo de la infancia, sin voluntad de acción, que opera como un mecanismo, y no llora ni ríe, ni corta ni pega, y se está con los brazos cruzados toda la novela, solo abriendo la boca para decir: “qué linda es esa mariposa” o “Papá, ¿qué significan las enaguas de esa mujer?”, y así todo.

  • ¿Que yo no tengo voluntad y soy un mecanismo?- se encendió en ira Marcelo- ¡Mecanismo lo será usted, mecanismo de decir tonterías para llenar de frivolidades los periódicos! ¿Cómo que no lloro ni río, amargado cizañero, cómo que solo pregunto lo que le preguntarías a tu padre después de identificarlo? ¿Qué has leído tú de nuestra historia de lo que puedas opinar, deformador de mensajes, sanguijuela del morbo, paniaguado de las redacciones y cortesano del público, cuando pretendes amoldar la maravilla de lo natural a tus esquemas falsos entresacados de la moda de los intereses? ¿No me escuchas hablar ahora y no para decir “qué linda es esa mariposa” sino “qué imbécil es este crítico”? ¿Eres humilde acaso para comprender lo que no conoces, tribuno hipócrita de la plebe, o te envaneces en la sarna de tus prejuicios, que te tienen tan picante?

  • Todo lo que dices está dictado de antemano- protestó el crítico, envalentonado por la ira de su adversario.

  • ¿Ah sí?- replicó el niño- Pues entonces no podré reprimir este gesto.

Y tomando de la mesa un bol de ensalada, lo encestó en la cabeza del crítico maldiciente, que se quedó con el rostro ungido de aceite y de vinagre con la lechuga y las hortalizas chorreándole por las sienes que por vez primera daban fruto en abundancia. Bien aliñado, el crítico se crispó y quiso vengarse, pero sus compañeros de equipo lo persuadieron de la opinión de que él tenía la culpa de todo, porque era él y no otro quien con injustas y agresivas reprensiones había encendido la mecha del conflicto y había servido la envenenada manzana de la discordia. “Además”, lo advirtió el mulato Suares, “este es un buen entrenamiento para nuestra ruta por la Amazonia, donde hay que estar prevenidos para los peligros que nos acecharán, y conviene mantener la calma ante los imprevistos”.

– Ocurre, señor crítico, que el criterio se aprende despacio, desde el estudio, el respeto y el compromiso, y nunca desde la envidia, la falacia y el prejuicio- apuntó Don Megalonio, modulando la voz, la cual llegó a parecer una composición musical de Heitor Villa-Lobos – Para empezar, el autor de nuestra biografía no es un actor, sino un historiador, porque el Arte consiste en eso, en historiar la vida para descubrir una nueva facción de la verdad, y sus interpretaciones y recursos están sometidos a esta norma, y la ficción y el fingimiento son amplificaciones que confieren forma a una sola nota que destruye el silencio de la rutina del no decir nada, para pronunciar el mundo desde otra mirada que lo explique a partir del testimonio de lo bello, cada uno de los infinitos pétalos de la verdad que siempre está mostrándose sin darse por completo, con el fin de que podamos amarla y comprenderla. Las escenas de la vida se parecen tanto unas a otras que es lógico que se les encuentre parentesco y afinidad: nuestro diálogo resulta en ocasiones tan ingenioso e irónico como el de Don Quijote y Sancho, el discurso de la historia puede coincidir con el de Proust en el simbolismo de los recuerdos, con Joyce en la musicalidad armónica de su devenir, con Kafka en su maravilla y su condena y con Luciano de Samosata en su pretensión satírica y filosófica, sin que llegue a identificarse con ninguno de ellos, como nuestros gestos no se identifican con el de nuestros antepasados. Somos únicos e irrepetibles, imprescindibles e irrenunciables, y el Arte así debiera retratarnos como testimonio de historia.

El crítico, de nombre Filiberto Reis, se relajó con aquel sermón y recurrió a los honores del lavabo del retrete para despojarse de su guirnalda de ensalada y para borrar la señal aceitosa de su pringoso juicio.

Pasados dos días residiendo en el hotel de Vista Alegre, ya pertrechados de los bártulos de exploradores de la jungla, nuestros héroes inauguraron con el equipo directivo de la complicada empresa la Ruta de la Aventura. Marcelo, al poco de ver la complexión adecuada de las tres ejecutivas del bello sexo, lindas igual que las Tres Gracias, deseaba que le sucediesen aventuras y más aventuras, situaciones al límite de la cortesía que provocasen un acercamiento a sus compañeras con el fin de estrechar los vínculos y de reforzar las alianzas. Comenzaron el viaje por Manacapura, en plena selva virgen, a las orillas del río más caudaloso del mundo, el Papaloapán, bautizado por Francisco de Orellana con el nombre de Río de las Amazonas al contemplar de cerca a una hueste de mujeres indias con los cuerpos desnudos y atléticos bañándose en sus aguas azules, a semejanza del pueblo legendario de mujeres caiucasianas instaladas en Capadocia en tiempos heroicos griegos que combatían desnudas o semidesnudas en sus territorios. Vieron caimanes y delfines rosados de agua dulce en el curso bajo del río, algunas nutrias gigantes que se amodorraban sobre las hojas de nenúfar flotante del tamaño de góndolas venecianas insinuando sus barcarolas de gruñidos ininteligibles, oyeron los aullidos profusos de los monos del sotobosque –friso de verde sombra- que competían entre sí como tenores de ópera. La Amazonia es similar a una Ciudad de Revelaciones donde todas las cosas existen en un armonía magnificada, coral y orgánica de infinita variedad. Los insectos e invertebrados sigilosos cual el tictac de los relojes, inspirados por el clima ecuatorial, tienen un tamayo mayor que en otras partes del mundo: hay cucarachas de charol pintado como una bota, libélulas que parecen dagas volantes, milpiés gruesos que recuerdan a cilicios de fraile, tarántulas en forma de manos que recorren la selva. Entre los árboles abundan los cocoteros y las palmeras milenarias, amenazados por el abrazo mortal de la higuera trepadora. Don Megalonio se encontraba en su ambiente, allí en el recinto salvaje, en el templo de los troncos, las lianas y las hojas, en la fastuosidad de lo inmensurable. A Marcelo, como niño que era, se le antojó subirse a una hoja de nenúfar abandonada en un meandro del ancho río donde la corriente se detenía, y allí se quiso quedar durante una hora en la postura de Buda, apacentando los rebaños de capibaras que surcaban las aguas mascando su ración de plantas acuáticas, en tanto la expedición se interrumpía para saborear las delicias de un almuerzo campestre. El ágape resultó difícil, porque mientras los exploradores, incluido Don Megalonio, digerían los manjares, varias falanges de hormigas soldado, terribles en su plaga de picaduras, invadió los manteles y se apropió de la comida. Las hormigas avanzaron como ejército asirio o norteamericano en apretada formación devastadora, sin encontrar obstáculo en su camino, ni escorpión, ni ofidio, ni oso hormiguero. Don Megalonio juró aplastar al ejército usurpador en una guerra sin cuartel, arriesgando su propia piel en la campaña, y para ello se tumbó en el suelo y volteando su cuerpo cual rodillo de máquina de guerra deshizo las formaciones, dispersó a los soldados y aplastó a la infantería de las obreras, hirió a los capitanes y desconcertó a los generales que no supieron repeler el ataque de un enemigo que estaba en todas partes. Ni Valturio ni Leonardo da Vinci diseñarían un artefacto tan eficiente para acabar con las guerras, con la solidez de un tanque y la agilidad de un misil. En vano trataban de herir las hormigas la correosa poel del Cíclope, impenetrable como las armaduras de Cigno o de Ceneo, y la sangre de los guerreros teñía la hierba. Ya iba a cantar victoria Don Megalonio cuando escuchó un grito de Marcelo desde el espejo fluyente de las aguas. Una anaconda de diez metros de eslora bogaba en dirección a su fragata vegetal para abordarla. Don Megalonio se arrojó al agua de cabeza ocasionando un tsunami que hizo tambalear la embarcación de Marcelo, atrapó a la serpiente por la cola y la obligó a retroceder, pero la anaconda pintada de óvalos negros sobre fondo amarillo retrajo sus anillos y se asió al cuerpo sublime de Don Megalonio con deseo ardiente, con la intención de estrangularlo entre abrazos y otras muestras de traidor afecto. Toda la expedición gritaba y elevaba al aire ayes lastimeros de coro de tragedia mientras el Cíclope, Apolo disforme de aterciopelada piel, se deshacía de la Pitón de Delfos amenazándola con estas aladas palabras:

  • ¡Oh tú, Usura de financieras tretas, no me entregaré a ti, por mucho que me aprietes! ¡De poco te servirán esas mañas para ahogar mi buena voluntad, mal de los siglos, codicia de los bancos inventados en el siglo doce, metamorfosis de los más bajos instintos de todas las suegras del mundo! ¡Que me sueltes, te digo, trama de fraudes y culebrón de robos! ¡Mi amor está reservado para otra, en vano insistes con anillos y más anillos!

Parece que la anaconda reaccionó a estos reproches, porque comenzó a aflojar las ínfulas con que tenía adornada a su víctima y se retiró al agua con ligereza de bala. Sobre los lomos escamosos llevaba clavada el asta de una flecha disparada por un desconocido. Todos miraron hacia el claro de la selva que señalaba Marcelo. Allí se mostraba un indio yagua, desnudo de cintura para arriba, junto a una mata de barba del monte, con una cerbatana a la altura de la boca. Le hicieron señas de que se acercase. La chica norteamericana había estudiado en Columbia la lengua de los yaguas y pudo intercambiar algunas palabras con él. Dijo que en aquella región de Río Negro abundaban las anacondas, y que él procuraba ayudar a todos los expedicionarios que se adentraban en la comarca por el hecho de ser seres humanos como él, aunque bien sabía que los extranjeros no solían originar más que problemas y conflictos de intereses con la población local, y que ayudarlos equivalía a tenderle la mano al diablo.

  • Con nosotros no tendrán problemas ni usted ni su comunidad- lo tranquilizó la norteamericana- Somos naturalistas que hemos venido a aprender, no a negociar.

El Hombre de la Selva se ofreció a guiarlos en su ruta y a advertirlos de los peligros, siempre y cuando le regalaran algo de lo que llevaban para mostrárselo a su tribu. “Es bueno que las culturas se conozcan. Nosotros tenemos esa costumbre de intercambiarnos conocimientos desde antiguo”, explicó, y Don Megalonio lo relacionó con la costumbre que tenían los griegos de copiar los libros de los extranjeros que visitaban sus regiones.

Atravesaron el verde laberinto sin cortar ni una sola rama, merced a la pericia del Hombre de la Selva, quien condujo al equipo de exploradores, diligentes cual los Argonautas o los hombres de Humboldt, por las orillas de los furos o brazos de río, de las várzeas o llanuras inundadas, de los paranás o furos que cortan los bancos que forman las várzeas, y de los igarapés o canales construidos espontáneamente por las colonias de nenúfares flotantes. En los árboles altos chillaban los uacaríes, simios de cabeza pelada y de cara roja cual máscara de comedia, silvanos de las alturas que interpretan una atelana continua. Las ranas de ojos rojos saltaban entre los árboles perseguidas por serpientes voladoras. Incontables especies de lagartos – basiliscos, iguanas, geckos, agámidos- trepaban por los troncos erguidos en un ballet de cromatismo fauvista y naïf como si hubiesen saltado de un cuadro de Matisse o de Henri Rousseau. Comenzó a llover. El Hombre de la Selva no pareció darse cuenta: era un acontecimiento diario. Una algarabía de tucanes, hoazines, papagayos y otras aves se despertó en la crucería de las cúpulas verdes y tornasoladas. En mitad del río se alzó lo que aparentaba ser una silueta humana con un niño en brazos que cantaba como una sirena. Marcelo se tapó los oídos recordando la fábula que había escuchado de su padre, pero el Hombre de la Selva explicó que la silueta correspondía a un manatí, mamífero acuático que vivía en el río y que tenía la costumbre de sostener a su cría en las aletas para amamantarla, a imagen de una madonna florentina. Por esa razón los españoles que habían visitado desde Europa por vez primera El Río de las Amazonas habían bautizado a la criatura con el nombre de manatí, que significa “ser dotado de manos”. En las proximidades de Cachoeira Ipadu se encontraron con un grupo humano formado por hombres, mujeres y niños que comían y descansaban en la orilla, totalmente desnudos, con armadillos y perros salvajes a su lado.

  • Son indios yanomanos- explicó el Hombre de la Selva- Vienen aquí a comer mandioca.

Don Megalonio relacionó a los presentes con los inmortalizados en el lienzo de Seurat que lleva por título “Una tarde de domingo en la Grande Jatte”, con la salvedad de que aquella no era “La Grande Jatte”, y que los paseantes no eran burgueses de París. Los explotadores se quedaron un rato con ellos mientras el Hombre de la Selva actuaba de embajador con plenos poderes. Marcelo jugó con los niños como si estuviese en un parque de atracciones y Don Megalonio se miró el ojo de la frente en el agua cristalina del canal. Los indígenas eran hermosos y sanos de cuerpo, alegres de rostro, con la inocencia en los ojos propia de quienes se sienten miembros vivos de la naturaleza. Su desnudez renacentista se acentuaba en la desbordante vegetación que modelaba sus acciones como manos divinas que animasen su barro día a día. Habrá quienes piensen que son ignorantes por desconocer los ardides y el comercio de las civilizaciones, cuyos intereses les son ajenos. Creerán que es un retrato idealizado por el tedio urbano o por el exotismo de las cartas de un viajero cansado. El hombre es un hijo de la noche que busca la claridad de la comprensión; su vida es un sueño que camina hacia el despertar. Quienes aceptan como verdad única su sentimiento, la sed de un principio y la necesidad de un valor, encuentran la sabiduría de la felicidad, presagio o esperanza, camino hacia la vida que huye delante de nosotros marcándonos una dirección que nos modela como la selva al indígena. En esta selva del misterio reflejado en el mismo lenguaje, la historia es una fábula y un mito, la vida sucede y esconde su explicación, tesoro que nosotros debemos encontrar excavando en el corazón de las cosas que laten en nuestro pecho, rehabilitando y resucitando el lenguaje en cada generación para devolverle su sentido, su imagen íntima. La selva es una ciudad de edificios vivos que crece y respira como un organismo, una Jerusalén de medida desconocida, donde el aprendizaje, el placer y el dolor reparable de su ausencia, y el descanso de la reflexión y de la convivencia son continuos. En las ciudades construidas por mano de hombre sucede que la población se estanca en un bienestar aislante que cuando alcanza las proporciones de la metrópolis – la Roma imperial, en el mejor de los casos- se detiene en un espejismo, en una copia de sí misma o en una cárcel de instituciones que han perdido su vigor y que encierran a la población en una rutina de costumbres convertidas en prejuicios y que terminan siendo absorbidas por la vitalidad de los hábitos bárbaros para comenzar el ciclo de nuevo. La cultura vuelve a comenzar en el campo, donde el bienestar sedante – la droga del bienestar, los paraísos artificiales, los falsos “mundos felices” de la novela de las revoluciones- es sustituido por el aprendizaje directo con el medio que nos forma como personas. La industria que explota masivamente los recursos naturales, ¿es acaso más beneficiosa para la convivencia humana que la llaneza y la sinceridad de los hábitos indígenas, quienes fomentan el desarrollo individual desde la simple escucha cautelosa del mundo que los rodea y que los sustenta? ¡Ah, Don Megalonio, mucho tienes que decir a esto! ¡Y tú, Marcelo, bastante tendrás que contar a las generaciones futuras sobre lo que Novalis expresa en estos versos:

Ayudadnos a domar el Espíritu de la Tierra,

aprended a comprender el sentido de la Muerte

y a encontrar la palabra de la Vida!

No será poca labor el comunicar al tiempo el sentido del tiempo. Estas reflexiones digresivas no eran manifestadas por los indígenas en brillantes discursos ni en categóricas ponencias, porque ellos solo hablaban desde su silencio, desde sus sencillas costumbres en las que se echaba de ver con un simple acto de moler mandioca, o de curar una herida con una planta desconocida por la biología, o de fabricar un arma de caza, o de amamantar a un niño, el sustrato milenario de la cultura. Pero Don Megalonio y Marcelo son hombres de aventura, héroes de acción, y no han de quedarse de brazos cruzados contemplando estas bellezas. La aventura los llama, y el rótulo de este capítulo ha prometido un relato de aventuras en el que al menos debe figurar un episodio de caza de fieras. En las arecas de copa estrellada los barizos con hábito de fraile ya descienden a las chozas indígenas para alimentarse de restos de comida y aplauden para que comience la narración. Ya hemos hablado de un crítico y de una anaconda, ahora pasaremos a la caza mayor en los pasadizos angostos del manglar. Marcelo estaba tomando la siesta entre las raíces al descubierto de los mangles dormido con el croar continuo de unas ranas rojas y con el canto de miles de aves en el entramado de la sombra cuando se despertó asaltado por un presentimiento. Su padre estaba tumbado boca arriba, con la cabeza descansando en una enorme raíz de hevea. Marcelo lo llamó para decirle:

  • Siento como si me correteasen tarántulas por el vientre.

  • Bah, esos serán efectos de la comida. La mandioca y el guaraná son afrodisíacos y tal vez un tanto difíciles de digerir para un estómago poco acostumbrado- contestó el padre.

  • ¿Ya volvemos con las metáforas? Te digo que son tarántulas, no que pudieran parecerlo- objetó el niño- Mírate la barriga.

Don Megalonio, por complacer a su hijo, bajó la vista hacia la comarca sedosa de su abdomen, camposanto de pasiones que, soterradas, aguardan el canto de un cuerpo idóneo que les devuelva la vida. Sobre la maraña asombrosa de su pelaje correteaban unas treinta migalas de articulaciones rojas, gruesas y decentes como monjas ursulinas, con sus palpos rematados en uñas acanaladas e hinchadas de veneno, terribles cual los juicios de un envidioso. Admirado de lo que veía, Don Megalonio miró para el vientre de su hijo y vio a tres tarántulas de la misma especie a modo de bailarinas avanzando hacia la pista de baile de su tórax. Recordó el remedio que en su tierra aplicaban a este mal de abuso de confianza y se dispuso a interpretar una tarantella para ahuyentar de sí a sus peligrosas huéspedes. Y ya estaba a punto de invocar a Monteverdi cuando he aquí que unos indígenas que lo observaban a distancia le indicaron que no se moviera. Con unas cañas atrajeron la curiosidad de las tarántulas para acto seguido inmovilizarlas poniéndole el dedo corazón sobre la espalda, echarles las patas hacia atrás y asirlas por ellas. Las asaron al fuego, les arrancaron las uñas venenosas y con ellas a modo de cubertería se las comieron como se come una codorniz. Marcelo quiso probarlas cerrando los ojos, el negro Suares aseguró que sabían a cacahuete y que tenían la carne seca pero de buen paladar, al crítico le parecieron el mejor plato que había probado en su vida, a las dos expedicionarias les provocó una vomitona solo el verlas, y el Hombre de la Selva las degustó como un gourmet, acompañándolas de un trago de zumo de coco. Don Megalonio aseguró que por el momento no tenía hambre. Caminó alrededor de la aldea itinerante, junto al río, y se mofó durante unos segundos de la Galaxia Gutemberg y de sus falacias audiovisuales, dignas de la Caverna de Platón o de los Fantasmas de la Ópera Financiera, y elogió la selva y sus fieras avergonzadas de sus hermanos mayores, los Príncipes del Mundo formados a imagen y semejanza del Amor, al que tan poco se esforzaban en parecerse. Se tumbó bajo unos helechos de gran tamaño y suspiró como para espiritualizar el universo, cuando escuchó otros suspiros entrecortados que se mezclaban con los suyos. “¿No será alguna Eco que se habrá enamorado de este Narciso y que no se atreve a manifestarse?”, pensó. Descorrió el cortinaje de los helechos y fue testigo de una hermosísima escena que en otras latitudes y a la luz de otras leyes hubiese parecido indecente, pero que en un claro de inocencia era uno de los mayores elogios que un ser humano puede hacerle a otro. ¿Lo diré? Sí… ¡Ah, Ronsard, si tú lo vieras! Una mujer indígena sin posibilidad de desnudarse más yacía despierta en el suelo, más viva que nunca, y un mozo de cara alegre ocupaba la posición generosa y genitiva de ágil jinete de sus impulsos rítmicos, ya subiendo, ya bajando, ya inclinándose, ya estirándose como un acorde melódico de la armonía que lo marcaba debajo. Cuando Don Megalonio interrumpió el paraíso de su intimidad, ambos detuvieron la celebración y se quedaron asustadísimos contemplando al monstruo que los observaba con ojo clínico.

  • Ustedes no se inquieten- los tranquilizó el Cíclope, educado como un brahmán campechano- Pueden continuar con lo que estaban, que no hay cosa que más me agrade que verlos a ustedes así de felices y de hermanados, unidos por un vínculo físico y metafísico, en actitud de dar la vida. No soy el diablo ni vengo a quitarles el paraíso. Sigan, sigan, y pongan interés en lo que hacen, que no hay interés mejor empleado que el suyo.

Pero los amantes continuaron sin moverse, enfriados de pronto.

  • Bien, si ustedes lo deciden los dejaré solos, aunque lo lamento mucho, porque podría aprender y disfrutar de su ejecución- se disculpó Don Megalonio, y corrió de nuevo las cortinas de la jungla, ocultando el origen en el misterio.

Aún así, volvió la vista desde lejos, sucumbiendo a la tentación de la armonía. Los amantes protestaron.

  • En fin, si necesitan algo no duden en avisarme- les ofreció- Hagan un buen trabajo. La humanidad los necesita y el conocimiento los requiere.

Se dio la vuelta y regresó al campamento de los suyos, tomando asiento justo entre las dos exploradoras americanas y Graciela Elizondo, que se encontraban conversando con Suares, el crítico y el Hombre de la Selva en un decamerón ameno como estrofa de Alecsandri o poema de Soto Aparicio, en la sobremesa tras el banquete delas tarántulas.

  • Ustedes tienen bastante que aprender de este pueblo tan avanzado- les comentó- Ahí mismo, a unos metros de esta palmera de anillado tronco, la juventud promueve y fomenta la natalidad de manera admirable y ejemplar. Si no me creen, compruébenlo ustedes mismos… Resulta maravilloso ver cómo los niños nacen en este jardín y aprenden tan enseguida a ser hombres y mujeres activos, sin preocuparse por acumular los bienes que la naturaleza les concede todos los días. Deberían imitar tan magistral entusiasmo.

En la sociedad de los yanomanos, familisterio de castas igualitarias, el mundo entero se comparte y la propiedad no se vigila, puesto que el universo giratorio es tan errante como los senderos de los nómadas. La actividad común es la caza, investida de un significado religioso, punto de contacto con la naturaleza y fuente de todos los aprendizajes. Mediante la caza, el hombre entra en comunión con su entorno, adquiere la ciencia de la naturaleza y perfecciona el espejo de su conciencia graduándolo según las circunstancias traducidas al lenguaje, desbordado por la maravilla divina de la selva, siempre viva y cambiante en su permanencia. El ritual de la caza sintetiza las labores del trabajo, de la guerra y del arte, y evoca en su preparación y enseñanza la intuición del sentimiento religioso. Marcelo, mientras se limpiaba los dientes con el palillo improvisado de un colmillo de tarántula, veía a sus compañeros de juego pintarse por vez primera la piel con jugo de plantas diversas para iniciarse en la edad adulta, asiendo con curiosidad y alegría los instrumentos de caza de sus mayores. Por supuesto, a él se le antojó participar en la actividad y corrió a pedirle permiso a su padre.

  • ¿Pero no te das cuenta, hijo, de que si voy yo en el grupo espantaré la caza irremisiblemente?- objetó Don Megalonio en tanto los expedicionarios se reían contagiando su hilaridad al Hombre de la Selva.

  • Solo tendrás que ser sigiloso- le aconsejó el hijo- Puedes andar de puntillas y así no levantarás sospechas entre los animales.

  • ¿De puntillas, eh? ¿Pero cómo crees que…? ¡En fin! Lo cierto es que puedo pasar tan desapercibido entre los animales como entre los hombres- corroboró el Cíclope rascándose la cabeza ratóricamente- Si unos me soportan , los otros tendrán que hacerlo también, puesto que un mismo origen tienen todos.

Los indígenas más experimentados condujeron a las generaciones más jóvenes y a los dos neófitos a una asamblea donde a cada cual se le asignaba la función o ministerio relativo a la tarea conjunta, recibiendo la bendición del chamán o pajé. Este era un individuo que se dejaba crecer la barba y que llevaba el cuerpo pintado con símbolos especiales para indicar su oficio pastoral y unificador, custodio del pueblo. Su vida era similar a la de otro miembro cualquiera del clan, podía engendrar hijos y cohabitar con mujeres encargadas de su crianza y educación, las cuales comunicaban a los más jóvenes la fe de sus mayores, pero tenía la responsabilidad de estar disponible para presidir los ritos de la comunidad. Todos los días, antes de comenzar la caza, con el fin de despejar la mente de los participantes de cualquier turbación o rencor contra su compañero, hacía descender la bendición sobre todos mediante el memorial de una declaración verbal de sus antepasados, acompañada de un banquete simbólico para hacerla también eficaz al cuerpo. Delante de todos, el pajé se bebió una droga reservada para el rito religioso y para la curación de enfermos que, bebida en pequeñas dosis, estimulaba y relajaba la actividad nerviosa, restaurando la salud de los presentes, a veces turbados por síntomas de enfermedades pasajeras. Después, le pasó la bebida a los reunidos y cada uno, incluido Marcelo y Don Megalonio, bebieron un sorbo de la medicina. Acto seguido repartió un puñado de cenizas de sabor un tanto amargo entre los celebrantes y se dio por concluido el rito. Cuando el Hombre de la Selva les explicó a nuestros héroes que las cenizas pertenecían a los huesos raspados de los muertos, Marcelo quiso vomitar sobre el chamán, pero Don Megalonio le persuadió de que aquello no era canibalismo, pues no se comía la carne sino los huesos de los muertos, y era apenas un simbólico puñado de sus cenizas.

  • Estoy admirado de comprobar la similitud entre el rito cristiano de la misa y este ritual indígena – declaró Don Megalonio- El chamán es el sacerdote, la droga es el vino y la ceniza es el pan de la eucaristía al que se denomina cuerpo de Cristo. Los muertos pasan a resucitar en la memoria de los vivos, cuya dimensión gloriosa después de la muerte, nosotros, mortales, desconocemos, pero reactualizamos el recuerdo de esta esperanza en el más allá cada vez que hacemos algo unidos. La fe no es exclusiva de un pueblo, pues estas gentes adoran también a Dios en espíritu y verdad.

Comenzó la tarea de la caza, y cada cual sostuvo en sus manos el arco y la flecha, pero todos seguían ordenadamente a los ancianos jefes caracterizados con cimera de plumas y con el cuerpo pintado de rojo de tinte de bija y negro de resina de cubaril, quienes se encargaron de atrapar unas ranas de espalda azul y de embadurnar con el veneno de sus lomos las puntas de las flechas que llevaba cada uno, veneno conocido con el nombre de curare, el cuel, al penetrar en una herida, tiene efectos mortales incluso para el hombre. Los varones del grupo llevaban el miembro viril atado con un cordón o cíngulo a la cintura y avanzaban con mucha cautela, imitando los sonidos de las aves. Al ver saltar a unos hoazines en el sotobosque, se detuvieron y guardaron silencio. Uno de los veteranos indicó al más joven que tensara el arco. Este disparó y la flecha atravesó a uno de los pájaros, que cayó rodando por los troncos y las ramas hasta el suelo. El grupo de aves desapareció al ver el fin de su compañero. Todavía le latía el corazón al pájaro cuando le arrancaron la flecha con cuidado de no dañar la carne ni de embadurnar de sangre las plumas, las cuales serían empleadas con motivo ornamental, premiando a los maestros en el arte de la caza. Los veteranos interpretaron que la selva les había sido propicia porque el Espíritu estaba aquel día con ellos, y avanzaron en busca de nuevas piezas. Encontraron a varios quetzales de frac verde y cazaron a dos de los cinco que vieron, dejando a los otros tres libres por propia voluntad, pues consideraban que el cazador es el responsable de los recursos que se le presentan y que no se debe, por codicia o deseo sanguinario, tentar al Espíritu con un desequilibrado afán de dominio y con la violencia del odio hacia sus semejantes y hacia su madre, que les proporcionaba cada día la comida que necesitaban. El puercoespín arborícola o coendú mordisqueaba unas hojas sin que el grupo de cazadores pensase en capturarlo, pues a consecuencia de su costumbre de avisar del peligro, lo consideraban un animal protector. Inmovilizaron a una boa para emplear su carne en la fabricación de medicinas contra varias enfermedades de piel. Obviaron a dos perezosos pero atacaron a unos coipúes que se bañaban en una charca. La variedad de ranas de colores, de reptiles diversos y de pájaros voladores era tal que su presencia despistaba a quienes no fuesen tan experimentados en la caza como los indios. A un chajá de cuello negro lo capturaron para domesticarlo y emplearlo como guardián de ganados, pues tales aves tienen la costumbre de alarmar sobre el ataque de otras aves de presa como halcones, águilas y harpías. Las bandadas de gallinazos – buitres de cabeza roja- descendían desde el piso superior del bosque, colándose por las rendijas de la luz hasta las presas muertas por los cazadores, cuyo olor les despertaba el apetito. Dos tamandúas y dos monos araña cayeron desde las alturas y Marcelo tuvo el deseo de tocarlos para cercionarse de que eran verdaderos en la velocidad de su caída como la de los frutos maduros. Don Megalonio estaba demasiado distraido viendo revolotear las mariposas morfo azul, ideales en su esplendor parnasiano de genios tutelares, semejantes a pensamientos desplegados por el verde de la vida. No vio a una serpiente anteojo que devoraba una iguana justo sobre su cabeza cantra la cual chocaron sus mandíbulas. La presa se le cayó de la boca y la serpiente se le echó al cuello al gigante y le mordió la piel, pero el Cíclope no sintió más que una caricia del bosque masajeándole las cervicales, mientras los indios boquiabiertos contemplaban cómo la serpiente en vano mordía y mordía una vez tras otra sin obtener ningún resultado hasta que al fin se dejó caer rendida maldiciendo la indiferencia de su víctima.

  • A mi padre no le afectan las picaduras de las serpientes- declaró orgulloso Marcelo, y uno de los indios, que conocía el castellano, le tradujo la frase a sus compañeros que se admiraron sobremanera de las habilidades innatas de aquel cazador nato de un solo ojo visible.

Pronto los jóvenes se cansaron de esperar las presas – la paciencia es don de la edad madura- y explorando la madera podrida de los árboles, sacaban larvas de escarabajo que se comían igual que bombones. Los mayores les reprendían, pero ellos no hacían caso.

  • Dejen ya las chucherías- les aconsejó Don Megalonio como u La Salle- Hagan caso a sus antepasados, que ellos tienen la clave del porvenir.

Pero ni por esas dejaban de cuchichear y de faltar a la disciplina de la tarea que los unía los jóvenes, hechizados por la novedad del entorno. Un mozo de unos quince años de edad capturó a un papagayo de cabeza azul y con los gañidos que el pájaro dejaba escapar espantó a las presas a diez metros a la redonda. Un adulto tuvo que quitarle el papagayo al mozo y administrarle unos cachetes en la cara a título de correctivo.

  • ¿Por qué golpea ese indio mayor al indio joven?- preguntó Marcelo a su padre.

  • Está persuadiéndolo a que obedezca a las órdenes de los jefes- comentó Don Megalonio mientras veía a un colibrí cuello de rubí succionar una anorme orquídea roja y blanca del género Odontoglossum- Le impone la pena que lleva aparejada su infracción, para persuadirlo de no actuar de ese modo en otra circunstancia análoga.

  • ¿Y es necesario que emplee la violencia? ¿No puede convencerlo con buenas palabras? ¿Y por qué el castigado tiene que obedecer a los jefes?- quiso saber a la vez Marcelo.

  • La violencia está justificada siempre y cuando se emplee proporcionalmente a la falta cometida con la finalidad de corregir la conducta de un miembro de la comunidad- explicó Don Megalonio con la cadencia dística de Alain de Lille- Los jefes son elegidos por el grupo en virtud de su edad y experiencia con el fin de que guíen a los demás en aquello que mejor conocen. No se trata de jerarquía arbitraria, se trata de distribución funcional de tareas, pues las sociedades deben repartir sus diferentes actividades o ministerios de acuerdo con los dones o habilidades de cada uno si pretenden convivir en armonía y evitar los conflictos de intereses. La sociedad de los indios me parece ejemplar en esto, porque los trabajos se adaptan a las necesidades de cada cual y no esclavizan a unos en tareas que otros se niegan a realizar para competir por el dominio de la tierra. Ocurre que las luchas por el poder de influencia, por el imperium de la sociedad romana, se generan a consecuencia del elevado número de miembros de las comunidades, que pasan a formar una masa controlada por una entidad virtual denominada Estado – el poder de influencia siempre se reparte entre unos pocos, por más que los medios de acceso a los cargos públicos sean o revistan la apariencia democrática- y, por ende, esa abstracción del poder de influencia acaba controlando los movimientos de cada cual de tal manera que nadie se siente libre, porque los intereses del Estado – los intereses de esa oligarquía de poder- monopolizan los intereses de la comunidad en la que unos son esclavos de los otros. Las sociedades de masa se forman cuando un pueblo vence o absorbe a otro – el vencido o absorbido obedece a los intereses de su amo- y le impone sus leyes de imperio con el fin de tenerlo sujeto. Aparece así el derecho de propiedad – el reparto insolidario de la tierra con el fin de excluir a unos del hábitat de todos- fuente de todos los derechos impuestos siempre frente a los que no los tienen. Si los derechos fuesen inherentes a cada cual, ¿sería necesario enunciarlos? En la Antigüedad, una comunidad humana vencía a otra en la guerra y le imponía sus leyes siempre desiguales entre vencedores y vencidos; en la Edad Media, cuando cayó el mayor imperio conocido y se formaron los estados con las fronteras que hoy padecemos o disfrutamos, la esclavitud de guerra fue sustituyéndose progresivamente por el vasallaje o servicio a los dueños de la tierra, y la Revolución Industrial transformó a los vasallos en obreros. Siempre masa dominada por el Estado, cuya justicia social mediante las declaraciones de derechos es verdaderamente admirable y así lo hemos comprobado en Europa, pero no tan perfecta como la de los indígenas, cuyas pequeñas comunidades hacen posible una solidaridad mayor y una convivencia más pacífica.

Pretendía Don Megalonio añadir a su discurso aquella célebre frase de Livio- “los latifundios han arruinado a Italia”- para apoyar su tesis contra el imperio, pero se quedó con la palabra en la lengua, porque los indios le advirtieron que cerrase la boca para no espantar a los pocos animales que no se hubiesen enterado de la presencia de los cazadores. Una mariposa tigre emergió de la espesura de lianas orquestada por el disonante canto de las aves, y unos monos aulladores- ¿atraídos quizá por el olor de las piezas todavía sangrantes que llevaban los indios atadas a una estaca de raíz de plátano?- se colgaron de las ramas del sotobosque para ver de cerca el cortejo de los hombres. Entre las pasifloras, los dondiegos de noche, las afelandras como colas de cometa, las simingeas cardinalis parecidas a gotas de sangre, y los frutos fálicos del árbol de las salchichas, un ocelote cruzó con un opossum muerto asido por los dientes, y cinco nectarínidos de pico curvo y alambicado fueron succionados por las sombras verdosas cada vez más densas de la selva. Los troncos de los árboles estaban tan pegados unos a otros que imposibilitaban el paso y oscurecían el trayecto con una opaca noche de sonidos herida aquí y allá por el resplandor estrellado de unos pocos rayos de luz que rasgaban el velo de la desbordante espesura.

  • Debemos volver- anunció el indio más viejo, mirando al ocelote- Esta es una región reservada a otros.

En esto creyeron escuchar un rugido articulado, pero no era del todo un rugido, parecía una voz de hombre.

  • Percibo la presencia de un muerto- dijo el indio viejo, y lo consultó con sus compañeros- Olor a sangre. Un guardián de otro mundo está atrapado entre los árboles.

  • ¿Serán árboles que manan sangre, como los árboles del Bosque de Diana, nunca profanados y cantados por Alejandra Pizarnik?- se preguntó a símismo Don Megalonio.

Los jóvenes, asustados del imprevisto, comenzaron a temblar.

  • Un muerto que ha vuelto a la vida- decían- ¿Qué quiere de nosotros?

  • Yo lo averiguaré- declaró el indio más viejo de la expedición, de nombre Gran Árbol Florido- A mí me corresponde ser el primero en poner la planta del pie sobre el suelo del peligro.

Con una agilidad impropia de su edad, trepó por los troncos de los árboles y fue avanzando de rama en rama como los monos, procurando evitar las tarántulas, las serpientes y las ranas venenosas. Avanzó unos veinte metros, y vio, colgada igual que péndulo de reloj o ropa tendida, una avioneta destartalada con las alas rotas y enganchadas entre la vegetación. El asiento del piloto se había desprendido y estaba enredado en unas lianas. Dentro de la avioneta jugaban siete monos ardilla, y muchos metros más abajo algunas hojas, troncos y ramas estaban salpicados de sangre. De los bajos fondos, hacia el suelo, emergía un lamento humano desgarrado que hacía estremecer los músculos del indio, un grito doloroso parecido a un De profundis. Con cautela, el yanomano descendió por los troncos cada vez más unidos diseñando una trampa formidable para los incautos y poco conocedores de los secretos de la selva, y accedió a los infiernos de la jungla, como un Orfeo advertido por la voz de una Eurídice atrapada. Encontró, de cabeza para abajo, con una chaqueta y unos pantalones de cuero rasgado y unas gafas de pilotar en la nuca teñida de sangre coagulada a un hombre que agonizaba entre dolores agudos sin poder moverse. Sin amedrentarse por sus quejas, el indio asió por la cintura al moribundo y se lo llevó consigo hacia arriba, mientras los goterones de sangre del aviador accidentado iban cayendo uno detrás de otro en dirección al oscuro suelo. En apenas unos segundos, el indio viejo transportó el cuerpo del aviador al lugar donde estaba la tribu esperando. Todos se asustaron al ver al viejo indio con el moribundo ensangrentado sobre sus hombros, peroen dos palabras comprendieron la emergencia de la situación. Don Megalonio se ofreció a transportarlo al poblado. Cada cual cogió sus pertrechos de caza y caminó hasta el lugar donde se encontraban sus familias. Llegaron y depositaron al moribundo en un lecho de hojas secas, sin que este dejara de quejarse con unos lamentos de dolor que sobrecogían las entrañas de cualquiera. Don Megalonio prohibió a Marcelo que acudiese a ver al moribundo, so pena de no poder resistir la impresión de presenciar la agonía cara a cara sin desmayarse. Lo primero que hicieron los indios fue administrar un narcótico de adormidera mezclada con coca y marihuana al moribundo para anestesiarlo. Después lo desnudaron y le lavaron las heridas, tantas que costaba contarlas, y descubrieron una contusión en el cráneo que parecía muy grave. Uno de los pajés, quien conocía el ejercicio de la medicina, le asentó con mucha delicadeza los parietales y le vendó la cabeza con un girón de su propia camisa. El moribundo tenía la tibia rota y por las heridas amenazaba con desangrarse. Le pusieron cataplasmas en ella y aguardaron un lento restablecimiento. En el bolsillo de su pantalón encontraron una cartera con fotografías de su familia y un documento de identidad. El moribundo era danés, de nombre Vasil y de apellido Ekelöf, como el poeta; tenía treinta y seis años y era natural de Kolding. Al sexto día de convalecencia recuperó la conciencia y nombró a su mujer. Se llevó un gran susto cuando abrió los ojos y vio el rostro categórico de Don Megalonio, alegre como una estampa japonesa, que lo miraba con pupila única la que brillaba una chispa de soldadura. Pidió socorro creyendo que estaba en poder de antropófagos. Graciela Elizondo le explicó en danés que no tenía de qué preocuparse, que aquel que se había encontrado junto a él era un hombre muy bueno de una raza desconocida aún para los antropólogos, que no hacen daño a nadie y que practicaba el bien para con todos.

  • ¿Cuánto tiempo he estado aquí?- preguntó el enfermo.

Graciela le narró su rescate por los indios, su curación y su convalecencia. El enfermo se tocó la frente con la mano.

  • Me duele bastante la cabeza- dijo.

  • Tiene una herida aún no cicatrizada a la altura del parietal derecho- le informó Graciela- Procure no moverse demasiado.

  • Dios mío, me cuesta creer que aún viva- se explicó el enfermo, suspirando- Ha sido un milagro que ustedes me encontrasen. Soy geólogo. Era la quinta vez que pilotaba una avioneta, pero una tormenta me obligó a modificar mi itinerario. Llovía muchísimo. El combustible se terminaba y yo no conocía la selva lo suficiente como para saber que no debe uno acercarse tanto a las copas de los árboles. Creo que tropecé con las ramas de un árbol que sobresalía y ya no recuerdo más que un golpe de muerte que me hizo rodar hasta caer y caer y seguir cayendo. Creo que caí días enteros y que las hormigas me devoraban mientras caía. Es un milagro… Pero cuando desperté, vi a ese salvaje y pensé que era el mismo diablo del infierno, con perdón…- y trató de reírse.

  • No hable, no le conviene esforzarse todavía- le aconsejó Graciela- No se preocupe, yo velaré su sueño.

El enfermo se durmió al cabo de unos segundos. Graciela le puso una cataplasma de agua en la frente y se quedó mirándolo mientras sonreía.

  1. HISTORIA DE LOS AMANTES DE MARACAIBO, INTERPRETACIONES DE TANGO DE DON MEGALONIO Y MARCELO EN EL BANCO NACIONAL DE ARGENTINA Y RESUMEN DEL CUENTO DE NUNCA ACABAR, CONTADO POR EL GUARDIÁN DE LOS PÁJAROS

Vasil recuperó la salud en tres semanas merced a los cuidados de Graciela. El equipo de exploradores se deshizo a consecuencia del hecho inesperado. Graciela se quedó en la aldea yanomani haciendo de enfermera del hombre que había caído del cielo quizá llamado por su corazón aún desconocido para él,, y Suares, el crítico y las dos universitarias continuaron su ruta acompañados de Don Megalonio, de Marcelo y del Hombre de la Selva, quien por un módico salario de comida y bebida -¿para qué hubiera querido el dinero?- se ofreció a ser el guía de la expedición. Avanzaron desde Río Marié al Japurá por una región de densa noche vegetal, donde los árboles se estilizaban alcanzando proporciones titánicas y donde los mosquitos se hacían insoportables en nubes de tiniebla zumbadora que se podía palpar. Los jaguares cruzaban la selva por encima de sus cabezas, utilizando las autopistas del ramaje intrincado como el pulmón del lenguaje humano, hirviente de mariposas azules cual ideales escondidos que remontaban el vuelo al ser tocados por la voz liviana del viento. Empezaron a tomarse los primeros síntomas del camino. Las mujeres experimentaron una fiebre misteriosa y se sintieron tan débiles que no podían proseguir. La fiebre se contagió a Marcelo, distraido en juguetear con los ejemplares de agrias belsazar y de castnia thais que se posaban en sus dedos sin temor alguno. Un día se tendió en la hojarasca y se echó a llorar, diciendo que le dolía todo el cuerpo. Don Megalonio determinó abandonar la expedición y regresar a la aldea yanomani, para de allí salir de la selva.

  • Probablemente la aldea yanomani ya no esté en el mismo sitio cuando regresen- les informó Suares, imperturbable como Euclides da Cunha- Los indios de la Amazonia son nómadas.

  • Da lo mismo- confesó Don Megalonio- Mi hijo está enfermo y debo actuar con urgencia. Lo demás no tiene importancia.

Administró un jarabe de corteza de quina mezclada en agua a Marcelo, cada vez más débil por la fiebre, lo tomó en brazos y se fue con él de nuevo a Río Negro.

Don Megalonio trató de imaginar los trabajos del barón de Humboldt, ese Plinio alemán, en su exploración de la cuenca amazónica para componer los treinta volúmenes de su “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente”, trabajos que podrían competir con los doce de Hércules. La selva multiplicaba puertas infinitas donde los afanes científicos se perdían, donde el tiempo se descomponía en los sueños de una máquina de filosofía mecánica cuyos sonidos cronométricos se evaporaban y ascendían libres al aire, y donde todo era una proyección de la sinfonía órfica del deseo. Los Arquetipos – los dioses del Olimpo de la Costumbre- se metamorfoseaban en animales chillones que demostraban la relatividad de las compuestas verdades que no fuesen invisibles presagios de la tiniebla de la fe humana, hecho divino de invisible y pensada luz. La selva respiraba, la selva hacía brotar la vida sobre la piel de la muerte, como un dragón eterno de escamas transparentes volatilizado en una llama de inteligencia. Y el Cíclope, máscara novelada de la realidad, sostenía a su hijo en la mano para devolverle la vida, y rezaba en su interior al Dios de las cosas para que el camino de regreso fuese hallado y el paraíso de los recuerdos fuese restaurado en el latido de otro viaje. Los animales más pequeños e insignificantes aparecían agrandados en el misterio de la selva. Los escorpiones curvaban su cola en forma interrogativa y se escondían en el lecho oscuro de la jungla, los zorros voladores comían fruta en colonias superpobladas que parecían hospitales de la caridad, y cuando caía la lluvia millones de caracoles, de babosas y de anfibios emergían de lo oscuro cual instintos reprimidos del remoto subconsciente. Marcelo se encontraba recuperado tras beberse la quina, pero tenía las plantas de los pies llenas de heridas y de ampollas, y los mosquitos le irritaban la piel. Su padre determinó imitar a los animales, expertos en combatir las circunstancias extremas de la creación natural. Vio a un lánguido tapir, tímido y puritano clérigo de las sombras, revolcarse en el barro para evitar las picaduras de los insectos, y decidió seguir su consejo. Le quitó la ropa a Marcelo y recubrió su cuerpo de barro húmedo que lo refrescó al instante y lo aisló de los molestos volátiles que ya no pudieron atravesar con sus trompas y aguijones la delicada piel del niño para beber la inocencia vital de su sangre pura. Y como la Inteligencia tiene la propiedad de conceder significado a todo lo que nos rodea, Don Megalonio creyó que el tapir clerical le hablaba en estos términos: “¿De dónde ha venido, humanos, vuestro primer aprendizaje? ¿De dónde si no de la tierra? Un día – el día del amor y del tiempo- despertásteis para dar nombre a las maravillas que mantienen vivo el fuego de vuestra alma. Cada cosa que tocábais con vuestro lenguaje se despertaba también dirigiendo los pasos que dábais orientados por su presencia. Entonces, los Inmortales, un árbol, el sol, el cielo, las nubes, la lluvia, las flores, el río, el mar, las montañas, los fugitivos vivientes, un relámpago, un bosque, un desierto, un acantilado, eran ángeles que guiaban vuestro pensamiento a la sustancia invisible del Ser que hacía latir vuestros corazones. En la noche de vuestro nacimiento, viendo tantas luces que profetizaban, como estrellas, un sol cuya luz absorbería todo ese desconocido en el que vivíais y aprendíais, volvíais humano lo inerte imaginando la ciencia de vuestros primeros mitos. De generación en generación los transmitíais como animación de ese Espíritu Único que encendía vuestras almas, pero cuando vuestros mitos se separaron de la naturaleza, la religión que recibísteis en herencia se desvirtuó, cuando edificásteis para dominar a otros vosotros mismos perdísteis vuestro dominio. Vosotros, transgrediendo la moral de que está investido el mundo, arrastrásteis el infierno a vuestras ciudades imperiales, mientras el paraíso de la Edad de Oro de la luz quedaba fuera de vuestro alcance. Sí, ¿de qué os sirvieron esas fortificaciones, esas torres, esos fosos, esos palacios de piedra como soberbias cárceles, de qué tantas leyes para someter a tantos pueblos a la tiranía de vuestro lucro? En la naturaleza todo es abundante, pero en vuestras metrópolis de todo andáis escasos. Como vivir conscientemente es creer en algo, cambiásteis la fe en el Espíritu Divino que formamos y que nos forma por la fe en la mentira que fabricásteis, por el valor de cambio forjado del metal de las contiendas, por el dinero, fantasma que sustituyó al ideal religioso de convivencia y que vive de la sangre que os succiona cada día y de la insatisfacción que os produce tanta miseria de enfermizos preceptos que sirven de excusa a vuestras malas acciones. Pero, ¡escuchad! ¿No veis que ese fantasma no es más que la sombra agrandada de vuestro miedo? Resulta sencillo vencerlo con solo salir a la luz de los orígenes, con solo dejar atrás el imperio de los ruidos. ¡Todo es limpio y bello fuera de vuestra codicia! Haced como este niño: amasad tierra húmeda y recubríos la piel con ella para que os recuerde de dónde venís, hermanos míos, y para que os libre de las picaduras de los vicios que habéis adquirido. ¡Para recuperar la visión nítida de las cosas poned barro también sobre vuestros ojos! Caerá el sueño de vuestra ceguera y recuperaréis la vista despierta. Cuando no sepáis a quién seguir e imitar, imitadnos a nosotros, los animales, vuestros hermanos menores, pues de un mismo origen venimos todos, aunque a nosotros nos ha sido asignada la misión de serviros para encender con vuestros instintos el fuego de vuestra inteligencia. Dicen los incrédulos que nosotros no hablamos porque no pronunciamos, ¡si nos escucharan sabiendo guardar el silencio debido! Porque nosotros no pronunciaremos, pero con nuestros gestos nos expresamos y evocamos el sentido de toda palabra”. Don Megalonio escuchó hablar a Monseñor Tapir y tuvo que darle la razón en lo que decía. ¡Era tan convincente! Desde Francisco de Asís, exceptuando a su antepasado Luciano de Samosata y a su discípulo Rudyard Kipling, autor del “Libro de la Selva”, nadie había escuchado a un animal hablar tan bien. No en vano toda fábula moral tenía a animales de protagonistas, y Esopo, Fedro, Samaniego, Iriarte o La Fonataine debían haber educado su oído para estos comentarios zoológicos mejor que nadie. Desandando el camino de los exploradores – astronautas en el planeta de los orígenes- Don Megalonio y Marcelo regresaron al poblado indígena a la orilla del canal, pero no encontraron más que restos humanos, paja de los tejados, eneas, granos de cereal y juguetes y herramientas de madera de ceiba olisqueadas por los pecaríes. Un lobo de la selva, un lobo solitario con el rabo cortado y una cicatriz de zarpazo de puma lamía una compresa manchada de sangre procedente del aviador herido, y enseñó los caninos cuando vio acercarse a Don Megalonio consu hijo en brazos, como un San Antonio de Padua. En los mangles, las tortugas se refugiaban de la voracidad de los cocodrilos. El Cíclope subió a Marcelo al buque verde de una hoja de nenúfar gigante y como no pudo hallar ninguna que aguantase su peso de coloso, se echó al pantano imitando a una nutria y nadó en las aguas caldeadas arrastrando la barca de su hijo, cual una monstruosa ninfa de piel de narval. En las islas de guanacastes repostaban, y proseguían la navegación entre las bandadas de jacamares en su arca de esperanza, huyendo del diluvio de las edades, de los siglos, de los años, de los meses, de los días, de las horas, de los minutos y de los segundos, atravesando la selva de la abundancia y del esplendor hacia la amazonia venezolana, rutilante de símbolos matutinos, de escarabajos parecidos a joyas. Cinco días duró esta aventura fluvial y al sexto – ¡curioso hexámeron de padre e hijo en la patria exhuberante del lenguaje vegetal!- desembocaron en el río Casiquiare, en el estado de Venezuela.

  • El arte de la navegación es sin lugar a dudas el más difícil – declaró Don Megalonio fatigado de su lucja contra las aguas- Se puede vencer a un viviente por poderoso que sea, pero, ¿cómo vencer a la sustancia de los vivientes, a una energía transparente con millones de cuerpos agregados unos a otros, a una inquebrantable materia plástica al espíritu de la vida que se transforma, evoluciona y cambia, inasible al tiempo? Solo el espíritu puede flotar sobre las aguas, y solo tu inocencia también, Marcelo, mientras que mi peso se hunde en el lecho del río empujando tu barca, pero mi esperanza no se verá defraudada cuando el día de mañana heredes todos mis ideales y los conviertas en verdades que plantarás lo mismo que árboles en el mundo siempre a punto de ser creado.

  • Eso no está mal- reconoció Marcelo- Pero de momento rema todo lo que puedas, a ver si a fuerza de remar el puerto aparece.

El Cíclope sentía a los siluros y a las anguilas en los pies, sentía cómo se agitaban sus cuerpos resbalosos y rápidos en el fondo sumergido en el que apoyaba sus plantas. Se metieron en el Orinoco, cuyo delta, avistado por Colón en 1498, durante su tercer viaje, había evocado la desembocadura de los cuatro ríos mitificados del Paraíso Terrenal. El paisaje de los tepuis nimbados porel ocaso relajaba la vista en su balsámico idilio ecuatorial, y Don Megalonio, envuelto en sus ensueños de flautas bucólicas, amenazó con dormirse en mitad del agua. El río de Orellana se deslizaba hacia el norte con armónica constancia, aria líquida de crecidas y estiajes, desde sus fuentes del monte Delgado Chalbaud de la Guayana, descubiertas en 1951. Don Megalonio sintió que perdía pie en las aguas cada vez más agitadas y que el nenúfar de Marcelo comenzaba a hundirse, porque la corriente lo abordaba y tumbaba la hoja hacia los extremos.

  • Vamos a ver si logramos mantener el equilibrio – anunció Don Megalonio aristotélico y categórico para emular la astucia científica de un griego- Tendremos que desembarcar en tierra firme para arreglar el navío. No se puede navegar eternamente, ni tendría sentido tampoco cuando el desembarco es el fin de la navegación.

  • Se nos han acabado las provisiones- informó Marcelo, capitán y tripulación al mismo tiempo, y echando la corredera de una hoja de palma a la superficie del agua, calculó cuánto tiempo tardaba en ser dejada atrás por la quilla del bergantín sin velas, atándose en el ínterin los cordones de los zapatos, cuyos nudos marcaban los segundos- Tres nudos de velocidad. Debemos estar superando la velocidad de la luz, porque la noche se nos viene encima. Y las estrellas empiezan a insinuarse ahí arriba sin decir nada. Probablemente estemos sobrepasando la barrera del sonido. ¿Me oyes?

  • Deja por el momento la teoría de cuerdas, ¿quieres?- le aconsejó su padre, enredado en tantos cálculos- El universo somos nosotros y no podemos sobrepasarlo. Abandona ese pitagorismo de idolatrados números y no busques satisfacción en las altas esferas de lo distante si no la encuentras dentro de ti mismo, en tu corazoncito, donde tienes escondido el tesoro de lo que anhelas. Hay que desembarcar, porque ya hemos llegado a nuestro destino.

  • ¿Ahora que me acostumbraba a la jerga de la marinería y de la Revolución Científica?- protestó Marcelo- Tal vez las cosas hayan envejecido antes que nosotros, como ocurre en la paradoja de los gemelos de Einstein. La física es entretenida.

  • ¡Tú y tus aporías!- exclamó el Cíclope, bufando de cansancio y arrimando a la orilla la nao- Retórica griega. El paso del mito al logos, ¡oh ilustre y académica mentira! El logos es un mito también. La ciencia se orienta desde la finalidad, y la finalidad reside en la fe que nos comunica el sentimiento del amor, sentido de nuestros sentidos. Aristóteles y Homero son hermanos, hijos del mismo padre. Te diré lo que es la ciencia: una colección de términos que proceden de nuestras costumbres. Cuando cambiamos nuestros hábitos, las teorías científicas cambian, como cambia la interpretación de la ley cuando los intereses de la sociedad varían. Lo corrobora el refrán: “La costumbre hace ley”. Como la vida posee infinitos puntos de vista, cada época humana o generación, de acuerdo con sus hábitos o finalidades, formula una ley científica propia. El mito científico actual es el logos griego, origen de la filosofía o ciencia del pensamiento, fundado en la teoría del dominio natural, desde el arjé o sustancia primera de Tales hasta las categorías de Aristóteles y los imperativos de Kant. Ulises es el prototipo griego por excelencia: hombre astuto que categoriza en ardides la naturaleza para someterla a su dominio. Pero al fin la naturaleza se rebela contra el dominador, porque con dominio no hay aprendizaje, y ese es el motivo por el cual la civilización occidental, decadente en medio de sus categorías, debe regresar a la naturaleza para recuperar su vitalidad. Por esa razón, el mentiroso Ulises debe volver a su Ítaca y dejarse de tratar de medir los océanos. Porque Ulises es un gran inventor de aporías.

  • ¡No son aporías, son juegos!- argumentó Marcelo- Te demostraré con un juego o con una aporía, como tú le llamas, que Ulises miente y dice la verdad a la vez. Imagínate, Ulises afirma que todos los hombres mienten, pero Ulises es un hombre, entonces él también miente, pero si miente y afirma que él y todos los hombres mienten y así se ha demostrado, entonces dice la verdad.

  • Admirable trampa gramatical- comentó Don Megalonio saliendo del agua y desembarcando a Marcelo, que tenía toda la ropa mojada- ¡Qué manera de pervertir el sentido originario de las cosas! Nunca se debe generalizar, y cada uno debe responder por sí y no involucrar a los demás en su exclusiva culpa. De la filosofía y de la ciencia ha de rescatarse el deseo de conocer, pero en cuanto al método – ahí está Sócrates para decirlo-, la moral ha de ser lo importante, pues no hay otra ley que la moral en nosotros. Y el Derecho- ¿qué es si no una proyección de esa moral en las relaciones sociales? Desde luego, el Derecho romano es el modelo de los derechos, porque la virtud romana es el modelo de las virtudes sociales. La religión tampoco es más que un rito moral en comunidad; el rito cristiano es el que traduce de manera más fiel la moral humana, y por ello la religión cristiana es la más universal y extendida. Pero la moral constituye el cimiento del edificio social, y la buena ciencia es aquella que tiene por finalidad los comportamientos morales, pues el que conoce o trata de conocer, lo hace con una determinada finalidad, y es en ella donde estriba la verdad o la falacia del descubrimiento. ¡Oh, estás mojado de arriba a abajo! Tendrás que quitarte la ropa y tenderla a secar al sol. ¿Te has transformado ben un pez acaso, como Glauco? ¡Diablos, pareces un náufrago de la balsa de la Medusa! ¿Ves a dónde conducen tantas distracciones? ¡A no fijarte en el derrotero de tu galeón, y a acabar en el fondo de los mares sobre tu navío convertido en un hotel para peces! Ni te preocupaste de calcular la dirección del viento, ni de arriar bandera para avisar a los amigos, ni de achicar el agua que se filtraba por cubierta, ni de vigilar los motines de la marinería ni de poner al tanto de ello al segundo de a bordo, entretenido como estabas en charlar con el monstruo marino que, ¡mea culpa!, te está hablando. ¿Cómo querías que el aguado Neptuno te fuese favorable?

  • La navegación es un arte difícil- se excusó Marcelo quitándose la ropa.

En uno de los meandros del Orinoco, cuyo barro estaba cubierto de cangrejos del género ermitaño, algunos de los cuales incluso se habían adaptado a trepar por el tronco de los cocoteros, Don Megalonio tendía la ropa de su hijo en las piedras de basalto calentadas por el sol de las cuatro, imitando a una ama de casa muy peluda y con un aire diligente de madre de familia. Mientras tanto, Marcelo desnudo al calor semejante a esos niños que se ven en las playas, probaba a romper contra el suelo los cocos caídos del árbol sin conseguirlo.

  • ¡Son duros como cráneos!- se quejaba el niño, lanzándole piedras siguiendo la costumbre de los alimoches.

Desde las alturas, varios cocos cayeron a la vez. Se oyó una gritería de titíes dorados que se divertían imitando los movimientos de Marcelo.

  • ¡Lo que faltaba! ¡Tengo al poder legislativo encima de mí!- exclamó el niño mirando a la palma.

Y trató de espantarlos con un bufido. Los titíes se asustaron, pero al comprobar que era una falsa alarma, volvieron a la carga de nuevo y comenzaron a saltar unos detrás de otros y a hacer las necesidades desde las alturas.

– ¡Máscaras humanas!- los insultó Marcelo, y aunque los monos no entendieron el sentido del insulto, el mero sonido los llenó de temor.

Marcelo se divertía con ellos. Jugaba a provocarlos con gestos que ellos no podían imitar, y sus tentativas por copiarlo todo sin conseguirlo hacían reír al provocador hasta tumbarlo de la risa. Don Megalonio, ajeno al circo de los arquetipos cómicos, continuaba tendiendo la ropa y soplando para que se secara más rápido. A unos metros de distancia, con los pies metidos en el agua del río, dos llaneros con panamá y chaleco de cuero que dejaba sus brazos desnudos sostenían una criba en las manos y se agachaban una y otra vez tal que si estuviesen bailando un joropo. Al menos, eso le pareció a Don Megalonio, quien, con el fin de hacerles entender que a él tampoco le faltaba ritmo ni talento musical, con un chorro de voz desmesurado que solo se puede comparar con el tumulto de las cataratas de Iguazú, cantó el comienzo de Alma Llanera:

  • Yooo, nací en una ribeeera del Araauca vibrador…

Desde lejos, los llaneros interrumpieron su baile sorprendidos por el solo de aquel extraño hombre desmesurado, que recordaba a un capataz de algodonal, y que tenía una voz volcánica que parecía salir de la tierra. Aburrido de la farsa de los monos, Marcelo regresó junto a su padre, quien tomándose la confianza del turista, ya se había aproximado a los dos llaneros danzantes cual sátiros de la ribera. Uno de los llaneros le hizo una seña al otro. El otro le aconsejó:

  • Haz como si nada.

Uno de los llaneros era mozo, el otro ya había sobrepasado la edad de marzo y frisaba los setenta abriles ya casi mayos, lucía barba entrecana y exhibía una tez oscura, curtida por muchos soles. Sonreía a lo tendero, para disimular, y enseñaba algunos dientes de oro entre otros tan negros como el azabache, con neguijones idealizados de tan extendidos que estaban. Este tomó la palabra para no levantar sospechas, moviendo las manos como para espantar moscas:

  • Ustedes dispensen que no les hayamos visto. Acá estábamos echando el copito, al modo de los buenos pescadores, ¿no es así, Pancracio? Y figúrense que no pescábamos nadita, y quien busca halla, así que si algo se les ofrece, hagámoslo saber, pues la pregunta de un burro – y líbreme Dios de decirlo por ustedes- vale más que la respuesta de un sabio, ¿no es así, Pancracio, eh? ¿Han venido acá a por madera? Así resuelvo preguntarles algo… Vienen muchos acá por ella, por los asuntos del impuesto de las importaciones, ¡para qué traer el producto de fuera si aquí hay de sobra para todos! Una mano lava la otra, y ambas la cara. Así debe de ser, cada uno con lo suyo, porque de fiarse de los de fuera y de los ecologistas esos, que son todos chicos que no saben de negocios, vamos al traste, ¡carajo!, que uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla, ¿no te parece a ti, Pancracio, y no le parece a ustedes también? Vienen los gringos acá a por concesiones, ¿y nosotros vamos a dejar las nuestras? Uno levanta la caza y otro la mata, ¡bueno sería! Tripas llevan corazón, y no corazón tripas, y tanto vales cuanto tienes, esos dicen los de la USA, así que acá hay producto, y si lo prohíben unos cuantos de fuera, ¿qué nos importa a nosotros, Pancracio? Quien no se aventura, no pasa la mar, y por un clavo se pierde una herradura, y los árboles están pa eso, ¿no les parece? ¡Ecologistas! Ellos nos cobran todo lo que viene de allá, y nosotros no podemos cobrarle lo nuestro, ¡ eso es el librecambio, el robo a mano armada! Quien el padre tiene alcalde, seguro va a juicio. ¡Y nosotros ni en nuestra tierra vamos a ser libres! Ya no nos renta el ganado, y tenemos que pescar, no hay otra, pa que se lo coman los señores esos de los congresos internacionales, que mucha hambre deben de tener, así tragan y tragan lo suyo y lo ajeno… Oros son triunfos, pero a todo cerdo le llega su San Martín, ¿no les parece?

El llanero hablaba y hablaba zurciendo refranes y excusando una actividad presuntamente ilegal que no acababa de declarar. Don Megalonio no decía esta boca es mía, ttratando de adivinar a dónde iba a parar aquel embrollo. Al cabo el llanero se declaró como quien a fuerza de encubrirse amontona demasiado bajo la garganta, y llega el momento en el que tanta presión entra en erupción repentina y abre una brecha en la conversación por donde manos se espera. Acabó diciendo que cribaba oro y plata y otros metales del lecho del río sin licencia, pero, ¿acaso no era justo, cuando las concesiones amiguistas de los marcados le habían arruinado su negocio ganadero? Piel por piel. Así se vengaba de los intereses internacionales, y puesto que el gobierno venezolano no tenía fondos para vigilar a todo el mundo, ¡pues sálvese quien pueda! Francisco de Miranda hubiese hecho lo mismo. En aquel hombre vivían miles de hombres, en aquel corazón latían miles de corazones, en su boca de barrena desgarrada habitaban palabras silenciadas por muchos siglos, las palabras del negro emancipado José Leonardo Chirino, de Manuel Gual y de José María España, de Bolívar, de Francisco de Paula, de José Antonio Páez, de Antonio Guzmán Blanco, palabras que afluían en refranes y que no eran protestas, más bien eran sentencias de un pueblo que vive más allá de las direcciones políticas de sus líderes y de los intereses bancarios extranjeros, eran el timbre de la lengua de la tierra, el idioma del indígena recogido en la prosa de Andrés Bello, un idioma de alma llanera que afloraba del abono de una herencia a veces en descomposición, como el nuevo castellano de Rubén Darío, a través de generaciones de escritores que imprimían en libros inmortales el legado de sus vidas, de un Pocaterra, de una Teresa de la Parra, de un Rómulo Gallegos, de un Díaz Rodríguez, de un Luis Urbaneja, de un Otero Silva, de un Picón Salas, de un Eloy Blanco, de un Uslar Petri, de un Salvador Garmedia, de un Víctor Bravo, de un Rafael Cadenas, de un González León, de una Antonia Palacios, de un Lazo Martí, de un Sucre, de un Cabrujas y de tantos otros que daban vida a las sentencias del pueblo. Don Megalonio estaba a punto de advertir a los llaneros que su conducta no era la mejor, pero concluyó diciendo que por más que las instituciones a menudo compradas por el interés impusiesen normas, la norma legítima siempre venía de abajo, de los hombres y mujeres de la tierra, únicos dueños de las costumbres y de los mercados.

  • ¿Qué es la patria si no, carajo?- explicaba el llanero más viejo, con las manos morenas y agrietadas cual cáscara de nuez, aunque nobles igual que las de un mártir- Los que hemos nacido en esta tierra y los que la trabajamos tenemos derecho a ser sus dueños, porque solo nosotros la conocemos como se llega a conocer a alguien con el que se ha vivido mucho tiempo… No es lo mismo predicar que dar trigo, ¿no estamos, Pancracio? Esos señores de camisa blanca con sus compañías de extranjeros señalan en el mapa y dicen “esto es nuestro”. Después compran a los gobiernos que sufrimos nosotros los que los mantenemos, y vienen acá con jets privados y con autos pagados de nuestro oro y lo que tocan lo adquieren así como así, y si protestamos, nos cuentan: “Es un tratado internacional”. ¡Un tratado que firmaeon unos farsantes comprados por ellos! Por el interés, lo más feo hermoso es, ¿es o no es, Pancracio? ¿De dónde nos vinieron esas importaciones, esas lavadoras, esos canales de televisión, esas mansiones de los militares, esos teatros, esos cines, esas grandes empresas que le chupan la sangre al pueblo, esos lujos de políticos y ricos que se devoran de un bocado la vida de los pobres? Un loco hace ciento, y el buen padre del país nada puede hacer cuando sus hijos se han vuelto contra él, porque ya lo dice el refrán: un padre para cien hijos, y no cien hijos para un padre. Años atrás venían de un sitio y de otro gente a montar su negocio a Caracas, a hacer sus américas ( yo soy descendiente de gallegos, y tú tienes catalanes en la familia, ¿no es así, Pancracio?) y desque los señoritos de la capital se vendieron por las cachimbas y por los venenos de esos viciosos corrompidos no nos queda nada, porque todo se lo sorbieron y se escaparon a sus tierras, y los nuestros se quedaron con una mano delante y otra detrás, robados por esos ladrones. Pero los de la capital se lo merecen, puesto que negociaron con ellos, pero, dígame usted de corazón, ¿qué culpa tenemos nosotros? ¿Nos van a poner impuestos quienes se volaron el fruto de nuestro trabajo? “Decisión internacional” y los dineros de Judas, lo mismo de lo mismo, Pancracio. A mí se me ha muerto un hijo, un hijo de mis entrañas, una esperanza de mi vida, ¡hubiera dado ni vida en lugar de la suya! ¿Y saben lo qué? No de enfermedad. Lo mataron. En la misma capital. Unos desalmados, para quitarle seiscientos pesos, tú lo sabes, Pancracio. Seiscientos mil hubiese dado yo por devolverle la vida- y el llanero se limpió los ojos- Pero él ya cumplió con este mundo y estará en el cielo en compañía de Dios, ¡soy yo el que quedo, y por amor a la Virgen no puedo acordarme de esto para no coger una pistola yo también! ¿Qué me importan a mí las leyes; qué nos importan, Pancracio? De esto vivo, y viviré hasta mi muerte. Tengo cinco hijos y una esposa que me han consolado de esta pérdida, mejor dicho, no me han consolado porque para esto no hay consuelo posible, pero sí me han hecho olvidar un poco la pena. Ahora ya saben de lo nuestro. Le he dicho a Pancracio que sisimulara por si eran de la policía, pero han visto que si me froto la nariz, pronto me mana sangre. No he sido nunca disimulador, salvo en estos tiempos en los que andan los ladrones tras los que roban. Dispensen ustedes por tanta charla.

En todo momento se notaba que el llanero decía la verdad por la vehemencia con la que se expresaba, salida de dentro y no emulada de fuera, imposible a la imitación. Podríamos imaginarnos al llanero como un hombre triste, deseoso de descansar de sus miserias al lado de aquel compañero suyo que no hablaba nunca, y nada más lejos de lo cierto. El llanero se llamaba Augusto Dimas, natural de Santa Bárbara, y aparte de refranero, era el individuo más alegre del mundo. De su boca salóan las canciones a volar al aire, pasaban los oídos y llegaban al corazón donde anidaban para perpetuarse en una inflorescencia de universos sentidos. Caminando por los humedales y los vergeles de los meandros del Orinoco, Don Megalonio, Marcelo y los dos llaneros, Augusto y Pancracio, conversaban a la sombra de las ceibas, los yagrumos, los guamos, los caobos, los bejucos, de vez en cuando veían pasar a los chigüires – así llaman en Venezuela a los capibaras-, a los báquiros y a los cachicamos. Cuando cantaba, el llanero don Augusto rejuvenecía del mismo modo que los Autóctonos del mito griego recreado por Platón, y el timbre de su voz, puro manantial de transparencia, atraía la atención de los cardenalitos, quienes llegaban a las ramas próximas saltando pintados y libres, angelotes de pluma tal que aquellos que representan en los óleos los gozos de la Virgen. Sorprendido estaba Marcelo de que el llanero Pancracio no hablase, y de que solo se atreviese a tararear las canciones de su compañero. Le preguntó la causa.

  • Pancracio es mudo desde que nació- explicó el llanero don Augusto- Cuando murieron sus padres, yo lo adopté por hijo mío, y vea conmigo a todas partes. Es él quien me ha hecho más compañía en esta vida.

Oyendo Pancracio lo que decía de él don Augusto, empezó a dar a entender con gestos que él lo amaba como a su propio corazón, y Marcelo vio sus ojos asustados mientras gesticulaba. Pero el niño quiso saber también por qué siendo mudo podía cantar, y don Augusto repuso:

  • Un llanero lleva la música en la sangre. Antes de aprender a hablar aprende a cantar. Nadie le enseña. Aprende solo con escuchar los ríos y los pájaros, y cuando escucha entonar a alguien lo hace él también. Palo que nace pa violín, hasta en la muerte suena, ¿sabían ustedes?

  • En efecto- observó don Megalonio- ustedes, por encima del mar de las venturas y de las desventuras tan mudables como las olas, sostienen el vuelo de las alas dispersa en música, y encuentran un motivo de celebración y de felicidad en cada acontecimiento solemne de la naturaleza divina. Solo me sabe decirles a ustedes que son puros, libres, leales y buenos. Viven en la belleza y respiran la vida, ¿qué otra cosa podrían desear? Y si esos otros hombres codiciosos, esos bárbaros constructores de muros y de cárceles, les imponen sus leyes esclavistas, ustedes sabrán sacudirse ese yugo como los suizos de Guillermo Tell, y cuando no puedan hacerlo, su alma de hombres sanos y libres aún en la desgracia sumidos será como una luz en medio de la tiniebla de sus opresores, del mismo modo que lo fue de la luz de los mártires en las persecuciones del imperio romano decadente y dividido de los césares, porque la fortaleza se manifiesta en la debilidad, y el bien en el mal, para que la acción del amor humano sea posible.

Los llaneros invitaron a comer a Don Megalonio y a Marcelo en un rancho de cien hectáreas que tenían en las proximidades del Arauca. Antaño había albergado a casi dos mil cabezas de ganado vacuno. En los últimos cinco años la cantidad se había reducido a su cuarta parte. Las tierras valladas estaban rozadas de maleza para el pasto. Los patrones –con chaleco y sombrero de cuero de becerro- recorrían a caballo los prados para vigilar a los animales – pues se daban frecuentes casos de robos sobre todo en los últimos tiempos- con lazo de rodeo, espuelas y botas de montar. Eran los siete hijos de don Augusto quienes se encargaban de la vigilancia y compartían los beneficios de la explotación a partes iguales. En el interior de una churuata que habían construido a modo de refugio de campo, don Augusto, Pancracio, Marcelo, don Megalonio y los siete hijos del llanero comieron hasta saciarse contando historias de la región. Mientras devoraban a bocados terribles el estofado de ternera, los pabellones criollos, las arpas rellenas y las hallacas como haces de hierba, uno de los vástagos de don Augusto, un joven guapo, moreno y sudor, contó:

  • De las historias más curiosas que tengo oído desde que nací, ninguna más sorprendente que la de los amantes de Maracaibo. Me la refirió un bracero caribeño cuando tenía yo ocho años, y todavía me acuerdo.

  • ¡Justamente mi edad!- exclamó Marcelo.

  • Pues es el caso de la historia ( a ver si no la estropeo, que es muy linda) que en la ciudad de Maracaibo, que está al norte de Venezuela, como ustedes no ignorarán si saben geografía, un coronel jubilado del ejército tenía una hijita muy dulce de ver, blanca de cara y tierna de manos, que tenía peleados a los mozos todos de su barrio y de los vecinos – pues todos los que la conocían la rondaban-. Y uno de los que se bebían los vientos por ella era un hijo de empresario de hoteles, Gabriel se llamaba ( Ah, se me olvidó decir que ella, la joven, se llamaba Ana Páez, lo digo ahora si lo tienen a bien). Aunque la changuita era remolona y siempre decía que no a todos, del tal Gabriel se enamoróno sé si porque cuentan que era guapo como un ángel o porque su padre tenía barriga y dinero en casi todos los bancos, que el amor todo lo puede. Así que se hablaron y al cabo de una semana ya estaban concertadas las bodas. La gente, que siempre da testimonio de lo que no sabe, contaba que los dos tortolitos se querían como Romeo y Julieta, aunque algunas malas lenguas decían que era como Rómulo y Remo. Se casaron y ahí los tienen, juntos y revueltos en una mansioncita que les construyó el padre del galán, en medio y medio de Maracaibo, pa que no pasaran frío. Y todo iba viento en popa igual que en las telenovelas, cuando Anita, una chica muy relacionada ya verán, se encontró con que su maridito tenía un humor de perro rabioso un día que llegó a casa del restorán muy bien maquilladita. “¿Qué pasó, mi amor?”, le pregunta ella, y él no dice nada, no más le enseña unos calzoncillos floreados de caballero que, sin saber por qué, se encontraban encima de su cama…

  • ¡Sería por potra casual, vaya usted a saber!- rió uno de los mozos.

  • Cállate ya, hombre, que el cuento está interesante. Sigue m’hijo- autorizó don Augusto.

  • Con venia de ustedes- prosiguió el narrador- No sé por dónde íbamos, ah, sí, era por los calzoncillos que habían aparecido por arte de magia en la habitación de Anita. Gabriel estaba hecho una furia, y Anita se le excusó así: “No puedo creer que estés pensando que yo no soy decente, bobito, una dama como yo; si lo llega a saber mi papito le das un disgusto. Este calzoncillo te lo compré a ti, era un regalo sorpresa por tu cumpleaños. Casi me dejo la credit-card en los almacenes, porque es un calzoncillo de seda de diseño, y de marca, no vayas tú a creer”. “Yo juraría que está usado. Y que es de otro”, malpensó Gabriel. “¡Idiota!” exclamó Anita muy desconsolada, “¡y para eso me gasté mil pesos!”. “Mil pesos. Oh, perdona” llegó a comprender Gabriel, y la abrazó y la perdonó, pero le quedó zumbando la mosca detrás de la oreja. Para que vean.

  • ¿Y aquí termina tu cuento?- lo interrumpió uno de sus hermanos- Pos menuda cosa.

  • ¿Cómo va a terminar, hombre? Este es el prefacio, que aquí empieza lo bueno- continuó el narrador- Gabriel dudaba sobre la fidelidad de su esposa y, como era rico, no se armó de paciencia ante la perspectiva de unos posibles cuernos sobre su cabeza, invisibles para él aunque visibles para el resto de la humanidad, quién sabe. No. Gabriel, con el abolengo de sus millones, pagó a unos sicarios para que vigilaran a su mujer. Pero pronto desconfió de ellos- conocían demasiados pormenores de su casa- y los despidió como solo un empresario puede hacerlo, sin escrúpulos de ningún tipo. Su confesor le aconsejó que dejase de hacer esas tonterías porque de nada le iban a servir si la mujer lo quería de veras engañar, no le quedaba otra cosa que confiar en ella, pues así lo había jurado ante el altar en presencia de testigos. Pero Gabriel no le hizo caso. “Los curas” decía, “solo saben pedir y dar consejos para llenarse la bolsa”. Creía que los demás tenían las mismas intenciones que él. Puesto que él tenía dinero, se lo podía gastar en vigilar a su mujer, si le daba la gana. Fue en una feria de Nuevas Tecnologías donde dio con un embaucador que le fundió los cuartos como si fueran manteca al fuego. Era un comerciante astuto, falso como Judas y mentiroso como un gitano hambriento: le ofreció un anillo mágico, una cosa nunca vista, y se remontó a la Antigüedad contando las excelencias de un producto que se había inventado hacía dos días en una fábrica gringa. Le contó que un rey de no sé qué país de fábula dominaba a su pueblo con un anillo que lo hacía invisible, y tal vez –muy probablemente- hubiese contado en su época con un instrumento semejante. Se trataba de un anillo corriente de plata con un chip integrado en la piedra de engaste – un diamante falso hueco por dentro- que conectaba con un sistema de control remoto por el cual se podía saber a todas horas dónde se encontraba quien lo llevase. Cuando el embaucador supo la sospecha de celos de su cliente, se juró mentalmente subirle el precio al producto y metérselo por los ojos al infeliz. Y así lo hizo. Gabriel era un joven inteligente, no en vano regentaba y administraba parte de los negocios de su padre, pero cuando uno tiene una pasión o un odio que le nubla la vista, el juicio se va a dormir como un niño. Tenía Gabriel el defecto de que era codicioso, muy preocupado por el qué dirán y por salvaguardar su prestigio y deslumbrar a los pobres con su riqueza – así lo había educado su padre- y era muy desconfiado de los demás y muy confiado de sí mismo, quería machacar a todo el mundo porque en el fondo no era feliz con su dinero y su desconfianza, y pensaba que todos querían quitarle los bienes para reírse de él. Su mujer era una chica caprichosa que solo quería lucirse por ahí. Los mismos problemas que le había dado a su padre se los daba ahora a su marido. Su diversión era gastar dinero en trapitos sin pedir permiso a la prudencia, y por un vestido que veía en el escaparate de una tienda fuera capaz de vender hasta el alma. No le costó ningún trabajo a Gabriel hacer que se pusiera el anillo, añadiendo el joven unas palabritas: “Quiero que te lo pongas siempre y a todas horas porque es la prenda más importante de nuestro compromiso. Quítate la alianza si quieres, pero este llévalo puesto y no te lo quites ni para ir al baño”. “Podrías comprarme algo más caro, gordito mío, es solo un anillo de plata con un diamante chiquito”, protestó la humilde esposa. “Me gusta más para ti que un camión de oro. Te sienta mejor que ninguna cosa”, alegó el marido. Y así quedó el asunto.A la mañana siguiente, secreto de por medio, Gabriel abandonó la casa muy temprano para probar el localizador. El endemoniado invento, además de indicar como un GPS el lugar donde se encontraba la persona en el mapa, registraba también las personas con las que había hablado, y grababa las conversaciones. Gabriel se encontró con que en seis horas, su mujer había pasado por diez tiendas distintas y había hablado con doce personas, nueve de las cuales eran mujeres y tres varones. Pero el aparato no había podido grabar nada. Gabriel llegó a casa tarde, se acostó sin querer saber nada y se durmió preocupado. Cada día dejaba a su mujer más tiempo sola y llegaba más tarde. Cuando ella se lo reprochaba, él se excusaba en el trabajo de la empresa y se dormía enfurruñado. A veces, le costaba conciliar el sueño. La chamba era que él no estaba satisfecho de su matrimonio ni convencido de la eficacia del anillo que había comprado; quería saber quiénes eran los hombres con los que su mujer había hablado, sentía una necesidad imperiosa de saberlo, y no podía estar tranquilo ya de ninguna manera con ese secreto que le devoraba las entrañas. Ya dije antes que según testimonio del mercader, el anillo ese del demonio podía incluso grabar conversaciones, pero lo cierto era que a la hora de la verdad no lo hacía, o lo hacía de tal manera que las voces eran irreconocibles. Antes de comprar el anillo, Gabriel era una víctima de sospechas infundadas de celos, ahora, con datos del anillo habían añadido leña al fuego de su desconfianza sin resolver el problema, pero avivando su curiosidad y distanciando más a la pareja, disolviendo el poco afecto que aún podía quedar entre ellos. Gabriel era rico, y podía alimentar su vanidad cuanto quisiera, así que se compró un equipo entero de grabación, con cámaras y altavoces, y lo instalño en su casa sin que su mujer sospechase, mientras estaba fuera. El equipo de grabación le costó unos diez mil soles, sin contar los gastos de instalación y los honorarios de los técnicos. La actividad era ilegal, pero tratándose de su mujer, a Gabriel no le importó. La vigilancia resultó un fracaso. Sí, pueden reírse ustedes. Su mujer pasaba poco tiempo en casa, y Gabriel se hartó de ver planos de su cama con su gato de angora encima en distintas posiciones. Mientras tanto, su humor se iba agriando y emponzoñando cada vez más; reñía con sus empleados y llegó a deespedir a un metre solo porque se le había olvidado darle los buenos días al llegar. Creía el infeliz que los empleados sabían lo de sus cuernos y callaban y reían a sus espaldas. “Un día voy a cargar una pistola y vamos a ver lo que pasa” decía. Pero pasaban los días y su mujer no era descubierta, aunque a consecuencia de la rabia de su marido, gastaba tres veces más que antes. Gabriel llegó a desear encontrarla acostada con otro solo para quitarse la sospecha de encima. Puso su dinero al servicio de su locura. Compró un coche nuevo con altavoces escondidos, pagó a un detective para su mujer que lo engañaba y le sorbía como una esponja el capital, contrató a escuchas a la salida de las tiendas a las que iba su mujer. Despidió al detective porque desconfiaba también de él, y a los escuchas los sustituía al poco por otros nuevos. “Tendrá que caer” se decía. Pero no caía. Era imposible, porque en las relaciones con otros su mujer guardaba la honestidad; había sustituido la relación con su marido por las compras. ¿Pueden creerse que Gabriel, el rico empresario hijo de empresario rico, terminó endeudado? ¿Y que llegaron a embargarle el coche? En el hotel, a los trabajadores les pagaba cada vez menos, les hacía firmar contratos abusivos y les imponía silencio so pena de despido; hasta su padre, a quien le pedía préstamos casi de rodillas para supuestas deudas del negocio, le decía: “Yo no entiendo en qué puedes quemar así el dinero. No existe negocio que gaste tanto”. A un botones cuyo salario le servía para alimentar a cinco bocas, la suya, la de su mujer, y la de tres hijos, uno de los cuales era inválido, lo despidió por sospechas de haber hablado con un hombre que conocía a su mujer. Anita veía a su marido cada vez más distante con ella, y llegó a pedirle la separación si continuaba con aquella actitud. “Claro” dijo Gabriel con ironía, “Quieres fugarte con mi patrimonio y con tu amante, mala puta”, y le pegó hasta que ella se puso a gritar: “No lo hagas”, y señaló su vientre, “espero un hijo”. Gabriel retrocedió asustado. Le asaltaba otra duda. “Estoy cansado de tanta vigilancia. Pasaré a la acción”, pensó. Compró una pistola. “Los sorprenderé” determinó. Era una mañana de sábado cuando sucedió el hecho. ¡Por una broma había empezado aquel crimen! A los 9:30 de la mañana entró en su casa sin hacer ruido. Oyó voces. Su mujer hablaba en la habitación con alguien. Era una voz de hombre irreconocible para él. Mietras subía la escalera, le palpitaba el corazón y retumbaba en su pecho como una campana. Solo se preguntaba, “¿sabré utilizarla?”. Tuvo tiempo de ver al enemigo de espaldas, borroso, y a su mujer que llegó a gritar cuando el arma se disparó. Después un llanto continuado de niño le atravesó la voz. Alguien estaba en el suelo. Era el enemigo al que creyó haber matado, y cuando oprimió el gatillo llegó a creer que él había muerto también. Le pasó por la cabeza su propia muerte cuando vio en el rostro del enemigo el rostro de su propio padre. “Esto no es cierto”, pensó. Pero el padre se levantó del suelo, porque él tenía razón. La pistola no se había disparado, y nadie había muerto. Gabriel abrazó a su padre y lloró dejando caer al suelo la pistola. Su mujer había estado de parto y un niño lloraba sobre la cuna. Desde aquel día cambió por completo. Se volvió generoso y dio la mitad de sus bienes a los pobres, y no se conoció matrimonio que más se quisiera en Maracaibo. Al hijo le pusieron de nombre Lorenzo, por ser el santo del día en el que habían sucedido los hechos. Hoy Lorenzo Sampedro es uno de los empresarios más prósperos de Venezuela.

Empezando por la sopa de mondongo, continuando con las caraotas negras, el arroz y la carne mechada, las arepas y los bollos pelones, los comensales terminaron bebiéndose un ponche crema antes de que el relato concluyese. Todos aplaudieron la historia – mejor dicho, los que pudieron, porque los más estaban tan llenos que ni menearse intentaban- y la mujer de don Augusto, doña Concepción Coromoto, sirvió los últimos platos ayudada por sus hijos, antes de invitar a Don Megalonio a seguir comiendo.

  • Éntrele un poco más, paisano- le dijo- que parece usted de buen comer.

  • Mi estómago es finito, doña Concha- explicó Don Megalonio con un gemido- ¿No ve la curva de Gaus de mi abdomen?

  • Cuéntenos algo de su tierra.

Don Megalonio habló de Sicilia, del volcán Etna donde se había criado, de la vida de Santa Águeda de Catania, patrona de la isla. “A esta mártir la ejecutaron en tiempos de Septimio Severo, atentando contra la pureza de sus senos, durante una persecución de Roma contra los cristianos” contó, “a su muerte, en el 250, el volcán Etna entró en erupción, y los habitantes de la isla, incluidos los cíclopes que vivían en cuevas al pie del monte, invocaron su nombre, y el volcán entró en reposo de nuevo. Desde entonces, Santa Águeda es la patrona de Sicilia”.

Terminado el banquete, los hijos de don Augusto se fueron a dar un rodeo a caballo, algunos de ellos con sus novias, que vivían en ranchos vecinos. “Lejos de lo que pueda parecerle” le explicaba don Augusto a Cíclope, “el rancho apenas nos da para comer con tanto tributo. Si nos quedamos aquí, es por coraje de no abandonar lo nuestro”. Paseando por las propiedades del ranchero, Don Megalonio parecía un terrateniente lanudo y corpulento, y más de una joven que cabalgaba en el rancho se quedó pensando: “Qué hombres tiene el mundo”, porque no daba crédito a lo que veían sus ojos. En fin, de no ser por continuar su derrotero, Don Megalonio y Marcelo se hubieran quedado allí, pero aún tenían demasiado que ver y que oír, y la aventura los llamaba de nuevo.

Creo que fue un domingo a las 10:25 de la mañana cuando nuestros héroes llegaron a Buenos Aires procedentes de Chile, en concreto de Antofagasta, de donde se hablará más adelante. Iban en un taxi, por San Martín abajo, se detuvieron a la altura de un edificio churrigueresco y prolijo que no podía ser otra cosa que un banco, se apearon, discutieron con el taxista mostrando las manos vacías mientras este gesticulaba y profería alguna que otra palabra malsonante disculpada por ambos, y entraron en el Foro Boario de las finanzas. El empleado que atendió su petición recuerda así su entrevista con ellos: “Llegaron dos individuos, un niño y un señor altísimo con tanto pelo que no podía vérsele la cara, y por un momento pensé que se trataba de otro encapuchado y me preparé para sacar el dinero de la caja. El peludo se acercó a la ventanilla y me preguntó si podía concederle un crédito para ayudar a un pueblo con necesidades. Yo le invité a que me acompañase a una mesa para hablar con más tranquilidad. Entonces, elniño me preguntó con esas preguntas que hacen los niños si era allí donde se fabricaba el dinero, y si era así por qué estaba tan mal repartido que a unos les sobraba y no sabían qué hacer con él, y a otros les faltaba y no sabían cómo conseguirlo. A mí me dio por reírme y le dije que allíno se fabricaba el dinero, se almacenaba y se negociaba con él. El niño me replicó con flema de persona mayor que era innoble almacenar dinero y negociar con él cuando millones de personas pasaban hambre de lo imprescindible para vivir, y que de almacenar los recursos naturales para satisfacer el placer del negocio venía el mal de la pobreza. Yo soy un banquero, no un político, y ni siquiera un banquero, sino un empleado de banca, así que me callé como si no hubiese escuchado. Juzgué que si el hijo hablaba de temas de adultos sin que su padre le reprendiera, él debía de ser otro botarate semejante, y ya me preparé para decirle no a lo que pidiese. Pero cuando se sentó a la mesa y me comunicó que quería unos doscientos mil pesos al menos para ayudar a unos mineros chilenos que había conocido en un viaje me dio la risa. Para empezar a vos te quieren que dicen doscientos mil pesos sin aval de raíces, y para acabar te proponen el negocio de ayudar a unos muertos de hambre sin sacar nada a cambio, ¡en un banco!. Así que le dije que no éramos una ONG, y que no nos hiciese perder el tiempo, que teníamos clientes que atender. Y así estábamos, cuando de pronto oigo gritos de gente. Me levanto para ver lo que es y me encuentro con un atracador que blande una pistola con silenciador y que lleva una media sobre la cabeza. Todo sucedió demasiado deprisa, en unos segundos.

  • Feliz Navidad- oigo que dice el atracador, que parecía por su atuendo abrigoso el almirante Byrd- Ya me están entregando cuatrocientos mil pesos boludos, o me los friego a todos.

Solo entonces caí en la cuenta de que estábamos a veinticuatro de diciembre, y me reí yo mismo del descubrimiento. Los empleados estaban metiendo la plata en la bolsa apurados por el ladrón, cuando el peludo que me pidió los doscientos mil pesos de crédito le salió al encuentro al malhechor, le coge la pistola y se la aparta de la mano como si no llevase balas dentro, le quita la media como a un niño se le quita un juguete y le cachea la plata, y despide al ladrón con las manos vacías. La gente que esperaba no daba crédito a lo que ocurría; no era yo el único que lo denegué ( ¡disculpen ustedes, es un chiste pésimo!) y luego el niño que acompañaba al presunto loco de los pelos ( parecía un rockero de los setenta, se lo juro) nos ordenó en voz alta que escuchásemos a su papá con acento de cantar lotería. No puedo reproducir las palabras exactas que dijo el macanudo, pero recuerdo que fue algo así como que si nos había salvado la plata que ya estaba perdida, bien podíamos cederle la mitad del botín a título de crédito para los mineros de Chile. A mí se me ocurrió que el ladrón podía estar compinchado con él, pero la policía desmintió más tarde esta hipótesis, asegurando que el ladrón era natural de Junín y que ya había estado en la cárcel más de una vez pero tenía la costumbre de salir con fianza y fugarse luego. ¿Qué podíamos hacer nosotros? El Director General era un tipo con las ideas claras, pero aquel día de milagro se había llevado un buen susto porque el ladrón había estado a punto de disparar contra él y le había apuntado al corazón tres veces. Digo que era día de milagro porque nuestro jefe, que nos hacía firmar nóminas por encima de la cobranza, declaró que aquel melenudo sin guitarra podía llevarse la mitad de lo devuelto, que era de ley, considerá. Y si después de esto se pone a bailar un tango, no nos quedaríamos más sorprendidos los que lo conocíamos. Le firmó los contratos allí mismo y con muy buena letra, y aún lo abrazó a él y al niño que llevaba, que se había sentado en la mesa de su despacho con las piernas cruzadas, y les abrió la puerta a los dos antes de que salieran. Tenía que ser Navidad; la vida se me pareció entonces a los cuentos que leía de pequeño. ¡Un crédito sin aval, y de doscientos mil pesos! No sé si será pecado, pero a mí me pareció una prueba mayor de la existencia de Dios que la resurrección de entre los muertos. Y les digo que siento lástima de no haber comprobado el tipo de interés, que me hubiese redimido de mis culpas. ¡No es fábula, la cámara lo grabó todo, y aún cuesta creer en las imágenes, pero los hechos son fehacientes y experimentales, no es una película! El Director General es otra persona, él, un fanático defensor del corralito que no daba los buenos días sin aval talonario, vengan a verlo. Una de las dos, o el peludo es un extraterrestre de otra galaxia o es un peregrino de Jerusalén con vocación de santo”.

Cuando los platenses de la tierra de Borges, de Lugones, de Grossac y de Larreta lo escuchaban, se preguntaban si no estarían leyendo a Dickens. Don Megalonio y Marcelo pasearon por la Plaza de Mayo tocando el bandoneón que les había presentado un payador para recaudar una ayuda extra para los necesitados de las minas y de las salinas araucanas. Frente a la Casa Rosada del Ejecutivo, protegidos por el escudo de una Atenea Democrática, interpretaron La Cumparsita, El Entrerriano y Caminito, haciendo las delicias de los turistas, quienes llegaron a confundirlos con los hijos de Gardel. En la Avenida Ribadavia se encontraron con que dos conductores se peleaban por unas rozaduras de sus autos. Parecía ser que el propietario de un Golf TDI le había hecho una caricia a los morritos de un Audi, haciéndole saltar la pintura a la altura del faro derecho. El propietario del Audi se desgañitaba exigiendo el parte a la aseguradora, invocando a su familia, y el propietario del Golf juraba sin malicia que no tenía aseguradora, que aquel era el coche de su papá. Don Megalonio quiso intervenir en la querella pero los gritos de los litigantes eran tales que no se oía el resto del mundo. Un hombre de mediana edad, cara alegre y porte juvenil, saliendo de entre la multitud, se ofreció a pagar el daño si hacía falta, firmando una restitución sin intereses para dentro de un mes. Al fin el propietario del Audi se tranquilizó y se fue con el conductor del Golf a dar parte a la comisaría. Don Megalonio le preguntó el nombre al generoso señor.

  • Me llamo Luis Alberto Battaglia- respondió con voz queda- Soy escritor y mecenas de escritores. En Argentina abundamos los amigos de las letras.

¡Y no le faltaba razón! En Corrientes se celebraban recitales de poesía en cafés y restaurantes, y tampoco faltaban músicos de Palermo o de Triunvirato, en el Gran Buenos Aires. Era talmente un Parnaso Cotidiano, como el París de Leconte de Lisle, una revista viviente. La nueva Pléyade estaba integrada por poetas y escritores como Gabriel Impaglione, Matías Castagnino, Norma Padra, Silvia Long, Fernando Sánchez Zinni, Alejandro Drewes, Lidia Carrizo, Héctor Zabala, Graciela Buci, Juana Castillo y tantos otros que rendían homenaje a los Florencio Sánchez, a los Roberto Payró, a los Ricardo Güiraldes, a los Juan Gelman, a los Roberto Cossa y a los sembradores de cultura de las generaciones anteriores. Todo marcharía maravillosamente – Don Megalonio cantando letras de tango y milonga y Marcelo interpretándolas con un bandoneó desafinado- de no ser por un inesperado acontecimiento sucedido a nuestros dos héroes o antihéroes en el Barrio de la Boca. Sucedió así: mientras pegados al muro de unas casas pintadas con los aleros desiguales que evocaban a los de Luis Barragán, se encontraban debutando ante unos curiosos salidos de una pulpería, un señor gordo, bajo y con gafas de no muy buen ver señaló a Don Megalonio y juró que aquel era el jugador de fúlbol Maradona, que lo habían distinguido por el pelo y por la mirada. Se disponía Don Megalonio a confesarle su error cuando salieron de los callejones otros curiosos y afirmaron idéntica calumnia, demandando del perplejo Cíclope la firma de unas camisetas. “La población de las grandes capitales está loca al menos un día de cada mes” observó Don Megalonio; “esta anécdota me recuerda la entrada de Napoleón en Jaffa, cuando le mostraron los soldados enfermos de la peste para que los curase con su presencia”. Los hinchas idólatras se acercaban como hienas hambrientas a los dos intérpretes y les tocaban las manos y los pies cual si fueran santos milagrosos.

  • Hagan el favor de no apretujarse contra nosotros- exigía Don Megalonio- que no somos ídolos cananeos sino hombres de carne y hueso, igual que ustedes. ¿Qué infamia es esa de manosear al extranjero? Cada cual mire para lo suyo, que no somos Júpiter y Mercurio mucho menos, con los que los paganos de Asia Menor confundieron a San Pablo y a San Bernabé. ¡Miren de qué manera la civilización y la barbarie se identifican!

  • ¡Viva Maradona, viva el fútbol argentino!- gritaban los báquicos forofos, sacando banderas y bufandas cual ínfulas con los colores de su equipo.

  • Abran paso- ordenó Marcelo- o estoy por escupir sin mirar. Déjennos libre el camino.

Al fin los intérpretes se liberaron de los voraces alborotadores y acudieron a la oficina de Correos, a enviar el préstamo del banco al sindicato de mineros de Antofagasta por carta certificada. Buenos Aires les vio las espaldas a nuestros Embajadores de la Cultura en una semana, después se los encontró perdidos en la infinita pampa platense, a la altura del partido de Córdoba, en la lírica Purple Land de Hudson, entre el gauchaje y la fauna quimérica de las llanuras de gramíneas. Se los encontró entre los rebaños de vacas y las manadas de caballos salvajes, conversando con los ganaderos milenarios y libres cual sombras del crepúsculo, tendidos en la perspectiva sin punto de fuga de la pradera, contemplando las apariciones súbitas de las maras o liebres pampeanas, de los ñandúes o avestruces americanas, de los zorrinos o raposos argentinos, de los armadillos, de los guanacos, de las vicuñas, de las alpacas, de los cóndores negros en los límites del aire igual que gigantes impulsados por el soplo de la voz. Se los recordó al fondo de fotografías viejas a la sombra de los coihues, las lengas y los ñires, los alerces, las araucarias y los cipreses, y por fin se esfumaron por la Patagonia, la Tierra de los Gigantes donde Núñez de Balboa había descubierto la puerta del océano más grande del mundo.

El mar anaranjado del ocaso golpeaba contra los acantilados colonizados por los pingüinos, los frailecillos, los araos y los cormoranes o cuervos marinos, cuando Marcelo vio a lo lejos a un hombre que recordaba a una estatua esculpida por los vientos, solitario entre las aves.

  • Parece el guardián de los pájaros- dijo.

Se acercaron a él. Le preguntaron quién era y qué hacía allí, tan similar a Proteo en los términos del Sur. Les confesó que era un fueguino que vivía del mar, que conocía a las aves por sus nombres – sabía las parejas que se iban y regresaban en las migraciones- y que conocía todas las cosas del mundo a través de ellas, mensajeros con alas amigos del hombre, pensamientos con plumas que iban y venían de un sitio a otro. “El mar trae todas las cosas al hombre”, decía, con la calma del pescador y el timbre juvenil de Tobías.

  • Yo les puedo contar el cuento de nunca acabar, que es el cuento del corazón, donde la materia se hace espíritu para crear al hombre- relató el guardián de los pájaros- Es muy sencillo: una vez el canto del mar dijo las playas, las playas dijeron los continentes, y los continentes los árboles, y los árboles al hombre, y el hombre dijo el silencio, donde todo queda dicho para volver a empezar.

  1. EXCURSO SOBRE LOS MINEROS DE CHILE Y COMENTARIOS ACERCA DEL IMPERIO DEL SOL

Preciso es volver atrás solo por un momento para recordar y seguir adelante, para encontrar un presagio del fruto futuro en la flor del pasado. Este es un recurso novelesco que el historiador toma prestado en este capítulo con la intención de devolverlo más tarde a su lugar en la narrativa de ficción. Tras abandonar Venezuela, nuestros compañeros de viaje se adentraron en el Chaco Boliviano, escenario del conflicto bélico desencadenado entre 1932 y 1935 con participación de los intereses económicos internacionales sobre el funesto oro negro de los transportes que con una única chispa de avaricia que caiga sobre él es capaz de incendiar un país entero. En la comarca conocida como Alto Perú antes de la independencia de la Gran Colombia de Bolívar- el hombre que reconoció el sueño del explorador Lope de Aguirre- Don Megalonio hizo memoria del Imperio del Sol de los Incas, evocando los Comentarios Reales del inca Garcilaso. En la estepa tropical recorrida por las llamas y vigilada por los pumas andinos, se imaginó a aquellos hombres históricos tan semejantes a los ganaderos del Chaco, que llevaban los nombres de las montañas, de los árboles, de los animales y de los ríos, y que vivían como tribus dispersas hasta que en el lago Titicaca – en cuyas aguas de plomo atemporal se bañaron el Cíclope y su hijo- el extranjero Manco Cápac y su mujer Mamá Ocllo, procedentes de las tierras del norte, se declararon hijos del sol y reunieron a todas las tribus del Perú en un solo país con calzadas de piedra, cuatro provincias equidistantes y una capital en Cuzco, en el ombligo de los caminos, Roma atlántica bajo el dominio simbólico del sol y que allanaría el tiempo para la llegada del último dios de todos, de la Religión de Todos los Hombres. Aquellos pastores y artesanos de rostro curtido y moreno con apariencia de talla, mascadores de coca, silenciosos, con sus ponchos y sus flautas dulces, todavía custodios del idioma quechua del imperio demolido, eran los hijos de los pobladores heroicos y antiguos que huyeron con el príncipe Viracocha durante la invasión de los bárbaros chancas, que regresaron cuando Pachacutec Inca Yupanqui convirtiera según la leyenda a las piedras en soldados, que vieron llegar con Huayna Cápac a los europeos de España en sus navíos, que enfrentaron a Huáscar contra Atahualpa en una discordia final hasta ser absorbidos por una lengua ultramarina capaz de descifrar los misterios de las cosas.

Del Chaco pasaron a Chile y a la volcánica cordillera de los Andes, que rememora el pueblo de Mantua en el que nació el vate Virgilio, refugio altivo de cóndores y pumas, patria de los volcanes Chimborazo – escalado por Humboldt-, Sajama y Huarascán en la parte occidental, y de sus gemelos Antisana, Cotopaxi, Sangay, Illimani y Sorata en la parte oriental. Don Megalonio vio de lejos las montañas nevadas y prolongadas como dientes de sierra y exclamó:

  • ¡Qué altura fascinante! Yo creo, Marcelo, que las montañas fueron levantadas para avergonzar la soberbia del hombre.

Marcelo miró con las pupilas dilatadas las moles de piedra, los gigantes de cristal, las vértebras de la tierra, y observó:

  • De ahí deben de proceder todos los pensamientos.

Andando ligeros – ya empezaban a sentir hambre- y sin darse cuando se toparon con otra de las bocas del infierno. Los hombres le llamaban desierto de Atacama, en Antofagasta. Allí cantó un Orfeo chileno a los Hombres del Nitrato, a los esclavos sobrehumanos que cada día descendían a la mina para sacar el mineral con el que sus opresores forjaban sus propias argollas. A causa de la posición nefasta del nitrato de sodio y de cobre se había desencadenado entre 1879 y 1884 la Guerra del Pacífico entre Perú y Chile. Entre andariveles y desmontes, estaban las minas a cielo abierto perforadas en la roca dura cual hormigueros humanos con ayuda de taladros de aire comprimido, de las que entraban y salían máquinas de carga y hombres de mirada envejecida y respiración fatigosa, con una expresión no humana, de alma gastada por el trabajo. Día tras día las galerías mal entibadas se derrumbaban sepultando a los hombres en ellas, y sus compañeros regresaban a las mandíbulas de la avara muerte, arrancando las vetas de sus mismas entrañas, dejando la piel en sus herramientas incansables de dolor lacerado. Don Megalonio sintió lástima del hombre de doble mirada; Marcelo no entendía nada de lo que sucedía, y ese era el tesoro de su infancia. Comenzó a llover. Los mineros continuaban su tarea sin sentir la lluvia ni el viento, dormidos en la vida que otros les habían robado. ¿Para quiénes se habían proclamado los Derechos Humanos? ¿Cuándo amanecerá la Justicia, qué día de qué año de qué siglo? ¿No era necesario un cielo para aquellos hombres? Don Megalonio quiso descender a la mina y salió de ella con un pedazo de cobre sucio y con una lágrima surcando su mejilla.

  1. DON MEGALONIO Y MARCELO VIAJAN A HONG KONG Y DE ALLÍ A PEKÍN PARA BUSCAR A UN CHINO EN CHINA. EL CÍCLOPE TROPIEZA CON LA ESTATUA DE MAO ZEDONG Y SE LAMENTA

Llorar es de valientes” declara Marcelo. Con esta sentencia se entenderá mejor el capítulo precedente. “Cuando uno llora de lástima por los demás empieza a comprenderlos, y en su arrepentimiento por sus propias culpas vislumbra la solución a todos los problemas del hombre, la clave divina de su vida, que habita en los demás. Quien vive para los demás vive para siempre; quien vive para uno mismo se entrega a sí mismo a la muerte. La felicidad es comprender al otro, consuelo de uno mismo. Es el único camino a lo eterno, más allá del tiempo. Si un miembro del cuerpo está enfermo, todo el cuerpo se resiente de dolor. Una célula minúscula puede producir un cáncer, y una mala acción encubierta desencadena una guerra. El sentimiento de lástima por lo ml hecho y traducido en el daño ajeno es el camino para la mejora, y sin lástima ni mejora no hay camino, ni verdad ni vida”. Esta observación verbalizaba Marcelo pasados treinta años desde la conclusión de esta historia. Se entiende ahora por qué Don Megalonio solicitó un crédito para ayudar a las necesidades de los mineros de Chile a través de su sindicato – a menudo comprado por las autoridades- en el Banco Nacional de Argentina en Buenos Aires. Todo efecto tiene su causa según las máximas de la ciencia, y aquel que no conoce más que los hechos y no abstrae su sentido no puede dirigir su propia vida y repite como un muerto viviente las conductas que otros le han mostrado aunque sean erróneas, sin encontrar jamás la solución a su absurda mecánica. Quien no piensa por sí es esclavo de otro que piensa por él. Después de despedirse del Guardián de los Pájaros, silencioso centinela de la Cruz del Sur, Don Megalonio y Marcelo tomaron un barco a Hong Kong, pagando con su habitual moneda de gratitud, la simple y llana palabra. Si la memoria del lector no falla – este es un reto épico para él- recordará que durante estancia en Nueva York, Don Megalonio recogió del suelo una fotografía perteneciente a un inmigrante chino con sus datos personales anotados al dorso. Por una intuición de hombre de mundo, Don Megalonio supo que el titular de la fotografía no se encontraba ya en Estados Unidos, por el contrario, probablemente se hubiese marchado a su país para ver a su familia y habría dejado olvidada en América aquella foto. Don Megalonio determinó devolvérsela, razonando así: “Será sencillo encontrarlo en China, puesto que allí debería estar”. Y con esta esperanza se embarcaron rumbo a Oriente.

En tres días de navegación llegaron a Hong Kong, el “puerto de los olores” apropiado en 1842 por los británicos durante la fatídica Guerra del Opio y no devuelto al territorio chino hasta 1997. En la isla de los rascacielos, después de digerir un arroz con huevos de golondrina salieron a las calles por las que deambulaban miles de millones de chinos. ¡Todos eran réplicas del sujero de la foto! Hallar una aguja en un pajar hubiese sido más fácil. Iban de uno en uno, preguntando: “¿Es usted Li Chiang?” y todos decían que no, aconsejándoles que preguntasen